03 abril 2012

Dar coces contra el aguijón

Se cree que es un aforismo castizo, aunque más bien tendría un origen bíblico, equivale a darse de cabeza contra las paredes o a infligirse una herida uno mismo; implica la ironía de escupir al cielo, para insultarse con carácter reflexivo o la ominosa advertencia de que no se debe repudiar lo que nunca sabemos si ha de aportar a nuestro propio beneficio. Sí, porque por afortunado que uno se sienta, nunca podría descartar que de ciertas aguas jamás habría de beber…

Si una desventaja encierra el goce de privilegios o la cautivante sonrisa que entrega la fortuna, es justamente la inocente seguridad que ellos han de ser permanentes y que la suerte ha de favorecernos siempre con su embriagador acervo y con su inmutable caudal. Nunca pensamos en que, al igual que ciertos ríos torrentosos, la fortuna tendría sus meandros y requiebres, que interrumpen -y aun revierten- la aparente certidumbre de su predecible e inalterable proceso. El que nunca preveamos que tras un ciclo de vacas gordas podríamos asistir a uno de vacas flacas, parece ser consustancial a nuestro propio convencimiento y quizás la ingenua característica de nuestras instituciones y de nuestra sociedad.

Tenemos la tendencia a considerar como impropio e inadecuado lo que nos resulta ajeno, y aun a juzgar como equivocado lo que otro realizó en el pasado o aquello que depende de la autoría o iniciativa de los demás. Nuestra historia personal -si bien lo meditamos- y los acontecimientos de nuestra comunidad están repletos de estos contradictorios episodios donde convertimos lo propio en bueno y acertado, y donde lo perverso y equivocado queremos siempre endilgar a los demás. Qué fácil nos resulta encontrar la aguja en el ojo ajeno y cuán difícil el no saber reconocer la viga existente en nuestra propia identidad.

De otra parte, nunca es bueno utilizar la estrategia de la coz -usar el talón para convertir a nuestro impulso en una acción disimulada-, y menos para tratar de lesionar a otros cuando corremos el riesgo de encontrarnos con nuestro propio castigo: con la ponzoña que contiene un embozado aguijón. Entonces, la acción puede transformase de perversa en ridícula… No solo que “tanto irá el cántaro al agua que al final ha de romperse”, sino que habremos de lastimarnos con esos mismos pedazos rotos, cuyas agudas esquirlas nos han de herir y descalabrar!

Quito, 3 de abril de 2012
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01 abril 2012

Los crustáceos automovilistas

Usamos con frecuencia en Ecuador un adjetivo para significar que alguien es torpe y desmañado; que, en definitiva, es carente de destreza y de habilidad para manejar un vehículo. Entonces afirmamos que ese alguien es un “camarón” y lo hacemos por lo general para expresar que quien maneja es inexperto cuando efectúa una maniobra o que realiza su actividad dando muestras de impericia. Por esto -y sin que tampoco dispongamos de testimonios de que los crustáceos decápodos se caracterizan por su torpeza o falta de destreza para su acuática actividad- los ecuatorianos hemos inventado el mencionado adjetivo y hemos patentado un verbo afín, el de “camaronear”. De este modo, a veces convertimos en insulto lo que parecería ser solo un inocuo adjetivo…

En estos días parece que el municipio ha emprendido una campaña radial para exhortar a los conductores a utilizar estrategias de cuidado y de prevención de accidentes. Sugerencias como las de utilizar las guías direccionales, cuidar de la condición mecánica de los vehículos o encender adecuadamente las luces para conducir, parece que son parte de estos cortos de publicidad, que advierten a los manejadores, con un tono que caracteriza al habla del quiteño, que no seamos negligentes; o recomendando con su mensaje: “que no seamos camarones”.

Parece que, juzgando por lo que parece su intención, es bueno el objetivo de la campaña en referencia. Sin embargo, daría la impresión que la cuña publicitaria desfigura y distorsiona la real aplicación con que utilizamos en nuestra tierra la mencionada palabreja. Porque más bien se usa el término para referirse a quien es proclive a la impericia y no para castigar con ese remoquete a quien pone en riesgo, con su distracción e imprudencia, la seguridad ajena.

Es probable que todos, en calidad de aprendices de conductores, hayamos tenido una etapa caracterizada por cierta ausencia de habilidades mecánicas y de destreza; sin embargo, parecería que existen personas que a pesar del paso del tiempo y su continua exposición a las actividades de manejo, no parecen adquirir esa pericia básica; y sea por culpa de su débil coordinación psico-motora o por las deficiencias que experimentó su inicial entrenamiento, exhiben la ausencia de una desenvoltura que caracteriza a los demás conductores, que se distinguen por su habilidad, delicadeza y aptitud, y se apoyan en la técnica y en la experiencia.

