15 agosto 2011

Esos apuntes extraviados

Por esos mis últimos años en el oriente ecuatoriano, a medio camino entre la soltería y mi vida de futuro piloto de aerolínea -que no es sino la vida de un itinerante solterón-, la naturaleza de la actividad me daba tiempo para continuas e interminables lecturas; esto, justamente porque mi programa de vuelo y de trabajo parecía sacado de uno de esos libros de acontecimientos y actividades sorprendentes: trabajaba con un sistema de ocho por ocho, lo que consistía en una semana de trabajo, seguida por otra de descanso! La base de operaciones estaba ubicada en Lago Agrio (Nueva Loja la apellidarían después, los que me imagino que habrían sido unos recalcitrantes y trasnochados colonos lojanos).

“Lago” le llamábamos como para abreviar su nombre, o quizás para disimular la agria impresión que producía un pueblo infeliz, sin provisión de agua potable ni alcantarillado. No más de veinte cuadras rodeaban a un triángulo donde se confundían las picanterías improvisadas, las tiendas de víveres y las mecánicas automotrices; allí se formaba una Y que bifurcaba los caminos que conducían al puente sobre el Aguarico, al camino de regreso a Quito o al campamento de la Texaco. Quedaba, esta encrucijada, a tiro de piedra de los dos únicos “chongos” o prostíbulos que ahí competían con la imaginación de sus nombres y la provisión de sus placeres prohibidos. Estos antros daban carta de ciudadanía a un pueblo donde se vivía entre la polvareda y el lodazal, entre la abyección y los parásitos.

A similar distancia quedaba una auténtica “jaula de oro”, una especie de claustro favorecido por la presencia de toda suerte de comodidades: era el campamento de la compañía petrolera que pocos años atrás había descubierto petróleo por primera vez en el oriente. Había allí una cancha de futbol y un casino; una sala de cine y también un enorme comedor; sobre terraplenes elevados se ubicaban las oficinas administrativas donde inclusive se disponía de teléfono directo con la civilización y habían unos interminables pabellones donde se alojaban los empleados y directivos que venían durante los días de semana para cumplir con sus distintas tareas, oficios y trabajos.

A poca distancia se había construido una pista asfaltada de aterrizaje; la construcción se complementaba con un exiguo terminal de pasajeros y un pequeño hangar donde se atendía y proporcionaba mantenimiento a las versátiles “machacas”, unas aeronaves de color anaranjado que realizaban los vuelos entre los pequeños campamentos de los que disponía la Texaco. Hacíamos por entonces dos vuelos de recorrido, uno en la mañana y otro luego del almuerzo, al principio de la tarde; y adicionalmente otros vuelos especiales que consistían en transportar al personal a una de esas cortas pistas, algunas cubiertas de madera de chonta y de extensión muy limitada.

Los circuitos, en forma casi invariable, nos llevaban a cumplir la ruta Lago – Sacha – Coca – Shushufindi – Lago. Eran avioncitos bien mantenidos, impulsados a turbo-hélice, pero no podía dejar de considerarse que, a pesar de lo variada y entretenida que era su repetitiva operación, ellos tenían una gran limitación para los vuelos sobre la selva: estaban provistos de un solo motor, lo que equivalía a reconocer que si se producía una falla mecánica, el primer instinto y propósito de los pilotos hubiera sido buscar donde realizar una emergencia en medio de los árboles; y entonces… gracias por haber escogido los servicios de la Texaco!

Un bochorno amodorrante se producía justo después del almuerzo, cuando había que salir a efectuar el primer vuelo de la tarde. Era también la hora en que debido al calor se experimentaba el más alto grado de turbulencia dentro de una pequeña nave que ni siquiera disponía de ventoleras y menos aún de aire acondicionado. Al “hangar de las machacas”, especie de diminuto terminal aéreo, acudían con sus “ordenes de viaje” los operadores de los pozos, los técnicos de las empresas subcontratistas, los ingenieros que salían a efectuar las tareas de observación y de control que les eran específicas, los supervisores de bodega, los encargados de hacer las auditorias; en fin, todos aquellos que tenían que movilizarse en forma urgente, o simplemente quienes por la naturaleza de su actividad, debían transportarse por vía aérea, como podía tratarse del encargado de proyectar las películas vespertinas en esos campamentos aislados.

