13 noviembre 2012

Las piedras contra Petraeus

Sí, ha sido indiscreto… y qué? El gran vocerío y los consecuentes comentarios que ha despertado el episodio del general Petraeus, en los días precedentes, me lleva a la delicada reflexión de por qué la gente es infiel, de por qué es que somos indiscretos y ponemos –muchas veces– en riesgo la tranquilidad y hasta la misma felicidad de nuestras familias; en por qué no somos leales y podemos poner en innecesario peligro nuestras carreras e, inclusive, nuestra propia felicidad.

Nótese que, hasta aquí, no he mencionado las palabras traición o engaño –y esto, lo he hecho con intencionalidad–. En inglés el verbo “to cheat” significa algo más que ser desleal, quiere decir engañar, embaucar o traicionar, siempre con el ánimo de causar daño o de perjudicar con alevosía. Es importante, por lo mismo, meditar si es esa la verdadera intención de quienes no son –o no somos– fieles a un código de conducta y a una reciprocidad, como la que la sociedad y, sobre todo, los principales afectados esperan de quienes se involucran; y son sorprendidos como protagonistas de estos incómodos asuntos…

Tiene la gente el afán intencional de provocar un daño con perfidia cuando pasa a formar parte de estas embarazosas situaciones? Me atrevo a contestar que no. Entonces, por qué nos arriesgamos a ser parte de estos escenarios, a sabiendas de las consecuencias, las implicaciones y los desenlaces que pueden provocar? Imagino que la respuesta está en la propia naturaleza humana. Muchos dirán que quienes conducen sus asuntos personales bajo una recta y diáfana regla de conducta no se exponen a todas las vicisitudes y secuelas que pudiese engendrar cualquier caso o “affaire” de infidelidad. Pero, quienes así critican y advierten, o dan sus sentencias con voz admonitoria, han enfrentado alguna vez una de esas situaciones que llevan a ser infiel o, si se prefiere, que nos tientan con traicionar?

Porque, si el riesgo es demasiado elevado –al igual que el precio que al final terminamos pagando–, por qué es entonces que cedemos ante el instinto y no caemos en cuenta de la sanción moral que pueden tener estas relaciones, luego de que se develan –y, eventualmente, se hacen públicas– estas indiscreciones?

Como lo hemos dejado establecido en un párrafo anterior, quizás sea parte de la naturaleza humana. Quién puede decir que no ha enfrentado, alguna vez, esta sutil y cautivadora forma de provocación? Aún a riesgo de caer en el cinismo, podríamos inferir que la tentación, no es sino una consecuencia de un juego de oportunidades. En otras palabras, sujetos a la supuesta condición onírica de un inesperado encuentro en una isla desierta, todos reaccionaríamos con idéntica moralidad? De nuevo, creo que no; porque “cada uno es cada uno”, como ahora dicen en mi tierra, porque cada cual tiene su propia e íntima individualidad.

Por qué, entonces, Petraeus y todos los demás, no avizoran con anticipación las inevitables secuelas y desastrosas consecuencias? En pocas palabras: ¿qué hace que los hombres sucumbamos con tan sorprendente facilidad a esta forma de traición? Me animo a pensar que hay en los seres humanos algo intrínseco que nos empuja hacia la inconsciente travesura, hacia una aventura de la que no siempre estamos conscientes que puede llegar a tener una dolorosa implicación. En algunos casos, puede que juegue un factor decisorio la propia inseguridad o, por lo menos, la respuesta a los llamados sibilinos que puede tener la lisonja de quienes no nos esperamos, o el súbito interés que podamos despertar… Podría tratarse, en este caso, de una cuestión de ego personal o de no saciada vanidad.

Claro que también pueden intervenir otros factores, como pueden ser auténticos o confundidos sentimientos; o situaciones personales en las que se mezclen las sensaciones de hastío, insatisfacción, o falta de reconocimiento o reciprocidad. Es posible que, debido principalmente a la rutina, uno termine por considerar la primera relación como algo consumado y definitivo, que no tiene porqué llegar a terminar. Es decir que lo damos por hecho –“take it for granted”, se dice en el inglés–; lo cierto es que llegamos a convencernos que la fidelidad es un asunto obligatorio (del otro); y no la natural consecuencia del afecto continuo y la reciprocidad.

