01 agosto 2014

¿Paraíso o impostura?

No sé si se trate de estulticia, o quizá sea ese inveterado complejo de inferioridad que a algunos identifica, o tal vez sólo se trate de desmemoria o de ignorancia histórica, o quizá -quién sabe- se trate de una combinación de todos esos factores; pero cada vez que escucho las reclamaciones de ciertos revolucionarios de escritorio, respecto a los abusos ejercitados durante la conquista y al supuesto estado de felicidad de nuestros pueblos aborígenes antes de la llegada de los españoles, no puedo sino esbozar una conmiserativa sonrisa.

¿Cómo es posible que por tantos años, y a lo largo de lo que hoy conocemos como Latinoamérica, se siga rindiendo culto a la impostura de que nuestros indígenas vivieron una vez un estado de felicidad y paraíso inigualables? ¿De dónde surgió aquello de que la explotación de las razas vernáculas había sido un hecho inédito, que sólo se produjo tras la llegada de los descubridores? ¿Qué fenómeno hizo crear la ilusión, a los descontentos y desafectos con los métodos de los nuevos invasores, que antes había existido un estado de armonía, carente de abusos y desigualdades? ¿Cómo se entiende que se haya falseado así la realidad histórica?

Creo que mayor es la impostura -ese torpe engaño con apariencia de realidad- cuando se desconoce y olvida cómo las principales civilizaciones que señoreaban sobre los pueblos amerindios, hacia los albores del siglo XVI, estaban constituidas principalmente por imperios invasores y foráneos, como fue el caso de los Aztecas y de los Incas. Ellos habían sojuzgado a pueblos menos avanzados y más débiles, e impuesto un infamante régimen discriminatorio. Esto explica la colaboración recibida por los barbados decubridores.

Con esto, no pretendo justificar los excesos de los conquistadores ibéricos que, a pretexto de ofrecer "la salvación" gracias al mensaje contenido en su "verdadera fe", establecieron un sistema abusivo que obliteraba su propia justificación y no hacía sino prolongar el agobio y sufrimiento de los pueblos que domeñaron. Además es bueno recordar que la mayoría de los principales personajes que libraron esas primeras campañas, estuvo constituida por gente aventurera e ignorante, por individuos inescrupulosos y analfabetos que sólo veían en sus correrías una oportunidad para obtener beneficios y enriquecerse a cualquier precio.

A estas reflexiones llego cuando leo la “Historia de la Conquista de México”, escrita por Francisco López de Gómara, en la que comenta el denigrante régimen de supremacía que ejercitaban las autoridades indígenas. Cierto que Gómara no fue un cronista, y ni siquiera estuvo en América, pero sus relatos fueron escritos con el testimonio del propio Hernán Cortés y lo único que puede restar objetividad a su relación es la desmedida admiración que profesaba al audaz y temerario conquistador que se había propuesto dominar todo un imperio con la exigua ayuda de un medio millar de hombres y el contingente de escasos dieciséis caballos...

Lo importante aquí es destacar el oprobioso sistema de esclavitud que ya existía en México antes de la llegada de Cortés. Según cuenta Gómara, los aztecas habían tiranizado esa tierra y habían usurpado su dominio, allí "los cautivos de guerra no servían de esclavos, sino de sacrificados, y no hacían más que comer para ser comidos"... En cuanto a Moctezuma, tenía un serrallo de treinta mujeres, con más de cien que le servían y tenía más de mil criados, sólo para su guarda y servicio... “De las señoras, hijas de señores, que eran muchísimas, tomaba para sí las que bien le parecía; las otras las daba por mujeres a sus criados y a otros caballeros y señores. Y así, dicen que hubo vez que tuvo ciento cincuenta preñadas a un tiempo...”

En cuanto a las desigualdades, basten unos extractos de la descripción que hace el historiador del entorno de Moctezuma: “Andaban criados suyos de dos en dos, poniendo y quitando mantas por el suelo, para que no pisase en la tierra"... “Los demás venían con los ojos en tierra, para no mirarle a la cara, que era desacato”... “Tenía con los suyos tanta majestad, que no les dejaba sentarse delante de sí, ni llevar zapatos ni mirarle a la cara”... “Todos hacían tres o cuatro reverencias. No le miraban al rostro, hablaban humillados y andando para atrás”... En tanto, las casas de los demás eran "pequeñas y ruines" y la ciudad estaba llena de mendigos.