Así fue como los libros fueron convirtiéndose en nuestro único entretenimiento. Sentado yo en las oficinas de Ecuavía Oriente, debía esperar, entre vuelo y vuelo, a que nuevos pasajeros viniesen con un nuevo formulario en el que se había plasmado la autorización para realizar un viaje puntual o simplemente para que se les incluyera en los vuelos de itinerario. Disfrutaba por entonces tanto de mis lecturas, que hubo momentos en que no tuve muy claro si la solicitud de los vuelos venía a interrumpirlas, o si esas lecturas eran las que interrumpían los quehaceres a los que estaba obligado. Por entonces se me dio por leer en bulto, es decir no adquiría libros individuales, sino que insistía en el mismo autor, y con frecuencia adquiría la edición especial de sus obras completas.

Hubo libros que probablemente eché a perder con mis notas y subrayados. Pero también hubo otros con los que preferí ser más recatado; cuando encontraba una frase o un pensamiento que me gustaban, los anotaba en un pequeño papel en el que registraba los pasajes y sentencias que me habían causado impacto. Pasados los años, y cuando quise poner en orden mi librero, parece que retiré todas esas hojas de los libros correspondientes y las junté en un solo sitio, sin discriminar su procedencia, ni señalar a qué libro correspondían las notas que se habían acumulado. Hace poco me he encontrado con esas notas, y no he podido ubicar su autoría, ni tampoco descartar la posibilidad de que tales apuntes hubieran recogido el contradictorio registro de mis propias impresiones, respecto a las influencias que alguna vez me marcaron.

Ámsterdam, 16 de agosto de 2011
Share/Bookmark

13 agosto 2011

Espacio médico contratado

Hola, me llamo Benjamín. En la casa me dicen Benja (o Benjas, en plural, cuando me pongo “majadero” y me sale mi doble personalidad). Soy el primer nieto de mi abuelo; o, lo que es lo mismo, el hijo mayor de mis papás. Le pedí al abuelo que me deje escribir en su “blog” para contarles de las operaciones que me hicieron esta semana en el hospital. Esta nota estoy escribiendo en un papel; pero el abuelo me dijo que iba a copiarla en el computador, porque él es medio complicado y quisquilloso (obsesivo-compulsivo, dice él), y me dijo que primero tenía que revisarme las faltas y que primero la tenía que “editar”…

Ya tengo cinco años. Voy a una escuelita que queda aquí cerca. Este es mi primer año en el preescolar. En la escuela nos hacen jugar todo el día y esto es quizás lo que me tiene un poco confundido, porque cuando dizque hay que ponerse serio, yo no sé si se trata de otro juego o es que ha empezado una clase “seria” más. La cosa es que eso que llaman “cosas serias” son asuntos que yo ya sabía, porque ya me había conversado el abuelo o ya me habían enseñado antes mis propios papás. A mí me parece que las chismosas de las profesoras les fueron a decir a mis papás que ahora ando muy inquieto, porque casi no hay semana que no les pidan que vengan a la escuela porque “quieren conversar”.

La última vez que mis papás vinieron a la escuela, me estuvieron reclamando todo el viaje de regreso a la casa y me estuvieron diciendo que ya me vaya dejando de tonterías y que ponga atención a mis maestros, sobre todo cuando nos dicen que hay que sentarse a jugar a las lecturas o cuando aprendemos a contar. Estos son otros juegos que, a diferencia de los que jugamos en el patio, hay que hacerlos en la clase, mientras tenemos que sentarnos y estar calladitos, jugando al que más se aguanta sin moverse, hasta que nos dejan salir al patio otra vez a corretear. Lo cierto es que eso de estar de estatua, y como mudo, a mí se me ha ido haciendo muy difícil. Parte es por culpa del William que es un inquieto y parte también por culpa de la Natalie que es una pecosita colorada que siempre me anda molestando, se coge mis crayolas y me dice cosas chistosas desde atrás.

Cuando vinieron mis papás a la escuela les pidieron que me lleven al médico, para que les diga si mi falta de atención no es por alguna otra razón adicional. Y, lo que tenía que pasar pasó; el médico dijo que si yo era tan inquieto no era porque era un genio precoz, tampoco porque ya sabía lo que me quieren enseñar, y ni siquiera porque soy un “irreverente y empecinado majadero” (como dice mi papá), sino porque mis amígdalas tenían el tamaño de un huevo y que otros como huevos que quedan detrás de la nariz, y que creo que se llaman adenoides, también me tenían que operar. Así que no me dieron tiempo ni para guardar mis transformers, ni mis carritos de carreras, ni mis legos; y el viernes a primera hora me llevaron a la clínica para hacerme operar.

