16 noviembre 2011

Sí, yo también tengo un sueño!

Era yo muy pequeño cuando tuve que visitar con cierta frecuencia aquella iglesia inacabada que llamaban con el rimbombante nombre de Basílica del Voto Nacional de la Consagración de Jesús. Y, como si no hubiera sido suficiente con la devoción familiar y con la prosopopeya de su nombre, allá tuve que acudir un par de ocasiones para dirimir a fuerza de trompones los tempranos desacuerdos pendencieros de mi vida de estudiante. Era entonces solo una capilla que ocupaba el espacio de lo que sería más tarde el ábside de la construcción definitiva. El resto denunciaba el impulso inicial de un intento arquitectónico cuya edificación se encontraba suspendida por ya casi una centuria.

El templo había sido propiciado por un perseverante curita oblato, el padre Julio Matovelle, y el diseño se había encargado a un arquitecto francés que se habría inspirado en la iglesia de San Etienne, procurando conservar un estilo neogótico. La obra fue concluida una docena de años luego de aquellos conatos pugilísticos que protagonicé en la escuela. Su estilo era ajeno al que había querido conservar la ciudad, porque recelaba que aquel diseño resaltara una concepción un tanto anacrónica. Años más tarde, esas piedras arrumadas que parecían dar testimonio de una edificación en ruinas, habían pasado a reordenarse para transformar al enorme templo en un monumento emblemático de la urbe. De pronto, la Basílica había pasado a convertirse en un referente para la capital de la república.

Yo era también un párvulo cuando me llevaron de “excursión” al Panecillo la primera vez que estuve en primer grado de escuela (las cosas importantes habría siempre de aprender al segundo intento). Recuerdo haber subido a pié una cuesta interminable que llevaba a la cima de ese cerro al que habían llamado Shungoloma o Yavirac los aborígenes. Mucho me extrañó conocer más tarde que esa cuesta fatigante llevaba el nombre del comandante “enemigo” que se había rendido al Mariscal Sucre luego de la batalla de Pichincha, el general Melchor Aymerich. Asunto que nadie ha logrado explicármelo hasta hoy en día…

Mayor fue mi sorpresa cuando en la más absurda demostración de carencia de sentido artístico y con exceso de mal gusto, se resolvió construir sobre el cerro, -ya de sí emblemático monumento natural-, una estatua que trataba de imitar al Cristo del Corcovado, con la réplica a gran escala de la hermosa escultura de la Virgen de Legarda, tallada hace ya más de doscientos cincuenta años. El exceso de un falso sentido religioso y la carencia de esa sensibilidad artística, habían conseguido una contradictoria entidad telúrico-barroca. Y ahora, en extraño maridaje, se había montado, a horcajadas, un monumento sobre el otro… Pasados los años y cada vez que los quiteños miramos hacia la cumbre del Yavirac, solo quisiéramos que esa incongruente construcción pudiera estar ubicada en cualquier otra parte.

Hay monumentos que se convierten en el símbolo mismo de la ciudad a la que pertenecen; con solo identificar su silueta podemos reconocer el lugar donde fueron construidos. Piénsese en la Torre Eiffel, en la Estatua de la Libertad, o en la Casa de la Opera de Sydney y habremos de darnos cuenta que son la más auténtica representación de sus respectivas ciudades. Son monumentos que expresan un bien logrado simbolismo, un cierto contraste que pone de relieve sus características arquitectónicas. Además, se percibe una clara intención o filosofía; están destinados a identificar la construcción con el espíritu de sus habitantes. Son hitos o referentes con los que sus conciudadanos se sienten representados. Así, las obras se van convirtiendo en cálido emblema; y esas frías estructuras se van transformando en dinámicos y pregoneros estandartes!

La construcción de estos monumentos ha involucrado a los habitantes de esas ciudades en acaloradas controversias y en apasionados enfrentamientos, pero siempre ha triunfado el criterio visionario de saber identificar a la ciudad con la voz que parecen entregar, con su silencio, el hormigón, el granito o el acero. Sus promotores han sabido aprovechar esa rara ocasión para crear un sentimiento de orgullo y para proyectar su imagen, cual símbolo de identidad y de referencia. Estas construcciones constituyen un testimonio que quedará para la posteridad; ese y no otro es el mensaje de los grandes monumentos que identifican a las ciudades con personalidad y carácter, trátese del Coliseo en Roma o de la todavía inconclusa iglesia catalana de la Sagrada Familia.

