11 junio 2011

De bonsáis y otras hierbas

Ayer nomás hablábamos de los infames ciclos circadianos. Imagino que así como hay ciclos en el día, hay también ciclos y etapas en la vida; y, como en el caso de los siempre fastidiosos ciclos circadianos, intuyo que hay también cláusulas y episodios en la vida, con los que nos resulta un tanto difícil el proceso de adaptarnos. Nada es permanente ni dura para siempre en la vida: todo cambia y se transforma; y cuando nos parece que nada cambia, somos nosotros mismos los que, de alguna manera, también hemos cambiado… Entonces, qué no daríamos por detener el elusivo transcurrir del tiempo; o, qué no daríamos por tener otra vez la oportunidad de poder repetir, al menos, la misma experiencia…

Pero, como reconocían y nos lo recordaban ciertos pensadores del pasado siglo, el ser humano es él y su condición, es él y su tiempo, es él y su circunstancia… Nuestra vida y nuestra condición existencial están marcadas por el tiempo que nos ha tocado en suerte vivir, por el ambiente y el espacio físico que nos rodea, por quienes nos tocó en fortuna que estuvieran cerca, por las decisiones que hemos tomado en el pasado, por nuestro carácter y personalidad; en suma, por lo que decía Ortega y Gasset: por nuestras circunstancias.

Ante eso, no hay nada que podamos hacer. Esas circunstancias no se separan de nosotros, como no podríamos tampoco divorciarnos de nuestra propia sombra. Somos “un ser y su sombra”; con la contradictoria e inquietante diferencia que, muchas veces, es la sombra la que define a la figura y frente a esa caprichosa realidad, nada podemos hacer por oponernos a ella o por alterarla… Cara a esta evidencia, resultan confusos, para expresarlo de alguna manera, los reclamos y reivindicaciones por la libertad humana (el llamado libre albedrío) o los de quienes, inquietándonos con su propia ironía, nos recuerdan que en la vida estamos condenados a tener que escoger… Que estamos “condenados a ser libres”, porque el hombre no puede dejar de ser responsable por lo que hace…

Sin embargo de lo dicho, y haciendo meditaciones más humildes y disquisiciones más domésticas, a veces he pensado en lo formidable que sería que pudiésemos detener el fluir del tiempo; por lo menos para, a través de ello, poder disfrutar y gozar de nuestras familiares realizaciones y vivencias. Claro que con aquello entraríamos en el mundo lúdico, artificioso e inaccesible de la fantasía; y, además, nos opondríamos, en cierto modo, a las provisiones de la ética, pues los personajes o individuos involucrados, reclamarían, a su vez, la oportunidad de vivir el flujo normal de su propio tiempo, de gozar de sus propias realizaciones, o (quién sabe!) de sufrir con el resultado de sus propias decisiones y con la ingrata secuela que generan sus inevitables e insospechadas consecuencias.

Pienso en todo ello mientras cavilo en qué sucedería si los hijos de uno serían como un bonsái; árbol diminuto al que se ha detenido artificialmente su libre crecimiento con la nada secreta técnica de cortar sus ocultas raíces … Qué hermoso sería poder cortarles esas traviesas nutrientes; y así conseguir que esos tiernos e inquietos muchachitos se quedaran pequeños e inocentes por un poco más de tiempo! Sin embargo, correríamos igual riesgo que con esos árboles diminutos a los que hemos detenido o coartado su natural crecimiento: que habríamos conseguido prolongar que se vean muy graciosos y muy lindos, pero que estaríamos condenándolos a que se queden para siempre pequeños! Imagino que lo mismo les pasaría a nuestros propios hijos, si optaran por tratar de conservarnos en nuestra actual y presente condición, con la inútil intención de evitar que un día nos convirtiéramos en viejos…

Pero… eh ahí la paradoja de los bonsáis: la de que nuestro empeño por obstruir su normal crecimiento, solo impediría que ellos lleguen a su tamaño natural, mas no que logremos detener el implacable paso del tiempo. Con los hijos pasaría los mismo, que los dejaríamos pequeños, pero que no podríamos evitar esa ingrata sensación que nos produce el observar a un niño con características de viejo… Porque, en la vida hay un tiempo para todo; para la alborada de la ingenuidad, para el inquieto florecimiento de la mocedad, para los renovados alardes de la ansiada madurez; tiempo para el tardío y cándido reconocimiento de nuestros errores (lo que, si no incurrimos en otro error, es también lo que llamamos sabiduría). En fin… tiempo hasta para perder el tiempo; tiempo para el olvido y para la inexorable despedida!

