08 febrero 2014

Reporte de Novedad

Algo del día a día…

Estimados señores:

La situación abajo detallada constituye uno de aquellos predicamentos -típicos en el aeronáutico oficio- donde, en el afán de aportar con una cuota de buena voluntad, se termina probablemente contribuyendo a agravar más la precaria -y jamás provocada- condición existente. El plan inicial del vuelo establecía la salida de Jeddah hacia Ankara y el retorno al aeropuerto de salida, luego de una escala mínima (una hora) en suelo turco. Dicho retorno estaba considerado como un vuelo de posicionamiento ("ferry") o sin pasajeros.

El vuelo estuvo originalmente programado para iniciarse a las 02:00 UTC (cinco de la mañana hora local). Por lo mismo, la hora de reporte de la tripulación debe considerarse como las 00:30 UTC (03:30 hora local). Es preciso recalcar que esta hora de reporte incurrió en el período de tiempo conocido como "Ventana del Circadiano Bajo" ("Window of Circadian Low"), espacio de tiempo comprendido entre las dos y las seis de la madrugada; período en el cual una extensión del tiempo de servicio de vuelo, propiciada por propia iniciativa del comandante, está limitada a cuarenta y cinco minutos. De esta manera, el límite máximo programado con tripulación simple (tiempo de itinerario de vuelo planificado, más una hora y treinta minutos) estaba limitado a once horas con cuarenta y cinco minutos.

Siendo ya las 08:00 hora local (3:00 horas de demora), se contactó a la Oficina de Operaciones con el objeto de confirmar el máximo tiempo de servicio de vuelo, anticipar una probable extensión aplicando la regulación respectiva y considerar la posibilidad de solicitar la presencia de una tripulación fresca o programar la estadía de la tripulación en Ankara para satisfacer el descanso reglamentario.

A pesar de haberse establecido una hora límite para remplazar a la tripulación, el vuelo estuvo listo para partir únicamente cuatro horas más tarde del itinerario publicado. En este punto, se tomó la decisión de aplicar la extensión permitida por la reglamentación en vista de las circunstancias excepcionales de la demora. De todas manera, y dado de que no se había producido una nueva comunicación con la Oficina de Operaciones, la tripulación inició el vuelo en el sobreentendido de que, no habiendo recibido nuevas instrucciones, se había previsto el descanso de la misma en Ankara para satisfacer el tenor del reglamentario respectivo.

Una vez en crucero, la tripulación efectuó el cálculo operacional requerido. Fue cuando cayó en cuenta que en la consideración inicial se había tomado en cuenta la hora de inicio de itinerario (02:00 UTC) y no la de reporte (00:30 UTC) como está establecido. Al comunicar a la Oficina de Operaciones de esta consideración, se procedió a solicitar instrucciones con el objeto de satisfacer el descanso de la nómina. Es oportuno subrayar, como ya quedó indicado, que el vuelo de retorno no estaba programado para transportar pasajeros (vuelo "ferry").

En este punto, la Oficina de Operaciones consideró la posibilidad de operar el vuelo de regreso hasta Medina (unos treinta minutos menos), sólo para luego reconocer que, a pesar del recorte, de todo modos se habría excedido el límite de tiempo máximo permitido. Con esta última consideración, se estableció la nueva hora de la salida del vuelo de retorno y el traslado de la tripulación al hotel para el descanso mínimo establecido. Tómese en cuenta que pongo en consideración el presente reporte -que de otro modo me resultaría obligatorio-, a pesar de no haber incurrido en la extensión discrecional que obligaría al reporte pertinente.

Suyo desde Ankara... El “a un lado” suscrito.

Ankara, Turquía
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06 febrero 2014

¿Increíble? O, para no creer…

Esa debe haber sido la primera vez que oí ese nombre, el de Majuro. Allá tenía que trasladarse, por pocos días, el menor de mis hijos, por asuntos relacionados con las actividades pesqueras de su compañía. Majuro es la capital de las islas Marshall, que constituyen realmente una pequeña república en el Pacífico Occidental. Estas islas, o diminutas islas, no son ni siquiera islotes; son apenas atolones, que es como generalmente se conocen a las formaciones coralinas de pequeño tamaño que encierran, casi siempre, una laguna interior. Tienen los atolones las playas más hermosas y el paisaje más sorprendente que pudiera hallarse sobre la Tierra.

Las Marshall habrían sido exploradas por los españoles hacia 1520, más de una década antes de la prodigiosa gesta de Magallanes. Luego, los británicos habrían de reconocerlas y las bautizarían con su actual nombre (en honor al explorador John Marshall). Estos las vendieron a los alemanes, quienes más tarde cedieron su soberanía al Japón, luego de la Primera Guerra. Pero, una nueva conflagración global, treinta años después, transferiría los atolones a manos de los americanos.