Por el contrario, y a pesar de todo lo dicho, el exceso de pericia podría a veces convertirse también en algo tan perjudicial y peligroso como resulta la torpeza. Se convertiría en algo semejante a quienes gustan de conducir en las vías a una velocidad compatible con la que solo es apta para las bicicletas. La utilización de una velocidad lenta e inadecuada en los caminos de rápido desplazamiento, puede llegar a convertirse en una peligrosa barrera y en una amenaza tanto o más riesgosa que la presencia de los crustáceos al volante, que representan una posibilidad permanente de graves accidentes e impredecibles consecuencias.

Quito, primero de abril de 2012
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30 marzo 2012

Desatando el nudo gordiano

Debo reconocer que me obstino en resistirme a la total ausencia de iniciativas municipales para buscar soluciones duraderas -aunque por fuerza estuvieren destinadas a ser solo temporales- para hacer frente a la más incómoda de las particularidades de nuestra urbe: el lento y tedioso tránsito vehicular. Un tema tan desatendido y absurdo, que corremos el riesgo de ser muy generosos al calificarlo de “tránsito”; pues de eso -de tránsito, circulación y movimiento-, no tiene nada. Cuando existe tal quietud, sería preferible hablar de estancamiento…

Para empezar, dada la ausencia evidente de nuevas iniciativas y la carencia de medidas para solventar lo que se ha convertido en la más irritante característica de una ciudad que hace pocas décadas se auto proclamó como “una ciudad para vivir”, el cabildo nos deja la impresión a los quiteños que no está preocupado por dar prioridad a estos tormentosos problemas y que, probablemente, ni siquiera tiene los mecanismos y la organización administrativa para enfrentar esa tediosa problemática vehicular y propender así a sus perentorias soluciones.

Como en toda actividad y disciplina, habría que empezar por realizar el reconocimiento de que el problema no es una expresión más de nuestro deseo de criticar, o de nuestro secular inconformismo, sino que es en la actualidad el mayor inconveniente que enfrentan los vecinos de la ciudad y que, por lo tanto, el problema existe. Satisfecha esta premisa, se deberían reconocer las causas que han contribuido a agravar las molestias que hemos ido experimentando. La primera es una verdad de Perogrullo: la ausencia de un sistema eficiente de transporte colectivo; y la segunda, el aumento indiscriminado de vehículos en la capital -en algunos casos para enfrentar las deficiencias del primer motivo-.

Es tangible e incuestionable que el llamado sistema de “pico y placa” -mal copiado de otras latitudes- no ha dado los esperados correctivos. Para empezar, el número de nuevos vehículos comercializados en el tiempo que la medida se ha puesto en práctica, ha triplicado el monto de los vehículos que han sido obligados a dejar de rodar por la disposición en referencia. Además, dada la contradictoria y generosa democratización del crédito comercial, muchos de los afectados por la medida han optado por la compra de un vehículo adicional. Es obvio que la restricción no puede ser eficiente si el veto se circunscribe a un solo día de la semana.

Sin embargo de lo expuesto, es siempre probable que puedan aportarse nuevas iniciativas e insinuarse novedosos correctivos. Si hemos de coincidir en que el propuesto sistema de transportación masiva -el metro- tomará por lo menos un lustro para su implementación definitiva (de hecho, hasta aquí ni siquiera se ha contratado su construcción todavía), algo debe hacerse para buscar paliativos, aunque no fueren definitivos. Por ello que aquí van unas pocas sugerencias:

Debería considerarse la existencia de automóviles con placas especiales; estos vehículos podrían rodar solamente por las noches y durante los fines de semana. A cambio se establecería un sistema de preferencias arancelarias o tributarias que estimularía a los propietarios a optar por este tipo de matriculación especial restringida.

Es notorio que desde la implementación del trolebús, y a pesar de la condición longitudinal de la urbe, las pocas vías de movilización norte-sur fueron copadas por dicho medio de transportación en forma precaria y exclusiva. Debería, por lo mismo, incrementarse el número de unidades del trolebús o aumentarse su frecuencia en forma sustantiva. Además, los buses de las líneas urbanas bien podrían ser autorizados para utilizar temporalmente los carriles reservados al trole, para optimizar su utilización y, a la vez, descongestionar las demás vías.

Es urgente llegar a un acuerdo temporal con las empresas, instituciones y la propia ciudadanía a efecto de propender a una extensión del horario de atención de ciertos servicios públicos (oficinas, instituciones, supermercados y centros comerciales), con el objeto de disminuir la congestión que se produce en ciertas horas del día. La flexibilidad en los horarios de atención ayudaría a que la gente pueda administrar mejor su tiempo disponible, aportando al desahogo del tránsito vehicular en las horas de mayor congestión durante el día.