Por lástima, cuando los ciudadanos se empeñan en la construcción de sus más importantes obras, a menudo olvidan la oportunidad que esa construcción representa. En el caso del nuevo aeropuerto de Quito, los quiteños estamos perdiendo la formidable oportunidad de conseguir un edificio del que quisiéramos sentirnos orgullosos, y que nos ha de brindar la posibilidad de afianzar nuestra identidad con la ciudad, creando un referente para el país y para toda América. Bien construido, ese nuevo terminal, debería constituirse en cimiento primordial para representar a una institución que debería brillar como modelo de eficiencia en su búsqueda de la excelencia.

Y ése es mi sueño: que un día podamos visitar una especie de inquieto y concurrido centro comercial al que se arrimen las naves aéreas; donde parezca que los usuarios se han reunido para disfrutar de un momento de distensión, en medio de una amplia bóveda donde se sienta el vibrar del orgullo por el lugar natal, la paz a que invita la confianza en las instituciones aéreas y esa satisfacción que suele otorgar el sentido de pertenencia. Ese es mi humilde sueño: el que podamos proclamar al mundo nuestra altivez de sentirnos quiteños, con un reinventado símbolo de agilidad y de puntualidad; de seguridad y de eficiencia!

Sí, no dejemos pasar el tren que se acerca en las promisorias rieles de la oportunidad!

Sydney, 16 de noviembre de 2011
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14 noviembre 2011

Vientos zigzagueantes (3)

Sería necio aspirar a que la construcción del nuevo aeropuerto capitalino tuviese las características de los que se han construido en el último cuarto de siglo en otros países con mejor capacidad económica, y con mayor densidad de tránsito de pasajeros. Este es el caso de aeropuertos alrededor del mundo como los de Osaka, Seúl, Hong Kong, Shangai y Kuala Lumpur; y aun de muchos otros que se ha preferido no reubicarlos, pero que han merecido una completa remodelación y renovación de sus terminales aéreos, como es el caso de Barajas en Madrid.

El concepto del terminal aéreo moderno parece estar completamente definido, como podría estarlo el de un edificio para realizar espectáculos deportivos o -guardando las distancias- la estructura arquitectónica de una catedral. Se trata del concepto de una nave única, con amplia y generosa asignación de espacios, con un número considerable de pabellones, o islas, donde se han de ubicar los mostradores de atención a los pasajeros, con amplios espacios y áreas donde pueden esperar los familiares y amigos que han venido a acompañar a tales usuarios. Nada tan inconveniente como lo que actualmente sucede en la sala de ingreso del terminal internacional de Quito, donde los padres no pueden acompañar a sus hijos en el proceso de registro en los mostradores, porque si no tienen un boleto de viaje no pueden acceder al terminal internacional…

De lo que se observa en las informaciones de prensa y documentos de promoción del terminal del aeropuerto de Puembo, puede observarse que no se han tomado en cuenta estas características de diseño. No hay el concepto esperado de una nave única; lo que se refleja es la existencia de dos edificios adosados, como que la parte exterior sería ya una extensión de la obra original. Al recorrer y revisar los comentarios de las páginas electrónicas que ya se han encargado del nuevo aeropuerto, puedo recoger esta válida inquietud; la impresión de quienes se han interesado en la obra es que sería un terminal caracterizado por su pequeñez.

Un terminal aéreo es una forma de promoción de la ciudad; es en cierto modo un ícono y trata de convertirse en un monumento emblemático para la urbe a la que presta sus servicios. Sabido es que, así como las ciudades están empeñadas en promocionar a sus aeropuertos, éstos deben servir para estimular el desarrollo, turismo y crecimiento económico de las ciudades a las que pertenecen. Esto es muy importante, además de su función primordial: la de servir de instrumento de recepción y distribución de pasajeros y carga, con agilidad, eficiencia y seguridad; elementos cuya ausencia satisfactoria es justamente el motivo que ha impulsado el proyecto de construcción del nuevo aeropuerto capitalino.

