20 marzo 2016

Un tiempo que mata

Esta semana nos hemos enterado de dos accidentes ocurridos en similares circunstancias: el del avión Arava de la Aviación del Ejército, que se accidentó cerca de la pista de Shell Mera, en la provincia de Pastaza; y el de "flydubai", una aerolínea de bajo costo de Emiratos Árabes, que se precipitó a tierra junto a la pista del aeropuerto de Rostov en Rusia. En ambos casos, estos accidentes pudieran obedecer a lo que la gente llama "mal tiempo", es decir a condiciones meteorológicas desfavorables. Además, los vuelos tuvieron que hacer "holding" (efectuar circuitos de espera hasta que las condiciones hubieran mejorado o hasta ser autorizados para efectuar una nueva aproximación).

Aunque es todavía muy temprano para determinar la causa probable de estos accidentes, parece que puede tratarse de error de pilotaje o de falla mecánica. La única diferencia entre el evento del avión de Emiratos y el del avión militar estriba en que el segundo operaba en supuestas condiciones visuales, mientras esperaba que aterrice en Río Amazonas otro avión que le llevaba precedencia.

De acuerdo a lo que se cree, estos accidentes se habrían producido por culpa del mal tiempo. Por ello, la gente con razón pregunta si esas condiciones pueden ser culpables de la caída de los aviones; y de ser así, por qué más bien no se evita volar en esas circunstancias. A lo primero se puede responder que sí o que no (un nunca concluyente "depende"), pues existen condiciones tan adversas que pueden afectar el vuelo de los aviones. En cuanto al clima, es tan impredecible que no hay garantía de que puedan deteriorarse las condiciones.

Pero, vamos por partes, definamos primero qué es lo que se conoce como "mal tiempo": esto se refiere a toda forma de condición, como lluvia, neblina u otro fenómeno que implique inestabilidad atmosférica o una reducción de visibilidad que pudiera afectar el cumplimiento o la finalización de un vuelo propuesto. Efectivamente, existen condiciones moderadas, y otras que no lo son tanto, en que se puede operar con seguridad apoyándose en ciertos artilugios o en la tecnología: esto en aviación se conoce como “vuelo por instrumentos”.

Hay otras condiciones desde luego, entre las múltiples que se presentan en la meteorología, que son poco amigables para los aviadores. En tales condiciones, es preferible quedarse en casa, esperar a que cambien o mejoren las condiciones y no arriesgarse innecesariamente. Me refiero a condiciones de características tales que sería poco sensato insistir en realizar un vuelo. Entre ellas están los huracanes, las tormentas tropicales, las turbonadas o líneas de cúmulo-nimbos que preceden a los frentes, las ventiscas, las nevadas con lluvia congelante ("freezing rain"), los tornados, las cortantes violentas de viento (los llamados "zigzagueos").

Pero estas últimas son condiciones extremas, distintas de las que pudieran significar un factor menos perjudicial para el vuelo. Habría que referirse a otras circunstancias de carácter más moderado, que por lo general el hombre común define como mal tiempo: como la lluvia o llovizna simples, la nubosidad de baja altura (en la que habría que incluir a la niebla y neblina); en fin, a todas aquellas otras en las que se puede volar, aunque con ciertos cuidados o restricciones, y que no por volar dentro de ellas exista necesariamente algún tipo de peligro.

Estas otras condiciones, que describo como manejables, exigen que se cumpla con un necesario protocolo: que se opere con referencia a los instrumentos del avión. Ahora bien, ¿en qué consiste esto de volar por instrumentos? Pues no es otra cosa que un método de referencia, de orientación espacial, y una forma de navegación en que el vuelo se efectúa con la sola interpretación de los varios instrumentos de vuelo. Hoy pudiera decirse que todos los vuelos se realizan por instrumentos, y que solo el despegue y aterrizaje se los realiza en forma visual.

Existe en aviación lo que se denomina el "aterrizaje automático," que ya no lo realizan los aviadores, sino un sistema electrónico de precisión acoplado al piloto automático. Con ello, el avión aterriza en la cabecera y exactamente en el centro de la pista por sus propios medios, sin que exista intervención por parte de los pilotos. Para ello se entrenan las tripulaciones y reciben una certificación para –de acuerdo a su entrenamiento y experiencia, la calificación de la compañía y el equipo del que disponga su aeronave– estar en condició de poder bajar "sin ver nada" hasta una altura mínima. En esto consiste el llamado “autoland”.

