09 agosto 2012

Quando mancan le parole…

Decía mi querido hermano Adrián que “quien va al anca, no va atrás”; no sé de donde había sacado eso -que entiendo es un proverbio castellano-. Lo cierto es que él lo repetía con alguna frecuencia. Yo entiendo que lo que quería expresar era aquello tan cierto de que “a cualquiera le puede pasar lo mismo” (ya que, “la vaca siempre se olvida cuando fue ternero”); o, aún mejor, lo que es más cierto todavía, aquello de que todos tenemos reservado un puesto, ya sea en los sótanos de allá abajo, o en los “penthouses” que esperamos allá arriba, en el reino de los cielos…

Y mi amigo Julito también decía -intuyo que era su particular manera de hacer del limón, su propia limonada- que “ya estaban disparando cerca”, con lo que seguramente quería conseguir un sentido parecido. Hoy me he puesto a meditar en el significado de estas frases, al reflexionar en el título de una película americana; una de esas que uno se pone a ver hasta que le alcance el sueño; más tarde, empieza por interesarse en la trama; y luego termina buscando información relativa a su guion, al nombre de sus protagonistas y hasta de los comentarios que habría merecido. Me refiero a “Before the devil knows, you are dead” (“Antes que el diablo lo sepa, ya estás muerto”); título inspirado en un dicho irlandés que expresa algo parecido: “Ya llevas media hora en el cielo, antes de que el diablo se entere que ya te habías muerto”.

Como sucede con muchas otras sentencias, me confundió su probable sentido original y me puse a buscar el significado de la frase. Mas, lo siento, no he podido encontrar por ningún lado uno que lo encuentre satisfactorio. Me quedo con el que yo mismo habría imaginado; a saber, que… “Nunca se sabe!”. Porque, nada garantiza que los asuntos opten por adquirir senderos o vericuetos inesperados; o, como dicen por ahí: “es que, cuando menos se espera, salta la liebre”. Aquí, el refrán tendría cierto parecido con lo que los sajones conocen como la llamada ley de Murphy, la misma que reza así: “Si algo puede ocurrir en forma desgraciada, así ha de suceder y en forma inevitable”. Sí, porque claro… “Nunca se sabe!”

Pienso, que hay también otras ocasiones, en las que uno está persuadido que ni el diablo se ha de enterar… y que uno cree que ya lleva media hora en el paraíso, antes de comprender que lo que creía que nadie más lo sabía, ya era del viejo conocimiento del mismísimo ángel de los infiernos! O, como diría por ahí, una dueña que yo conozco: “Cuando usted recién se ha ido… yo ya ando de regreso”. Es decir que… lo mismo! O, como dicen en Pichincha: “O sea que… quién sabe!”.

Hoy, por ejemplo, me había estado preparando para mi vuelo de chequeo en mi flamante aerolínea -asunto que ya merecerá una apostilla independiente-, sólo para descubrir que uno de los vuelos que había realizado, no podía contar como uno de los sectores mínimos que debía efectuar en entrenamiento… Este asunto, a más de mi preocupación, fue trasmitido a los encargados de mi acreditación en forma oportuna y conveniente. Sin embargo, solo antes de ser trasladado al aeropuerto, para realizar el vuelo, me he enterado que el esperado chequeo, solo habría de contar como un vuelo adicional de entrenamiento…! Con esto, el aforismo irlandés tendría una nueva interpretación adicional –y muy sugestiva-, la de que “uno puede haberse hasta muerto, y a nadie le preocupa, o se entera”. O, lo que siempre parece empecinarse en suceder: uno es el último en enterarse!

Nada peor en la vida que aquellas circunstancias en las que uno se involucra y no sabe, a fin de cuentas, qué es lo que va a pasar; o en que no sabe a qué atenerse, cuando intuye que lo acertado es “tratar de adivinar”; porque, lo más factible que suceda es precisamente lo inesperado. Allí es cuando uno se convierte, por arte de birlibirloque, en un especialista de la suposición, en un perito de la improvisación, en un mago de la sospecha. Y, al igual que lo que le pasaba al Julito, empieza a hacer su propia limonada con el insípido limón del “no hay mal que por bien no venga”… Ahí empieza a maldecir a todos los diablos y a sus medias horas. Y es cuando comprende el significado de la tonada de Bocelli, aquella de “Quando mancan le parole”!

Sí, porque a veces nos es que sobran, sino que faltan las palabras!