Quito


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28 julio 2014

El tiempo al revés

A veces me pregunto si ciertas iniciativas políticas, incluso las distintas decisiones que toman los gobiernos, obedecen verdaderamente a las reales necesidades que enfrentan sus pueblos; o si aquellas acciones más bien obedecen a expresiones de ignorancia, a simples manifestaciones de estulticia o a ese irrefrenable y recalcitrante complejo de inferioridad que parecería haberse afincado en ciertas ideologías tercermundistas. Es como si deberíamos aceptar que hasta el tiempo, de manera traviesa, hubiese decidido marchar al revés. Y, realmente, nada puede ser peor que ir a contramano con el tiempo!

Esto y no otra cosa me animo a pensar, cuando descubro que en Bolivia se habría optado, con escasa originalidad, por diseñar un tipo de artilugio, llamado "reloj del sur", cuyas manecillas giran en sentido contrario al que normalmente marchan los demás instrumentos de medir el tiempo, los cuales caminan justamente siguiendo lo que en forma universal se conoce como "sentido horario" o "la dirección de las manecillas del reloj", es decir hacia la derecha. Ello no sólo constituye una peligrosa contradicción sino un insulso anacronismo!

Pero esto precisamente parece haber quitado el sueño a los ideólogos de nuevo cuño, y ancestral resentimiento, del país hermano que, a pretexto de hacer una declaratoria de "identidad nacional" o de "símbolo de cambio", han emprendido en una iniciativa que sólo puede generar desconcierto y confusión en su propio pueblo. Es que los números, además, han sido colocados también en dirección contraria a su ubicación tradicional. Así, lo que, por ejemplo, reflejaría las doce y cincuenta, en un reloj convencional, indicaría realmente las once y diez en este tan absurdo como adefesioso aparato de medición del tiempo...

Cierto es que muchas convenciones que se han ido adoptando en la vida de la humanidad no son sino eso: meros convencionalismos. Estos han sido adoptados por la sociedad frente al convencimiento de su comodidad y conveniencia, para justamente eludir y eliminar los riesgos de actuar de una forma que pudiera no ser uniforme. La vida civilizada está marcada por una serie de reglas que reflejan un implícito acuerdo social y esto no es más que un mero convencionalismo.

Se quiere argumentar que existiría una razón geográfica para esta inusual novelería o "revolucionario" experimento: se arguye que las estaciones se producen en forma antagónica en el hemisferio sur a cómo se producen en el hemisferio norte, se insinúa que los relojes deberían marchar hacia la izquierda o al revés porque, en esa zona, no ocurren los solsticios y equinoccios al mismo tiempo... Pero, el argumento luce como una excusa traída de los cabellos, como un pretexto, que sólo consigue evidenciar un claro complejo de inferioridad frente a un acuerdo que, aunque pudiera parecer sólo un mero convencionalismo, es un útil y válido instrumento que ayuda a hacer más fácil la vida de la gente, como tantos otros inventos.

No se puede olvidar que el reloj mecánico se inspira en su predecesor, el reloj de sol, que, como es conocido, funciona de idéntica manera en ambos hemisferios. Lamentablemente -para los nuevos genios- la tierra gira siempre hacia la derecha; y, para su ilustrado conocimiento, así lo hace también en su propio hemisferio!

Mientras tanto, las autoridades han insistido en que "no hay que complicarse" (!), que "simplemente tenemos que tomar conciencia que no estamos en el hemisferio norte"... ¡Tan fácil como se escucha! Me pregunto: ¿cuál es el beneficio real de tan antitécnica como controversial iniciativa. ¿Se trata de ignorancia, estupidez, o simple gana de fastidiar? O tal vez sea, una vez más, una nueva manifestación de ese acomplejado prurito de ver hasta en el progreso un símbolo de opresión y colonialismo. ¿Cuál será el siguiente paso? ¿Inventar una brújula cuyas agujas declinen hacia la Cruz del Sur, o quizá algún otro aun más revolucionario invento?

Quito

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25 julio 2014

Patria, ¿un resentimiento?

Cuando viajo por los caminos de nuestro país, encuentro por doquier esa excesiva publicidad gubernamental que se refiere a que ahora "ya tenemos patria"... ¿Qué es exactamente lo que se quiere decir con ello? Conjeturo que se trata de una proclama que encierra un evidente contenido político, respecto a que los distintos beneficios materiales, el bienestar, quizá inclusive el progreso, son ahora parte de un nuevo proceso que es participado por todos. ¿Es justo, sin embargo, que sólo eso, algo puramente material, sea todo lo que identificamos con el concepto de patria?

