28 diciembre 2014

De Nicolás a Santa y Papá Noel *

* Tomado de "La palabra del día" de Ricardo Soca

El viejecito de ropas rojas y barba blanca que vemos en vísperas de Navidad en los shoppings de todo el mundo se ha convertido en ícono cultural de la sociedad de consumo del tercer milenio. El sonriente personaje, que encanta a los niños, fue forjado a lo largo de los últimos diecisiete siglos, basado en la historia de un obispo que vivió en el siglo IV.

La ciudad de Mira, en el antiguo reino de Licia, actual territorio de Turquía, tuvo un prelado llamado Nicolás, célebre por la generosidad que mostró con los niños y con los pobres, y que fue perseguido y encarcelado por el emperador Diocleciano. Con la llegada de Constantino al trono de Bizancio —ciudad que con él se llamó Constantinopla—, Nicolás quedó en libertad y pudo participar en el Concilio de Nicea (325).

A su muerte fue canonizado por la Iglesia católica con el nombre de san Nicolás. Surgieron entonces innúmeras leyendas sobre milagros realizados por el santo en beneficio de los pobres y de los desamparados. Durante los primeros siglos después de su muerte, san Nicolás se tornó patrono de Rusia y de Grecia, así como de incontables sociedades benéficas y, también, de los niños, de las jóvenes solteras, de los marineros, de los mercaderes y de los prestamistas. Ya desde el siglo VI, se habían venido erigiendo numerosas iglesias dedicadas al santo, pero esta tendencia quedó interrumpida con la Reforma, cuando el culto a san Nicolás desapareció de toda la Europa protestante, excepto de Holanda, donde se lo llamaba Sinterklaas (una forma de san Nicolás en neerlandés). En ese país, la leyenda de Sinterklaas se fusionó con antiguas historias nórdicas sobre un mítico mago que andaba en un trineo tirado por renos, que premiaba con regalos a los niños buenos y castigaba a los que se portaban mal.

En el siglo XI, mercaderes italianos que pasaban por Mira robaron reliquias de san Nicolás y las llevaron a Bari, con lo que esa ciudad italiana, donde el santo nunca había puesto los pies, se convirtió en centro de devoción y peregrinaje, al punto de que hoy el santo es conocido como san Nicolás de Bari, un lugar que él nunca conoció.

En el siglo XVII, emigrantes holandeses llevaron la tradición de Sinterklaas a los Estados Unidos, cuyos habitantes anglófonos adaptaron el nombre a Santa Claus, más fácil de pronunciar para ellos, y crearon una nueva leyenda, que acabó de cristalizar en el siglo XIX, sobre un anciano alegre y bonachón que en Navidad recorre el mundo en su trineo, distribuyendo regalos.

Hasta los primeros años del siglo XX, Santa Claus era representado como un hombre muy alto y delgado, con una imagen que inspiraba temor. La campaña publicitaria que lanzó la Coca-Cola en 1921 lo convirtió en un hombre regordete, sonriente y de rostro sonrosado, que vestía las ropas con que lo conocemos, del color rojo que caracteriza la propaganda de esa compañía. De esa forma, Santa Claus se convirtió rápidamente, en los Estados Unidos, en símbolo de la Navidad, en estímulo de las fantasías infantiles y, sobre todo, en ícono del comercio de regalos navideños, que anualmente moviliza miles de millones de dólares.

Esta tradición no demoró en cruzar nuevamente el Atlántico, ahora remozada, y en extenderse por varios países europeos, en algunos de los cuales Santa Claus cambió de nombre. En el Reino Unido se le llamó Father Christmas (papá Navidad); en Francia fue traducido a Père Noël (con el mismo significado), nombre del cual los españoles tradujeron solo la mitad, para adoptar Papá Noel, que se extendió rápidamente a América Latina.

