09 julio 2014

Aterrizajes abortados

Gran -aunque innecesario y exagerado- revuelo está generando en estos días un aparente incidente ocurrido la madrugada del 5 de junio en el aeropuerto El Prat de Barcelona. El episodio, como muchos en los que se involucran aspectos de carácter técnico, se ha convertido en fuente de opinión e inusitado comentario por eso justamente, porque en su discusión intervienen personajes que no tienen un básico conocimiento, y por lo mismo la autoridad, para hablar del tema.

He revisado la filmación fortuita del hecho que se comenta. Se advierte que se trata de una de esas grabaciones realizadas en forma circunstancial por un observador aficionado. Resulta evidente, al analizar el testimonio, que la filmación se distorsiona por la posición relativa de quien ejecuta la tarea. Para obtener una observación objetiva, es indispensable que la filmación se realice desde un ángulo que no altere la correcta perspectiva: el eje mismo de la pista.

Luego de estudiar la carta del aeropuerto, puedo observar que existe una cierta inexactitud en la información que se está diseminando: el avión de Aerolíneas Argentinas -un Airbus 340, que parecería que invade la pista y la cruza mientras un Boeing 767 de UTair trata de realizar su maniobra de aterrizaje- no está movilizándose en tierra (carreteando, en términos aeronáuticos) con destino a la pista 25R (derecha), como indican los medios, sino que se encuentra en la calle de rodaje Kilo, con la probable intención de dirigirse, para su despegue hacia Buenos Aires, hacia la pista 25L (veinticinco izquierda) del aeropuerto de El Prat.

Hasta aquí, nada de extraordinario existe en el episodio. A menudo, como cuando por razones de viento o de tránsito aéreo surge la necesidad de cambiar la pista que debe utilizarse -lo cual fue exactamente el caso-, se producen autorizaciones de carácter contingente, cuando se mantiene en suspenso el permiso de despegue o de aterrizaje hasta que la otra aeronave satisfaga aquella maniobra que impide que los controladores concedan el permiso definitivo. Se da entonces el caso, cuando la aeronave en tierra no ha tenido tiempo para satisfacer la evacuación de la pista, que se mantiene la autorización en "stand-by", y se proporciona una advertencia a la aeronave que espera la otra autorización, para que se prepare a efectuar un sobrevuelo. Es lo que en aviación se denomina "Go around" o aproximación frustrada. En estos casos, el controlador ordena a los pilotos que "aborten" la aproximación (resulta anecdótico que en Ecuador, el término que se utiliza sea el de "retacar"…).

Es tal la frecuencia de las operaciones aeronáuticas, en determinados casos, que muchas veces las aeronaves no alcanzan a abandonar la pista en la intersección prevista, o no alcanzan a cruzar la pista en tiempo adecuado mientras otra ha sido autorizada a realizar el despegue o el aterrizaje. En estos casos, el control emite una perentoria contraorden e instruye a la aeronave en vuelo que efectúe un sobrepaso. Nada trágico hay en esto. Si algo existe en el ambiente de aviación es precisamente una frase que contiene una profunda filosofía: "la maniobra más profesional es un oportuno y bien ejecutado aterrizaje abortado".

A lo largo de mi carrera, he abortado un sinnúmero de aproximaciones. Debo reconocer que a pesar de la sencillez de la maniobra, hay en ella -sobre todo para el ansioso pasajero- algo de antinatural y aun de traumático. Nadie espera volverse al aire cuando todo parecía que estaba normal y anticipado. Las condiciones de tránsito o las más caprichosas, las de la meteorología, no siempre son las que se habían esperado. Entonces se escucha una urgente y estentórea re-autorización, y los pilotos nos vemos obligados a alterar nuestros planes. Incluso, algo insólito puede llegar a suceder: que otro "Go-around" tenga que volver a ocurrir, y nadie está preparado para algo tan inesperado. Lo sé, porque me ha pasado... Incluso, he llegado a “retacar” una vez que ya había aterrizado!