A pesar de las evidentes falencias del actual terminal del aeropuerto de Quito, producidas por su ubicación y las limitaciones de su espacio, éste tiene ya casi 30.000 metros cuadrados de extensión y atiende en la actualidad a cuatro millones y medio de pasajeros anuales. El nuevo terminal tendría una extensión de 38.000 metros y está proyectado para una capacidad de solo cinco millones de pasajeros. Si hemos de coincidir en que el actual terminal no tiene espacio suficiente y que su capacidad es asimismo inadecuada para manejar un número casi idéntico de pasajeros, no podemos sino concluir que la proyectada construcción va a resultar como una más de todas esas obras que emprendemos sin tomar en cuenta ni el crecimiento de la ciudad ni sus futuras necesidades.

Otro asunto que no ha sido considerado debidamente es la construcción de áreas cubiertas para estacionamiento. Ésta es una necesidad indispensable en un terminal moderno, no solo para ofrecer comodidad y versatilidad a los usuarios; sino porque su carencia generaría problemas conflictivos de agilidad en el tránsito vehicular en la zona adyacente al terminal, asunto que se quiere justamente evitar con la construcción de un nuevo edificio terminal. Es incomprensible e inadmisible que no se hayan considerado estos aspectos cuando se trató de las características mínimas de comodidad que debía poseer el nuevo aeropuerto, las mismas que para procurar su funcionalidad son exigidas en la construcción de los nuevos terminales en el mundo moderno.

Por ello que no podemos tener sino escepticismo cuando se habla de “tecnología de punta” al hablar de los conceptos de diseño y funcionalidad del aeropuerto a estrenarse, que -como se anticipa- empezaría a operar hacia fines del próximo año. Lamentablemente es ya muy tarde para cambiar el concepto fundamental si la obra civil (su estructura física) está ya por concluirse. Mi preocupación no apunta a criticar lo que pudo haberse hecho en mejor forma -en algunos casos ya no hay nada que pueda hacerse-, solo intenta ofrecer una óptica más realista para que no se produzca una lamentable desilusión; y para que, de ser el caso, se propicien los correctivos que lo tornarían en más adecuado y eficiente.

He dejado para el último la inquietud que todavía rodea a la construcción del aeropuerto de Quito: la carencia de una vía de acceso que convierta al factor de movilización, y por lo mismo a la transportación, en una ventaja y no en un lamentable inconveniente. Es de interés general que el concepto de esta obra complementaria y esencial no se caracterice por idéntica tónica; y encontremos que la cicatería de ideas y de espacios habría convertido al nuevo aeropuerto en un servicio alejado de las ansiadas características que exige la modernidad.

Es de esperar que la longitud de pista no se convierta en una restricción para los proyectos de desplazamiento hacia destinos alejados; y que el más serio defecto que el terminal tiene (la ausencia de suficientes puentes de embarque), sea un asunto que pueda ser todavía revisado y pueda ser corregido con oportunidad.

Sydney, 14 de noviembre de 2011
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Vientos zigzagueantes (2)

Mucho se ha hablado de intereses creados cuando se analiza la decisión de haberse construido en Puembo el aeropuerto capitalino. Mucho se ha hablado también de los “beneficios colaterales” que habrían apurado su contratación. Insistir, a estas alturas, en dichas acusaciones, sería inadecuado e improductivo; y se alejaría sobre todo de la intención de nuestras observaciones. Si mi primer cuestionamiento ha sido el del tamaño insuficiente del terminal y del reducido número de puertas de embarque conectadas al mismo (los llamados “jetways” o “aerobridges”), la segunda resultaría aún más importante: la longitud de la pista.

Son muchos los criterios “técnicos” que he escuchado como cuestionamientos a la construcción del aeropuerto de Puembo o Tababela. Hay quienes cuestionan su ubicación, como muy cercana a la cordillera Central (que yo prefiero llamarla Oriental), y mencionan el argumento (válido en algunos casos) de que el sector escogido sería muy ventoso y turbulento, asunto exacerbado por la presencia de quebradas en las áreas inmediatas de aproximación; y que, a más de polvoriento, este sector suele permanecer con neblina durante gran parte de las mañanas.

