03 noviembre 2018

Una deuda de la historia

Creo que lo conocía de oídas y solo nos hicimos amigos relativamente tarde. Siendo él oriundo de Loja, había una relación de amistad entre su familia y mi familia política; además, su hermano y sus primos habían sido mis amigos o compañeros. Antes, en mis tiempos de colegio, había escuchado de sus virtudes para la oratoria, pero entonces no tuve la oportunidad de tratarlo y conocerlo. Sería el destino o, si se quiere, la casualidad la que se encargaría de presentarnos, y de que nos conociéramos e hiciéramos crecer una espontánea y mutua cordialidad que se fortaleció en nuestros posteriores, aunque escasos y algo infrecuentes, encuentros.

Postulo que esa oportunidad se dio hacia fines de los ochenta; yo era a la sazón comandante del Boeing 707, en mis últimos años en Ecuatoriana de Aviación. Fue durante un vuelo desde Guayaquil a Nueva York. La supervisora de cabina me había informado que Jamil Mahuad venía a bordo. El vuelo cruzaba a la cuadra de Miami, cuando necesité estirar las piernas y salir al baño, y fue entonces que lo encontré compartiendo un ameno palique con parte de la tripulación encargada de la cabina delantera. Nos reconocimos, e intuyo que desde el principio surgió con espontaneidad un recíproco sentido de amistad y mutua simpatía entre nosotros.

Hablamos de lo humano y lo divino aquella tarde; y la conversa sólo se interrumpió cuando era evidente que se me necesitaba en la cabina de mando para iniciar los preparativos del descenso para el inminente aterrizaje en el aeropuerto JF Kennedy de Nueva York, a través del “Canarsie Approach”, que se utilizaba cuando estaban en uso las pistas 13. Es probable que él mismo me lo haya pedido, o quizá fue cordialmente invitado para que presenciara nuestros procedimientos en la aproximación y pudiera observar el aterrizaje desde el llamado “jump seat”, el lugar con el que sueñan algunos pasajeros que se les invite a ocupar: el asiento del observador en la cabina de mando. Eran, esos, otros tiempos ciertamente, no estaba entonces prohibido el acceso a la cabina de mando; y, conceder ese permiso, o efectuar una invitación, para aterrizar en la cabina de mando, era potestad y prerrogativa reservada al comandante de la aeronave.

Pero fue solo un par de años más tarde, quizá a principios de los noventa, durante mi intervalo al servicio de Saeta, que ya siendo Jamil alcalde de Quito, me hizo una invitación, en la forma de pedido, para que integrara el flamante Comité Asesor de Turismo del Ilustre Municipio capitalino. Fuimos escogidos y designados al menos ocho miembros en condición ad honoren, es decir a título honorífico y sin ninguna forma de remuneración. Lo integrábamos, entre otros: Jorge Anhalzer, Edwin Terán, José Luis Álvarez, Pablo Burbano de Lara, Eduardo Proaño, Patrick Barrera; ellos tuvieron la gentileza de encargarme la dirección del mentado comité; una deferencia especial, realmente, pues casi todos eran mis mayores con una generación en edad.

Años más tarde, unas semanas después del episodio médico que Jamil experimentó en una convención que se efectuó en España, lo encontré casualmente en la Plaza de la Independencia, la que antes llamábamos “Plaza Grande”; allí advertí que el incidente le había restado parte de ese ímpetu que fortalecía su autoconfianza y esa seguridad que seducía a sus audiencias. La experiencia le había aportado, sin embargo, una cierta dosis de resignación ante los intempestivos derroteros que nos reserva la fortuna en la vida; ahora Jamil era un hombre impulsado, si no por un ánimo religioso, por una profunda y apacible espiritualidad.

Lo que vino después es historia conocida: su elección a la presidencia, los aciertos en dos importantes decisiones y los cuestionamientos que una buena parte de la opinión pública todavía le hace; sobre todo en lo relacionado con una controvertida resolución de carácter financiero, la conocida para la posteridad como “el feriado bancario”. Esta última provocaría su derrocamiento y su auto exilio. Pero pocos lo recuerdan por el mérito de haber tomado dos valientes decisiones, las mismas que, por sí solas, debieron marcar su gestión en la presidencia, y hacerle merecedor a la gratitud y reconocimiento de sus conciudadanos; decisiones aquellas que debieron otorgarle el beneficio del justo juicio de la historia y el aprecio de la posteridad.

