15 septiembre 2011

Especial de medianoche

Hago en estos últimos días un vuelo un tanto inconveniente; me veo forzado a dormir gran parte de la tarde; me recogen poco antes de la medianoche; y, si el vuelo no está demorado, enciendo turbinas a eso de las dos de la madrugada. Dos horas después, aproximo al nuevo aeropuerto internacional de Seúl, en Corea del Sur. Este esta localizado en una isla medio artificial, ubicada frente a ese puerto occidental de la península coreana donde desembarcaría, durante la segunda guerra mundial el general Douglas MacArthur. Me refiero a Incheón, que está situado hacia el sur del paralelo 38, donde se ha ubicado la llamada “zona desmilitarizada” que separa, de facto, desde hace sesenta años, a las dos Coreas.

Es éste Incheón el mismo lugar donde dieciséis años atrás realicé mi evaluación inicial, cuando me integré a Korean Air, para cumplir con lo que sería mi primer contrato de trabajo como piloto en el Asia. Luego de noventa minutos de carga y descarga, regreso a Shanghai, donde, luego de la transportación que me devuelve a casa, estoy de regreso a eso de las nueve de la mañana… Le llamamos al vuelo, por lo mismo, “el red eye special“ (el especial de los ojos irritados), o si se prefiere “el especial de medianoche”. A pesar de lo tedioso de la hora, en la que se efectúa el itinerario, me gusta regresar a esta tierra, patria de gente abnegada, trabajadora y buena; gente sufrida que sabe el valor que tiene la convivencia.

“Anión hashim niká”, me dice en tono de bienvenida el asignado ingeniero de tierra. “¿Pijengui cho sum niká?“, me inquiere en tono amigable, sabiendo que estoy al mando ésta noche. Le respondo en su idioma y le comunico que el avión viene sin problemas: no hemos anotado reportes de mantenimiento ésta noche. El aeropuerto habría de construirse, hace ya quince años, en medio de dos pequeñas islas cuyas lomas fueron arrasadas y extendidas para formar un solo cuerpo, a efecto de acomodar las instalaciones pertinentes. Un puente largo e interminable, como son muchas de esas maravillas de la ingeniería que se ve en la construcción vial moderna, habría de construirse para complementar la infraestructura del nuevo aeropuerto. Incheón vino así a reemplazar a Gimpo (o Kimpo, antes de la nueva romanización del Hangul, o lengua de los coreanos).

Llegué por primera vez a Corea del Sur una fría mañana de febrero del noventa y seis; un gélido y empecinado viento soplaba sin misericordia, mientras esperaba en la garita de las oficinas de operaciones, en el aeropuerto de Kimpo, para que confirmaran mi identidad y la autenticidad de la entrevista de trabajo que me traía a ese recinto, caracterizado por un sistema de seguridad muy estricto. Pronto habría de caer en cuenta que éstos métodos de tipo militar han quedado institucionalizados en el área corporativa de la sociedad coreana.

Estuve alrededor de dos años con Korean Air. Siempre comentaré con elogio las condiciones de trabajo que los coreanos me ofrecieron. Con ellos aprendí a conocer su sociedad y su cultura. Aprendí a leer y escribir en su idioma. Corea es un pueblo de gente perseverante, orgullosa de su identidad; un pueblo lastimado por un pasado de guerras y colonialismo, que ha sabido salir adelante con profundo espíritu de colectividad, con la conciencia de la importancia de los valores familiares y morales, con un permanente esfuerzo por perfeccionar lo institucional y por perseguir la excelencia empresarial. No hay actividad en la sociedad, por simple y humilde que parezca, que no esté impregnada por ese espíritu de eficiencia. Si a esto se suma un vigoroso sentido de honestidad y respeto social, es fácil entender cómo pudo haber llegado a un grado de desarrollo tan sorprendente, un país que fuera arrasado y obligado a levantarse desde sus cenizas como consecuencia de la guerra. De otra parte, siento que existe un íntimo afán de unificación en el alma coreana. Esto, a pesar de la presencia que en mis años de permanencia en Seúl, se calculaba en treinta mil hombres pertenecientes al ejército americano. Rezagos de la guerra fría…

Sin embargo, y a pesar de los atractivos y alicientes que el trabajo me brindaba, el significativo cambio de hora que mes a mes experimentaba, habría de obligarme a reconsiderar mi permanencia. Mis vuelos eran en gran parte de carácter doméstico, sobre todo a Pusán (la segunda ciudad y puerto coreano) y a la fascinante isla vacacional de Cheju. Estos desplazamientos se intercalaban con unos pocos vuelos internacionales a ciertos destinos japoneses y asiáticos como Tokio, Osaka, Nagoya, Fukuoka, Hong Kong, Bangkok y Singapur, entre otros que eran menos frecuentes. Los copilotos eran siempre aviadores locales, en quienes pude apreciar su alto sentido del deber y el orgullo en su profesionalismo; y, sobre todo, ese empeño institucional que en ellos la compañía había invertido para asegurar un alto rendimiento y una operación identificada con la seguridad y la eficiencia. No conozco un solo país en el mundo donde se reciba y despache un avión con trescientos treinta pasajeros en el tiempo exacto de media hora!