Supongo que con los barruntos de quienes hacemos estas “reflexiones en voz alta”, ha de pasar algo parecido, que no nos sería ya posible cortar sus raíces para así impedir que se expresen y para que expresándose pudieran crecer… Actuar en contrario nos llevaría a la certeza de que si algún fruto podrían llegar a ofrecer en cualquier momento, éste estaría impedido de exhibir un tamaño generoso. Sucedería como con los reducidos frutos del amputado árbol ornamental, que ya serían material destinado solo para el objeto decorativo, mas no para ofrecernos su sustancia y su esperada esencia. Por ello, es preferible que salgan y que fluyan. Que se expresaran por su cuenta…

Dicen por ahí que en la vida hay que “tener un hijo, escribir un libro y plantar un árbol”. Los hombres hacemos solo lo que podemos. Y, de acuerdo con nuestras humanas limitaciones, solemos contentarnos a menudo con los sucedáneos de haber escrito en el discreto tronco de un árbol, de haber plantado un hijo y de haber tenido un libro… Porque parece que no siempre importa cómo bailemos la melodía, sino tan solo la atención que pongamos a su música, para dejarnos transportar por el ritmo que ella nos sugiera…

Chicago, 11 de junio de 2011
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09 junio 2011

Los ciclos circadianos

En esos, mis primeros vuelos a Europa, o realmente a Oriente Medio, habría de experimentar por primera vez, esas curiosas reacciones que antes me habían sido desconocidas. No solo se trataba que ahora experimentaba un inusitado sueño durante el día (o un insoportable insomnio durante la interminable noche); sino que muchas otras de mis funciones fisiológicas se encontraban alteradas. El apetito no obedecía ya a los patrones cronológicos acostumbrados; mi siempre confiable metabolismo se había de-sincronizado; e, inclusive, ciertos traviesos y espontáneos abultamientos, que los varones solemos experimentar en las madrugadas, habían pasado a ocurrirme, qué insidioso, justo a horas del mediodía…! Una sensación similar al “soroche”, o al frío que se siente en las tardes de octubre en la serranía, se me combinaba con una desacostumbrada duermevela, y pasaba sin mayor energía durante gran parte del día…

Para entonces, la llamada “época del jet” estaba recién saliendo de su propia adolescencia. Para cuando yo empecé a realizar esos ocasionales vuelos transatlánticos, la aviación moderna recién iba cobrando mayoría de edad y adquiriendo así certificado de ciudadanía. Entonces empezaba a hablarse de un fenómeno de desadaptación al cambio de hora, conocido como “jet lag”. Se trataba de evidentes alteraciones del organismo producidas por los inesperados y bruscos cambios en nuestro reloj biológico; más severos e intensos cuando la diferencia horaria se extendía. Asimismo, se coincidía en que tal efecto era más evidente cuando el desplazamiento del viajero se realizaba hacia oriente; es decir, cuando se acortaban, en forma artificial, las horas del día.

El cambio geográfico, de acuerdo a la travesía de los meridianos terrestres, no era el único elemento que parecía ejercer influencia. El desplazamiento hacia otras latitudes con duraciones diferentes del día o la noche, como sucede con las regiones que no son equinocciales, era también un factor que producía similares consecuencias. Recuerdo, por ejemplo, cuando fui a Suecia en goce de una beca en el año noventa, en pleno mes de junio (era solsticio de verano), la caída del sol se producía casi a la medianoche. Lo que podía llamarse “noche” solo duraba algo más de tres horas y el cielo nunca llegaba a oscurecer, sino que adquiría un surrealista color azul cobalto. Es lo que se conoce como “medianoche de verano”.

Ahí pude apreciar los drásticos y profundos efectos que estos cambios pueden producir en el organismo; efectos que van más allá del simple ciclo sueño-vigilia; y que producen tan variados desajustes que van desde la alteración del ritmo cardíaco y de la temperatura del organismo; hasta cierta extraña irritabilidad y cambios en los ciclos diarios de lucidez mental y energía.

Por entonces, empezaba a utilizarse un nuevo término para referirse al motivo de estas raras manifestaciones. Se había optado por bautizarlo como “ciclos circadianos” (del latín “circa”, alrededor y “dies”, día). Se había propuesto, de este modo, un novedosa expresión que explicaba la razón para los trastornos detectados sin que se hubieran producido cambios del reloj convencional en el transcurso del día. Por esos mismos tiempos se empezaba a reconocer, en forma médica y científica, estas incómodas influencias; y, sobre todo, a entenderse que esos factores externos producían, a su vez, modificaciones endógenas, o internas, en nuestro organismo que generaban tales desajustes.