Hay ocasiones en que el piloto decide "cancelar instrumentos" y continuar el vuelo en condiciones visuales. En este sentido, se puede desaprovechar de la ventaja de volar por instrumentos, en cuanto a mejorar la conciencia situacional y a permitir a los controladores gestionar una secuencia ordenada para otorgar preferencia a los aviones. Por eso, nunca es bueno volar por instrumentos cuando se había propuesto un plan de vuelo visual, o cuando no se tienen los instrumentos adecuados o no se había declarado que se intentaba hacerlo.

De vuelta al caso del accidente de Pastaza (disculpen por haberles puesto en patrón de espera), parecería que el episodio se produjo mientras se realizaba un sobrevuelo a baja altura, se trataba de un procedimiento de espera que debió haberse mantenido en condiciones visuales. Sin embargo, hay algo que preocupa, se trata de una constante que parece repetirse en algunos accidentes de  aviones militares: la presencia, entre los pasajeros, de un miembro de la fuerza de mayor jerarquía al del comandante de la nave. ¿Se trata de una mal entendida gradiente de autoridad?, ¿o existe, además, un mal comprendido sentido de misión?

Hay ocasiones en que, si volamos en condiciones visuales, no debemos "meternos a instrumentar". No se deben realizar maniobras con referencia a los instrumentos cuando se supone que se deben mantener condiciones visuales, este es un factor relacionado con la disciplina de vuelo. Como se ve, el tiempo a veces sí mata; el tiempo cronológico lo hace con todos, el meteorológico lo hace con aquellos que le perdemos el respeto!

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09 marzo 2016

El último trabajo

Saliendo del hotel en que me alojaba en Londres, ubicado junto a la estación de Gloucester (se pronuncia Gloster; así como Leicester debe pronunciarse Lester y no Leister, como he escuchado a los comentaristas deportivos), tomé una vez por Cromwell Street hacia levante, en dirección al museo de Victoria y Alberto, o si se prefiere hacia Harrods (para entonces la vía ya cambia de nombre y se la conoce como Knightsbridge). Así llegué a Hyde Park Corner, justo donde la calle se angosta y se convierte en Piccadilly, y decidí continuar hacia el antiguo centro de la urbe siguiendo hacia el nororiente en dirección de Chancery Lane. Así fue como fui a dar con Hatton Garden Road, que es una callejuela donde están ubicadas las joyerías y principales casas de caudales que existen en la ciudad. La rúa es el equivalente a la Calle 47 en Manhattan, hacia poniente de la 5ta. Avenida.

Este último año Hatton Garden se ha convertido inusitadamente en famosa. Una de sus tiendas fue objeto de uno de los atracos más sorprendentes de la historia. En sus bóvedas se produjo un asalto casi cinematográfico durante el fin de semana de la Pascua pasada; cuyos perjuicios han sido evaluados, entre joyas, piedras preciosas, lingotes de oro y otros valores, en la nada despreciable suma de veinte millones de libras esterlinas; algo así como treinta millones de dólares. ¿Los autores?, una media docena de viejitos de mi edad o algo más, caracterizados por su cabello escaso y blanco, y por el impostergable deseo de hacer una postrera travesura, su último e inolvidable “trabajo”. Algunos de los supuestos autores han sido identificados por la policía, cuatro de ellos incluso se han declarado culpables; el más joven ha colaborado en la recuperación de parte del botín, consciente ya de que nunca disfrutará de los potenciales beneficios de “las uvas del mal”…

No asoma por ninguna parte un esquivo personaje, sin embargo. Se trata de quien pudiera ser el autor intelectual del fantástico crimen. Se especula que se trataría de un ex policía o agente de seguridad que supuestamente conocía el lugar y disponía de las llaves y códigos necesarios para facilitar el acceso a la subterránea bóveda. El misterioso personaje nunca ha sido delatado, ha desaparecido cual fantasma y obedece a un apodo de yerba culinaria. Sus cómplices lo llamarían “Basil” en inglés, que quiere decir pesto en italiano y albahaca (palabra de origen árabe) en nuestro idioma.