Lo de la operación no fue mayor problema. Me llevaron a un cuarto donde no había juguetes y donde la cama era tan alta que si hubiera querido bajarme me hubiera roto la columna vertebral. Vino una enfermera a ponerme una de esas inyecciones que yo odio y sin que yo me diera ni cuenta, ya me había quedado profundamente dormido y cuando me desperté me dijeron mis papis que ya me habían terminado de operar. He estado desde ese día un poco como preocupado porque estoy convencido que cuando a uno le cortan algo, uno corre el riesgo de hacerse débil y se puede como debilitar. Es como en un cuento que vi una vez en la tele, que a un señor muy fuerte, que se llamaba Sansón, le cortaron el pelo solo para poderle atrapar. Pero mi caso es más grave, porque creo que mis amígdalas ya no me van a volver a crecer nunca, nunca más!

Mis papás le contaron al médico que me enfermo con frecuencia de la garganta, pero sobre todo que ronco demasiado, que duermo con la boca abierta y el médico les dijo que cuando se duerme con la boca abierta uno se pasa al otro día molestando en la escuela, porque no ha dormido bien y entonces da lo que ellos llaman “hiperactividad”. Esta es una de las últimas palabras largas que he tenido que aprender estos días; palabras largas y extrañas que no había escuchado ni siquiera en los programas nocturnos de la tele. Porque yo nunca había oído ni otorrinolaringólogo, ni adenoides, ni amígdalas, ni todas esas palabras difíciles de los rótulos que tienen todas las aulas que hay en el hospital. Lo que en cambio me alegra es que el doctor nos dijo que con la operación ya no se me iban a obstruir los “pasajes aéreos”; y yo creo que esto a lo mejor es bueno, porque yo me quisiera ir a visitarles a mis abuelos por un par de meses y no podría irme si los pasajes no me pueden primero comprar…

Al día siguiente, de que me dijeron que ya me habían operado, ya me dejaron volver a la casa de mis papás. Yo “creiba” que me iba a doler algo en la garganta o en la boca, pero hasta aquí no he sentido ningún dolor o dificultad. Ya puedo comer de todo y no tengo ningún problema para hablar o respirar. He pasado un fin de semana muy entretenido y hasta mimado. Pero, en medio de todo, he pasado también un poco contrariado y preocupado, porque si sigo soñando con la boca abierta, o si sigo roncando demasiado o, lo que es más grave, si persisto en seguir molestando en la clase, tengo miedo que les vuelvan a llamar a mis viejos a la escuela y con esto de que me andan cortando ciertas glándulas, para que dizque ya no moleste, vaya a ser que siga molestando como un verdadero majadero y entonces el doctor vaya a querer que me corten algo más…!

Bueno ya no quiero cansarles con mis historias. Además, tampoco quiero abusar del espacio que me concedió el abuelo, que es el único que está convencido que si a veces molesto un poco (aunque a cada rato) no es porque sea un majadero, sino solo porque todavía soy un niño. Un niño chiquito, eso y nada más!

Willoughby, Sydney - Australia, este último fin de semana.
Share/Bookmark

12 agosto 2011

Otra vez arroz!

Estoy de vuelta a mi soltería honoraria y “ad hoc”. He regresado a Shanghai casi tres meses después. Priorizo el pago de las cuentas atrasadas y acumuladas; vuelvo a recorrer mis atajos y a reconocer mis acostumbrados rincones, a repetir mis rutinas y, sobre todo, a hacerme cargo de todas esas pequeñas cosas de las que normalmente se encarga el ama de casa; o que a veces hemos encargado a alguien más. Porque regresar a un sitio que se ha dejado cerrado por todo un trimestre implica realizar una variedad de tareas; pero sobre todo involucra eso de lidiar con las sorpresas. A veces es algo que funciona defectuosamente, o un cuadro que se ha caído de la pared como si lo hubieran empujado los fantasmas, o una llave que debía estar en cierto sitio y que no aparece, o un artefacto que se traba, que se encapricha y que ya no quiere funcionar…

Volver a los tiempos significa descubrir nuevos daños y reconocer flamantes falencias. Así, el primer día es un día perdido, porque se lo gasta en solucionar desperfectos y en “desfacer agravios”. La vez pasada había sido una cañería de agua caliente que se había reventado (claro, si el baño no había sido utilizado por largo tiempo); el resultado fue una intempestiva y catastrófica inundación que me impulsó a que bajara corriendo, casi como Dios me trajo al mundo, en busca de ayuda urgente con rumbo a la conserjería. Cómo explicarle al chinito de seguridad la razón de mi desesperado predicamento, con esa loca cara de angustia y con el semblante del mismo color de la magra pieza de toalla con que había cubierto mis pudores y mi confuso espanto! Debe haberse imaginado, el sorprendido guardia, que me habría encontrado cara a cara con el mismísimo demonio o que habría bajado a reportar un crimen atroz, repentino y execrable!