Lo anterior puede ser relativamente cierto; sin embargo, no parecería existir en la zona aledaña a Quito – con excepción de la planicie de Calderón, hoy ya densamente poblada- otra área con mejores características, en términos de extensión y relieve, para ubicar al nuevo aeropuerto. Eso sí, hay que hacer aquí una importante advertencia: Puembo va a ser siempre un aeropuerto muy ventoso y turbulento; no me cabe la menor duda! Quienes hemos volado en el sector cercano a las previstas áreas de aproximación de las dos pistas recíprocas, sabemos cuanta turbulencia puede presentarse por efectos del viento y cuan traicioneros e intempestivos pueden ser esos vientos zigzagueantes!

La razón para este incómodo factor es orográfica; consiste en un fenómeno conocido como “onda de montaña”, a menudo referida también como “barlovento y sotavento”. Consiste en una reacción en forma de rotor de viento que se produce cuando el aire golpea antes de las estribaciones de la montaña; pero el mismo efecto se agrava y se amplifica cuando el viento cae, luego de haber azotado la montaña, y genera remolinos que se presentan con grados intensos de turbulencia, con ráfagas contradictorias de efectos imprevisibles. En México conocen tal fenómeno como “zizayido”, que no es otra cosa que vientos zigzagueantes. Se lo conoce en inglés como “windshear”, o cortantes de viento.

En cuanto a los problemas de visibilidad, baste decirse que poco es lo que pueda hacerse, que no sea la provisión adecuada de ayudas de navegación modernas que permitan evitar que esto se convierta en una limitación para las operaciones. Baste recordar que los problemas de visibilidad son también un serio problema, sobre todo en las madrugadas y en las tardes con lluvia, en el actual aeropuerto capitalino. Lo que debe consultarse es si las dos pistas van a estar servidas con sistemas de aproximación (ILS); si se han hecho estudios para reubicar las facilidades de navegación (VOR’s); si se han considerado nuevas facilidades de monitoreo de tránsito aéreo; si se han estudiado los procedimientos de descenso y acercamiento que fueran los más adecuados; y si se va a propiciar el desarrollo de nuevas técnicas de aproximación, como los procedimientos RNAV.

Hace pocos meses llegué una noche a Quito; y, luego de hacer dos intentos en la pista 35, la tripulación optó -para mi grata sorpresa- por realizar este tipo de aproximación en la pista recíproca (17). Cabe advertir que para ejecutar dicho procedimiento (RNAV) se requiere que tanto la aerolínea, cuanto el aeropuerto y la tripulación se encuentren calificados. Este proceso de certificación no es una acción automática, ya que obedece a un largo proceso de calificación.

Sin embargo, mi gran preocupación es la extensión o el largo de la pista que se está construyendo; pues, a duras penas excede la extensión de la pista del actual aeropuerto. En elevaciones como la de Puembo, que se encuentra a 2.400 metros, la extensión de la pista resulta primordial por el hecho de que de ello depende el rendimiento de las aeronaves. Esto ha de determinar si es que éstas estarán en condiciones de realizar vuelos directos a destinos alejados. Tengo la impresión que con la longitud prevista, y dependiendo del tipo de avión a utilizarse, va a ser posible -aunque con ciertas restricciones- realizar vuelos directos a destinos como Nueva York, Río de Janeiro y Buenos Aires; pero, desde ya, creo que no podremos tener similar optimismo con destinos como Madrid.

Es muy importante, e incluso dramático, el efecto de la elevación en las pistas de altura. Este es el caso de aeropuertos como La Paz, Bogotá (con similar altitud al de Puembo), México y Denver. La pista más larga de este último aeropuerto tiene casi 5.000 metros, a pesar de estar ubicado a un elevación de solo 5.400 pies –o, lo que es lo mismo, 1.600 metros-. Sería interesante conocer si en los estudios y consultas que se hicieron, antes de decidir la longitud de la pista de Quito (solo 4.100 metros, e incluso inicialmente 3.600), se analizó el desempeño máximo disponible de aviones como el Boeing 747, el MD-11 y el Airbus 340, tanto en su capacidad total de carga como en su rango de acción, o autonomía, con esos pesos máximos de despegue.

