06 noviembre 2011

Berrinches y etimologías

Resulta fascinante la curiosidad que ponen ciertas personas por conocer su genealogía y aun el origen de su linaje y la historia de sus apellidos; tarea ardua y agobiante, esfuerzo que solo resulta válido en la medida que sus fuentes sean confiables y que se tenga absoluta certeza de un factor indispensable: su real e íntegra legitimidad. Por mi parte, poseo una tendencia similar: tengo una cierta adicción por encontrar el origen de las palabras; por encontrar la razón y el motivo de ciertas voces y términos, la historia de ciertas expresiones y giros; lo que imagino, es la esencia misma de una ciencia que se conoce como etimología.

Como parlantes que somos de una lengua romance, o latina, tenemos la tendencia a creer que nuestra lengua fue una adaptación al latín de otra lengua autóctona u original, cuando lo que efectivamente sucedió con el castellano fue casi lo contrario; es decir, fue una deformación, debido a las influencias que se produjeron luego de la caída del Imperio Romano, del latín, idioma que ya era hablado de manera oficial en los estamentos organizados de la sociedad. Esto también habría sucedido con las otras lenguas y demás dialectos romances como el francés, el rumano, el italiano, el catalán, el gallego o el portugués. También existe la tendencia a considerar que una lengua no es sino la mezcla, por influencia, del léxico o conjunto de palabras; pero, en la práctica, nada hay que sea más alejado de la verdad.

Se calcula, para muestra de ejemplo, que el inglés tiene un setenta por ciento de voces y palabras latinas, o que obedecen a raíces latinas; sin embargo, no puede decirse que sea un idioma latino. Y es que las palabras son solo el ingrediente, o si se prefiere el componente básico, de una determinada lengua. Pero lo que da estructura y en definitiva diferenciación a una lengua es esa serie de relaciones que son muy complejas, que van desde la forma como se conjugan los verbos, a como y cuando se usan los adverbios y los sufijos; pasando por las funciones que se inscriben en su sintaxis y hasta por la forma de construir el plural.

Alguna vez me explicaron esto de la estructura lingüística con un ejemplo muy orientador. Me dieron a reflexionar en qué sucedería si se tomarían piedras de la Gran Muralla para edificar una catedral gótica en algún lugar de Europa. De la misma forma que no podríamos inferir que la nueva construcción sería una catedral china, deberíamos más bien, y a efecto de identificarla y catalogarla, tomar en cuenta su estilo, proporción y concepto arquitectónico para solo así acertar en su definición. Idéntico asunto pasa con los idiomas; y ninguna lengua es, en este sentido, una excepción. En estos conceptos se basa, por ejemplo, la aseveración científicamente demostrada de que el vasco, euskera o vascuence, la lengua de mis probables antepasados, no sea una lengua romance; y, ni siquiera, una lengua indoeuropea…

Ayer llegue a estas “enjundiosas” reflexiones como fruto del intempestivo “emperro” o “emperramiento” de uno de mis nietos. Esto de “emperrarse” es un verbo utilizado en mi tierra para denotar la acción emprendedora y caprichosa de acometer con una rabieta o berrinche. Y he venido a notar que esta acción de enojo intempestivo y de corta duración –aunque sus efectos puedan llegar a ser trascendentales- ha de tener relación, en el sentido etimológico, con la reacción de un verraco o cerdo padre. De aquí, y por extensión, que hayan surgido luego otros términos similares como verraquera y verriondo. Y desde luego otros, como berrinche (nótese la alteración hacia la B labial); y, desde luego, el muy nuestro de “emperro” o “emperrarse”…

Como bien sabemos, la rabieta es una reacción frenética en los niños de corta edad, que consiste en una especie de ataque de ira, con llanto y pataletas, y con acciones destinadas a lastimar a los demás; con amenazas de auto infligirse daño e incluso con acciones extremas como auto aislarse en una esquina o tirarse al piso. Por fortuna, las rabietas en los niños son solo ocasionales y son parte de su proceso de maduración; y se entiende que son originadas en su frustración de no poder imponer su voluntad. Sin embargo, los berrinches en los mayores parecen ser reacción a un ingrediente megalómano y exhibicionista, son el resultado de frustraciones ocasionadas por lo que los entendidos conocen como “iras narcisistas”, que no son sino unas como pataletas que se producen en algunitos cuando se les habría lastimado su elevado sentido de omnipotencia…

Tales expresiones son reflejadas en la intolerancia y en la intemperancia; ellas solo ponen en evidencia la falta de consideración con las ideas y valores ajenos; y, en su grado más alto, solo conducen al autoritarismo y a la estolidez. Éstas no son sino formas sociales de “emperramiento”; son solo formas de berrinche o de rabieta de quienes no han sabido madurar debidamente en la sociedad. Son formas de tirarse al rincón y de tumbarse en el suelo hasta que se le entregue la galleta de ser los únicos que puedan opinar, o el chupete de ser los únicos poseedores de la razón y de la verdad.