Con ellos fui aprendiendo su cultura; aprendí a disfrutar de su cocina peculiar, de sus sopas hirvientes y picantes, de los inolvidables “toshirás”, con los que nos satisfacían los ojos, el estómago y el paladar en los vuelos cortos, de ida y vuelta. Con ellos aprendí a degustar ese licor de arroz, parecido al sake, que llaman “soju”; con ellos me aventuré a probar la sopa de perro y sobre todo el pulpo crudo, luego de un curioso ritual que merece mi referencia. Están, estos moluscos octópodos, cautivos en una especie de tanque transparente o pecera; de allí son tomados para ser faenados directamente en frente de quien ha hecho el pedido a su mesa; allí, luego de desechar la cabeza, son trozados los tentáculos que, todavía en movimiento, son servidos para su consumo… Una sensación vital de incierta resistencia se va percibiendo cuando la degustación empieza…

Siempre volveré a esa tierra con la misma vieja curiosidad; y, con la enorme gratitud y aprecio que aprendí a tener por ésa raza altiva y sorprendente; de gente hospitalaria, trabajadora y sincera!

Shanghai, 15 de octubre de 2011
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11 septiembre 2011

Juanito Valderrama (cuento)

“Yo lo que realmente quería era convertirme en delantero! Nada superaba esa sensación de vanidad y orgullo que sentía en la escuela, luego de los recreos, cuando todos los demás sabían que yo había sido el autor de los goles de mi equipo. Por eso, no sé a qué se debe que terminé convirtiéndome en portero. A veces pienso que fue por lo de mi segundo apellido. Y eso, aunque no sé para qué fueron a ponerme ese nombre tan largo; si ya, con esos apellidos de largo metraje, era como si le hubieran puesto limón a la piel cortada. Juan Valderrama, pase; pero Juan de la Santísima Trinidad Valderrama!... En qué estuvieron pensando mis viejos! Si, ya con el apellido de mi madre, bastaba para que lo pensaran dos veces y para que no se apresuraran. Juanito Valderrama del Arco… Cónchales, lo que me esperaba!

En la escuela siempre me daba mucha confianza eso de saber que los demás me reconocían como un buen arquero; pero lo que nunca me gustó fue como usaban mi nombre cuando hacían las barras. Aunque, no solo fue en la cancha, porque siento que siempre jugaron mis amigos con mi nombre y nunca me llamaron como lo que soy, como Juan Valderrama. La parte “trinitaria” de mi nombre he logrado tenerla muy callada, pero lo del apellido de mi madre, siempre me ha traído molestias innecesarias. Un día estudiábamos a esa heroína de la edad media también conocida como la Doncella de Orleans, y a quien llamaban Juana de Arco; la misma que fuera condenada por herejía y luego convertida en santa. De eso se tomaron mis compañeros para empezar a llamarme como “Juano de Arco”. Por eso creo que, teniendo ese nombre, ya estuve desde siempre predestinado…

Esa mañana que el viejo vino a verme jugar en el colegio, todos parecían estar haciendo porras para animarme: “Ama, ama, ama, mi arquero es Valderrama”, o “Dale Valderrama, tu hinchada te proclama”. Pero me metieron cuatro o cinco goles, y todo porque los cantos me tenían distraído. “Oro, oro, oro mi Valde es un tesoro”. Hasta que el Aguirre gritó “otro más y te proclamamos el santo del Arco, Valderrama!” Quizás yo no estaba preocupado del marcador, sino de qué impresión se estaba llevando el viejo esa mañana. El nunca me lo dijo, pero creo que se quedó muy desilusionado, después de esa goleada inesperada…

En cuanto a lo que pasó ayer en el estadio… No sé qué es lo que me preocupa más, si mi propia desilusión, la decepción de la hinchada, o esta vergüenza que llevo clavada aquí en el alma. Era un partido que ya lo teníamos ganado y nunca me imaginé que podíamos haberlo perdido! Si, ya solo faltaban diez minutos… y ya estaba por concluir el encuentro. Puede decirse que ya se había terminado... No sé para qué fueron a hacer esos cambios innecesarios, por esa manía que tiene el entrenador de que todos jueguen, solo porque parecía que habíamos ya ganado el partido! No sé, tampoco, para qué agotaron antes de hora los cambios permitidos… La cosa es que perdimos el partido y, con él, el campeonato; y que ahora asoma como que yo soy el culpable de todo este fracaso, de toda esta horrible pendejada!

