12 enero 2016

Mecánica del mito

Tal pereciera que el mundo, y la vida misma, están repletos de lo que se ha dado por llamar “teorías conspirativas”. Ayer nomás leía en un periódico local acerca de la creencia propuesta por un supuesto filósofo alemán en el sentido que Adolf Hitler no habría muerto acompañado de Eva Braun, su compañera, en el bunker que el Führer había construido (los dos se habrían suicidado con ácido prúsico), sino que habría escapado hacia las Islas Canarias, antes de iniciar un más largo periplo para retirarse a vivir luego en algún lugar de la Argentina. A propósito del líder alemán, sus padres habían sido primos entre sí, y Johann Georg Hiedler, su padre, había sido hijo ilegítimo y había llevado el apellido de su madre por casi cuarenta años.

Barrunto yo que todo hecho en nuestra vida está de alguna manera afectado por circunstancias conspirativas. Esto de “conspirar” sucede cuando dos o más cosas se juntan o concurren hacia un mismo fin. En otras palabras, siempre que se planea o programa algo, existe en forma ineludible algún grado de conspiración. Por lo mismo, conspirar no es necesariamente “unirse contra un superior o soberano”, o tramar algo en “contra de algún particular en el ánimo de hacerle daño”. Las historias bíblicas de Sansón y Dalila, o de Judith y Holofernes, o cualquier otra, sucedieron por ello, porque concurrieron ciertas circunstancias y no sería descabellado, al escudriñar sus motivos, asociarlas con otras posibilidades, fueran distintas o parecidas.

Hay ocasiones en que el destino o la fortuna “conspiran” para que suceda todo de inversa manera a lo que estuvo previsto; o el resultado final sucede justamente de tal manera que quienes más tarde escriben la historia terminan convencidos de que en realidad sucedieron circunstancias diversas y conjeturan que lo que sucedió resultó de la ineludible participación de algo desconocido, y que no estuvo previsto. Yo mismo incendié un día mi propia casa en una noche de fuegos de artificio, cuando por puro descuido abandoné unos lánguidos rescoldos en la cercanía de unos trastos viejos que habían arrumado en un soberado lóbrego y poco atendido.

Hablar de los asesinatos de García Moreno o John F. Kennedy es ya una invitación para hablar de hechos oscuros o de las mencionadas teorías conspirativas. Un día conocí un pueblo en Nuevo México que había vivido, por más de cincuenta años, de mantener el fuego latente de una de esas inverosímiles teorías. En este caso, la de que una misteriosa nave extraterrestre había sido alcanzada por armas especiales y había sido destruida por las fuerzas armadas de los Estados Unidos. Ese pequeño pueblo se llamaba Roswell y todos sus rincones y negocios parecían vivir de las cenizas que dejan a veces los restos del temor o de la novelería… A fin de cuentas, hay siempre gente dispuesta a creerse todo, y que es propensa a comulgar con enormes ruedas de molino!

En nuestros días siempre hay alguien que sustenta una diferente interpretación con respecto a todo lo que sucede. Así, los accidentes aéreos son pábulo inexorable para la creación de fantásticas, si no fabulosas, conjeturas. El accidente del presidente Jaime Roldós, por ejemplo, fue una clara muestra de lo que puede inventar la imaginación; al final, no se trató sino de una serie de eventos que se juntaron y que luego produjeron un accidente que era todo menos algo evitable: un piloto cansado, el desconocimiento de la ruta, la presión por cumplir una agenda, la mala costumbre de que el edecán pudiera actuar a la vez como piloto presidencial.

Hace poco, a pretexto de la inesperada actividad que empezó a manifestar el volcán Cotopaxi, también un grupo de personas especuló que el gobierno había declarado el estado de emergencia, no para proteger a la ciudadanía de los eventuales riesgos que hubiere entrañado una catastrófica erupción, sino más bien como una treta o estratagema para evitar que las manifestaciones políticas que se expresaban en contra del régimen, esos mismos días, hubiesen alcanzado la indefinible magnitud de una dramática avalancha.