Quizás, una vez solventadas estas inquietudes, lleguemos a gozar de un terminal ágil, cómodo y funcional; y que no se trate otra vez de un aeropuerto con serias limitaciones, que tenga que estar sujeto a continuas reparaciones y a nuevas “extensiones”. Ojalá el proyecto sea empujado por vientos favorables y no vaya a encontrar ni rachas de desilusión en los usuarios, ni nuevos vientos zigzagueantes!

Sydney, 14 de noviembre de 2011
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13 noviembre 2011

Vientos zigzagueantes (1)

Hace unas pocas semanas, y en forma casual, tuve oportunidad de conocer al alcalde de Quito. Mientras coincidíamos en nuestra visita a la Ciudad Prohibida de los emperadores chinos en Beijing, la conversación convergió hacia una encrucijada inevitable: el progreso de la construcción del nuevo aeropuerto capitalino. El personero municipal respondió a mis inquietudes con gentileza y generosidad; y al caer en cuenta de mi interés en el estado de las obras y sus implicaciones, me inquirió acerca de mi criterio técnico…

Son dieciséis años desde que dejé de volar en el Ecuador como piloto de una aerolínea nacional, función que había desempeñado por un lapso acumulado de veinte años antes de salir del país; le mencioné al alcalde que por el momento carecía de elementos de juicio para darle una opinión con conocimiento de causa, pero que me interesaría acceder a cierta información que me permitiera darle un punto de vista objetivo y útil para que él, a su vez, pudiera respaldar las características del importante proyecto. Le comenté de mi preocupación porque se habría manejado el tema con una tónica de carácter más bien político.

Si hay un problema que se ha mantenido desde siempre en la aviación nacional ha sido justamente ese como secretismo, no exento de mezquindad y prejuicios, que se ha utilizado cuando se han manejado los temas técnicos, relacionados con las obras de infraestructura y con los factores operacionales en que estaba interesada e involucrada la autoridad aeronáutica. En los veinticinco años que trabajé en el país como aviador civil, no recuerdo de una sola instancia en que la Dirección de Aviación Civil hubiera solicitado la participación de algún piloto profesional, sea para revisar un determinado procedimiento, o para recomendar cambios y mejoras, o para sugerir alternativas en los asuntos operacionales.

Es probable que tal forma de subestimación o desdén profesional haya resultado improductiva y contraproducente para los propios objetivos de la autoridad, pero ello fue siempre comprensible; tanto porque los pilotos militares, que fungieron como sus personeros, menospreciaron la capacidad y experiencia de su contraparte civil, cuanto porque desde afuera siempre nos dio la impresión que los responsables en desempeñar funciones en esa entidad, estaban persuadidos de no tener necesidad de consultar a los estamentos profesionales. Insisto: nunca tuve conocimiento, ni como piloto ni como dirigente gremial, que la DAC hubiera propiciado una consulta o animado un encuentro profesional a efecto de respaldar sus decisiones con el criterio de los pilotos de aerolínea.

Esta insólita e improductiva forma de comportamiento tiene, en cierto modo, caracteres generales en las instituciones nacionales. Existe una forma de prurito por prescindir de opiniones que pudieran ser distintas; además hay una actitud obcecada por continuar con los planes originales que se habrían previsto, para luego ir buscando justificaciones para satisfacer los cuestionamientos. Así, las buenas intenciones terminan resultando más costosas y las obras que se realizan, o las enmiendas que se implementan, terminan por no cumplir las esperadas expectativas. De este modo, las obras que se construyen resultan insuficientes, castigadas por presupuestos exagerados y bastante inadecuadas…

Esto es lo que creo que ha sucedido nuevamente con respecto a la construcción del aeropuerto capitalino. La única diferencia es que habría cambiado el nombre de la institución que debía responsabilizarse de la obra y en lugar de la DAC ha pasado a encargarse de su construcción y administración al Cabildo de la ciudad. Como, además era una decisión que debía implementarse con carácter político, lo que primó fue la voluntad de llevar adelante el proyecto, sin analizarse en forma exhaustiva, ni sus reales necesidades ni las opciones más convenientes.