Sin embargo, y por fortuna, estas bravatas o “verraquerías”, pueden ser lidiadas en muchos casos –sobre todo cuando se tornan ya en continuas, o por lo menos en sabatinas y semanales- con una pequeña dosis de “chiquitolina”, o con una buena nalgada que resulte beneficiosa. Quienes, así con frecuencia, se acogen al derecho y beneficio de la rabieta, no siempre caen en cuenta que la gente, al igual que los padres de estos “emperrados”, tiene solo una limitada dosis de paciencia para ésa su forma de intolerancia; y que llega un momento en que también la gente “coge y se emperra”. Pero este “berrinche de reacción” resulta final y definitivo, no dejándole al narcisista con una nueva oportunidad, ni para que vuelva a lanzarse al piso, ni para que pueda volverse a "enrabietar"…

Sydney, 7 de noviembre de 2011
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De epístolas y adefesios

Hace un par de años el Papa anunció desde Roma que se había encontrado la tumba del apóstol San Pablo. El descubrimiento daba con los restos de este ciudadano romano que había sido juzgado y condenado a muerte en los albores del cristianismo. Paulo, cuyo nombre judío era Saulo, había nacido en Tarso, una pequeña ciudad griega del Asia Menor, en lo que hoy es Turquía; y como había sido condenado a muerte, había “gozado del privilegio” de morir decapitado. Esta forma de condena había estado reservada para los ciudadanos romanos, porque los que carecían de esta condición estaban destinados a morir crucificados…

Saulo no había conocido a Jesús. Su educación había sido muy rigurosa y desde joven había abrazado la secta judía de los fariseos. Dice la leyenda que, camino a Damasco, habría tenido una visión y desde entonces se habría convertido a la nueva religión y habría participado en la promoción de la doctrina cristiana y en su proceso inicial de evangelización. De hecho, como había tenido acceso a un tipo de educación del que carecían los apóstoles que inicialmente siguieron a Jesús, Paulo habría sentado las primeras bases para la definición de la doctrina y la estructuración de la iglesia cristiana. Saulo tuvo una vida agitada, dedicada a sus desplazamientos hacia lejanos lugares, motivados por su celo evangelizador.

Estos continuos viajes del apóstol le llevaron a diferentes centros del desarrollo original del cristianismo, muchos de los cuales estuvieron ubicados en el Asia Menor, desde allí escribió una serie de cartas, o epístolas, destinadas a recalcar y promover las enseñanzas de Jesús. Entre sus principales misivas constaba una que estuvo dedicada a los cristianos de Éfeso (ad Efesium, en latín), que según la tradición, no fue acogida debidamente. Desde entonces, hablar para que otros no hicieran caso, y en definitiva para perder el tiempo; o, lo que es lo mismo, para no ser comprendido, pasó a ser conocido como hablar “ad-efesium”, o lo que vino a significar lo mismo: “hablar adefesios”…

Esta palabra –adefesio- ya constaba en mi léxico infantil; de hecho, no solo se usaba en casa para referirse a cosas o asuntos de escaso valor, sino como adjetivo predilecto para endilgar a chicas desprovistas de la fortuna de poseer algún elemental atractivo físico. Palabras como “flaca tirisiada” y “adefesio” fueron utilizadas como insultos disimulados y juicios emparentados por lo menos con la falta de estimación, si no con el desaire y con el desprecio. Lo que si era ajeno a los usos capitalinos fue la adjetivación del sustantivo, pero esta vez deformándose su sentido y convirtiéndolo en un juicio de valor con respecto a la excesiva afectación de las personas. Era ésta la forma coloquial que era usada de preferencia en la costa ecuatoriana para expresar que alguien era “melindroso”.

