15 noviembre 2012

De correcaminos a destajista

Comenta con frecuencia uno de mis compadres que yo, cuando era muchacho, había sido un delantero rapidísimo. Creo que él lo dice por magnanimidad; o, en modo probable, para no tener que referirse a lo que fueron mis escasas habilidades futboleras. Lo que sí debo reconocer es que en esos años, como ya antes me había sucedido en los recreos de la escuela, solía ubicarme con felicidad donde no había más que empujar la pelota “hacia el fondo de los piolines”; o sea que, si no supe destacarme por mi habilidad, mi sentido de predador casi siempre me hizo situar en el lugar donde mi equipo más me necesitaba…

Empero, aquello de mi supuesta velocidad, parece que no obedece solo a los generosos impulsos ocasionales de mi bondadoso amigo; algo de cierto ha de haber en el comentario, pues en los tiempos en que trabajé para Texaco, en el campamento petrolero de Lago Agrio -donde se jugaba todas las tardes, llueve, truene o relampaguee-, me endilgaron los primeros sobrenombres de que tengo noticia. Uno de ellos era precisamente “Scalise”, en referencia a un escurridizo “media punta” argentino que fuera contratado para un par de temporadas por la Liga de Quito. Pero el que más caló “en el corazón de la hinchada” fue aquel que se hizo famoso, y que hacía alusión a mi profesión: me apodaron “Che gaviota”.

Yo tengo, sin embargo, la secreta sospecha que hubo otro remoquete que me endilgaban; pero que no me lo decían para no ocasionar mi reacción enojadiza. Pues tengo el barrunto que los chuscos me habían bautizado con el nombre de un personaje de los dibujos animados y que me decían “Correcaminos”… Por eso, desde un buen día me propuse investigarle a ese ubicuo personaje y averiguar la razón para que anduviera raudo cual saeta por todos los senderos y caminos.

Este héroe de historieta tenía por razón de vivir la de importunar, con artera y aleve premeditación, a su contraparte: un jactancioso coyote de espíritu novelero que hacía frecuente alarde de contar con los más probados artilugios, con las más caras, exclusivas y efectivas herramientas; solo para comprobar que sus ingeniosos artefactos no funcionaban en el momento esperado y en la forma debida. Era, el coyote, el verdadero epítome del petimetre, del individuo que se precia de poseer las mejores marcas y que ostenta con sus pertenencias. Todos los trastos y armatostes que adquiría lucían un nombre tomado del griego y que los identificaba con el apogeo, el pináculo o la cresta: la palabra ACME.

Así era como los explosivos ACME del coyote no funcionaban cuando este se proponía, y terminaban siempre reventando en sus narices. ACME había sido por siempre una marca que, haciendo honor a su etimología, representaba el ápice y la cumbre, la culminación y el clímax. Pero, ACME también era la leyenda escrita en los letreros, que el Correcaminos colocaba en los senderos -a manera de señal de ruta-, para confundir a su obstinada víctima… Luego se habría de conocer con este nombre a las empresas que hacían “de todo y para todo”, porque justamente y de acuerdo con las siglas de su acrónimo, se encargaban de elaborar todo tipo de productos (A Company that Makes Everything).

Fue mucho más tarde que habría de enterarme que ACME se pronunciaba “acmi” y habría de llamarme la atención que existía una empresa islandesa de aviación -que luego terminaría contratándome- que se dedicaba, en forma primordial, a un tipo de actividad conocido en la industria con las siglas ACMI. Solo que, esta vez, el acrónimo significaba algo distinto a zenit o cresta, o a los productos que representaban la debilidad del incorregible coyote. Se pronunciaba “ei-si-em-ai” (por su deletreo en inglés) y quería decir una forma de alquiler aeronáutico que proporcionaba aviones, tripulaciones, mantenimiento y reaseguro (aircraft, crew, maintenace and insurance). Una modalidad conocida también como “Wet Lease”.