Treinta años atrás, la construcción del nuevo aeropuerto en la planicie ubicada al norte de Puembo era ya una decisión tomada; lo único que parecía entonces importar era encontrar argumentos de respaldo para apuntalar dicha decisión. Pero, asimismo, ya entonces pudo haberse considerado la reorientación de la pista del aeropuerto actual para propiciar su extensión, dentro de un proyecto que habría “sacado a la ciudad del aeropuerto”, en lugar de “sacar al aeropuerto de la ciudad”. Al no haberse procedido en ese sentido, porque la decisión de construir un nuevo aeropuerto estuvo -con anterioridad a los mismos estudios- ya tomada, pasó a sostenerse que se lo debía construir a como de lugar…

Al revisar en forma somera la información técnica que es ya pública, y que está proporcionada tanto por CORPAQ como por QUIPORT, puede comprobarse con mucha pena que lo que se está construyendo es un terminal con características muy limitadas: a duras penas mejora en un veinte por ciento la capacidad del actual terminal del aeropuerto capitalino! Un terminal de ese tamaño con solo seis mangas o puentes de embarque no puede abastecer las necesidades de un terminal internacional de una ciudad con el crecimiento que tiene Quito. No es aceptable que en un terminal internacional se dependa en un setenta y cinco por ciento de plataformas remotas (veinte); y que solo un veinticinco por ciento del tránsito que utiliza el terminal sea abastecido con plataformas conectadas (seis).

Es una pena, pero tengo la desagradable sensación que se está construyendo un terminal que no tiene las características que se reclaman y que se requieren para las reales necesidades de Quito. Lo que se está construyendo es un terminal para un aeropuerto regional; esta obra nada tiene de “internacional”. El apuro nos ha hecho caer nuevamente en la mezquindad. Con la extensión adecuada de la pista de aterrizaje parece que habría sucedido algo parecido… Volveremos con más!

Sydney, 13 de noviembre de 2011
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11 noviembre 2011

Enjambres y colmenas

Muy poca gente conoce que existen diferencias entre enjambre y colmena; la mayoría está convencida que los dos términos son equivalentes. Ayer, mientras volvíamos a casa y tratábamos de estacionar, nos vimos forzados a buscar un sitio adecuado que fuera diferente. La cantidad de abejas que merodeaban el estacionamiento era tan numerosa, que quizás pasamos por la misma sensación que habrían experimentado los personajes de la película de Alfred Hitchcock que se intituló “Los pájaros”. Al igual que aquellas inquietas y agoreras aves agresivas, estas traviesas abejas parecían cuidar su recién escogido territorio y parecían interceptar todos los accesos disponibles…

Pocas horas más tarde, y para nuestra sorpresa y contrariedad, un enorme enjambre se había formado en uno de los árboles del jardín posterior; lo cual hizo pensar en la seguridad de los niños y en la necesidad de notificar la presencia de los insectos a la agencia de control de plagas. Sin embargo, pasado otro par de horas, las amenazantes abejas habían desaparecido en forma tan inesperada e intempestiva como cuando aparecieron; tanto, que quien hubiese recibido nuestra alarma y testimonio, hubiera sospechado que nos animaba una alta dosis de exageración o, simplemente, que habríamos estando mintiendo.

Cuando la abeja reina ha identificado que el número de miembros de su colmena se ha tornado en excesivo, y que la alimentación del grupo corre el riesgo de no abastecerse en forma debida, ésta se desprende de la colmena con un número menor de abejas obreras, dejándola con una reina más joven que se ha de encargar del control de dicho hábitat; asegurando así el proceso reproductivo. Los enjambres, a diferencia de las colmenas, son solo parte de dichos procesos. Tales enjambres parecen una bola en forma de nido, que cual movedizo revoltijo, se ubica con sorprendente actividad e inquietante zumbido en el sitio que estos insectos han escogido en forma transitoria, hasta localizar un nuevo lugar donde han de establecer su nueva colmena.

La colmena es entonces algo estable y permanente; en tanto que el enjambre es algo transitorio e itinerante que obedece a un interés de supervivencia biológica y que tiene carácter netamente reproductivo. Con este proceso, la abeja que ha abdicado, se retira de la colmena original y se moviliza con el enjambre hasta que las abejas exploradoras encuentren un sitio idóneo para establecer una nueva colmena en un lugar distinto. Espeluznante como parece este enjambre, que se asemeja a un ambulante avispero, no es sino un sistema de reemplazo y de reproducción con el que la misma naturaleza regula la densidad de los insectos en una misma colmena y da paso al liderazgo de una nueva generación de insectos.