El mito no solo que echa raíces, sino que crece insostenible cuando la información no es auténtica o la comunicación no es efectiva. La mentira y la desinformación son campos propicios para que se vigorice el mito y para que se fortalezca la leyenda.

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02 enero 2016

Allegro ma non troppo

Hace pocos días, y a título de gratuito regalo de navidad, uno de los columnistas de un conocido periódico quiteño recomendó a sus lectores un breve como interesante librito titulado “Las leyes fundamentales de la estupidez humana”, escrito por el historiador y economista italiano Carlo María Cipolla (Pavia, 1922), en el que este propone una muy interesante teoría acerca de la estulticia y el inimaginable daño que pueden causar los tontos que, como se sabe, son legión. Hace mucho tiempo alguien cuyo nombre hoy no recuerdo (probablemente fue Anatole France) habría sentenciado: “El necio es mucho más funesto que el malvado; porque el perverso descansa a veces, en cambio que el necio jamás”…

Cipolla ostenta un apellido no muy ilustre (cipolla quiere decir cebolla, en italiano) y, según parece, su única ambición habría sido escribir breves ensayos relativos al humor. De hecho, es probable que no sea fácil encontrar el libro mencionado con ese mismo título, aunque tal sería el que puso la casa editorial para su publicación en idioma inglés. Lo encontré en español con el de “Allegro ma non troppo”. En él se presentan dos ensayos independientes: “El papel de las especias (y de la pimienta en particular) en el desarrollo económico de la Edad Media” y ese otro, el relativo a las leyes de la estupidez humana, que es el mismo al que más arriba hacemos referencia. En la introducción Cipolla establece la diferencia entre humorismo e ironía: “Cuando uno es irónico se ríe de los demás -comenta-, cuando uno hace humorismo se ríe ‘con’ los demás”.

“Allegro ma non troppo” es  una expresión que se encuentra con frecuencia en las obras musicales; realmente quiere decir: “alegre (o rápido) pero no tanto”; equivaldría a la expresión castellana de “rápido, pero despacio”. En mi caso y a manera de obsequio adelantado de Reyes, quisiera hacerles el mismo presente, pero envuelto esta vez en papel de regalo; así, les sugiero que vayan a “epublibre.org” y bajen absolutamente gratis el librito mencionado con el título que he dejado indicado. Una especie de “vísteme despacio que llevo prisa”.

Carlo M. Cipolla habría muerto en forma prematura (78 años). No quisiera decir que falleció “joven”, aunque esa es una edad en la que muchas personas están todavía en goce y plenitud de muchas de sus principales facultades. Esto de la edad puede ser un concepto en exceso subjetivo; hoy mismo he terminado de leer una novela de Arturo Pérez-Reverte (“La piel del tambor”, que -de la misma forma- les recomiendo muy vivamente). Y en ella, quien funge como uno de sus principales protagonistas es un clérigo llamado Príamo Ferro, un “anciano” de hirsutas y despeinadas canas que exhibe la nada despreciable edad de sesenta y cuatro años (64)… Anciano! Nada menos que mi actual impronta cronológica!

Hay veces que no sabemos la razón o motivo que tuvieron los escritores para escoger los títulos que pusieron a sus obras literarias (eso mismo me pasó con la novela con título de instrumento de percusión a la que hago referencia). En el caso de “Alegre, pero no tanto” (otra interpretación), quizá la intención de Cipolla pudo haber sido la de invitarnos a disfrutar de su humor -estar alegres-, pero que tratemos de meditar mientras disfrutamos sus ensayos.

El librito no tiene más de sesenta páginas y en él se compendian los cuatro tipos de personas que existen en la especie humana: los inteligentes, que procuran beneficiar a los demás y que consiguen un provecho para sí mismos; los incautos o ingenuos, que por favorecer a los demás se perjudican, sin tal vez advertirlo; los malvados, que son aquellos que perjudican a los demás y que con ello obtienen algún beneficio; y, claro, los infaltables y peligrosos estúpidos, esos que perjudican a los demás y que a cambio no obtienen ningún beneficio.

