08 mayo 2012

La factura del proteccionismo

Yo era todavía un “guagua piloto”, es decir un aviador joven y bisoño, cuando escuchaba a mis mayores sus continuos reparos hacia una operación militar que tenía mucho de actividad comercial. Se efectuaba en los llamados “Douglas DC-3”, que los americanos conocían como “Dakotas”, pero que los oficiales militares preferían denominarlos como “C-47’s”. Tratábase de una iniciativa que quizás había surgido con el bien intencionado nombre de “Acción Cívica”, pero que, en opinión de los pilotos más antiguos, y sobre todo de los empresarios que nos daban trabajo, se había desvirtuado y ahora se había convertido en una actividad que competía en forma desleal con la de las empresas comerciales de aviación.

Claro que eran “otros tiempos”, como se diría ahora. Vivíamos tiempos políticos turbulentos, signados todavía por la égida de diversas dictaduras militares; la primera se había autodenominado “gobierno nacionalista y revolucionario”, y la segunda, que consistía en una junta militar, se sustentaba en un pretendido  y publicitado plan de retorno democrático. En esos tiempos se desarrollaron una serie de industrias y empresas militares; y la Fuerza Aérea se propuso impulsar el desarrollo y organización de TAME para incursionar y participar así en la actividad aérea comercial. El propósito inicial obedecía a un encomiable lema o eslogan: el de “servir a las regiones de la patria, que carecían de actividad aérea”.

En una época en que la defensa nacional no se había estructurado todavía en forma adecuada, en que las persistentes incursiones peruanas en la frontera creaban permanentes situaciones de inseguridad nacional, poco o nada se avanzaba -militar y diplomáticamente- frente a las no resueltas controversias limítrofes. No se percibía por entonces que las fuerzas armadas estuvieran preparándose para asumir esas importantes tareas que les eran específicas; al contrario, estas nuevas actividades en las que se habían involucrado, parecían disipar su primordial atención, frente a lo que se consideraba que debía ser su misión principal: prepararse para la eventual defensa de la nación.

Había algo más: a pesar de que la actividad de TAME estaba auspiciada por la propia Fuerza Aérea y estaba respaldada por un organismo que en principio decía propiciar el “desarrollo de la aviación civil nacional”; este organismo –la Dirección de Aviación Civil- en forma por demás inconveniente y contradictoria, se encontraba en manos militares. Además, había una seria contradicción jurídica: el Convenio de Chicago, que regula la actividad y desarrollo de la aviación civil internacional, establecía claramente la prohibición de que se efectúe todo tipo de actividad comercial con aeronaves que fueran “de estado”, es decir aquellas designadas para actividades militares, de aduana o de policía.

Quizás, frente al reconocimiento de esta anómala situación, TAME se había visto obligada en los últimos años a redefinir su situación jurídica; porque, si bien no se podía realizar actividad comercial con aeronaves militares o “de estado”, en cambio si era lícito efectuarlo con aeronaves “del” estado, como fuera el caso de la extinta Ecuatoriana de Aviación. Es por ello que TAME se ha convertido, desde fines del siglo pasado, en empresa estatal y ha adquirido el indefinido nombre de “aerolínea del Ecuador”; y, desde hace un par de años, se ha convertido, además, en empresa pública, con el objeto de aprovechar insospechadas prerrogativas…

En los últimos meses el gobierno del actual presidente le ha favorecido a TAME con la donación de tres naves medianas, nuevas de fábrica, con la condición de que mantenga tarifas preferenciales para los usuarios de rutas que, en teoría, no se encontraban debidamente atendidas por las demás empresas comerciales. Al parecer, la intención gubernamental consistiría en crear una suerte de subsidio para ciertas rutas que se suponía eran utilizadas por segmentos más pobres de la población. Con ese criterio, se habría de suponer que quienes vuelan otras rutas, como la Quito – Guayaquil, lo harían por pertenecer a un segmento afluente (?).