Se descubrió que la exposición a la luz producía la secreción de una substancia en la glándula pineal, cercana al cerebro, llamada melatonina. Curiosamente, pasó a entenderse que no era la oscuridad la causante de que tuviéramos sueño, sino la prolongada exposición a la claridad del día. Por esos mismos años se habían realizado una serie de interesantes experimentos, como el de privar de luz natural y referencia cronológica a varios individuos para medir la duración natural de sus ciclos de sueño y de vigilia. Los resultados fueron sorprendentes, advirtiéndose que la duración del reloj biológico era siempre de algo más de veinticuatro horas... Esto probablemente explique la más fácil adaptación que se produce en los viajes que implican un alargue, que no una disminución, en la duración de la claridad del día, como sucede en los viajes con sentido este-oeste.

Los estudios de la llamada “cronobiología” tienen solo poco más de cincuenta años; tiempo suficiente para reconocer el efecto que nos producen los vuelos internacionales. Se ha demostrado la importancia de los ciclos circadianos en la regulación del funcionamiento de los diversos órganos del cuerpo humano; y, lo que es más preocupante: se han llegado a asociar los desfases del metabolismo y de la función fisiológica con la aparición de ciertas enfermedades modernas, particularmente con ciertas nuevas formas de cáncer. En el criterio de los investigadores, estas alteraciones, como sucede con el influjo del alcohol o del tabaco, van produciendo daños perniciosos, irreversibles e irreparables.

Estoy persuadido que estos efectos, en el cuerpo humano, se asemejarían a los producidos en una casa, que aunque insistamos en pintarle y remodelarle (como cuando hacemos ejercicio físico o buscamos descanso), sería como si cada vez le fuéramos quitando un nuevo ladrillo, hasta que al final, termina por perder su sustentación, y al fin del proceso se tambalea y se cae… Hoy, veinte años después de mi experiencia escandinava, vuelvo a sentir una vez más estos circadianos efectos mientras me encuentro hacia el septentrión del paralelo sesenta de latitud norte. Pero… suficiente con lo dicho y también con el extraño terminillo! Porque… parecería que no es la tierra la que gira alrededor del sol, sino más bien que es ese astro el que gira alrededor de nosotros, como en la vieja y disputada teoría!

Anchorage, junio 9 de 2011
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06 junio 2011

Comezones deportivas

Anoche he vuelto a acostarme muy tarde. Esta vez no ha sido ni por mis lecturas, ni por eso de los compromisos. Tampoco fue debido al insomnio. Gracias a Dios, éste es un mal del que no padezco. En sentido filosófico, soy un sonámbulo; mas, cuando uno está al borde del abismo, es probable que sea mejor estar dormido que despierto… Pero, digo que me he acostado tarde, porque nuevamente me he quedado mirando en la televisión uno de esos partidos importantes. Jugaban Rafa Nadal y Roger Federer por el título de Roland Garros; y ese torneo, a pesar de que nunca fui tenista, es uno que se me antoja como más interesante. Para empezar, se realiza en una ciudad que en muchos sentidos creo que sigue siendo la más importante del mundo. París es una ciudad incomparable, la expresión más encumbrada de la cultura humana. Y Roland Garros es, en mi modesto parecer, el más importante torneo de Gran Slam. Por eso me intereso en seguirlo, igual que me pasa con el abierto de golf de Inglaterra, o el Masters americano.

Descubro, mientras escribo, que hay algo en mí que se apasiona por la intensidad de estos episodios deportivos. Es algo que se remite a mis días de escuela, ahí me dejaba seducir por los recreos de la mañana, cuando invariablemente se jugaba futbol en los patios inferiores del colegio. Nunca me destaqué como un gran “driblador”, pero mi oportunismo y buena ubicación, dieron lugar a muchísimos goles y probables alegrías (o envidias) de mis sorprendidos compañeros. Fue hacia tercero o cuarto de primaria, que una tarde me puse a pasarle las bolas a uno de los más destacados lanzadores que tenía la selección de básquet de esos tiempos; se llamaba Efraín López y puede decirse que desde esa tarde, empezó a crecer mi ilusión, y mas tarde mi pasión, por ese juego de tanta intensidad que es el baloncesto. Desde entonces, fue solo básquet lo que jugué casi todos los días, como que era una costumbre incentivada por tradición en todo el colegio.

