16 diciembre 2017

Estigma y salud mental *

* Artículo escrito por Gitte Furdal Damm, para la revista aeronáutica AeroTime.
  Con mi traducción y edición.

Un estigma rodea los asuntos de salud mental entre los pilotos, y parece un tópico frecuente en aviación; a pesar de ello, eso de ser abierto y honesto se percibe como una debilidad en lugar de una fortaleza. Se cree que los pilotos, especialmente, están hechos "del material adecuado". Parece que viene con el oficio, que se pueden desempeñar cuando quiera y donde quiera.

Hace años atendí un curso recurrente de CRM. Entonces fuimos informados del alto número de auxiliares de vuelo enfermos debido a estrés. Y pregunté "¿cuán grave es el estrés entre los pilotos?", el instructor me quedó mirando con sorpresa y contestó: "no tenemos reportes de la cabina de mando, se supone que los pilotos se hacen cargo de los problemas de los tripulantes de cabina de pasajeros". Nadie añadió ningún comentario... Y, aunque hemos progresado, el estigma todavía existe. ¿A qué apuntamos cuando hablamos de salud mental?

En el 2011 me fui con permiso por tres meses. Recuerdo haberme sorprendido cada vez que conversaba con mis colegas. Aunque su pasión por volar seguía intacta, estaban extenuados hasta un punto que antes no había reconocido. Uno me dijo cómo estuvo al borde del llanto debido a fatiga, cuando sonó la alarma a las 4 de la madrugada, teniendo que enfrentar 6 sectores en pleno invierno. Otro me dijo cómo se quedó dormido en el sofá cuando se puso a conversar con su familia. Y, sin haber compartido con sus hijos, hizo maletas para irse otra vez de vuelo. Yo mismo, volando rutas cortas, me sentí en esos años como si anduviera corriendo. Tratando de satisfacer los itinerarios, recibiendo siempre la respuesta de los planificadores: "Podemos extender a discreción del comandante", cuando llegábamos a los límites de servicio.

Entonces, ¿por qué no reportarse indispuesto o cansado? Creo que la explicación es en parte el estrés causado por los temores relacionados con la estabilidad del trabajo. Todo el mundo, hoy en día, tiene conciencia de lo frágil que puede ser la seguridad laboral. Muchos hemos visto cómo quiebran las aerolíneas, y algunos lo hemos experimentado más de una vez. Esta realidad tiene un efecto lateral en el trabajo. Uno se excede algunas veces con tal de cuidar el puestito; uno no quiere dar problemas, solo conservar "la pega". Mientras tanto, uno va combinando esos temores con el cansancio. Y ese es un cocktail muy peligroso: fatiga más estrés. Uno ha perdido la sensación de bienestar; vive en "modo de vuelo".

La reacción del estrés es un mecanismo fantástico que garantiza nuestra supervivencia. Y, en dosis pequeñas, puede mejorar nuestro desempeño y ponernos alerta para las amenazas que enfrentamos. Pero, enfrentar el estrés en el mundo de hoy, no es igual que luchar contra un animal en la pradera. Es como tratar de luchar o huir de las amenazas de la propia mente, las que uno mismo ha creado. El problema es que el estrés fue "diseñado" para que uno se enfrente a las amenazas físicas, las gestione y luego se reponga. Solo ahí las hormonas de la adrenalina y el cortisol nos llevan de nuevo al nivel normal.

Hoy en día, eso de lidiar contra nuestros fantasmas, crea la misma respuesta y producción de hormonas, sólo que múltiples veces en el mismo día. Sin embargo, no es una pelea física; y, entonces, honestamente, ¿cuán buenos somos para recuperarnos? Esto nos deja saturados de cortisol, que literalmente nos revuelve la mente. La amígdala límbica, que está asociada con el miedo, se pone a trabajar en tiempo extra; al mismo tiempo, el hipocampo -que está asociado con la memoria- puede lastimarse por exceso de cortisol. Uno puede empezar a sentir algunos de los síntomas de estrés: como quedarse dormido, sentir aumento de los latidos del corazón, olvidarse de las cosas pequeñas, ponerse irritable, perder interés por lo que pasa alrededor y sentir el deseo de tomarse una copa de más o comerse una barra extra de chocolate.