Porque los serranos, poco inclinados al cuidado exterior extravagante, hemos tratado siempre de ser ahorrativos con esto de los “melindres” y las muestras de afectación que fueran excesivas. Y desde un cierto día habíamos descubierto que aquello de carecer de discreción en la forma de caminar, en los modales o en la vestimenta, y que nosotros llamábamos con el adjetivo de “detalloso”, era lo mismo que los costeños habían acordado en llamar con un nombre bastante “cristiano y epistolar”, aunque no muy ecuménico: el adjetivo de “adefesioso” (e inclusive, el poco conocido y menos distinguido aún de “anchetoso”). El tildar a alguien de adefesioso, estaba destinado para quienes hacían alarde con excesiva inmoderación, usando un atuendo muy artificial con aspaviento innecesario. Yo mismo habría sido apuntado con las saetas de tal calificativo, cuando quisieron castigar mis remilgos y mis probables deslices hacia lo fatuo y lo presuntuoso.

Pasados los años, la palabra ha empezado a tener en mi tierra un tinte un tanto político. Todo a causa de unas atractivas camisas de carácter ecológico, que han sido diseñadas con motivos folklóricos, para que use nuestro presidente. En lo personal discrepo con quienes sostienen que tales prendas son “adefesiosas”; al contrario, creo que han sido escogidas con buen gusto y que han sido fabricadas con esmero y distinción. En lo que no estoy de acuerdo es en que sean usadas como un símbolo –recién descubierto y a deshora- de reacción contra el “statu quo” o el “establishment” y como si fuese una manera de representar a un grupo étnico de nuestro país. Usarlas fuera de contexto sería lo mismo que presidir las reuniones de gabinete utilizando el gorro de plumas de los indígenas cofanes o como apoyarse en una cerbatana cuando el presidente se dirige a la nación.

Estoy persuadido que la posición de presidente se la debe exhibir con dignidad. Esas camisas, utilizadas como parte de una vestimenta “no formal” creo que pueden lucir tanto o más elegantes que una guayabera, pero creo que no hacen juego con un traje de corte occidental. En este aspecto, y si son utilizadas como un mensaje o un símbolo, solo ponen de relieve un ridículo contrasentido; serían el equivalente a utilizar un traje formal y completar la imagen que se busca con el extravagante contraste de unos zapatos deportivos…

No. Los trajes de vestir están diseñados para ser utilizados –en ocasiones formales- con camisa de cuello y con una prenda que es signo tradicional de respeto y que se llama corbata. En funciones oficiales no van bien los trajes formales con esas vistosas camisas, por muy elegantes que nos resulten sus diseños exclusivos. Y van mal, muy mal, y son una insultante impertinencia, al recargar con sus variopintos colores, la sobria dignidad de la banda presidencial. A menos, claro, que lo que se intente sea emular al colorido de esas “chivas” de transporte tropical o de aquellas “bicicletas de montubio” que a lo único que aspiran es al despropósito de alardear. Porque si éste, o el de “parecer diferente” es el copiado y poco original objetivo… No representa a nadie, ni simboliza nada; solo representa una inelegante manera de no saber vestir con dignidad!

Sydney, 6 de noviembre de 2011
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03 noviembre 2011

Un largo y ardiente feriado

He estado recordando su título en estos días; y me había parecido que fue ése el nombre de una de las primeras series de televisión a que accedimos antes de declararnos adolescentes nosotros mismos. Una serie que coincidió con los tiempos de “El fugitivo” y de “Alma de acero” y que se anticipó, en el tiempo, a otra que habría de insinuar una forma distinta de pensar: “Peyton Place”. Lástima que en la trama de sus conflictivos episodios hayan combatido al prejuicio y la hipocresía, con los menos aconsejables del cinismo y la desfachatez.

Así recordaba yo a “Un largo y ardiente verano”, cual si hubiese constituido otro programa semanal al estilo de lo que fueron “Valle de pasiones”, Surfside Road” o “77 Sunset Street”. Mas, sólo al acudir a la asistencia informativa de mi “equipo especializado de búsqueda y redacción” (la Wikipedia), he caído en cuenta que aquel título había pertenecido a una cinta de largometraje, protagonizada por ese monstruo del cine que fuera Paul Newman. Solo al recordar la urdimbre de los acontecimientos de aquella película, he caído en cuenta que la traducción del título, a nuestra lengua, resultaba más acertada que su nombre original -que no menciona ardiente sino caliente-, ya que se trataba de la historia de un joven que llega desde una ciudad lejana donde había sido acusado de propiciar un flagelo.