Todavía me encuentro con él de tarde en tarde; disfruto de su cordialidad e inteligencia. Hoy Jamil vive dedicado a sus actividades docentes y académicas. Como ecuatoriano, tengo la impresión de que no hemos sabido reconocer sus méritos, especialmente su determinación con la firma de la paz con el Perú (hace pocos días se han celebrado veinte años de tan importante suceso), y su visión al haber aplicado la dolarización, inédita y efectiva fórmula para enderezar la economía y reordenar el esquema financiero del país. Pienso que es excesivo e injusto que se le haya condenado al ostracismo y que se haya visto obligado a vivir lejos de su tierra, víctima de la intolerancia, el resentimiento y el rencor político.

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10 octubre 2018

Un corte sobre los demás *

* Escrito por John Lichfield, con mi traducción y reedición.
Publicado en el Independent, el martes 13 de mayo de 2003

“Existe un restaurante en nuestro barrio que ha servido el mismo plato, día y noche, sin otra alternativa, por 44 años. Lo conocen en todo Paris, y en el mundo, pero nadie lo llama por su verdadero nombre. No está en la guía de restaurantes lujosos. Lo han atacado en forma injusta en la más prestigiosa de todas ellas. El restaurante se resiste a tomar reservaciones, pero sus clientes -tanto parisinos como turistas- hacen fila sin chistar hasta por una hora por una mesa.

Déjenme repetir esto. Los parisinos -el pueblo más rudo, impaciente, exigente y enemigo de hacer colas en el mundo-, hacen fila, sin quejarse, y esperan su turno para comer en un restaurante donde no pueden escoger. Como Asterix en la serie de historieta del mismo nombre, el restaurante parece haber tropezado con una fórmula mágica. Aunque, la verdad es que no existe fórmula mágica, excepto buena comida, cocinada en forma sencilla, a precio razonable, con una atmósfera acogedora, y la salsa... Volveré a la salsa después, pero no voy a poder contarles mucho.

Su nombre es “Le Relais de Venise” (El mesón de Venecia). Era un restaurante italiano hasta que Paul Gineste de Saurs, un atribulado productor de vinos del sudoeste francés, compró el sitio, cerca de la Porte Maillot, en el barrio 17 de Paris, en 1959. Paul no tuvo motivos para cambiar el rótulo, todavía bueno, así que solo colgó, debajo, otro más pequeño que decía: “Son entrecôte” (“Su bife angosto”). Por los últimos 44 años, todo lo que el Mesón ha servido, a la hora del almuerzo y de la cena, es entrecote y papas fritas y la salsa de la casa. Le dan una ensalada para empezar y usted puede escoger entre 20 postres, pero las únicas variantes del plato principal son: “saignant, à point et bien cuit” (sangrante, medio y bien cocido).

El restaurante es conocido por sus clientes como Entrecôte, Entrecôte de la Porte Maillot, pero no hay que confundirlo con una cadena de restaurantes que han copiado el nombre. Gineste de Saurs murió en 1966; desde entonces el Relais de Venise ha estado administrado por su hija, ahora una elegante e imponente señora cercana a los setenta, que le gusta que le conozcan por el nombre de su esposo -por su nombre y apellidos cristianos- Madame Thierry Godillot.

“Mi padre no sabía nada de restaurantes o de cocina”, dice Madame Godillot. “Pero estaba en una situación que algo tenía que hacer para salvar al viñedo familiar. Tenía la idea de hacer algo simple, que ofreciera un solo plato. Todos le dijeron que estaba loco y que no tendría éxito. Esto, mucho antes de que alguien en Paris hablara de comida rápida o de restaurantes de carne. De todas formas, 44 años después, aquí seguimos”.