Hay mucho que tenemos que aprender de la madre naturaleza, sobre todo en lo referente a ciertos tipos de insectos que tienen una forma de vida comunitaria, como son principalmente las abejas y las hormigas. Es mucho lo que podríamos aprender de las infatigables abejas, si apreciaríamos en estos insectos que hay mucho más que un asunto de mera supervivencia en estos admirables procesos. Es curioso como la naturaleza parece enseñarnos que hay momentos en la vida de los grupos sociales y de las organizaciones, cuando es fundamental que sus líderes y dirigentes sepan retirarse con oportunidad y a tiempo…

La historia de la humanidad está llena de casos de grandes caudillos y señeros personajes que cumplieron trascendentales papeles en la historia de los pueblos y naciones, pero que no supieron interpretar que hay un momento para ceder la posta y para entregar el protagonismo a un nuevo responsable. Es triste cómo muchos de ellos, en lugar de pasar al recuerdo como personajes excepcionales, han terminado alcanzando la antipatía y reprobación de esos mismos pueblos y de esa misma gente a la que con mérito y esfuerzo orientaron, impulsaron y defendieron. Porque sea por vanidad o sea por imprevisión, muchos terminaron cometiendo el mismo error: no supieron retirarse a tiempo!

Es probable que en la vida social y en el escenario político suceda como en las colmenas, que es necesario que su temporal líder se retire, para dar lugar a un nuevo protagonismo y así permitir la permanencia de las instituciones. Aun los personajes que llegan a ser considerados como irreemplazables deben tener la intuición y la sabiduría para reconocer esta realidad y aceptar que les ha llegado un tiempo para retirarse con oportuna dignidad. Proceder de otro modo, enquistarse en los puestos de mando y aferrarse a los atractivos del poder, solo crea brotes de malestar y de inconformidad; y, a la larga, solo logra obliterar la huella que hubiera servido para poner de relieve su obra y dar testimonio de sus valiosos empeños.

Este concertado retiro, marcado por la virtud de la oportunidad, es probable que produzca la reacción y la conmoción que crea el inquieto enjambre con sus zumbidos. Pero esto no ha de representar sino una circunstancia temporal, hasta que se advierta que ha servido para facilitar un saludable proceso de transición y que ha dado paso a la generación de nuevas iniciativas y proyectos. Ésta es no solo la única forma de asegurar una saludable alternabilidad, sino también la de proporcionar cimientos vigorosos para fortalecer el sistema, sobre la base de propiciar la discusión de métodos, el intercambio de opiniones y el desarrollo de nuevos conceptos. Solo así se evita que los líderes sometan a los pueblos a la voluntad omnímoda e intransigente de su vitalicia paternidad.

Watson Bay, Sydney, noviembre 12 de 2011
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09 noviembre 2011

La reconquista del espacio

Resulta grato comprobar como las grandes ciudades manejan sus procesos de organización y desarrollo. En cierto modo, puede decirse que han llegado a convertirse en “grandes” justamente porque han sabido administrar en forma eficiente su crecimiento. Ésta parecería una verdad de Perogrullo, pero solo a través de reconocer su problemática de densidad poblacional, sus factores de transporte social y de movilización, la asignación de espacios para la provisión de una infraestructura vial adecuada, las peculiares características relacionadas con su relieve y disposición natural -entre otros importantes asuntos y temas- es que ciertas ciudades modernas han logrado situarse como “grandes urbes” en el concierto mundial. Lo han conseguido en la medida que han sabido manejar y administrar estas dificultades.

Por esto es que hay enormes ciudades en el mundo que no han conseguido ubicarse entre las llamadas grandes, porque -más allá de sus problemas de presupuesto y de desarrollo- no han sabido precisamente hacer un diagnóstico oportuno de sus factores de población y crecimiento para enfrentarlos con eficiencia y efectividad. Puede decirse, por lo mismo, que todas aquellas que han conseguido un alto estándar de vida, lo han hecho luego de analizar y superar los elementos de su problemática; y esto ha requerido estudios locales y comparativos, esfuerzos en planificación, una gran mística organizativa, una estructura legal animada por la coherencia (ordenanzas adecuadas), una vigorosa decisión política y, desde luego, una satisfactoria financiación.