“Allegro ma non troppo” consiste en dos ensayos nunca exentos de humor. Según Cipolla el humorismo no es otra cosa que “la capacidad inteligente y sutil de poner de relieve y destacar el aspecto cómico de la realidad”; porque “la vida es una cosa seria, muy a menudo trágica, algunas veces cómica”… El chiste chabacano -dice el autor-, está al alcance de muchos, pero de eso no se trata el auténtico humorismo. Ese humor es solo una deformación del humorismo. “Humorismo viene de humor, y se refiere a una forma feliz de disposición mental basada en el bienestar y el equilibrio psicológico”.

Sabemos desde Darwin -dice Cipolla- que debemos luchar para sobrevivir; pero para ello tenemos que cargar con un fardo adicional. Tenemos que luchar con un grupo más poderoso que la Mafia o que ciertas organizaciones internacionales. Es un poderoso “grupo no organizado, que no se rige por ninguna ley, que no tiene jefe, ni presidente, ni estatuto, pero que consigue, no obstante, actuar en perfecta sintonía, como si estuviese guiado por una mano invisible”: ese grupo es nada menos que el de los imbéciles.

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27 diciembre 2015

Qué mismo género tenemos?

De tiempo en tiempo se renueva una insulsa controversia. Tiene que ver con aquello de si los seres humanos tienen género o tienen sexo. No sé qué mismo alimenta esta necia polémica; si es la novelería, la ignorancia o ese trivial deseo de dar la impresión al mundo que vamos al ritmo de las nuevas ideas y de la modernidad. Por mi parte, estoy convencido que se trata de un debate inútil e innecesario: como especie, pertenecemos al género humano; en cuanto al sexo, podemos tener sexo femenino o masculino; es decir, pertenecemos a uno u otro sexo; y es ese sexo, y no ningún género, el que define nuestra identidad.

Parte del problema parecería derivarse del indefinido o ambiguo significado que encontramos en el diccionario de la propia Academia pues, aunque esta define género como “conjunto de seres que tienen uno o varios caracteres comunes”, también reconoce que este término significa “grupo al que pertenecen los seres humanos de cada sexo, entendido este desde un punto de vista sociocultural en lugar de exclusivamente biológico”; quiere decir que habría un concepto más bien sociológico y cultural en la palabra género, que no un sentido caracterizado por lo anatómico, por lo que define nuestra apariencia al momento de nacer.

Pero, decía un poco más arriba que el problema parecería surgir de los propios significados que nos proporciona la Academia; sin embargo, basta una somera revisión de la raíz etimológica de la palabra género -el latín “genus”- para caer en cuenta que el concepto tiene que ver no con una preferencia cultural, sino con la idea de nacimiento, linaje o estirpe. De la voz “genus” derivan palabras como general, congénito o primogénito (o congénere entre otras). Pero, asimismo, este término proviene de la raíz indoeuropea “gen”, con el sentido de dar a luz, parir o engendrar. El sentido de “gen” es lo genético y no marca una diferencia anatómica o sexual.

Esto del género tiene que ver también con un concepto gramatical. En nuestro idioma casi siempre las palabras son femeninas o masculinas; la mayoría de las veces las palabras terminadas en "o" son masculinas y son femeninas las que son terminadas en "a". Esto no es enteramente exacto y crea confusión a los parlantes de otros idiomas cuando aprenden el castellano; muchas veces se confunden y nos averiguan por qué mano es femenino; y si día es masculino, cuál es el motivo para que termine en a. La respuesta a este aparente capricho es que las palabras ya vinieron con ese género cuando fueron trasegadas desde el latín al castellano y que, como en toda regla, hay excepciones que confirman la generalidad.