Es también importante notar que los llamados “embudos” de congestión se producen en determinadas intersecciones y encrucijadas. El problema se amplifica porque tales áreas se encuentran obstaculizadas al producirse el cambio en la señal de los semáforos. Tales implementos deberían suspenderse en las horas más críticas y en su lugar debería destacarse a personal policial o a elementos entrenados en forma ad hoc para hacerse cargo del control del tránsito vehicular en esos puntos (estudiantes, scouts o voluntarios).

Como estas, pueden existir muchas otras opciones y posibilidades de solución. Por ahora, resulta lamentable que, a más de la falta de previsión y planificación, nos encontremos entrampados por culpa de la desidia, la dejadez, la negligencia y la ausencia de frescas y novedosas iniciativas.

Quito, 30 de marzo de 2012
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28 marzo 2012

Substancia y apariencia

Esa es hoy una palabra manoseada, tanto que ya casi nadie sabe lo que realmente significa. Se la usa con capricho, con el capricho de quien obtiene y consigue lo que había pedido, pero desconoce el modo de su empleo o su utilidad. Es una palabra imprecisa que se instala a medio camino entre la pretensión y el antojo; la usan los ilusos y los demagogos, los idealistas y los estólidos; y hay quienes hasta dicen por ahí que sería el nuevo nombre de la paz… Se la utiliza como pretexto y se abusa de ella, con una ausencia de substancia que rayana en el contrasentido. Si lo que importa es la apariencia, la palabra revolución satisface la pretensión y gratifica las exigencias del afán.

La escuché en mis primeros años de escuela, en un simbolismo de desafectos y manos crispadas, de bayonetas que aplacaban los abusos, asistidas por el vocerío y la secuela de la sangre derramada, en episodios que denunciaban la inutilidad del diálogo y el testimonio de la mediación frustrada. Fue un término que reflejaba rebeldía, cambio radical y ejercicio inédito de la conciencia de libertad. Quizás la primera eclosión del reprimido descontento popular que escuché fue la conocida como “Revolución de las alcabalas”; aquella no parecía tener relación con un estribillo electoral que por esos mismos tiempos proclamaba un poco publicitado binomio: “Parra-Carrión, revolución” decía la repetida perorata.

La raíz etimológica de la palabra revolución sugiere un sentido raro e indiscreto; proviene de revolver, que implica dar vueltas -o dar la vuelta-, pero que también implica volver en sentido inverso, regresar hacia atrás o volver a empezar… En el sentido político representa un cambio brusco, radical, cruento y profundo de las estructuras, una manifestación violenta que da al traste con el statu quo, que representa un reordenamiento de los estamentos del estado y de la sociedad. La revolución, entonces, va mucho más allá que una sugerente proclama y que una tibia revuelta; implica sublevación, trastorno, conjura y transformación radical.

No puede haber revolución cuando se actúa y gobierna a nombre del poder legítimo; en este caso, lo que se insinúa tiene solo un valor figurativo, a menos que se haya transformado en una impostura esa misma opción que acudió a los mecanismos de la democracia para obtener esa anhelada legitimidad. Porque debería ser la paz la que se demande como el nuevo nombre de los cambios radicales y ya no la revolución la que sea proclamada como el nuevo nombre a que aspira ese anhelo irrenunciable que tiene el hombre y que llamamos paz!

Si lo que cuenta no es el cambio real, sino tan solo la apariencia o la impostura, la religión habría dejado de ser el supuesto opio del pueblo. La falsa y manipulada revolución le habría arrebatado ese lugar…

Quito, marzo 28 de 2012
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26 marzo 2012

Y la llamaban Anita…

Fue la mujer más tierna y discreta que jamás conocí en mi vida; de hecho -ahora que lo pienso- creo que también fue la persona que más influenció en mi vida. Todos la conocían como Anita, y a nadie se le hubiera ocurrido tratarla de Ana, o siquiera como Ana Lucía. Había en ella una espontánea predisposición para los afectos, para el gesto magnánimo y el requiebro conmiserativo: una coincidencia de piedad y de bondadosa simpatía.

Era mi tía, pero a la muerte de mamá, no tardó ella en asumir esa maravillosa subrogación para convertirse en la segunda madre que me regaló la vida. Yo habría caído en la injusticia y la ingratitud si alguna vez la hubiese tratado de Ana, porque jamás pude prescindir del diminutivo. Ana hubiera sonado áspero, desabrido y astringente. Los hilos del corazón me exigieron siempre que la llame como Anita.

Hoy parece que se ha impuesto el comentario inevitable frente a un curioso episodio periodístico en que una importante entrevistadora habría resentido el hecho que la han llamado de Ana, así a secas, y no de Anita… Más allá de la intención del conspicuo entrevistado para usar el diminutivo -ya que nunca es fácil, y ni siquiera lícito, suponer las reales intenciones ajenas- se me antoja que existen nombres femeninos que al prescindir del diminutivo adquieren de golpe una cierta nota huraña, ácida y arisca, un jaez de incontrovertible aspereza.

