16 agosto 2012

Entre las lágrimas y el colirio

Leo en el periódico del Gringo -el más alegón de mis compañeros de “foursome”- que Dhaka, la capital de Bangladesh, se encontraría en el infame último puesto, en cuanto a índice de bienestar, entre las principales ciudades del mundo; esto, de acuerdo a un informe preparado por un organismo internacional. El análisis toma en cuenta diversos aspectos como: “estabilidad política y social, índice de delincuencia, infraestructura, salud, educación y estándares de cultura y medioambiente”. Me temo, sin embargo, que existe algo adicional; algo que es intangible e incuantificable, y que se encierra en la impresión del viajero, cuando vive por primera vez la confusa experiencia de visitar esta clase de ciudades.

Porque hay que haber estado en una megápolis como Chenai o Kolkata (antes Madrás y Calcuta) en la India, en Bangkok (Tailandia), o en la mencionada Dhaka, para tener un atisbo de los límites inferiores a los que puede llegar la abyección en la condición humana. Si usted, amigo lector, ha tenido el infortunio de hacer el trayecto entre el aeropuerto de Chenai y el lugar de su alojamiento, en esa ciudad, sabe a qué puedo estarme refiriendo… La gente ha decidido invadir con sus tiendas y carpas transeúntes todos los espacios disponibles de la vía pública, y se ha apoderado del espacio destinado a las veredas de las calles y avenidas. Como resultado, el observador puede ser testigo de todas las actividades humanas que pudiera imaginarse. Repito: todas, pero todas, las actividades!

Es un espectáculo que sobrecoge el alma, que obliga a ser más humilde, que -en cierto modo- nos hace agradecer que aún vivimos en ciudades como Quito o Guayaquil. Que nos persuade que, a pesar de nuestra intolerancia, impaciencia e inconformidad, no podemos siquiera imaginar en qué consiste un verdadero “atrancón” en el tránsito vehicular. Cuando se recorre un trayecto -como el de Dhaka- entre el terminal aéreo y el hotel donde me alojo, que no supera los diez kilómetros, en la dilatada cláusula de dos horas y media (!), en medio de la más surrealista y estridente utilización del claxon que uno jamás pudo haberse imaginado, comprende el real significado de la palabra “subdesarrollo”; y, sobre todo, el sórdido nivel a que pueden llegar el desorden y el desconcierto.

Existen, en ese trecho, construcciones inconclusas por todas partes; el guirigay se acentúa cuando se descubre que no funciona ninguna de las luces de tránsito; y el impaciente espectador llega al paroxismo cuando advierte que todos -léase todos, absolutamente todos- los conductores han optado por un lenguaje caótico y sonoro: no pueden adelantar más de cinco metros sin utilizar la bocina, como si esto fuese parte de un mensaje general que quizá quiera decir: “yo también estoy aquí”, o talvez “denme paso, que ya llegué”. Es un ruido absurdo y demencial. Y, quien no está acostumbrado termina por meditar si esta forma de “organización” no ha merecido ya un método de estudio o, al menos, una necesaria reflexión!

Sin embargo, es el testimonio del drama humano, el que más aliena y exaspera. Esa presencia de las más inimaginables condiciones de salud, deformación física, mendicidad y envilecimiento… Si usted, querido lector, nunca vio una película que se denominó “Perro mundo”, o jamás ha visitado un leprocomio, o tampoco ha visto a un ser humano afligido por una horrorosa tumoración o deformación, simplemente no sabe qué quiero decir con esto… Son inevitables visiones, que estremecen, turban y llevan a las lágrimas. Aquí no hay colirio que valga; se queda irritada y resentida para siempre el alma; uno aprende por primera vez, y para siempre, el sentido que puede tener la palabra “desgracia”; y, al mismo tiempo, el que puede tener ese ejercicio tan poco usado: el de la gratitud…

Bangladesh quiere decir “tierra de los banglas”; o, si se prefiere, tierra de los “bengalíes”, un pueblo asentado en la región más septentrional de la Bahía de Bengala, en la vecindad del más importante delta fluvial existente en el mundo: el Ganges Brahmaputra. Dhaka (antes se deletreaba Dacca), la capital, es una de las diez ciudades más habitadas que existen en el mundo; allí viven más de diez millones de personas. Se hace difícil considerar que en un país equivalente a la mitad de tamaño del Ecuador, puedan vivir dos tercios de la población total que existe en los Estados Unidos!