O como en aquella otra ocasión, que bien pudo haber pasado a los anales del oprobio, cuando en forma repentina sentí uno como ruidito imperceptible que fue cobrando la fuerza de un martilleo persistente; fue cuando advertí que había empezado a llover dentro de la misma sala, al más puro estilo de los fantásticos episodios de las novelas de García Márquez. Era que se había anegado el cielo falso, por culpa de una obstrucción en el ducto del aire acondicionado… ¿Qué hacer entonces, en la mitad de la noche, a más de poner todo lo que estuviera al alcance a buen recaudo? No, no es cosa fácil, ni simple, saber que no se puede hacer nada, mientras se cae en cuenta que el tumbado se va abombando como una canoa amenazante y repleta de agua!

En asuntos y situaciones como éstas, es cuando renuncio a mi agnosticismo y opto por creer en los ángeles de la guarda! Es cuando compruebo que ellos no tienen alas y que tienen nombre y apellido. Son los verdaderos enviados del cielo, visten unos trajes de un material rústico, hecho para forrar colchones, no se inmutan por nada y casi nunca ofrecen una sonrisa conmiserativa; son los encargados de las reparaciones. Se llaman a sí mismos “ingenieros”. Son los que nos hacen sentir que las plegarias sí suelen encontrar respuesta; ahí es cuando concluyo que las bienaventuranzas están incompletas, que debería haber una que proclame: “bienaventurados los que sufren por las cosas que se echan a perder, porque serán auxiliados”; y otra que los incluya: “bienaventurados los mecánicos que ayudan a los que no tienen ni p… idea de cómo arreglar las cosas, porque serán llamados a un reino donde nada se malogra y en donde todo estará compuesto para siempre y hasta el final de los tiempos”!

Sí, porque si hay una falencia que deba reconocer como propia, es mi inutilidad para arreglar las cosas que se dañan. No tengo ninguna habilidad para todo aquello que tiene que ver con mecanismos y herramientas! Porque, como decía uno de mis hermanos: “no soy aparente” (término antiguo que se ha vuelto a usar en el Ecuador, con el sentido de apto o adecuado). No, definitivamente, no sé tomar ni una tenaza, ni un destornillador, ni un martillo; simplemente no nací para ser mecánico! Y esto, a pesar de mi testarudez e impaciencia; porque mi inutilidad para con los fierros, solo puede ser superada por mi enfermizo empecinamiento por encontrar solución para todo aquello que mal funciona, que se hubiera resistido a operar, o que se hubiese estropeado. Ver algo que se ha dañado es algo que me puede quitar el sueño; estoy ahí, trata que trata, monea que monea, hasta que encuentro la razón de su empecinado comportamiento…

Así transcurre el primer día de esta soltería ocasional que me persuade que todos somos animales de costumbre, que podemos adaptarnos a toda suerte de incomodidad y a cualquier clase de limitación. Así compruebo que es necesario procurarse un marco básico de orden y de comodidad para organizar la vida diaria cuando se está solo, cuando se depende de uno mismo para disfrutar de un poco de confort y para poder organizarse. Es entonces que, ya arreglados los desperfectos, puestas en orden las cuentas de los servicios y habiendo provisto con generosidad la alacena y la refrigeradora, siento que estoy listo para cumplir con todas esas tareas y responsabilidades que me han encargado en esta cláusula crepuscular de mi vida, talvez la última de mi etapa profesional y aeronáutica .

Es entonces que percibo que se presenta la oportunidad para ejercitar todas esas tareas que me resultaron odiosas y antipáticas cuando fuera niño, cuando nunca me habría imaginado que ciertas cosas simples, como administrar la provisión de ropa fresca o presupuestar la adquisición y el consumo de los alimentos, serían quehaceres que algún día tendría que hacerlos por mí mismo, aun a pesar de tener la opción de disponer de alguien que pudiera aligerar esa carga de soportarse a uno mismo, en la que consiste saberse temporalmente soltero…

Sí, un nuevo día más en el paraíso terrenal; o, como lo expresarían quienes han abandonado el optimismo por la variedad: “otra vez arroz…!”

