23 septiembre 2011

Y, Alaska…? Para qué?

Esto es lo que deben haberse preguntado los rusos cuando decidieron, hace siglo y medio, deshacerse de estas enormes tierras incrustadas entre Canadá y sus inconmensurables dominios. No hay que olvidar que Rusia va desde su frontera occidental con Europa, hasta nada menos que el estrecho de Bering, que separa Asia y América. “¿Para qué Alaska?" Deben haberse averiguado también los americanos, cuando propusieron comprar, por motivos más bien políticos y estratégicos, estas tierras al Imperio Ruso, en la irrisoria cifra de siete millones doscientos mil dólares; es decir, once veces menos que la indemnización que pide un presidente latinoamericano porque cree que lo han insultado…

Claro que esa cifra, en dinero actual, representa ese valor, pero multiplicado por veinte. Aun así, solo serviría para adquirir una docena de mansiones en el estado de Colorado. Con esta adquisición, Alaska pasó a convertirse en el cuadragésimo noveno estado de la Unión Americana y aportó con un área equivalente a un veinte por ciento del territorio continental de los Estados Unidos. Su nombre viene de una voz del lenguaje que se habla en las islas Aleutianas, Alyeska, que quiere decir Tierra Grande. Vaya que es no solo grande, sino que es enorme; y constituye una comarca fascinante y sorprendente!

“Y… a Alaska, cómo así? O, para qué? Es también lo que me preguntan con alguna frecuencia, cuando comento que me voy para Anchorage, que queda en el estado de Alaska. Una y otra vez les comento a mis curiosos interlocutores que Anchorage es un aeropuerto perteneciente a una pequeña ciudad americana, en donde los vuelos hacen su cambio de tripulaciones y realizan sus respectivos abastecimientos. Es por eso que, a cualquier hora del día o de la noche, allí aterrizan y despegan, uno tras otro, todos esos enormes aviones que realizan los vuelos transcontinentales, para cumplir con esta tarea que parece insignificante. ¿Y, entonces, qué es lo que llevan?, me preguntan. Y yo solo respondo lo que es verdad: “Pues nada -les digo- no llevamos nada!”

Aterricé por primera vez en Anchorage en uno de mis primeros vuelos entre Nueva York y Seúl con la Korean Air. Mi base contractual era la ciudad de los rascacielos, pero Seúl era mi base de operaciones. Disponía, por lo mismo de pasajes para movilizarme como pasajero en esa ruta. La mayoría de las veces el vuelo era directo; pero, en el invierno, por efecto de los fuertes vientos y del Jet Stream (un fenómeno que se produce en los vientos de altura), los aviones no conseguían hacer este vuelo directo porque eran afectados en su autonomía. Dicho de mejor forma, los aviones alcanzaban a volar por el mismo número máximo de horas, pero no podían recorrer en este tiempo, la misma distancia. Por esta razón se veían obligados a parar para efectuar un aprovisionamiento adicional y poder completar así el vuelo previsto.

Esta curiosidad de mis interpelantes les ha llevado, en forma invariable, a otro tipo de consulta: “Y por qué tienen que irse tan al norte?”, me preguntan. Es cuando para poder responder en forma más fácil y gráfica, solicito una manzana o una naranja, ubico los polos y la línea ecuatorial, señalo con dos puntos el origen y el destino, y trazo una línea recta entre los mencionados puntos. Para sorpresa de mis contertulios, se topan con que ese trazo tiene un recorrido que no coincide sino que bi-secciona los paralelos geográficos!

Es en estos vuelos que se emplea una técnica operacional diferente, es un método especial denominado “re-despecho”. Los aviones salen a su destino original, pero limitados en su condición de combustible; si por cualquier motivo los aviones terminan gastando más combustible que lo previsto, deben dirigirse a otro destino alterno, en cualquier punto que se encuentren en la ruta. Esta circunstancia puede producirse cuando no se consigue, por efecto del tráfico aéreo las mejores alturas o los niveles óptimos de crucero, o cuando los vientos se presentan más desfavorables de lo que se había previsto. Por eso se establecen estrategias que requieren de la designación de “puntos de re-despacho” o de “no retorno”, en donde se toman las decisiones pertinentes.