Mi viejo siempre me dijo que no me hiciera guardameta. “Si ganas, nadie se va a acordar de ti - me decía -; pero, si pierdes, siempre te van a echar la culpa". Veo ahora, que no solo que no me sirvió de nada salirme con mi capricho, sino que las suyas fueron palabras de sabiduría, palabras que no sé porqué no hice caso cuando me las dijo… No sé por qué uno siempre termina convertido en chivo expiatorio. Es que, como alguna vez le escuché decir al tío Romualdo : “Nunca falta alguien que quiera convertirte en la tabla de cag…” o sea, “en la de evacuar”!. El nunca decía “cacar” porque decía que ese término no estaba en el diccionario; y que había veces que esa acción no se la podía reemplazar con solo decir que "te ibas a ir al baño"… Por eso él decía que cuando estuvo en la escuela, nunca decía la verdadera razón por la que pedía permiso para salir de clase, sino que prefería decirles a sus profesores que tenía que salir porque “no estaba estreñido”…

Ya íbamos tres a uno, y creo que la ca… que la evacué! Quién hubiera imaginado que se iba a lesionar el Manrique cuando ya no podíamos hacer más cambios, y cuando ya casi se había acabado el partido! Luego vino aquella jugada controversial, aquella en la que nos castigaron con el penal y que nos costó la expulsión del Federico. Así, en menos de un minuto, el partido se puso tres a dos, y pasamos a jugar los minutos restantes con un jugador menos, en desventaja numérica. El empate se veía venir y todos sabíamos que solo era cuestión de tiempo. Y el empate entonces se vino, pero sabíamos que con el empate nos bastaba. Solo necesitábamos ese empate, porque solo nos hacía falta un punto para eliminar al otro equipo! Y, a pesar de nuestro nerviosismo, solo esperábamos que el árbitro pitara y señalara el centro del campo, en clara indicación que se había terminado lo que los locutores suelen llamar “el compromiso”.

Fue allí que vino ese balón rodado que no podía traer trascendencia, ni peligro. Entonces me agaché para atenazarlo y la bola dio un giro medio raro, como que se hubiera desviado al golpear con algo irregular en el césped y sin que me diera cuenta, se me deslizó por entre las manos y bajo las piernas… Era una bola fácil, pero convirtió esta noche en el momento más depresivo de mi vida. No sé que van a decir mañana los periódicos¡ Eso ni lo quiero pensar! Sólo imagino las burlas y los malévolos comentarios; y mis amigos llamando a recordarme de la bola que me pasaron por las galletas, porque “Juanito del Arco tiene las manos de gelatina y las piernas mal ubicadas”… No, no voy a poder dormir, sólo de pensar que lo que pudo terminar tres a uno, terminó convirtiéndose en cuatro a tres!

Ya no me dirán ni Valde, ni Valderrama; sino “El que va, y de Balde la derrama”. Hubiera sido preferible que se sepa mi nombre completo. Hubiera preferido esa otra goleada…”

Anchorage, septiembre 10 de 2011
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08 septiembre 2011

Cuarenta y dos años después…

Cuando ese sábado por la tarde Gonzalo Ruales me llamó para proponerme que me fuera a Miami a realizar un curso de entrenamiento como aviador comercial, no me imaginé que sólo seis meses después ya regresaría convertido en un flamante piloto; tampoco que desde entonces ya pasarían a llamarme como “capitán” y que no me quedaría en los aviones solo los siete años, que proponía mi primer contrato; sino que esta nueva actividad constituiría mi profesión única y definitiva. Tampoco, además y lejos de lo que en ese tiempo pensé, que ese compromiso circunscribiría mis desplazamientos a los confines selváticos del oriente, sino que con esa decisión estaba comprando un tiquete de viaje que me llevaría por más de cuatro décadas alrededor del mundo.