Pero, a decir verdad, aquel nombre, el de Majuro, jamás lo había oído. Cuando recibí el reporte de viaje de mi sorprendido hijo, pude enterarme que existe un sistema de continuas escalas –probablemente seis– que son necesarias para llegar desde el Asia a ese pequeño pueblo que funge como capital de aquella diminuta república. Y aquel comentario, fue para mí como una epifanía: un viaje ajeno que puso a la Micronesia en el mapa de mi curiosidad, el de mi incógnita geografía.

Pero ha sido un prodigioso naufragio el que ha vuelto a destacar el perfil de esos atolones en el mapa del mundo. Se trata de la milagrosa e increíble odisea del pescador centroamericano José Salvador Alvarenga, de treinta y siete años, que reclama haber estado a la deriva por nada menos que trece meses. Un periplo que habría cubierto una distancia de doce mil kilómetros! Alvarenga, si Salvador no es su primer apellido, habría insistido –en solitario– en la hazaña que otros tres mexicanos cumplieron en 2006, luego de nueve meses de similar recorrido.

El pescador y su acompañante habrían perdido el gobierno de su embarcación frente a las costas del sur de México. Luego de quedar al garete, su compañero habría sobrevivido por solo cuatro meses. Alvarenga explica su exitosa epopeya en base a su inflexible dieta: aves, carne de tortuga y pescado, mucho pescado. Respecto a la bebida, reconoce haber tenido que recurrir ocasionalmente a su propia orina. En cuanto a su camarada, se habría visto forzado a empujarlo a las aguas del océano. “¿Qué más podía hacer?”, ha declarado el afortunado marino.

Hasta ahí, la aventura marca los lindes de lo inaudito y entra en los registros de las más inexplicables empresas obtenidas mediante el heroísmo. Sin embargo, hay algo que hace que la proeza se arrime al lado oscuro de lo incógnito, por inexplicable y quizá excesivo… Nuestro héroe no ha llegado demacrado, ni con las muestras evidentes de malnutrición con que lastiman los naufragios; no exhibe labios partidos o encías lastimadas, ni tampoco pústulas u otras lesiones en el resto de su cuerpo. Al contrario, aunque barbado, su imagen es la de un individuo rechoncho que se ha sabido burlar de la muerte y que ha vencido al océano…

A lo médicos les ha resultado inexplicable, si no sospechoso, que alguien pueda mantenerse, por más de un año, en base a alimentarse exclusivamente de proteínas y ausencia de carbohidratos; menos aún prescindiendo de ácido ascórbico (vitamina C), que solo se lo encuentra en las frutas y hortalizas. Los pescadores y navegantes saben –desde la época de los grandes descubrimientos– que es casi imposible sobrevivir tan larga travesía solo a base de frutos de mar, debido al ominoso escorbuto! Pero… las grandes hazañas invitan con frecuencia a la incredulidad y a la conjetura. ¿Hizo Alvarenga realmente el viaje? ¿Fue esa la auténtica historia de su asombrosa travesía?

Medina, Arabia
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03 febrero 2014

Tácito, el implícito

A veces me topaba con su imagen en la pantalla; su actitud parcializada me fue dejando esa propensión al desprecio a que nos impulsan los esbirros (adjetivo). Un día buscaron a quien encargar la gestión de una dependencia con título rimbombante, creada con un objetivo acomodaticio; encontraron que, dada su natural obsecuencia, era el candidato propicio. Así consiguió que lo designaran como su esbirro (sustantivo)… Es que “esbirro” no significa necesariamente lo que muchos se imaginan: la voz nos viene del italiano sbirro y su etimología está relacionada, probablemente, con el capote que distinguía a esos funcionarios de inconspicua categoría: los esbirros. Con el tiempo, sus actuaciones habrían dado al término una nueva acepción: la del “secuaz a sueldo o movido por el interés”…

Si algo me llamó siempre la atención, fue aquel alarde de una enjundia de la que precisamente carecía. Era solo cuestión de tiempo hasta que pudiera demostrar su cínica parcialidad y la ausencia de sus auténticos pergaminos. Hace poco se ha desembozado por propia cuenta y ha desnudado su cultural indigencia cuando ha expresado una joya de singular antología. Ha sentenciado el funcionario que cuando se menciona a otra persona, debe señalarse de manera “tácita” (sic) lo que ella ha dicho y que aquello debe ponerse entre comillas… Intuyo (sí, porque se precisa adivinar) que lo que quiso utilizar el folklórico dependiente, fue el femenino de la palabra tácito - que significa callado -, aunque con un sentido ajeno y contrario, impropio e inadecuado: el de tajante, concluyente o explícito. 