En el vuelo a través del Pacífico, sin embargo, no existen aeropuertos alternos que dispongan de ciertas facilidades elementales, como servicios de despacho, mantenimiento o reabastecimiento de combustible. En esas épocas del año el clima se torna inhóspito y los alternos existentes no disponen de facilidades para acomodar a trecientos o cuatrocientos pasajeros. No hay facilidades de comida ni de alojamiento. Por este motivo, algunas veces los vuelos deben retornan a Anchorage, a pesar de haber sobrevolado, dos o tres horas antes, dicho aeropuerto… Esto es justamente lo que sucedió en mi segundo cruce del Pacífico, cuando el comandante explicó que en vista de que nos hallábamos cortos de combustible, debíamos vaciar los tanques de combustible (?) para volver a aterrizar en Alaska, con el objeto de reabastecernos de más combustible!. Razón tienen quienes dicen por ahí aquello de: "¿quién les entiende a los pilotos?".

Es Alyeska una tierra sorprendente, son impresionantes sus paisajes nevados, donde destaca el McKinley, un cerro que supera los seis mil metros de altura y que es casi tan alto como el Chimborazo. Aquí se juntan las placas intercontinentales y hacen de esta tierra una encrucijada muy proclive a la ocurrencia de terremotos. Tiene esta península una variedad impensable de recursos naturales; aunque, por ahora, los de mayor explotación son la pesca, el gas natural y el petróleo. A esta tierra he estado viniendo con frecuencia; y a veces, yo mismo me olvido para qué es que vengo a Alaska y me olvido que solo vengo para reemplazar a alguien, para poner un poco de combustible y para tener un motivo de explicar para qué!

Anchorage, 25 de septiembre de 2011
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La “muerte” de Dios…

“El pensar sólo comienza cuando hemos experimentado que la razón, tan glorificada durante siglos, es la más tenaz adversaria del pensamiento” (M. Heidegger).

He comentado, en una de mis entradas de meses pasados, acerca de una anécdota personal referente a un buen amigo de juventud, que cuando nos referíamos a Nietzsche, él comentaba su publicitada y supuesta frase, aquella de que “Dios ha muerto; hay que enterrar el cadáver de Dios”; con la consiguiente supuesta respuesta que habría expresado Dios: “Nietzsche ha muerto, es hora de enterrar el podrido cadáver de Nietzsche”… Me temo, sin embargo, que no es eso exactamente lo que proclamó el filósofo alemán; y que, eventualmente, lo que dijo fue más bien lo contrario. De hecho, no se trataría de una proclama, sino más bien de una denuncia, propiamente dicha…

Por ello sería preferible referirse al episodio narrado por él, en el que se basa la supuesta aseveración. Éste es un párrafo largo, y una pieza literaria formidable, que contiene la escena llamada “El loco”. Me he permitido transcribirlo, dándome la libertad de separarlo en estrofas para facilitar su lectura y comprensión:

“El loco.- ¿No habéis oído hablar de ese loco que encendió un farol en pleno día y corrió al mercado gritando sin cesar: “¡Busco a Dios!, ¡Busco a Dios!”. Como precisamente estaban allí reunidos muchos que no creían en Dios, sus gritos provocaron enormes risotadas. ¿Es que se te ha perdido?, decía uno. ¿Se ha perdido como un niño pequeño?, decía otro. ¿O se ha escondido? ¿Tiene miedo de nosotros? ¿Se habrá embarcado? ¿Habrá emigrado? -así gritaban y reían todos alborotadamente-. El loco saltó en medio de ellos y los traspasó con su mirada. “¿Que a dónde se ha ido Dios? -exclamó-, os lo voy a decir. Lo hemos matado: ¡vosotros y yo! ¡Todos somos sus asesinos!”.

“Pero, ¿cómo hemos podido hacerlo? ¿Cómo hemos podido bebernos el mar? ¿Quién nos prestó la esponja para borrar el horizonte? ¿Qué hicimos, cuando desencadenamos la tierra de su sol? ¿Hacia dónde caminará ahora? ¿Hacia dónde iremos nosotros? ¿Lejos de todos los soles? ¿No nos caemos continuamente? ¿Hacia adelante, hacia atrás, hacia los lados, hacia todas partes? ¿Acaso hay todavía un arriba y un abajo? ¿No erramos como a través de una nada infinita? ¿No nos roza el soplo del espacio vacío? ¿No hace más frío? ¿No viene siempre noche y más noche? ¿No tenemos que encender faroles a mediodía? ¿No oímos todavía el ruido de los sepultureros que entierran a Dios? ¿No nos llega todavía ningún olor de la putrefacción divina?”