De los varios acusados, uno -el mayor de ellos- ha tenido un ataque cerebral, se encuentra afectado de cáncer y está ciego de un ojo; las autoridades le han excusado de que asista al juicio, dado su estado de salud. Su nombre es Brian Reader, tiene 77 años y es considerado el probable cabecilla, su apodo parece delatarlo en este sentido, le dicen "Maestro". Reader ya estuvo involucrado en un asalto similar, considerado de un monto aun de más importantes proporciones (26 millones de libras esterlinas), por el que estuvo encarcelado por nueve años.

El juicio ha revelado nuevas conexiones, incluso la participación intelectual u organizativa de otros criminales que, mientras se perpetraba el robo, estuvieron todo el tiempo en prisión. Los ladrones habían tenido que perforar, con un taladro de diamante, un orificio de medio metro de profundidad en una pared de concreto que los renuentes criminales no pudieron vulnerar en su primer día de clandestina acción. Reader habría inclusive cedido a un ataque de nervios luego de la primera jornada y habría preferido no regresar al sitio del atraco.

Lo más sorprendente, sin embargo, no es la edad de los protagonistas, ni los trabajos que tuvieron que realizar para romper con los sistemas de seguridad, a pesar de que la alarma de la bóveda de seguridad sí llegó a activarse. Tampoco sorprende el fabuloso caudal de lo sustraído, que consistía principalmente en joyas de enorme valor comercial. Lo curioso, y si se prefiere extravagante, fue la forma como los ladrones fueron descubiertos; se considera que debido principalmente a su edad, usaron técnicas del siglo pasado para una tarea que requería básicos conocimientos de los métodos tecnológicos que la seguridad emplea hoy en día.

Por ello empezaron a cometer una cadena de errores creyendo que habrían logrado salirse con la suya... Puede decirse que eran criminales "análogos" que no estaban preparados para los adelantos de la era digital. Los malandrines acudieron al lugar de su último trabajo portando sus teléfonos celulares, cuya identidad habría sido detectada más tarde por el mismo sistema de seguridad. Asunto parecido sucedió con las placas de los vehículos que utilizaron... A partir de entonces, la policía pudo hacer un seguimiento de dónde estaban, dónde se reunían e incluso de lo que hablaban y cómo habían acordado repartirse el botín. Se supone que este sería un esfuerzo que financiaría su fondo de jubilación, que este sería su “último trabajo”… Y, claro que lo fue!

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06 marzo 2016

Acial se escribe sin hache

Con las dispensas del caso, me sustraigo, aunque no íntegramente, el título que Enrique Jardiel Poncela dio a una de sus más tempranas obras, “Amor se escribe sin hache”. Alguna vez leí una explicación con referencia a dicho título, aquella de que la intención que Jardiel tuvo cuando escribió esa novela, fue la de burlarse de las historias de amor, algo similar a lo que Cervantes quiso hacer cuando escribió su inmortal Quijote. Su mensaje -el de Jardiel- habría consistido en que solo los hechos y asuntos importantes se escriben con esa letra (como en el caso de honor, hijo, hermano o heroicidad); no así amor, que -según don Enrique- es algo que parece que los humanos nos tomamos demasiado en serio…

Pero, no tengo por intención hablar de amor, ya que desobedeciendo al español, propondría más bien que se lo escriba con hache y además que se lo haga con mayúscula. Aunque, bien pensado, ¿cómo reaccionaría el lector desprevenido si se encontraría con un término novedoso y nunca reconocido como este extraño “Hamor”? Con ello incluso se destruiría el palíndromo de Roma, ya que tendría que recurrir a un insípido “Romah”, que no dice nada y ni siquiera suena como latino. A propósito de esto, el sustantivo poco escuchado del que recién he echado mano, no significa sino toda palabra o frase que se lee igual, tanto cuando se lo hace de izquierda a derecha como si se lo hace en sentido opuesto, como son todas esas voces y expresiones (como reconocer, Anita lava la tina, se van sus naves, la ruta natural; o, aquella otra más larga: dábale arroz a la zorra el abad) que los tíos nos enseñaban cuando jugábamos de niños.