Jeddah, 9 de agosto de 2011
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06 agosto 2012

Medina, sin el Medina

Esa mañana, cuando nuestro inspector nos reunió en el patio de la escuela, habría de informarnos que ese viernes ya no tendríamos que volver a clases por la tarde. Debo haber ingresado al aula exudando mi goce y alegría; y desde luego, propiciando una bulliciosa algarabía. Lo único que recuerdo es que el profesor me conminó a seguir el resto de la hora en condición de “plantonera”, parado junto a la tarima; y dispuso que, ese mediodía habría de quedarme, junto con los demás castigados de la clase, sometido a la tortura de escribir en un cuaderno de caligrafía mi ignominiosa falta; y habría de prometer que en esa falta ya jamás insistiría… Habría de copiar diez planas invocando el mismo mandamiento!

Cuando los demás condiscípulos se hubieron retirado, en aras de iniciar el disfrute del inesperado “asueto”, los pocos castigados que debíamos expiar nuestras condenables culpas fuimos instruidos a que ocupáramos los pupitres delanteros. Junto a mí habría de sentarse un mozalbete corpulento, harto charlatán y lenguaraz, de cabellos gruesos y ensortijados -de aquellos que nunca necesitaban peinarse-, quien sufría el discrimen empecinado de sus demás compañeros. Alguien había descubierto que escondía un delito imperdonable: su modesta madre, era dueña de una recoleta y poco provista tienda de esquina…

Mientras yo seguía escribiendo cien mil veces “no he de saltar en clase después del recreo”; y mientras una pronunciada hinchazón del dedo índice -culpa del inolvidable canutero- se me iba acentuando en forma evidente, escuché los susurros de mi colega de banca que ya estaba próximo a concluir su tarea expiatoria. Quería invitarme a que fuésemos a jugar en un “solar que quedaba vecino a su casa” una vez concluida nuestra ignominiosa tarea. El gárrulo provocador obedecía al apellido de Medina; su índole cotorrera habría de servir para conseguir el permiso, que habrían de concederme en casa, cuando volví de la escuela. Este muchacho  escondía, detrás de su díscola apariencia, un corazón magnánimo y generoso; poco había que raspar en su epidermis para comprobar que en él había más lugar para la bondad que para la rebeldía.

Cuando llegamos a su casa, descubrí que casi no había realmente “una casa”. En cuanto al solar prometido… solo habría de quedar una cancha -de esas de futbol barrial- árida, polvorienta y enorme, que estaba avecinada a la prosaica realidad de un modesto dispendio de abarrotes: aquel negocio que su madre atendía con cortesía. Desde esa tarde, yo habría de ganar un amigo, perder un prejuicio y alimentar una extraña rebeldía. Años más tarde, alguien habría de comentarme que “medina” quería decir en árabe, barrio antiguo, céntrico o de negocios… Me pareció una ironía que medina quisiera decir lo que mi comunicativo compañero habría querido ocultar: un lugar pletórico en comercios y tiendas de esquina…

Hasta que… hace pocos años adquirí un lugar de vacaciones, estaba ubicado en un conjunto al que habían bautizado con un nombre árabe y mediterráneo: lo conocían también con el nombre de “La Medina”.  Sin embargo, solo ha sido hasta hace pocos días que he cumplido con un nuevo designio de la fortuna: ir por primera vez a esa ciudad sagrada para los musulmanes: la auténtica Medina.

Llego a Medina una tarde calurosa y turbulenta, los cerros ubicados al meridión producen inestabilidad en un torbellino que gira con circuitos impertinentes y demenciales. Son cerros que dibujan un paisaje yermo y extraño; podría decirse que estos se asemejan a tabernáculos telúricos, exentos de arbustos y de pastos. Cuesta creer que este fue un día el lugar para refrescar con su oasis a las tribus nómadas y para abastecer sus dromedarios. Esta es la ciudad que diera asilo a Mahoma y a sus seguidores, cuando huyeron de la Meca -la hégira-; mas, como nada está exento de acrimonia, hoy se ha convertido en una ciudad restringida, renuente a albergar a quienes no comparten las creencias de sus habitantes.

Medina es la ciudad del profeta, la segunda ciudad sagrada del Islam -después de la Meca-; es donde justamente se encuentra enterrado Mahoma. Aquí reposan: Fátima, su hija; Omar, su suegro; y, también, Abu Bakar, quien fuera el primer califa. Aquí, muchos de los monumentos históricos han sido destruidos desde el siglo pasado, siguiendo la nueva política religiosa saudita, en el afán de evitar las manifestaciones de idolatría. Medina ha sido, por tradición, el hogar de las más antiguas como hermosas mezquitas. Su nombre quiere decir ciudad o ciudadela. La palabra vendría del arameo “medinta”, de idéntica significación.