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25 diciembre 2014

El caso de los maníes

Decir en inglés que algo vale o representa “peanuts” (maníes) quiere decir que ese algo vale poco o que no tiene importancia. Hay inclusive un aforismo popular en ese idioma sajón que enuncia “pague maníes y conseguirá monos”, haciendo referencia a la mano de obra no especializada o poco calificada que se puede obtener si no se hace un esfuerzo por ofrecer salarios más atractivos. Y nuestro propio idioma hace referencia al supuesto valor exiguo de lo que al sur del río Grande se denominan “cacahuates”, cuando decimos de algo “me vale un maní”.

Pero el caso que voy a comentar no tiene un carácter baladí, ni reviste escasa importancia; se refiere a lo que ha sucedido en una aerolínea para la que este humilde marqués solía trabajar hace un par de décadas y todo por un puñado de maníes. Quién no ha comido unos granos de maní. Pocos, sin embargo, conocen que esas pepitas de color dorado, que devoramos en forma casi involuntaria y bastante adictiva, vienen dentro de una cascarita “coriácea”, según el diccionario, que tiene dentro “según la variedad, dos a cuatro semillas blancas y oleaginosas, comestibles después de tostadas”. Esto lo aprendí en el famoso hotel Raffles de Singapur, en cuyo Long Bar proporcionan generosas cantidades de este fruto, cuyas cortezas los visitantes son cordialmente invitados a arrojarlas en el piso.

El asunto es que el episodio de marras sucedió en un avión de la Korean Air que se disponía a despegar desde el aeropuerto Kennedy de Nueva York con destino al de Incheón, vecino a Seúl, en la capital de Corea del Sur. Y como digo, “todo por un maní”. Sucede que el alboroto se armó porque uno de los auxiliares de vuelo, lo que llamamos comisarios de a bordo o azafatas, no sirvió estas controvertidas semillas a una pasajera de primera clase, nada menos que a la vicepresidente de la propia empresa, de la forma tradicional y civilizada; es decir, contenidas en un pozuelo o en un adminículo de loza como demandan los cánones de la etiqueta y del buen servicio. Por el contrario, el insolente encargado osó presentar dichos granos, a la disgustada ejecutiva, encerrados en una vulgar funda plástica.

En efecto, enfurecida por la afrenta, la agraviada funcionaria, solicitó al comandante que suspendiera el carreteo previo al despegue y que retornara a la puerta de embarque, con el ánimo de dejar en tierra al impertinente comisario, con lo que, más tarde, las instancias administrativas de la empresa consideraban su cesación laboral, lo que hoy se conoce con el eufemismo de “desvinculación”. Como se verá, el protocolo que utilizó el auxiliar de cabina era el correcto; lo malo fue que cuando tuvo que explicar el motivo por el que no estaba supuesto a ofrecer el servicio como era demandado, no supo dar una adecuada explicación.

Esto es justamente lo que está sucediendo en el mundo, que la gente aprende los procedimientos y más protocolos, pero no se da la molestia de averiguar o de aprender cuál es su razonamiento o explicación. Idéntica situación nos sucede muchas veces a los pilotos, cuando efectuamos una “lista de chequeo”, que en algunos casos las cumplimos como loros, sin meditar en cada ítem individual en el porqué, en el motivo, en el razonamiento o la correcta disquisición. Lo mismo está ocurriendo con los procesos de capacitación y entrenamiento. Se menciona el qué y el cómo; pero, no se otorga el preámbulo del porqué, de la razón.

Estoy seguro que todo el guirigay que se ha montado, juicios y renuncias aparte, y la exposición que ha tenido el ridículo caso frente a la opinión pública coreana, e inclusive frente al escrutinio internacional, bien pudo haberse ahorrado. Esto si, de la misma forma cortés con que el comisario había atendido el presuroso pedido, hubiera también respondido a la solicitud de la pasajera con una corta explicación: aquella de que “por razones de seguridad” no le estaba permitido ofrecer ningún tipo de alimento en recipientes que, por su naturaleza, pudieran lastimar a los propios pasajeros durante las maniobras de despegue o aterrizaje.