No pudimos, sin embargo, jugar con la asiduidad que hubiéramos querido. En casa eran muy austeros con nuestras actividades extracurriculares; esto debido a dos principales motivos: se nos pedía siempre que estuviéramos entre los seis primeros alumnos de nuestra clase; y, segundo, porque teníamos en esos años una extraordinaria habilidad para destruir los zapatos-recién-comprados-en-las-cuatro-esquinas y porque obligábamos a poner rodilleras de refuerzo en todo pantalón en el que entraban nuestros inquietos y escurridizos miembros. La desgracia de asomar nuevamente con un flamante orificio en la exacta mitad de la manga de nuestros pantalones, obviamente era culpa de nuestras caídas; pero sobre todo, de lo que ahora me parece incomprensible: jamás se nos sugirió usar otro tipo de indumentaria para efectuar esos infantiles escarceos!

En otras palabras, nunca se nos administró el antídoto en esos días, sino que se nos dio directamente la medicina curativa. La receta era larga, angosta y sinuosa; tenía un color marrón ominoso; sonaba, zas, zas, zas y era de cuero… Por eso, aprendimos a disimular nuestras andanzas. No digo que a ocultarlas, porque llegábamos de ellas tan cansados y “azorados” que eso era imposible hacerlo!

Ya salido del colegio, dejé de jugar básquet por mucho tiempo. Cuando fui al Oriente a trabajar con Texaco, habría de volver a jugar al futbol. Allí, en Lago Agrio, se jugaba en la canchita del campamento de lunes a jueves. Me habían asignado un compañero de habitación que antes había jugado futbol en equipos profesionales; él no faltaba nunca a los mundiales, estaba relacionado con los mejores jugadores de su generación; era un excelente marcador, estaba imbuido de una gran pasión por el juego y estaba dotado de un físico de privilegio. Pronto descubrió mi rapidez, a pesar de mis otras dificultades. Al grito de “corre Che Gaviota”, me impulsaba, o reclamaba, de acuerdo a mis aleatorios aciertos.

Con él logramos establecer una muy cercana y fraternal amistad, la misma que bien auditada lleva ya como cuarenta años. Compartíamos entonces los gustos deportivos y la afición por la pintura. Nos hemos convertido en compadres por ambos lados. Mis hijos le tratan como si fuera parte de la familia y yo recibo de la suya ese mismo trato y especial afecto. Nunca habremos de olvidar la noche que Hugo había dejado a sus tiernos hijos en la habitación, un fin de semana que vinieron con su madre a visitarlo en el campamento. Habíamos ido al cine y cuando regresamos para asegurarnos que esos monstruitos dormían, lo que descubrimos nos llenó de sobrecogimiento: habían echado mano de los implementos de pintura y se habían dedicado a realizar una improvisada exposición de arte abstracto en las paredes, en las sábanas y hasta en el suelo! Hoy, mi buen amigo Hugo, sigue interesado aún en los deportes; en cuanto a sus veleidades artísticas y pictóricas… creo que el caprichoso episodio le cortó para siempre la voluntad y las ganas de seguirlo haciendo…!

Más tarde habría de volver a jugar básquet, luego de casi quince años de no hacerlo. Dicen que al buen músico el ritmo le queda y eso es lo que me pasó, que aunque había perdido movilidad, no había perdido la puntería y la certeza para los lanzamientos. Ahora jugaba en un equipo de veteranos, con esos mismos chicos de apellido Ribadeneira que fueron mis mayores y a quienes emulaba en mis tiempos de colegio… Pero, cuando me vine al Asia, se me detectaron problemas en los discos lumbares; y, como el basquetbol es un juego de impacto, me recomendaron suspender su práctica desde aquel lamentable descubrimiento.

Fue entonces que me interesé por aprender a jugar al golf; cuando tuve que suspender todos los otros juegos de equipo que antes practicaba. Ahora sólo sigo en la tele los principales campeonatos que se compiten en el mundo; y por eso es que anoche, debido a la diferencia horaria, seguía el torneo parisino. Fue cuando me di cuenta, de pronto, que algo me identificaba con el chico Nadal, y no era precisamente lo relacionado con sus juveniles atractivos… Al principio no sabía qué cosa mismo era y entonces lo empecé a investigar…

A ver… su nombre termina en “al”, de igual manera a como comienza el mío; él nunca da una bola difícil por perdida; habla el castellano igual que lo hago yo; le pone pasión a sus empeños; él es como yo, rapidísimo para el juego. Pero… advertí que hay algo, algo más… Ah, claro, ya está! Es la forma como junta el pulgar y el índice para llevarse la mano a la mitad de las dos nalgas y dar temporal alivio a la incomodidad que le producen sus calzoncillos traviesos …!