En función de las características de su actividad, las empresas que proporcionan ACMI no requieren de sus pilotos en forma continua y permanente; les otorgan una cierta libertad debido a la versatilidad de sus operaciones. Bien pudiera decirse que sus aviadores trabajan “a destajo” o por tarea. Ellos, a diferencia del testarudo coyote, no se topan con sorpresas, ni se les revientan los explosivos cuando menos se lo esperan. Disponen de bastante tiempo libre, en el que literalmente tienen que “aprender a hacer de todo”; o deben, simplemente, disfrutar y tratar de sentirse “en la cima”… Verdaderamente, la cresta!

Jeddah, noviembre 16 de 2012
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El “bisht” o smoking árabe

Hay una prenda árabe que constituye el emblema mismo de la elegancia; me cautivó desde que la vi por primera vez y por un tiempo pensé que estaba reservada solo a los monarcas y a las altas autoridades. Se trata del llamado “bisht” saudita, que no está precisamente reservado a la realeza, aunque su uso sirva para exaltar eventos especiales e importantes  celebraciones. La siguiente es una traducción mía de un artículo perteneciente a Rima Al-Mukhtar, que fuera publicado en días pasados en el matutino Arab News:

“El ‘bisht’ es una larga capa árabe tradicional que los hombres visten sobre sus túnicas. La capa está usualmente hecha de lana y sus colores pueden ir desde el blanco, el beige y el crema hasta los tonos oscuros del marrón, el gris y el negro. La palabra ‘bisht’ viene del persa, quiere decir ‘para llevarlo sobre la espalda’. Originalmente el ‘bisht’ fue usado en el invierno por los beduinos. Actualmente solo se lo utiliza en ocasiones especiales como en bodas, festivales, graduaciones y durante los ‘Eid’ (festividades religiosas).

La prenda ha constituido la opción de uso formal escogida por estadistas, autoridades religiosas e individuos de alto rango en las naciones del Golfo Pérsico, Irak y los países ubicados al norte de Arabia Saudita. Esta capa suelta tradicional está destinada a distinguir a quienes la usan. La gente comenta que ningún ropaje puede proveer la distinción que otorga un ‘bisht’ elaborado a mano. Es por ello que el arte de su confección es una destreza que pasa de generación en generación. Abu Salem, un sastre saudita de Al-Ahsa comenta: ‘Los ‘bishts’ fueron primero elaborados en Persia. Los sauditas se familiarizaron con ellos cuando los vendedores vinieron a Arabia para sus peregrinaciones’.

Al-Ahsa, en la provincia Oriental, ha sido cuna de los más destacados sastres de ‘bishts’ por más de doscientos años y es la principal productora en las naciones del Golfo desde 1940. Algunas familias de Al-Ahsa heredan las habilidades de sus antepasados y continúan elaborando con el nombre que distingue a sus familias. Hay tres tipos de bordado que se utiliza para la confección del ‘bisht’; y estos son: puntada de oro, de plata y de seda. El borde es llamado ‘zari’ y los bordes de oro y plata son los más utilizados. ‘La capa negra con costura de oro es la preferida; le siguen la crema y la blanca’, comenta Salem.

‘A principios de los noventa, nuevos colores se introdujeron en el mercado. El azul, el gris y el marrón son ahora preferidos por las generaciones jóvenes. En tanto que los mayores siguen apegados a los negros, los marrones y los cremas tradicionales’.

Los precios varían desde veinte dólares para arriba, hasta llegar a los cinco mil, dependiendo del material, el tipo de pespunte, el color y el estilo. El más costoso, el ‘bisht’ Real, es fabricado especialmente para los príncipes, los magistrados importantes y la gente acaudalada. ‘Esta gente generalmente escoge el negro, el  color miel, el beige y el crema para sus capas’, dice Abu Salem, que es también uno de los diseñadores más destacados. ‘Siempre se los hace a mano y se utilizan hilos de oro o de plata, y a veces una combinación de ambos’, añade.