En el caso que nos ocupa lamentablemente tengo que hacer de abogado del diablo... Da la impresión que el Airbus 340 fue realmente autorizado a desplazarse hacia la pista 25R -y no a la 25L- para que efectuara posteriormente su maniobra de despegue. No solo me lo dice la intuición, sino también la definitiva condición de que para una ruta así de larga, y para tal peso de despegue, normalmente los pilotos escogemos la pista de mayor longitud, para efectuar una más eficiente y segura maniobra de despegue. La pista 25R es algo más de dos mil pies más extensa que la pista paralela del aeropuerto catalán...

Quito

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08 julio 2014

"La leyenda" ya es leyenda *

* Por Javier Marías
   Diario El País, 7 de julio de 2014


En el fútbol hay poco objetivo, por más que los goles, los puntos, los triunfos, las derrotas, las eliminaciones y los títulos den a entender lo contrario. Se equivocan quienes afirman que nadie se acuerda de los finalistas ni de los segundos. Los que vimos a la Holanda de 1974 la conservamos en la retina mucho más que a la Alemania que la venció en el último y crucial partido. Se nos desdibuja hasta Beckenbauer, mientras que Cruyff, Neeskens y Rep aún bailan en nuestra memoria. Así, a quienes alcanzamos a admirar a Di Stéfano (y más aún si éramos niños y adolescentes), es difícil convencernos de que haya habido mejor futbolista a lo largo de la historia. En cuantos han venido después, algo echamos siempre en falta, por comparación o por nostalgia.

No es fácil saber qué exactamente. A Pelé nunca tuvimos mucha ocasión de contemplarlo, pero digamos que al lado de Don Alfredo nos parecía frívolo. El que más se le aproximó fue tal vez Cruyff, porque lo igualaba en inteligencia; probablemente no, sin embargo, en capacidad organizativa ni tampoco en amor propio (o fastidio ante la derrota, si se prefiere). Maradona fue sin duda más rápido y habilidoso, pero siempre dio la impresión de ser corto de luces, pendenciero y poco noble. Es seguro que Messi es más malabarista y más mortífero, pero le falta humanidad o acaso es entendimiento: se lo ve demasiado ajeno a todo, como un autómata portentoso algo desatendido del conjunto del juego y de sus compañeros.

Todo esto es muy subjetivo, ya digo. A los ídolos de la niñez es casi imposible desplazarlos, y en cierto sentido Di Stéfano compartía honores con el Capitán Trueno, y D'Artagnan, y Miguel Strogoff, y Sandokan. El físico no lo acompañaba: su prematura calva lo hacía parecer demasiado mayor a los ojos infantiles, no era sencilla la identificación inmediata. Eso quedaba paliado, compensado, por la generosidad y la nobleza que transmitía. Las masas lo adoraban, pero jamás tuvo aires de divo.

Su genialidad era incuestionable, y él, no obstante, insistía en la importancia de los compañeros sin falsa modestia, consciente de que él solo no bastaba. De tanto en tanto se le veían malas pulgas (una bronca a un defensa del equipo; una advertencia a un contrario, con ojo airado o irónico); qué menos que un héroe capaz de imponer su autoridad o su saber, o de pararle los pies a un rival irrespetuoso o sucio. También uno esperaba de D'Artagnan y del Capitán Trueno que supieran defenderse y escarmentar al que se lo mereciera.

En alguna ocasión he escrito que a los futbolistas se los reconoce en seguida por los andares y por cómo corren, como a los actores de cine inolvidables. ¿Quién no es capaz de representarse al instante los pasos de John Wayne, Henry Fonda, Cary Grant, Gary Cooper o James Stewart? La estampa de Di Stéfano sobre la hierba pertenece a esa estirpe. Quien lo vio lo sigue viendo: lo ve avanzar con el balón o sin él, dar un taconazo o colarse por sorpresa entre los defensas contrarios; impartir órdenes a sus compañeros o parar el balón y retenerlo bajo el pie —imponiendo una inverosímil pausa— en un momento de desconcierto o desarbolamiento; lo ve regatear sin florituras o rematar de cabeza, o celebrar un gol con los dos brazos en alto y un saltito, su forma tan característica, el gesto breve y sin excesos.