“¡También los dioses se descomponen! ¡Dios ha muerto! ¡Dios permanece muerto! ¡Y nosotros lo hemos matado! ¿Cómo podremos consolarnos, asesinos entre los asesinos? Lo más sagrado y poderoso que poseía hasta ahora el mundo se ha desangrado bajo nuestros cuchillos. ¿Quién nos lavará esa sangre? ¿Con qué agua podremos purificarnos? ¿Qué ritos expiatorios, qué juegos sagrados tendremos que inventar? ¿No es la grandeza de este acto demasiado grande para nosotros? ¿No tendremos que volvernos nosotros mismos dioses para parecer dignos de ellos? Nunca hubo un acto más grande y quien nazca después de nosotros formará parte, por amor de ese acto, de una historia más elevada que todas las historias que hubo nunca hasta ahora”.

“Aquí, el loco se calló y volvió a mirar a su auditorio: también ellos callaban y lo miraban perplejos. Finalmente, arrojó su farol al suelo, de tal modo que se rompió en pedazos y se apagó. “Vengo demasiado pronto -dijo entonces-, todavía no ha llegado mi tiempo. Este enorme suceso todavía está en camino y no ha llegado hasta los oídos de los hombres. El rayo y el trueno necesitan tiempo, la luz de los astros necesita tiempo, los actos necesitan tiempo, incluso después de realizados, a fin de ser vistos y oídos. Este acto está todavía más lejos de ellos que las más lejanas estrellas y, sin embargo, son ellos los que lo han cometido”.

“Todavía se cuenta que el loco entró aquel mismo día en varias iglesias y entonó en ellas su Requiem Aeternam Deo. Una vez conducido al exterior e interpelado contestó siempre esta única frase: “¿Pues, qué son ahora ya estas iglesias, más que las tumbas y panteones de Dios?”.

Hasta aquí la transcripción de este impactante episodio del filósofo alemán...

Años más tarde, en otro documento, titulado “Voluntad de Poder”, Nietzsche habría de renovar su pregunta, aquella de “¿Qué significa el nihilismo?”. Entonces respondería que es cuando “los valores supremos han perdido su valor”. Coincido con quienes piensan que para interpretar en forma correcta la proclama -o la denuncia- Nietzscheana, no basta con reflexionar en lo que dice el loco respecto a Dios, y en la forma en que lo dice; sino que no podemos dejar de recordar lo que al principio del famoso texto el loco gritaba: “¡Busco a Dios! ¡Busco a Dios!”. Y, sobre todo… aquello de “Lo hemos matado: ¡vosotros y yo! ¡Todos somos sus asesinos!”…

Nietzsche murió relativamente joven; tenía solo cincuenta y seis años. Murió afligido por una larga enfermedad mental que lo mantuvo en un asilo por largo tiempo. Luego de sufrir un par de infartos cerebrales, habría pasado paralizado los dos últimos años de su vida. Su demencia parece que habría sido síntoma y consecuencia de la enfermedad que realmente padecía: la temible sífilis.

Anchorage, 24 de septiembre de 2011
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De gendarmes y chapitas

A veces veo en los noticieros esas filmaciones de aficionados que han sido testigos casuales de la brutalidad policial. Son registros y testimonios de hechos abyectos y desafortunados; pero constituyen, a la vez, una prueba irrefutable de que algo anda mal en los, a veces, mal llamados sistemas de control. Es cuando uno invariablemente se pregunta ¿quién realmente controla a quién?, ¿quién es el verdadero criminal y quién el que realmente debe ser perseguido? Y, luego de preguntarme el porqué de esos salvajes e inexcusables tratamientos, termino también reflexionando en por qué es que las instituciones policiales no tienen un sistema de selección de personal, que sea adecuado para las delicadas tareas encargadas a los miembros de sus propias entidades.

