01 abril 2015

La certificación médica y los accidentes

No es la primera vez, y nada asegura que vaya a ser la última; el accidente de Germanwins, ocurrido la semana pasada, demuestra no sólo lo incompletos que pueden ser los chequeos y verificaciones médicas que se hacen a los aviadores modernos; sino, además, lo crueles y siniestros que pueden ser los métodos que utilizan las personas que, por uno u otro motivo, han decidido segar sus propias vidas. Y hace pensar, como sucede en este penoso caso, en las incomprensibles motivaciones de aquellos que no tienen ningún tipo de escrúpulo para poner fin, en forma arbitraria y criminal, a las valiosas vidas que se confiaron en sus manos.

Conocido es por muchos, lo rigurosos y ciertamente inflexibles que pueden ser los chequeos médicos de los pilotos. Asuntos como una pequeña deficiencia visual, una ligera imperfección en el oído, un insignificante murmullo en el ritmo cardíaco, pueden ser motivo para negar la certificación médica a los profesionales del aire. Es más, aviadores que han cumplido con una trayectoria nada despreciable y han ganado enorme experiencia en esta exigente profesión, de la noche a la mañana pueden verse de golpe expuestos a la imprevista condición de la pérdida de su certificación médica; y, con ello, de su licencia aeronáutica; y, por lo mismo, de su herramienta de trabajo y del sustento de sus familias.

El problema está en que quizá esos escrutinios médicos han estado poniendo demasiado énfasis en asuntos que tradicionalmente se consideraban preponderantes, para calificar y establecer el estado óptimo de salud que debería caracterizar al personal de vuelo. A pesar de ello, no siempre se efectuaron mediciones psicológicas de tipo recurrente para evaluar, con relativa certeza, el grado de idoneidad mental que debía exigirse en un tipo de oficio en cuyo cuidado se pone la vida de cientos de valiosas vidas. Léase: de personas inocentes.

¿Qué chequeos se realizan actualmente? Al respecto, existen autoridades aeronáuticas que todavía insisten en exámenes de comprobación médica que se caracterizan por un estilo muy riguroso. Chequeos como el del propio Centro de Evaluación Médica de la DAC en el Ecuador, se expresan como los de una entidad que busca unos estándares similares a los que se solicitan para la vida militar. Exámenes parecidos exigen otros organismos como el coreano y el chino, donde el criterio médico predominante es el de que el piloto de aeronave debe tener una salud superior a la estandard. Pero… este criterio no es universal y tampoco incluye, necesariamente, pruebas psicológicas para evitar episodios luctuosos como el que en estos días comentamos.

Además, hay países donde la evaluación médica rutinaria carece de la meticulosidad que tuvo el chequeo inicial. En Singapur (donde transcurrió parte de mi carrera) la espera en el consultorio podía ser más demorada que el chequeo respectivo. Uno de los facultativos obedecía al apellido de Medora; los chuscos, que nunca faltan (y en este caso me refiero a los de habla hispana) comentaban que el reconocimiento era tan sucinto y breve, que le cambiaron el nombre al profesional: de Medora, pasaron a apellidarlo como “Media hora”…

Pocas son las aerolíneas en el mundo que aplican chequeos iniciales en que no sólo se evalúa la condición psicológica de los candidatos, sino que realizan pruebas de polígrafo para determinar si detrás de la aspiración de los pilotos a ser contratados, no se esconden personalidades trastornadas y, especialmente, si no existen intenciones perversas; como actos de interferencia ilícita o criminales afanes de sabotaje. Lamentablemente, estos chequeos, no son infalibles. En la experiencia forense existen casos de personas inocentes que han sido encontradas culpables al no satisfacer las pruebas del polígrafo; y, claro, se cuentan también historias de asesinos seriales que han pasado sin dificultad el escrutinio en referencia. Existen, además, insistentes cuestionamientos de quienes creemos que la prueba del polígrafo atenta contra el derecho a la privacidad de los candidatos…