No es de mi interés hacer un alarde de erudición; ello, ni me calza ni tampoco me corresponde. Solo es cuestión de consultar el diccionario de la Academia (DRAE) para indagar los significados y sentidos. Tácito se deriva del latín tacitus, a su vez participio pasado de tacere, que quiere decir callar. Significa, por lo mismo: 1. Callado o silencioso; y, 2. Que no se dice formalmente, sino que se supone o infiere. De otra parte, su antónimo sería la voz “explícito”, adjetivo utilizado - de acuerdo con el DRAE - para señalar algo “que expresa clara y determinadamente una cosa”. Viene, a su vez, del latín explicitus, que significa “que se despliega” o que manifiesta lo que se dice; se relaciona con el verbo explicar. Tácito es, por lo mismo, lo que no exige explicación, lo que está implícito, lo sobreentendido.

Como en las demás lenguas latinas, o del romance, tácito tiene una rica variedad de sinónimos: implícito, silencioso, secreto, cabalístico, confidencial, encubierto, escondido, ignorado, incógnito, oculto, privado, silencioso, callado, taciturno, mudo, silente, subentendido, latente… Por eso es que tácito está relacionado con otras voces nuestras como taciturno y reticencia. Taciturno, en el sentido de melancólico, de quien no habla con los demás; pero también callado. Y, reticencia (que viene de “retiñere”), palabra formada por el prefijo de intensidad re y por tacere (otra vez, callar), con el sentido de “obstinarse en callar”.

Pero nuestro “tácito” no es el primero que se ha dado en las arenas del tiempo. Tuvo ya un célebre como ilustre antepasado que se aventuró en esa ciencia que llamamos Historia. De él se dice que no era ningún mudo, ni que hubiera hecho mejor en permanecer callado. A más de historiador, Cornelio Tácito se convirtió en un destacado funcionario. Se hizo famoso por su elocuente oratoria. No fue un “escondido”, ni tampoco se convirtió en un “ignorado”. Se destacó también como senador, cónsul y pretor romano. No fue, realmente, ningún tácito!

Tácito estaba persuadido que para interpretar en mejor forma la historia, había que aportar con una visión, que había que opinar. Trató de ofrecer su percepción imparcial de los hombres y comentó los acontecimientos que se propuso relatar. No, no pudo haber sido un mero comisario! Su intención fue mejorar los métodos que cinco siglos antes habían pergeñado Heródoto y Tucídides; línea en la que habrían de acompañarle otros contemporáneos suyos, como Suetonio, Plutarco y Plinio. Ellos nos entregaron su personalísima visión de lo que sería el principio del fin del Imperio Romano. A ellos llegué gracias a Toynbee, Spengler y Gibbon.

Kano, Nigeria
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01 febrero 2014

Volar, verbo intransitivo

Recién había dejado de orinarme en la cama, cuando un sábado por la mañana recibí una perentoria llamada telefónica. Gonzalo Ruales, mi tío político, quería que lo visitara en su casa esa misma tarde. Aquella sería una plática que habría de cambiar mi vida para siempre. Gonzalo quería saber si me gustaría hacer un breve curso en los Estados Unidos para convertirme, en pocos meses, en joven y flamante piloto. Así fue como se produjo mi ingreso inesperado a ese exclusivo círculo que es el de los pilotos de aviación. Tenía entonces diecisiete años.

Con frecuencia medito en la circunstancia vocacional de los pilotos. No puedo dejar de reconocer que no todos nos convertimos en aviadores por ese impulso innato que llamamos justamente “vocación”. En más de un caso, no es aquella tendencia, o propensión interna, sino más bien otras y ajenas circunstancias las que determinan nuestra decisión profesional. Es que, como hubiera dicho Ortega y Gasset, “El hombre es él y sus circunstancias. Son esas circunstancias las que deciden nuestra particular singladura; ellas son algo así como nuestro particular e inconfundible tipo sanguíneo, constituyen nuestro íntimo e irrepetible número de identidad.