No deja de ser curioso que Petraeus parece venir del griego “petros” y del latín “petra” que quieren decir roca o piedra. El general se ha convertido así en la “piedra de toque”, pienso yo. Y, ello implicaría además una doble advertencia: primero, que los hombres no estamos ajenos a la tentación y que no somos “de piedra”; y segundo, como dice la sentencia bíblica: “que aquel que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”… En fin, creo que se trata de la vida íntima y personal de cada uno; y que no nos corresponde –no nos puede corresponder– que, a pretexto de condenar los protocolos de conducta ajenos, o el honor y la ética que se ha acordado como norma social, nos tomemos la libertad de juzgar las decisiones –equivocadas como puedan parecernos– que tomen los demás.

Sí, ha sido infiel y qué…? Qué nos otorga autoridad para poderlo juzgar?

Casablanca, Marruecos, 13 de noviembre de 2012
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12 noviembre 2012

La politiquería, una “poquería”…

En eso es lo que ha quedado nuestro nuevo aeropuerto; en politiquería, en nada más que pura politiquería. Y luego han de venir a decir que “palo porque bogas, y palo porque no”; que antes nos habíamos opuesto a su construcción; que luego habíamos dicho que no había que movilizarlo todavía a Tababela, hasta que estuviese lista la nueva vía; y, finalmente -cuando decían que ya estaba listo- que por qué mismo no lo inauguraban… Pero todo ha ido aclarándose: todo fue pura y simple politiquería. Esa es la triste historia del aeropuerto de Quito!

Y eso es lo que va quedando como verdad desnuda. Primero se opusieron a lo que ya estaba negociado -por politiquería-, con lo que, a la larga, lo que dizque se iba a ahorrar resultó menos que lo que se terminó pagando por la postergación del proyecto. Después se trató de inaugurarlo “a trochemoche”, a sabiendas que no estaba lista la vía de acceso y que, en esas condiciones los más afectados iban a ser los pasajeros que más utilizarían ese terminal (los que vuelan entre Quito y Guayaquil); de nuevo, pura politiquería, porque se trató de utilizar el estreno del nuevo aeropuerto como impúdica muletilla electoral. Finalmente, como cayeron en cuenta del impacto negativo que iba a tener esa prematura inauguración, se optó por postergar dicho estreno; total: pura politiquería, una vez más!

En un artículo escrito por Fernando Carrión, y publicado en días pasados en el diario Hoy, se hace una referencia al nuevo terminal del aeropuerto de Bogotá. Cierto es que dicha construcción también sufrió serios cuestionamientos en su tiempo y que inclusive llegó a reconsiderarse el proyecto en medio de su propio cumplimiento; lo importante es que la capital colombiana está a punto ya de estrenar una terminal aérea -esa sí- a la altura de las más modernas en el mundo. Y, para eso, no tuvo que estar alardeando que tenía la pista más larga de América Latina o que tenía un terminal con la más avanzada tecnología de punta de toda Sudamérica -y de gran parte de Tababela-; sino que, simplemente, ejecutó lo planeado y ahora ya está a punto de ponerlo en funcionamiento.

Porque dijeron, en su momento, tanto los portavoces del nuevo proyecto, como también las autoridades municipales, que la nueva pista iba a ser la más larga de Sudamérica… lo cual, no era cierto; y, si lo era, esa era solo una verdad a medias. Es que nunca podría compararse a la pista de Quito con la de Ezeiza; si, para el ejemplo, la pista bonaerense está ubicada a nivel del mar! No hace falta, por lo mismo, que Ezeiza tenga una extensión exagerada, si con una longitud menor, las naves pueden conseguir un desempeño óptimo sin detrimento de su máxima eficiencia (esto, en cuanto al número de pasajeros y carga útil transportada).