Shanghai, 12 de agosto de 2011
Share/Bookmark

09 agosto 2011

El artilugio rabioso

“Estremecido de odio, encendí un cigarrillo y malignamente arrojé la colilla encendida encima de un bulto humano que dormía acurrucado en un pórtico”. Roberto Arlt, “El juguete rabioso”.

Tengo que madrugar para tomar mi vuelo de regreso a Shanghai. No dispongo de un despertador, pero acudo a la ayuda de ese mecanismo multifuncional en que se ha convertido últimamente el teléfono. Es sorprendente comprobar cómo el dispositivo es ahora utilizado para tantas y tan diferentes tareas; cómo es usado para satisfacer muchas de nuestras cotidianas necesidades, la menos utilizada de las cuales parece ser la que debe serle propia, la tan simple de comunicarse. He calculado una hora de presentación en el aeropuerto y he fijado una hora para despertarme. Además, en la posibilidad de que cometa una equivocación, he decidido utilizar otro celular adicional como medida de precaución y celo.

Es la mitad de la noche. Un sonido que no logro asociar con la alarma suena en la madrugada. Cancelo la sirena y advierto que ésta ha sonado una hora antes de lo esperado; ha sonado una hora muy temprano. Pocos segundos después, vuelve a sonar la advertencia empecinada; es entonces que descubro que no es fruto de su inexplicable testarudez, sino que es más bien una llamada telefónica que ha interrumpido la cláusula de la noche. Tomo el auricular y, para mi exasperación, siento que alguien fuerza una cuota de silencio al otro lado de la línea. Alguien no puede ocultar su presencia y calla, con insidiosa obstinación, en las antípodas de mi desdeñoso fastidio. Alo, alo! - repito -, mientras alguien insiste en ocultar su identidad con su silencio torpe, cobarde y artificioso.

Hago silencio y prefiero más bien desconectar con anticipación la alarma de todos los improvisados despertadores. Decido levantarme más temprano de lo inicialmente previsto, mientras me aseguro que todos los aparatos susceptibles de propiciar un madrugador despierte se encuentran ya debidamente desconectados. Subsiste, sin embargo, un caprichoso zumbido; es como si las alarmas hubieran continuado rugiendo su empecinado pregón mañanero. Sucede como si el ruido de aviso hubiese ya cesado, pero el modo de vibración continuara perturbando con su casi imperceptible testimonio de moscardón inquieto. Busco por todas partes la esquiva fuente del demencial sonido y no consigo ubicar el origen de aquel necio y misterioso rugido ahora incierto.

Pienso entonces en el título de la novela de ese escritor argentino que fuera Roberto Arlt y trato de explicarme su intención al haberla llamado “El juguete rabioso”. Mientras trato de espabilarme y me dirijo al baño, evitando despertar a "mi santa costumbre", pongo un exceso de cuidado en no hacer ruido y pienso en las “rabias” que se han puesto de moda en mi tierra y medito en los ahora populares y nada inconspicuos “cabreos”. Pienso en las cruzadas políticas de los “cabreados” que sienten que se ha hollado su derecho a expresarse y a ejercer su libertad de proclama y de pensamiento. Pienso en la réplica de quien, por ahora y transitoriamente, ostenta el poder; en la de quien refuta que los verdaderamente cabreados deberían ser los que “tienen prohibido olvidar”, los que no tienen agua a pesar de vivir cerca de la represa del río Daule.

Es cuando pienso en el cabreo de los agitadores y en el de los demagogos, en el de quienes abusan de su “libertad al cabreo” para dar rienda suelta al rencor y al desprecio. En el cabreo de los que defienden sus intereses y menosprecian el criterio que es ajeno; en el de los autócratas e intolerantes, en el de los que tratan de esconder sus complejos y sus desprecios… En el de los pirómanos políticos, en el de los que… “estremecidos por el odio, encienden un cigarrillo y malignamente arrojan la colilla encendida encima del bulto humano que duerme sus sueños de esperanza e ilusión en un olvidado pórtico”…

Medito entonces en la fuerza aparente que tiene y que contiene el sofisma; y reflexiono en el cínico e hipócrita cabreo de los oportunistas, en quienes acuden a la perversidad, a la infamia y al resentimiento para exacerbar los odios y apuntalar su temporal oficio. Me pregunto si es ético y moral utilizar la pobreza, la marginación, la imposibilidad de ascender, la incapacidad -lamentable pero inevitable- de que todos los hombres puedan concretar sus aspiraciones y hacer realidad sus sueños... Empiezo a afeitarme con celeridad y descuido, mientras reflexiono en el comentario de uno de mis hijos, en cuanto a que los jugadores que provienen de Same y no de Esmeraldas tienen dificultad para adaptarse a la realidad de la ciudad, cuando salen a probar sus habilidades en Quito...