Al recuerdo de esas series, que nos tuvieran tan interesados antaño, he llegado cuando he tratado de bautizar con un nombre adecuado a ese feriado repetitivo, que es el de mi cumpleaños; feriado al que en mis tiempos de pantalón corto llamaban con el nombre de “Finados”. Es ése el fin de semana de “las guaguas de pan” y de la “colada morada” (no era “champús” como la llamaban?); el de los días de “asueto” cuando se celebra el día de Todos los Santos y la fundación española de la Cuenca americana; y en cuyo intermedio se recuerda, con pena y con reverencia, a quienes estuvieron cerca y que hoy ya no están. Finados es para mí el comienzo de un mes triste en el recuerdo, un mes que asocio con orfandad.

Y mientras en la tierra de mi infancia transcurre el feriado de principios de noviembre, y quizás algunos disfruten del ardor del sol, de la piel caliente y de la arena de la playa, yo disfruto también del principio de verano en la tierra de “allá abajo” (“down under”), como los australianos suelen llamar a su patria en forma coloquial. Por fortuna, los rigores estivales del verano austral se han demorado todavía en llegar; así, el clima permite aprovechar de unos días de ocio y de exploración en una ciudad que hace gala de un sorprendente nivel de vida y del formidable desarrollo de aquel concepto civilizado que es la “urbanización”.

Sydney, es una de las ciudades más hermosas que hay en la tierra. Su puerto fue considerado como “el más bello del mundo”, desde el día mismo de su británica fundación. No deja de llamar la atención que lo que fuera en sus comienzos tan solo el asentamiento de una colonia penal (igual que fueran Guantánamo, la isla Gorgona o San Cristóbal en las Galápagos), habría terminado convirtiéndose en la ciudad más populosa de Australia y en una metrópoli cosmopolita de más de cinco millones de habitantes! Sorprende tan admirable desenlace en este rincón meridional de una isla-continente, cuya casi total extensión más bien parece un paisaje lunar cuando se lo observa desde el aire. Y que haya conseguido toda esta magnífica forma de desarrollo en menos de doscientos cincuenta años!

La tierra de Oz, como la llama su gente, había sido “descubierta” hace solo cuatro siglos por los infatigables holandeses, en sus continuas exploraciones desde la capital de lo que hoy es Indonesia y que ellos habían dado el nombre de Batavia (la actual Jakarta). Pero, habrían sido los ingleses los que más tarde la exploraron y reconocieron con un afán de asentamiento y posesión, especialmente en sus costas sur orientales. Así, llegaron a lo que James Cook llamó Port Jackson, en la ensenada de Sydney, nombre que, a su vez, se prefirió al muy británico de Albión.

Llegué por primera vez a Sydney hace casi quince años. Era la primera vez que pisaba Australia, una tierra que desde siempre me atrajo por su espíritu liberal y deportivo, por su forma de vida y por su admirable organización. La tierra de los “ozzies” es una fusión de las estructuras y valores europeos, a los que suma la forma de bienestar alcanzada en Norte América. Cierto que sorprende en ella la ausencia de mestizaje, pero aquella comprobación no puede divorciare del propósito rehabilitador, y nunca colonizador, que inspiró la fundación de los enclaves originales, y tampoco desvincularse del infortunio de los pueblos aborígenes que fueron diezmados por enfermedades infecciosas, como la viruela y la varicela.

No deja de sorprender tampoco que en este inmenso territorio, de más de siete millones de kilómetros cuadrados, que es Australia (igual a treinta veces la extensión territorial del actual Ecuador), vivan menos de treinta millones de habitantes. Esto solo se comprende si se consideran las políticas restrictivas de inmigración que se implementaron en el pasado; así como cuando se observa que hay una mayoritaria tendencia en el hombre australiano por disfrutar de las ventajas y beneficios que ofrece la ciudad. En la práctica, la población australiana se encuentra concentrada solo en sus principales ciudades.

Hoy casi nadie recuerda que éstos fueron, en sus comienzos, lugares de reclusión y de rehabilitación. Australia es una enorme isla donde reinan la tranquilidad y el ocio. Ésta es la tierra del deporte y de los campamentos al aire libre; es la patria del relajamiento y de la distracción. Australia es una democracia parlamentaria, que no ha olvidado su condición de monarquía constitucional. Miembro como es del Reino Unido, rinde todavía homenaje a la reina de una patria alejada: la distante y casi centenaria reina Isabel de Inglaterra.