El diseñador comenta: ‘Hay dos clases de zari: la genuina que es hecha de hebra de seda o de algodón y la imitación, en la que el hilo se recubre con alambre de cobre electro-plateado’. Cada sastre tiene su estilo particular de diseño de zari. Existen tres tipos de diseño de ‘bisht’: el primero es hecho a mano con bordado de zari genuino, patrones tradicionales y el estilo es recto y flojo. Un segundo tiene un bordado de seda en el borde de la tela. El tercero es una variación del primero, aunque es más ajustado y tiene bordado de zari dorado en tela especial.

Hasta la invención de la máquina de coser, el ‘bisht’ original se hacía solo a mano. ‘En estos días la mayoría se cose a máquina, pero algunas personas prefieren el hecho a mano por sus mejores acabados’. Dice Salem que confeccionar un ‘bisht’ tipo ‘Hasawi’ es un arte que requiere destreza y precisión. El bordado dorado requiere paciencia pues toma muchas horas. La duración de tiempo depende del estilo y del diseño. Esta confección puede tomar de ochenta a ciento veinte horas y exige hasta cuatro sastres, cada cual con una tarea específica’.

La capa ‘Hasawi’, un ‘bisht’ especial de Al-Ahsa, es la más costosa; utiliza pelo de camello o de llama, o también lana de chivo con un bordado de oro en el cuello y en las mangas. La capa tiene dos mangas, pero cuando se la utiliza, siguiendo la tradición, se introduce solo un brazo en una de las mangas, con el otro lado de la capa envolviendo el hombro del otro costado y cubriéndolo en forma suelta”.

Jeddah, 15 de noviembre de 2012
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13 noviembre 2012

Las piedras contra Petraeus

Sí, ha sido indiscreto… y qué? El gran vocerío y los consecuentes comentarios que ha despertado el episodio del general Petraeus, en los días precedentes, me lleva a la delicada reflexión de por qué la gente es infiel, de por qué es que somos indiscretos y ponemos –muchas veces– en riesgo la tranquilidad y hasta la misma felicidad de nuestras familias; en por qué no somos leales y podemos poner en innecesario peligro nuestras carreras e, inclusive, nuestra propia felicidad.

Nótese que, hasta aquí, no he mencionado las palabras traición o engaño –y esto, lo he hecho con intencionalidad–. En inglés el verbo “to cheat” significa algo más que ser desleal, quiere decir engañar, embaucar o traicionar, siempre con el ánimo de causar daño o de perjudicar con alevosía. Es importante, por lo mismo, meditar si es esa la verdadera intención de quienes no son –o no somos– fieles a un código de conducta y a una reciprocidad, como la que la sociedad y, sobre todo, los principales afectados esperan de quienes se involucran; y son sorprendidos como protagonistas de estos incómodos asuntos…

Tiene la gente el afán intencional de provocar un daño con perfidia cuando pasa a formar parte de estas embarazosas situaciones? Me atrevo a contestar que no. Entonces, por qué nos arriesgamos a ser parte de estos escenarios, a sabiendas de las consecuencias, las implicaciones y los desenlaces que pueden provocar? Imagino que la respuesta está en la propia naturaleza humana. Muchos dirán que quienes conducen sus asuntos personales bajo una recta y diáfana regla de conducta no se exponen a todas las vicisitudes y secuelas que pudiese engendrar cualquier caso o “affaire” de infidelidad. Pero, quienes así critican y advierten, o dan sus sentencias con voz admonitoria, han enfrentado alguna vez una de esas situaciones que llevan a ser infiel o, si se prefiere, que nos tientan con traicionar?

Porque, si el riesgo es demasiado elevado –al igual que el precio que al final terminamos pagando–, por qué es entonces que cedemos ante el instinto y no caemos en cuenta de la sanción moral que pueden tener estas relaciones, luego de que se develan –y, eventualmente, se hacen públicas– estas indiscreciones?

Como lo hemos dejado establecido en un párrafo anterior, quizás sea parte de la naturaleza humana. Quién puede decir que no ha enfrentado, alguna vez, esta sutil y cautivadora forma de provocación? Aún a riesgo de caer en el cinismo, podríamos inferir que la tentación, no es sino una consecuencia de un juego de oportunidades. En otras palabras, sujetos a la supuesta condición onírica de un inesperado encuentro en una isla desierta, todos reaccionaríamos con idéntica moralidad? De nuevo, creo que no; porque “cada uno es cada uno”, como ahora dicen en mi tierra, porque cada cual tiene su propia e íntima individualidad.