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23 marzo 2015

Ha muerto el viejo Harry

Habría llegado a parecerme que el hombre sería inmortal. Me acostumbré a ese rostro impasible, de párpados turgentes, sobre el cual parecía no hacer mella el paso del tiempo. Estreché su mano una media docena de veces, en razón de la función diplomática que ejerció mi esposa mientras vivimos en Singapur; pero fue en uno de mis viajes como comandante de la aerolínea asiática que él ayudó a crear (la SIA o Singapore Airlines), que tuve aquel privilegio de cruzar un par de frases y de tratarlo brevemente; y, sobre todo, de tenerlo como a uno más de mis propios pasajeros. Se llamaba Lee Kuan Yew. Hoy, él se ha alejado de su tiempo.

Siempre me dio la impresión que había en su gesto una extraña mezcla de desdén, autoridad y sabiduría. Por un tiempo me propuse estudiar el talante que exhibía en las entrevistas que le hacían mientras viví en la impresionante ciudad-estado que él supo imaginar y más tarde construir (la más formidable ciudad-estado después de Atenas, en el criterio de un importante funcionario británico). Respondía Lee a las preguntas que le hacían con lo que parecía un tono inicial de reproche e ironía; pasaba luego a realizar una reflexión ponderada donde se mezclaban el afán didáctico del académico y la sabiduría del estadista; y, de pronto, morigeraba su severa catadura para ofrecer un pequeño consejo con un tono impregnado de cierto contradictorio paternalismo.

Había nacido en septiembre de 1923 en una diminuta isla asiática (menos de setecientos kilómetros cuadrados), situada en el punto más meridional de la península de Malasia. Pero fue en Cambridge, Inglaterra, donde sometió su raro intelecto al estudio de las leyes y a profundizar sus meditaciones acerca de la eficiencia y sustento jurídico del sistema inglés. Por esos mismos años conoció a su inseparable y perspicaz compañera, Kwa Geok Choo, a su vez una de las mujeres más cautivantes y emprendedora que jamás he conocido en mi vida. De ascendencia china, Lee no era el oriental típico: se expresaba con facilidad. Con su verbo desnudaba su prodigiosa capacidad de síntesis y, ante todo, persuadía…

Pocos años después del fin de la Gran Guerra, Lee Kuan Yew participó en los episodios que independizaron a la isla de Temasec (entonces parte de la Confederación Malaya) del dominio británico; formó, por esos mismos años, el Partido de Acción Popular con el que llegaría al poder cuando sólo contaba con 35 años. Desde entonces se mantuvo como Primer Ministro por algo más de tres décadas. No cabe duda que su estilo estuvo impregnado de cierto autoritarismo; pero, si hemos de juzgar por los resultados, modernizó un país sin recursos y, a fuerza de organización y valores, lo puso a tono con los más refinados avances de la tecnología y lo convirtió en un centro financiero e industrial, con un desarrollo y bienestar sólo comparable con los países más adelantados del primer mundo.

Pero el mayor mérito de Lee Kuan Yew no fue el formidable e incomprensible desarrollo económico que consiguió en esa pequeña isla. Su gran legado fue la integración racial y religiosa que consiguió en aquel viejo enclave pesquero a fuerza de respetar unos valores y liderar un comunitario sentido de propósito. Singapur no fuera lo que es hoy, sin un elevado sentido de comunidad, sin esa extraordinaria simbiosis de institucionalidad occidental y arraigados valores orientales que supo fundir como en un crisol con el esfuerzo de su pueblo.