Pienso entonces en la curiosa analogía que tiene esa realidad, en la contradicción social de aquella pobre gente que sufre con los contrastes de vivir cerca de quienes tienen más, a pesar de que esa misma condición les brinda la posibilidad de obtener empleo y de mejorar su ingreso. Y medito en el espejismo que a esa misma gente le crea su imposibilidad de tener acceso a otros medios para concretar el salto que significa realizar sus sueños; en la falsa idea que les fueron creando de que ese salto dramático pueda ser dado solo por la magia de las ofertas electorales y no por otros mecanismos a los que es justo que tengan derecho…

El zumbido de la alarma continúa… El ruido ya se ha cancelado, pero la trémula sensación sigue, con su ímpetu nervioso, como si no saldría de ese obcecado despertador, sino de mi propio y rabioso cerebro… Ay, los juguetes rabiosos! Ay, los artilugios con los que juegan los que nos niegan el derecho a nuestro modo de reaccionar ante el abuso, ante la prepotencia de un oficial e incontestado cabreo!

Atlanta, 9 de Agosto de 2011
Share/Bookmark

07 agosto 2011

Anatomía del gagón *

Es un trasgo diminuto e informe avecinado a la mezquina oscuridad del puente. Su rostro exhibe una mueca macabra; y su boca, en rictus de muerte, deja escapar un lúgubre quejido que se difumina por los rincones del río y que embruja, con su lúbrico silbido, el paisaje morlaco. Un sombrero de enormes alas erizadas consolida el carácter lascivo del duende y le otorga la mítica identidad de su fantasmal apostura. La imagen del gagón es imprecisa, su origen confuso y su naturaleza inescrutable. Sugiere la creencia, medrosa y legendaria, que su padre es el incesto y su madre la promiscuidad que corrompe los hogares.

El gagón es engendro lujurioso de húmedos y concupiscentes amores fraternales; es fruto de la codicia carnal de los compadres y aun de clandestinos estupros clericales. Su llanto estentóreo de huidizos ecos itinerantes, sugiere la caprichosa ubicuidad de su presencia y el agorero maleficio de espantosas calamidades. En su quejido se confunden, en simbiosis confusa e inextricable, un agudo lamento infantil y el reclamo funeral de una vieja vagabunda, grotesca y desesperada.

Su visión es ominosa; su aparición es un satánico recado. Es el mal agüero ofrecido como ingrato presente, como mañoso y abominable regalo. El duende contradice su peregrina estatura con su espectral presencia, con su aspecto fantasmal y bastardo. Es un engendro ridículo que aterroriza al medroso y esquivo vecindario; que altera el azuayo sosiego con sus traviesos hechizos, con sus embelecos y sus encantos. Su traza desordenada es huésped transeúnte de la sombra ocasional de un solitario farol olvidado. Allí, embozado en su escondite, amenaza el trasgo con su espurio embrujo, y con su hechizo esotérico y mágico.

El gagón repite su lamento melifluo, nocherniego y nostálgico, cual perentoria advertencia de renovados presagios que en la noche han escapado. Un viento terco y meridional apura furtivas siluetas que rehúyen la cita con el duendecillo extraviado mientras él va dejando la impronta de sus paseos noctámbulos, a la vez que la sombra macilenta de sus desplazamientos macabros. Entonces la gente, con encubierto recelo, evita un fugaz y repentino encuentro con el duende de índole perversa y va caminando con apremio y con escrúpulo monástico…

* Comentario: Este corto articulo lo escribí hace por lo menos veinticinco años, luego de un viaje de vacaciones a Cuenca. Allí escuché por primera vez este curioso como sugestivo término, nacido de la morlaca creencia en un duendecillo que se esconde en las noches bajo los puentes del Tomebamba. Sin embargo, este escrito, como muchos otros, habría de perderse temporalmente en uno de mis múltiples trasteos y frecuentes cambios de casa. Ahora que lo publico y que lo reviso a la distancia, compruebo mis anteriores influencias y advierto mi anterior tendencia a jugar con las esdrújulas y a utilizar una serie de voces que son poco utilizadas. Prefiero dejarlo como lo encontré, luego de una reciente jornada en que me pasé poniendo en orden mis cuadernos de apuntes y otros papeles extraviados.