Por qué, entonces, Petraeus y todos los demás, no avizoran con anticipación las inevitables secuelas y desastrosas consecuencias? En pocas palabras: ¿qué hace que los hombres sucumbamos con tan sorprendente facilidad a esta forma de traición? Me animo a pensar que hay en los seres humanos algo intrínseco que nos empuja hacia la inconsciente travesura, hacia una aventura de la que no siempre estamos conscientes que puede llegar a tener una dolorosa implicación. En algunos casos, puede que juegue un factor decisorio la propia inseguridad o, por lo menos, la respuesta a los llamados sibilinos que puede tener la lisonja de quienes no nos esperamos, o el súbito interés que podamos despertar… Podría tratarse, en este caso, de una cuestión de ego personal o de no saciada vanidad.

Claro que también pueden intervenir otros factores, como pueden ser auténticos o confundidos sentimientos; o situaciones personales en las que se mezclen las sensaciones de hastío, insatisfacción, o falta de reconocimiento o reciprocidad. Es posible que, debido principalmente a la rutina, uno termine por considerar la primera relación como algo consumado y definitivo, que no tiene porqué llegar a terminar. Es decir que lo damos por hecho –“take it for granted”, se dice en el inglés–; lo cierto es que llegamos a convencernos que la fidelidad es un asunto obligatorio (del otro); y no la natural consecuencia del afecto continuo y la reciprocidad.

No deja de ser curioso que Petraeus parece venir del griego “petros” y del latín “petra” que quieren decir roca o piedra. El general se ha convertido así en la “piedra de toque”, pienso yo. Y, ello implicaría además una doble advertencia: primero, que los hombres no estamos ajenos a la tentación y que no somos “de piedra”; y segundo, como dice la sentencia bíblica: “que aquel que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”… En fin, creo que se trata de la vida íntima y personal de cada uno; y que no nos corresponde –no nos puede corresponder– que, a pretexto de condenar los protocolos de conducta ajenos, o el honor y la ética que se ha acordado como norma social, nos tomemos la libertad de juzgar las decisiones –equivocadas como puedan parecernos– que tomen los demás.

Sí, ha sido infiel y qué…? Qué nos otorga autoridad para poderlo juzgar?

Casablanca, Marruecos, 13 de noviembre de 2012
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12 noviembre 2012

La politiquería, una “poquería”…

En eso es lo que ha quedado nuestro nuevo aeropuerto; en politiquería, en nada más que pura politiquería. Y luego han de venir a decir que “palo porque bogas, y palo porque no”; que antes nos habíamos opuesto a su construcción; que luego habíamos dicho que no había que movilizarlo todavía a Tababela, hasta que estuviese lista la nueva vía; y, finalmente -cuando decían que ya estaba listo- que por qué mismo no lo inauguraban… Pero todo ha ido aclarándose: todo fue pura y simple politiquería. Esa es la triste historia del aeropuerto de Quito!

Y eso es lo que va quedando como verdad desnuda. Primero se opusieron a lo que ya estaba negociado -por politiquería-, con lo que, a la larga, lo que dizque se iba a ahorrar resultó menos que lo que se terminó pagando por la postergación del proyecto. Después se trató de inaugurarlo “a trochemoche”, a sabiendas que no estaba lista la vía de acceso y que, en esas condiciones los más afectados iban a ser los pasajeros que más utilizarían ese terminal (los que vuelan entre Quito y Guayaquil); de nuevo, pura politiquería, porque se trató de utilizar el estreno del nuevo aeropuerto como impúdica muletilla electoral. Finalmente, como cayeron en cuenta del impacto negativo que iba a tener esa prematura inauguración, se optó por postergar dicho estreno; total: pura politiquería, una vez más!