¿Qué podemos hacer para reducir el estrés? Primero, hay enfatizar que estar estresado no es una debilidad, sino más bien una condición de que estamos intentando algo muy difícil. En mi opinión, es una gran fortaleza, en un trabajo que depende tanto de nuestra salud física y mental, que seamos capaces de reconocer y actuar frente a los síntomas del estrés. Y que tengamos la seguridad de que no somos los únicos que lo sentimos así.

Aquí van unas pocas estrategias para mitigar el estrés:

•    Usar las relaciones sociales: esta es una de las mejores maneras de prevenir o reducir altos niveles de estrés, y poder hablar de lo que nos estresa.
•    Ejercicio: ya lo hemos oído, pero recordemos que un buen nivel de cortisol en el cuerpo tiene el propósito de energizar los músculos para luchar o huir. Queme esas hormonas con ejercicio.
•    Recuperación: déle a su mente un descanso. Intente meditar, o deje aparte algo de tiempo para hacer lo que le gusta y que no exija mucho de usted.
•    Hágase un plan: tiene que aceptar algo o cambiar algo, si quiere evitar mucho estrés. Dicho esto, cuando se trata de asuntos mentales, no se debe concentrar a nivel individual; es preciso manejarlo a nivel organizacional. Si nos interesa superar el estigma relacionado con la salud mental, hay que crear una cultura empresarial donde se acepte la expresión de estas inquietudes, sin el miedo de consecuencias en el trabajo.

Por lo tanto, ¿por qué se estigmatiza la salud mental en aviación? En vista de que nadie habla abiertamente de estrés en las aerolíneas -muchos pilotos tienen miedo de no pasar su chequeo médico, sin darse cuenta que pueden recibir tratamiento-, puede ser difícil comentar acerca del tema porque es individual y no es percibido por los demás. Es más fácil decir: "me rompí el brazo, y no voy a poder volar por unas dos semanas". Una de las razones por las que los pilotos prefieren no comentar es por falta de confianza en sus jefes.

Ser piloto es un trabajo dinámico, con diferentes colegas todo el tiempo, con distintos lugares para viajar; tal vez no ha visto a su jefe por algunos meses. Esto puede crear distancia y una cultura, entre los tripulantes, donde es "ellos contra nosotros" haciendo difícil crear un tipo de confianza que nos haga sentir cómodos para hablar acerca del tema de la salud mental. Hemos visto el problema de la fatiga de vuelo. Una vez más, es un asunto individual, no es blanco y negro. Un estudio hecho en el 2012 demostró que solo alrededor de 20 a 30 % de los pilotos presentan un reporte cuando se sienten fatigados. El argumento que escucho por todas partes, cuando enseño, es: "¿para qué molestarnos?, si nadie hace nada de todos modos".

A la luz de esto, se puede sugerir que un primer paso para crear una cultura, donde la salud mental sea tomada seriamente, es no solo hablar de gestión de riesgos de fatiga –como aquél "está escrito en el manual"-, sino involucrarse en implementarla y darle prioridad en la compañía. Se podría sugerir que las autoridades harían bien en chequear si este es el caso en las aerolíneas. Quizá, si los pilotos se sentirían escuchados y tomados en serio cuando expresan sus preocupaciones, pudieran acercarse a un mejor estado de bienestar...

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13 diciembre 2017

Vicente, el tapatío

Fue en Singapur, y no precisamente en ese sorprendente país que es México, donde oí por primera vez palabras usadas en este último país, como gabacho (coloquial por francés o franchute) y gachupín (vocablo despectivo usado para referirse a quien es español). También confirmé que jarocho se utilizaba para identificar a los originarios del estado de Veracruz, que chilango (término un tanto despectivo) era la palabra para referirse a los provenientes de la Ciudad de México y que tapatío era el usado para reconocer a los naturales de Guadalajara, la capital del estado de Jalisco. Para entonces, debe haberme llamado la atención que al natural de Aguascalientes habían dado por llamar aguascalentense, pero sobre todo "hidrocálido"...