Hoy regreso a ver y recuerdo esa fría noche de Shanghai, cuando me hicieron llegar un sobre con el membrete de “Reservado”… Se trataba de un documento que me alertaba que transportaría al día siguiente nada menos que al “Senior Prime Minister” de Singapur… Cuando ya en el avión salí a saludarlo, me hizo sentir que había osado interrumpir su inaplazable lectura del “Straits Times”… Nunca bajó el periódico, mientras con aire desinteresado me averiguaba por qué había venido desde tan lejos para trabajar en “su” aerolínea. Su esposa supo rescatarme de aquel intransigente escrutinio. Hoy se ha ido Lee Kuan Yew, el hombre más importante que jamás transporté. Y yo que habría creído que el más extraordinario estadista que ha dado el sudeste asiático sería imperecedero…

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21 marzo 2015

Montubio con uve

De idéntica forma a la primera vez que escuché aquello de “ir a por un refresco, o a por una hamburguesa”, fue en mi primer viaje a la tierra de Lope, Calderón y Cervantes, que habría de escuchar por primera vez esa rara identidad para nombrar a la ve dentilabial (este último un término que curiosamente no aparece en el diccionario de la Academia), que se usa en España para referirse a la ve corta. En mis tiempos de escuela reconocíamos a la be larga como labial y a la ve corta como dentilabial. Se me hizo extraño aquello de “uve”, forma que, al igual que “doble uve”, ha ido tomando aceptación poco a poco también en América.

Esto de la be y la ve; o, lo que sería lo mismo, de la be y la uve, siempre me pareció que se trataba de un capricho lingüístico o, si hemos de preferir, de un remilgo de orden ortográfico. Hasta dónde puedo testimoniar, no existe en nuestro idioma una diferenciación en la pronunciación de las dos letras (como sí existe por ejemplo en el inglés, que la uve adquiere un carácter fricativo que se hace necesario pronunciar para determinar la diferencia). Sin embargo, recuerdo muy claramente la pronunciación especial que otorgaba mi propia abuela a mi apelativo que, expresado a su manera, surgía -de su boca- más bien como un Fizcaíno y no como lo pronunciamos todos, con la dicción única de la ve y la be.

Conjeturo hoy que debió haber sido por fuerza de la costumbre, más que por alguna regla de las que me enseñaron en mis escolares clases de gramática, ortografía o perspectiva literaria, que aprendí a escribir con be labial palabras como tibio, cenobio, microbio, anfibio o montubio. Por ello, debo haber supuesto también, que así era como debían escribirse otras voces, como alivio, novio o diluvio, que jamás se me hubiese ocurrido escribirlas con be labial, como no hubiera escrito tampoco las anteriores, con ve de vaca. Voces como montubio y “montubiada” (ecuatorianismo) siempre creí que debían escribirse con be larga.

Pero, he aquí, que un grupo de personas, que rechazan la primera acepción del término montubio en el DRAE, ha propuesto que cuando la voz quiere decir “campesino de la costa”, la palabra debería escribirse como “montuvio”, con uve, como lo habrían hecho Demetrio Aguilera Malta, Pedro Jorge Vera o José de la Cuadra, en las referencias que he encontrado en el texto del siempre recordado Carlos Joaquín Córdova: “El habla del Ecuador”. La iniciativa desconoce que ese mismo es el sino de algunas palabras que a pesar del riesgo de anfibología (doble sentido) deben escribirse del mismo modo. No cabría escribir campesino con ka, por ejemplo, cuando la idea sería referirse no a un habitante del campo, sino a un tosco, zafio, palurdo, rústico, chabacano o poco cultivado individuo.

Y eso es precisamente lo que dice, en su primera acepción el DRAE al referirse a montubio: persona grosera o montaraz. Demás está comentar que no todos los campesinos son por definición groseros y que, tampoco, no todos los montaraces son por requisito campesinos de la costa o montubios. En lo personal, confieso mi preferencia por la forma montubio, que incluye “bio”, un elemento griego que expresa vida, como en las voces microbio o anfibio.

Es probable que el mejor argumento de respaldo encontremos en el mismo texto a que he hecho referencia (el diccionario de C. J. Córdova). En él se incluye la voz “montaña”, con el sentido que damos en algunos países de Latinoamérica, ya no como gran elevación de terreno, sino como selva, bosque o foresta. El comentario pertenece a un viajero británico de nombre R. Enock, que se encarga de hacer la aclaración acerca del sentido que, por extensión, sirve para montubio: hombre de la montaña o que vive en la foresta. Es decir, no otra cosa que campesino.