En un artículo escrito por Fernando Carrión, y publicado en días pasados en el diario Hoy, se hace una referencia al nuevo terminal del aeropuerto de Bogotá. Cierto es que dicha construcción también sufrió serios cuestionamientos en su tiempo y que inclusive llegó a reconsiderarse el proyecto en medio de su propio cumplimiento; lo importante es que la capital colombiana está a punto ya de estrenar una terminal aérea -esa sí- a la altura de las más modernas en el mundo. Y, para eso, no tuvo que estar alardeando que tenía la pista más larga de América Latina o que tenía un terminal con la más avanzada tecnología de punta de toda Sudamérica -y de gran parte de Tababela-; sino que, simplemente, ejecutó lo planeado y ahora ya está a punto de ponerlo en funcionamiento.

Porque dijeron, en su momento, tanto los portavoces del nuevo proyecto, como también las autoridades municipales, que la nueva pista iba a ser la más larga de Sudamérica… lo cual, no era cierto; y, si lo era, esa era solo una verdad a medias. Es que nunca podría compararse a la pista de Quito con la de Ezeiza; si, para el ejemplo, la pista bonaerense está ubicada a nivel del mar! No hace falta, por lo mismo, que Ezeiza tenga una extensión exagerada, si con una longitud menor, las naves pueden conseguir un desempeño óptimo sin detrimento de su máxima eficiencia (esto, en cuanto al número de pasajeros y carga útil transportada).

Para que aquella comparación tenga sentido, deberían utilizarse dos conceptos técnicos fundamentales, a saber: la altura o elevación de la pista en referencia y la distancia que pueda establecerse entre ese aeródromo y el destino comercial que se tiene previsto (lo que se llama autonomía). En ese sentido, era necesario considerar a Quito como aeropuerto de altura (8.000 metros sobre el nivel del mar); y, segundo, cuál iba a ser la “real” capacidad de carga pagada (“payload”) de una pista de 4.100 metros para una aeronave que quería volar directo hacia Europa. Claro que, ya que hablamos de este punto, lo ideal hubiese sido que, una vez considerado el desempeño óptimo programado, entonces sí, se calcule la longitud mínima de pista que hubiera hecho factible ese ambicioso aspecto…

Por todo esto, creo que hacer una comparación con el aeropuerto de El Dorado o Eldorado (respecto al nombre, los colombianos no terminan por ponerse de acuerdo), era una premisa indispensable a la hora de acordar algunas de las características técnicas del nuevo aeropuerto quiteño. Esto, sin contar con el hecho geográfico que representa el que Bogotá se encuentre a una distancia, en términos de horas de vuelo, de alrededor de una hora menos con relación a Europa. Sería justo advertir que el tráfico aéreo que maneja Bogotá es casi cuatro veces mayor; pero es indudable que Quito, en su momento, podría competir por un segmento de pasajeros parecido y hasta por mercados de carga similares.

No es fácil operar desde una pista de altura, en especial en términos de rédito y rentabilidad. Estoy persuadido que quienes operan el Boeing 747 desde Bogotá a Europa lo hacen con serias restricciones. Estoy convencido que para operar con pesos que sean rentables, están obligados a realizar una continua operación que en aviación denominamos “re-despecho”, que consiste en restringir al máximo el aprovisionamiento de combustible. No de otra forma podría entenderse que, solo por esos “insignificantes” ocho mil pies de altitud, el peso máximo de despegue se penalice en casi setenta y cinco toneladas! Por ello, para estas rutas, este dócil avioncito está en capacidad de utilizar solo la mitad de sus asientos…

Pero ya es un poco tarde… Ya optamos por una pista de solo cuatro kilómetros y por un terminal de tipo regional, sin aparcamientos cubiertos, con solo siete mangas de embarque (la de Bogotá tendría 52, según Carrión); y todo esto, por politiquería, por pura politiquería!

Qué pena! Una verdadera “poquería” habría dicho, de niño, mi hijo Felipe…

Surabaya, 10 de noviembre de 2012
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09 noviembre 2012

A los cien, a los cien!