Bangladesh es una tierra afectada por los torrenciales monzones, constituye lo que hasta 1971 se conocía -luego de su separación de la India- como Pakistán Oriental. Este es un país enteramente musulmán, a diferencia de la vecina India. Aquí, las mujeres visten unos primorosos y coloridos saris; y algunos varones, en especial los de cierto nivel social, una larga falda alternativa, llamada “lungui”.

Cuando el viajero se moviliza a través de Dhaka, se deja conmover por una confusión estremecedora e inextricable; es un paisaje humano que invita a la reflexión, a la caridad y al compromiso. Entiende que aquel “mal de muchos, consuelo de pocos” debería ceder paso a un “mal de muchos, compromiso de todos”… No he visto aquí hermosos tigres de Bengala; pero he visto muchos, muchísimos discapacitados y pordioseros. Tantos que dan ganas de llorar. He pensado que hay que inventar para esas lágrimas, las lágrimas del alma, una nueva y más humana forma de colirio, uno fabricado con un ingrediente básico: un fármaco conocido con el extravagante nombre de “solidaridad”!

Dhaka, 16 de agosto de 2012
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13 agosto 2012

De claustros y sotanas

Poca gente sabe que detrás de la cabina de mando del Boeing 747 escondemos un pequeño dormitorio. Bueno… realmente se trata de lo que podría llamarse un diminuto claustro; contiene unas estrechas literas, aptas para acomodar, en sus dos niveles, a idéntico número de personas. Si la cabina consiste ya en un espacio restringido, de tres metros de largo por dos de ancho, el camarote de descanso debe tener quizá unos dos metros de largo por tan solo un metro y medio de ancho. Al lado de las angostas camas existe un apretado espacio destinado a los cambios de ropa; espacio que, a su vez, es el necesario para desplazarse, antes de ubicarse en los correspondientes sitios de descanso.

Cuando se trata de un vuelo de larga duración -y se da por sobreentendido que las literas han de ser utilizadas-, uno encuentra que “han sido hechas las camas”; es decir que se han tendido sábanas frescas y que cada cama ha sido provista de almohadas y frazadas. Cuando los pilotos han cumplido con sus períodos de descanso, se espera que reemplacen estos aditamentos por otros limpios y dejan las literas en condición adecuada para ser nuevamente utilizadas. Hay, en estos lugares de descanso, luz de lectura adecuada e independiente. Por lo general, los comandantes prefieren ocupar la litera inferior porque es un poquitín más holgada. Sin embargo, esta es la más incómoda en cuanto al acceso; no se diga cuando se trata de arreglar los bártulos y de dejar bien tendida esa cama…

Se parece este sencillo camarote a los que se encuentran en los trenes y barcos. Le llaman “bunk”, que se pronuncia igual que “bank” (banco), sino que casi sin separar la comisura de los labios cuando se pronuncia la u, que se convierte más bien en una a falsa. Es el espacio diseñado para dormir; pero también para hacer otras cosas que se hacen en la cama. Me refiero a soñar, hacer planes, fantasear e imaginar toda suerte de sandeces y patochadas. Así, unos lo utilizan para hacerse inocentes ilusiones y otros para pergeñar reclamos o para urdir represalias…

Hoy mismo, me he despertado allí y me he puesto a meditar en las restricciones de este espacio reducido; y he recordado los claustros que tenían los hermanos que fueron nuestros preceptores y maestros; en lo limitado, espartano y frugal de aquellos mezquinos espacios… Y he recordado, asimismo, todas las rabietas de las que fui protagonista, porque entonces se me había metido entre ceja y ceja, y cuando tan solo cursaba cuarto grado de escuela, que quería imitarle al santo hermano Miguel y convertirme en hermano de La Salle! Ya había escogido inclusive un nombre de congregación, emulando al patrono de la orden: quería llamarme Juan Bautista. Reverendo hermano Juan Bautista… ni más, ni menos!