Respecto al intrigante título de esta entrada, traigo a cuento la ortografía de la palabra acial, no porque así escrita constituya errónea ortografía, ni porque al hacerlo se le reste importancia (así, sin hache), sino porque cuando pregunto a la gente que qué es lo que les sugiere este término, las respuestas que provoco representan, por lo general, dos significados distintos: el uno relacionado con el artilugio que se suele utilizar para aquietar a las bestias; el otro, aquel relacionado con un látigo, férula o cabresto (la Academia prefiere escribir cabestro) que es un instrumento distinto que sirve para arriar a los animales. Pero, he aquí que cabestro tiene dos sentidos, también distintos, y curiosamente similares a los significados del sustantivo acial: el de chicote o látigo para el mencionado propósito y el de “ronzal que se ata a la cabeza o al cuello de la caballería para llevarla o asegurarla”, como lo explica el DRAE.

Esto del doble sentido que tienen ciertas palabras nos confunde muchas veces, en forma especial cuando no sabemos con qué intención las usan nuestros contertulios. Y eso es lo que justamente me ha pasado con el sustantivo acial de esta nueva entrada, cuando un fanfarrón irredento que funge de íntimo entre mis buenos amigos, en el afán de averiguarme si ya había vuelto de viaje mi "cónyuge sobreviviente", me ha consultado si es que yo “ya había recuperado mi acostumbrado acial”… Y no supe, esta vez, a cuál de los dos bártulos se refería dicho amigo, si al improbable azote, o si a aquel oprobioso aditamento que supuestamente alguien habría instalado en alguna parte de mi cuerpo para que me estuviese medio quieto, domeñado y tranquilo...

En relación a lo que para muchos puede ser la característica que desalienta del matrimonio, no creo que ella constituya ni cabestro ni ronzal. Estar casado es, o debería ser, una forma de compartir una ilusión, de hacerse el propósito de ayudar a hacer más fácil la vida de alguien a quien se tiene afecto, y un medio concertado para procurar y procurarse compañía. De otro modo, vivir para solo hurgar en las diferencias, en las razones y motivos para la discrepancia o el conflicto, para mutuamente hacerse la vida imposible o "pintársela a otro a cuadritos", es algo absurdo, que no conduce a nada y que no tiene sentido; sería una forma insulsa e inútil de alimentar nuestro egoísmo y vanidad; jamás una forma civilizada -y menos solidaria- de amor y de compromiso.

Cuando hablo de "compromiso" me gusta pensar en el verbo inglés "to compromise" que no quiere decir -como en español- comprometerse; implica la acción de ceder de lado y lado, de tolerar y transigir; un dar algo a cambio de algo, de perder un poco para juntos crecer y sentir que ganamos... Eso es lo que para los anglosajones quiere decir la locución latina "quid pro quo", que así, en forma equivocada la han traducido al inglés, con el sentido de un "toma y daca". "Comprometerse" es muy importante para la negociación que crea vínculos y que favorece la construcción de puentes, es indispensable para toda gestión transaccional y para conseguir los beneficios a que apunta la diplomacia. Consiste en perder un poco para luego recibir una retribución; sentir que uno cede para luego tener la sensación -junto a otro- que se comparte una ganancia. Visto así, constituye una estrategia y también una filosofía. Ni acial para castigar, ni tampoco para someter.

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27 febrero 2016

A propósito de La Salle

He leído con pena el artículo “A propósito del Montúfar”, escrito por el señor Juan Cuvi, en el diario El Comercio de Quito, el día de ayer. Quiero solo referirme a sus párrafos cuarto y quinto, en los cuales se insertan imprecisiones e inexactitudes, animadas probablemente por el desconocimiento, porque me causaría enorme desilusión que tales juicios (prejuicios?) estén animados por un espíritu cicatero o mezquino.

Cuvi se refiere a la “Guía de las Escuelas Cristianas” que había sido escrita por San Juan Bautista de La Salle hacia finales del Siglo XVII. Menciona que “El sustrato de la propuesta pedagógica –en dicho texto- es la disciplina. Castigo, humillación y perdón conforman un entramado de medidas para conservar o restituir el orden, propósito final y supremo de la institución escolar”. Más tarde se refiere a la negativa influencia que pudo haber ejercido este tipo de supuestamente equivocada pedagogía en las escuelas primarias de nuestro país…

Fui lasallano. Realmente todavía me siento lasallano (no confundir con salesiano), debe escribirse así con elle, y no como lasaliano, como a veces he visto escrito. Juan Bautista de La Salle fue un innovador e imaginativo educador francés cuyo apellido se escribe con elle intermedia. Hay quienes prefieren el apelativo de “lasallista”, pero barrunto, y soy de la opinión, que esa forma de terminación insinúa un cierto carácter de tipo combativo, si no beligerante. Recuerdo que en nuestras barras deportivas en el Coliseo, cuando tratábamos de estimular a nuestros compañeros basquetbolistas, y por motivos más bien de interés fonético, no pronunciábamos La Salle, sino La Sallé, La Sallé, La Sallé…