Uno de los más fervientes, e intransigentes, defensores de que al sexo hay que llamar sexo, y no género, es el español Arturo Pérez-Reverte, quien sostiene que esto de hablar de género "no solo es inadecuado e incorrecto, sino una absurda imbecilidad" pues, como él lo explica, “género se refiere a los conjuntos de seres, cosas o palabras con caracteres comunes -género humano, género femenino, género literario-, mientras que la condición orgánica de animales y plantas no es el género, sino el sexo”. Expresa el conocido escritor y académico, para muestra de ejemplo, que aquello de “llamar violencia de género a la violencia doméstica es una tontería y una estupidez”; y que “quien así lo hace es literalmente un soplapollas, es decir una persona tonta o estúpida, en la definición del DRAE”…

Estas reflexiones vienen a cuento de una curiosa carta enviada, por uno de los lectores, a un importante periódico matutino en la que pregunta el porqué de la incómoda discriminación que él siente en los buses de transporte público donde a menudo la costumbre y las preferencias culturales le obligan a ceder el asiento a las damas. Similar segregación dice el ciudadano sentir cuando en los buses de transporte interprovincial con frecuencia le advierten que el uso de los servicios higiénicos está reservado únicamente para las mujeres…

Estos días, que con tanta frecuencia escuchamos el trillado (aunque en apariencia políticamente correcto) “ciudadanos y ciudadanas”, y que poco falta para que nos refiramos a nuestros héroes -como ironiza el mismo Reverte- como a los “padres y madres de la patria”, hace falta que hagamos una pequeña revisión de ciertos conceptos; y que quienes ejercen influencia y son respetados por sus criterios y juicios de valor, aporten con su orientación para evitar que se insista en estos disparates y no se repitan estas incorrecciones innecesarias.

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24 diciembre 2015

Lago, en la distancia…

Volver luego de mucho tiempo a ciudades lejanas, a sitios que uno extraña y quiere, nos colma de ilusión, de “saudades” y remembranzas. Es que son lugares que uno conoce, sitios donde es fácil orientarse, lugares donde se han vivido variadas circunstancias, episodios y experiencias. Son sitios a donde uno añora volver, estar allí; y, cuando lo hace, vuelve a vivir un nuevo romance con sus calles, con sus plazas y parques, con sus más recónditos rincones. Así, volver se convierte en un homenaje a la nostalgia y también en una fuente inagotable para nuevas experiencias.


Así me siento cuando vuelvo a lugares como Buenos Aires, Roma, Vancouver o Shanghai; a Nueva York, Paris, Singapur, Tokio o Hong Kong; sitios donde, aunque percibo el paso del tiempo, algo me dice que todo sigue ahí, que en cierto modo “nada ha cambiado”. Me ubico con facilidad y el conocimiento anterior me permite buscar los lugares que transité y que quise, esos mismos que su recuerdo me impulsó a regresar (verbo que para estos casos me gusta mucho menos que volver. ¿Será por aquello de la letra del tango aquél?, me pregunto yo). Porque, sin contar con los viajes que en la vida hubiésemos hecho, o de los sitios que hubiésemos visitado, existen múltiples lugares que conocemos en el mundo con los que nos hemos familiarizado y una nueva visita no nos hace sentir como extraños o como ajenos.


Mas, esta no ha sido, la sensación que he experimentado cuando he vuelto a un pequeño villorrio, a una pequeña aldea, a un pueblecito que vi por última vez hace quizá ya cuarenta años. Allí, en un lugar ubicado en la mitad de ninguna parte, en un sitio selvático alejado de todo en el mundo civilizado, había una vez un grupo de casuchas asentadas sobre unos terrenos pantanosos e infestados por los tábanos. Sus estrechas y polvorientas callejuelas disimulaban su precariedad con una capa de “crudo” que habría sido donado por la conmiseración o, quién sabe, por el desdén de las compañías petroleras del Oriente.