De “Los mitos y leyendas de Cuenca” extraigo la siguiente información: “El gagón es una criatura imaginaria que tiene forma de un perrito faldero de pequeño tamaño y de color blanco. Este animal aparecía cuando personas con grado de familiaridad tenían relaciones prohibidas y las asustaba al dar gemidos que imitaban a los lloriqueos de un bebe recién nacido. Se creía que si se atrapaba al gagón y se lo tiznaba la frente con un carbón, las frentes de las personas que este animal había sorprendido también se tiznaban de negro”… Similar concepto hallo en el “Glosario de lojanismos”: “El gagón es un animal mítico, parecido a un cachorro, en el que se encarna el alma de los que fornican en pecado”…

En la edición de Abril de 2006 de la “Revista Cultural” encuentro también una referencia que me parece interesante:
“Será de creer? No será de creer? Quién sabe...! Yo nunca he visto, pero sí me han contado; también he leído los testimonios que al respeto recogió el Dr. Miguel A. Landívar (1921 - 1980), entre otros mitos de nuestros pueblos. Pero como de pueblo mismo se trata, parece ser que los gagones son como "guagua perritos", de esos “ñutos” (quichua por diminuto) , de color ceniciento, mejor dicho como la ceniza, entre gris y blanco, pero se hacen negros cuando pasa el tiempo y ahí ya no hay como salvarles, porque ya está perdida el alma. También dicen que son "pulchungos" (de pelo abundante y ensortijado), bien lanudos, y que salen solo de noche diciendo "gagón" si ha sido de hombre; "gagona" si ha sido de mujer.” (Las explicaciones en paréntesis son mías)

“Los que los han visto dicen que los gagones de la pareja se reúnen, se abrazan, casi se muchan (se besan) y se pasan jugando, revolcándose en el suelo, y aunque los dueños estén delante no les pueden ver. Ahora, qué también serán! No sé, pero parece que son las almas de los inocentes, o mejor dicho de los indecentes -cuestión de moralidades nuestras- que se emparejan con la comadre o viceversa, o con familiares que normalmente “no es de estar” (mías las últimas comillas).

“… para atraparles hay que encerrarlos en una tinaja, tapándoles con una manta o amarrándoles, luego se les pinta con "negro humo"; o mejor dicho, una mezcla de carbón y grasa animal. Algunos les hacen como una cruz en la frente; así, cuando está amaneciendo, el dueño del gagón también aparece tiznado, y uno le puede aconsejar para que se separe de esa mala junta que lo está perdiendo”... “Pero ¡cuidado! Si usted ve un gagón y quiere cogerle, si tiene el alma manchada le saca el "huesito de la rodilla" o sea la rótula; pero si tiene el alma limpia, solito se deja agarrar ni bien uno extiende los brazos y solo le masca suavito”… (Hasta aquí la referencia).

Finalmente, en el "Diccionario de Ecuatorianismos", de mi querido amigo Carlos Joaquín Córdova, hallo la siguiente breve nota: “Sujeto fantástico a quien se le atribuyen generalmente poderes maléficos”.

En fin, creencias y cosas que tienen en la morlaquía!

Quito, 7 de Agosto de 2011
Share/Bookmark

05 agosto 2011

Escozores (esquela de excusa)

Todos entran ahí con espíritu mohíno, como disimulando una nefanda culpa; tanto que se diría que nadie quiere ser identificado en ese parco recinto de luces mortecinas y pesados cortinajes. Nadie acude solo, todos prefieren entrar a esa consulta acompañados, como tratando de disimular quien mismo es el que está enfermo y quien mismo es el verdadero paciente. Se trata de la inicua sala de espera del médico proctólogo, a donde los afectados concurren en busca de paliar sus dudas, ardores y malestares. Inútil esfuerzo aquel, ese del disimulo, pues toda ajena sospecha es siempre exacerbada por la inocultable huella que se denuncia por medio del mórbido y característico caminado. Los que entran van exhibiendo esa forma premiosa de respiración que adquiere la esperanza, los que salen aquella otra más rítmica y acompasada con que se expresa el alivio…

Yo también formo parte de aquel silencioso aquelarre, donde parecen estar censurados o prohibidos los conciliábulos. Todos hablan con secretos rumores, como si lo que hubieran venido es a confesarse. Nadie quiere reconocerse como miembro de esta indigna sociedad oculta de los que tienen escozores en el ano. Han llegado a donde están por factores de herencia, por la naturaleza de su oficio, o simplemente por la íntima aspiración de que su mal no sea un achaque con carácter de permanente o que pudiese seguirse agravando. A veces su molestia no está determinada siquiera por la confirmación evaluativa, su mal puede ser un asunto tópico y sin relación que no ha sido debidamente calificado.