Sydney, Nueva Gales del Sur, 4 de noviembre de 2011
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01 noviembre 2011

Fortuna y felicidad

El “ordenador de tableta” ha llegado para darme satisfacciones, pero también ha venido a amplificar mis defectos; entre ellos, aquella concupiscencia confesada y declarada que ya he dicho tener: la costumbre de leer más de un libro a la vez. Es que con el Ipad se hace más fácil no solo aquella lectura simultánea, sino que nos permite disfrutar más de una biblioteca, o colección de obras, a la vez. Quizás lo que “no nos permita” sea la exhibición del íntimo orgullo y satisfacción de sentirnos dueños de esos libros, el disfrute del alarde de poseer esas copias. Por esto debe ser que hoy, día de mi sexagésimo cumpleaños, mi familia cercana y mis amigos han preferido regalarme algo que me enriquezca con sus lecturas y que me satisfaga con su ostentación: libros de carátula dura que los pueda lucir en mi modesta biblioteca, luego de su correspondiente disfrute y exploración.

Heródoto de Helicarnaso, un griego que vivió hace unos dos mil quinientos años (y a quien, por coincidencia, estoy leyendo en estos días), decía que la vida normal de un hombre puede durar alrededor de setenta años. La ironía es que, el padre de lo que habría de llamarse “Historia”, vivió sólo por cincuenta y nueve! El escritor heleno fue el primero en comentar el pasado con un método sistemático; y el término “Historia”, que él acuñó, quería más bien significar consulta, investigación y exploración. Es sorprendente como él nos introduce al relato de las guerras médicas, insinuando que la ojeriza entre helenos y persas, no se debió a ambiciones de poder o de conquista territorial, sino más bien a raptos femeninos y a problemas de alcoba; en suma, a razones del corazón...

Me pongo a reflexionar en cómo habría tenido que escribir Heródoto sus relatos, si no disponía de los artilugios modernos y ni siquiera de la provisión de papel… Eran tiempos en que debía escribirse en unas láminas de papiro que tenían algo así como siete metros de largo; y que al enrollarlos (rollos, al fin) formaban unos canutos que hacían más fácil su uso y transportación. Fue con esos pliegues que se ejecutaban las tareas explicativas y didácticas. Puede decirse que ellos fueron los verdaderos y anticipados precursores del moderno “PowerPoint”…

En uno de los primeros episodios de la historias que Heródoto nos cuenta, relata cómo un poderoso rey habría consultado a Solón acerca de quién era el hombre más feliz de la tierra, en espera de que el sabio le incluyera en su consideración. Para sorpresa reiterada del monarca, Solón insistía en excluirle de dicha clasificación. Su argumento era que no podría incluirle en el mencionado juicio, ya que no habiendo concluido su vida, no estaría en capacidad de tomarlo en cuenta para efectuar su apreciación. Le dijo que, a lo sumo, podría juzgarlo como un hombre afortunado; que sólo si su vida hubiese sido afortunada hasta que se hubiese despedido de este mundo, podría considerarlo como miembro de esa galería privilegiada, que era la de ser considerado como un hombre feliz…

Por eso, entre otras consideraciones y conceptos – no quisiera, en este punto, y justo en este día, recalcar en mi personal convencimiento de que no creo en lo que otros llaman felicidad – es que puedo hacer gala de la condición de sentir que soy un hombre afortunado. El solo hecho de haber cumplido cinco docenas o seis decenas, es algo que me hace sentir agradecido con la vida y que “casi” me hace decir que “me llena de felicidad”. Cumplo una edad que supera lo que fuera mi propia expectativa, la misma que nunca excedió la edad a que llegó mi propio papá. Ya soy cinco años mayor a la edad que él tuvo cuando se fue sin despedirse un día, dejándonos la renovada inquietud de si esos golpes que nos da la vida son también parte de la fortuna y de la ansiada felicidad…

Siento, por lo mismo, que ya llevo como cinco años jugando lo que en mi deporte favorito llaman “los descuentos”; a sabiendas que me estoy jugando un partido que aunque gane o empate, sé que no me sirve ni siquiera para volver a “clasificar”… Pero, aun así, lo sigo jugando con pundonor y con empeño. Lo sigo disfrutando; porque jugar con satisfacción, y participar con pundonor y con altivez, es lo que otros definen con el más humano y noble de los términos, un sustantivo olvidado, que parece que se quedó entrampado para siempre en los libros de caballerías (como aquel de otros dos locos que también estoy releyendo, el uno alto y flaquito y el otro rechoncho y bajito); me refiero a un sustantivo que de tan olvidado parece que se convirtió ya en adjetivo – de hecho, es ya una palabra antigua –. Es un concepto incomprendido: se llama “dignidad”…