Yo no sé cuánto tiempo hubiese durado con aquellos hábitos; que en la escuela llamábamos “el babero” y la sotana. De lo que no me queda ninguna duda, es que pronto me hubiese convertido en un “lego” vanidoso y coqueto; de esos medio traviesos, inquietos y tránsfugas. Pero Dios, que sabe cuidar de sus animalitos (sobre todo de los que son proclives a ciertas debilidades y concupiscencias), sabe también morigerar nuestras tendencias y caprichos; y nos desanima a tiempo de nuestros necios empecinamientos… para gloria de Él mismo; de la santa madre iglesia; y para tranquilidad de fieles y devotos. No se diga de la de familiares y amigos; y de la eventual de una que otra futura enamorada…

Lo que sí me ha quedado, y solo ahora es que lo advierto, es una como extraña obsesión por chantarme una sotana, o casi… Y es que, de tanto ver a los árabes vistiendo su tradicional túnica, me han entrado súbitos antojos de adquirir una propia, para mimetizarme con esas muchedumbres que parecen uniformadas. Por ello he acudido al conocimiento de mi amigo F, para solicitarle su importante consejo, en cuanto a cómo adquirir una (las llaman “thobe”) y a las variedades y particularidades que deben considerarse para que la inminente transacción resulte óptima y aventajada. He llegado al conocimiento de que también existen otras prendas complementarias que deben ser adquiridas, con el objeto de consolidar la elegante apariencia que -no faltaba más- debe ser respetada!

Lo primero que he descubierto, luego de mis enjundiosas investigaciones, es que -como sucede con cualquier prenda de vestir- existen muchos modelos (aunque no se note de primera mano) y una variedad incontable de calidades. A simple vista, solo se notan las diferencias en el cuello y en el puño, similares a las que existirían en las camisas occidentales; pero lo que las distingue principalmente es la textura del tejido. Sin embargo, la prenda que parece otorgar carácter, y además expresar la personalidad del individuo que lo ostenta, es ese pañuelo -casi siempre diseñado con cenefas de color escarlata- que se lo ciñen en la cabeza con una orla elástica de color negro. Es la “ghutra”; la misma que, por otra parte, distingue personalmente a quien la usa, por la forma como opte por llevarla.

Según el F -que no es tan adefesioso como yo, cuando me miro en el espejo-, el atuendo estaría incompleto, si no se lo provee de sandalias adecuadas. Estas deben cubrir parte del empeine y disponer de un eslabón de cuero, a modo de abrazadera, que sirva para instalar, en forma cómoda, a los dedos interiores. Ah… y casi me olvidaba: me ha recomendado unos pantalones, a manera de pijamas, que cumplen con el pudoroso propósito de evitar que el propietario de la túnica revele, a contraluz, la transparencia de sus miembros inferiores.

Es que: no solo deben ocultarse las piernas, sino también la indiscreta claridad…

Dhaka, agosto 12 de 2012
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10 agosto 2012

A la “Güipuzcoa”, por favor!

Intuyo que quien estuvo encargado hace ya muchas décadas, en el municipio capitalino, de la nomenclatura de las calles de un -entonces- muy moderno y recoleto barrio llamado La Floresta, debe haber tenido raíces vizcaínas; y, es muy probable también que conocía el país vasco. Además, sus ascendientes familiares habrían sido bilbaínos o habrían tenido origen en una primorosa ciudad que conozco –llamada Donostia o San Sebastián- y que funge de capital del departamento de Guipúzcoa (Gipuzkoa en euskera o vascuence). Lo afirmo, porque no de otra forma se entiende que exista esa curiosa insistencia de una misma región de la geografía española –Vizcaya y Guipúzcoa-, con el bautismo de aquellas dos calles. Asunto que no estaría exento de una cierta intencionalidad.

