16 abril 2011

Linyera soy…

Ahí estaba la fotografía; confundida entre aquellos extraviados álbumes que habían arrimado a unos soslayados textos. Ahí posaban los que serían mis únicos compañeros en esos tres primeros años de primaria; allí estaban los Hidalgo, los Cano y los Endara; los Guerra, los Rodríguez, los Dumet; los Solano, los Montero; en fin, tantos y tantos otros que me es preciso mirar de nuevo el retrato para solo así adivinar su nombre y precisar su frágil recuerdo. A muchos nunca más los volví a ver desde cuando se terminó la escuela; a algunos quizás por una sola vez y eso siempre por muy corto tiempo… Yo mismo salgo un poco de la uniformidad de imagen en la toma, quizás por mi inveterada costumbre de ladear el rostro, justo en el instante mismo que habrían de perennizar el recuerdo. No logro advertir la intención de mi gesto; si es que no estoy atento a que se produzca la acción que consigue esa instantánea o quizás si trato de descubrir algo que esconde el autor del retrato, detrás de la cámara que usa en ese conservado momento…

Pero hay algo impersonal y medio escondido que despierta mi memoria; y es esa tarima escalonada en donde me hacían posar junto a mis otros compañeros. Es el mismo implemento, que hace de grada inclinada, donde nos ubicaban para que aprendiéramos unas pocas canciones en las primeras clases de música que nos dieron. Era la misma grada de armazón metálico a la que nos llevaban a cantar en el proscenio del “salón de actos”, cuando tomados de las manos, subíamos por las escaleras de ese oscuro rincón del patio inferior que lindaba con la cocina de la casa de clausura y el llamado refectorio que había en la planta baja del colegio.

Parados ahí, frente al piano que era tocado por una señorita entrada en años de apellido Cascante o Pesantez (o algún otro apellido parecido, que ahora ya no me viene al recuerdo), nos obligaban a aprender la letra de lo que sería la más temprana canción que nos enseñarían en ese primer grado de mis recuerdos:

El céfiro es el viento que flota en el jardín,
con alas ligeras como las de un serafín.
Se posa en mis sienes cansado de volar;
el mal “ailotemo” (sic) me va a contagiar…

Más tarde descubrí que la melodía correspondía a una tonada popular mejicana, que su nombre real era “La paloma”, cuya letra original había sido alterada por la veterana maestra. Cuando por fin aprendí el significado de términos como “serafín” y “céfiro”, en cambio nunca pude descubrir el de aquella extraña palabra, inexistente en los diccionarios que consulté, la inexplicable de “ailotemo”… ¿Querría la viejecita decir algo así como “aire malsano” o quizás algo similar a esto? Es probable que me quede para siempre con la incómoda sospecha que ésa era solo una modificación inventada por ella, transformando de este modo, y sin necesidad, la original y auténtica intención del primer texto.

Tres años más tarde, habría de entrar en el aula de cuarto grado de escuela el hermano Carlos, el encargado del coro del colegio; era para pedirnos que, de uno en uno, cantásemos la primera estrofa del himno nacional. Luego de frecuentes risotadas, donde no se sabía que era más ignominioso, si cantar con destemplado tono o no saberse la letra de ese símbolo patrio; escogió un total de tres alumnos para que conformáramos el coro del colegio. Ser miembro de ese conjunto era algo así como un honor; era, por lo menos, una privilegiada patente que concedía pasaporte y pretexto para quedarse jugando hasta mucho más tarde en los patios del colegio... Así habría de volver a utilizar otra vez aquellas inolvidables gradas; solo que esta vez para objetivos más reservados y selectos.

El coro constituía una tarea extracurricular; se conducían los ensayos en una diminuta aula ubicada junto a los claustros de los hermanos que no fungían como maestros. Había allí un piano de cola vertical. Había tambien ocho largas bancas altas, capaces de instalar a cinco alumnos en cada una, que se habían colocado en doble columna para acomodar a los integrantes de este elenco musical. Los de la primera voz éramos los menores y más pequeños; al lado se había ubicado a los de la segunda voz, que venían de los grados quintos y sextos. Los tenores y los bajos se colocaban en la parte de atrás y estaban integrados por miembros de la secundaria. Fueron dos o tres canciones las primeras que habríamos de interpretar. Así, nuestra inmediata tarea fue la de copiar las letras anotadas en el pizarrón, para luego memorizarlas en el más corto tiempo.