El sitio, a más de feo, tenía un nombre exento de atractivo; no era un lago, ni lo habían ubicado junto a una laguna, pero era así como lo apellidaban: Lago. Y le habían añadido el menos atractivo de los calificativos: Agrio; respaldando con ello todas las acepciones que de esa palabra puede compendiar el diccionario: ácido, acre, áspero, desabrido, o falto de colorido, consonancia o entonación… Eso y nada más que eso era Lago Agrio, un triángulo de casas maltrechas, de cantinas impresentables; una encrucijada que invitaba a la somnolencia, una aldea que sobrevivía gracias a la concupiscencia (o era la soledad?) de los trabajadores petroleros, a las secuelas del tedio, a los rescoldos de la esperanza y al brote ocasional que produce la ensoñación.

Allá fuimos todos, preferentemente las noches, huyendo de la monotonía de esa “jaula de oro”, el campamento petrolero, en busca del entretenimiento que proporcionaba el sórdido chongo o, simplemente, para aliviar la rutina insufrible de los efectos de la selva o el fastidio del calor. Ahí, en esos abyectos antros, quién sabe si quizá enriquecimos nuestro vocabulario, escuchando palabras que jamás habíamos oído pronunciar nunca, voces como cafiche, anchetoso, tránsfuga, angurriento o no sé si tal vez macró. Lago, así simplemente -y abreviando aquel Agrio-, fue también para nosotros una suerte de promesa y sitio de encuentro, un lugar para satisfacer aquello tan común a nuestra edad temprana: la aventura, la curiosidad o el deseo inocente de exploración…

A ese mismo lugar avecinado a las cenagosas aguas del Aguarico he vuelto cuarenta años después. Ya no encuentro sus calles polvorientas; las descubro uniformes y asfaltadas; no es ya aquella aldea de pocos centenares de almas, es un enjambre comercial donde bulle la actividad mercantil, donde destaca el cuidado de sus veredas y se levantan sólidas edificaciones que denuncian el formidable, vertiginoso y empecinado avance que tuvo en estas indóciles tierras esa fuerza insostenible que viene con el desarrollo, el progreso y la civilización. Lago Agrio es ahora una urbe ordenada y alegre, organizada y altiva.

El pueblo cambió de nombre; ahora lo llaman Nueva Loja. Ya no es aquel centro promiscuo caracterizado por la fritanga maloliente o esa substancia negruzca que aplacaba la polvareda. El calor y la presencia de la selva siguen allí, pero el bullicio y el colorido son diferentes; hay en medio de todo aquello una canción que surge prometedora de la expectativa, del sentido de comunidad, de la renovada ilusión de los que esperan…

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07 diciembre 2015

El lago, la montaña y el sermón

He estado en sus orillas y he probado de sus aguas. Desde el aire y visto en el mapa físico, su forma es la de una pera, aunque su nombre reflejaría más bien su parecido con una lira invertida. En efecto, Genesaret sería una adaptación de un nombre hebreo, Kineret, que habría sido un tipo de arpa antigua que dio origen a ese nombre. Conocen al lago también con otro distintivo: Tiberíades, nombre de un poblado ubicado en sus riveras que habrían bautizado los romanos en honor al emperador Tiberio. Genesaret es un lago de agua dulce cuya superficie se encuentra bajo el nivel del mar, como lo está el Mar Muerto. Con no poca pretensión sus vecinos prefieren identificarlo como “Mar de Galilea”.

Visité Tiberíades en mi primer viaje a Israel, un país que pocos años antes había triunfado en una relampagueante ofensiva bélica que la posteridad habría de conocer como “Guerra de los seis días”. Galilea lucía entonces como una comarca apacible; era la misma tierra de donde habían sido oriundos los discípulos de Jesús, y era el mismo lugar donde hace dos mil años había vivido el Maestro con su familia. Ahí, en las orillas del lago, se podía adquirir agua enlatada de ese mar de aguas tranquilas o de su afluente, el río Jordán; o unos tarros cilíndricos que contenían auténtica “tierra santa”; o claro, no faltaba más, unos metálicos recipientes que proclamaban su contenido: “aire bendito de Palestina”…

Ahí mismo, en un paisaje exento de cerros escarpados y considerables depresiones, debe haber existido un pequeño collado en cuyas laderas Jesús predicó alguna vez, y en donde, según el evangelio atribuido a Mateo, Jesús habría pronunciado su más famosa homilía, una alocución con la que resumiría los fundamentos de una doctrina que sería más tarde recogida por el naciente cristianismo: el revolucionario sermón de la montaña.