Es siempre probable, en cuanto a lo vocacional, que un buen número de profesionales aeronáuticos se hayan dejado infatuar desde muy tiernos por esa seducción glamorosa que los impulsaba a convertirse en pilotos. Ahí están los arrestos y el talante, la imagen del hombre indómito y temerario, la de ese ser altivo e impasible con que la cultura contemporánea asocia a menudo al aviador. No puede desdeñarse su perfil arrogante, la estampa que exhibe en su deambular aeroportuario acompañado de seductoras azafatas; o la tecnología sorprendente de sus máquinas, ni sus envidiables periplos transatlánticos…

Pocos, sin embargo, caen en cuenta de la paradojal condición del “hombre del aire”. Ahí están sus ausencias familiares, sus solitarias y noctámbulas horas de desempeño, su escuálido reconocimiento económico o profesional que, en más de una ocasión, obligan con frecuencia al aviador a probar lejanas culturas y latitudes… Así, él se convierte en un ciudadano del mundo, en un desarraigado de su propio terruño, en un apátrida nostálgico. El piloto que se aleja de su tierra se convierte así en un curioso y ávido explorador, pero también en un “desterrado”.

Por ventaja, muy pronto el aviador hace dos inesperados descubrimientos: el primero es la condición lúdica que posee su actividad. Sí, porque volar es una suerte de juego, una posibilidad –sobre todo con la tecnología y la automatización modernas– de entretenerse con las inagotables variables que la modernidad le ofrece; hay ahí un desafío permanente, un envite a sus capacidades, un reto a su imaginación. Advierte que volar es un juego hermoso y divertido; aunque –y es importante aclararlo– reconoce también que ese es “un juego responsable”.

El otro factor que le depara una impensada riqueza (y utilizo el sustantivo con su doble significado) es esa suerte de bienaventuranza que constituye su constante deambular. Porque viajar representa una continua y perseverante revelación: es un libro abierto, una inédita experiencia frente a otras razas y costumbres, otras lenguas y paisajes; frente a otros hombres… Volar, entonces, se transforma en un gratuito y sorprendente descubrimiento, en una maravillosa e inigualable lección de vida que lo enriquece y le hace madurar. Ello lo convierte en más tolerante, en más enamorado de la vida, en un mejor hombre.

* Nota: a esta entrada titulé temporalmente "Volar, verbo transitivo", porque de acuerdo con el diccionario, "transitivo" es un adjetivo que quiere decir "que pasa y se transfiere de uno a otro", que es exactamente lo que hacemos cuando aprendemos a volar o enseñamos a otros el oficio... Pero, en realidad volar es un verbo intransitivo que, al igual que nacer, correr o morir, puede prescindir del complemento directo.

Jeddah, Arabia
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30 enero 2014

Bonil, el innecesario *

* Por: Francisco Febres Cordero
  Domingo, 26 de enero de 2014
  Publicado en Diario El Universo

Como caricaturista, Bonil ha ejercido el humor por muchos años. Humor político y también del otro, ese que comienza por burlarse de sí mismo y termina por burlarse de las situaciones cotidianas. Para eso, solo ha estado armado de un ingenio tan afilado como su lápiz. Así, hasta que ahora le han cambiado su título de humorista por el de agitador social, sujeto peligroso que merece ser aherrojado con los grilletes del silencio.

En realidad, en épocas como las que vivimos, ¿a quién le importa que Bonil se calle y deje que su talento se vaya enmoheciendo en el ostracismo? Y es que ante el humor que destilan las manos lúcidas, los corazones limpios y las mentes ardientes de los revolucionarios, ¿para qué más?

Un funámbulo, en el palacio donde mora el excelentísimo señor presidente de la República, ya lo dijo en su momento: Rafael Correa no insulta a nadie, sino que, por una parte, habla como costeño y, por otra, emplea su connatural ironía para referirse a sus adversarios. Con eso dejó sentada una premisa: el excelentísimo señor presidente de la República es dueño de un sentido del humor personalísimo, que marca un hito revolucionario en la historia del gracejo nacional. Es tan chispeante que cuando califica a cualquiera de imbécil, el imbécil y su familia se mueren de la risa y, con ellos, todos los ecuatorianos. Y no se diga cuando a cualquiera le dice puerco, miserable, bruto o corrupto. Nadie, que se sepa, ha empleado la ironía con tan sutil sapiencia, hasta lograr que el país espere cada nueva sabatina con festiva ilusión, en la certeza de que será espectador de las tres horas más sabrosas de jolgorio y carcajadas.

En realidad, si algo hay que agradecer al gobierno de la revolución ciudadana es su capacidad para mantenernos en un estado de gozo permanente. Los comecheques son personaje que engrosarían con ventaja cualquier farsa, la narcovalija es una mogiganga magistral, y el permiso para que Pedro Delgado viajara a Miami es un maravilloso entremés propio de la picaresca. Y así, una tras otra se han ido sucediendo las escenas que tornan innecesaria la presencia de cualquier representante del humor que no salga de la siempre nutrida y bien pagada trupé del oficialismo.