Fueron solo tangos las primeras canciones. Así habría de aprender letras como la de “Adiós muchachos” y la de “La cumparsita”; pero sería solo con “La canción del linyera” que habría de aprender unos estribillos, cuyo significado entonces lo intuía, pero que no lo habría de entender con propiedad sino luego de pasado el tiempo:

Cuando se asoma alegre el sol,
sobre los campos del talar,
junto a las vías, van los linyeras.

Llevando como el caracol,
la casa a cuestas y al azar,

van los gitanos, todos los días.

Cuando se asoma alegre el sol,
sobre los campos del talar,

van los linyeras todos los días.

Y al pasar… y al pasar…

se oye a un peón, a un peón, 

entonar, entonar, esta canción…


Linyera soy, corro el mundo y no sé donde voy;

Linyera soy, lo que gano lo gasto, o lo doy!

No sé llorar, ni en la vida deseo triunfar.

No tengo norte, no tengo guía, para mí todo es igual!

Solo muy tarde me encontré con que “linyera” quería decir vagabundo, errante u holgazán en “argentino” (“wanderer” se dice en inglés, que es el otro nombre que se usa para distinguir a los planetas, que deambulan por el cielo); o lo que es lo mismo: trotamundo, nómada o viajero. Por eso me he preguntado si aquel ya casi olvidado aprendizaje no fue una circunstancia premonitoria… Así es como me he ido dando cuenta que, sin querer, había escogido de joven el muy gitano oficio de “linyera”; y que aunque “corro el mundo y no sé a donde voy”; que muchas veces siento que “no tengo norte, ni tengo guía”; que “para mí todo es igual”; y que “lo que gano, lo gasto o lo doy”… en cambio, cómo podría proclamar nunca aquello de que “no sé llorar"?

Desde hace un par de años he escogido el cibernético distintivo de comunicación que me identifica como “alvagabundo”; y hoy mismo que he escuchado, otra vez y a los tiempos, aquella sensible tonada de Antonio Tormo, me he dejado llevar nuevamente por la nostalgia y me he dado cuenta que, aunque nunca fui un verdadero vagabundo, nunca he dejado tampoco de ser “un auténtico linyera”; pero, uno que, a diferencia de los de la canción, “siempre supo llorar”; uno que a menudo se dejó atropellar por ese torrente avasallador que suelen tener los ambulantes sentimientos!

Sí, linyera soy!

Sydney, 16 de abril de 2011
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14 abril 2011

Inyecciones gramaticales

Como decíamos en una lección anterior (con perdón de la pretensión), fue en mis vacaciones de verano cuando empecé a jugar con los anagramas de mi nombre; así surgió ese Iván Toral Bozeci (Bocezi?) con el que firmé unos primeros versos. Pero, mi romance con los juegos gramaticales, con la inversión o el re-arreglo de las letras de las palabras, quizás tenga una historia anterior que aquí recuerdo:

Y el culpable fue un tío abogado que venía a casa una noche por semana. Un paseo de final de estudios (“paseo de grado” antes los llamaban) realizado al sur del continente, antes de casarse, había dejado en él impresiones y recuerdos imborrables; y, a fe mía, el mencionado periplo habría de marcarle para toda la vida. Había sido un viaje por tierra a Santiago y Buenos Aires; y esa excursión le había dejado de herencia un adjetivo que sabía utilizarlo con frecuencia: “!macanudo!” El viaje le habría legado también otras cosas; en especial la conciencia que en América del Sur, otras gentes que hablaban nuestra misma lengua y que tenían una similar cultura, se habían anticipado a descubrir las bondades de la civilización y del progreso. Intuyo que un hombre como él, con principios éticos enraizados, con una gran curiosidad por la aventura y el descubrimiento, debe haberse repetido la misma pregunta con frecuencia: ¿por qué será que nosotros no podemos hacerlo?