No puedo dejar de advertir que muchas veces se confunden ciertos términos. No es infrecuente aquel guirigay que incluye a conceptos como país, nación y patria. Alguien me recordaba hace pocos días acerca de la identidad que existe entre dos vocablos que tienen una raíz común como son “pago” y país. Pago, en efecto, es un término usado en los países del sur del continente para referirse a territorio, lugar, distrito o región. “Por los pagos de mi barrio”, dice una milonga de Daniel Melingo.

Y hoy me he encontrado con un editorial periodístico que, a pretexto de exaltar la figura de Simón Bolívar y de tratar de rescatar su memoria, insinúa que somos una patria que no sabe rendir homenaje a sus padres, pues conjetura que si patria significa "tierra de nuestros padres o antepasados", no resulta justo que no sepamos dar a nuestros héroes el tratamiento que se merecen. Recuerda el artículo el cambio de nombre del aeropuerto guayaquileño, por ejemplo, que antes honraba la memoria del Libertador y sostiene que somos una patria "huérfana de padre".

Mas, sin embargo (como decían antes los cronistas), hay en ese editorial ciertas frases que revelan ese como complejo de inferioridad que quiere renegar de nuestra herencia hispánica. Ahí se habla de aquellos "tres siglos de conquista y cadenas coloniales", de la actual celebración de "la fundación del yugo imperialista en nuestra tierra", entre otros conceptos. Y yo me pregunto: ¿cómo es posible hablar de patria cuando, en el cansino prurito de aparecer "políticamente correctos", queremos desconocer una parte de los elementos de nuestra nacionalidad. Esto porque si pretendemos hablar de nación, no podemos dejar de tomar en cuenta el idioma, las costumbres, la cultura y la tradición que nos legaron los españoles.

Claro que, para hablar de nacionalidad, no podemos prescindir de un territorio que nos une e identifica (recordemos nuestro secular problema limítrofe); pero, sobre todo, no podemos dejar de tomar en cuenta todos aquellos ingredientes históricos que se fueron integrando y yuxtaponiendo. Hemos de empezar por reconocer una base aborigen -sin desconocer que aquella ya venía soportando otro sistema de dominación "imperialista", la del régimen incaico-; luego hemos de añadir el aporte cultural, religioso y lingüístico de la conquista, sin que tampoco deba desconocerse todo aquello de oprobioso que representaron las mitas, las minas o los obrajes.

Fue precisamente de ese modo, que nuestro país -como todos los demás países de América y como otros pueblos del mundo- enfrentó su integración mientras su raza experimentaba ese proceso incesante que llamamos mestizaje. Unos más blancos o morenos que otros, todos fuimos formando parte de esa diversidad que es la raíz irrenunciable de nuestra nacionalidad. ¿Cómo, por lo mismo, sería posible fortalecer esa nacionalidad si pretendemos tapar el sol con un dedo, si creemos que es factible apuntalar y enriquecer un sentido de nacionalidad sobre la base de desconocer la historia, pretendiendo que parte del pasado no hubiese ocurrido jamás?

Y es que, además, ¿a quién hacemos responsable de los abusos del pasado? ¿A quién exigimos reparación? ¿A los actuales españoles, a los hijos o nietos de los antiguos potentados o terratenientes? ¿Es justo, en todo caso, recuperar los pretendidos valores de lo autóctono sobre la base del odio, el resentimiento o la retaliación? De veras, ¿aún creemos que se puede hacer patria con la bandera del enfrentamiento fratricida, la represalia o el rencor? Creo que más que una entelequia de tipo pecuniario, la patria debe ser un sentimiento -jamás un resentimiento-, y estoy persuadido que solo haremos patria si nos esforzamos por fortalecer un concepto de dignidad y de sano orgullo; y, ante todo, un profundo sentido de comunidad.