Yo lo veo, sobre todo, llegar solo con la pelota a la portería desguarnecida, tras superar a todos los adversarios. Detener un segundo el balón ante la línea de meta, el mínimo tiempo justo para que cien mil almas contuvieran el aliento y pudieran preguntarse: "Pero a qué espera?". El tiempo justo para que el gol inminente no fuera gol todavía. Y entonces, con la suela de la bota, hacer traspasar el balón suavemente esa línea, sin impulsarlo al fondo de la red, en modo alguno: sólo hacerlo cruzar la raya blanca y dejarlo allí depositado. Él ha cruzado ahora esa raya y está dentro de la meta, para siempre, con nuestra mayor gentileza y afecto, el imborrable recuerdo y el agradecimiento que jamás se salda.

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07 julio 2014

Canales y más canales

... y un río con nombre de cerveza!
 

Hay ciudades a las que uno sabe que va a volver. Es como si un sino oculto nos las pusiera en el camino. Son ciudades que se han convertido en favoritas del mundo, y no tan sólo de sus esforzados hijos. Ahí están, como ejemplo, París, Buenos Aires, Roma, Hong Kong o Nueva York, focos de civilización y de cultura que se han ganado un lugar en la historia de la humanidad. Ámsterdam es uno de aquellos sitios, ciudad que debe su nombre a la represa (dam) que su gente construyó en el río Amstel. Hoy los viajeros descubren que existe un río cuyo nombre se escogió para  bautizar una bebida que hace honor al represado río.
 

La conocen como "la Venecia del norte", "la ciudad de los canales", o "la ciudad de los museos"; y aun como "la capital de la fiesta" o "la sucursal del pecado"… Ámsterdam es una ciudad que ha dado albergue desde siempre a la diversidad y al libre pensamiento, que se ha caracterizado en forma permanente por respetar las opciones diferentes, las distintas y más opuestas tendencias. De esta forma, la metrópoli se fue constituyendo en un símbolo de tolerancia, en el epítome mismo de la ciudad que no otorgaba socaire a la intransigencia, de la urbe donde podían convivir los diversos credos y las más variadas preferencias.
 

Y así prosperó la ciudad, así creció y se fue impregnando de tan admirable carácter. Más allá de sus canales omnipresentes, de sus fachadas enjutas e inclinadas, de sus callejas estrechas y del bullicio vibrante e inquieto de sus calzadas peatonales, la ciudad está ahí, para demostrar que hay alternativas que el hombre todavía puede escoger, aun a riesgo de los ocasionales abusos o de la probable distorsión cuando ejercita con libertad aquellas múltiples tendencias.
 

Fundada en el último cuarto del siglo XIII, la ciudad pronto floreció debido al intercambio comercial con sus vecinos europeos. Fue, justamente, aquella altiva independencia frente a las absurdas guerras de religión, la que otorgaría refugio a todos esos prósperos europeos que buscaban aislarse del encono, fanatismo e intolerancia que caracterizaron a una época. Volver a Ámsterdam es reconocer cómo los hombres vivimos encadenados a unos recuerdos y cómo estos nos atan a la nostalgia mientras nos sentamos a escanciar un frío vaso de cerveza!

* Publicado en la revista Summer EC
   Edición # 19. Junio - Julio de 2014


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03 julio 2014

El tránsito, otra vez

Mientras se ha declarado en emergencia al transporte público de la ciudad de Quito, los ciudadanos seguimos preocupados por los diarios inconvenientes que se desprenden del insoluble problema del tránsito; y nos preguntamos si algo se está poniendo en marcha para resolver tan molestosa como perjudicial fuente de conflicto. Para un observador despreocupado el tema del transporte parecería ser el más acuciante para las clases menos favorecidas, mientras el del tránsito sería el que más afecta a los estamentos más acomodados. Pocos parecen caer en cuenta de la mutua relación e incidencia que existe entre estos dos graves problemas.