Digo que fue en Singapur, pues fue allí donde compartí parte de mi experiencia asiática con un grupo de aviadores mexicanos y sus queridas familias; y fue allí donde juntos intercambiamos divertidos paliques acerca de nuestras diversas costumbres. Ellos venían de distintas ciudades de ese país enorme que, según recuerdo, nos tomaba casi cuatro largas horas cruzarlo en mis tiempos de Ecuatoriana de Aviación, en el trayecto que va entre Ixtepec, en el istmo de Tehuantepec, y Tijuana en mis vuelos entre Guayaquil y Los Ángeles.

Cuando se menciona la palabra Jalisco, me es inevitable recordar ciertas expresiones, como esa de "Jalisco no te rajes" o aquella otra, más general, atribuida a quien es un testarudo, o que nunca quiere dar su brazo a torcer, la referida a quien es "Jalisco", por aquello de que "Jalisco nunca pierde y, cuando pierde, arrebata"... Dice la historia (para no llamarla leyenda) que la expresión surgió en medio de, o durante, una batalla. Aquel "Jalisco nunca pierde" pasó a convertirse en una especie de grito de guerra, en voz de arenga y estímulo que reflejaba el espíritu del hombre de Guadalajara y sus alrededores, el hombre natural del estado de Jalisco.

Tildar a alguien de "Jalisco", sin embargo, resulta en una forma de reproche. Es una manera de adjetivar a una persona obcecada, una que siempre quiere tener la razón y que, por lo mismo, cualquier argumento exhibe o inventa con tal de creer que siempre sale victorioso. Esos individuos son el súmmum de la testarudez, no permiten que otro alguna vez pueda tener la razón, jamás quieren perder.

En ello he pensado cuando he escuchado una entrevista hecha a un ex presidente ecuatoriano efectuada en la cadena noticiosa CNN. En ella, para no reconocer sus contradicciones o que alguna vez estuvo equivocado, este invocaba todo tipo de argucias con tal de salir con la suya. Fue el caso de su digresión cuando le recordaron que había defendido la autenticidad del título académico de uno de sus primos, a quien lo defendió -a pesar de las evidencias de que había falsificado sus credenciales profesionales-. "No, yo nunca dije que su título de tercer nivel era auténtico; lo que yo dije se refería a su diploma de cuarto nivel" dijo, como si para obtener este último no hubiera hecho falta refrendarlo con un requisito legítimo y debidamente otorgado...

Pero cuando añadió insulto a la lesión (added insult to injury) fue cuando argumentó que no se había referido en forma despectiva a una periodista. Fue entonces cuando el controvertido líder expresó que la que usó no era una forma peyorativa de expresarse, que tildar a alguien de "gordita horrorosa", como él lo hizo, no era una grosería, porque, según él, interpretar aquello como un insulto era "desconocer la idiosincracia" de la gente montubia de la Costa del Ecuador que utiliza el calificativo "horroroso" para significar "malcriado". Sin duda, una típica verdad a medias, porque cuando se dice de alguien que es "un horroroso" (así, acompañando con el artículo indefinido) se está manifestando que ese alguien es un tremendo, una persona capaz de cualquier acción o acto. Aquí es imprescindible el uso del artículo, pues el "horroroso" es utilizado como sustantivo, no como adjetivo, y esto debe quedar completamente claro.