Claro que parecida circunstancia involucraría también a Pontevedra, que es la capital de Galicia (las otras calles que ostentan nombres de ciudades españolas son: Madrid, Lugo, Toledo, Valladolid, Barcelona, Lérida, Mallorca, Sevilla, Málaga y Andalucía). Sin embargo, con Guipúzcoa, está claro que estamos frente a un nombre que no es muy conocido en la geografía, y que eso de escucharlo no es tampoco muy frecuente. Es más, la mayoría de los quiteños ni siquiera sabemos cómo pronunciar el nombre correctamente. Lo más frecuente es escuchar una pronunciación bastarda, que ha degenerado hacia un término que incluye una “u” con diéresis (recalcando el sonido de la vocal) y que ha trasladado el acento hacia la “o”. El taxista conoce donde está ubicada la calle “Güipuzcoa”, pero le han hablado en chino si se le pide la misma calle con la pronunciación correcta…

Un breve vistazo al blasón de Guipúzcoa refleja un heraldo que contiene tres arbustos en sinople con fondo de oro, estos se sitúan sobre un listado ondulado de azur y plata; el escudo está honrado por una corona regia y está guarnecido por dos rústicos individuos, barbados, rubios y semidesnudos (las cejas, la nariz y el talante reflejan una innegable catadura vizcaína); ellos sostienen sendos garrotes, similares a los bastos de la actual baraja española. El escudo de armas se complementa con una inscripción inferior, impresa en una cinta de sinuosa apariencia que proclama una leyenda en latín: “Fidelissima Bardulia Numquam Superata” (Fidelísima Bardulia Nunca Superada). Si se escarba un poco, se ha de descubrir que los bardules -o vardules- fueron un pueblo asentado hacia el norte de Castilla, cuando esta todavía formaba parte del reino de León en el siglo X.

He encontrado por ahí un mapa de la situación política de la península ibérica hacia el año de 920, en el que hasta un ochenta por ciento de dicho territorio se encuentra constituido por el Califato de Córdova y por los pequeños estados moros independientes. El resto, lo constituyen el minúsculo reino de Navarra, el pequeño Condado de Barcelona y el reino de León, conformado, a su vez, por las regiones de Galicia, Asturias, Castilla, Bardulia y Cantabria.

Puede verse ahí, que la región de los vardules era tan importante como la de los primeros territorios castellanos. Ello no llama la atención, pues el actual pueblo vasco nunca permitió ser asimilado por los árabes -y ni siquiera, antes, por los romanos-; prueba de ello es que ha mantenido su lengua sin influjos externos. Por demás está recalcar que los lingüistas no encuentran relación del euskera, vasco, vizcaíno, vascuence o vascongado (o idioma de Navarra, como lo conocían los romanos), con ninguna otra lengua indo-europea; de hecho, el vasco no es tampoco una lengua indo-europea. En la práctica, y esto es un fenómeno excepcional de la lingüística, el euskera tampoco está emparentado con ninguna otra lengua en el mundo!

Hay quienes han sugerido que era euskera lo que se hablaba en el mundo antes de la Babel bíblica… Fuere lo que fuere, el vascuence parece haber sido la lengua que se hablaba ya en Europa antes de la llegada de los pueblos indo-europeos. El vizcaíno ha participado inclusive en el desarrollo fonético del idioma castellano. Vascos fueron: el navegante Juan Sebastián Elcano; el fundador de la Compañía de Jesús, Ignacio (Iñaki) de Loyola; y el genial filósofo y educador don Miguel de Unamuno, la figura más señera de la generación del 98.

Jeddah, 10 de agosto de 2012


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09 agosto 2012

Quando mancan le parole…

Decía mi querido hermano Adrián que “quien va al anca, no va atrás”; no sé de donde había sacado eso -que entiendo es un proverbio castellano-. Lo cierto es que él lo repetía con alguna frecuencia. Yo entiendo que lo que quería expresar era aquello tan cierto de que “a cualquiera le puede pasar lo mismo” (ya que, “la vaca siempre se olvida cuando fue ternero”); o, aún mejor, lo que es más cierto todavía, aquello de que todos tenemos reservado un puesto, ya sea en los sótanos de allá abajo, o en los “penthouses” que esperamos allá arriba, en el reino de los cielos…

Y mi amigo Julito también decía -intuyo que era su particular manera de hacer del limón, su propia limonada- que “ya estaban disparando cerca”, con lo que seguramente quería conseguir un sentido parecido. Hoy me he puesto a meditar en el significado de estas frases, al reflexionar en el título de una película americana; una de esas que uno se pone a ver hasta que le alcance el sueño; más tarde, empieza por interesarse en la trama; y luego termina buscando información relativa a su guion, al nombre de sus protagonistas y hasta de los comentarios que habría merecido. Me refiero a “Before the devil knows, you are dead” (“Antes que el diablo lo sepa, ya estás muerto”); título inspirado en un dicho irlandés que expresa algo parecido: “Ya llevas media hora en el cielo, antes de que el diablo se entere que ya te habías muerto”.