Escribo, mientras en el Asia ya es otro día. Qué digo! Mientras sabiendo que ya vivo en el futuro, sé que en el Asia es ya un nuevo mes! Qué lástima que, a pesar de estar en el futuro, no se pueda siquiera predecir el presente! Qué pena también que no pueda decirse que soy un hombre “con futuro”… Aunque la sola fortuna de seguirlo teniendo, quizás haya de abrirnos las puertas a esa esquiva “felicidad”…

Con el final de estos “primeros sesenta años” siento que, aunque ya se hubiera acabado el partido, la contienda todavía no habría terminado. Y siento también, que aun en el caso de que hubiese perdido ese partido, la vida ha de ser siempre algo más importante que un partido en el que pudimos participar… Por eso, cuando al empezar el día me han preguntado que cómo me siento, lo único que he atinado a responder es que siento dolor, porque cuando uno ha cumplido los sesenta y se ha levantado de la cama, eso es lo que uno siente: dolores por todas partes! Y, por lástima, para eso de los achaques… es poco lo que puede hacerse, sino tan solo soportarlos! Sobre todo si… ya no "mismo" los podemos remediar…!

Sydney, día de Todos Santos, 1 de noviembre de 2011
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30 octubre 2011

Los viajes y los días

Sustraigo medio título de sendas obras de Hesíodo y de Marcel Proust para responder a una pregunta que me han hecho con frecuencia, cuando me han consultado que “en cuántos países he estado”. La pregunta implica una inequívoca curiosidad matemática; y reclama un tipo de respuesta que debe manifestarse con un valor aritmético. Mas, estos conteos, los necesarios para satisfacer esa pregunta, han de ser, a la fuerza, imprecisos. Serían similares a la inexactitud que implicaría dar respuesta a otra pregunta, la que nos harían si inquirieran acerca de la cantidad de enamoradas que en el pasado hemos tenido… Y antes de que se insinúe que me aqueja una vanidad que raya en el impudor, me gustaría comentarlo haciendo una necesaria aclaración.

Y es que, en la geografía, como en toda noción política, existe más de un concepto que determina lo que es un país. Puede, por ejemplo, quien sólo ha estado en Puerto Rico decir que ha ido a los Estados Unidos? Quien estuvo en Hong Kong, cuando este enclave pertenecía a la Gran Bretaña, ¿puede decir que estuvo en el Reino Unido? Quienes han visitado las Canarias o las Azores ¿pueden comentar que estuvieron en España o en Portugal? Quien visitó la Guayana Francesa, puede decir que estuvo en Francia, por el hecho de haber pisado territorio francés? ¿Cuán certero sería, por ejemplo, que un pasajero que permanece por breves horas (y aun por cortos minutos) en un aeropuerto de tránsito, comente que ha estado en el país al que pertenecía la mencionada infraestructura?

Los noticieros modernos hablan más bien de “países y territorios”, conscientes de la imprecisión que se crea al hablar de estados y de países. Detrás de ello se encontraría, además, el más amplio concepto de lo que es nación. Este es el caso del país Vasco, que está englobado en el de España como nación, aun sin tomar en cuenta el controversial desacuerdo relacionado con las autonomías. Por otra parte, las fronteras -ese anacronismo de la civilización, que subsiste hasta ahora y que ha sido culpable de tantas guerras, dolor y muerte en el mundo- parecen no ser estáticas y cambian con el paso de los años. Ya no podría decir que estuvo en Yugoslavia quien visitó una ciudad del actual Montenegro, o que estuvo en la Unión Soviética quien recorrió recientemente Armenia o Azerbaiyán.

Idéntico asunto pasa con los ocupantes de los vuelos internacionales, que no podrían afirmar que estuvieron “en” un determinado país o territorio, por el hecho circunstancial de que la nave que los transportaba habría sobrevolado un determinado país. Esto me pasa con respecto a Rusia y a una gran cantidad de países asiáticos y africanos, que en mis diversos viajes tuve la oportunidad de sobrevolar –en algunos casos, por cientos de ocasiones- pero que nunca tuve la suerte de poderlos visitar.

Hablar de “nación” implica siempre la posibilidad de referirse a dos conceptos que, sin ser necesariamente opuestos, son en muchos casos claramente distintos. Hay una interpretación jurídico-política y otra con caracteres sociológicos e ideológicos, con preeminencia de lo cultural. En este sentido, la nación cobra un significado un tanto ambiguo, pues puede implicar el concepto étnico y racial, como también el político de un estado-nación.