Lo propio no sucede cuando usamos aquel "horroroso" como un denuesto o en medio de una cruel y acre invectiva, o como cuando utilizamos otro sustantivo y le añadimos el adjetivo que nos ocupa. Entonces el adjetivo supone una más hiriente implicación y, como tal, sugiere y alcanza múltiples e impensados significados. Entonces este "horroroso" se convierte en un insulto intencional y es cuando tratar de negar la intención de lastimar se transformaría en un acto de cobardía, de lanzar la piedra y luego esconder la mano. Ahí, el "gordita horrorosa" se convierte de golpe en agresiva descalificación. En insinuación de que alguien es horrible y deforme, o repulsivo e indeseado... Pero, claro, él siempre dirá que quiso decir otra cosa, que solo quiso decir malcriado... Porque él nunca pierde, "Jalisco" como es, tapatío empecinado!

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04 diciembre 2017

Un huésped "malvenido"

* Artículo aparecido en el portal 4 Pelagatos con el título "Correa no se olvidará el soberbio panzazo que se pegó". Está escrito por José Hernández. Lo he re-titulado con una palabra que no existe en el diccionario, ausencia que obligaría a decir "huésped no bienvenido".

"Los músculos cigomáticos flojos, la frente baja, los dientes apretados, las cejas levantadas, la mirada ausente… Rafael Correa luce desencajado. No se sabe, y no se sabrá, si venía desilusionado. O si aquí se desengañó. Pero lo cierto es que en adelante no podrá ignorar el desfase que hay entre lo que él dice y cuentan sus aduladores y lo que realmente ocurre. Nunca olvidará el panzazo que se pegó en este viaje.

Obviamente ni él ni sus halagadores, peor sus troles digitales, van a expresar la letanía de reveses y desaires acumulados en tan pocos días. Las concentraciones raquíticas. Sus anémicas ruedas de prensa. Sus discursos cansinos y pesarosos. Ese amago de optimismo tras el cual disfrazó su desesperación. Incluso en la entrevista de CNN con Fernando del Rincón -promocionada a todo taco en sus redes- le fue pésimamente. Perdió el manejo de la Corte Constitucional, del CNE, del grupo parlamentario, del partido…

Ante la adversidad, Correa y los suyos desempolvaron el libreto rodado: hablaron del pánico que Correa causa al gobierno. De los ríos de gente que, “con afecto, esperanza y alegría”, celebran al líder a su paso. De los miles de militantes que, en cada encuentro, reiteran que él es el camino correcto de la revolución ciudadana… Pero esta vez no tuvieron el aparato mediático para convertir esas falacias en verdades oficiales. Bastó una toma abierta -y muchos ciudadanos hicieron ese trabajo- para probar que sus ríos de gente eran, en realidad, un puñado de militantes.

Los rostros de los protagonistas completaron la información: Rafael Correa demudado. Ricardo Patiño hecho una noche. Virgilio Hernández ausente. Doris Soliz apabullada. Gabriela Rivadeneira cariacontecida… Los ciudadanos en las redes no se equivocaron: leyeron la película que estaban viendo: el ciclo Correa se acabó. Su viaje, lejos de constituir un retorno triunfal, resultó su final de partida. Correa tiene más pasado que futuro y sus seguidores sin él, ahora que la Consulta es un hecho, tendrán serios problemas para mantenerse en el escenario político. Correa en este viaje encaró una realidad que él y los suyos negaban: el correísmo sin él en el poder no existe. Obviamente quedan rescoldos que para Correa, sin infraestructura del Estado, sin sánduches y lejos del país, le será prácticamente imposible reavivar.

Este viaje deparó a Correa y a sus seguidores un panzazo mayor, que los ciudadanos se encargaron de evidenciar en las redes sociales: su doble moral, el caretuquismo que tanto endosó a sus críticos. Oírlo hablar de democracia, de separación de poderes, de legalidad, de censura de prensa, de persecución política; oírlo, a él que se dijo jefe de todos los poderes, decir que en Ecuador hay un golpe de Estado porque Moreno convocó la consulta… Oír a Gabriela Rivadeneira, Marcela Aguiñaga, Doris Soliz repetir lo mismo; ver cómo Virgilio Hernández acusa a Moreno y a los suyos de estar embriagados de poder… puede hacer pensar en un universo paralelo.