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08 diciembre 2014

De hábitos y concordancias

Ciertas circunstancias, relacionadas con una nueva actividad, me han alejado temporalmente de la atención que he venido asignando a este blog (no estoy muy seguro si ese término que hoy se utiliza en las redes sociales, ese de "muro", es el que se aplica para esta suerte de periódico mural personal, que eso y no otra cosa es un blog). En esto, soy un poco lo que uno de mis buenos amigos expresa cuando a él se le encarga una actividad en la gestión pública: "yo que soy por lo general descuidado e irresponsable en mis asuntos privados -confiesa-, soy en exceso escrupuloso, prolijo y responsable para los asuntos públicos".

Esto del blog es algo más que un artilugio para dar rienda suelta a la pasión por escribir y al afán de expresar unas ideas y pensamientos. Cuando el que escribe percibe una respuesta de sus lectores, aquello se convierte en una suerte de compromiso. Entonces deja de ser sólo un recurso para satisfacer un deseo de confesión, en un mero desahogo, o en un interés por expresar sus deseos, sus temores y sus aspiraciones íntimas; ello se convierte en una responsabilidad que ya no sólo pertenece a quien escribe: pasa a ser propiedad de quienes consultan la opinión de otro, si no para enriquecer sus puntos de vista, para hallar una referencia que refuerce o contradiga, que oriente o aclare su propia posición.

En lo que no he transigido, a pesar de las restricciones en mi tiempo libre, es en aquella costumbre, con probables visos de obsesión, que para mí, desde siempre, fue la de la lectura. Ayer nomás, cuando ponía en orden los libros y textos de mi querida biblioteca, reconocía que tengo la suerte y el privilegio de haber leído buena parte de lo que esos estantes exhiben. En este sentido, todavía utilizo mis libros para mis ocasionales consultas, pues no he sucumbido a la avalancha de lo digital. Ya no compro libros impresos con la asiduidad con que lo hacía antes; y no precisamente por razones económicas, ahora utilizo el recurso digital más bien por comodidad.

Con el tiempo me fui convirtiendo en un madrugador (quizá debería decir que devine en un "desvelado"). Ha sido este un proceso gradual: poco a poco fui advirtiendo que iba reduciendo mis horas de sueño, y que en forma paulatina se me iban haciendo más largas e inevitables (aunque nunca tediosas) mis prolongadas horas de vigilia. El problema no es que mis horas de sueño se hayan vuelto cortas; sino que acudo al llamado de Morfeo demasiado temprano cada noche. De resultas, acabo por "recordarme", como decía la abuela, a una hora aún signada por la oscuridad y el silencio. Tal es mi personal "rosario de la aurora".

Y mis lecturas empiezan en esa temprana cláusula matutina. Es el crepúsculo el primer testigo de mis madrugadores escarceos periodísticos y cibernéticos. Es ineludible, entonces, echar una ojeada a lo que pasa en el país y en el mundo, y es cuando asigno importancia a la lectura de los principales artículos de opinión. A veces encuentro poca atención a la correcta puntuación; y no sé si los escritores se han hecho hoy menos prolijos o se cometen lamentables errores de edición, pero voy descubriendo -cada vez con mayor frecuencia- errores de concordancia que podrían corregirse con una simple revisión. Aquí van dos sencillos ejemplos (ambos encontrados en la página editorial de un mismo medio, el día de hoy):

* "Si bien parte de este beneficio puede ir a los gobiernos debido a la manera como funcionan los impuestos sobre el petróleo en algunos países (especialmente en Europa) el efecto global general será la de un impulso en el consumo y bajos costos de producción en países que han estado luchando para superar el malestar prolongado en crecimiento y el empleo". Aquí se me ocurre que la frase es en exceso larga y sobresale ese poco elegante "la de un impulso", por "el de un impulso"; pues, se está hablando de "el efecto": género masculino…

* Otro más: "En este punto del desarrollo de la humanidad se hace más que nunca forzoso ir a situaciones de Estado mínimo, en los cuales la prioridad sea proteger a los ciudadanos de sus gobiernos". Nuevamente, otra muestra de concordancia desprolija, aquí se habla de "las situaciones"; por lo tanto, lo adecuado debió haber sido escribir "en las cuales". Otro descuidado gazapo!