Lo que parece que jamás consideró el gobierno nacional era que, con sus buenas intenciones iniciales, estaba dando al traste con los sacrificios y empeñosas iniciativas de otras pequeñas empresas que venían obteniendo la preferencia del usuario y que venían ofreciendo un servicio caracterizado por la eficiencia y el cumplimiento de itinerarios con alta puntualidad. Con esta curiosa política se ha afectado y debilitado, una vez más, el incipiente desarrollo de las pequeñas empresas regionales o de taxi aéreo, que ocupan un espacio en el servicio aéreo que merece más estímulo y protección por parte de la autoridad. Es de esperar que pronto se atienda y corrija esta lamentable como incoherente situación.

Quito, mayo 8 de 2012
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01 mayo 2012

Derecho preferencial

He tenido la suerte, y porqué no decir también el privilegio, de trabajar por cerca de tres años –los, hasta aquí, últimos de mi actividad profesional- en un país de apariencia socialista que se está caracterizando por un desarrollo sorprendente y que ya se ha ubicado entre los más ricos del planeta. Cuando fui por primera vez a China, quince años atrás, no existía todavía el proceso económico e industrial que solo pudo ser aplicado gracias a las formidables y revolucionarias -esas sí- transformaciones que propiciaría aquel visionario dirigente pragmático que fuera Deng Xiao Ping.

Sería incomprensible el fenómeno oriental si no hubiera existido un segmento social que, aunque estuvo favorecido por ciertos privilegios, mantuvo siempre el ideal natural de la búsqueda del bienestar. Puedo decir, sin temor a equivocarme, que en China jamás dejó de existir una clase que fue favorecida en medio de los rigores y las reformas del sistema socialista. Cuando Deng habría de impulsar sus novedosas reformas, especialmente relacionadas con la industrialización y la propiedad privada, ese sería el segmento que haría más fácil la implementación del nuevo sistema. Porque, afluentes e indigentes se encuentra en todas partes!

Cuando volví a trabajar, y esta vez a vivir en Shanghai, habría de encontrar que, claro, ya no se utilizaban ni se movilizaban en las calles tantas bicicletas como antes; ahora, se había modernizado y tecnificado la transportación pública; un amplio y enorme porcentaje de la población había tenido acceso a movilización propia y muchos de esos vehículos, considerados como los más finos y costosos del mundo occidental, se exhibían y promocionaban en lujosas salas de venta de muy exclusivos edificios. La infraestructura vial también había soportado un cambio radical y “revolucionario”; la cultura social, sin embargo, no estaba allí…

La sociedad se había acostumbrado, continuando con su aislamiento milenario, a que no existiesen vehículos pesados. Cuando las bicicletas empezaron a ser reemplazadas por otros medios de traslado más rápidos y convenientes, y la población pasó a acostumbrarse a los modernos medios de transporte masivo, la gente fue asumiendo una especie de regla de tránsito general: el derecho de vía para los más grandes y pesados. Así los autos otorgaban preferencia a buses y camiones; las motos y bicicletas a los automóviles; y los disciplinados peatones cedían el paso a todos los demás! Los automotores no paraban para respetar el cruce peatonal; eran los peatones los que no lo utilizaban si un vehículo estaba por pasar…

Reflexiono en estas curiosas actitudes comunitarias, y en el peso y el estigma de ciertas costumbres y hábitos sociales, en estos mismos días afectados por tantos nuevos accidentes camineros o por desgracias relacionadas con el transporte y la movilidad. Estoy persuadido que no se trata únicamente de la implementación de nuevos sistemas y recursos, de la elaboración de nuevas leyes y ordenanzas, de nuevos y más estrictos sistemas de control; sino, principalmente, de intensas e insistentes campañas con el cometido de disciplinar a la gente, para educarla e ir creando una nueva conciencia y una diferente mentalidad.