Correa y los suyos torturaron tanto los conceptos, manipularon tanto las leyes, pisotearon tanto la democracia y los derechos ciudadanos que en este viaje probaron, con creces, que se quedaron sin palabras para comunicarse con el país. Cualquier cosa que digan no solo resultará inverosímil: habrá vídeos, testimonios, informaciones, decretos, leyes… que probarán que ellos hicieron lo que hoy le endosan a Moreno. Cínicos impenitentes, creen que los ciudadanos son desmemoriados. Fingen ignorar que esos ciudadanos ante los cuales hablan no fueron sus víctimas o, al menos, testigos de sus políticas y de sus prácticas siniestras.

Correa acusa otra vez a la prensa de ignorarlo. Es falso: su palabra ya no significa nada. Ahora el país sabe que puede decir una cosa y lo contrario y decirla con una desfachatez que lastima. Su palabra es su enemigo. En las redes circularon muchos ejemplos del doble lenguaje que siempre tuvo, pero que muchos no veían. Hoy Correa y los suyos quisieran poner en las palabras significados que ayer negaron.

Correa fue profético para describirse y describir a los suyos, creyendo hablar de otros: caretucos y dignos exponentes de la doble moral. Su carácter profético tuvo mayores alcances que se han comprobado en este viaje: habló de amargados, de odiadores… Basta verlos, basta oírlos para saber que siempre habló de él y de sus fanáticos."

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29 noviembre 2017

Cien años del Chavito

Eulalia, esa mujer noble y buena que fuera mi madrastra, lo llamaba Chavalillo. Los demás, con la sola excepción de sus hijos, preferían llamarlo como Chavo o Chavito. El sábado anterior, 25 de noviembre, mi padre hubiese cumplido cien años; había nacido en 1917. La verdad es que tal vez no hubiera llegado a tan longeva condición; pues, a pesar de su buen estado de salud, papá vivía convencido que tan solo setenta y cinco años, tres cuartos de siglo, era todo lo que nos tenía reservado el destino. Sabiendo las limitaciones que en salud nos impone el tiempo, no creo que él mismo hubiera querido llegar a cumplir una centuria.

Tampoco llegó a los setenta y cinco. Murió de pronto, una tarde de sábado, consciente de que le había llegado su adiós definitivo. Dios quiso que no tuviera que sufrir una larga agonía. Tan sólo cinco minutos tortuosos y fatídicos fueron necesarios para suspender para siempre esa alegría que había sido su rasgo más característico. Había venido al mundo como Víctor Julio Gustavo. Ese sábado, un callado e insidioso aneurisma cegó su vida una semana antes de que pudiéramos festejar su onomástico quincuagésimo quinto.

Así, cuarenta y cinco años después de su prematuro fallecimiento (se fue un 18 de noviembre), sus hijos (los nueve que quedábamos) habíamos decidido conmemorar ese imposible guarismo, con una fraternal reunión que él la hubiese disfrutado y agradecido. La única dificultad que se presentaba era más bien de carácter logístico: de los ocho hermanos que nos encontrábamos en el país, tres estaban en Cuenca -su lugar de residencia- y los otros cinco nos encontrábamos en Quito. Optamos, así, por una solución digna del espíritu práctico que identificó a mi padre: coincidimos en reunirnos en un lugar que resultase equidistante. Riobamba, ubicada en medio camino, se convirtió así en el punto escogido.

Papá había sido el cuarto de trece hermanos, aunque contaba como el primero de los Vizcaíno Andrade que conocí. Poco, o más bien nada, supe de dos de los tres primeros hijos de mi bondadoso, y ya anciano, abuelo. Este se llamaba, al igual que yo -y como otro de mis hermanos-, con ese mismo nombre que, por coincidencia, había sido también el de mi piadoso abuelo materno. El abuelo había quedado viudo de la mamá de mi padre y un par de años más tarde (y ya con cuatro nuevos hijos), quizá siguiendo el consejo bíblico, había tomado por esposa a quien había sido hermana de su segunda cónyuge. Fue así que, para los cálculos de parentesco de mi padre y de sus hermanos, la tía se había convertido en madrastra; y sus hijos (los de ella) pasaron a convertirse, a la vez, en sus directos primos...