Quito

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22 julio 2014

60 años del Boeing 707

Si para algo no soy bueno es para recordar la fecha de los cumpleaños ajenos; tanto que, si no fuera por que cae justo un día antes de finados, inclusive me olvidaría de celebrar el mío. Esto pudiera llevarme a enfrentar situaciones embarazosas porque a veces no recuerdo ni las conmemoraciones de mis seres queridos. Por fortuna hay gente como mi mujer, que se sabe de memoria los números de teléfono de todas las personas que conoce o que, semana a semana, me recuerda los onomásticos de todos nuestros conocidos. O como el Efe, ese colega mío, entusiasta incorregible, con cuya novelería es capaz de estar atento a todas las celebraciones, a todos los hitos aeronáuticos...

Y así he recordado que la semana pasada ya ha cumplido sesenta años el Boeing 707... En otras palabras, yo he de haber tenido unos escasos dos años cuando le dieron a luz. Al principio le conocieron con otro nombre, y con un distinto apellido. Le conocieron como el “367-80" cuando recién lo concibieron, y aun mientras solo fue un proyecto. Y así lo conocieron, por lo menos al principio, mientras ya asombraba como jet comercial y ejercía de prototipo. Fue justamente el 15 de junio de 1954 cuando el B 367-80 -o simplemente el Dash 80- y más tarde conocido como Boeing 707, habría de realizar su vuelo inaugural. Ese día marcaría una fecha importante, no sólo para la compañía Boeing de Seattle, para la era del jet y la historia de la aviación comercial, sino también para los viajes intercontinentales y el desarrollo de la transportación aérea, como se la conoce hoy.

Creo que mi romance con los Boeing empieza un día de verano de 1968. Era la primera vez que me subía en un jet comercial, se trataba de un Boeing 727 de Avianca, era el mismo jet que había transportado al Papa en su visita a Colombia. Me llamó la atención la comodidad de sus asientos, el espacio interior, esas como hornacinas de lisa textura y color tan discreto que servían de marco a cada ventana. Cuando el vuelo pasó por Bogotá y también cuando llegamos a Caracas, pude echar un vistazo a la cabina de mando mientras desembarcaba de la nave. Jamás hubiese imaginado que los Boeing serían parte de mi vida profesional por casi treinta años...

Pocos años más tarde, y ya siendo piloto profesional, fui requerido para viajar a Bogotá para traer una avioneta Cessna que se había enviado para una inspección en el aeropuerto de Guaymaral. En esa ocasión me tocó en suerte volar en Lufthansa, se trataba esta vez de un Boeing 707-320 y, como todavía sucedía por aquellos tiempos, luego de identificarme como aviador, el comandante tuvo la bondad de invitarme para que despegara y aterrizara en el puente de mando. Esa fue una experiencia incomparable!

Antes de ese viaje, sólo había volado en aviones de hélice por espacio de tres años. Jamás había tenido oportunidad de ser testigo de la operación de un cuatrimotor a reacción, con tripulación de tres hombres y cinco asientos en la cabina de mando. Cuando aterrizamos en Bogotá, si algo me llamó la atención, y es un recuerdo que nunca voy a olvidar, fue aquel esfuerzo mancomunado de los miembros de la tripulación -ingeniero de vuelo, de por medio- en esa tarea sorprendente en que se convertía la aplicación de reversas luego del aterrizaje... Algo realmente traumático!

Tampoco me imaginé, en ese mismo vuelo, que tan sólo dos años más tarde habrían de llamarme de Ecuatoriana para que me incorporara a su nómina de tripulantes. Era el mismo día en que yo cumplía veinticinco años, entonces habría de desplazarme a San Francisco para recibir mi entrenamiento en los simuladores de vuelo de la desaparecida Western Airlines. Tampoco habría de imaginarme que volaría los siguientes quince años en los Boeing 707 y 720; que acumularía doce mil horas de vuelo en ese tipo de avión; y que, tan sólo dos años más tarde, estaría recibiendo mi entrenamiento en las instalaciones de Pan American en Miami, para volar como comandante en aquel aparato inolvidable.

El B-707 pasó a ser mi hermano y mi amigo. Es hasta hoy, el mejor entrenador que jamás haya volado. Con él aprendí cosas que eran nuevas para mí, como la operación de los motores a reacción, la cabina presurizada, las alas "swept-back", la meteorología de gran altitud, nuevos términos y fenómenos como el "dutch roll" o el "tuck under". El 707 me hizo madurar como aviador, me hizo convencer de las ventajas de ser disciplinado; me enseñó a tomar en cuenta los criterios de los demás miembros de la tripulación, a planificar, a ser precavido, a utilizar mejor los recursos de la cabina, a ser una mejor persona, a aprender a ser un mejor "comandante"...