Jorge era un hombre religioso; uno de aquellos que invitaban a rezar antes de ingerir los alimentos. Iba siempre a misa los domingos; y puede decirse que tanto la formación que le dieron en su casa, como la huella que dejaron en él los jesuitas, habría no solo de moldear sus valores, sino también su personalidad y sus convencimientos. Tenía una especial fascinación por aquello relacionado con las herramientas, con los implementos de excursión o los requeridos para disfrutar en debida forma de los paseos. Tenía en su casa un cuarto repleto de carpas, cantimploras y linternas; de catalejos, clavijas, picos y termos. Era él una especie de “boy scout” de pantalones largos, uno que hablaba todo el tiempo de ascensiones a riesgosos nevados, de tortuosas excursiones a los alejados y traicioneros Llanganates; de demandas judiciales y de litigios de alimentos.

Pero no era por simple trámite o rito familiar que Jorge, con toda su familia, nos venían a visitar. Era que en casa, alguien siempre se enfermaba, o necesitaba que una inyección le viniesen a colocar; y era él quien traía sus bien cuidados implementos de enfermería, su maletín repleto de su hospitalaria parafernalia, sus agujas hipodérmicas, sus jeringuillas, su frasquito de alcohol y todos aquellos bártulos que uno supone que no se relacionan con el oficio del abogado, sino con el del médico o del enfermero. Porque, además, su continua práctica con esto de las inyecciones, le había dejado una mano portentosa y admirable; una suavidad tan especial que eso de “no dejarse sentir con la aguja” ya se lo hubieran querido un practicante de medicina, un facultativo experimentado o un hábil curandero.

Hoy cuando ya ha pasado el tiempo, intuyo que, a más de haber aprendido del lugar adecuado para introducir con precisión sus agujas, de cómo ubicar los puntos correctos, él había descubierto simples métodos de relajación muscular que hacían llevaderos, y hasta disfrutables, esos siempre molestosos procesos. Unos golpecitos en el brazo o en las nalgas y ya estaba! “Macanudo!”, exclamaba; y, antes de que tuviéramos tiempo para la queja o el reclamo, ya sentíamos como si la aguja nunca se hubiera introducido en la carne, porque descubríamos de pronto que ya no se encontraba adentro! Su técnica no solo era mecánica; su estrategia era más bien verbal: siempre llegaba a casa con juegos de palabras que nos invitaban a participar en sus apasionantes acertijos, en sus entretenidas competencias, en sus gramaticales entretenimientos. De este modo, las curiosidades y caprichos del idioma, se nos fueron convirtiendo en una insospechada distracción. El venía con sus jeringas y ampolletas, pero nosotros lo esperábamos ansiosos para hacer nuevos lingüísticos descubrimientos.

Con él habríamos de aprender palabras y frases reversas; de cómo jugar con los anagramas, de cómo usar las letras de nuestros nombres para crear y descubrir nuevas palabras y términos. Las horas se hacían muy cortas cuando él venía a poner inyecciones, pero terminábamos entretenidos y obsesionados con sus gramaticales pasatiempos; así aprendimos frases que quedaron para que algún día pudiésemos transmitirlas a nuestros hijos y a nuestros nietos. “Anita lava la tina”, “Dábale arroz a la zorra el abad”, fueron, entre otras, las frases reversibles que fuimos aprendiendo. Fueron iniciativas que luego las llevábamos a otras casas vecinas o a la escuela, solo para descubrir que nuestros primos, amigos y condiscípulos conocían también otros similares acertijos y entretenimientos.

Así descubrimos con el flaco Zumárraga que “Agarramúz” constituía la forma reversa de su apellido. Así aprendí la de mi propio nombre: “Oniacziv Otreblá”; así era que nos entreteníamos en clase, despertando la fisgona curiosidad de nuestros ocasionales vecinos de aula; pero, sobre todo, las severas miradas de nuestros exasperados maestros. Así descubrí un día la más increíble de las frases, una que contenía todas las letras del abecedario, una que dejaba a mis primos pasmados y boquiabiertos: “Jovenzuelo emponzoñado con whisky, que figurota exhibes”. Esta sería la frase que aprendí de otro niño, de alguien que nunca estuvo enamorado ni de sus profesores, ni de las aulas; y tampoco de los libros, ni de los lápices, ni de los cuadernos; pues él, como muchos otros niños, había descubierto ya esa extraña magia que tienen las palabras, que convierten la gramática en un delicioso y apasionante entretenimiento…

“!Macanudo!”, habría dicho mi tío abogado y andinista, gramático y enfermero.