Para que aquella comparación tenga sentido, deberían utilizarse dos conceptos técnicos fundamentales, a saber: la altura o elevación de la pista en referencia y la distancia que pueda establecerse entre ese aeródromo y el destino comercial que se tiene previsto (lo que se llama autonomía). En ese sentido, era necesario considerar a Quito como aeropuerto de altura (8.000 metros sobre el nivel del mar); y, segundo, cuál iba a ser la “real” capacidad de carga pagada (“payload”) de una pista de 4.100 metros para una aeronave que quería volar directo hacia Europa. Claro que, ya que hablamos de este punto, lo ideal hubiese sido que, una vez considerado el desempeño óptimo programado, entonces sí, se calcule la longitud mínima de pista que hubiera hecho factible ese ambicioso aspecto…

Por todo esto, creo que hacer una comparación con el aeropuerto de El Dorado o Eldorado (respecto al nombre, los colombianos no terminan por ponerse de acuerdo), era una premisa indispensable a la hora de acordar algunas de las características técnicas del nuevo aeropuerto quiteño. Esto, sin contar con el hecho geográfico que representa el que Bogotá se encuentre a una distancia, en términos de horas de vuelo, de alrededor de una hora menos con relación a Europa. Sería justo advertir que el tráfico aéreo que maneja Bogotá es casi cuatro veces mayor; pero es indudable que Quito, en su momento, podría competir por un segmento de pasajeros parecido y hasta por mercados de carga similares.

No es fácil operar desde una pista de altura, en especial en términos de rédito y rentabilidad. Estoy persuadido que quienes operan el Boeing 747 desde Bogotá a Europa lo hacen con serias restricciones. Estoy convencido que para operar con pesos que sean rentables, están obligados a realizar una continua operación que en aviación denominamos “re-despecho”, que consiste en restringir al máximo el aprovisionamiento de combustible. No de otra forma podría entenderse que, solo por esos “insignificantes” ocho mil pies de altitud, el peso máximo de despegue se penalice en casi setenta y cinco toneladas! Por ello, para estas rutas, este dócil avioncito está en capacidad de utilizar solo la mitad de sus asientos…

Pero ya es un poco tarde… Ya optamos por una pista de solo cuatro kilómetros y por un terminal de tipo regional, sin aparcamientos cubiertos, con solo siete mangas de embarque (la de Bogotá tendría 52, según Carrión); y todo esto, por politiquería, por pura politiquería!

Qué pena! Una verdadera “poquería” habría dicho, de niño, mi hijo Felipe…

Surabaya, 10 de noviembre de 2012
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09 noviembre 2012

A los cien, a los cien!

En ocasiones recuerdo con nostalgia al único colegio donde yo estudié. Fue el mismo donde mi madre quiso que fuera a educarme. Quiso también la fortuna que ahí, en sus acogedoras e inolvidables aulas, transcurriesen los doce años que duró toda mi vida de estudiante. Sus paredes, su estructura física, siguen todavía incólumes aunque, a ese centro de formación que ahora ahí funciona -en la calle Caldas-, ya le hayan cambiado de nombre. Cuando rememoro los episodios y las incidencias que viví allí, un sentimiento que no está exento de desconsuelo me hace lamentar que “el colegio” -como con familiaridad lo llamábamos- no supo mantener ni el prestigio ni la exclusividad intelectual y cultural que formaron parte de su sello, de su tradición, de lo que fue su compromiso formidable.

Me pregunto: ¿qué fue lo que generó tan inesperada y rápida declinación?, ¿qué lo que produjo tan dramático deterioro? Y lo único que yo mismo puedo insinuar es que todo aquello sucedió, a su vez, como consecuencia del desgaste, la mengua y el quebranto del nivel de preparación de los principales directivos de ese querido centro de enseñanza. Solo así puedo intentar un diagnóstico del súbito menoscabo que sufrieron tanto el prestigio como la reputación que La Salle había tenido por su participación en la formación de importantes generaciones.