¿No fue acaso un gran chiste que el Instituto de Propiedad Intelectual copiara del internet su logotipo, o que el vicepresidente de la República sacara del rincón del vago buena parte de su tesis de grado? ¿Y no fue una bufonada que a las asambleístas que luchaban por la despenalización del aborto se les sancionara por pensar por cuenta propia? ¿Y no es para carcajearse que luego de haber pregonado la ecología como un bien absoluto, se decidiera explotar el Yasuní?

Ante tanto humor que nos llueve desde las alturas del poder, Bonil resulta del todo innecesario. Además, como un simple ciudadano del montón, no está ni de lejos a la altura de la majestuosa agudeza del excelentísimo señor presidente de la República ni del grupo de saltimbanquis que le hacen la corte.

Alejandría, Egipto
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25 enero 2014

Semblanza de Port Jackson

Hacia la actual esquina sur-occidental del embarcadero de Sydney, el viajero avisado se encuentra con una suerte de homenaje recordatorio; es un círculo de unos cinco metros de diámetro, cuya altura no excede la de una poltrona de descanso. Y en eso se convierte el monumento, cuando el muelle se congestiona de turistas que buscan refugio a la inclemencia de la canícula o ceden a la indulgencia en un corto descanso mientras disfrutan del eco de un extraño ritmo de talante relajador: es la contagiosa cadencia de la música australiana aborigen.

Se trata de un mapa esférico que refleja la condición del modesto emplazamiento; ese que los británicos habían construido, hace ya más de doscientos años, en una ensenada de tranquilo privilegio ubicada en Port Jackson. Si el viajero tiene suerte, y coincide con un momento en el cual el perímetro del monumento no ha cedido su espacio a la necesidad de tregua de sus frecuentes visitantes, puede deleitarse con la lectura de una extensa leyenda que se ha burilado en el anillo exterior del esbozo: "...tuvimos el beneplácito de descubrir el más delicado fondeadero que pudiese existir en el mundo, donde las mil naves de la flota pudiesen navegar en la más serena de las seguridades...". Esto de “las mil naves" intuyo que hace referencia a la flota griega, cuando se propuso rescatar a Helena, en la legendaria guerra de Troya.

El extracto pertenece al informe expedicionario del gobernador británico Arthur Philip, escrito en mayo de 1788. Justo dieciocho años después que el sitio habría sido descubierto por primera vez por los europeos, y bautizado como Port Jackson por un famoso marino: el teniente James Cook. Ni Philip, ni el mismo Cook, jamás se hubieran imaginado que, solo dos siglos más tarde, ese mismo enclave se habría de convertir en uno de los más bellos atracaderos naturales que existen en el mundo.

En estos días el malecón es visitado a toda hora por una infinidad de ávidos turistas que buscan, desde todos sus rincones, conseguir una impresión aventajada para testimoniar sus recuerdos del singular paisaje. Hacia el cuerno noroccidental de la ensenada el estuario se prolonga con la irregular sinuosidad del río Parramatta, ahí el sorprendente “Harbour Bridge” establece un acordado límite con la entrada del río e integra los asentamientos del norte de la ciudad con el centro de la urbe. Hacia levante y como quien apunta hacia el océano, una maravillosa estructura de líneas desenfadadas sorprende con la modernidad de sus caprichos. Es la Casa de la Ópera.

El embarcadero, con su forma de herradura, tiene un inigualable encanto y propicia una inusitada convocatoria. Hombres de todas las latitudes convergen a disfrutar y compartir una cláusula de distensión y solaz en esa vereda formidable. Los mimos, imitadores, juglares y más artistas hacen su agosto en enero y aportan a crear una atmósfera de plenitud en ese rincón citadino. Es allí, más que en ninguna otro sector de la urbe, donde el extranjero percibe aquel invisible latido que marca el sentido de comunidad que los hombres hemos dado en llamar con el nombre de "civilización".

La presencia de un gigantesco crucero invade la dársena de poniente. Allí, su masiva presencia no produce dificultades al tránsito de las embarcaciones menores, ni a las gabarras de transporte que logran una eficiente relación entre el centro financiero y los demás distritos circundantes. Aquél es un trasiego infatigable, como infatigables y diversos son todos estos hombres que fueron haciendo de su ciudad, un centro de cultura y de distensión, una núcleo de enorme potencial financiero y, ante todo, un asentamiento humano único en el mundo, donde sus flemáticos habitantes supieron encontrar una mágica simbiosis entre la atrevida arquitectura y el bucólico paisaje.

Sydney
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