Cuando hacia la segunda mitad del Siglo XVII, Juan Bautista de la Salle desarrolló y puso las bases para su original sistema, la enseñanza era exclusivo privilegio de los nobles y de la clase acomodada, eran aquellos los días de Luis XIV, el Rey Sol. La educación era “tête à tête”, es decir frente a frente, entre maestro y alumno, no se conocía lo que eran las “clases” pluripersonales, ni existía siquiera el concepto de los horarios en la educación; tampoco se había propuesto todavía el paradigma de la enseñanza para formar maestros, tarea que más tarde habría de circunscribirse a los llamados “normales”. La Salle ideó un sistema para democratizar la enseñanza, se preocupó de educar primero a los docentes, sus pupilos eran gente pobre, hijos en su mayoría de trabajadores manuales, pertenecían a los estratos humildes de la sociedad.

El sistema que había patentado Juan Bautista era además un método sistemático, separaba a los alumnos de acuerdo a su nivel de aprendizaje, todos aprendían lo mismo; en otras palabras, fue un método precursor del pensum de estudios que más tarde se conocería como currículum. Para La Salle educar consistía en ayudar y orientar, en enseñar e inspirar. Lo importante era formar y motivar.

Juan Cuvi menciona que el meollo de la propuesta de La Salle era la disciplina. En este punto, el articulista tiene razón porque sin disciplina no existe el cimiento fundamental en que se debe apoyar la transferencia de conocimiento, la instrucción y el aprendizaje. Pero, disciplina no es sinónimo de castigo, así como orden no es el equivalente de un sistema punitivo o de humillación. Justamente, La Salle había concebido desde temprano que “el arte de educar consistía en no castigar”. No de otra forma se entiende que fuera tal la metodología de estímulo a los alumnos que se habría inculcado en las Escuelas Cristianas, que más tarde se aplicó un novedoso sistema de “notas”, pequeñas tarjetitas de diverso colorido y valor, que podían utilizar los alumnos para mejorar la evaluación semanal de su aprovechamiento…

Por lo mismo, jamás pude advertir, en mis doce años de lasallano, que el propósito educativo de los Hermanos de La Salle hubiera sido aquel improductivo y estéril “orden por el orden”; por el contrario, siempre interpreté que la finalidad de la enseñanza que me impartieron los Hermanos, estuvo inspirada en la sed por el conocimiento, y en un profundo sentido humanista, el mismo que estaba respaldado en un concepto no elitista y sistemático, aplicado a la formación que se impartía en nuestras aulas.

En cuanto a los ocasionales castigos y “plantoneras”, a los reglazos y otros supuestos castigos, estos no solo que no fueron exclusivos de los colegios llamados confesionales, no se diga de los inspirados en el educador francés; reglazos, baños en agua fría y correazos, fueron inadecuados pero frecuentes métodos, quizá nada pedagógicos y menos aún didácticos, que utilizaron nuestros propios padres. Como se sabe, además, “en todas partes se cuecen habas” y excesos y abusos se dan en todas partes. En cuanto a que esta metodología lasallana sea vista como un germen del contemporáneo autoritarismo político… está claro que no todos asistimos a las mismas clases, que no todos entendimos lo mismo (de algunos, no se sabe qué parte mismo no entendieron). ¡Y eso, ya no es culpa de Juan Bautista de La Salle!

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21 febrero 2016

Mermelada de chigualcán

Hablemos de mermeladas, y de chigualcanes…

Frente al sitio donde trabajo existe una estación de servicio (“al lado, justo al lado”, como decía una tonada de los tiempos de mi juventud, que creo que la cantaba un tal Palito Ortega). Junto a esa estación de servicio (bomba de gasolina, nomás la hubiéramos llamado en esos mismos y lejanos tiempos) existe una profunda depresión o quebrada, la misma que constituye el lindero natural de los terrenos que sirven como plataforma para al nuevo aeropuerto de Quito, avecinado a la primorosa aunque desconocida aldehuela de Tababela. A veces temo que, con el pernicioso efecto que tienen los paseos vacacionales y el desaforado como travieso influjo de los vientos estivales, pudiera producirse un incendio forestal de voraces como inimaginables alcances, justo al lado de esa flamante estación de servicio.