Y es que he acudido a una serie de citas médicas, con el propósito de asegurarme que no estoy amenazado por la forma más insidiosa y común que suele tener el cáncer. Algo de mi acostumbrada curiosidad y esa incipiente hipocondría que he ido desarrollando, me habían ido convenciendo que soy no solo el paciente ideal para esta suerte de moderna dolencia, sino que satisfago todos los subestimados síntomas con que puede presentarse el cáncer de colon. Han sido dos meses ya que ciertos ardores y comezones se habían propuesto eliminar de mi rostro toda huella de sonrisa, pues tales síntomas se habían combinado con una serie más amplia de diversas manifestaciones. He dedicado pues todo el tiempo que fuese necesario y que tenía disponible para realizar estas oportunas comprobaciones.

Por fortuna, mis sospechas pronto han logrado desvanecerse. Diez años después de un inexacto diagnóstico, se me ha confirmado que sufro en grado leve de esa irritación interna que también ha afectado la vida de muchos de mis parientes: la infamante hemorroides. Se corrobora y convalida también mi convencimiento de que mis reacciones a los alimentos picantes no es la enfermedad por la que me habían tratado por una década y que se llama “prostalgia fugax”, sino que se trata de una irritación alérgica de la piel en los sectores aledaños a lo que yo llamo “el sur del continente”. En suma, el nuevo diagnóstico produce esa sensación tan pacífica que llamamos alivio; pero también, y en forma simultánea, aquella otra que nos avergüenza y ruboriza, que constituye la experiencia del ridículo.

A pesar de estas frescas, y refrescantes, razones para gozar del optimismo, se me había recomendado, por efecto de mi edad, concluir mis averiguaciones con una nueva y complementaria visita; se trata de confirmar el estado real de mi aparato digestivo; han pasado ya casi diez años de una anterior colonoscopía y va siendo hora de tomar ciertas ocasionales y periódicas precauciones. Con el vertiginoso avance que en los últimos años ha tenido la medicina, estas exploraciones se han hecho casi tan comunes como acudir al dentista y la única molestia que se presenta sucede más bien la víspera del procedimiento, cuando se debe someter al organismo a una dieta líquida y a desacostumbradas e intensas purgaciones…

Los resultados inmediatos no son definitivos pero parecen tranquilizadores. La endoscopía alta refleja que adolezco de una hernia hiatal que es la que me ha estado produciendo un enconoso reflujo en los últimos meses. Descubren también una úlcera incipiente en el estómago y una serie de pequeñas y múltiples ulceraciones en el intestino, algo que parece que ha adquirido carnet de identidad en mi tierra, por culpa de una testaruda bacteria que ocasiona la muy común gastritis, que es una alteración digestiva que se presenta como un exceso de flatulencia que se amplifica en la altura, razón por la que no se me presenta en forma permanente. Más tarde, otras comprobaciones confirman que mi gastritis no está producida por medicamentos u otras circunstancias, sino por esa diminuta bacteria que ha colonizado mi intestino con carácter pertinaz y que se llama “Helicobacter Pylori”. Aspiro a que, con el tratamiento asignado por el amigable facultativo, pronto han de desaparecer sus perversas manifestaciones!

He dejado para el último lo de más abajo… Los resultados de la colonoscopía que habrían de corroborar o eliminar mis eventuales temores. Allí se encontraron y extirparon cuatro diminutos pólipos, uno con carácter de adenoma, el mismo que tuvo particularidades de apariencia que lo convertían en candidato a futuras complicaciones. Lo importante es saber “que no era lo que pudo haber sido”; pero no podría subestimarse la contingente posibilidad de que… “si no se lo extraía, podía llegar a convertirse en maligno”… Esta es la maravillosa condición de los chequeos previsivos, que los temores que nos puede producir una inocua hemorragia ocasional o unos escozores en el rabo, nos llevan a prevenir con oportunidad más serias, complejas e irreversibles situaciones...

Con este breve reporte médico, amables lectores, justifico mi ausencia durante las dos últimas semanas, tiempo que ha coincidido también con unas cortas y tonificantes vacaciones. Estoy de vuelta así a mis escarceos con las palabras. Pero estos obedecen ya a una forma distinta de escozores…

Quito, 5 de Agosto de 2011
Share/Bookmark