Y así fue como llegué a Miami, en solo mi segundo vuelo internacional, cuatro semanas más tarde. Era ése el fin de semana largo del día del trabajo, que en Estados Unidos, no se celebra en mayo, sino el primer lunes de septiembre. Mi apoderado no había sido anunciado con anticipación de mi viaje; de modo que, cuando llegué, como se trataba de un fin de semana de vacaciones, él y su familia se habían ido a pasar a la playa. Por esas cosas que tiene la fortuna, él había regresado a su casa a entregar algún documento importante. Ahí, esa misma tarde, la de mi llegada, había encontrado el mensaje de mi inminente arribo y corrió a recibirme en el aeropuerto. Pienso ahora que fue en buena hora, porque yo ni hablaba inglés, ni creo que disponía tampoco de su número de teléfono…

En buena hora también, porque fui alojado, ese, mi primer fin de semana, en uno de los hoteles más exclusivos de Miami Beach, el Balmoral Hotel, avecinado al prestigioso Fontainebleau, cuyas playas compartía. Allí habría de quedarme hasta el lunes siguiente, cuando, luego de pernoctar en su casa, el señor John Espinoza se encargaría de conducirme a mi nueva escuela de aviación, Air Florida, en el enorme aeropuerto de Opa Locka. Era éste un aeródromo utilizado solo para entrenamiento. No hay en el mundo una fábrica más grande y de más intensa actividad para “hacer nuevos aviadores”!

No me tomó mucho descubrir que la famosa “escuela” era solo un negocio improvisado. Las clases debíamos compartir con muchachos que estudiaban en las escuelas vecinas, en instalaciones también improvisadas; los avioncitos no siempre estaban disponibles; los instructores tenían casi la misma experiencia que sus alumnos; y, las facilidades de alojamiento que me habían ofrecido eran inexistentes… Fui asignado a compartir “mi acomodación” con un chico alemán de pocas pulgas y de muchos y muy malos modales, que había conseguido un pequeño departamento en Hollywood, a una hora de la escuelita de mis nuevos y gratuitos sufrimientos. Así, dependía de sus caprichos para poder movilizarme!

No duré ni una semana en compañía de este individuo mezquino y despreciable. Pronto, su actitud y malas costumbres, me hicieron tomar la feliz decisión de independizarme. Fui a parar en un motel ubicado en la entrada del aeropuerto, aunque para llegar a la escuela tenía que realizar una caminata interminable. Calculo ahora que tuve que hacer ese recorrido, de quizás unos tres kilómetros, dos veces cada día en esa humedad tropical, bajo un sol siempre intenso e implacable. Una noche escuché unos ruidos extraños fuera de mi habitación: un grupo de morenos estaban dedicados a la infame tarea de romper la seguridad de la máquina de gaseosas, mientras quien estaba encargado de advertir a sus secuaces, blandía un enorme cuchillo que relucía en medio de la noche…

Pero, lo más frustrante de Opa Locka era el tránsito aéreo. Una infinidad de pequeñas avionetas hacían turno para el despegue, era una espera interminable. Cientos de muchachos inexpertos hacían sus prácticas en un espacio aéreo cada vez más restringido y saturado. Puedo auditar que casi veinte minutos, de cada hora que yo anotaría en mi bitácora personal, fue tiempo dedicado a la costosa e improductiva tarea de realizar solo el rodaje en tierra. Más de una vez pasó por mi cabeza la posibilidad de suspender esta absurda sinrazón y regresarme.

Un par de semanas después habría de sucederme una coincidencia afortunada. Me encontraba en plena tarea de aprovisionar de combustible a mi minúsculo aparato, cuando alguien de voz conocida, llamó a mis espaldas mi nombre. Se trataba de muchacho ecuatoriano, que hacía similar entrenamiento en una escuela de aviación localizada más el norte, en las cercanías de Cabo Cañaveral. No fue sino contarle mis cuitas y temores; y así, luego expresarle mi desilusión, él habría de ayudarme a encontrar una alternativa para mi incómoda situación.

Ese mismo momento decidí dejar el mal llamado centro de adiestramiento y correr a tomar mis pocas pertenencias para “volar”, literalmente, a lo que sería más tarde mi “alma mater”; me refiero a Flight Safety Academy, ubicada en Vero Beach. Flight Safety era una escuela de gran reputación; una de la que siempre me sentiré orgulloso de haber sido su alumno. “El mejor instrumento de seguridad en un avión, es un piloto bien entrenado”, rezaba la leyenda de su compromiso emblemático. Allá fui a volar, allí volé “solo” por primera vez, ahí me concedieron un crédito equivalente a solo siete horas por mis casi veinte “de carreteo”; allí me asignaron un solo instructor, se llamaba Jack Prindable; y también un solo avioncito, el mismo que habría de compartir con tres de mis compañeros: un monomotor de ala baja, el inolvidable N8794N, un Piper Cherokee 140.

Allí conocí, para mi sorpresa, a cuatro oficiales retirados de la fuerza aérea; hacían su curso para obtener la licencia americana de “piloto de transporte de aerolínea” y habían sido contratados por la misma compañía que se convertiría más tarde en mi primera experiencia internacional: Ecuatoriana de Aviación…

Chicago, 9 de septiembre de 2011
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06 septiembre 2011

Prohibido olvidar!