Medina está avecinada a un cerro, al igual que el lugar donde estaba ubicada la morada del compañero que hoy recuerdo. Empero, a diferencia de la ciudadela donde una vez habría de jugar con mi antiguo condiscípulo, este es un lugar de carácter esotérico y proscrito. Quizá, un lugar exótico, hermético y mágico donde el pasaporte no sirve para ingresar, y ni siquiera para venir y orar… Un lugar que me hace recordar aquello de que “nunca he de saltar en clase luego del recreo”…

Jiddah, 6 de agosto de 2012
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01 agosto 2012

En la morada de Saud

Estoy de vuelta a Arabia; he regresado diez años después. Un color ocre invade con su arenosa ubicuidad la amplitud de la geografía; y aporta, con su cromática monotonía, a que capitulemos ante esa curiosa sensación de que el tiempo se detuvo, que es la impresión que el forastero experimenta al volver… Arabia (o Arabiya, como lo pronuncian los sauditas) es una tierra de gente afluente y expresiva, que parecería que si no responde a la invitación al diálogo o ignora a su interlocutor, es porque con aquel gesto quisiera manifestar su desdén o superioridad. Esa frialdad contrasta con la actitud espontánea de la tripulación de mi vuelo desde Europa, que me ha distinguido con su amigable cordialidad.

Ya en el terminal del enorme aeropuerto de Jeddah, esa variedad de colores que la gente poco antes exhibía en su vestimenta, de pronto se ha convertido en una sorprendente e intempestiva dualidad. Los hombres visten su impoluta y blanca túnica -una suerte de sotana a la usanza religiosa-, acompañada de un pañuelo que cubre su cabeza; coronado por una aureola negra. Las mujeres, en cambio, cubren su pudorosa humanidad con un similar atuendo de color negro; y, a diferencia de los varones, ocultan los rasgos de su rostro con un velo oscuro de muselina, que les otorga un furtivo misterio y ayuda a esconder su identidad… De su cuerpo, únicamente se aprecian unos diminutos e inquietos ojos; y quizá solo, y muy ocasionalmente, un discreto, desnudo y provocativo calcañar…

Contrario a lo que pudiera presumirse, y llegadas al puesto del exigido control migratorio, ellas, las féminas, no descubren su semblante e insisten en mantener la incógnita y enigmática condición de su embozada identidad. Llegan ellas, en la mayoría de los casos, acompañadas por un mozo que las antecede; este presenta sus documentos y uno adivina que ha de tratarse de un amanuense contratado para el trámite específico de la artificiosa formalidad… En tanto, y mientras el viajero espera por la lenta comprobación de sus propios documentos, un sutil olor a cardamomo se va impregnado en el ambiente y le va otorgando a Arabia el aroma de su íntima identidad.

Durante el moroso y estoico traslado hacia mi lugar de alojamiento, agravado quizá por la tradicional celebración del ramadán, reconozco nuevamente esos sinuosos y prolongados símbolos que conforman la escritura árabe. Son trazos efectuados de derecha hacia izquierda -en contraste con sus números, que son escritos en sentido inverso-. Y, mientras soy transportado en el vehículo, dando pábulo a mi curiosidad y absorto en mis renovadas cavilaciones, reconozco los extraños guarismos que representan sus propios dígitos (‎٠‎١‎٢‎٣‎٤‎٥‎٦‎٧‎٨‎٩‎), -los llamados números arábigos orientales-, que difieren tanto de los nuestros; ya que, los que ahora utilizamos, fueron inventados por los hindúes, recogidos más tarde por los persas, y habrían de llegar a Europa en la Edad Media, montados a horcajadas en los ágiles corceles de la ironía, gracias a las invasiones de los árabes…

Se escucha por doquier un rumor sonoro que irrumpe, acomete y asedia. Luego, la impronta de aquel susurro conquista y subyuga; y entonces la extraña lengua domina y somete con sus jotas avasalladoras, cual si estas fuesen cimitarras, escalpelos o puñales. De pronto, un zumbido ocioso y perseverante se apodera del ambiente; hay en él un rezago de atonalidad, cual espontáneo impromptu, cual acordado ronroneo entre millones de aturdidos e inquietos moscardones. Es la hora establecida para la oración, la cláusula intransigente destinada para la repetida plegaria de los fieles musulmanes. Entonces ellos, solícitos, se dirigen hacia el lugar que les han asignado, para realizar sus fervorosas genuflexiones.