Cuando observo a esos oficiales, que “representan a la autoridad”, involucrados en esas inenarrables palizas se me hace la piel de gallina; solo de pensar que una de las víctimas de su oscura maldad pudiera tratarse de uno de mis propios hijos. Qué lleva a ciertos elementos de la policía a actuar con tal grado de sevicia? La verdad es que casi no podríamos atinar a elaborar una adecuada repuesta; esto nos invita a pensar en que todos esos chicos medio cretinos que molestaban a los más pequeños en la escuela, que derramaban o pisotean sus refrigerios, que los intimidaban físicamente y que llegaron a abusar de ellos en formas que no solo fueron verbales, esos mismos “chicos-problema” que debieron ser oportunamente enviados a tratamiento correccional, esos mismos que debieron ser diagnosticados y controlados a tiempo, han terminado convirtiéndose en “respetados” oficiales de policía…

Este es el tipo de gente que, acostumbrado a humillar y a hacerse tener miedo, ha utilizado su falta de escrúpulo para aprovecharse del sistema y así saciar sus complejos. Es difícil entenderlo de otro modo; si no, habría que coincidir en que sería la institución a la que pertenecen la que les entrenaría en estos execrables métodos y la que fomentaría semejantes excesos. Por eso, cuando somos testigos de estos bárbaros actos, saturados de cruel impiedad, no podemos sino pensar que algo anda mal en el sistema de selección que requieren estos importantes y delicados oficios. Nos deja la impresión que se ha tomado a esos mismos malhechores y se les ha entregado un uniforme, una pistola y una insignia…

Visto el problema con esta óptica, es más fácil entender el porqué de estos condenables procedimientos. Es también más fácil entender la corrupción y por qué estos individuos se enquistan como referentes en los organismos encargados de brindarnos protección y seguridad. Así, se comprende la ineficiencia de estas organizaciones, particularmente en los países en vías de desarrollo, cuando advertimos que en ciertos casos se ha encargado al gato el oficio de despensero!

En lo personal no recuerdo haber tenido problemas con la justicia; por lo menos con este tipo de “justicia”, que muchas veces se torna más bien en una forma de injusticia. Gran parte de mis situaciones con la ley (léase con la ley de tránsito) pudieron eludirse en el pasado con solo evitar el proporcionar mi licencia de conductor. Prefería presentar la de aviador; con lo cual dejaba sometido al vigilante a dos posibles consideraciones: la primera, que él podría estar tratando con un oficial de la fuerza aérea; y, la segunda (que la copié a un ocurrido amigo, el inolvidable Caramelo Garzón), y era que, como dicho documento mencionaba, entre sus habilitaciones, aquella de “mono – multi – tierra”, era evidente y dejaba claro que estaba también autorizado para manejar vehículos en tierra…

En cierta ocasión, regresando de la playa con amigos, nos tocó detenernos detrás de un bus de transporte interprovincial que se había estacionado a tomar pasajeros justo antes de un puente. La espera empezó a convertirse en fastidiosa, pues el conductor parecía hacer caso omiso a nuestras urgencias para que avanzara y se moviera. Cansados de pitar y de esperar, optamos finalmente por rebasarlo, solo para descubrir que un solícito “chapita” (policís de tránsito) se había ubicado en el lado opuesto de la obra vial (al final del puente) para solicitarnos las credenciales y sugerirnos, con la Ley en la mano, que habíamos contravenido un elemental procedimiento.

Mientras confirmábamos, con la lectura de la Ley, dicha prohibición de rebasar en puente, pasó junto a nosotros el malhadado transporte que antes nos había importunado y pudimos observar el disimulado y reciproco gesto, entre chofer y oficial, en inocultable señal de complicidad y connivencia. Estaba claro: se trataba de una situación orquestada, para que el gendarme pudiese reclamar la infracción respectiva. El argumento perdió validez cuando se demostró que, habiéndose producido el sobrepaso justo antes del puente, la supuesta infracción realmente no existía. Cuando insinuamos acudir a la comisaría, el mismo vigilante sugirió una más fácil alternativa: “vea jefecito -insinuó- por qué más bien no pone un verdecito dentro del librito, para que avance para una cervecita?”…

En otra ocasión, habíamos rentado un auto en Nueva York, para iniciar nuestras vacaciones en familia. Habíamos tomado la autopista, cuando un vehículo que se encontraba detrás hizo un cambio de luces con la supuesta intención de rebasarnos. Decidí entonces cambiar de carril y acelerar para facilitar la maniobra que había previsto que se realizaría. Para mi sorpresa, el impaciente perseguidor no nos rebasó, sino que optó por encender las luces intensas. Solo ahí comprendí que no se trataba de uno de esos conductores que pretenden dar lecciones a sus semejantes, sino de una patrulla asignada al control de carreteras… La multa se vino y no hubo alternativa. El argumento de que se trataba de nuestro primer día de vacaciones, no nos otorgó la clemencia respectiva...!