Shanghai, 6 de junio de 2011
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04 junio 2011

Sabiduría y conocimiento

Hay declaraciones que nos es perentorio confesar. Aun a sabiendas que el pecado a desembuchar no sustentaría la remisión. Porque, así como el sólo hecho de haber nacido ya sería en sí un pecado (¿no era eso lo que nos enseñaron que era el “pecado original”?), hay otros deslices y omisiones que sin ser ni mortales ni veniales, nos llenan de vergüenza con el solo hecho de admitirlos; aun cuando tuviésemos la más íntima convicción de que no involucrarían nuestra culpa, ya sea porque nadie nos había dicho que esas faltas eran de nuestra responsabilidad; o, si nos lo dijeron, porque desconocíamos entonces cuál fue el alcance real de nuestra culpabilidad en su acometimiento…

He terminado de leer “San Manuel Bueno, mártir” de Miguel de Unamuno; y, luego de haber disfrutado de esa novelita formidable (“nivola” la llama el maestro vasco), he tenido que averiguarme: por qué es que nunca nos presentaron a dicho autor en nuestros días de colegio? Por qué es que nadie nos habló de él? Y es que, si el escritor y filósofo español, no nos fue referido en su debido momento, solo pudo deberse a cierta intencionalidad, a una probable ignorancia de su obra o a su personal desconocimiento… Si no, ¿cómo es posible que no hayamos tenido acceso al más culto escritor español que vivió en el siglo en que nacimos? Qué es lo que impidió ese imperdonable soslayo, ese absurdo menosprecio?

Pueden haber algunas causas, las mismas que se desvanecen cuando recordamos la calidad que sí tuvieron nuestros propios maestros. Es probable tambien que los llamados “pensum” o planes de estudio, se hayan implementado con un criterio provinciano y trasnochado. Además, la práctica de la lectura no ha sido todavía debidamente sembrada e impulsada en los áridos terrenos de nuestras escuelas y colegios. Y, en el caso de Unamuno, como había sucedido con Kepler y Descartes, simplemente fue incluido en un “código" de autores que por sus ideas y creencias, pudieron ser considerados peligrosos para los valores morales y religiosos de nuestro tiempo.

En este sentido, creo que “nos salvamos con las justas”. Quiero decir que nuestra generación nació “justo a tiempo”. Esto, porque en esos mismos años de colegio, cuando pudimos haber sabido algo más del formidable pensador español, recién había dejado de tener vigencia el infame Index Librorum Prohibitorum (Índice de Libros Prohibidos), en el que se habían también incluido sus obras (especialmente La Agonía del Cristianismo y Del Sentido Trágico de la Vida). Porque el Índice habría de ser formalmente abolido por el papa Paulo VI recién en el año 1966, es decir, luego de casi cuatrocientos años de ingrata vigencia; desde cuando fuera instaurado y promulgado en forma oficial y por primera vez en el Concilio de Trento.

Por ello digo que nacimos a tiempo; o, casi... Porque, si bien nosotros pudimos tener de golpe acceso a esos “textos libertinos” y más “documentos pecaminosos”, que podían haber puesto en riesgo nuestros convencimientos y creencias; en cambio esa posibilidad había sido negada a nuestros padres y maestros, quienes solo pocos años antes, no habían tenido oportunidad de considerar, reflexionar y discutir acerca de su contenido medio secreto. Por ello es que tengo que comentar que “me acuso y me confieso”, porque habría salido del colegio sin haber saboreado unas meditaciones que, es cierto, pudieron haber retado mis propias certitudes; pero que, a la vez, pudieron habernos dado acceso a unas meditaciones que merecían ser fortalecidas (o cuestionadas), las de esa dualidad existencial que llamamos “la fe”.