Es cuando el viajero respetuoso se retira; debe esperar la llegada parsimoniosa de la hora del espléndido y pródigo “iftar”, para suspender su ayuno y no despertar inútiles malestares ni, tampoco, antojadizas miradas u hostiles provocaciones…

Riyadh, primero de agosto de 2012
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30 julio 2012

Estribos y estribores

Me encuentro concluyendo ya el proceso de certificación de mi licencia de piloto de aerolínea para los estándares de la Comunidad Europea. Esta sería, si no miento o me equivoco, la sexta homologación profesional que he realizado en mi vida (USA, Ecuador, Corea del Sur, Singapur, China e Islandia -en ese orden-). Mi empresa responde a las regulaciones de la comunidad anotada; y los estándares que ella está obligada a cumplir, pertenecen a lo que se conoce como JAR (por Joint Aviation Rules). Sería incontable el tiempo que he asignado a esas distintas certificaciones; sobre todo, si supondría que las hubiese tenido que realizar en forma acumulada; o si sumase, como continuo, todo ese tiempo…

Tengo la suerte de que mi actual “compañero de yunta” sea un muchacho muy bien portado y responsable, de nacionalidad española. Es valenciano, pero vive en Alicante. Si algo disfruto, de mis entretenidos paliques con él, es el uso de todas esas hermosas palabras que ya no incorporamos a nuestro uso coloquial en el Nuevo Mundo. Términos como farragoso, trabuco o impronta, me distraen para indagar por el paralelo o alternativa, y me hacen saborear ese regusto que deja la utilización de una lengua tan rica y enriquecedora como es la nuestra.

Mi copiloto usa con más propiedad palabras castizas y no cede con facilidad a la traducción literal anglosajona (como con tanta frecuencia ocurre con el léxico de carácter técnico). No dice nariz, por ejemplo, sino morro o proa; no cede al uso de derecho o izquierdo, sino que utiliza los más adecuados de estribor o babor. Con él coincido en que estribor es una voz tomada del inglés -y este a su vez del holandés-; que viene de “starboard”, a su vez deformación de “steerboard”, y que quiere decir “lado del timón”. Como se sabe, la inmensa mayoría de los hombres somos diestros y la ubicación del timón de mando fue diseñado para hacer más fácil que los marinos puedan acoderar en los muelles, por el lado que manejan. El “otro lado”, el que da hacia el puerto, se conoce como “port” (en origen, el que queda a las espaldas o “back-board”, que en castellano ha devenido en babor).

Esta inquietud me ha llevado al origen de la palabra similar “estribo”, sobre todo porque si la etimología sería coincidente, significaría un implemento que tendría o sugeriría dos adminículos ubicados en el lado derecho. Pero no, la voz estribo parece provenir de la lengua de quienes primero supieron utilizarlo: un pueblo ávaro, emparentado con los mongoles. Era un pueblo de jinetes que fueron los precursores de montar a caballo y usar simultáneamente las dos manos, lo cual les dio una enorme ventaja militar y estratégica; ello solo fue posible cuando inventaron el uso de los estribos, y así les fue posible usar el arco y la flecha…

Cuando se lee a David Keys, en su “Orígenes del mundo moderno”, se descubre que hubo una catastrófica erupción del volcán Krakatoa en el siglo VI, que pudo haber obligado a los ávaros a desplazarse hacia occidente. Ellos habrían sido luego desplazados hacia el norte oriental de Europa por los turcos. Más tarde, luego de la muerte de Atila, habrían asimilado a los hunos; y así, “hunos y otros” se habrían encargado de dar a conocer los estribos a Europa y al resto del mundo. Hoy se discute si algo que no parece relacionado, como aquella terrible erupción, pudo haber influenciado en otros asuntos, sin conexión en apariencia, como la peste bubónica, el nacimiento del Islam o la caída de Teotihuacán…

Fuere lo que fuere, lo que sí es cierto es que esto de mi certificación ya va por el estribo (estoy a punto de apearme). A propósito de “estribos”, nunca es bueno “perder los estribos”. Por eso, es pertinente reconocer que aunque la palabra “estribo” pudiera estar relacionada con otras -como aquella de “estribaciones”-, nada tiene que ver en cambio con la de “estribor”.