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23 noviembre 2014

Dudas e incertidumbres

No sé por qué, pero siempre tuve dudas con la conjugación del verbo "haber". Nunca entendí por qué era incorrecto decir "hubieron casos", pero correcto decir "existieron casos", por ejemplo. Quizá mi renuencia, y probable testarudez, se haya debido, más que a un uso incorrecto de las reglas de la concordancia, al convencimiento del significado similar que tenían los verbos haber y existir. Tal vez, tampoco caí en cuenta -o no me di la molestia de considerar- que muchas veces haber es impersonal y que, por lo mismo, carece de sujeto. Por lo tanto, sólo debe usarse en la tercera persona del singular: hubo bullas, hubo tormentas. 
El diccionario en línea de la Real Academia tiene herramientas para consultar estas incómodas incertidumbres. Aquí transcribo su autorizada información, la misma que bien puede servirnos a quienes hacemos de la costumbre de escribir una forma de entretenimiento, un oficio o una necesidad. Lo siguiente se refiere a la conjugación del verbo "haber", que fuera en el pasado fuente recurrente de mi personal confusión. Sigue un extracto que puede sernos de enorme utilidad:
* "Hubieron":

La forma verbal hubieron es la que corresponde a la tercera persona del plural del pretérito perfecto simple o pretérito de indicativo del verbo haber: hube, hubiste, hubo, hubimos, hubisteis, hubieron.
- Uso correcto:
Esta forma verbal se emplea, correctamente, en el caso siguiente:
Para formar, seguida del participio del verbo que se está conjugando, la tercera persona del plural del tiempo compuesto denominado pretérito anterior: hubieron terminado, hubieron comido, hubieron salido. Este tiempo indica que la acción denotada por el verbo ha ocurrido en un momento inmediatamente anterior al de otra acción sucedida también en el pasado: Cuando todos hubieron terminado, se marcharon a sus casas; Apenas hubieron traspasado el umbral, la puerta se cerró de golpe. En el uso actual, este tiempo verbal aparece siempre precedido de nexos como cuando, tan pronto como, una vez que, después (de) que, hasta que, luego que, así que, no bien, apenas. Prácticamente no se emplea en la lengua oral y es hoy raro también en la escrita, pues en su lugar suele usarse, bien el pretérito perfecto simple o pretérito de indicativo (Cuando todos terminaron, se marcharon a sus casas), o bien el pretérito pluscuamperfecto (Apenas habían traspasado el umbral, la puerta se cerró de golpe).
- Uso incorrecto:

No se considera correcto el uso de la forma hubieron cuando el verbo haber se emplea para denotar la presencia o existencia de personas o cosas, pues con este valor haber es impersonal y, como tal, carece de sujeto (el elemento nominal que aparece junto al verbo es el complemento directo) y se usa solo en tercera persona del singular. Son, pues, incorrectas oraciones como: Hubieron muchos voluntarios para realizar esa misión; o No hubieron problemas para entrar al concierto; debe decirse: Hubo muchos voluntarios para realizar esa misión; o No hubo problemas para entrar al concierto. 
* “Había muchas personas, ha habido quejas, hubo problemas”:
Cuando el verbo haber se emplea para denotar la mera presencia o existencia de personas o cosas, funciona como impersonal y, por lo tanto, se usa solamente en tercera persona del singular (que en el presente de indicativo adopta la forma especial hay: Hay muchos niños en el parque. En estos casos, el elemento nominal que acompaña al verbo no es el sujeto (los verbos impersonales carecen de sujeto), sino el complemento directo. En consecuencia, es erróneo poner el verbo en plural cuando el elemento nominal se refiere a varias personas o cosas, ya que la concordancia del verbo la determina el sujeto, nunca el complemento directo. Así, oraciones como: Habían muchas personas en la sala, Han habido algunas quejas o Hubieron problemas para entrar al concierto son incorrectas; debe decirse: Había muchas personas en la sala, Ha habido algunas quejas, Hubo problemas para entrar al concierto.