La ciudadanía ve con enorme preocupación el que día a día se vayan acentuando los atascos y se evidencie el ralentizado trajinar de la movilización vehicular en la urbe. Cabe consultar qué es lo que se tiene planificado a corto plazo para dar atención a tan fastidiosa situación, la misma que incide no sólo en la eficiencia de las actividades de la colectividad, sino especialmente en la sensación de bienestar de los habitantes capitalinos.

En estos mismos días, es curioso observar cómo el tránsito fluye con relativa agilidad en las horas que gran parte de la ciudadanía está pendiente del desarrollo de los partidos relacionados con el mundial de fútbol. Esta inesperada como inusitada fluidez hace más notorio el contraste y persuade a los habitantes que con medidas adecuadas bien pudiera conseguirse una movilidad que brinde mayor comodidad y aporte con una cuota de mejor calidad de vida para los quiteños. Efectivamente, la ecuación parecería ser bastante simple: el tránsito ha de dejar de constituir un problema cuando aumente el tamaño y número de las vías disponibles, y cuando se consiga -además- que transite un menor número de vehículos.

Dada la configuración física de la urbe, las soluciones no son de fácil implementación debido a que no existe el espacio para crear nuevas vías que se caractericen por su amplitud y permitan la movilización de un mayor número de vehículos. La única opción posible sería la construcción de vías de alta velocidad sobre las mismas vías que hoy existen para el tránsito entre el norte y sur de la ciudad. En otras palabras, lo que se necesitaría es la construcción de un par de súper carreteras sobre dos o tres avenidas principales, para que se pueda transitar sobre las ya existentes.

Es factible que el excesivo celo por atender en forma adecuada la transportación pública pudiera haber incidido en forma negativa en el otro gran inconveniente: los odiosos atascos. Esto se debe principalmente a que algunas de las principales vías longitudinales han sido alteradas en su diseño para favorecer la movilización tanto del Trolebús como de las unidades que forman parte de la Ecovía. Esto ha hecho que se reserven carriles exclusivos para un servicio que no tiene alta demanda durante buena parte del día, en una cláusula de tiempo cuando esos carriles son subutilizados y están restringidos para el tránsito de los vehículos particulares.

Sucede, por lo mismo, que en esos trechos de escaso flujo, tales carriles son ineficientemente utilizados. Contrario a lo que pudiera pensarse, tampoco estos servicios pudieran ampliar sus frecuencias porque carecen de la necesaria demanda y no sería adecuado ni conveniente que sus unidades se desplacen vacías. Al mismo tiempo, es probable que tampoco se haya estudiado la posibilidad de que tales andariveles pudieran ser utilizados por los otros buses de transporte de las líneas interurbanas que operan en forma complementaria, con lo que se agilizaría y solucionaría parcialmente la movilización de los vehículos de uso particular.

Sea lo que sea, los dos grandes acertijos que se deben enfrentar están íntimamente relacionados. El uno incide y afecta al otro. No puede resolverse el problema del tránsito mientras no se atienda al de la transportación y viceversa. Buscar una solución integral para la transportación ha de aliviar, por lo menos en forma temporal, la problemática del tránsito; y atender el intríngulis de la movilización vehicular ha de aportar con mejores soluciones a ese vía crucis monumental en que gran parte del tiempo se ha convertido el transporte colectivo.

Quito

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01 julio 2014

Todos contra todos

Estuve a punto de llamar a esta entrada "Propuestas", pues eso es lo quisiera hacer en relación a cómo se ejecuta el actual sistema de eliminación del mundial de fútbol. Sin embargo, por un momento pensé que dicho nombre tendría, sino un cierto parecido, por lo menos una probable remembranza con los títulos de los temas del cantautor brasileño Roberto Carlos ("Emociones, "Detalles", "Recuerdos", "Momentos"), pero al final opté por este de "Todos contra todos", que no es sino la traducción del sistema de eliminación que en inglés se denomina "Round Robin".