Claro que episodios como los últimos, tienen que ver con actos menores de corrupción o con actitudes identificadas con la impertinencia. Lo preocupante es la posición de quienes, abusando de su representación de la autoridad, utilizan su poder para lastimar y cometer actos sangrientos, actos que hablan mal de quienes deberían velar por nuestra seguridad y por el imperio de la justicia.

Chicago, 23 de septiembre de 2011
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20 septiembre 2011

Demasiado tiempo fuera!

Tengo cuatro hijos. Son ellos mi bendición, mi orgullo y mi fortuna. Todos ellos son varones; y quizás sea ésta la única condición con que no quiso regalarme la vida: la posibilidad adicional de tener, como dicen los abuelos: “una hembrita”. En los nietos se ha mantenido esta tendencia; y por lo pronto, me encuentro en “stand-by”, o en expectativa, a la espera de que pronto empecemos los abuelos a ver regados por la casa los testimonios de que por ahí corretea una niña, como sería alguna faldita, unos sartenes de juguete o una que otra muñequita… La vida ha querido que dos de esos hijos se hayan quedado fuera del país y en sitios que no quedan muy cerca. Los indicios apuntan a la probable certeza de que ya no regresarán a pasar el resto de sus días en la tierra en que nacieron; en esa patria que conocieron de niños, en ese país donde fueron a la escuela…

Sus padres venimos de familias numerosas; y para los actuales tiempos, eso de tener cuatro hijos no es un guarismo muy frecuente. Hace solo una generación, las parejas modernas empezaron a comprender de manera diferente toda esa responsabilidad que involucraba la paternidad; las condiciones sociales habían empezado a cambiar; la educación pasó de golpe a tener costos prohibitivos; el nuevo estilo de vida de la sociedad comenzó a dictar nuevas y diversas opciones, que llevaron a los futuros padres a reconsiderar el número de vástagos que habrían de traer al mundo, en atención a un presupuesto racionalizado y a las exigencias que imponían esas nuevas formas de vida.

Cierto es que a veces, los padres nos “descuidábamos”… No de otra forma puede explicarse que quienes se terminaron llenando de hijos, no hayan sido, como fue nuestro caso, gente adinerada o caracterizada por un peculio opulento. En una época en que se acostumbraba culpar el exceso en el número de hijos procreados a la carencia del televisor, fueron justamente los pobres los que terminaron llenando su casa de hijos que no iban a esperar de la vida ninguna expectativa favorable, no se diga un mínimo y básico sustento.

Lo cierto es que cuando recién empezábamos a considerar las ventajas y conveniencias que podría promover la planificación familiar, ya había sobre la alfombra cuatro pequeños mozalbetes, disputando la propiedad de sus triciclos, sus “transformers” y sus galácticos muñecos; y también, claro, la de unas piecitas de plástico que se las podía encontrar tanto en la sopa como en la sala de estar: tratábase de unos diminutos adminículos emparentados con la ubicuidad total, eran los multicolores y nunca suficientes “legos”… Si alguna ventaja pudo haber ofrecido, esta loca e inconsciente fecundidad, fue la siempre prometida, y nunca comprobada, que alguna vez nos habrían hecho: aquella de que las prendas de vestir irían quedando para cobijar a los más pequeños; pero nadie nos había advertido que los patrones de la moda cambiarían con la misma cotidiana frecuencia con que se producían sus retornos vespertinos desde el colegio!

Un día descubrimos que ahí no se terminaban las previsiones; que había algo más que alimentación y vestimenta; algo más que medicinas, goce de vacaciones y pago de pensiones. Descubrimos que los costos de la educación no cesaban ni siquiera con la culminación del colegio. Vino entonces esa etapa, hoy felizmente concluida, cuando los hijos dejaron en forma temporal su casa, para desarrollar las carreras profesionales por las que habían optado. Uno siguió la banca y las finanzas; otro escogió la hotelería; el último repitió aquel interés por la economía que había manifestado el primero, siguiendo, en su ausencia, a quien había optado por las entretenciones (en serio) y el comercio!

Dios habría de querer (debe haber sido Dios, porque me han contado que nadie más tiene presupuesto para otorgar semejantes préstamos), que todos habrían de tener oportunidad de salir a estudiar en prestigiosos y confiables centros de enseñanza superior y de instrucción especializada en el extranjero. Ese privilegio ha alimentado nuestra satisfacción y ha inflamado nuestro orgullo: el saber que ellos han cumplido con nuestra aspiración y con sus respectivos retos. Claro que la preparación para enfrentarse con las pruebas que nos da la vida no concluyen allí, pero sabemos que esto les otorgará seguridad para enfrentar y cumplir con satisfacción esas nuevas oportunidades y sus correspondientes requerimientos.