Si en algo se destacó el colegio fue, además, en las competencias intercolegiales con carácter deportivo. Y entre esas disciplinas, ninguna nos debe haber proporcionado más satisfacción, a directivos y alumnos en general, que los exitosos resultados que de manera consecutiva obtenían aquellas, nuestras destacadas selecciones en los campeonatos de baloncesto. No dejaba de ser frecuente, en esos años, el tener que acompañar al coliseo a los conjuntos que representaban con orgullo a nuestro establecimiento, a aquellas tan destacadas delegaciones; solo para ser testigos, una vez más, de los abultados triunfos con que daban cuenta, encuentro tras encuentro, de sus esforzados rivales.

Ahí, en medio de aquel vocerío, al socaire de la bravura de esa barra que estimulaba con pasión y atrevimiento, no era infrecuente que las cifras de los puntos conseguidos, en las canastas del equipo contendor, llegasen a guarismos exagerados. La parroquia entonces se insuflaba de brío y renovada energía; y con un estribillo irreverente, la barra incordiaba a quienes apoyaban a los equipos antagónicos y así, y en forma enfervorizada, repetía: “¡A los cien, a los cien!”

Intuyo que un cierto toque de aquel impulso lúdico y avaricioso me ha quedado de rezago, como cuando en ocasiones acudo al gimnasio y trato de cumplir algún determinado objetivo; entonces un recóndito ánimo me impulsa con su aliento, y me impele hacia nuevas metas, cada vez más altas, cada vez de mayor esfuerzo…

Me pregunto, de otra parte, si esa ilusión que todavía siento al registrar en mi bitácora mis últimas y más frescas horas de vuelo; al transcribir con la mejor caligrafía y con el más cuidadoso escrúpulo esos mudos guarismos que reflejan mi actividad -y mi todavía modesta experiencia-, no tendrán que ver, a la hora de sumar, hacer auditoría y completar tales cómputos, con ese mismo espíritu del que nos contagiábamos en el viejo coliseo, con ese mismo aliento novelero que nos impulsaba con su entrañable arresto…

Y resuelvo que sí, que ese pequeño librito es como la preciada caja de caudales que encierra el testimonio de nuestros logros y frustraciones; el de nuestros itinerantes periplos y el de nuestros no siempre recompensados esfuerzos… Y que, a pesar de ello… ahí seguimos, porque sabemos que, desde el graderío, la parroquia todavía nos impulsa con su aliento y que una voz misteriosa nos sigue empujando desde muy adentro. Es una voz callada que va diciendo: “¡A los cien, a los cien!”…

Jeddah, 9 de noviembre de 2012
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08 noviembre 2012

La vieja faz de la nueva Fez

Llego a Fez con los primeros rayos de la madrugada. La torre de control nos ha autorizado a efectuar una interceptación anticipada del sistema de aterrizaje por instrumentos y a realizar una aproximación abreviada (espero que mis lectores no olviden que no soy un “escribidor” al que le gusta volar aviones, sino solo un humilde aviador quien gusta de escribir de vez en cuando). La carta aeronáutica del aeródromo de Saiss dice que se trata de una sola pista angosta, carente de una calle paralela de rodaje. Nos preparamos, pues, para efectuar un aterrizaje inédito en nuestro cuaderno de bitácora; y anticipamos que habrá que realizar, como en los viejos tiempos, una maniobra de ciento ochenta grados en la misma pista para regresar desde la cabecera contraria.

Una vez en el terminal aéreo, descubro que su incipiente tamaño no ha estado preparado para la llegada simultánea de las dos únicas naves que aquí han aterrizado; ellas transportaban de regreso a un millar de peregrinos que han ido a la Meca, la “tierra santa” de los creyentes musulmanes. Todos los pasajeros parecen preocupados de cuidar su tesoro personal: los dos galones de agua santa que les han entregado como ración, luego de su visita de peregrinaje… Hay en el terminal  una confusa congestión y una gran algarabía. Daría la impresión que nada consigue atender con prontitud y eficiencia a los recién llegados.