Como sucede con muchas otras sentencias, me confundió su probable sentido original y me puse a buscar el significado de la frase. Mas, lo siento, no he podido encontrar por ningún lado uno que lo encuentre satisfactorio. Me quedo con el que yo mismo habría imaginado; a saber, que… “Nunca se sabe!”. Porque, nada garantiza que los asuntos opten por adquirir senderos o vericuetos inesperados; o, como dicen por ahí: “es que, cuando menos se espera, salta la liebre”. Aquí, el refrán tendría cierto parecido con lo que los sajones conocen como la llamada ley de Murphy, la misma que reza así: “Si algo puede ocurrir en forma desgraciada, así ha de suceder y en forma inevitable”. Sí, porque claro… “Nunca se sabe!”

Pienso, que hay también otras ocasiones, en las que uno está persuadido que ni el diablo se ha de enterar… y que uno cree que ya lleva media hora en el paraíso, antes de comprender que lo que creía que nadie más lo sabía, ya era del viejo conocimiento del mismísimo ángel de los infiernos! O, como diría por ahí, una dueña que yo conozco: “Cuando usted recién se ha ido… yo ya ando de regreso”. Es decir que… lo mismo! O, como dicen en Pichincha: “O sea que… quién sabe!”.

Hoy, por ejemplo, me había estado preparando para mi vuelo de chequeo en mi flamante aerolínea -asunto que ya merecerá una apostilla independiente-, sólo para descubrir que uno de los vuelos que había realizado, no podía contar como uno de los sectores mínimos que debía efectuar en entrenamiento… Este asunto, a más de mi preocupación, fue trasmitido a los encargados de mi acreditación en forma oportuna y conveniente. Sin embargo, solo antes de ser trasladado al aeropuerto, para realizar el vuelo, me he enterado que el esperado chequeo, solo habría de contar como un vuelo adicional de entrenamiento…! Con esto, el aforismo irlandés tendría una nueva interpretación adicional –y muy sugestiva-, la de que “uno puede haberse hasta muerto, y a nadie le preocupa, o se entera”. O, lo que siempre parece empecinarse en suceder: uno es el último en enterarse!

Nada peor en la vida que aquellas circunstancias en las que uno se involucra y no sabe, a fin de cuentas, qué es lo que va a pasar; o en que no sabe a qué atenerse, cuando intuye que lo acertado es “tratar de adivinar”; porque, lo más factible que suceda es precisamente lo inesperado. Allí es cuando uno se convierte, por arte de birlibirloque, en un especialista de la suposición, en un perito de la improvisación, en un mago de la sospecha. Y, al igual que lo que le pasaba al Julito, empieza a hacer su propia limonada con el insípido limón del “no hay mal que por bien no venga”… Ahí empieza a maldecir a todos los diablos y a sus medias horas. Y es cuando comprende el significado de la tonada de Bocelli, aquella de “Quando mancan le parole”!

Sí, porque a veces nos es que sobran, sino que faltan las palabras!

Jeddah, 9 de agosto de 2011
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06 agosto 2012

Medina, sin el Medina

Esa mañana, cuando nuestro inspector nos reunió en el patio de la escuela, habría de informarnos que ese viernes ya no tendríamos que volver a clases por la tarde. Debo haber ingresado al aula exudando mi goce y alegría; y desde luego, propiciando una bulliciosa algarabía. Lo único que recuerdo es que el profesor me conminó a seguir el resto de la hora en condición de “plantonera”, parado junto a la tarima; y dispuso que, ese mediodía habría de quedarme, junto con los demás castigados de la clase, sometido a la tortura de escribir en un cuaderno de caligrafía mi ignominiosa falta; y habría de prometer que en esa falta ya jamás insistiría… Habría de copiar diez planas invocando el mismo mandamiento!