Todos ellos son diferentes; hacen sus respectivos trabajos con pasión y con gran sentido de responsabilidad y dedicación; buscan siempre una actividad adicional para disfrutar de la variedad y para mejorar sus respectivos ingresos. Pero, creo que hay algo que parece llamar a otros la atención, pues la gente con frecuencia me pregunta que, si ellos vieron desde niños los atractivos que tiene mi fascinante profesión, por qué es que no se hicieron ellos también aviadores y prefirieron escoger otras profesiones y se convirtieron luego en lo que se convirtieron.

“Por qué” me pregunta la gente, si la vida profesional de su padre les hizo conocer el mundo y les dio ese ilimitado y gratuito acceso a los desplazamientos hacia todos esos lugares que desde siempre les fueron familiares; si se acostumbraron a ciertas ventajas desde que ellos fueron pequeños… Y todo esto, que en cierto modo es solo accesorio y circunstancial, sin contar con el propio atractivo que representaría eso de “saber volar”, esa otra posibilidad que involucra un raro e indiscutible privilegio…

Antes yo también me hacía la misma pregunta, y me decía “por qué no se hacen pilotos?”; hasta que un día la respuesta me vino como una daga en el corazón, y vino de boca de uno de ellos. “Away too much, dad…”, fue su delicada y contundente respuesta… “Demasiado tiempo fuera…”, me dijo uno de ellos en inglés, sin dejarme posibilidad de apelación y dándome mucho para meditar. Eso me dijo uno de mis hijos, el más inquieto…!

Anchorage, 19 de septiembre de 2011
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19 septiembre 2011

Los corsarios cibernéticos

Advierto que el diccionario incluye, entre sus acepciones, la de “persona cruel y despiadada” para definir la palabra “pirata”. Ésta condición, además de la que le complementa, la de “clandestino”, parecería definir el carácter de toda “persona que, junto con otras de igual condición, se dedica al abordaje de barcos en el mar para robar”. Hasta éste último fin de semana, no había caído en cuenta de ésta inmanente característica de la acción pirática, la que involucra el inexplicable deleite de complacerse con el padecimiento de los demás y con el sufrimiento ajeno. Es decir que, la estrategia del corsario estaría definida por la actitud oculta y secreta, cometida con ausencia de piedad y misericordia.

Desde los ya lejanos tiempos de mis lecturas juveniles, sólo había asociado a los piratas con enfrentamientos en alta mar propiciados por mercenarios ansiosos de enriquecerse con tesoros fabulosos, obtenidos como premio a su temeridad y capacidad para asaltar otras embarcaciones con sorpresa, astucia y pericia. Hablar de piratas equivalía a referirse a grupos de gente agresiva y aventurera, dotada de un gran sentido de cohesión, conseguido por la identidad en sus ambiciosos intereses, o por su disposición para esperar en lugares inhóspitos y embozados, en la intención de asaltar barcos de transporte legítimo. El bucanero parecía sólo estar interesado en las acciones de saqueo en ultramar.

La crueldad del pirata no parecía ser tan emblemática como el infaltable parche en el ojo o como su carpintera cojera; ni su perversidad parecía más definitoria que los símbolos funerarios de su óseo y tradicional emblema. La meta final del pirata parecía concentrarse en la obtención de una infame fama y de unos tesoros que requerían de misteriosos derroteros que habrían de conducir a oscuras e impenetrables cuevas que ocultaban cofres escondidos. “Riqueza y búsqueda de aventura hasta morir” parecería haber sido el lema representado por aquellos fémures cruzados, coronados por una calavera que hacía honor a su libertinaje y escaso juicio. Esa era su insignia y ese era su pendón; un estandarte de dudosa heráldica que parecía estar siempre inflado por vientos zigzagueantes de pronóstico impreciso…

Pienso en corsarios y piratas, en sus motivaciones y procedimientos, este mismo fin de semana, cuando, de golpe y sin previo aviso (sin saber leer, ni escribir, como dicen en mi tierra) he sido atacado por un virus troyano, cruel, poderoso y fulminante, y he terminado diseminando, sin intención, sus perniciosos efectos malignos. Así es como me he encontrado, de pronto y de la noche a la mañana, con mi casillero electrónico bloqueado en forma intempestiva, y sin acceso ya a una innumerable dosis de información personal y al alcance de muy importantes archivos. He tenido que reconocer y aceptar, en forma inmediata, que me habrían hecho un daño artero, irreversible e irreparable. Que me habrían atacado los torvos y modernos piratas de la electrónica; los nuevos y cobardes corsarios clandestinos, los nuevos bucaneros!