Espero no haberme puesto muy “farragoso” con la esforzada explicación…

Neu-Isenburg, julio 30 de 2012
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29 julio 2012

Alianzagedón?

"... el Estado de Derecho… conlleva la existencia de ciertos preceptos básicos como la seguridad jurídica, la separación de los poderes, la independencia judicial, el principio de legalidad, las garantías del debido proceso, la tipicidad penal, la irretroactividad de las leyes”. Orlando Alcívar, El Universo, 27 julio de 2012.

Cuando leo titulares que encierran preocupaciones como las contenidas en las anteriores frases, me dejo influenciar por el recelo, si no por la suspicacia, de que quizá asistimos a un oscuro proceso que tarde o temprano va a llevarnos a una situación conflictiva y profundamente antagónica y controversial. Resulta difícil hacer un análisis de la realidad nacional y no dejarse influir por una espina de desconfianza. A veces me pregunto si esas -en apariencia- locas y premeditadas iniciativas, no responden a un libreto preconcebido que nos llevará a un grave enfrentamiento provocado por la necedad de los poseedores de la única verdad…

Armagedón es una palabra hebrea que, de acuerdo con el libro del Apocalipsis, en la Biblia, consiste en el lugar de la batalla que se dará en el fin del mundo. Dice la Wikipedia, que “el término puede ser considerado con un sentido simbólico o literal”; y que “es también usado en sentido genérico para referirse al fin del los tiempos”. La alocución contiene entonces un sentido premonitorio; a más de un claro carácter ominoso y envuelto en destrucción, tribulaciones y catástrofes de todo tipo. Ahí, en Armagedón, “la bestia (Satanás) será arrojada al lago de fuego y condenada a la profundidad de los abismos, por los siglos de los siglos”.

No pretendo hacer aquí una exposición basada en la escatología (el estudio de las probables últimas realidades); es decir una relación de asuntos emparentados con los convencimientos y creencias que todos podamos tener -o no- respecto a asuntos como el más allá, la vida después de la muerte, el cielo o el infierno. Lo importante es que Armagedón (o Armagedon) sería un campo de batalla donde tendrían que enfrentarse las fuerzas antagónicas del bien y del mal. En la paleta de colores relatada por el libro bíblico, la batalla se daría en un dualismo entre el bien contra el mal: una dicotomía cromática entre blanco contra negro. En esencia, se trataría de un enfrentamiento excluyente, definitivo y maniqueo.

Yo mismo he estado más de una vez en el hipotético Armagedón -está ubicado en una campiña cercana al mar de Galilea, llamada Megido-, y me cuesta imaginar que ese hermoso lugar, donde florecen generosos los naranjos y abundan los olivares, se ha de convertir un día en escenario apocalíptico. Por eso, cuando regreso a ver a la distancia a mi querido país, también se me hace difícil dejar de vislumbrar como “los buenos” y “los malos” puedan estarse preparando para una batalla definitiva, alejada de acuerdos y compromisos. Una necia batalla signada por la obsesión parroquiana, animada por el más sórdido y prosaico sectarismo.

La madurez nos va enseñando que no todo es blanco y negro en la vida, que no todo es inexorablemente malo o indefectiblemente bueno. Hay ahí un hermoso y amplio arco iris de diversos colores, donde casi siempre los menos atractivos son el blanco y el negro… La verdadera “participación ciudadana” se ha de concretar cuando reconozcamos que hace falta el respeto hacia la deseada diversidad, para poder aspirar a esa plenitud política en que consiste el “estado de derecho”. Ver la realidad política con una visión sesgada no solo es absurdo y ridículo, sino sobre todo improductivo. Y esa es justamente la responsable tarea y el reto que les corresponde a nuestros líderes: comprender, e invitarnos a creer, que todavía son posibles los acuerdos y que todavía son factibles los compromisos.

De esto ha de depender que convirtamos a Armagedón en un escenario expuesto a la destrucción y a la desgracia; o en que lo imaginemos como uno destinado para que podamos contemplar una tierra pródiga en realizaciones, generosa en la cosecha, y abierta a la posibilidad de nuevos y más auspiciosos cultivos… ¿Será que podemos todavía soñar con la diversidad, o que ya no hay regreso en aquella pendiente vertiginosa y pronunciada que identifica al tobogán del sectarismo?