Sydney, 14 de abril de 2011
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12 abril 2011

Las arenas del tiempo

Desde la primera vez que lo vi en esa vitrina de relojería me pareció un artilugio fascinante. De forma que, cuando esa tarde de diciembre papá vino a vernos para ir a comprar nuestro regalo navideño, yo ya había decidido qué era lo que quería pedirle que me comprase en ese establecimiento. “Pero si en los relojes de arena, se pasa demasiado rápido el tiempo” bromeó, quizás en el interés de que me desanimara de insistir en mi antojadizo empecinamiento. “Eso es justamente lo que quiero” le respondí; persuadido ahora con el argumento de que las vacaciones de verano no habrían de llegar tan tarde con la adquisición del minúsculo implemento . Al final papá terminaría comprándonos unos relojes normales de pulsera, con la excusa de que las arenas que cruzaban por el microscópico embudo del adminículo, solo duraban unos pocos minutos fugaces; y para qué quería yo un reloj que no me diera las horas, ni que me advirtiera si estaba tarde o llegando a tiempo!

Así empezó talvez mi fascinación por el paso vertiginoso que luego advertí que tenía el tiempo y mi convencimiento de que cada calendario que pasaba era irremediablemente más rápido en su transcurrir, o más corto en su duración. Años más tarde, habría de caer en cuenta que los segundos, al igual que aquellos pequeñísimos granitos de arena, se escurrían entre los intersticios de los dedos; habría de comprender que no hay forma de retenerlos; y, sobre todo, habría de confundirme con la comprobación de que mientras había personas que gastaban intencionalmente el tiempo, había otras obsesionadas con retenerlo al constatar que se escurría como agua que tratamos de sostener en la cuenca de las manos. Entonces comprendí que los relojes de arena no servían para medir el tiempo, sino solo para comprobar que éste se nos escapa y se va hacia una patria que no tiene regreso, porque se queda para siempre en el pretérito…

Hay algo de cautivante en el “hour glass”; de hecho, es algo mágico y poético. Es una lamentable contradicción, una triste devaluación de la más horrible de las paradojas, que el reloj de arena no sirva ya para medir las horas, sino tan solo para encargos más bien prosaicos y domésticos; tareas que le han quitado alcurnia, como la simple de medir el tiempo para cocer un huevo. Estas “copas de las horas” invitan también a reflexionar cómo, con el paso del tiempo, se han ido contaminando las arenas de las playas en el mundo, como consecuencia de lo derrames de petróleo y de los residuos que por todas partes van dejando los calafates de alquitrán, produciendo tan desaprensivos como irreparables efectos. Así, no produce sorpresa que quizás ya no se construyan relojes de fina arena por falta precisamente de puros y límpidos elementos. Es arena limpia lo que se necesita para fabricar este instrumento de cintura angosta y de forma triangular; arena para producir el cristal y arena para marcar el tiempo.

Hace algo así como tres o cuatro décadas, el hombre desarrolló el más prosaico de sus inventos: el horrible y nada emblemático reloj digital de pulsera; un artilugio de cuarzo cuya única virtud era la luminosidad de sus números, a más de su asequible e insignificante precio. El hombre que para contar las horas inventó los relojes de sol y las clepsidras, los llamados relojes de agua; que convirtió en maravillosos mecanismos de precisión los circulares engranajes que habrían de medir cada vez con más precisión el paso del tiempo, no pudo ceder a la tentación de crear algo que, en la búsqueda de un implemento práctico, habría de eliminar -en forma felizmente temporal-, la maravillosa presencia de los relojes de desplazamiento circular, que se habían inventado para recordarnos con su insistente tic-tac lo que constituye su más filosófica e importante misión: la de advertirnos del paso inexorable e irrepetible que suele tener el tiempo.