La quebrada tiene un nombre extraño: Quebrada de los Chigualcanes; a fe mía que, aunque el nombre suena a quichua, no tiene sino algún motivo de contenido vernáculo. Pero, quién sabe, a lo mejor es una voz poco conocida, pero castiza al fin, estaba pensando yo... Y en esas estaba, tratando de averiguar si dicho término estaba reconocido en el diccionario; cuando lo inesperado sucedió, precisamente en un discreto comedor que suelo visitar en ese pueblecito de Tababela de tarde en tarde… Sucedió así, que en la mesa contigua, alguien mientras almorzaba mencionó los únicos y distintivos atributos de una nunca antes conocida, ni paladeada, mermelada, la de un fruto misterioso y nunca bien explicado: el chigualcán.

“La palabra chigualcán no está en el Diccionario”, responde a mi consulta el texto en referencia. Así que trato con chihualcán… ¡pero tampoco! Mi único recurso es la Wikipedia, en dónde se me explica que la fruta que me dijeron que abunda en el valle de Yunguilla, un lugar cercano a Calacalí, en la provincia de Pichincha, no es otra que el papayuelo o chamburo; es esa misma fruta de sabor un tanto astringente, aunque de olor muy fragante, que se utiliza especialmente para preparar unas deliciosas mermeladas. Además, y por lo que he escuchado, este papayuelo tiene un enorme valor farmacológico y medicinal.

La conocen los botánicos como “Vasconcellea pubescens” (vascocelea juvenil), se identifica como una planta nativa de Sudamérica, que posee una sabrosa fruta (ya lo dijimos); explica la enciclopedia que al igual que nuestro babaco, tiene una apariencia muy similar a la papaya. La conocen también como jigacho, toronche, chilacuán o chiluacán, y también como siglalón; siendo esta una fruta que se cultiva en los valles bajos de la serranía. Cuando vuelvo a la Wikipedia encuentro que el texto omite, por probable error, la tilde en la última “a” de chigualcán, pero esta es la forma correcta cómo pronuncia la gente de las comarcas rurales del Ecuador.

Hablar de mermeladas no me remite a los frascos o envases (jars) de las conservas de fruta tradicionales. Por un motivo que solo la psicología pudiera explicar, la memoria me retrotrae a unos recipientes metálicos y circulares, de aproximadamente quince centímetros de diámetro y cuatro de espesor, que inexorablemente siempre encontré en las confiterías del Gran Buenos Aires; allí era inevitable hacerse de algunas unidades de esas irrepetibles y nunca bien imitadas mermeladas de membrillo o de guayaba. Es probable, y lo digo en el afán de ser justo, que las mentadas conservas ni siquiera eran argentinas, quizá estaban fabricadas en el Brasil, pero lo cierto es que las recuerdo por su sabor y fragancia, inimitables e inolvidables. Fueron el postre predilecto de las reuniones de familia o de aquellas en que participaron los amigos. ¡Literalmente volaban!

Cuando busco por la traducción al inglés de babaco o chamburo, solo encuentro la palabra inglesa “quince” (que se pronuncia cuinz o qüinz), pero no se trata del mismo tipo de fruta; este “quince” anglosajón se refiere al membrillo, del que también hemos estado hablando, una fruta más parecida a la pera (y emparentada con ella) y no a la papaya, aunque sirve también para la preparación y elaboración de deliciosas mermeladas y conservas. Como las del, desde ahora muy famoso, chigualcán.

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19 febrero 2016

Los meses y los días

Desde hace ya un par de décadas inicié la costumbre de enviar a mi familia unas breves epístolas a manera de “circulares”, eran mis crónicas desde la distancia. Fueron tiempos en que aquella forma de fortuna, la de tener un trabajo mejor remunerado, me llevó a lugares distantes desde los cuales disfrutaba contando a mis seres queridos mis impensadas experiencias, mis impresiones, todo lo que me pasaba, lo que sentía, la reacción que en mí provocaban tantas cosas nuevas y distintas.