Mi padre también tuvo que atravesar similar circunstancia: habría de enviudar por dos ocasiones seguidas y, a la muerte de mi madre -ya con ocho hijos- tuvo que enfrentar los caprichosos embelecos del destino. Conoció entonces a una mujer azuaya que le dio mis últimos hermanos, sus tres postreros hijos. Su porte habría resultado tan seductor, tan espontánea había sido su natural simpatía, que según comentaban sus flamantes parientes, habían tenido que bajar a la sala de la casa para pellizcarlo, en el secreto propósito de comprobar "si era de a de veras". Y, claro, se toparon con que no les habían mentido!

Ese sábado, el de nuestra propuesta reunión, amaneció totalmente despejado. La vista del nítido perfil de las montañas, enmarcadas en medio de un límpido cielo, era pregón y augurio de un día privilegiado por el buen tiempo. El viaje transcurrió sin contratiempos y la llegada de todos se produjo en forma casi simultánea. Riobamba ya no es ni la ciudad polvorienta, ni la urbe pequeña y recoleta que conocí en mi infancia (es la tierra donde nació mi madre). Existe, en ese día de la semana, una muy activa afluencia rural que acude a realizar una actividad comercial importante. Fue muy grato encontrar su carácter arquitectónico bien atendido y sus monumentos bien preservados. Riobamba es reconocida como "la Sultana de los Andes", y tiene el mérito histórico de haber albergado a la primera constituyente.

La reunión se produjo con la manifestación afectiva que era de esperarse; la misma que hacía homenaje y daba solemnidad a lo que hubiese sido el más íntimo deseo de mi padre, en el día dedicado a su memoria. Al despedirnos al atardecer, en medio de aquella cláusula crepuscular, fue el propio Chimborazo el que nos miraba desde el fondo de un cielo enardecido. El cerro se convirtió entonces en improvisado símbolo tutelar de la memoria de un hombre cuya postergada bendición había reunido a sus reverentes y agradecidos hijos.

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26 noviembre 2017

Yo, el "circunspecto"...

Me han dicho muchas cosas, me han endilgado múltiples adjetivos, pero nunca -hasta ayer- me habían dicho eso, que doy la impresión de ser un caballero "circunspecto". Yo mismo no sé cuándo fue la primera vez que escuché la altisonante palabreja, pero creo que desde siempre creí que tildar a alguien con ese calificativo, implicaba identificarlo como alguien caracterizado por un porte adusto y severo; o quizá como alguien poseedor de un talante desabrido y serio.

Sí: me han tratado de puntilloso, de prolijo y de quisquilloso. O, de meticuloso (que soy un "idiático" solía decir mi suegra). Y hay quien cree que soy "un poco fulero" o presuntuoso, lo que en tiempos de escuela se reconocía con esa voz que implicaba afectación, la muy ambigua y confusa de "detalloso". Algo de cierto hay en ello, pues debo reconocer que mucho de mis remilgos viene de aquella propensión obsesivo compulsiva que la fortuna quiso que viniera inscrita en mi herencia genética. Nunca me ha importado que me tilden de meticuloso, si por ello se ha de entender lo que equivale a escrupuloso, a quien sabe cuidar el detalle, y no lo que define la última acepción del diccionario, aquella de "temeroso, pusilánime o medroso".

Algo debe de haber en mi manera de hablar y de actuar (y quién sabe si también en mi forma de caminar) que hace que mucha gente crea que soy un tanto pagado de mí mismo. Me lo han dicho en inglés ("conceited"), con una palabra que quiere decir engreído, fatuo o pretencioso, para que ese presumido no suene como un denuesto. Pretencioso es palabra que viene del francés y que calza a quien pretende ser (o aparentar) más de lo que realmente es. Yo añadiría que también viene como anillo al dedo para quienes no aceptan que se les considere en menos de lo que son.