Hoy tengo una pequeña colección de relojes, a pesar de estar persuadido, como estoy, que atesorar por el solo hecho de acumular, es no solo una forma de avaricia, sino sobre todo -como en este caso particular- otra forma más de perder el tiempo. Así he obtenido los de cuerda y los automáticos, los relojes a batería y los que requieren, para su normal y continuo funcionamiento, estar sujetos en forma permanente a movimiento. Tengo cronógrafos y cronómetros que todavía no sé cuál mismo es su primordial objeto. Hay también un par de ellos que indican la hora en los diferentes meridianos y que inclusive reflejan los lunares desplazamientos. Hay unos con números romanos y otros con guarismos arábigos; unos pocos exhiben la fecha en un orificio interior; e incluso conservo uno que sé que no lo puedo poseer, en sentido estricto, pues de acuerdo al lema de su comercialización, es para guardarlo para que lo utilice la siguiente generación, cuando llegue su tiempo… Pero, no he adquirido todavía el que me propuse desde siempre conseguir, desde cuando era niño y ya desde hace tanto tiempo: aquel diseñado para ver pasar esos ínfimos e intransigentes granos con cuyo tránsito se podía comprobar la irreparable pérdida del tiempo…

Sydney, 13 de abril de 2011
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10 abril 2011

De acrósticos y anagramas

Riobamba había sido la tierra de mi abuelo Alberto, el padre de mi mamá. Jamás pude conocerlo, él había muerto pocos meses antes de mi nacimiento; pero, sin embargo, puedo decir que lo conocí en cierta manera. Es que, en casa de mi abuela, ella misma y el resto de mis tíos, hablaban con frecuencia de él, de sus ímpetus religiosos, de su devoción, de cómo había dejado aquella ciudad de provincia a pesar de sus reticencias; y de cómo había venido a Quito a morirse del sentimiento. Que se había muerto “de los nervios” decían; eufemismo con el que, quizás, querían explicar sus raras depresiones, sus inconformidades, sus tardías penas. Unos pocos retratos, con un color cercano al que tienen los daguerrotipos, era todo lo que más tarde habría de encontrar en los baúles de la casa, como único testimonio de su carácter y de sus solitarios desencuentros.

Y eso era lo que más convocaba mi reflexión, en esas fotografías donde el negro se mimetizaba con el sepia: su serena impasibilidad avecinada a la resignación, esa su aureola como de santidad, que testimoniaba sus místicas dedicatorias, sus vigilias marianas, sus acrósticos a la Madre Dolorosa, sus cotidianos rosarios vespertinos, las proclamas de sus cofradías provincianas donde se confundían la devoción de los simples y curiosos, con la espiritualidad de los exégetas. Ahí estaban aquellos “caballeros” de porte clerical, agrupados para posar para una incierta posteridad, renovando su promesa, dando rendida fe de su pasión, de su indeclinable compromiso. El marco de esa ocasión era quizás el patio del Colegio San Felipe. Atrás, asomaba el lomo escalonado del Chimborazo, como poniendo de relieve ese piadoso espíritu de contrición, esa fervorosa comunión apuntando al infinito.

Esa era la tierra que habían dejado atrás los tíos y los abuelos; y allá era que volvía yo también de tarde en tarde, o – lo que talvez sería mas apropiado decir - de vacación en vacación, y de verano en verano. Solo mi tío Alberto se había quedado a vivir en esa ciudad apacible y recoleta; allá iba yo todos los años a disfrutar de mis escolares vacaciones. Era esa una tierra de calles polvorientas, donde la ausencia de autos mantenía el empedrado de sus calles en perfecto estado; donde íbamos caminando de paseo a visitar los barrios alejados; donde todavía la familia hablaba del pasado de la infancia de los tíos, con un orgullo de aristocracia de provincia, con altivez no exenta de nostalgia. Allá iba yo, muchas veces sin anticipar de mi llegada, a esa balconada casa de dos plantas enfrentada al claustro de las Conceptas, a medio camino entre la plaza de San Alfonso y la tienda de una señorita solterona de apellido Santillán, donde yo nunca tuve que comprar mis golosinas, ya que ella simplemente me las regalaba. Fue ella algo así como mi primera y más temprana enamorada, la prematura víctima de mis todavía inéditos atractivos… Ella invitaba al intercambio de insinuantes sonrisas que contenían mensajes indescifrados y secretos…

Fueron veranos compartidos con un enamoradizo primo de mi misma edad. Con él habría de realizar mis primeros paseos, caminando o sufriendo el estropeo de un bus provincial; fueron esas romerías a Guano, Calpi o Chancahuán; caminatas realizadas con la ocasional intencion de cazar una tórtola o quizas un mirlo con la prestada carabina de su viejo, administrando el exiguo sucre que habría de alcanzarnos para la transportación, los refrigerios, y aun para algún artesanal adefesio. Así compartí mis primeras vacaciones con alguien que había decidido expresar con sus amorosos acrósticos lo que el abuelo le había legado en la sangre, una empecinada tendencia a realizar apasionados poemas en los que él registraba el ardor de sus romances y la fiebre de sus afectivos embelesos.