En los primeros meses de 1968, una serie de disturbios estudiantiles sacudieron la tranquilidad de uno de los países mas civilizados del mundo. Molestos con una administración que había restringido sus actividades, y también con un gobierno de carácter autoritario que había encarcelado a sus principales dirigentes, los estudiantes parisinos se volcaron a la ribera izquierda del Sena, e iniciaron un conjunto de protestas tomándose las principales arterias y plazas del barrio latino. Con los autos que habían capturado formaron barricadas, convirtiendo sus neumáticos en fogatas. Con sus gritos y carteles hicieron tambalear a todo el sistema establecido; y, con sus imaginativos mensajes, escritos con un colorido graffiti, hicieron llegar al mundo el pregón de sus proclamas.

Pronto, la propuesta dejó de tener un carácter circunscrito al ámbito estudiantil; y la reacción adquirió un amplio carácter social cuando los sindicatos se unieron a dichas protestas. Cuando más de diez millones de trabajadores plegaron a una huelga general, el mismo hombre fuerte de Francia, el inalterable General de Gaulle, se dice que se habría refugiado momentáneamente en Alemania hasta asegurarse del respaldo de las fuerzas armadas. La sociedad francesa se había exaltado de manera poco esperada. Las insignificantes arengas de reclamo de unos pocos estudiantes habían sido respaldadas con una actitud de rechazo a la hipocresía reinante y al autoritarismo intransigente.

Pasado el punto crítico que se presentó durante el mes de Mayo, de Gaulle habría de jugarse el todo por el todo y terminaría convocando a nuevas elecciones. Las protestas perdieron entonces fuerza; y, como por arte de magia, la exaltación de la ciudadanía volvió a su cauce normal. La ironía posterior consistió en que, a pesar de los evidentes descontentos demostrados, y a pesar del caos y de la anarquía que habían puesto en ridículo a las instituciones francesas, el líder volvió a ser favorecido más tarde con un nuevo triunfo electoral…

Vista desde este ángulo, la llamada revolución de Mayo, tuvo más bien resultados contradictorios y decepcionantes. Es cierto que un puñado de estudiantes y de dirigentes gremiales fueron liberados frente a la presión de la ciudadanía, pero no habría de producirse un cambio brusco, radical y definitivo en la conducción de la política francesa. Puede decirse que el resultado de la rebelión fue más moral que político: los franceses habían expresado sus deseos y habían apostado a buscar una moral más liberal. Parecería como que tal intento había sido la base de la proclama: el reclamo por un nuevo, y antes disimulado, ideal moral.

A quienes observábamos desde afuera esas inquietudes y expresiones de rebeldía, nos quedó sobre todo la música cansina de sus slogans y el impacto visual de un graffiti callejero que parecía negarse a ser obliterado… Aquellas imaginativas proclamas constituyeron un tributo al ingenio, más que a la propia vocación de libertad: “La imaginación al poder!”. “El poder corrompe; pero el poder absoluto, corrompe absolutamente”. “Los que carecen de imaginación, no imaginan lo que carecen”. “Seamos relistas, pidamos lo imposible!”…

Mientras tanto, en este lado del océano, los jóvenes esperábamos con una mezcla de escepticismo y desconfianza los resultados prácticos que otras proclamas, llamadas revolucionarias, parecían alcanzar en estas tierras, justo cuando habíamos empezado a creer que la revolución podía llegar a constituirse en el “nuevo nombre de la paz”… Quizás la frase emblemática del movimiento de Mayo fue aquella que anunciaba su propia negación, aquella del “Está prohibido prohibir!”. Imposible no recordarla, ahora que otros “revolucionarios”, han querido proclamar un nuevo grito de guerra, aquel del “Está prohibido olvidar”…

Hoy, casi medio siglo después de los acontecimientos del Mayo francés, escucho de tarde en tarde (o, mejor dicho, de Sábado en Sábado) el repetitivo slogan de quienes renuevan la propuesta del “prohibido olvidar”. Su arenga, sin embargo, es un canto de exhortación vengativa. Dice su abyecta invitación: “Ojo, no te olvides que lo que importa es que odiemos, porque lo único que nos anima es el resentimiento!”. Es una lástima que pensemos que desuniendo y sembrando la inquina, creamos que podemos superar un pasado de oprobio, enarbolando esos burdos y nefandos estandartes, como son los del rencor y el resentimiento!