Es hora de que ciertos carriles sean utilizados por quienes van a una velocidad determinada; de que los vehículos pesados tengan un carril específico; de que los de transporte público no se detengan en cualquier parte; de que cierto tipo de camiones estén restringidos a ciertas horas nocturnas, y aun a ciertas vías, para poderse movilizar; de que las bicicletas tengan un carril preferencial. Claro que esto sería improductivo sin unas reglamentaciones adecuadas y, sobre todo, sin verdaderas cruzadas de control; pero, debemos empezar por promover los beneficios de estas iniciativas, es decir, por persuadir a conductores y usuarios. Debemos empezar por educar a la gente; debemos comenzar, en definitiva, por “civilizar”.

Quito, mayo primero de 2012
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30 abril 2012

De amantes y nomenclaturas

Se encuentra estos días en plena vigencia una sugestiva encuesta para bautizar y dar nombre al flamante aeropuerto capitalino. Por un motivo que desconozco, se habrían escogido hasta cuatro nombres como eventuales finalistas; tres de ellos tratan de honrar la memoria de personajes emparentados con las gestas de la independencia y uno tiene relación con su ubicación geográfica. De esta manera, los nombres que parecerían disfrutar de mayor preferencia serían: Manuela Sáenz, Eugenio de Santa Cruz y Espejo, Carlos de Montúfar y uno que, hasta aquí, habría captado el mayor favoritismo: “Aeropuerto Mitad del Mundo”.

De los tres primeros nombres, el de Carlos Montúfar obedece al de un prócer que estuvo incorporado a las luchas de la independencia; su participación habría sido conspicua e innegable, pero no habría tenido el protagonismo que, por lo menos, justifique el que se dedique su ilustre nombre a la identificación permanente del nuevo aeropuerto. Mucho más incidencia histórica y repercusión en la vida cívica y política de la nación habría tenido Espejo, pero su reconocimiento no solo obedecería a sus indisputables méritos, sino que más bien constituiría una forma de respuesta a la re-designación que, con el nombre de uno de sus ciudadanos predilectos, José Joaquín de Olmedo, se ha hecho al aeropuerto de Guayaquil.

Advierto que el nombre de Manuela Sáenz, la dama conocida como “Libertadora del Libertador”, constituiría un esfuerzo más por restituir una postergación del pasado a un personaje cuya real participación histórica está todavía difuminada en la oscura niebla del mito y la leyenda. La señora Sáenz habría nacido ilegítima -una razón para el escarnio y la segregación social de esos tiempos- y había abandonado a su esposo para seguir a su amante, Simón Bolívar. La religiosidad de aquellos años, y su consiguiente mojigatería, no pudo haber hecho posible la participación abierta y concluyente de una mujer con ese tipo -como se juzgaba entonces- de “cuestionable reputación”. Además, tal participación femenina en gestas militares y con evidente carácter subrepticio, clandestino y conspirativo, no eran posibles en una edad que estuvo signada por el hermetismo.

No es la primera vez que se sugiere el nombre de Manuela Sáenz para designar a un importante monumento. Supongo que nuestra propia sociedad -dada a las tardías reparaciones y a cierta forma de romanticismo- habría querido, desde los albores del siglo pasado, reparar y recompensar la memoria de una mujer que, luego del temprano fallecimiento de Bolívar en Santa Marta, estuviera obligada a vivir hasta su muerte en el destierro. Una sociedad que estaba imbuida por el prejuicio religioso y la hipocresía social jamás pudo perdonar a Manuela Sáenz la informalidad de sus espurios y adúlteros encuentros afectivos.

Cuando hace un par de décadas se trató de establecer la nomenclatura de un importante edificio cultural en el centro capitalino, ya se propuso la designación de dicho monumento con el nombre de la pretendida heroína. No habría de progresar dicha propuesta pues, aunque la participación de Manuela en las incidencias independentistas hubiese tenido auténtico asidero, tal iniciativa más parecía responder a intenciones feministas y a una exageración de nuestro mal entendido “patriotismo”. Se trataba de una expresión trasnochada que habría querido enredar el nombre de una mujer enamorada con el mito y la leyenda.