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08 noviembre 2014

Un rincón del pasado

Fui a Nueva York -propiamente a Manhattan- en forma regular, aunque siempre fugaz, por cosa de veinte años seguidos (de 1976 a 1997). Luego habría de visitar la metrópoli en forma menos frecuente. Si hubo un tiempo en que visitaba la urbe más de una vez por semana, después de 1997 -mientras trabajé con diversas aerolíneas asiáticas- mis periplos a Nueva York se fueron haciendo menos repetidos y creo que bastante más esporádicos. Sospecho que sólo alrededor de uno por trimestre.

El rincón más familiar, en los primeros años de mis apresurados y abreviados viajes, fue el entorno del afamado hotel Roosevelt, ubicado en la calle 45, entre Madison y Vanderbilt, a escasos pasos de la estación Grand Central. Sus diminutas recámaras fueron mudos testigos de mis iniciales barruntos y trasiegos. No fue ese el primer hotel en el que me habría de alojar en la Gran Manzana. Recuerdo que por asuntos de renovación del contrato de alojamiento, hubo un tiempo cuando se nos ubicó en un hotel de Jamaica, avecinado al aeropuerto Kennedy. Desde ahí había que tomar un bus “local” para poder conectar con el servicio del tren subterráneo.

Conjeturo que tal vez fue el modo en cómo estaban diseñados los itinerarios de la compañía, el que no facilitó que pudiéramos disfrutar de ciertos aspectos de la vida nocturna neoyorquina, como el teatro de Broadway y toda esa bullente actividad que da tanta luminosidad y colorido a aquellos sectores donde el espíritu artístico se transforma en expresión bohemia y da paso ocasional a un incontenible desenfreno. Nuestros vuelos llegaban muy tarde, y eso cuando operaban a tiempo; además, la mayoría de esos viajes duraban menos de veinticuatro horas y los preparativos para el retorno se producían también a una hora temprana e inconveniente…

El Roosevelt tenía algo de aristocrático, aunque justo es reconocer que había en él una pátina de rancia tradición de principios de siglo, no exenta de un polvillo opaco y mortecino. Resaltaba allí una extraña mezcla de solemnidad y de nostalgia. Su gran ventaja era su central ubicación. Nada más salir, nos encontrábamos con almacenes de la tradición y categoría de Brooks Brothers o de un Paul Stuart, lugares que más que marcar la moda, eran un símbolo del buen gusto de los habitantes de la urbe.

El hotel quedaba entonces a corta distancia de la principal estación ferroviaria de la ciudad; pero, al mismo tiempo, se ubicaba a un tiro de piedra de la Quinta Avenida y a pocos minutos de caminata de varias tiendas de departamentos, museos, centros de entretención y de una rica variedad de restaurantes internacionales. Nueva York es una ciudad donde se puede encontrar de todo y para todos, y donde la industria culinaria ha perfeccionado la especialidad de impensables procedencias y donde la preparación de esos deliciosos bocados ha alcanzado cotas muy destacadas.

Hacia poniente de la Quinta Avenida, la calle 45 se convertía en un centro de especialidades electrónicas, preferentemente de expendio de equipos de música. En aquellos sitios, lo único que hacía falta era una mayor disposición de tiempo para poder gozar de los últimos adelantos que prometían las flamantes novedades. Allí descubrimos la revolución que produjo el primer CD, nos impresionamos con un poderoso amplificador o sucumbimos frente a un par de vigorosos y sorprendentes parlantes. Allí aprendimos también de esa extraña sensación en que se convierte la tentación por algo nuevo, esa difícil disyuntiva entre el antojo y el escrúpulo...

Más arriba, en la calle 47, se concentraban las joyerías y los almacenes de fotografía. Los atendían propietarios de procedencia invariable: los “jasidistas” judíos. Vestían estos personajes unos trajes de color oscuro, cuya prenda superior semejaba un largo abrigo; usaban un sombrero magro y portaban una luenga barba. Su rasgo característico eran unos tirabuzones o caireles ensortijados que surgían de sus patillas, las mismas que, por disposición de su secta, nunca estaban en condición de recortarlas. Siempre me extrañó esa anacrónica indumentaria, que les daba una singular apostura, a medio camino entre la tradición y la extravagancia.