Pero, de otro lado, sería injusto culpar a nuestros ocasionales maestros, porque muy probablemente ellos tampoco tuvieron acceso a ese oculto conocimiento. Si una discusión válida tuvimos en aquellos días (en los que yo mismo quizás me caracterizaba por mi rancio y recalcitrante misticismo) fue la de que eso de creer (es decir la fe), obedecía a un proceso personal, a eso que los filósofos llamaban “fenomenología”; la certeza de que creemos no por nuestros propios méritos, o que descreemos porque fuera nuestra culpa; sino que aquella tendencia, como la de enamorarse, se daba por un fenómeno de fortuna e íntima espontaneidad. En las palabras del propio Unamuno: "La fe es un hecho en los que la poseen, y disertar sobre ella los que no la tienen, es como si una sociedad de ciegos discutiera acerca de lo que oyeran hablar de la luz a los videntes”...

Es probable que el Índice haya tratado de protegernos en su tiempo. Cuántas cosas no se hacen con el pretexto de proteger a los demás! Es indudable que su intención era la de “purgar” las lecturas de los creyentes. Bien sabemos que purgar significa depurar; pero, como a menudo sucede con los matamalezas y con los purgantes, se corre el horrible riesgo de no solo acabar con los parásitos, sino también de expulsar lo bueno; y así es como se termina por arrasar con todo…

Se dice que “San Manual Bueno, mártir” sería la obra maestra de Unamuno. El existencialismo reclama su descarnada honestidad como un símbolo de la angustia y el desasosiego espiritual del hombre. Es la historia de un cura de pueblo que prefiere ocultar su descreencia a sus feligreses para así satisfacer su ingenua felicidad. A ellos no les predica lo que verdaderamente siente ni piensa, pues para él el paraíso está en este mismo mundo; el no cree ni en la otra vida ni en la llamada vida perdurable. El está para hacerles “vivir” a sus feligreses a su cándida manera, “para hacerlos felices, para hacer que se sueñen inmortales.” Pues, su propia verdad, la razón de su propia angustia, sería simplemente “algo terrible, algo intolerable, algo mortal; la gente sencilla no podría vivir con ella…” Y, prefiere "dejarles vivir tan felices y en la ilusión de que todo esto tiene un sentido"...

Sí, porque al contrario que la sabiduría, el “conocimiento” no siempre lleva a la felicidad…

Shanghai, 4 de junio de 2011
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02 junio 2011

Crisis, cruces y encrucijadas

No sé si estén emparentadas etimológicamente, pero siempre me pareció que esas tres palabras (crisis, cruz y encrucijada) estaban relacionadas. Y descubro que en ciertas circunstancias de la vida, cuando se trata de un momento decisivo, de un esperado cambio brusco e importante, de una situación dificultosa y delicada (son los distintos significados de “crisis” que encuentro en el diccionario), parecería que las tres estarían, de alguna manera, identificadas… Mi advertencia implicaría que hay momentos en la vida (los llamados instantes críticos), en los que habría que sufrir y sentir dolor para poder salir adelante… Qué mejor ejemplo que nuestro propio nacimiento, cuando la alborada de la vida viene precedida de una cláusula de dolor; y cuando ese episodio de realización y de alegría es anticipado por uno de sufrimiento…

En mi caso personal, uno de esos momentos especiales me sucedió en mis tempranos días de escuela. Estábamos afuera en el recreo de cuarto grado, y yo me había quedado en los corredores, mientras los otros muchachos saltaban, corrían y jugaban. De pronto, se me fueron unas lágrimas de melancolía y no pude evitar que uno de los profesores me hubiera visto llorar... Entonces éste se me acercó, y al preguntarme que qué era lo que me pasaba, creo que pretexté que sentía una dolencia estomacal. Entonces llamó a uno de mis compañeros, uno que era reconocido por su amabilidad; a él le pidió que me acompañara hasta mi casa, y que se asegurase que yo había dejado de sentirme mal.

Cuando salimos del colegio y me preguntó mi condiscípulo que cómo me sentía y que qué mismo me pasaba, tuve que confesarle el motivo de mi súbita nostalgia… Fue por ello que él sugirió un trayecto que no conducía a mi casa, sino a una que estaba ubicada en una cuesta empinada que llevaba al cerro de San Juan. Ahí, en un zaguán adoquinado nos pusimos a jugar por el resto del día y a “curar mis retorcijones”, tomando unas pastillas de afecto que en su casa me proporcionaron para calmar aquel supuesto malestar. Su madre llamó a mi casa para avisar donde me encontraba y para mitigar mi probable intranquilidad.