Lo que no deberíamos nunca olvidar son nuestras metas comunes como nación, nuestro destino como pueblo, la búsqueda de un futuro promisorio basado en el esfuerzo de todos, en nuestro sentido de colectividad y en el brío otorgado por unos ideales compartidos. Hoy, se prohíbe olvidar… pero se quiere olvidar que la aspiración del hombre es también sentir, pensar y opinar… Lo que debería prohibirse es la siembra del encono y la malquerencia, porque no podemos dejar de recordar que somos una nación escindida, lastimada por un pasado de confrontaciones y regionalismos!

Los que piden no olvidar, olvidan el juicio de la historia. Olvidan que el pueblo empieza a observar un nuevo tipo de concubinato: el de las élites burocráticas con los nuevos ricos, aquellos que, aprovechándose del estado y sus beneficios, hoy gozan de las bondades que concede el poder. Ellos piden, con sus odios, que no nos olvidemos del manoseado pasado; pero deben estar rezando, para sus adentros, que no recordemos para nada el presente, un presente que mañana se ha de convertir de nuevo en flamante ayer. No es hora de una contrarrevolución? No va siendo hora de que pongamos a los más imaginativos, que no a los más resentidos, en el poder? Es hora de que se prohíba prohibir, de que empecemos a ser realistas, para que pidamos lo que hasta aquí ha sido imposible…

Anchorage, 5 de septiembre de 2011
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05 septiembre 2011

Aguajes y marejadas

Ya para nadie es un secreto que tengo muy mala memoria. Es mi memoria tan mala, que a menudo olvido lo que había prometido y jurado que ya no me iba a olvidar. Esto, en lo relacionado con lo que me propongo; porque, en cambio, con lo que no, con eso, aun sin proponérmelo, termino muchas veces olvidando ciertos conceptos, o las diferencias que hay entre ellos y aun de la identidad de quien me ofreció la aclaración o el comentario que fue entonces pertinente. Así es como, hoy recuerdo con dificultad quién me dio esa particular información, y en qué mismo consistía. Me refiero a la diferencia que existe entre las voces marejada y aguaje. Las dos son términos similares aunque no significan lo mismo.

Es entonces que opto por ponerme a investigar. Y descubro que “marejada”, de acuerdo al Larousse, equivale a “agitación, excitación, exaltación, inquietud y oleaje”; y consiste en ese “estado de la mar cuando su superficie está perturbada por olas de entre tres y cuatro metros”. Aclara el citado texto, que “la marejada no llega a alcanzar la violencia del temporal”. Me pregunto entonces: qué pasa cuando las olas son de más de cuatro metros? O… a qué se refiere el diccionario y a qué define con el término de “temporal”? Se refiere acaso a tempestad?...

Así es como mis internáuticos husmeos me conducen a más finas aclaraciones: encuentro que “marejada” (que con solo pronunciarla uno ya advierte esa fuerza fonética que por sí sola le es admirable) viene del portugués, consiste en aquel “movimiento tumultuoso de grandes olas, aunque no haya borrasca”. O que corresponde a la “exaltación de los ánimos y señal de disgusto, murmuración o censura, manifestada sordamente por varias personas, que suele preceder al verdadero alboroto”; o a la “situación de nerviosismo y excitación que se da en un grupo de personas y se manifiesta con un gran alboroto de voces”… Hago caso omiso de estas últimas notas figurativas, pues mi interés solo consiste en aclarar si hay identidad entre los dos términos, entre aguaje y marejada, para dilucidar si ambos corresponden a un mismo concepto y equivalen a idéntico fenómeno.

En este punto, vuelvo a confundirme, pues he llegado al conocimiento de la existencia de un fenómeno meteorológico, o si se prefiere oceanográfico, que se denomina “marejada ciclónica”; y que puede ser particularmente dañino y perjudicial, sobre todo cuando se asocia con la marea alta. Al respecto, dice la Wikipedia que “esta marejada ciclónica es una inundación costera asociada con sistemas atmosféricos de baja presión”. Que, “se produce principalmente por los vientos en altura, que empujan la superficie oceánica. El viento causa que el agua se eleve por encima del nivel normal del mar. La baja presión, en el centro del sistema atmosférico, también tiene un pequeño efecto secundario. Este efecto combinado, de baja presión y viento persistente sobre una masa de agua agrandada, es la causa más común de los problemas que produce la marejada”.