Como me pasa con frecuencia, he tenido que acudir a la Wikipedia para consultar de dónde ha salido el curioso nombre. Así he descubierto que se trata de una probable corrupción etimológica. "Robin" se derivaría del término "ruban" que significa "ribbon", que quiere a su vez decir cinta, franja o lista. Con el paso de los años, el término se habría corrompido y adaptado al inglés como Robin... Conjeturo, por lo mismo, que el sentido que se quiso dar a la expresión es el de competir con toda la lista de jugadores o equipos que conforman la rueda completa de participantes.

Para empezar, he de comentar que existe una realidad que a muchos se nos escapa. Se trata de eso, de una realidad, no pretendo aportar un elemento que podría ser considerado como una "filosofía". No es mi intención nada parecido. Me refiero al hecho incontrovertible que, de los treinta y dos equipos que actualmente participan en el evento ecuménico, solo uno llega a campeón. O, si se prefiere, treinta se van a casa de manera triste, decepcionante y prematura; y hasta la última fecha, subsisten únicamente dos: el potencial ganador y el frustrado perdedor. Si bien se ve: solo uno gana y todos los demás pierden, como sucede en todo torneo o competencia de este tipo...

Esto de que casi todos los equipos terminen perdiendo es inevitable. Pero lo que causa inconformidad, lo que realmente duele es que las eliminaciones se produzcan con un sistema que determina desenlaces injustos. Vemos, por ejemplo, cómo con el actual sistema se van a casa equipos que pierden por tiros penales la condición de invictos que mantuvieron en los partidos jugados en tiempo reglamentario. ¿Cómo es posible que se determine un forzado ganador por los tiros que ejecutan jugadores extenuados -han debido jugar previamente por dos horas-, y que se encuentran influenciados, además, por la presión del inminente resultado?

Y es que además, esto de jugar en la fase de eliminación directa, por dos tiempos adicionales para conseguir un desempate, no es parte consustancial a la tradición ni al desarrollo natural del juego. El fútbol, como se lo juega jornada tras jornada, es una competencia que dura solo noventa minutos. Esto de jugar ciento veinte no entra en el protocolo del juego, no se usa ni es parte de las normas con las que se lo practica. Noventa minutos ya son suficientes desde el punto de vista atlético. Más allá de ese tiempo, se exige de los jugadores un excesivo esfuerzo, pasan a ser deportistas deshidratados, agotados y extenuados... ¿Qué es lo que se quiere probar?

Este innecesario desgaste físico no solo incide en el posterior resultado -el que determinen los treinta minutos adicionales- sino que afecta en forma incuestionable al desempeño ulterior de los lanzadores de los tiros penales. Lo más grave no está allí; el ganador, estropeado y drenado físicamente como ha quedado, muchas veces ha de tener que enfrentarse en su próximo compromiso con un equipo que no ha tenido que enfrentar similar esfuerzo. Se pasa entonces a promover una situación injusta pues habrán de enfrentarse dos equipos en desigualdad de condiciones.

Sería preferible que se mantenga el sistema de "Round Robin" -que hoy se utiliza en la fase de grupos- hasta el final del torneo. Con el grupo de los últimos cuatro finalistas se determinaría el campeón mundial. Para esto habría que apretar el calendario y prever un contingente más amplio en las plantillas de jugadores (digamos que hasta treinta integrantes). Esta modalidad se podría satisfacer en solo cuatro semanas y produciría mejores réditos económicos (un mayor número de partidos) y, sobre todo, resultados más justos y equitativos.