El primer concepto estaría identificado con la soberanía, el segundo con el del pueblo que le da identidad y carácter. Para lo que nos ocupa, la entelequia solo sería válida cuando la nación se convierte en ente jurídico, que es el que está reservado para el “estado” propiamente dicho. Por ello que produce enorme confusión que se empleen términos como “país, territorio o estado” cuando son utilizados como si fuesen sinónimos. Hay muestras que pueden servir de ejemplo, como es el caso de los gitanos y los kurdos. O como sería el caso del pueblo judío, cuya existencia como estado, es posterior al concepto étnico y cultural que lo inspiró. Es evidente que en el concepto de nación interviene una raíz histórica y, en algunos casos, cuentan inclusive la lengua y la religión. Pero, a fin de cuentas, qué define a una nación? La respuesta implica un conjunto de ideas e identidades; y sobre todo un muy acendrado sentido de solidaridad.

Para poner luz en la confusión, he tenido que acudir al diccionario de la Real Academia, donde encuentro que el término “país”, se refiere indistintamente a “nación, región, provincia o territorio”; de ahí que usemos el nombre genérico de “paisano” para referirnos a quienes provienen de un mismo país, provincia o lugar. Es por ello que el concepto de país es más claramente expresado en los mapas del mundo, en forma bastante pictórica y gráfica, pues se los representa con un color distinto, para cada país separado por una frontera en particular.

Con todas estas consideraciones, creo que el número de países y territorios que he visitado se acerca a los setenta. Decía al principio que con esto de los países sucede como con el número de enamoradas que uno tuvo en su juventud; pero no por la cantidad de jovencitas que nos habrían soportado, sino porque con el significado de esta palabra, en mi tierra, se expresan un sinnúmero de diversas situaciones. Quién se convirtió en aquellos tiempos en nuestra enamorada? La que nos aceptó cuando nos habíamos “declarado”, aun si nunca había “salido” con nosotros, o si nunca se habría dejado siquiera besar? Merecen ese nombre quizás las que solo nos duraron un par de días? Y qué con las que no requirieron de esa romántica e innecesaria declaración poética, pero que nos entregaron sin condición su cariño, luego de regalarnos su primer beso en la oscuridad?

En cuanto al número de quienes merecieron esa definición… Pues, no lo sé! Deben haber sido números más bien discretos. Y, con seguridad, debe haber sucedido como con los aeropuertos de tránsito… y, ni siquiera como eso! Baste decir que por ahí habremos sobrevolado una gran cantidad de veces, sin haber recibido siquiera el permiso necesario para poder aterrizar…

Sydney, 30 de octubre de 2011
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26 octubre 2011

De héroes y periplos

La vida es un continuo descubrimiento. Y eso es lo que justamente la hace más hermosa e interesante: la posibilidad de descubrir, de aspirar a encontrar algo; ese derrotero que en sí es ya una nueva meta: la fortuna de poder explorar. Quizás a eso se debió nuestra fascinación por el comportamiento de los números cuando fuimos niños; y por eso sucumbimos desde temprano a la relación épica de los esfuerzos de los exploradores y pioneros, que nos habría de entregar la historia; y por eso, nos dejamos seducir por la descripción de tierras lejanas, y para nosotros ignotas, distintas en el paisaje y en su estructura, donde los hombres habían adoptado otras costumbres y otras formas de comportamiento, que nos regaló la geografía. Y así, descubriendo, aprendimos el sentido de la plenitud en el vivir, que nunca puede estar ausente de la capacidad de explorar.

Sin el deseo de la búsqueda, sin la posibilidad de encontrar, pasa a carecer de sentido la vida. Por eso, educarse es una forma de aprender a descubrir; y ello, es descubrir que, si nos proponemos, podemos hallar siempre algo nuevo, algo más. Nada hay tan heroico en la historia de la humanidad como la portentosa hazaña de los descubrimientos, nada que nos seduzca y embruje tanto, nada que nos produzca más asombro, que nos inspire y que nos llene más de curiosidad. La mitología clásica, que fue la cuna de nuestra civilización, dio desde el principio, especial importancia a esos viajes esforzados, a las expediciones descubridoras. Así se registraron esas aventuras llenas de fantasía y de asombro que fueran recogidas por Homero, así la humanidad ofreció reverencia con el recuerdo a los temerarios y a los audaces que habían intentado y logrado ir un poco más allá.