Cuando ya logro satisfacer los trámites de inmigración y aduana, descubro con sorpresa que la diminuta sala de espera se encuentra casi desierta; intuyo que debido a la distancia a la ciudad y la incómoda hora de llegada, no han venido los familiares a dar la bienvenida a los peregrinos que han estado ausentes. Pero, me basta con salir del edificio para reconocer mi falsa apreciación: es que se han tomado medidas de precaución y las autoridades han acordonado el aeropuerto para evitar las posibles aglomeraciones. Miles de personas esperan con impaciencia y ansiosa curiosidad la llegada de los piadosos viajantes.

Yo también trato de absorber mis primeras impresiones con ilusión. Marruecos es un reino berebere que siempre me cautivó por su identidad y por la magia de sus contrastes. Espero con ansiedad la experiencia de adentrarme en el corazón de la segunda ciudad marroquí; una que en su tiempo -entre los siglos XII y XIII- estuvo considerada como la urbe más poblada del mundo, cuando ya proclamaba la insólita condición -para su época- de contar con doscientos mil habitantes! Fez es una ciudad poseedora de un nombre milenario, en cuya amurallada y laberíntica “medina” todavía se yergue el más antiguo centro de conocimiento que existe en la humanidad: una “madrasa” (seminario y universidad) que no ha dejado de funcionar por doce siglos consecutivos!

Hoy Fez bordea el millón de habitantes; si Casablanca es reconocida como el centro económico de Marruecos y si Rabat es -de hecho- su capital política, los leales moradores de Fez consideran a su ciudad el centro de la cultura y de la religiosidad marroquíes. Ellos son orgullosos, además, de pertenecer a una ciudad declarada “Patrimonio Cultural de la Humanidad”, que puede hacer alarde de poseer una “medina”, o ciudadela carente de automotores, reconocida en la actualidad como la más grande del mundo.

La visita a esa antigua medina y la posterior exploración de la llamada “Meca del Oeste” o “Atenas del África” no satisfacen, sin embargo, la expectativa creada. Los estrechos meandros callejeros y su centenaria y artesanal actividad no reflejan, por sí mismos, una riqueza debidamente preservada; hay una pátina de penuria, una huella de abandono, un cierto olor que denuncia, un callado rumor que advierte… Es un aire que rubrica la miseria, que se cuela por las paredes, que se aferra a las estrechas callejuelas y que está presente por todas partes. Más que un santuario cultural, la medina de Fez es un lamentable memorial, un turbio y enmarañado monumento a la indigencia.

Se hace difícil entender cómo pudo esta ciudadela albergar en su tiempo la cota más alta de la tradición de una cultura que supo fusionar, en travieso maridaje, lo mejor de lo andaluz y lo almohade.

Fez, Marruecos, 6 de Noviembre de 2012
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06 noviembre 2012

Algo pasa la víspera de finados

Con un título un tanto parecido -“Algo sucede los primeros de noviembre”-, mi buen amigo y compañero de generación, el Pajarito Febres Cordero, encabezonó alguna vez una crónica en la que se refería a mi perfil personal y comentaba acerca de mi actividad como piloto profesional. Esto sucedió luego de una corta entrevista que él me hiciera hace ya veinticinco años. Le había parecido una sorprendente coincidencia que en dicha fecha, no solo celebre mi onomástico; sino además, mi aniversario de matrimonio, el estreno de lo que fue mi primera casa y mi ingreso a la difunta Ecuatoriana de Aviación. Todo en un mismo día!

Decía uno de mis hermanos que las navidades le traían recuerdos tristes; creo que yo podría decir lo mismo con respecto a la celebración de mi cumpleaños. Y es que este acaece el primer día de un feriado que dura tres; celebración que es conocida en los pueblos de herencia hispánica como “finados”. En Ecuador este feriado se complementa, en su último día, con la celebración de la fundación de Cuenca. Pero sucede, además, que esa misma fecha, el primero de noviembre, está designada como día de Todos los Santos, o de “Todos Santos”; lo que quiere decir, en cierto modo, que no me pertenece una celebración exclusiva (pues es, en realidad, fiesta de “todos los demás”).