Las soluciones a los problemas de las ciudades que gozan, o adolecen, de procesos de crecimiento agresivo, no siempre son fáciles de implementar. Sin embargo, la buena noticia es que en materia de regular estos procesos casi no queda nada por inventar. Esta, en apariencia, insoluble temática se encuentra ya estudiada y debidamente analizada en los países desarrollados; y las soluciones se encuentran ya disponibles en forma de documentos y textos de organización y estandarización. Podría decirse que si existirían los espacios adecuados, la decisión administrativa y los recursos económicos necesarios, solo sería cuestión de aplicar esas normas ya establecidas a nivel internacional.

Temas como el ancho de las veredas, la provisión de refugios para el transporte público, el diseño de los parterres, la amplitud mínima de los carriles de las vías, la semaforización y la señalización de las avenidas y calles – entre muchos otros aspectos-, se encuentran ya contenidos en tales manuales de estandarización. Lo que resulta indispensable, luego de acceder al debido reconocimiento de las realidades locales, es la implementación de una política agresiva para asignar y recuperar los espacios necesarios para proceder al proceso de implementación.

El factor de la asignación de espacios resulta primordial; justamente porque muchos de los problemas se han creado, amplificado y exacerbado por la ausencia de espacios públicos apropiados. Ello puede ser consecuencia de la organización original de las ciudades, y aun de la inconsistencia y ausencia de perseverancia en la aplicación de las normativas y ordenanzas, pero no se descarta que la anomalía se haya complicado por la ausencia de una coherente conceptualización de esos espacios públicos mínimos que requiere una ciudad. Esto se manifiesta en dos aspectos principales: las zonas de esparcimiento comunitario y las estructuras que requieren las vías de alta velocidad.

El reconocimiento de estos factores implica necesariamente una revisión de los conceptos de “generosidad” espacial. Serían inútiles los esfuerzos y recursos que se quieran dedicar a solucionar los problemas de las grandes ciudades, si no se revisa su contraparte: una atávica y contraproducente mezquindad en la asignación de áreas dedicadas a la construcción de la infraestructura. Esto, a fin de cuentas, afectará al diseño, la calidad y la estructura de la obra; y, en definitiva, a su misma eficiencia y durabilidad. A la larga, y como consecuencia, terminará también afectando el crecimiento de la urbe en consideración.

Por ello que, es urgente reconocer que gran parte del problema en las ciudades de más agresivo crecimiento en nuestros países en vía de desarrollo, se debe a esta inconveniente forma de mezquindad. Mas, no es suficiente con reconocerlo; habría que comenzar por revisar y superar esta defectuosa y contradictoria manera de pensar. El desarrollo de las ciudades modernas no puede ya sustentarse en esta enfermiza mentalidad. Es indispensable por lo mismo, que los municipios se preocupen en forma urgente de eliminar esta disparidad.

Uno de los elementos más importantes del desarrollo de las grandes ciudades es precisamente el relacionado con sus facilidades para una ágil y rápida forma de movilización. El factor de agilidad en el desplazamiento aporta al estándar de vida, al progreso económico, a la eficiencia y al crecimiento armónico de la ciudad. Sin espacios adecuados para estacionar vehículos, propender a la edificación de obras de infraestructura y la provisión de parques públicos, estaremos solo construyendo pueblos cada vez más grandes, pero no habremos recuperado el concepto sustantivo de lo que debe ser una “ciudad moderna”.

Los grandes problemas de nuestras ciudades son obviamente asuntos de carencia de infraestructura; pero ellos no están necesariamente relacionados con la falta de asignación adecuada de presupuestos; obedecen en forma principal a la carencia de planificación y a esta forma contraproducente de mezquindad con aquellos espacios que son indispensables para su adecuada organización. Solo cuando atendamos dichos factores vamos a conseguir más altos niveles de bienestar y de seguridad. Ha llegado la hora de recuperar y reconquistar esos espacios; de propender hacia una nueva forma de mentalidad!

Sydney, 9 de noviembre de 2011
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