En ocasiones recuerdo con nostalgia al único colegio donde yo estudié. Fue el mismo donde mi madre quiso que fuera a educarme. Quiso también la fortuna que ahí, en sus acogedoras e inolvidables aulas, transcurriesen los doce años que duró toda mi vida de estudiante. Sus paredes, su estructura física, siguen todavía incólumes aunque, a ese centro de formación que ahora ahí funciona -en la calle Caldas-, ya le hayan cambiado de nombre. Cuando rememoro los episodios y las incidencias que viví allí, un sentimiento que no está exento de desconsuelo me hace lamentar que “el colegio” -como con familiaridad lo llamábamos- no supo mantener ni el prestigio ni la exclusividad intelectual y cultural que formaron parte de su sello, de su tradición, de lo que fue su compromiso formidable.

Me pregunto: ¿qué fue lo que generó tan inesperada y rápida declinación?, ¿qué lo que produjo tan dramático deterioro? Y lo único que yo mismo puedo insinuar es que todo aquello sucedió, a su vez, como consecuencia del desgaste, la mengua y el quebranto del nivel de preparación de los principales directivos de ese querido centro de enseñanza. Solo así puedo intentar un diagnóstico del súbito menoscabo que sufrieron tanto el prestigio como la reputación que La Salle había tenido por su participación en la formación de importantes generaciones.

Si en algo se destacó el colegio fue, además, en las competencias intercolegiales con carácter deportivo. Y entre esas disciplinas, ninguna nos debe haber proporcionado más satisfacción, a directivos y alumnos en general, que los exitosos resultados que de manera consecutiva obtenían aquellas, nuestras destacadas selecciones en los campeonatos de baloncesto. No dejaba de ser frecuente, en esos años, el tener que acompañar al coliseo a los conjuntos que representaban con orgullo a nuestro establecimiento, a aquellas tan destacadas delegaciones; solo para ser testigos, una vez más, de los abultados triunfos con que daban cuenta, encuentro tras encuentro, de sus esforzados rivales.

Ahí, en medio de aquel vocerío, al socaire de la bravura de esa barra que estimulaba con pasión y atrevimiento, no era infrecuente que las cifras de los puntos conseguidos, en las canastas del equipo contendor, llegasen a guarismos exagerados. La parroquia entonces se insuflaba de brío y renovada energía; y con un estribillo irreverente, la barra incordiaba a quienes apoyaban a los equipos antagónicos y así, y en forma enfervorizada, repetía: “¡A los cien, a los cien!”

Intuyo que un cierto toque de aquel impulso lúdico y avaricioso me ha quedado de rezago, como cuando en ocasiones acudo al gimnasio y trato de cumplir algún determinado objetivo; entonces un recóndito ánimo me impulsa con su aliento, y me impele hacia nuevas metas, cada vez más altas, cada vez de mayor esfuerzo…

Me pregunto, de otra parte, si esa ilusión que todavía siento al registrar en mi bitácora mis últimas y más frescas horas de vuelo; al transcribir con la mejor caligrafía y con el más cuidadoso escrúpulo esos mudos guarismos que reflejan mi actividad -y mi todavía modesta experiencia-, no tendrán que ver, a la hora de sumar, hacer auditoría y completar tales cómputos, con ese mismo espíritu del que nos contagiábamos en el viejo coliseo, con ese mismo aliento novelero que nos impulsaba con su entrañable arresto…

Y resuelvo que sí, que ese pequeño librito es como la preciada caja de caudales que encierra el testimonio de nuestros logros y frustraciones; el de nuestros itinerantes periplos y el de nuestros no siempre recompensados esfuerzos… Y que, a pesar de ello… ahí seguimos, porque sabemos que, desde el graderío, la parroquia todavía nos impulsa con su aliento y que una voz misteriosa nos sigue empujando desde muy adentro. Es una voz callada que va diciendo: “¡A los cien, a los cien!”…

Jeddah, 9 de noviembre de 2012
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08 noviembre 2012