Finados resultó, por otra parte, un feriado aciago en los días de mi niñez. Mi madre había acudido a casa de mi abuela a colaborar en la elaboración de las tradicionales “guaguas” de pan. Ella se encontraba, en esos mismos días, dando cumplimiento a las semanas finales de uno más de sus embarazos. Pudiera ser que se habría acercado demasiado al horno y dejado que su estado se viera afectado por la temperatura. Pocos días después empezaría a sentirse cada vez más mal y habría sido ya muy tarde cuando, en la intención de que salvara su gestación, fue llevada con urgencia a la maternidad. Algo insólito y trágico habría de sucederle mientras le atendían… Y desde aquel triste día, la sola mención del mes de noviembre evocaba en mí algo fatídico y siniestro, algo ominoso y trágico.

Hay niños que nunca fueron a un cementerio durante sus años infantiles. Yo me alegro por ello, porque -en un mundo ideal- así mismo debería ser. Pero existen niños a quienes les acompañó la desgracia desde cuando fueron pequeños y debieron efectuar frecuentes visitas a esos lúgubres camposantos donde habían llevado a enterrar a sus padres… Ese fue justamente mi caso; y por ello, durante mis primeros años de orfandad, debí acompañar a mi desconsolada abuela, al recoleto cementerio de San Diego, para allí, con religiosa puntualidad, mantener siempre frescas las flores que semanalmente llevábamos a mi madre.

Fue en noviembre también que quince años más tarde y por esas lamentables coincidencias con que a veces nos sorprende la fortuna -la mala fortuna, esto es-, me llamaron un sábado por la tarde para darme la dolorosa noticia de la muerte de mi padre. Por todo ello, noviembre fue siempre para mí un mes para olvidar, un mes para tratar de que el tiempo pasase raudo y abreviado. Noviembre se convirtió así en un mes de aires agoreros, sin celebraciones ni razones para la alegría; un mes para ofrecer reverencia a mis propios muertos, un mes sombrío que parecía invitar a sentirse apesadumbrado…

Nada tan triste, sin embargo, como la antigua costumbre que antes tuvimos de vestir duelo por todo un año consecutivo. Más triste, cuando a ese régimen se nos sometía a quienes todavía éramos niños pequeños. Recuerdo que siendo muy tierno todavía, tuve que vestir de luto, al igual que mis demás hermanos. Ese fue un luto estricto, magra costumbre que la debimos sobrellevar por casi todo un año. Pero si aquello se habría de convertir en un triste e incomprensible recuerdo, nada me pareció más inapropiado, en esos tiempos de escuela, que el conformar aquellas contradictorias comisiones de condolencia que tuvimos que integrar cada vez que fallecía uno de los padres de nuestros propios compañeros.

Solo en los años de primaria tuve que conformar una media docena de aquellas infames comisiones. Debe haber sido solo un capricho del destino; pero, si por algo se destacó mi promoción, fue precisamente por esa inusitada cantidad de huérfanos que tuvimos en nuestra clase. A fe mía que en ello nos destacábamos con un récord lamentable. Muchas veces, tales gestiones para acompañar a nuestros condiscípulos, las efectuábamos a horas inadecuadas y tardías. En medio de esos dramas, comprobábamos con sorpresa cómo estas ocasiones para la congoja se transformaban en sesiones destinadas a contar chistes absurdos, mientras la parentela tomaba el canelazo de rigor y “ayudaba a pasar la noche”…

La orfandad es algo brutal y paradójico. Lo que nunca pude comprender es porqué, si orfandad es una voz que viene de huérfano, ha de ser una palabra que tenemos que escribirla -a su vez- huérfana de hache… Mi querido hermano Adrián solía repetir aquello de que “nadie muere la víspera”; esa era una de sus frases preferidas. Yo me he ido convenciendo que no necesariamente es así; pues estoy persuadido que, no importa cuándo la muerte nos llegue o cómo nos sorprenda, casi siempre nos morimos la víspera, ya que ella nos llega por lo general cuando no estábamos preparados, cuando menos lo esperábamos…

Fez - Marruecos, noviembre 5 de 2012
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01 noviembre 2012