Por esto también es que cuando en la alta edad media, surge un puñado de visionarios que apuestan a lo desconocido, se altera la historia del hombre, se comprueba que había algo más que una sola masa continental que incluía lo que mostraban los imprecisos mapas y portulanos, las descripciones de los perfiles costaneros y las “cartas de marear”. Fueron esas sorprendentes expediciones las que nos “descubrieron” un nuevo mundo, las que confirmaron luego el concepto de la redondez de la tierra, las que comprobaron la idea que era uno solo el formidable océano y que la tierra giraba sobre sí misma, mientras hacía su porfiado y puntual tránsito alrededor del astro que nos brindaba luz y calor.

Por todo aquello es que nos maravillaron desde siempre los viajes colombinos, representados por su incomparable propiciador y misterioso personaje, por ello repetimos, con nuestras lecturas, la locura de sus empeños, la demencia de sus pretensiones, la valentía de su audacia, la riqueza de su imaginación, la fuerza arrolladora de su temeridad. Cristóbal Colón habría de pasar a convertirse en arquetipo y referente para nuestras vidas. Él, un hombre soñador, imbuido de una mística de posesión y apostolado, estaba convencido de una errada teoría con la que disuadió a reyes y financistas, con la que inspiró y dominó los apetitos y sueños de sus hombres, con la que murió convencido de haber llegado al Asia, a las distantes y distintas tierras de Cipango y Catay…

De dónde le vino al Almirante la firmeza en su convencimiento? Qué le persuadió que no se habría de equivocar? Algunos cronistas han insinuado una respuesta: López de Gómara y el inca Garcilazo sugieren que recibió previa información, mientras vivía en una de las islas portuguesas. Un postrer testimonio le habría entregado, con su último estertor, el solitario sobreviviente de un atlántico naufragio. Caso similar es el de Hernando de Magallanes que se sugiere habría tenido acceso a información imprecisa y equivocada en la corte del rey de Portugal, contenida en unos mapas que señalaban un “paso” hacia el otro lado de las nuevas tierras descubiertas, una apertura ubicada hacia los cuarenta grados de latitud meridional, lo que era en realidad la desembocadura del río de la Plata.

Cuando se comparan los viajes de Colón con la extraordinaria travesía de este portugués que dirigió tan increíble y fantástica expedición española, no queda sino el reconocimiento al carácter indómito de Magallanes, su formidable sentido de la previsión, la seguridad en su convencimiento, sus dotes de marinero y de soldado, su liderazgo y mística religiosa, su confianza en las recompensas que había previsto, su astucia y habilidosa psicología, su capacidad organizativa, su obstinada perseverancia solo superada por su ilimitada ambición. A pesar de la imponderable trascendencia histórica de su sorprendente e indescriptible viaje de circunnavegación, jamás se nos ponderó en forma suficiente la relación de su viaje; todo, en forma probable, por ser portugués o porque su inverosímil hazaña no habría de alcanzar, con el paso del tiempo, un influyente rédito comercial.

Fue en una breve visita a Río de Janeiro que me interesé, por vez primera, por la historia de ese y otros fabulosos viajes previos a las costas del Brasil. Fueron unos colegas españoles quienes me comentaron que conocían desde la escuela, acerca del descubrimiento de la bahía de Guanabara por parte de Gaspar de Lemos, el primer día del año de 1502. Lemos y quienes lo acompañaban cumplían órdenes del rey de Portugal, Don Manuel "El Afortunado". El relato de los placeres que entonces disfrutaron esos cansados marineros, su asombro ante la belleza del paisaje encontrado, me llevaron más tarde a hurgar en bibliotecas y librerías en busca de otro extraordinario relato descubridor. Así llegué a la posesión de un hermoso documento, que es el diario de a bordo del posterior y legendario viaje de Magallanes alrededor del mundo, donde se relatan sus episodios sorprendentes: es el diario de un muchacho italiano que se incorporó a la travesía y a la hazaña: Antonio de Pigafetta.

Sin embargo de lo comentado, es necesario haber leído una apasionante biografía que existe del verdadero primer explorador de ese enorme océano que cubre la tercera parte de la tierra, y quien realmente fue el primero en apellidar de “pacíficas” a sus tranquilas aguas, para volver a admirar el genio del descubridor y disfrutar una vez más de su odisea formidable. Ahí, en el libro escrito por Stefan Zweig puede apreciarse la apasionante historia de esa inmortal navegación y el raro espíritu de ese marino inigualable. Justo sería que el Pacífico fuera conocido como Océano de Magallanes!

Sydney, 27 de octubre de 2011
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