Así "me eché la pera" por primera vez en mi vida; y así empezó también mi amistad con este muchacho, que se caracterizaba porque parecía estar siempre buscando la manera de alegrar a los demás. En la escuela, casi siempre era escogido como el “mejor compañero”, distinción que reconocía su tendencia afable y su bondad. Era esa bondad una virtud que él había aprendido en su casa y que nunca requirió de afectación para poderla expresar. Se llamaba Fernando, y fue desde siempre, el paradigma de la sonrisa y el adalid de la simpatía; cualidades que nunca las tuvo que aparentar.

Por ello, cuando terminamos el colegio, no me causó sorpresa cuando me enteré que había optado por la psicología. Porque, unos quieren ser médicos o ingenieros; otros van para abogados o para arquitectos; él sabía que lo único que realmente quería era ayudar a otros a buscar su bienestar. Por eso escogió una disciplina emparentada con los estados del alma, una carrera que le permitiría ayudar a la gente, devolverle su confianza, y darle ese fino estímulo que en él era tan espontáneo y natural.

Por una razón que yo mismo nunca entiendo, a veces pienso en el oficio de los psicólogos, y reflexiono en el de los payasos, que aun sintiéndose tristes, están obligados a tener que alegrar a los demás. No importa si pintan su rostro con una mueca de tristeza o de alegría, sus bromas tienen solo un objetivo: hacernos la vida más leve, llevadera y fácil; hacernos reír y vernos disfrutar! Pero, con ellos, igual que nos sucede con los artistas de circo y los actores de mojiganga, a veces olvidamos que son también seres de carne y hueso, que tienen sus propios dramas y problemas, que aunque traten de hacernos reír, nunca sabemos si ellos también están tristes y tienen ganas de ponerse a llorar…! Porque esa es quizás la más clara característica de la condición humana: que sabemos reír, pero a veces también necesitamos llorar…

Nunca supe porqué empezaron sus amigos a tildarle de “Pelado”; solo recuerdo que desde un cierto día, el “mono” Naranjo así le empezó a llamar. Me persuadí entonces que algo tenía que ver con su talante, ya que no solo parecía el más risueño, sino también el menor entre los chicos de la clase. Tenía por entonces una dotación capilar escasa; e imaginé que quizás fuera por esta otra circunstancia, que le habían endosado ese calificativo que le otorgaba identidad. Él, a imagen de sus padres, había dejado una esquina de su alma para la búsqueda del bienestar ajeno; y, como pasaba con su bondadoso padre, algo en el brillo de sus ojos denunciaba su vocación e interés por ayudar a los demás.

Una tarde conversando con su padre, me propuse descubrir el secreto de su alma; de esa su paz interior profunda, de ese brillo de alegría que emitían sus ojos, y de esa como lágrima retenida que me es hoy tan difícil de olvidar. Y entonces, cuando ya creí que había hallado el callado secreto que escondía, pude descubrir otro aún más profundo que él mismo abrigaba: aquel de que no hay alegría valedera si no aprendemos a conjugar los verbos compartir y participar…

La otra tarde el “Pelado” vino a hacerme una breve visita, a regalarme otra vez su estimulante gesto de amistad. Entonces pensé en otra bondad, la que conmigo tuvo el destino, que quiso darme como compañero de escuela, a un muchacho al que nunca le estuvo permitido ponerse triste, porque su vida estaba destinada a favorecer la alegría de los demás. Entonces, descubrí el real motivo de su apodo; descubrí que “pelado” es alguien que no tiene piel, alguien que carece de epidermis, y deja traslucir la bondad interior de su alma a quienes necesitan un poquito más de felicidad…

Shanghai, 3 de junio de 2011
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01 junio 2011

La “chamba” nueva

Si tendría que celebrar el nuevo trabajo que tengo desde hoy día, solo tendría que copiar la letra de la canción de Tito Fernández; aquella de “La casa nueva”… Entonces, aprovechando la magnanimidad ajena, diría algo así como:

Hoy estamos de fiesta!
Tenemos nueva “chamba”,
y hay que inaugurarla como Dios manda!

Hay de todo! Asado, cazuela, champaña,
vino blanco, del otro, mucha gente y la “chamba”…
La “chamba” nueva!
Nuestra “chamba”!
Fruto de tantos años llenos de penas blancas…

Déjame decirte la alegría linda del último vals, amor, amor...