¿Qué quieren estos piratas? Si ellos ya no nos piden doblones de oro, joyas con incrustación de piedras preciosas, o cualquier nueva forma imaginable de valores o de dinero? ¿Cómo proceder o cómo defendernos de ellos, si sus galeones se han tornado en invisibles, si su identidad es un oscuro y clandestino secreto? Lo único claro es que les retrata una catadura que nada tiene que ver con la inocente travesura, pero más bien con la más alevosa de las maldades. Ese perverso deseo de disparar en la oscuridad, da identidad a su ausencia de valor; su imaginación retorcida ha venido a suplantar a la predisposición al riesgo que caracterizó a un personaje, que quiso en el pasado ser parte de la leyenda, que no se contentó con el pusilánime escondite, con el uso cobarde del secreto.

Son inimaginables los daños que están produciendo en el mundo los piratas cibernéticos. Nadie parecería ya librarse de su acción incesante y obcecada; y sobre todo, de sus motivos protervos. No existe ya campo de la modernidad tecnológica que no haya sido vulnerado por sus métodos perversos. De esta preocupante pira funeraria no escapan ni los más probados sistemas de comunicación, ni la telefonía celular, ni las cuentas bancarias o las tarjetas de crédito. Este pirata no está contento con sustraerse una ajena identidad; lo que quiere es causar daño, corrompiendo ordenadores, diseminando falsos mensajes, alterando la tranquilidad de los seres que más queremos. Así, la malicia ha suplantado a la temeridad, la inclinación siniestra y solapada se ha apoderado de la codiciosa motivación que impulsó al antiguo pirata mercenario y marinero.

Es la piratería una virulenta forma de falsificación y de engaño. Son incalculables las secuelas que sus efectos están causando a la seguridad de los sistemas, y que están provocando en algo que sigue siendo precioso en el mundo: la mutua necesidad de promover los valores de la confiabilidad y de la confidencia. El bucanero informático debe ser buscado, perseguido, acosado sin cuartel y exterminado! Sus cuevas deben ser arrasadas sin piedad, sus sustraídos tesoros deben ser restituidos; destrozadas sus insignias, obliteradas para siempre sus podridas y hediondas carabelas!

La piratería en los sistemas de confirmación y seguridad es un crimen de lesa humanidad, es ya un obstáculo para la paz general y para la privacidad personal, es una rémora para el avance de la civilización y para el desarrollo de los nuevos elementos que hoy otorgan bienestar y un mejor estándar de vida a los pueblos.

Anchorage, 19 de septiembre de 2011
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17 septiembre 2011

Chom kaka chuseyo!

No bien regresé de mi entrevista inicial con Korean Air, cuando pocos días después, recibí una breve llamada del agente que intermediaba mis servicios, comentándome de la exitosa aceptación de mi aplicación de trabajo. El resultado fue para mí un tanto sorpresivo. Esto porque encontré, en mi visita a Seúl, que mi futura compañía tenía unos estándares profesionales muy exigentes y que los parámetros de evaluación que habían sido adoptados eran muy restrictivos: de los diez candidatos que realizamos este riguroso chequeo de tres días en el simulador, habríamos de cumplirlo con satisfacción solo cuatro compañeros; esto, a pesar de que la empresa estaba corta de tripulaciones y que le urgían nuestros inmediatos servicios.

Además, nunca conté con que los chequeos que se realizaban en Corea para la certificación médica fuesen tan exhaustivos y prolijos. Jamás olvidaré la mañana que, a pesar del cambio de hora y la falta de un descanso reparador luego del largo viaje desde Nueva York, tuve que realizar una prueba de esfuerzo en la máquina de trotar, que me habría de dejar, literalmente, extenuado y sin aliento. Las comprobaciones duraron toda esa mañana e involucraron una infinidad de pruebas que habrían de confirmar mi aptitud y buen estado físico.