Ahí, cuando empezábamos a ser adolescentes y dejábamos recién de ser niños, en medio de nuestras primeras contiendas pugilísticas o nuestros interminables circuitos ciclísticos; entre las abreviadas visitas a la tía enclaustrada que en forma generosa financiaba nuestros paseos y las prolongadas estancias en casa de la jovenzuela de tez trigueña y ojos azul cielo que ocasionaba sus demenciales requiebros, fui descubriendo su inclinación hacia los sonetos y los acrósticos, hacia los desesperados y rendidos poemas con los que él saturaba sus ajados y trajinados cuadernos. Toa se llamaba la agraciada, nombre susceptible para la tarea de pergeñar un endecasílabo, pero no muy apto para la piadosa disposición que él tenía hacia los intransigentes acrósticos y los prometedores sonetos.

Fui entonces testigo de sus esforzados empeños. Alumbrado él por aquel leve destello de una lámpara mortecina, iba ejercitando sus rimas, construyendo los breves y desesperados poemas con que cada tarde declaraba sus sentimientos. Terminada su tarea, iba buscando un nombre de pluma para disimular sus afectos. La empecinada búsqueda de un seudónimo le llevaba al insospechado terreno de los anagramas, donde podía encontrar el embozo para simular a los ojos del mundo sus aún no reciprocados sufrimientos. Yo mismo fui encontrando así el mío, ajeno todavía al magnético mundo de la poesía y al aún no transitado de los futuros enamoramientos. Iván Toral Bozeci fue el anagrama de mi propio nombre que por casualidad encontré, seudónimo con el que más tarde habría de dar identidad a mis iniciales humildes barruntos, autoría a mi incipiente métrica, así como también al piélago de mis primeros y ahora ya desaparecidos versos…

Sydney, 10 de abril de 2011
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09 abril 2011

Cincuenta historias

Me ha escrito una breve nota Jorge Ortiz. Con ella me dedica su libro “Cincuenta historias” y me hace llegar su gesto de simpatía y amistad. Jorge sabe que vivo todavía lejos; aun así, él conoce de mi inclinación por la lectura, de mi identidad con muchas de sus inquietudes, ilusiones y temores; sabe que nos son comunes muchas aspiraciones con las que hemos soñado para propender al progreso de nuestro país y para satisfacer su siempre postergado bienestar y desarrollo. Con él nunca fuimos compañeros; pero, en cierto sentido, es como si alguna vez lo hubiéramos sido o como si todavía lo fuéramos. Hay entre nosotros una relación que trasciende la que es otorgada por el hecho de compartir una misma generación; así, la nuestra es una relación abrigada por el acicate de la identidad.

“Cincuenta historias” es una recopilación de sus valiosos artículos publicados en el pasado por la Revista Diners. Hay ahí una generosa variedad de temas caracterizados por estar escritos con un estilo ameno y didáctico; cuidando del idioma y entregándonos tópicos que son necesarios para superar el limite de la provincia, trascender al de la patria y acceder a la “aldea global”. Las suyas son investigaciones realizadas con pasión, meticulosidad y tratando de mantener la objetividad. Hay allí una conciencia del daño que hace al mundo la ignorancia, de lo que sucede cuando corroe esa otra forma de ignorancia que es el prejuicio, que tanto mal ha hecho a la humanidad. Son historias escritas con fina sensibilidad.

Tengo tareas pendientes, sin embargo. Y no me ha quedado más alternativa que leer su prólogo, recorrer los párrafos de su primer artículo y guardar el texto para saborearlo más tarde y con más tiempo, igual que cuando guardamos una secreta delicia que la escondemos para más tarde poderla disfrutar. El estilo de Jorge es muy ágil; da gusto el cuidado que el autor pone para entregarnos un texto adornado con un lenguaje bien tratado; texto que habla de sus inquietudes y de sus curiosidades, de su formación, de su aguda percepción de la realidad.