Neu-Isenburg, julio 28 de 2012
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27 julio 2012

Un Bolívar aindiado…

Hace pocos días, con motivo de un nuevo aniversario del natalicio del Libertador, se develó en su ciudad natal, una imagen computarizada y en tercera dimensión, del rostro que se pretende que habría tenido en la realidad nuestro héroe de la independencia americana, cuyo nombre completo había sido Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios Ponte y Blanco -vaya nombrecito para aristocrático!-. A este ilustre venezolano el mundo habría de conocer para la posteridad, con el sencillo y familiar nombre de Simón Bolívar.

Aquella novedosa y sugestiva imagen, que no puede ser sino aproximada y artificial, parecería obedecer al cumplimiento de un no muy claro objetivo: el de presentar un rostro americanizado, un tanto guajiro y aindiado del héroe de la independencia. Entonces, la pregunta que tenemos que hacernos surge espontánea: ¿qué se obtiene con esta burda e innecesaria falsificación? ¿Cuál es el problema de presentar a Bolívar como lo que realmente fue, como un hombre acomodado y descendiente directo, por ambas vías, de encumbradas familias de raigambre española, que inclusive habían reclamado títulos de nobleza, títulos que habrían sido negociados mucho antes de su nacimiento?

Esta flamante descripción retratada de Bolívar, poseedor de pómulos abultados, boca prominente, nariz gruesa, cabello hirsuto y mirada estrábica, no guarda relación con la poseedora de una frente alta y progresiva, cuencas profundas y de ojos hundidos, nariz de corte aguileño, mentón fino y prominente; y tampoco con aquel semblante altivo y mirada impávida, que en nuestros textos escolares, y aun en el papel moneda que alguna vez tuvimos, exhibía su rostro europeo. ¿Para qué entonces presentar un Simón Bolívar adulterado, con una apostura rústica y amerindia, ajena a la auténtica figura que, en vida, con seguridad le caracterizó?

Bolívar provenía de una familia de ascendencia vasca, que probablemente escribía su apellido con dos be labiales (Bolíbar viene del vascuence “bolu”, que quiere decir molino; y de “ibar”, que significa valle: “Valle del molino”). Y podría decirse que su linaje pertenecía a una rama aristocrática que, llegada a América, había sido favorecida con la posesión de tierras y la asignación de encomiendas. El importante peculio de los Bolívar habría sido apuntalado con la explotación de extensas plantaciones azucareras y de prominentes industrias mineras. No debe olvidarse que durante la colonia, todas esas actividades estuvieron sustentadas en la mano de obra no remunerada y en la todavía vigente esclavitud…

El cuestionable esfuerzo por presentar a Bolívar con una imagen autóctona no es sino un contrasentido; en cierto modo, resta valor a las virtudes del caraqueño que justamente deriva su mérito de que luchó por la independencia, a pesar de su acomodada y privilegiada condición. Dada la circunstancia de su prematura orfandad, Bolívar había tenido preceptores, nada menos que de la talla de un Simón Rodríguez o de un Andrés Bello; y muy temprano había ido a educarse en el Viejo Continente. Claramente era un miembro de la aristocracia criolla; y además un representante de una sociedad pródiga en toda clase de recursos.

Cuando Bolívar regresa de Europa, ya es un joven convencido de la necesidad de luchar por la pronta autodeterminación de los pueblos americanos. Sin embargo, esas luchas que él se animó a propiciar no eran lo que hoy se cree: unas guerras entre unos rebeldes nativos y unos explotadores españoles. La realidad es que esas batallas se dieron entre españoles, o entre descendientes de españoles, que tan solo se identificaban con diversas facciones. No hubo en esas contiendas un contenido de carácter racial. Por ello, decir que Bolívar era un mulato o que tenía facciones indígenas sería una innecesaria deformación de la realidad histórica.

El Libertador habría tenido entre treinta y dos y cuarenta y tres años mientras ejerció su liderazgo militar y político. Era un joven que se jactaba de tener “El espíritu de las leyes” de Montesquieu en su cabecera. Su temprana incursión en las logias de la francmasonería era también una costumbre que se daba en las familias de encopetada prosapia europea, como sucedió en los casos de George Washington, José de San Martín o de un Bernardo O’Higgins. Claramente no tenía rasgos aindiados o amerindios. No entendemos qué de vergonzante puede tener el que se reconozcan en él su verdadero semblante y real fisonomía como lo que fueron: los de un hombre poseedor de una catadura con claro talante ibérico.

Neu-Isenburg, 28 de julio de 2012
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