En esos tiempos, ese deseo de contar, ese afán de confesión, que luego vio nacer a este Itinerario Náutico, no lo podía realizar día a día, ni siquiera semana tras semana, hube de contentarme con titular esas misivas con el mes del año en que las escribía. Muchas veces fue el cansancio (hubo un tiempo en que tenía que lidiar con una diferencia horaria de hasta trece horas); otras, que simplemente nada tenía para contar, o para decir. Hay veces en la vida que no se tiene nada qué decir y uno, aunque un poco tarde, descubre que en esas cláusulas es mejor transigir ante el silencio y no decir nada. Así, el tema de esos impromptus epistolares fueron los meses en los que esas notas escribía. Los fui llamando enero, febrero, marzo…

Hablaba más arriba de “una cierta forma de fortuna”, consciente que no hay beneficio que no esté exento de desventaja, de que “no hay mal que por bien no venga” como insiste la sabiduría popular. Aunque quizá más sabio sea reconocer que “no hay bien que por mal no venga”, porque siempre deberíamos tener presente que jamás estamos libres de que nos suceda una desgracia. Esa señora llamada fortuna no siempre debe estar obligada a repartirnos solo bienaventuranzas, siempre dicha y por siempre felicidad. Deberíamos estar conscientes que los males, los tristes augurios y las desgracias también pueden sucedernos a nosotros, que son episodios y circunstancias que no solo les ocurren a los demás.

Esa forma de fortuna nos deja a veces un legado agridulce; en el caso de quienes pudimos trabajar en el exterior, por etapas prolongadas, fue la circunstancia de que los hijos se quedaron a vivir fuera, que esa ausencia ya no fue ocasional sino que se convirtió en permanente, que ese sino se transformó en una forma de querencia. Son estas las condiciones inevitables que tiene toda forma de migración en la vida, por la circunstancia que fuere, esto a veces lo tenemos que soportar con nuestros hijos. Imagino que tal vez eso mismo, hace ya muchísimas décadas, quizá unos pocos siglos, lo tuvieron que vivir o soportar también nuestros antepasados, los abuelos de nuestros abuelos. Aunque, con ellos y en su caso, no deberíamos dejar de reconocer que fueron tiempos sin las ventajas de todas aquellas imponderables formas de comunicación que hoy nos regala la modernidad.

Hacia finales del siglo pasado el internet era un invento reciente, la comunicación telefónica internacional era excesivamente costosa, no era clara y el servicio no era eficiente. De pronto, en el transcurso de las dos últimas décadas, han surgido nuevas formas de comunicación, no solo altamente confiables y sorprendentes, sino que, en muchos casos, ni siquiera tienen un costo que dificulte, por ejemplo, una gestión a gran distancia o informar de un acaecimiento o un lamentable accidente. Hacia finales del siglo pasado existía ya un método de comunicación novedoso que se llamaba Net2Phone, pero tenía su costo y no satisfacía aún en forma suficiente.

Nada es completo, lamentablemente. Y sucede que hoy en día, con las ventajas que tienen las distintas formas de comunicación, es tan fácil comunicarse que lo hemos ya dado por hecho, “we had taken it for granted”, lo hemos tomado como algo tan gratuito que hemos dejado de escribir, de ejercitar esa forma tan bella de contar que, sin quererlo, desnuda nuestros recelos, nuestras ansiedades, nuestros anhelos, temores y preocupaciones. Sí, porque escribir cartas o mensajes es algo mucho más civilizado que esos “qué fue, ve” o “qué más”... Estas últimas son formas provocadas (¿forzadas?) de relatar o de comentar. La práctica epistolar responde al deseo racional y consciente de querer expresarse, de querer comunicarse con los otros; representa ese íntimo anhelo de querernos conectar.

Hoy, los hijos que se fueron, o mejor dicho los que se quedaron fuera, también escriben con esa curiosa forma de "membretar", o poner nombre a sus escarceos epistolarios, ayudándose con el nombre de los meses del año. Conservo la secreta esperanza de que dichos mensajes no se irán haciendo tan esporádicos que, pasado ya el tiempo, no vayan a empezar a utilizar como título el año en que se escriben y no los nombres de los meses. Sí, guardo el callado deseo de que esa misma señora que asigna la suerte y el destino, no habrá de permitir que los nombres de esos lapsos de la cronología, que componen el calendario, vayan a ser reemplazados por fríos guarismos, como 2018, 2019 o 2023… Así de rápido pasa el tiempo y se va la vida!

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