Somos amigos y pertenecemos a una misma generación; y esa sola circunstancia nos ha de marcar para siempre. Somos parte de una etapa de la vida de nuestra capital cuando las familias empezaron a dejar el centro histórico, el llamado casco colonial. Accedimos entonces a otras comodidades, a los beneficios de la educación en colegios más modernos, pasamos a vivir en casas con un ambiente donde se podía vivir más íntimamente las incidencias familiares, prescindiendo del “respeto ajeno” o del qué dirán. Luego, por diversas circunstancias, nos tocó en suerte la posibilidad de estudiar en países lejanos, de conocer otras culturas, otras actitudes ante la vida y ante la sociedad. Esto, a más de regalarnos con un conocimiento del mundo, nos ayudó a ver que hay mejores maneras de vivir, que hay otras formas de organización que pueden tener el estado y la sociedad.

Hoy Jorge esta alejado temporalmente de sus conocidas tareas periodísticas. Ese es el precio lamentable que a veces se paga por apasionarse por la verdad y por tratar de expresar las propias ideas. En este sentido, veo con pena como en nuestro país hemos involucionado y quizás se ha optado por senderos que nos han ido alejando de los ansiados destinos a los que debe propender la libertad. No puede haber progreso donde reina la intolerancia, donde no es fácil insinuar la existencia de otros métodos y otros caminos que nos puedan llevar a todos al tan buscado –y frecuentemente manoseado- bienestar. Quienes hemos tenido la oportunidad de conocer otras culturas y vivir afuera, sabemos que el progreso solo es posible cuando se consigue la concurrencia de todos los sectores de una sociedad. Así, el bienestar resulta de un esfuerzo permanente, estimulado por un vigoroso sentido de colectividad.

Se viven momentos de gran trascendencia en el Ecuador. Y este es un momento de la historia nacional cuando quienes orientan la opinión pública se enfrentan a un patriótico llamado que nos debe exhortar a meditar con ponderación, a hablar con sinceridad y sobre todo a actuar con coherencia en esta impredecible hora crucial. Esa es justamente la más delicada y responsable misión que pueda tener el periodismo. El desarrollo no consiste únicamente en la mejora de unos caminos; ni en el replanteo de nuevos planes de salud, alimentación y vivienda. Es ya tarea impostergable del periodismo, la de orientar e inspirar a la gente, para invitarle a retomar su valiente lucha por reconquistar uno de sus derechos más fundamentales: el irrenunciable derecho a vivir en libertad.

Me faltan tan solo cuarenta y nueve historias por revisar. Pero, como el tiempo no se detiene y la historia no es sino uno más de lo ejercicios que tiene la memoria, le agradezco a Jorge desde la distancia, convencido como estoy que pronto nos ha de entretener, informar y educar con otras nuevas historias que nos volverán a invitar a meditar en la las lecciones de la historia y en aquellos senderos que nos falta todavía por transitar.

Quizás pronto nos vayan llegando esos nuevos y enjundiosos episodios. Contar es también una forma de persuadir, es una manera de inspirar. Cuando leemos estas historias vamos advirtiendo que los avances en el mundo obedecen a un proceso constructivo. Es poco, muy poco lo que las sociedades y las naciones obtienen cuando los individuos solo quieren perseguir, destruir y obliterar…

Singapur, 4 de abril de 2011
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01 abril 2011

Mareos e ironías

Esa mañana que suspendimos nuestra relación empresarial, mi hermano me dijo que muchas veces me dejaba ganar por la ironía y que no siempre caía en cuenta del daño que eso causaba en mis relaciones con los demás… Desde entonces he procurado no caer en el sarcasmo que es esa forma cáustica que suele tener la ironía -cuando llega a ser cruel y mordaz-, consciente de que cuando se convoca a la risa, dando a entender lo contrario de lo que se dice, lo importante es invitar a la reflexión ajena. En estricto sentido, la misión de la ironía es convocar a los otros a pensar. Una forma intermedia es la sátira, que es un tipo de censura que trata de poner en ridículo a algo o a alguien en particular.