Cuántas veces, en mis lejanos tiempos de colegio, no habré escuchado, como parte de la cotidiana liturgia a que estuve expuesto, aquel poco sucinto capítulo del evangelio que contenía: ora insistentes y bondadosas recomendaciones, ora la plegaria cristiana por excelencia –el suplicante Padrenuestro-, ora las sabias “bienaventuranzas”. En ese texto se mencionaba un lugar recóndito y subterráneo que desde siempre quiso menoscabar los cimientos de mi fe –el inenarrable y aterrador infierno-; se predicaba aquello tan cristiano de no responder ojo por ojo, ni diente por diente, y de saber ofrecer la mejilla opuesta.

Intuyo que esas lecturas evangélicas no siempre fueron del agrado de quienes fungieron como mis primeros compañeros. Con el tiempo fui descubriendo que no recordaban con simpatía diversos lugares que nos fueron siendo familiares: ni el refectorio, ni la procura; ni los portales entablados desde donde mirábamos a los hermanos redundar en sus paseos peripatéticos; ni la capilla con su iluminada sacristía, ni los patios asfaltados que daban cabida a todas esas canchas de baloncesto. Ya salidos del colegio, muchos no lo recordaban con nostalgia; optaban por borrarlo de la memoria y preferían olvidarlo por completo…

A veces me pregunto por qué uno de los más destacados deportistas que el colegio tuvo, había dejado fermentar hacia  el plantel tan profundo desafecto. Lo propio supe alguna vez advertir en un alumno brillante, futuro editorialista, uno de aquellos “abanderados” cuyo destacado desempeño estudiantil (“aprovechamiento” lo llamaban) supo reconocerle alguna vez el propio colegio. No puedo sino sospechar que algo de la crisis económica y social que afectó hacia el inicio de la segunda parte del siglo a esa institución educativa, fue creando una suerte de desdén, y posterior rechazo, frente al relajamiento y complacencia de quienes habían sido antes abnegados orientadores y nuestros primeros maestros.

Lo cierto es que de pronto “algo cambió”. En ciertos casos, nuestros mejores amigos ya no los encontrábamos en los espacios del colegio; los hallábamos en alejados establecimientos. Es probable que el problema no haya estado en el colegio en sí, sino más bien en nosotros mismos (fueron años cruciales para las ideas, las creencias y los valores; fueron los años de la revolución del sesenta y ocho, aquella del “prohibido prohibir”). Fuimos muchachos que tuvieron el privilegio de escuchar con reiteración las bienaventuranzas, que supieron preparar la otra mejilla, aunque quizá nunca pusieron real atención a los textos de Mateo…

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05 diciembre 2015

Remilgado y, encima, petimetre

Que soy un quisquilloso, dijo una vez el inefable Cuchi. O, que era “un poco fulero”, comentó en otra ocasión uno de mis queridos hermanos… Lo cierto es que alguien, a quien guardo una enorme estima personal, me ha hecho llegar un interesante comentario en el sentido de que hay veces que utilizo palabras que no son de uso frecuente, que utilizo un lenguaje innecesario en mis entradas; tanto que, según mi interlocutor, para leerme “tiene que hacerlo con diccionario”… He comentado, en mi respuesta, que cuando se escribe un pequeño artículo, como yo esporádicamente lo hago, no siempre se puede usar el mismo lenguaje coloquial que se aplica en las conversaciones del día a día. Ya me veo iniciando mis reflexiones con un “¿qué fue ve?, ¿qué más loco?”…