Cuando los demás condiscípulos se hubieron retirado, en aras de iniciar el disfrute del inesperado “asueto”, los pocos castigados que debíamos expiar nuestras condenables culpas fuimos instruidos a que ocupáramos los pupitres delanteros. Junto a mí habría de sentarse un mozalbete corpulento, harto charlatán y lenguaraz, de cabellos gruesos y ensortijados -de aquellos que nunca necesitaban peinarse-, quien sufría el discrimen empecinado de sus demás compañeros. Alguien había descubierto que escondía un delito imperdonable: su modesta madre, era dueña de una recoleta y poco provista tienda de esquina…

Mientras yo seguía escribiendo cien mil veces “no he de saltar en clase después del recreo”; y mientras una pronunciada hinchazón del dedo índice -culpa del inolvidable canutero- se me iba acentuando en forma evidente, escuché los susurros de mi colega de banca que ya estaba próximo a concluir su tarea expiatoria. Quería invitarme a que fuésemos a jugar en un “solar que quedaba vecino a su casa” una vez concluida nuestra ignominiosa tarea. El gárrulo provocador obedecía al apellido de Medina; su índole cotorrera habría de servir para conseguir el permiso, que habrían de concederme en casa, cuando volví de la escuela. Este muchacho  escondía, detrás de su díscola apariencia, un corazón magnánimo y generoso; poco había que raspar en su epidermis para comprobar que en él había más lugar para la bondad que para la rebeldía.

Cuando llegamos a su casa, descubrí que casi no había realmente “una casa”. En cuanto al solar prometido… solo habría de quedar una cancha -de esas de futbol barrial- árida, polvorienta y enorme, que estaba avecinada a la prosaica realidad de un modesto dispendio de abarrotes: aquel negocio que su madre atendía con cortesía. Desde esa tarde, yo habría de ganar un amigo, perder un prejuicio y alimentar una extraña rebeldía. Años más tarde, alguien habría de comentarme que “medina” quería decir en árabe, barrio antiguo, céntrico o de negocios… Me pareció una ironía que medina quisiera decir lo que mi comunicativo compañero habría querido ocultar: un lugar pletórico en comercios y tiendas de esquina…

Hasta que… hace pocos años adquirí un lugar de vacaciones, estaba ubicado en un conjunto al que habían bautizado con un nombre árabe y mediterráneo: lo conocían también con el nombre de “La Medina”.  Sin embargo, solo ha sido hasta hace pocos días que he cumplido con un nuevo designio de la fortuna: ir por primera vez a esa ciudad sagrada para los musulmanes: la auténtica Medina.

Llego a Medina una tarde calurosa y turbulenta, los cerros ubicados al meridión producen inestabilidad en un torbellino que gira con circuitos impertinentes y demenciales. Son cerros que dibujan un paisaje yermo y extraño; podría decirse que estos se asemejan a tabernáculos telúricos, exentos de arbustos y de pastos. Cuesta creer que este fue un día el lugar para refrescar con su oasis a las tribus nómadas y para abastecer sus dromedarios. Esta es la ciudad que diera asilo a Mahoma y a sus seguidores, cuando huyeron de la Meca -la hégira-; mas, como nada está exento de acrimonia, hoy se ha convertido en una ciudad restringida, renuente a albergar a quienes no comparten las creencias de sus habitantes.

Medina es la ciudad del profeta, la segunda ciudad sagrada del Islam -después de la Meca-; es donde justamente se encuentra enterrado Mahoma. Aquí reposan: Fátima, su hija; Omar, su suegro; y, también, Abu Bakar, quien fuera el primer califa. Aquí, muchos de los monumentos históricos han sido destruidos desde el siglo pasado, siguiendo la nueva política religiosa saudita, en el afán de evitar las manifestaciones de idolatría. Medina ha sido, por tradición, el hogar de las más antiguas como hermosas mezquitas. Su nombre quiere decir ciudad o ciudadela. La palabra vendría del arameo “medinta”, de idéntica significación.