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06 noviembre 2014

Feriado de finados

Hace pocos años el país vivió una difícil encrucijada política. Una polémica iniciativa de orden fiscal habría de desembocar en una controversia que habría de tener hondas repercusiones en la vida nacional; atendiendo al momento de emisión de la medida y en consideración a que esta favorecía a quienes debía castigar, en lugar de convertirlos en beneficiarios, la intuición popular llamó a dicho episodio con el sugestivo título de "feriado bancario". Hacía así referencia a un periodo de asueto y también a un acto de prodigalidad y derroche en aquella disposición gubernamental.

De modo similar, y aprovechando el pasado feriado de finados, ha sido la Corte Constitucional, la que se ha apresurado a dar carta blanca para que la Asamblea Nacional pueda proceder a refrendar la pretendida aspiración del partido de gobierno, que apunta a la reelección indefinida, mediante la aprobación de una simple enmienda constitucional. Hay algo de atropellado y de perentorio en esta resolución de la Corte; pero hay quizá, también, algo de furtivo y de subrepticio.

Para nadie era un secreto que dicha resolución, más que un ingrediente jurídico tenía un claro tinte político; pero tal disposición se aleja de un sentido de integridad y delicadeza cuando sus actores optan por dar la razón al mismo grupo político que los había designado para que ejercieran sus altas responsabilidades. Resulta, por lo mismo, imposible no recordar una frase de Plutarco que nos advertía que así como hay una sola palabra para designar la virtud y la valentía, el coraje; así mismo, tal coraje, sin asomo de virtud, sólo nos precipita en el cinismo y en la desvergüenza.

Se me ocurre que este es un momento crucial para la vida política de nuestro país; es un momento de definiciones, no sólo en la acepción de optar por derroteros, sino en el sentido de darle un significado a lo que queremos que sea nuestra democracia. Como siempre entendí, esta es una forma de gobierno que supone una permanente oportunidad para dar tribuna a todos los actores y para tolerar todas sus ideas, por opuestas, descabelladas y contradictorias que pudieran parecernos. Sin oportunidad para que las minorías se expresen, la democracia no existe; sólo se convierte en una ficción, en una burda parodia de lo que debería ser la participación política.

Empero, aunque se nos antoje espuria la comentada medida, o tan sólo inadecuada, ella es también un recurso político. Es decir, aunque a muchos observadores independientes nos parezca que carece de la debida legitimidad, la misma surge como una herramienta de un grupo que está persuadido, tal vez honestamente, que su visión es justamente la que debe protegerse, porque sus proyectos, iniciativas y decisiones son los únicos que darían los ansiados resultados sociales; todo lo demás, para ellos, significaría estancamiento y retroceso; en su enfoque, el fracaso del país.

Esta postura se expresa, desde luego, como una posición extrema; y justamente revela su principal debilidad o deficiencia: ella parte de una visión sesgada que nada tiene de democrática y menos de pluralista. Y aún va mucho más allá: proclama que discrepar y cuestionarla equivaldría a un propósito desestabilizador, que pondría en riesgo -paradójicamente- lo que ellos entienden por armonía y estabilidad políticas. La guinda en el pastel la ha puesto el propio presidente -quien promueve y avala dicha medida-, que en una frase de escaso acierto y felicidad habría mencionado, palabras más palabras menos, que "la enmienda no hace a nadie autoridad, son los votos los que crean un alcalde o un presidente sin restricciones, esto es democracia sin límites"(?)... Sin duda una visión confusa, no exenta de cierto absolutismo.

Un cambio amañado de las reglas del juego democrático no es saludable para fortalecer las instituciones en las que se debe sustentar nuestra organización política. El insistir en ese capricho, en mi opinión, sólo hace daño al propio partido de gobierno, al fortalecimiento de nuestra democracia, a un sentido de comunidad que hoy más que nunca nos debemos empeñar en enriquecer; ello nos desune como país y no propende a robustecer un necesario espíritu de madurez y de tolerancia.

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