No subestimo el hecho de que muchas veces abusamos del diminutivo, sobre todo en los países de habla hispana en América, para indistintamente halagar con una forma de lisonja o para satisfacer un propósito de superioridad o poderío; pero tampoco podemos desconocer que existen nombres que en la carencia del sufijo de disminución adquieren un carácter hosco y repelente, cual si se tratasen de rugosos apelativos. A manera de apostilla, hoy se me ocurren nombres como Ana, Sara o Teresa que sugieren una incuestionable amargor, un extraño regusto cuando se los utiliza con la ausencia del diminutivo.

Jamás se me hubiese ocurrido llamar a mi tía con un sumario y desabrido Ana, o dirigirme a mi suegra con el sucinto e irreverente de Teresa (ya habría bastante desafecto inherente en el solo acto de llamar a alguien como suegra). Así, para referirme a alguien que conozco con un lacónico y abreviado Margara -su verdadero nombre-, y no como Margarita, tengo que hacer un esfuerzo intencional para evitar el incómodo añadido.

Yo mismo tengo la tardía sospecha que deseché el Mariano -que fue realmente el primer nombre que mis padres me habían escogido- en beneficio del apelativo con el que la gente hoy me conoce, porque me habría parecido que una curiosa confabulación familiar trataba de privilegiar la indigestión que me producía el que me identifiquen con aquel tibio y desconfiado Marianito…

Quito, marzo 26 de 2012
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23 marzo 2012

Entre la gimnasia y la magnesia

A tan solo un año para que se produzcan nuevas elecciones presidenciales en el país, todo parecería indicar que la suerte estaría echada. En efecto, a menos que se produjera un suceso imprevisto y de tal envergadura que alterase de manera sustancial las preferencias del electorado, podría decirse que sería muy difícil –a estas alturas del proceso- que pudiese surgir un contendor con el carisma, la base de soporte y el mensaje que alimentaría la posibilidad de una alternativa distinta y con opciones de triunfo. Además, este tendría que enfrentarse con un estilo, que aunque puede ser considerado como negativo, se ha mostrado efectivo: el de alguien que nunca quiso dejar de presentarse como candidato.

Frente a este panorama tan claro y contundente, uno debe preguntarse si, vistas las posibilidades reales con esta óptica objetiva, son realmente necesarias las futuras elecciones. Por desgracia, el discurso que da tantos réditos y se insiste en emplear ha sido hasta aquí el de la división, el enfrentamiento y el menosprecio hacia el pensamiento diferente. Así, el mensaje que más ha calado ha sido el de la revancha y el del resentimiento. Por ello, sería justamente un proyecto que convocara a la reconciliación y a la unidad, el único que aportaría un nuevo estilo con opciones de triunfo y que ofrecería un mensaje que apuntaría a fortalecer los cimientos de una nacionalidad que quizás como nunca se ha visto debilitada.

Es probable que el fondo del problema se encuentre en la distorsión que existe con respecto al verdadero concepto de democracia. Hace pocos días el recelo del gobierno a que se desborde el espíritu de rechazo de la marcha que había sido convocada por las comunidades indígenas, propició el que se organizaran otras manifestaciones antagónicas que pudieron producir resultados trágicos y lamentables. La gran motivación de estas expresiones de respaldo al régimen giraba alrededor de una proclama de supuesta “defensa de la democracia”. Claro que de una democracia sui-generis, que no contemplaba como parte de su contradictoria concepción la disidencia, la revisión o el cuestionamiento.

Hay en esos eslogans de réplica algo de maniqueo y de mezquino. Pues, cuando se insiste en aquello de que “la patria ya es de todos”, parecería que la real interpretación que el estribillo sugiere sería más bien la de que “la patria es ya solo de nosotros”. Un “nosotros” sectario y exclusivista, que no quiere diálogos ni concertación, que insiste en un discurso que escinde y que se apoya en la insidia y la malicia, que vende y proclama medias verdades, en donde parece ya no importar la aspiración de país que pudieran también tener “los otros”…

Si quien lleva las de ganar insiste en seguir de eterno candidato, en explotar los desafectos, el subjetivismo y la emotividad; si no comprende que su estilo debe propender más bien hacia el sano equilibrio y la serenidad, habrá conseguido una nueva y –probablemente- merecida victoria electoral, pero habrá derrochado una maravillosa oportunidad para unificar al país y para conseguir que todos salgamos ganando. Será que más fácil sería “ver volar un burro”? Es todavía posible ejercer tal candor e ingenuidad? O será que debemos resignarnos a vivir en el irreflexivo régimen del odio, la intolerancia y la impertinencia?

Quito, 23 de marzo de 2012
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