Porque, desde hoy, sin que yo sepa leer ni escribir, como decimos en Pichincha, y sin que haya hecho méritos para ello, igual que cuando se corta la mantequilla con un cuchillo, he amanecido, de golpe e intempestivamente, sin trabajo… Y, entonces, como por arte de birlibirloque, eh aquí, que he amanecido también con otro trabajo nuevo! Tengo un nuevo patrono, un nuevo número de empleado; me han asignado nuevos jefes. Sí, y hasta me han proporcionado uniformes nuevos! Inclusive me han dotado de una de esas gorras enormes que son tan comunes en el Asia, y que desde siempre nos dieron tanta identidad con los heladeros de feria... Todo porque tengo desde ahora un trabajo nuevo, tengo “chamba” nueva!

Pero… es un trabajo para el cual nunca había presentado una aplicación; ni que jamás lo había solicitado a nadie. Lo que sucede es que hace algo así como un año, empezó por ahí a escucharse un rumor. Me imagino que así empiezan las avalanchas, arriba en la montaña, como algo que va en serio, pero que abajo solo escuchamos como el desarrollo de un ruido que se hace cada vez más potente. Y, eso es lo que sucede con lo que por allá en mi tierra llamamos “bolas”, o sea con los rumores, que casi siempre llegan distorsionadas e incompletas. Imagino que esa es la insidiosa mecánica de los rumores…

Pero esta vez, es evidente que los rumores iban en serio. Y, de eso es lo que justamente estoy hablando, hoy que se han puesto de moda, en las empresas, palabras como “merger” (fusión), “outsourcing” (tercerización), “takeover” (absorción) y “hedging” (compra a futuro). Y esto es precisamente lo que le ha ocurrido a mi anterior empresa, que de un solo plumazo, la han absorbido. Y el sorbo ha sido tan rápido y agresivo que, sin que yo haya siquiera firmado un nuevo contrato de trabajo, ya me encuentro desde hoy día trabajando para un nuevo y diferente patrono…

Para mí, que he sido siempre sacristán de los procedimientos jurídicos, y medio como predicador de la legalidad, este sui generis procedimiento me ha tomado un poco desprevenido. No he reaccionado como es mi habitual costumbre; con probabilidad porque ya solo tengo que servir exactamente cinco meses en mi actual contrato; porque ya no estoy para heroísmos en estos postreros días, ni quisiera ser percibido –otra vez- como el motivador o el agitador; pero, por sobre todo, porque estamos en la China, un país que luego de más de cincuenta años de socialismo, recién se está planteando la discusión y la revisión de unas normas y procedimientos laborales que sus propios ciudadanos no se han atrevido todavía a cuestionar…

Cara a la inminente desaparición de mi anterior empresa, se nos ha pedido acercarnos a firmar un acuerdo “tripartito”. Las comillas obedecen a que uno de los integrantes del acuerdo, desde hoy es solo un cadáver, al que solo se lo va a mirar con nostalgia; y que no sirve ya para otra cosa, que no sea la de poderle recordar (mi anterior patrono). Pero la firma del mencionado documento, antes de que nadie haya firmado todavía ningún nuevo contrato de trabajo, ha obedecido a la “invitación” que se nos ha efectuado para que lo hagamos en forma perentoria, para así evitar que nuestro nombre no vaya a quedar excluido del rol de pagos del mes siguiente!

Desde hoy, mis trámites administrativos, especialmente la recurrente entrega de “fa piaos” (recibos ad hoc), que en esta sociedad son indispensables para justificar el pago de subsidios complementarios, tengo que efectuarlos en las nuevas oficinas, cercanas al viejo y distante aeropuerto de Hongqiao (vale decir en otra ciudad). De golpe, ha quedado sin efecto la página “web” de mi correo electrónico; se ha suspendido mi número anterior de empleado. Tengo también la sospecha, e inclusive la incomoda impresión, de que la mayoría de mis elementos de identidad laboral, han dejado ya de tener vigencia y legalidad…

En los próximos días, cuando vaya de nuevo, y por primera vez, a volar para mi nueva empresa, llamada China Cargo Airlines, ya no podré usar el código de identificación de radio que he venido utilizando durante los últimos dos años (“Ámsterdam, Great Wall 8734”), porque ha entrado en vigencia el nuevo método de identificación (“call sign”), con el que a partir de hoy habremos de pasar a diferenciarnos: Cargo King.

No sé porqué el nombrecito me recuerda a la casa donde se expenden unas populares y sabrosas hamburguesas. Espero que sea solo por el tamaño de la empresa, y no porque su ingrediente sea la carne molida…

En todo caso… Déjame decirte la alegría linda del último vals, amor, amor…

Hongqiao, primero de junio de 2011
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