Creo que fue mi profesor de quinto grado de primaria el primer hombre "circunspecto" que conocí. A él debo aquello de haber estimulado en mí la pasión por escribir. Cierto que algo de ello ya llevaba en la sangre, pero fue él, con sus ejercicios de redacción, con su pequeña colección de obras famosas en tamaño diminuto, con sus relatos al final de la tarde acerca de los entretenidos episodios de una supuesta novela que lo habría subyugado (que en realidad no eran otra cosa que relatos acerca de su propia vida), quien supo acicatear en mí, desde muy temprano, ese impulso por querer contar, y me ayudó a desarrollar esa forma de confesión que es la de relatar lo que se vive y se recuerda. La vida misma es ya una forma de escritura…

Una tarde descubrí que había arrendado la habitación que estaba desocupada en la casa de mi abuela. Mis tías, que pronto habrían advertido el carácter algo reservado de aquel callado representante del magisterio, pronto encontraron un remoquete para caracterizar su huraña apostura. No sé porqué, pero lo empezaron a tildar de "Perfecto". Lo que nunca se hubieran imaginado es que él, mi maestro de escuela, se había enamorado en secreto de una de ellas. El suyo, aquel solitario romance que algo tarde yo había descubierto, habría sido un trámite proceloso, uno que estuvo obligado a disimular, y que acentuaba su carácter circunspecto.

Busco en el diccionario aquello de "circunspecto"; y lo que encuentro, de ninguna manera me preocupa o avergüenza, pero me dice de soslayo porqué la gente puede identificarme con ese inusual adjetivo. Siempre es probable que mi tendencia a respetar las normas y ese sentido de cuidado por la etiqueta social, que aprendí de mis padres y abuelos, sea parte de la razón para que la gente me identifique como alguien a quien se juzga como muy formal o circunspecto.

"Que se conduce con circunspección" es cómo define el diccionario a "circunspecto", voz que es explicada como "prudencia ante las circunstancias o para comportarse comedidamente", y también como "seriedad, decoro y gravedad en las acciones y palabras". Sí, eso es lo que era aquel olvidado profesor de mis días de final de infancia, un ser taciturno y grave, un hombre de provincia prudente y comedido, capaz de disfrutar de la soledad o de enamorarse locamente y de esconder su callado secreto. Nunca supe nada más de él, hubiese querido agradecerle por el aporte que supo dar a mi formación. Lo distinguía aquella gravedad que hizo pensar a mis recatadas tías que era un vecino "medio raro", que nunca dejó que lo vieran apresurado; y que, a pesar de su caminar parsimonioso, todavía dejaba la impresión de ser un tipo "casi perfecto".

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22 noviembre 2017

Solo cuatro cositas…

Se viene el fin de año y con él las festividades navideñas. Con esta celebración, se vienen también los ajetreos, las inevitables compras y una serie de ineludibles festejos. Todo ello contribuye (si a eso podemos llamar "contribución") a grandes aglomeraciones, inauditos "trancones" de tránsito y más situaciones que se exacerban en las llamadas horas pico. Es, en estas circunstancias, cuando se evalúa lo actuado en materia de soluciones al tránsito y al transporte público (ambas situaciones están íntimamente relacionadas) y se renueva el afán por insistir en nuevas iniciativas que pudieran ayudar a paliar los problemas detectados.

Quisiera, a continuación, registrar algunas inquietudes, observaciones y probables soluciones. Nótese que, más de las veces, mis sugerencias tienen que ver con aspectos relacionados con lo cultural (nuestras costumbres o, mejor dicho, malas costumbres) en el convencimiento de que, más que soluciones físicas o estructurales, el verdadero beneficio se ha de conseguir cuando cambiemos nuestra contradictoria idiosincrasia.