Entonces, qué tiene que ver este “movimiento tumultuoso de grandes olas” que llamamos marejada con el aguaje? Me temo que similar asignatura en el esfuerzo, debemos emprender con este último término, aun a condición de no distraernos con la acepción figurativa que le es complementaria, en el sentido de “rumor y murmuración que suele preceder al alboroto” (que es la otra interpretación de marejada). Así encuentro que “aguaje” tiene significados aun más numerosos:

Aguaje puede significar diversos conceptos marinos, como grandes crecientes del mar; como agua que entra en los puertos o sale de ellos durante las mareas; como corriente periódica del mar en algunos parajes; o, simplemente, como corriente impetuosa de ese mar. Pero también se utiliza para designar otros conceptos diversos como aguada, estela, aguadero o abrevadero, y aun para aguacero; también para significar alarde y bravuconada, o para la variación del color en las aguas marinas. Sé además, que con la palabra aguaje se conoce en el Perú a una fruta que crece en los pantanos selváticos. Pero… nos estaríamos ya alejando de nuestro interés investigativo, y del concepto que encierra la idea expresada en esa condición, aquella de cuando corren con violencia las aguas!

En los tiempos que transcurrí “en el otro Oriente”, en el de las selvas amazónicas del Ecuador (no fue en el paleolítico superior, pero sí en mi adolescencia tardía), conocí un tipo de palmera de hojas exiguas y raquíticas, la conocían los nativos como morete, moriche o canangucha. Crecía en las riberas de los ríos, en medio de una vegetación espesa e impenetrable, en los llamados “morichales”; daba una fruta colorada de menor tamaño al de la guayaba; por fuera era rugosa y por dentro tenía una pulpa amarillenta, comestible y de sabor agradable. Más tarde he llegado a saber que es la misma que en el Perú la conocen como “aguaje”.

Esa palmera, que da con generosidad dichos frutos, constituye el símbolo emblemático de una etnia jíbara, la del pueblo Shuar o Achuar, con el que más de una vez compartí su tradicional y siempre comentada chicha fermentada; sin embargo, no fue sino hasta mucho más tarde que tuve oportunidad de que me hicieran probar el supuesto dulzor del mencionado y publicitado aguaje.

Quise, al comenzar esta nota, referirme a las marejadas y a los maridajes… No, no están emparentados, ni siquiera por unión libre o concubinato! Pero, para hablar de maridajes y de concubinatos, ya habrá una nueva y diferente oportunidad. Se me ocurre, por lo pronto, que hay maridajes que se nos están viniendo con la fuerza torrencial que solo tienen las marejadas. Todo, en estos nuevos tiempos del “está prohibido olvidar”…

En cuanto a lo que hoy nos interesa, es preciso definir tres conceptos marinos: aguaje, oleaje y marejada. El aguaje se refiere al aumento del nivel del mar, sucede asciado con la luna llena y la luna nueva, es decir cada catorce días; mientras tanto, el oleaje solo se manifiesta como un aumento del alto de las olas (normalmente entre dos y cuatro metros de altura). Tanto el aguaje como el oleaje son consecuencia de factores astronómicos (las mareas). La marejada, por otra parte, consiste en el aumento del nivel del mar pero producido por los vientos; por lo mismo, son también consecuencia de ciertos tipos de tormenta.

Anchorage, 4 de septiembre de 2011

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02 septiembre 2011

De la A, a la Zeta (cuento)

… “Desde ese día, en que me desahuciaron, casi no he salido de mi casa. Ya no tendría sentido tampoco, que yo vuelva al hospital; allí me dijeron que ya no tenían esperanza. Es curioso como los humanos, por compasión o por etiqueta, suelen utilizar las palabras; seguramente lo que quisieron decirme es que era yo el que ya no debía tener esperanzas de volverme a curar. Esto, lo del desahucio, ya me lo imaginaba, pues había muchos síntomas que confirmaban mis sospechas de que se había tornado en irremisible mi necia y persistente enfermedad. Desde que regresé de esa casa de asistencia, me ha afectado mucho esto del desahucio, pero más, mucho más, esta repentina y aislante soledad. 

Porque ahí en el hospital, de alguna manera, me sentía acompañado. Había en esa habitación otros cinco enfermos, que parecían estar más sanos que yo. Nos habían ubicado en la misma pieza, la 314, aunque no todos compartíamos la misma enfermedad. Allí aprendí el significado de muchos términos médicos, por las molestias y los malestares que tenían mis sufridos compañeros de hospital, allí fui aprendiendo cuáles son los síntomas por los que identifican a una u otra enfermedad. Todos sin embargo, parecían estar en mejor estado que yo. Eso me hacía sentir una especie de vergüenza, el estar menos sano. Me hacía sentir que los había defraudado, que no “había sacado la cara”, que les había hecho quedar mal a los demás ocupantes de mi pieza de hospital… 