Un par de décadas antes de los episodios afectivos de Manuela, otra aparente heroína habría de provocar los chismes y comentarios de la sociedad limeña, se trataba de una joven dedicada al espectáculo y la comedia; obedecía al nombre de Micaela Villegas, se había convertido en la amante de un influyente hombre que la llevaba con cuarenta años, el virrey Manual Amat, quien para adularla solía llamarla en su lengua catalana como “peti-xol”, es decir joya o alhaja. Sin embargo, la picardía de la sociedad peruana pronto habría de bautizarla como “la perra chola” o “la perricholi”. Así, una relación escandalosa se habría también mimetizado entre los nebulosos velos que suelen tener esas dudosas epopeyas.

El punto es que, frente a un desempeño histórico que mucho puede tener con la controversia y el prejuicio, no debería buscarse un nombre para el nuevo terminal aéreo que esté rodeado por el recuerdo de una saga que podría estar confundida con los rugosos celofanes de la ficción y la quimera. Dejemos a la enamorada señora en paz y busquemos un nombre que no esté envuelto en la fantasía y contaminado por la mordaz invectiva o la cuestionable empresa.

Comparto la iniciativa de mantener, para el nuevo terminal, el nombre del actual aeropuerto, haciendo honor así al Mariscal Antonio José de Sucre, verdadero mártir de nuestra emancipación y precursor de nuestra independencia. No sería de justicia eliminar el recuerdo de su eximio nombre. Baste reconocer que un moderno barrio capitalino quiso perpetuar su recuerdo apellidándose como Mariscal Antonio José de Sucre; mas, ha terminado enterrado en el sombrío y lóbrego nombre de “la Mariscal”, que equivaldría a decir “la almirante” o “la general”. Para colmo, ni siquiera conservando su género, por aquél uso del “la”…

En cuanto a aquello del nombre preferido: Mitad del Mundo… no veo la razón para dar pábulo al ingenio y a la picardía quiteña: va a quedar tan lejos el nuevo terminal aéreo, debido a la ausencia de las vías adecuadas, que pronto lo han de rebautizar como “aeropuerto del fin del mundo”, dadas las evidentes dificultades de movilización hacia la nueva terminal aérea. Por ello, mientras no se cierre el actual aeropuerto de Quito, y se mantenga abierto al Mariscal Sucre, por qué no llamarlo como “Aeropuerto Internacional de Quito”, o identificarlo con el nombre de su ubicación y llamarlo simplemente “Aeropuerto de Tababela”?

Quito, 28 de abril de 2012
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26 abril 2012

El desamor

Es como una de esas viejas novias de las que uno ya no puede desprenderse. Una de la que uno se habría dejado cautivar por su aparente discreción, su incierta aristocracia, el empecinamiento de sus antojos y sus caprichos provincianos. Pero… uno se había ido a vivir con ella, a pesar de sus chismes, de sus extrañas mezquindades, de su conformismo, de su disimulada abyección. El embrujo que ejercían sus descuidadas joyas, la memoria de sus anteriores desplantes, la fama que le habían dejado sus olvidadas conquistas, quizás ayudaron a disimular su desapercibido desgaste, sus adiposidades, sus arrugas, su precoz envejecimiento, su díscolo carácter, su afrentosa novelería, su decadente pretensión…

Aun así, el mío fue un amor temprano, una pasión oscura e inexplicable, que me aturdió y que me quemó desde muy pronto -y que hoy descubro que me sedujo desde siempre-. Por eso, desde púber aprendí a justificar y a vivir con sus obsesiones, con su carencia de auto reflexión, con esa torpe manera de disimular y aun de alardear de sus defectos. Se fue haciendo entonces como una vieja que se jactaba de su pasado, a pesar de sus achaques, de la impronta de su precoz herrumbre, de las huellas de su lacerante arterioesclerosis, de su lamentable anacronismo.