Tengo un subalterno que cuando entra a mi oficina, probablemente en la intención de justificar su interrupción a mis labores o, quizá, para anticipar que su presencia solo ha de tomar unos pocos minutos, menciona -casi como si fuese un saludo- algo que lo he ido relacionando con su forma intempestiva de querer participar lo que le ha ocurrido o le preocupa. "Capi -me dice- sólo dos cositas"; y, de inmediato, se pone a parlotear. Y esto es justamente lo que voy a hacer hoy. Les diré "solo unas cuatro cositas" y me pondré a comentar:

La primera observación que desearía hacer está relacionada con la costumbre que hemos adquirido, tanto dentro como fuera de la ciudad; es decir, tanto en las calles como en las carreteras, de proceder a cambiar inesperadamente de carril sin anticipar nuestro deseo o súbita maniobra, por medio de la utilización de las luces destinadas a advertir de nuestro propuesto cambio de dirección. Mucho me temo que no se las utiliza justamente a propósito, es decir: no se las usa precisamente porque lo que se intenta es cambiar de carril, en previsión -digo yo- de que si se las utiliza correctamente, a alguien se le ocurra obstaculizarnos el paso...

Una situación que se está presentando, sobre todo en las vías de alta velocidad, es la cada vez más frecuente costumbre de que utilicen el carril de la izquierda los buses y otros vehículos de carga y de transporte (conocidos como pesados). Tengo, respecto a esto, la secreta sospecha de que algunos, que así proceden, lo hacen porque en esa ocasión no llevan pasajeros o algún tipo de cargamento. Es decir que deciden así hacerlo, porque en esa precisa ocasión no llevan carga y "ya no se consideran pesados, porque ahora van livianos" ¡Vaya, antojadizo criterio! Lo que sí es claro, a este respecto, es la total ausencia de control policial, particularmente en las carreteras, frente a esta abusiva y riesgosa costumbre de "los profesionales del volante". No cabe duda que esto pudiera enmendarse con una mínima cuota de control y vigilancia.

Otro tema que merece una intensa campaña de promoción (de socialización, como se empeñan en decir ahora) es el inadecuado uso (o, la interferencia intencional) de las intersecciones cuando el tránsito que precede no ha logrado avanzar hacia adelante del área inmediatamente posterior a la correspondiente intersección o encrucijada. En este sentido, falta conocimiento y concienciación por parte de la ciudadanía de que para avanzar a lo largo de una intersección, hacen falta dos elementos o requisitos: tener la señal de tránsito favorable (la del semáforo en verde, por ejemplo), y, además, contar con la existencia de espacio suficiente (ausencia de vehículos) en la zona posterior a la intersección que se quiere cruzar, antes de proseguir.

Finalmente, existe un punto que tiene que ver con una política pública adecuada. Resulta insólito que la gente, en el ánimo quizá de no comprometer una ínfima parte de su presupuesto personal, no alcance a comprender el beneficio de pagar el "tele-peaje", elemento que, si fuera de uso general, eximiría de innecesarias e inconvenientes filas de vehículos en los sectores donde se encuentran las estaciones de cobro. Es hora de que las autoridades atiendan este asunto y decidan el cobro obligatorio del valor correspondiente, junto con el valor de la matrícula anual, con el objeto de que todos tengan que utilizar el sistema de tele-peaje automático.

Lo importante es que estemos conscientes que la más efectiva solución no es otra que nuestra propia gestión respecto al tiempo. En efecto, es cuando más retrasados estamos cuando más apresurados respondemos; y cuando más angustiados nos ponemos… Si tan solo estaríamos conscientes de esta realidad, procuraríamos salir un poco más temprano y no reaccionaríamos con apresuramiento ni agresividad; y apreciaríamos mejor la inobjetable ventaja de saber que podemos continuar tranquilos, porque todavía nos queda tiempo. No se trata, por lo mismo, de llegar más rápido, se trata solo de salir más temprano y de ganarle al tiempo.

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