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18 febrero 2015

Oxímoron de carnaval

Es víspera de miércoles de ceniza, se ha terminado el carnaval. Abro la página editorial de un periódico guayaquileño y encuentro, una vez más, la disculpa pública ordenada por la entidad que controla la comunicación. Encuentro absurdo que un desafortunado juego de palabras haya servido de subterfugio para castigar a un caricaturista desafecto con el régimen. Y me pregunto: qué tenía de discriminatoria aquella viñeta que dio margen a tan absurdas reclamaciones? Acaso no era evidente el mensaje de la caricatura? Aquel de que es inadmisible que aquellas personas que han sido escogidas para “representarnos”, no tengan por lo menos un mínimo de cultura, una elemental dosis de preparación básica?…

Pero… hay excusas para todo. Quienes hoy conculcan la libertad de expresarse, creen que tienen exclusiva y omnímoda autoridad para dictar lo que consideran que puede ser aceptado como permitido. Es más, se sienten autorizados para interpretar lo que otros insinúan o pretenden significar cuando se expresan y procuran ejercer su libertad. Sólo es cuestión de que ellos puedan considerar algo como insultante u ofensivo, cualquier cosa; descubrir algo que pueda tomarse como pretexto para reprender y aun para castigar a los demás.

Así, se ha puesto de moda una palabra de origen latino que suele utilizarse con más frecuencia en el idioma inglés, la voz oxímoron. En ese idioma se la utiliza en el sentido de paradoja; en el nuestro, con el carácter de contradicción semántica o sintáctica. Muestras al canto: dictadura democrática, oligarca de izquierda, abundante escasez, populista autoritario, república imperial, y por ese orden…

Carnaval no representa ya las “carnestolendas” que heredamos de los romanos; término, este, de etimología curiosa, si no confusa, pues viene de carne y de “tollere” (quitar): “quitar la carne” o, si se prefiere, disfrazar la imagen que nos identifica y diferencia. En nuestro país, más que disfrazarse y compartir una fiesta de máscaras, el carnaval se lo celebra como el fin de semana final de la abusiva costumbre de lanzar agua y mojar a los demás, de manchar con harina y otros ingredientes. Eso, y no otra cosa, es lo que mi memoria ha conservado como recuerdo de lo que fue el carnaval: la confianzuda costumbre de lanzar agua a cualquier persona, de empaparlo a la voz de ¡agua! Frente a ello, no mojarse en carnaval sería una contradicción. Carnaval seco sonaría a intolerable oxímoron.

Hay también otro recuerdo que evoca mi memoria cuando rememoro el viejo carnaval. Son aquellas descarnadas admoniciones que el cura oblato, que fungía como nuestro capellán, nos increpaba en los días de colegio. Aquel Savonarola criollo, nuestro irremplazable confesor, estuvo persuadido que nuestro ímpetu hidráulico no hacía sino esconder nuestra incipiente lascivia, los más bajos instintos de nuestras iniciales travesuras con los placeres que provoca la lujuria, la concupiscencia de la carne. Carnaval era una oportunidad para darse licencia para rozar y tocar; era oportunidad para manosear. Mojar era un símbolo de aberrante lujuria, era el apetito desordenado que nos empujaba a pecar.