Quito

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18 julio 2014

Claraboya

Si se observa una de las portadas de Claraboya, la novela póstuma de José de Sousa Saramago (Azinhaga, Portugal, 1922 - Lanzarote, España, 2010), no se puede menos que transigir ante la reflexión que provoca la aparente interpretación del artista responsable del dibujo. En un fondo ocre, que parece semejar un enorme portón, un diminuto hombre captado en una instantánea de curiosidad parece hacer un esfuerzo por cruzar un postigo estrecho, como apartándolo para dar paso a su catadura. De pronto, uno advierte que la oscuridad que se descubre al otro lado de la apertura, produce una sombra descomunal y contradictoria, un extraño claroscuro. Parece reflejar una sutil metáfora, una que insinúa que algo no hemos entendido.

Claraboya es una de las primeras novelas de Saramago, una que el premio Nobel la habría escrito antes de los treinta años. Cuando le llamaron desde una editorial para anunciarle que habían redescubierto el manuscrito, ya habían transcurrido otros cuarenta años y el autor, enojado por tan incomprensible falta de respeto, se opuso a la tardía propuesta de los editores que ahora estaban listos a publicar la obra, y resolvió que no lo haría mientras estuviese con vida. Para entonces ya había visto publicadas muchas de sus famosas y provocativas novelas, y gozaba del ecuménico reconocimiento que le otorgaba el mundo de la literatura.

Algo hemos de decir de Saramago, un hombre que tuvo que lidiar con la tartamudez, que nunca fue a la universidad, que había sido mecánico de profesión, y cuyos padres y abuelos fueron analfabetos. Hubo un tiempo en el que devoré la mayoría de sus novelas, las mismas que obligan a sus lectores a replantearse su misión en el mundo y a reconocer las diversas tonalidades morales que encontramos en la vida. Ahí nada es solo blanco o solo negro, nadie es totalmente culpable o totalmente inocente. Pues eso es justamente la vida, una inescrutable condición donde los hombres terminamos viéndonos en el espejo y descubrimos que asomamos distorsionados por el subjetivo lente con el que los demás nos miran.

En Claraboya se suceden esas instancias vitales, los recelos, el egoísmo, las ambiciones -esa competencia sin misericordia- que parecen ser parte primordial de toda relación humana cuando estamos sometidos a la opinión ajena y al escrutinio que anima la curiosidad de los vecinos. Claraboya es la narración de unos incompletos episodios acerca de lo que sucede, o puede ocurrir, en los espacios compartidos, en la cotidianidad de la vida del conventillo. Ahí hay espacio para lo magnánimo y para lo abyecto, para la insidia, para la bondad o la ilusión. Y todo se percibe como si se otearía desde un ventanal elevado y secreto, que nos regala la luz necesaria para ayudarnos a interpretar y la distancia para asegurarnos discreción...

Resulta sorprendente que un joven Saramago haya sido capaz de describir cuadros humanos tan complejos que piden ser pintados con el pincel de la madurez. Hay, en la presentación de esos personajes, una cuota de profunda sensibilidad, un hábil manejo psicológico de las escenas en las que ellos intervienen, y -además- una enorme fidelidad del sesgo inesperado que a menudo adquieren los intercambios coloquiales. Eso domina Saramago desde muy joven, una suerte de oficio para dejar que los diálogos fluyan. Son intercambios nada premeditados, surgen como en la realidad de la vida, empujados por la fuerza espontánea de la improvisación.

Un hombre que supo utilizar la imaginación para combinar sus más conspicuas cualidades, la compasión y la ironía (así supo reconocerlo la propia Academia sueca), Saramago dejó de publicar por cerca de treinta años, porque argumentaba que "no tenía nada que decir". Cuando hacia 1980 le sorprendió una inusitada fama, sus obras fueron de pronto reconocidas mundialmente y deleitó a sus lectores con novelas como "Manual de pintura y caligrafía", "El año de la muerte de Ricardo Reis", "El evangelio según Jesucristo", "Ensayo de la ceguera", "Caín" y "Ensayo de la lucidez". En todas ellas, el autor nunca cesó de utilizar sus parábolas para invitarnos a meditar en lo fortuito y circunstancial de nuestra humana contribución .