Solo un mes más tarde, habría de presentarme en el centro de entrenamiento, para cumplir con mi exigente adiestramiento. Para empezar, fui conducido al simulador de vuelo, donde se me habría de proporcionar el curriculum completo del avión que iba a volar, prescindiendo de la condición previa de que ya estaba perfectamente calificado para hacerlo. Cuando este entrenamiento concluyó, me asignaron una serie de vuelos de familiarización, para adaptarme a las rutas, las técnicas operacionales y los que iban a ser mis nuevos procedimientos. Cada nuevo destino requería de dos vuelos de familiarización que se complementaban con uno adicional de chequeo. Con este caprichoso sistema, era lógico que iba a prolongarse más de lo necesario este largo y agotador entrenamiento.

Pronto, sin embargo, estuve en condición de volver a casa para hacer uso de lo que en principio parecía ser lo más atractivo de mi contrato: el poder disponer de trece días libres al mes, luego de cada desplazamiento a Seúl, mi base de trabajo. Cierto es que se gastaban tres días en los viajes de ida y regreso, pero no había contado con los efectos que el cambio de hora produce en el organismo. Llegaba a Seúl desde el Ecuador en horas vespertinas, en las que, para mi sorpresa, se me hacía muy difícil controlar el sueño. Estaba ya despierto, como es lógico y correspondiente, a eso de la medianoche; y habría de dejar pasar toda una semana para empezar a sentir que volvían a la normalidad mis patrones de vigilia y de sueño. Lamentablemente, cuando regresaba al Ecuador pasaba sin poder dormir durante toda la noche; y cuando por fin lograba readaptarme, luego de una larga semana, ya era hora de empezar otra vez un nuevo ciclo completo…

Era Korean Air una empresa gigantesca; su flota superaba los ciento veinte aviones en esos tiempos. Llegué en una etapa que la empresa estaba abandonando las viejas oficinas cercanas al aeropuerto de Kimpo, y empezaba su traslado a flamantes y muy bien equipadas instalaciones, ubicadas en un enorme y flamante hangar que la compañía había construido en el mismo aeropuerto. Allí todos los servicios de registro y de despacho se habían automatizado. Todos los pilotos contábamos con nuestro armario privado en el área de los camerinos, y disponíamos también con servicios de limpieza gratuitos para los uniformes que habíamos usado para cumplir con los programas previstos. Si algo era novedoso era el inmenso comedor, con capacidad para trescientas personas, donde los coreanos acudían a cumplir sus más importante tarea: la de comer a cada rato!

Nos habían alojado en un hotel de privilegio: nada menos que el Ritz Carlton, ubicado en la zona de Kangnam; era uno de los hoteles más costosos que hay en Corea y quizás el más exclusivo. Ahí se nos mantenía, de acuerdo con el contrato, y no teníamos que hacer el chequeo de salida, a menos que hubiésemos sido designados para un vuelo internacional. Esto nos fue permitiendo vivir más ordenados y mejor organizados; ahora había que tener las prendas de vestir y los efectos personales en su puesto; teníamos que estar pendientes de llevar lo pertinente a la lavandería o tintorería y encargarnos de pequeños asuntos, como antes aún no lo habíamos hecho…

Pronto, la familia se interesó en venir a visitarme. Disponíamos entonces de dos pasajes libres por año, amén de otros seis con noventa por ciento de descuento! Si algo caracterizaba a esta empresa, que es parte del grupo Hanjín, uno de los “Holdings” corporativos más importantes que hay en Corea (los llamados “Chaebol”), era justamente esta generosidad con los privilegios concedidos a los empleados. Éramos no menos de tres mil pilotos y calculo que esta cifra habría de extenderse hasta la de quince mil, al contar a todo el personal de vuelo… La gran ambición de la empresa era ya, y desde entonces, la de ubicarse como una de las tres más grandes y vigorosas en el mundo de la transportación aérea.

Y la familia vino a visitarme y a saborear la exótica experiencia de visitar por primera vez Oriente y de conocer Corea. Mi gran preocupación fue la de dónde llevarles a comer, si la mayoría de opciones solo ofrecían comida local por esos días. Pronto, mis hijos, descubrieron ciertos sabores que yo ya los había incluido en mis comidas favoritas. Pronto, descubrieron, también, una calle que representa el paraíso de las compras para los extranjeros, llamada Itaewon; allí descubrieron la frase mágica para conseguir un diez por ciento de descuento, la indispensable y emblemática de “rebájeme, por favor” o “chom kaka chuseyo”!

Shanghai, 17 de septiembre de 2011
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