Mas, es cuando yo escucho aquel ritmo serrano que nos habla de su carnaval provinciano, que me resulta paradójico reconocer que haya sido una ciudad recoleta y mediterránea la que dejó en mis oídos esa insulsa tonada que hablaba de su inimitable fiesta, vecina a otro día que nos recordaba que éramos polvo y que habríamos de terminar convertidos en ceniza: “Al golpe del carnaval / todo el mundo se levanta / todo el mundo se levanta / que bonito es carnaval”…

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23 enero 2015

Elogio de la madrugada

Con el tiempo me fui convirtiendo en madrugador. Aquello, no tiene mérito, sin embargo: soy un madrugador de aquellos que no requieren de la inesperada alerta de un zumbón artificio. Está, ese tempranero desvelo, ya inscrito en mi propio DNA. Por un tiempo me había erróneamente convencido que aquello tenía que ver con la prematura hora que escogía para ir a la cama; pero, he ido advirtiendo que es algo que a todos nos va ocurriendo con el paso de los años: sólo es huella y herencia que nos entrega la edad. No hay que saber de cohetes y de esas ciencias; tan solo reconocer que se nos pasó cual avalancha el tiempo.

Pero, mis madrugadas conllevan una suerte de bendición: no debo soportar esas desesperantes migrañas que solían atormentar a la abuela; a pesar de las pociones y preparados múltiples que entonces le recomendaban: que agua de caballo chupa, que agua de pelo de choclo, que esa amarga pócima conocida como jugo de tamarindo… Y todo, acompañado de esa pildorita que con el pasar de los años se me fue haciendo tan familiar; pues era yo, nadie más, a quien enviaban a la farmacia para que fuera a comprarla: el infaltable Piridium.

No, yo no tengo que tolerar aquellos inenarrables dolores de cabeza. Cruzo los dedos! Yo no sé lo que es lidiar mañana tras mañana con aquellas jaquecas que atormentan a mucha gente. No tengo, por lo mismo, la necesaria costumbre de incorporarme ritualmente, dejar transcurrir una calmosa cláusula y esperar a que la nueva posición me sirva de paliativo. Mi trámite es más bien perentorio: una vez que compruebo que el sueño terminó, sin dilación retiro los cobertores y procedo a levantarme. Acudo entonces a realizar mis tempraneras abluciones y concluyo alguna suspensa lectura que pudo haber dejado pendiente la duermevela de la víspera.

Otros son mis dolores de cabeza. Se inician con un raro trajín de sonido metálico, ese es su ruidito distintivo… Lo provocan esos dos inquietos cachorros que nos fueron regalando mis preocupados hijos. El uno es un oscuro ejemplar de revoltoso pelaje renegrido; el otro tiene una piel aleonada y sus ojos ostentan un extraño color que le dan un semblante característico, su gesto es huraño y su ademán es mohíno, algo en su mirada denuncia una cierta altivez, un espíritu signado por el desdén, una voluntad que se ha enojado con el compromiso. El primero es un Schnauzer de gran tamaño; el segundo ostenta su linaje francés, es un Dogo de Bordeaux, un mastín de catadura impasible y temperamento frío…

Y ahí están. Destruyendo las flores del jardín, “marcando terreno”, compitiendo entre ellos, afirmando su apariencia canina con su travesura juguetona o con su renovado brío; dejando por doquier la impronta de sus deyecciones y detritos. Intentando ganar otra partida cada vez que se los consiente, porque se fueron sintiendo dueños del lugar, los nuevos herederos que fue dejando la ausencia de los hijos. Ellos reconocen su condición de propietarios, se saben herederos, son los mimados de una estancia donde ellos saben que son los preferidos.

El ruido metálico ha cesado de perturbar, los cachorros se acercan a reclamar su vespertino yantar, y con talante presuroso devoran su fabricado alimento. Saben que su juguetona simpatía les ha otorgado carta de identidad, que su inquietud y arresto les ha proporcionado un gratuito sentido de propiedad. No parecen ellos los guardianes; otros son los que los cuidan, ellos sólo vinieron a suplantar a los hijos…

Más tarde, un ladrido vigoroso advierte la inminente inauguración de la mañana. Presurosos los lebreles persiguen cualquier signo de movimiento, investigan cualquier ruido; deambulan nerviosos y traviesos, ora se sosiegan y ora se agitan, le van ladrando al vuelo de los pájaros, al color de las flores, al canto del agua, al paso del tiempo, a la esquiva presencia de aquellos amos a quienes consienten y que los hacen sentir sus consentidos. Una saltarina “vida de a perro” en la que aquel retozar, juguetear y brincar se ha convertido en recompensado oficio…

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16 enero 2015

Por mor de aquello

“Existen límites, más allá de los cuales debería refrenarse la estupidez”. Heinrich Böll: “Opiniones de un payaso.”