Tras las huellas de Amelia

Calza unos tacones discretos que no logran disimular su tamaño. Es menuda y pequeñita. Hay algo de brioso en el ritmo de su forma de caminar que rubrica su sentido de propósito. No trasunta ansiedad, ni tampoco denuncia un fugaz e inelegante apresuramiento. En el contraste de su magro uniforme, el llamativo resplandor de sus rubios cabellos suscita una curiosidad que resulta provocativa y obscena; y contestataria, aunque carente de drama. No cubre sus hebras a la usanza árabe, como está obligada por la tradición; prefiere esconder sus trenzas dentro de la abultada gorra que identifica su ministerio y completa su apostura. Hay en ella un altivo donaire; una pincelada de misterio exenta de arrogancia.

Saluda con sus demás colegas sin afectación; hay en ella una actitud espontánea. Porta consigo el conspicuo cartapacio que contiene los documentos de su inminente viaje. Se sienta a mi costado y me averigua si conozco al comandante, al titular de aquel nombre impronunciable… Sonrío y le respondo que sí, que lo conozco y que, además, muy íntimamente; y que justo, aquella misma mañana, lo había observado con insistencia, cerca de mí, frente al espejo… Entonces se presenta con ese su nombre griego que consolida la imagen de luminosidad que sugiere su rostro juvenil e inquisitivo. Mi nombre es Alina, me dice, y se presenta con talante respetuoso. Es mi ocasional copiloto…

Ella es parte, es una más, de ese colectivo cada vez más generoso que ha querido regalarnos la modernidad: la de los pilotos femeninos, la de las mujeres aviadoras. En un mundo profesional que por hábito y raigambre estuvo siempre reservado a los varones, la fresca, inusitada -y cada vez más frecuente- presencia de la mujer, ha venido a aportar ese lozano toque de glamour que quizá se había empezado a difuminar, y que antes había caracterizado con vigor a la estirpe de los aviadores. Hoy las encontramos, cada vez con más asiduidad, en plataformas y terminales, orgullosas de sus uniformes, exhibiendo aquellas doradas barras que simbolizan su compartida autoridad, proclamando la promesa -cuando no el desafío- de que han de respaldar con bizarría sus encumbradas credenciales.

Una vez en el avión, cumple sus obligaciones con premura y eficiencia, no pide ni espera un tratamiento especial por su condición femenina. Actúa como lo que ella misma se considera: un aviador que conoce sus tareas, que sabe cumplir su rol y que está preparado para las exigencias que demandan sus procedimientos. Sabe que el oficio ya no está signado por los riesgos y el espíritu temerario que identificaron a los albores de la actividad aeronáutica; que el concepto moderno de la profesión demanda una profunda y meticulosa preparación, enorme disciplina, y el desarrollo de nuevas destrezas como la comunicación, el continuo apoyo mutuo, el mejor uso de los recursos asignados…

Se trata de aquella permanente búsqueda de la excelencia que se define con un término que talvez para ella suene discriminatorio, y que no tiene traducción: “airmanship”, una forma sobresaliente de la maestría aeronáutica. Hoy existen mujeres pilotos en las principales aerolíneas del mundo. De hecho, hoy se las encuentra por doquier; y no es extraño encontrarse con tripulaciones completas que están conformadas exclusivamente por mujeres aviadoras. En ellas, los varones están totalmente ausentes y ya no son imprescindibles, como lo fueron en el pasado, para la realización de todas aquellas delicadas actividades.

Es la herencia y el linaje de la inolvidable Amelia Earhart, la heroína americana que fuera la primera en cruzar sola el Océano Atlántico y que más tarde habría de desaparecer tratando de intentar la misma hazaña en el Pacífico. Ellas, al igual que Amelia, dejan a su paso una diáfana estela de desempeño escrupuloso, de responsabilidad y de exactitud. Están persuadidas del esfuerzo y del esmero cuidadoso que requiere su romántico quehacer. Pero saben, por sobre todo, que en sus manos no está solo la ilusión que tienen de volar como las aves; sino, ante todo, las preciosas vidas que nos han encomendado a los modernos aviadores…

Arabia, primero de noviembre de 2012
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