Cuando era niño, había llegado a mis manos una colección infantil de literatura. Ahí estaban las aventuras de Julio Verne; Robinson Crusoe de Daniel Defoe; y un librito que describía unos periplos fabulosos: “Los viajes de Gulliver”, escrito por un autor irlandés llamado Jonathan Swift. Es probable que entonces haya leído esta última obra solo como una sabrosa narración de desconcertantes aventuras infantiles; mas, solo un poco más tarde habría de caer en cuenta que lo que Swift había escrito era realmente una sátira para criticar a la sociedad. La descripción de esos viajes: el de un gigante en un país de enanos; el de un enano en uno de gigantes; o de seres torpes e ignorantes en la tierra de animales sabios, no tenían otro objetivo que exagerar y caricaturizar con la lupa de la ironía e invitarnos a pensar en la condición humana y en los confusos valores de la sociedad!

Jonathan Swift vino así a prolongar una tradición literaria iniciada con las sátiras de Horacio y los discursos de Juvenal. Este clérigo, que a menudo es retratado en las enciclopedias vistiendo esas golillas que completaban el alzacuellos de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, parece que vivía torturado desde muy joven por una dolencia, que se supone sufrimos la mitad de las personas por lo menos una vez en la vida: la crisis de equilibrio o “del laberinto”, situado en el oído interno; y que cuando se torna crónica produce lo que se ha dado en llamar como “mal de Ménière”. Son conocidos los casos de personajes famosos en la historia que habrían padecido del tortuoso vértigo: Darwin, Martín Lutero y Julio César; aun el mismo Vincent Van Gogh. Yo mismo padecí esa condición una tarde cuando era muchacho. Pocas condiciones existen más desconcertantes que la de sentir que se pierde la referencia de nuestros giróscopos interiores, cuando sin mediar aparente motivo, el horizonte pierde de golpe su nivel característico .

Quizás por esto Swift, que también sufrió en su vida largas etapas de depresión, habría dedicado el legado de su considerable fortuna a la edificación de un hospital psiquiátrico en Dublín: el hospicio de San Patricio. No escapa a la ironía que este lugar de reclusión, dedicado a los simples de cerebro y a los dementes, fuera llamado por mucho tiempo “Hospital para imbéciles”. Ahí se ha internado a seres con todo tipo de desórdenes, depresiones y ansiedades; con problemas de abuso de alcohol y otras tóxicas substancias; y aun con ciertos desarreglos del apetito, como la bulimia y la anorexia. Aunque, claro, no es por la construcción del manicomio en referencia como más se conoce al célebre escritor.

Hay algo en la sátira que se remonta a la filosofía de Epicuro (aquel filósofo que consideraba que el placer se obtenía prescindiendo del dolor y del miedo); y aun a otros importantes sabios de la antigüedad como Demócrito e Hipócrates (el del famoso juramento que ahora han olvidado algunos médicos). En días pasados tuve que asistir a una consulta médica en un hospital de Alaska; tratábase solo de una congestión nasal, o quizás de una afección gripal. Para mi sorpresa y fastidio, me habían proporcionado una referencia equivocada y cuando llegué a la casa asistencial, pude darme cuenta que se trataba de un psiquiátrico hospital… Una vez alineados los giróscopos, puse rumbo al hospital regional, en donde por esta breve consulta me facturaron la nunca despreciable suma de seiscientos dólares! Por ventaja no descuidaron hacerme un importante descuento que dejó la suma solo en doscientos cuarenta… No solo una ironía: una sátira ausente de lo que alguna vez se llamó el hipocrático juramento. Ironías que tiene nuestra sociedad!

Swift nos invitó a leer sus obras sin que abandonemos la sonrisa; ahí radica justamente el mérito de la ironía: en obligarnos a pensar una vez que hemos disfrutado inicialmente de la risa. Cuánto mejor sería el mundo si, de vez en cuando y aunque sea ocasionalmente, reflexionáramos en nuestras “pérdidas de equilibrio” y, una vez superado el mareo, pondríamos las cosas en su racional perspectiva y optáramos por ajustar el horizonte a su correspondiente nivel…

Claro que hay otras formas de mareo, como la obstinación, la vanidad, la intolerancia y el embrujo del poder, que no constituyen trastornos momentáneos como la ocasional crisis del oído interno. Estos no son vértigos transitorios como la crisis del laberinto; son dolencias más perversas y lamentables que las ocasionadas por el mal de Ménière. Y esto no trata de ser una ironía. Aunque… la vida misma jamás está exenta de ironía. La vida parecería ser una experiencia donde la sátira estaría siempre escondida debajo de nuestra propia piel…

Shanghai, 2 de abril de 2011
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