Sólo hay una cosa que me molesta más que una mala redacción: la indolencia de los que lo hacen mal frente a los reparos que, respecto a su trabajo, les hace la gente. Es como si un tipo descachalandrado, fachoso y desaliñado se jactara frente a los demás de la mala imagen que proyecta su descuidada estampa. Esto es lo que hace poco sentí cuando fui a cuestionar a un funcionario respecto a lo confusa y contradictoria que resultaba la redacción que había hecho de un determinado documento. En él las reglas de la concordancia habían desaparecido, la sintaxis destacaba por su penosa ausencia. "Es mejor bueno que perfecto", me replicó...

"Me formé en un oficio en el que hay que tratar de hacer las cosas en forma perfecta, porque si no, uno se mata", le respondí. "Puede que tenga razón -continuó-, pero las palabras son sólo asuntos de forma, no de fondo, y una mala redacción por sí misma no invalida un documento"…

Pensé entonces en mis clases de primaria, en las múltiples tareas que me enseñaron a ser más prolijo con las palabras y con las frases; recordé a mis esforzados profesores y los comparé con ese viejecito que de tarde en tarde viene a casa a cuidar nuestro jardín, y que pone todo su empeño en arreglar las flores y atender el pasto. Pensé en aquellos lustrabotas de las calles de Corea, en todas esas personas que procuran hacer un trabajo perfecto, como buscando la excelencia. "Mejor bueno que perfecto", pensé... ¡Como para excusa de los imbéciles! Quizá esa y no otra sea la verdadera razón del subdesarrollo, la torpe mediocridad, y no aquella otra manida proclama de la desigualdad de oportunidades entre los hombres (y las mujeres, como se estila hoy en día, con esa absurda e innecesaria costumbre, saturada de fea cacofonía).

Pero, bien pensado, quien no quiere hacer las cosas bien, tiene excusas para todo; o, como dicen por ahí: "para todo hay excusa". Hoy mismo, feroz es el debate frente a lo que sin pensar, o meditar con profundidad, se denomina "libertad de expresión", concepto que no siempre refleja el correcto sentido que frente a esta forma de facultad o prerrogativa tenemos los seres humanos. La libertad, como tal, no es un privilegio sin limites; su ejercicio siempre está limitado por la libertad de los demás. Uno puede decir o expresar su pensamiento de la manera más libre que sea posible, pero teniendo en cuenta que al hacerlo no puede insultar a las demás personas. La libertad, en este sentido, debe atender a unas normas y a las buenas costumbres.

Aquí, desgraciadamente, podemos caer en un punto subjetivo: aquél de que lo que constituye un insulto para unos, para otros puede ser considerado como algo normal… Ese es el problema con el humor justamente, que siendo por naturaleza irreverente, cae con frecuencia en la actitud burlona que puede ofender a quienes pretende criticar. Esta es la parte difícil: tener la sabiduría de fastidiar sin ofender, de burlarse sin insultar. De nuevo, esto es por lástima algo muy difícil de satisfacer y de administrar, en especial cuando se trata de credos y de creencias religiosas.

La idea central, en este punto, es la de que el respeto a la opinión ajena no nos debe eximir de manifestar nuestras ideas y nuestra forma de pensar; mas, al mismo tiempo, debemos estar conscientes que cuando expresamos con vehemencia nuestras ideas, no estamos autorizados a caer en el insulto que espolea la reacción desproporcionada de los otros. Pero, esa reacción jamás puede justificarse cuando involucra el crimen; y en especial, la falta de respeto a la vida de los demás.

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