Medina está avecinada a un cerro, al igual que el lugar donde estaba ubicada la morada del compañero que hoy recuerdo. Empero, a diferencia de la ciudadela donde una vez habría de jugar con mi antiguo condiscípulo, este es un lugar de carácter esotérico y proscrito. Quizá, un lugar exótico, hermético y mágico donde el pasaporte no sirve para ingresar, y ni siquiera para venir y orar… Un lugar que me hace recordar aquello de que “nunca he de saltar en clase luego del recreo”…

Jiddah, 6 de agosto de 2012
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01 agosto 2012

En la morada de Saud

Estoy de vuelta a Arabia; he regresado diez años después. Un color ocre invade con su arenosa ubicuidad la amplitud de la geografía; y aporta, con su cromática monotonía, a que capitulemos ante esa curiosa sensación de que el tiempo se detuvo, que es la impresión que el forastero experimenta al volver… Arabia (o Arabiya, como lo pronuncian los sauditas) es una tierra de gente afluente y expresiva, que parecería que si no responde a la invitación al diálogo o ignora a su interlocutor, es porque con aquel gesto quisiera manifestar su desdén o superioridad. Esa frialdad contrasta con la actitud espontánea de la tripulación de mi vuelo desde Europa, que me ha distinguido con su amigable cordialidad.

Ya en el terminal del enorme aeropuerto de Jeddah, esa variedad de colores que la gente poco antes exhibía en su vestimenta, de pronto se ha convertido en una sorprendente e intempestiva dualidad. Los hombres visten su impoluta y blanca túnica -una suerte de sotana a la usanza religiosa-, acompañada de un pañuelo que cubre su cabeza; coronado por una aureola negra. Las mujeres, en cambio, cubren su pudorosa humanidad con un similar atuendo de color negro; y, a diferencia de los varones, ocultan los rasgos de su rostro con un velo oscuro de muselina, que les otorga un furtivo misterio y ayuda a esconder su identidad… De su cuerpo, únicamente se aprecian unos diminutos e inquietos ojos; y quizá solo, y muy ocasionalmente, un discreto, desnudo y provocativo calcañar…

Contrario a lo que pudiera presumirse, y llegadas al puesto del exigido control migratorio, ellas, las féminas, no descubren su semblante e insisten en mantener la incógnita y enigmática condición de su embozada identidad. Llegan ellas, en la mayoría de los casos, acompañadas por un mozo que las antecede; este presenta sus documentos y uno adivina que ha de tratarse de un amanuense contratado para el trámite específico de la artificiosa formalidad… En tanto, y mientras el viajero espera por la lenta comprobación de sus propios documentos, un sutil olor a cardamomo se va impregnado en el ambiente y le va otorgando a Arabia el aroma de su íntima identidad.

Durante el moroso y estoico traslado hacia mi lugar de alojamiento, agravado quizá por la tradicional celebración del ramadán, reconozco nuevamente esos sinuosos y prolongados símbolos que conforman la escritura árabe. Son trazos efectuados de derecha hacia izquierda -en contraste con sus números, que son escritos en sentido inverso-. Y, mientras soy transportado en el vehículo, dando pábulo a mi curiosidad y absorto en mis renovadas cavilaciones, reconozco los extraños guarismos que representan sus propios dígitos (‎٠‎١‎٢‎٣‎٤‎٥‎٦‎٧‎٨‎٩‎), -los llamados números arábigos orientales-, que difieren tanto de los nuestros; ya que, los que ahora utilizamos, fueron inventados por los hindúes, recogidos más tarde por los persas, y habrían de llegar a Europa en la Edad Media, montados a horcajadas en los ágiles corceles de la ironía, gracias a las invasiones de los árabes…

Se escucha por doquier un rumor sonoro que irrumpe, acomete y asedia. Luego, la impronta de aquel susurro conquista y subyuga; y entonces la extraña lengua domina y somete con sus jotas avasalladoras, cual si estas fuesen cimitarras, escalpelos o puñales. De pronto, un zumbido ocioso y perseverante se apodera del ambiente; hay en él un rezago de atonalidad, cual espontáneo impromptu, cual acordado ronroneo entre millones de aturdidos e inquietos moscardones. Es la hora establecida para la oración, la cláusula intransigente destinada para la repetida plegaria de los fieles musulmanes. Entonces ellos, solícitos, se dirigen hacia el lugar que les han asignado, para realizar sus fervorosas genuflexiones.

Es cuando el viajero respetuoso se retira; debe esperar la llegada parsimoniosa de la hora del espléndido y pródigo “iftar”, para suspender su ayuno y no despertar inútiles malestares ni, tampoco, antojadizas miradas u hostiles provocaciones…

Riyadh, primero de agosto de 2012
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