Pero… no le culpo. Quien lee, y quiere aprender, tiene que saltar a veces esa valla inevitable. Imposible leer a Bolaño y no consultar el sentido de voces como tesitura, singladura o escarceo. Palabras que cuando uno asimila y aprehende su significado, luego las saborea y las utiliza con novelera intención, como cuando se va a una fiesta y quiere lucir aquellos zapatos nuevos. Imposible leer a Max Weber y no consultar el sentido de fenomenología o antinomia; a Bioy Casares y no inquirir el alcance de usina o deletéreo; o, a ese ciego genial que fuera Jorge Luis Borges y no averiguar qué intenta expresar con aquellos exornado, prefiguración o epigrama, y concordar con él que “para gustar de Quevedo, hay que ser un hombre de letras”.

Es probable que escribir sea a veces como pintar y dar ciertas pinceladas adicionales a un cuadro, para así mejorar su presentación; o, tener el gusto por la cocina y utilizar ingredientes adicionales cuya añadidura, sin ser indispensable, proporciona un cierto carácter al sabor. En fin, no lo sé; solo sé que no lo hago ni para confundir ni para alardear que conozco el significado de ciertas voces que para otros puedan tener un sentido insospechado o impreciso. Uso ciertas palabras porque me gustan y punto, porque he descubierto que hay voces en nuestra lengua que tienen una fuerza musical inigualable; que poseen una personalidad que va mucho más allá de su sentido e intención; cuya cautivante melodía, nos provoca y sugiere con su sonido.

Escribir en un blog, que es una “especie” de periódico mural de carácter personal, nos abre a un sinnúmero de posibilidades y alternativas. Uno corre el riesgo de desnudarse ante un público que está atento a sus confesiones, opiniones, temores y confidencias. Probablemente no tengamos la pretensión de que lo nuestro sea considerado como “literatura”, pero creo que tenemos la secreta esperanza de que se nos tome en serio, de que no se nos reconozca (¿desconozca?) con el desdén o, quizá, con el desprecio que pueden merecer esos garabatos de colores con que algunos manchan las paredes y que llaman “grafitis”. Uno se da el cuidado de no cometer errores ortográficos, de editar y reeditar frases y párrafos, de dar una presentación que impulse a ser visitado, a que sus lectores se interesen por lo que uno escribe.

Desde este punto de vista, ¿es malo aquello de emplear términos que son poco utilizados en el habla cotidiana? ¿Implica acaso, esa opción de quien escribe, un gesto de fatuidad o un recurso reñido con la autenticidad? No necesariamente. Muchas veces, cuando usamos voces que no son de uso corriente, solo lo hacemos para proponer un estilo distinto, quizá un tanto especial (que, claro, corre el riesgo de que se interprete, si no como afectado, como innecesariamente ornamentado); pero es un estilo que estamos persuadidos que colabora con lo que expresamos para mejorar la construcción de la frase; que creemos que aporta a su musicalidad, al ritmo y cadencia que intentamos lograr con lo que escribimos o comentamos.

Nada tiene de malo, por otra parte, invitar a quien nos lee a conjeturar un giro o un significado, a barruntar el sentido de una voz o de una frase; y, por último, a efectuar una breve consulta a los ineludibles diccionarios. Visto así, todo término extraño deja de ser un obstáculo o un impedimento y pasa a ser una invitación, un desafío, una oportunidad para la reflexión y el aprendizaje.

Con esto del estilo al escribir, suele ocurrirnos parecida reacción que cuando vemos a alguien que viste en forma un tanto diferente, que aunque a veces nos daría la impresión de que alguien ha optado por un atuendo en exceso elegante para una determinada ocasión, sin embargo terminamos por apreciar el gusto con que ha atendido su personal acicalamiento, y luego nos hacemos la íntima y postergada promesa de que, la próxima vez que tengamos que utilizar una cierta vestimenta, lo vamos a hacer con esmero, buen gusto, altivez y dignidad. Esto, muy a pesar de que se nos juzgue de extravagantes o rebuscados; de no vestir con naturalidad; o, quién sabe, de presumidos, presuntuosos o petimetres…


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