Quito

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29 junio 2014

Dentelladas

Era solo cuestión de tiempo. Quienes seguíamos de cerca los controvertidos métodos que utilizaba el formidable atacante uruguayo Luis Suárez, sabíamos que tarde o temprano sus cuestionables recursos volverían a ganar los titulares de los rotativos. Y uno se pregunta: por qué un jugador tan hábil, poseedor de un espíritu aguerrido y favorecido por un sentido de ubicación y oportunidad tan envidiable habría de caer nuevamente en la tentación de dichas majaderías? ¿Realmente le hacía falta? ¿Qué es lo que le motiva para que transija a tan pérfidas tendencias?

Y es que Suárez, notable y prolífico delantero como es, parece que siempre quiere distinguirse por jugadas en las que mezcla su habilidad con la astucia. Es uno de esos jugadores que parecerían no favorecer el publicitado "fair play" que pregona la FIFA, entidad que gobierna el popular deporte del balompié. Suárez ha desarrollado, por otra parte, una cierta propensión para esa forma impúdica de arte dramático que es la simulación de haber sido agredido. Hay en su actitud una tendencia permanente a dar la impresión de que ha sido lastimado.

Súmese a eso las ya múltiples mordeduras que ha propiciado y el suyo es verdaderamente, si no un caso patológico, un tema para un urgente estudio clínico. Por eso, frente a un nuevo ataque en el que ha satisfecho su instinto con una tercera mordedura a un adversario deportivo, la FIFA no ha tenido más recurso que castigarle con una muy severa sanción de oficio. Frente al ingrato episodio y a sus secuelas no hay como quedarse callado. Todos los medios insisten en poner de relieve el acontecimiento; así como la sanción y las reacciones que ello ha merecido.

Pero lo que más llama la atención es la furibunda reacción de quienes sostienen que la sanción es exagerada e incluso inmerecida. En este sentido, resulta increíble tan empedernida solidaridad cuando aquí se trata de una actitud ajena a lo puramente deportivo. Una dentellada no puede equipararse con una patada o con un codazo mal intencionado, por la sencilla razón de que estas otras incidencias -que tampoco deben ni pueden tolerarse-, suceden como resultado del inevitable contacto físico.

Nadie parece advertir que en el caso de Suárez se trata de una sórdida reincidencia; y no porque ya ha sido juzgado y sancionado por sus anteriores dentelladas, esto le da derecho a que se juzgue su acción como si fuese un hecho aislado y de menor importancia. El suyo es un comportamiento inexcusable que revela una tendencia disfuncional. Cualquier jugador profesional -no de diga uno que es famoso- debe tener mucho cuidado con lo que hace. Un deportista que se destaca en su disciplina se convierte en un referente colectivo.

No es que condone las otras agresiones. Lo he venido reclamando: si la FIFA tiene la posibilidad de utilizar las ayudas de la tecnología, es inexplicable que no lo haga, no sólo para lo relativo a las faltas flagrantes y demás agresiones, sino para todo lo que pudiera incidir en la alteración de los resultados, como sucede con las simulaciones. Es tan grave este asunto que se ha convertido ya en un asunto controversial del día a día.

Lo que viene sucediendo con el delantero uruguayo es realmente vergonzoso. Suárez necesita urgente ayuda psicológica. Es probable que haya venido arrastrando un trauma desde su niñez y que haya estado utilizando este infame recurso desde hace mucho tiempo. A esto pudiera contribuir -y lo digo sin ánimo de ironizar- su disposición anatómica: sus mandíbulas parecen tener una condición conocida como "dentadura prognática", lo que pudiera favorecer esta anormal tendencia a lastimar a sus adversarios con esas inesperadas mordeduras.

La sanción creo que está bien aplicada. Si bien se medita, solo se lo castiga con su participación en los siguientes nueve partidos oficiales como parte del combinado de su país -potencialmente por este mundial y la siguiente Copa América- y por alrededor de un mes en las presentaciones de su club, pues no hay que olvidar que luego del mundial se viene un período de receso futbolístico que ha de durar casi tres meses. La sanción no parece, por lo mismo, nada exagerada; sobre todo, deja un saludable precedente para un hecho que espeluzna por lo absurdo y bochornoso.

Quito

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