Casablanca

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14 julio 2014

Más allá de un virus

Se nos fue convirtiendo en un virus. Y todos, casi sin que cayesen en cuenta, empezaron a utilizar esa curiosa manera de expresarse. "Más allá de", por aquí, "más allá de", por allá. En parte, creo que tiene que ver con la influencia de una forma de decir que resulta común en el sur del continente, en el habla argentina, y que nos fue llegando a través de los comentarios deportivos y de las entrevistas relacionadas con el fútbol. Lo cómico es que se ha convertido en un clisé, en una frase copiada, en un abuso mecánicamente repetido. “Más allá de esto", por aquí y por allá.

De golpe el "más allá de" se fue convirtiendo en un omnipresente lugar común. En algo parecido al "o sea" o al "digamos", y ya no parecería existir comentarista o expositor que en algo se precie (o aprecie) que no transija al embrujo aparente de su utilización. Lo que no queda nunca claro es qué es lo que se quiere subrayar o qué es lo que se quiere obviar o esconder. Cuando lo escuchamos no logramos aprehender su real intención. ¿Quieren decir con ello acaso "no solo eso"? ¿Quizá, "aparte de"? ¿Qué mismo es lo que, quienes usan ese “más allá”, pretenden significar?

Por mi parte, he tratado de poner atención a todas esas frases en las que se ejercita su uso. Alguien que está hablando de las limitaciones técnicas de un determinado equipo, por ejemplo, empieza por advertir aquello de "Más allá de los méritos del equipo contrincante". Si uno pone especial atención a lo que parecería ser la intención de la frase en mención, ha de notar que no queda claro con qué propósito fue utilizada. Tal vez, "tomando además en cuenta"? Quizá, "sin embargo", o "no obstante"? O, tal vez, con ese siempre repetido "más allá de", se quiere expresar un "sin tomar en cuenta" o un "sin entrar a considerar" esto o lo otro...

Lo cierto es que, mucho "más allá de" lo que sus cultores quieran realmente decir, el uso se fue convirtiendo no solo en un empleo recurrente, sino en una innecesaria moda que fue adquiriendo un sesgo un tanto viral. Quisiera conjeturar que se trata de una forma usada para expresar (o quizá reemplazar) tanto un "sin embargo" como un "además de". De ahí el carácter impreciso que contiene. No se entiende si con ello se insinúa que es algo que se quiere subrayar o algo de lo cual nada se quiere decir, algo que se prefiere pasar por alto o callar.

Pero este coloquial "más allá de" nada tiene que ver con otro que en apariencia también se ha ido convirtiendo en fórmula preferida para encabezar o poner título a ciertas noticias, crónicas o ensayos. Ejemplos abundan y sobran. Les entrego dos: "Más allá de las canas", o "Más allá de la cocina", con lo que sus autores parecería que quieren expresar la idea de "algo más profundo que" o "al otro lado de" este o algún otro asunto. Piénsese por ejemplo en este sugerente titular: "Más allá de la realidad", aunque -en este preciso caso- no se trate de la intención de hablar de ultratumba; es decir, de referirse a un contingente "más allá"...

Hago estas ociosas digresiones cuando ya ha finalizado el absorbente mundial de fútbol. Sin duda, este se ha constituido en uno de los más entretenidos mundiales que ha habido en la historia. Es evidente que a su éxito, y a nuestro especial disfrute, ha contribuido el alto grado de sofisticación a que han llegado las transmisiones televisivas. A la claridad y nitidez de esas transmisiones se han sumado todos esos recursos que permiten repetir las más importantes incidencias, revisar las jugadas que generan controversia y la disposición táctica de los equipos participantes. Tal parece que poder presenciar estas transmisiones conlleva ventajas que ni siquiera obtienen quienes se hallan presentes en los mismos estadios.

Alemania ha quedado campeón. Es un justo ganador, siempre se exhibió como el conjunto más completo y mejor preparado del torneo. La gran desilusión para los latinoamericanos fue aquello de que uno de sus equipos no pudiera lograr el ansiado trofeo. En cuanto al triste y especial desengaño que sufrió el equipo anfitrión, empiezo a pensar que aquello de no tener que participar en los partidos eliminatorios, a la larga más bien le perjudicó como equipo y no le favoreció como se hubiera esperado… Ahora, a Brasil, no le queda más que prepararse y ver qué pasa luego de otros cuatro años, "más allá" de lo que el destino le pudiera deparar!

Casablanca

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