Había sido para nosotros como una amante díscola y empecinada. No habíamos caído en cuenta de sus carencias, de sus disparates y de sus devaneos; ni tampoco reconocido el vértigo de su deterioro… Me pregunto si esto sucedió porque aún éramos niños o porque aún no habíamos tropezado con nuevos e inéditos amores; o porque aún no habíamos descubierto novedosas opciones y aquello tan fresco e intrigante de que el mundo era ancho y no siempre ajeno…

Vino entonces un lento e irreversible desengaño; sus sombras y sus vicios fueron acelerando nuestro desaliento y desilusión. Entonces, cada cotidiano encuentro fue convirtiéndose en nueva desesperanza; y se transformó en triste desencanto todo aquello que ayer había sido fuente de rara fascinación. Ahora la ágil ciudad de antaño se había convertido en lenta, congestionada y desesperante; en fuente de ánimos conflictivos, de desencuentros y de frustrante irritación.

Hoy, ella luce como postrada, embrutecida y paralizada; sus padrastros no atinan a pergeñar una respuesta y menos aún una solución; mientras tanto sus hijos se tambalean entre el agobio y el pesimismo; entre su loca angustia y la frialdad del desamor!

Quito, abril 26 de 2012
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20 abril 2012

De exhortos y exhortaciones

A propósito del reciente desencuentro entre los titulares de dos de los poderes del Estado, suscitado por una misiva enviada por el presidente respecto a ciertos “exhortos” enviados por la legislatura, daría la impresión que la mayoría ha querido interpretar dicho desacuerdo como el inicio de una incipiente pugna de poderes o como una impostura prefabricada para aparentar una discordancia entre los mencionados poderes estatales; una suerte de tongo o trampita política, como las que ocasionalmente se acostumbran en los eventos deportivos…

Nadie, sin embargo, parece haber caído en cuenta de las diferencias semánticas que existen entre “exhorto” y “exhortación”. Pues, a diferencia de la exhortación, que como sugiere su nombre, se trata de una incitación, estímulo, sugerencia o recomendación, el exhorto es más bien una instancia jurídica que, de acuerdo al diccionario de la Real Academia, consiste en “un despacho que emite un juez a otro de igual categoría para que mande dar cumplimiento a lo que le pide”. Así el exhorto, en términos legales, no implica ruego sino mandato; y establece, ante todo, un dictamen o disposición hacia alguien de idéntico rango y condición.

Da por lo mismo la impresión que, como sucede con frecuencia en nuestro país, la discrepancia habría surgido por un uso inadecuado de la palabrita. Parecería que, dada la relación de evidente sumisión al ejecutivo por parte de la Asamblea, su real intención fue la de hacer recomendaciones y solicitudes a manera de ruego o simple sugerencia. Mal pudo encerrarse en sus insinuaciones un ánimo alejado de la docilidad, el acatamiento, la subordinación y la dependencia.

Lo que si denuncia ese “sui generis” cruce de comunicaciones es la carencia de unos mecanismos previos de diálogo, persuasión y mutuo entendimiento; y ante todo, esa campechana manera de excederse en la verborrea innecesaria para dar por sentada una posición o dejar en claro un punto de vista. Las misivas que se generan en los despachos de quienes ostentan una alta dignidad pública deben estar caracterizadas por la brevedad, la elegancia en la redacción y, sobre todo, por un espíritu que invite a la reflexión, a la conciliación y a la colaboración mutua. Utilizar una carta para expresar una suerte de desahogo e insinuar una especie de reproche o jalón de orejas, es solo una forma disimulada de expresar un “a mi no tienen que decirme lo que debo hacer” y solo demuestra presunción, falta de entendimiento de lo que implica una dignidad especial e impertinencia.

De otra parte, si el poder legislativo ha de demostrar siempre solo actitud de sometimiento, homenaje y pleitesía; si el ejecutivo ha de vetar en forma continua y recurrente sus intenciones e iniciativas; si el presidente ha de terminar imponiendo siempre con sus decretos y disposiciones legislativas, mejor sería que se suspenda la actividad de la Asamblea, para que no se viva la impostura de una democracia inexistente que, sin la independencia de poderes, solo se habría convertido en un sistema político de oropel y de mera fantasía… Ah! Y ya, sin la engañifa, el artificio y la patraña, cuánto es lo que el propio Estado ahorraría!