Mientras merodeo por este diminuto departamento que yo llamo “mi casa”, pienso en cuánto tiempo es el que ya me queda, aunque no haya sentido, desde que me desahuciaron, que se haya agravado mi mal. Pienso en ella, en nuestra oportunidad perdida, en que ya son como quince años desde ese encuentro, y en que, desde aquel otro día, el de su resentimiento, ella ya no me ha vuelto a escribir, ni la he vuelto a encontrar. En parte, creo que fue mi culpa, no fui más explícito por no lastimarla; y ella, a su vez, se dejó ganar por ese torrente impetuoso del orgullo que llamamos dignidad. Recién nos habíamos vuelto a ver, después de tanto tiempo, no hacían falta las promesas; yo solo quería que fuéramos poco a poco reconociéndonos, apreciando nuestras virtudes y defectos, reconociendo y perdonando nuestra mutua fragilidad… 

Ahora, los dos estamos solos. Ella en esa casa, que nunca tuve oportunidad de conocer; yo en esta pieza adaptada para mis exiguas necesidades, en donde unos pocos muebles han reemplazado a los vecinos de habitación que antes tenía en la modesta sala del hospital general. Ella y yo estamos desahuciados; somos “vecinos de palabra”, una palabra extraña que al principio solo la había escuchado cuando me enviaban a hacer fila en el seguro social. Allí, haciendo cola, una señora embarazada que cargaba en su pecho a un recién nacido, y en sus espaldas el peso de su insufrible angustia, me explicó que “desahucio” era una especie de seguro que el estado otorgaba a quienes perdían su empleo en forma inesperada. El desahucio era entonces una ventaja, no era una fatalidad! 

Bien visto, habrían dos formas de desahucio: la de quienes se han quedado sin hacer nada; y la mía, la de los que ya no tenemos “nada que hacer”… Más tarde he descubierto que esto del desahucio, era también una providencia empleada por el arrendador, para despedir a su inquilino mediante una acción legal. Intuyo que es más bien por esto que dicen que estoy ahora desahuciado, porque puede decirse que me despidieron como inquilino transeúnte que yo era en el hospital. 

No sé si fue mi culpa, pero ella se hizo ilusiones, sin que yo le hubiera hecho ninguna promesa. Cuando yo advertí que las cosas se habían precipitado o que iban para mayores, preferí comentarle mi situación legal, y entonces prefirió reaccionar como si la hubiera engañado. En cierto modo, creo que fue preferible, porque se hubiera vuelto a quedar sola, si se juntaba conmigo y tenía que pasar por esto que ahora yo espero sin querer: el inminente desenlace de mi maligna enfermedad. Pero, en cambio, pudimos haber compartido, por lo menos estos últimos años, tantas y tantas ilusiones y cositas simples, que eso de compartirlas parece que es lo que otros llaman “felicidad”… Hoy, qué podría ya ofrecerle? Si, con la vida amenazada, ni siquiera sé cuándo mismo vendrá el guadañazo final… 

No sé donde vive, ni dispongo de su número telefónico. Me pidió que la llamase “Zeta”, porque intuyo que ella quería que después de ella, yo ya no pensaría en una distinta alternativa, en que yo pudiera conocer a alguien más. Desde ese día que me sinceré, dejó ya de escribirme y se negó a contestarme. No podría saber si es que enviudé o si me divorcié. No sé tampoco, si le importe que ahora solo soy un desahuciado, un hombre sin esperanza, un pobre diablo despedido de una institución asistencial. Me da pena que se quedaron tantas cosas sin decir, que se quedaron huérfanas tantas ilusiones y posibilidades, que no se tomaron tantos sinuosos y prometedores derroteros que juntos pudimos transitar! Ahora… esas encrucijadas quedaron para siempre desahuciadas, por mi falta de tino, por su orgullo, por esa incomprensible naturaleza de la condición humana que antepone, al simple disfrute, una ansia incontrolada de temporal seguridad. Si, al final de cuentas… todo, todo mismo, en esta vida es temporal! 

En cierto modo, me alegro que todo terminó. O, mejor dicho, que nada empezó, que no compartimos nada en todos estos años. Le hubiera puesto muy triste con esto de mi desahucio, le hubiera fastidiado con todas las limitaciones y achaques de esta, mi insidiosa, enfermedad terminal. Mas, ahora, no me preocupa ya eso de no tener posibilidad de curación; realmente lo que más me hace sufrir es su propio desahucio, la condena que ella misma se impuso a su propia soledad. Y no sé qué será peor, si estar condenado a perder la vida, o si estar condenado a la soledad… Solo espero que así como ya solo me quedan muy pocos meses de vida, a ella no le queden muchos de absurda, innecesaria e incomprensible soledad”… 

Shanghai, 2 de septiembre de 2011


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