La vieja faz de la nueva Fez

Llego a Fez con los primeros rayos de la madrugada. La torre de control nos ha autorizado a efectuar una interceptación anticipada del sistema de aterrizaje por instrumentos y a realizar una aproximación abreviada (espero que mis lectores no olviden que no soy un “escribidor” al que le gusta volar aviones, sino solo un humilde aviador quien gusta de escribir de vez en cuando). La carta aeronáutica del aeródromo de Saiss dice que se trata de una sola pista angosta, carente de una calle paralela de rodaje. Nos preparamos, pues, para efectuar un aterrizaje inédito en nuestro cuaderno de bitácora; y anticipamos que habrá que realizar, como en los viejos tiempos, una maniobra de ciento ochenta grados en la misma pista para regresar desde la cabecera contraria.

Una vez en el terminal aéreo, descubro que su incipiente tamaño no ha estado preparado para la llegada simultánea de las dos únicas naves que aquí han aterrizado; ellas transportaban de regreso a un millar de peregrinos que han ido a la Meca, la “tierra santa” de los creyentes musulmanes. Todos los pasajeros parecen preocupados de cuidar su tesoro personal: los dos galones de agua santa que les han entregado como ración, luego de su visita de peregrinaje… Hay en el terminal  una confusa congestión y una gran algarabía. Daría la impresión que nada consigue atender con prontitud y eficiencia a los recién llegados.

Cuando ya logro satisfacer los trámites de inmigración y aduana, descubro con sorpresa que la diminuta sala de espera se encuentra casi desierta; intuyo que debido a la distancia a la ciudad y la incómoda hora de llegada, no han venido los familiares a dar la bienvenida a los peregrinos que han estado ausentes. Pero, me basta con salir del edificio para reconocer mi falsa apreciación: es que se han tomado medidas de precaución y las autoridades han acordonado el aeropuerto para evitar las posibles aglomeraciones. Miles de personas esperan con impaciencia y ansiosa curiosidad la llegada de los piadosos viajantes.

Yo también trato de absorber mis primeras impresiones con ilusión. Marruecos es un reino berebere que siempre me cautivó por su identidad y por la magia de sus contrastes. Espero con ansiedad la experiencia de adentrarme en el corazón de la segunda ciudad marroquí; una que en su tiempo -entre los siglos XII y XIII- estuvo considerada como la urbe más poblada del mundo, cuando ya proclamaba la insólita condición -para su época- de contar con doscientos mil habitantes! Fez es una ciudad poseedora de un nombre milenario, en cuya amurallada y laberíntica “medina” todavía se yergue el más antiguo centro de conocimiento que existe en la humanidad: una “madrasa” (seminario y universidad) que no ha dejado de funcionar por doce siglos consecutivos!

Hoy Fez bordea el millón de habitantes; si Casablanca es reconocida como el centro económico de Marruecos y si Rabat es -de hecho- su capital política, los leales moradores de Fez consideran a su ciudad el centro de la cultura y de la religiosidad marroquíes. Ellos son orgullosos, además, de pertenecer a una ciudad declarada “Patrimonio Cultural de la Humanidad”, que puede hacer alarde de poseer una “medina”, o ciudadela carente de automotores, reconocida en la actualidad como la más grande del mundo.

La visita a esa antigua medina y la posterior exploración de la llamada “Meca del Oeste” o “Atenas del África” no satisfacen, sin embargo, la expectativa creada. Los estrechos meandros callejeros y su centenaria y artesanal actividad no reflejan, por sí mismos, una riqueza debidamente preservada; hay una pátina de penuria, una huella de abandono, un cierto olor que denuncia, un callado rumor que advierte… Es un aire que rubrica la miseria, que se cuela por las paredes, que se aferra a las estrechas callejuelas y que está presente por todas partes. Más que un santuario cultural, la medina de Fez es un lamentable memorial, un turbio y enmarañado monumento a la indigencia.

Se hace difícil entender cómo pudo esta ciudadela albergar en su tiempo la cota más alta de la tradición de una cultura que supo fusionar, en travieso maridaje, lo mejor de lo andaluz y lo almohade.

Fez, Marruecos, 6 de Noviembre de 2012
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