Quito, 20 de abril de 2012
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17 abril 2012

Invierno, o verano lluvioso?

Fue mi amigo, el Orejas, quien me culpó una madrugada, mientras tratábamos de eludir una guapa y furiosa tormenta ubicada hacia el sur de Panamá, que a mí era que él me había “escuchado” por primera vez términos como “efecto Coriolis” y “zona intertropical de convergencia”… La verdad que, como dicen por ahí, “nadie es perfecto”… Lo cierto es que esos y otros conceptos relacionados yo ya los había escuchado en mis ahora olvidadas lecturas de la academia de aviación.

Y es que me he detenido en estas meditaciones porque siempre ha despertado mi inquietud el porqué de que se llame a la estación lluviosa de nuestra costa como “temporada invernal”. Si el invierno es una estación climática del año que se identifica por días más cortos (y noches más largas), precipitaciones abundantes y bajas temperaturas; me pregunto si, hallándonos como nos encontramos en el ecuador terrestre, lo que realmente experimenta el litoral ecuatoriano es una estación “invernal” o solo una temporada cálida y húmeda, de días de duración promedio, y caracterizada por abundante presencia de pluviosidad.

Para aclarar estos conceptos, en primer lugar, habría que volver a los extraviados apuntes de mi escuela de aviación y consultar en qué consiste el invierno y por qué cambian y suceden las distintas estaciones. Luego habría que hurgar en el sentido etimológico de la palabra invierno y en el de sus derivados relativos como invernal e hibernal. Así habremos de refrescar unos pocos de nuestros marginados aprendizajes y recordaremos que las estaciones suceden por la existencia de un fenómeno conocido como: "la inclinación del eje terrestre con relación al plano de la eclíptica".

Esa inclinación tiene efectos importantes en el clima y en la meteorología en latitudes que se encuentran más allá de los trópicos; sin embargo, por sí sola, no podría ejercer efectos determinantes en la zona ecuatorial donde la duración del día y, por lo mismo, la temperatura y la pluviosidad no tendrían, en la práctica, una importante y notoria variación.

Pero ha sido consultando el diccionario de la RAE que he descubierto que invierno no solo quiere significar una estación que va entre el solsticio de su nombre y el equinoccio de primavera -fines de diciembre hasta finales de marzo, en el hemisferio norte-, sino que es un vocablo que también se utiliza para designar “una temporada de lluvias que dura hasta seis meses” en la zona ecuatorial. Entonces caigo en cuenta que invierno tiene una raíz latina y que en la lengua del Lazio, debido a su latitud, el invierno estaba emparentado con el frío y los días cortos, pero sobre todo con generosa pluviosidad. Noto así que en países como Venezuela y Panamá se habla también de temporada invernal, aunque estas regiones son parte del hemisferio septentrional.

Gran parte del Ecuador, sin embargo, se encuentra en el hemisferio austral y es de suponer que esa estación, que va entre diciembre y marzo, debería más bien participar de las condiciones climático-meteorológicas del verano austral. Parte de la explicación tiene que ver con la inclinación del eje de la tierra; pero la más determinante obedece al desplazamiento hacia el sur de una masa de aire húmedo que en nuestro continente se sitúa hacia el sur de Panamá y que sigue, al igual que los monzones en el Asia, la posición relativa del sol. Esta es la región ya mencionada al principio de esta entrada y que se la conoce como ITCZ o Zona de Convergencia Intertropical.

La ITCZ (por sus siglas en inglés) se convierte en cierto modo en una invasión del hemisferio norte en el meridional, trayéndonos consigo estas desastrosas lluvias que generan inundaciones y trágicas secuelas en su travieso trajinar. En la costa el fenómeno no deja de caracterizarse por cierta contradicción, pues se convierte en una estación calurosa -como si se tratara de la temporada estival- asociada con lluvias persistentes, cual si se tratara del invierno norte o septentrional.

En resumen, no es ni invierno ni verano. O como hubiera dicho con disimulada picardía alguien a quien conocí: “Ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario”…

Quito, 17 de abril de 2012
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