La regla de no aceptar reservaciones, insiste Mme. Godillot, es parte del éxito del restaurante. “Personalmente, yo nunca haría cola para nada, pero aquí la cola se ha convertido en parte de la leyenda, parte de nuestro carácter. Hay gente que se me ha acercado y me ha dicho: ‘Estamos celebrando nuestro aniversario, nos conocimos en la cola, la primera vez’. Hay otros que estaban sin trabajo y se conocieron haciendo fila, esperando para entrar”.

La cola estimula la rotación de las mesas, dice Godillot, y eso permite mantener los precios bajos. Cuesta € 20.5 (unos $ 25) por el corte de carne y la entrada. Por ese precio, usted obtiene algo nunca escuchado en Paris: un generoso segundo plato. Si se acepta reservaciones, dice la señora Godillot, la gente siempre llega tarde o se asoma con menos personas de las anunciadas. Las mesas se quedan vacías. En el Relais de Venise, en un día estándar, cada mesa se usa de cuatro a cinco veces. La fila toma normalmente de 20 a 30 minutos, pero es lo mismo que puede esperar en otros restaurantes de Paris, incluso si tiene reservación.

El éxito del Relais (271 Boulevard Péreire, opuesto a la estación del RER de la Porte Maillot) ha enfurecido a algunos miembros de la gendarmería de la cocina francesa. La guía gourmet Gaultmillau ha emprendido una campaña contra el lugar los últimos años. Le Monde se ha preguntado por qué la gente “se obstina tanto” en hacer cola por comida tan ordinaria. Puede que no sea alta cocina, pero la carne es suculenta y la salsa deliciosa. Le pregunté a Madame Godillot por los ingredientes de la salsa. Ella sacudió la mano, como el druida en la historieta de Asterix preguntado por la receta de la poción mágica. “Oh, no es gran cosa”, me dijo. “Solo mantequilla con especias y hierbas. Es una receta que mi padre se consiguió en alguna parte...”

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06 octubre 2018

Hipérbolo, hipérbole e hipérbola

Asunto fascinante es aquello de la etimología, eso de investigar y descubrir el origen de las palabras que usamos en forma casi cotidiana; y advertir, también muchas veces, que existen distintas probabilidades con respecto a dicho origen. Tal análisis se convierte, por lo mismo, en ocasional teoría, hipótesis, aproximación o tentativa propuesta. Por ello, no siempre basta con conocer el exacto significado de una determinada palabra; tanto o más importante resulta en ocasiones conocer el motivo para su uso original, la razón para su sentido o significado.

Existen “en la red” muchas herramientas de ayuda hoy en día. Una de ellas, muy útil para el tema que nos ocupa, responde al nombre de “Etimologías de Chile”. Su amigable y atractiva estructura hace que cada vez sean más quienes consultan este interesante portal digital relacionado con algo tan importante como el motivo para el uso de las voces que conforman nuestro idioma, la forma (y a veces la historia) de cómo están construidas las palabras. Allí se me recomienda, por ejemplo, indagar en el origen de términos como: acrónimo, alegoría, antonomasia, apóstrofe, eufemismo, galimatías, hipérbole, metáfora, onomatopeya, pleonasmo, sinécdoque, o tautología… y, claro, aquella constituye una invitación o desafío que es difícil resistir; y yo, desde luego que transijo…

Vayamos a hipérbole, por ejemplo: que viene del griego “hyperbole”, formada del prefijo “hiper” = sobre o por encima, y “bole” = lanzar o arrojar; o sea, “tirar encima”. En retórica (dice la página digital en mención) se refiere a una exageración, por ejemplo: “más rápido que una bala” o “te he dicho mil veces”. También se menciona otra voz muy parecida: hipérbola, que se usa en geometría para referirse a una “curva plana y simétrica que resulta de cortar una superficie cónica por un plano paralelo a su eje” (por ahora, solo lidiemos con la etimología, dejemos aparte la geometría).

Caso distinto es el de un nombre propio griego (¿sobrenombre, quizás?), dice la enciclopedia que era el de un demagogo ateniense que respondía al nombre de Hipérbolo, a este se lo conoce en la Historia por ser el último que habría sido condenado a una forma de destierro que antes se conocía como “ostracismo”, procedimiento que era votado en asamblea cuando la ausencia del individuo era considerada saludable para el bien público. Cuando esto sucedía el “ostraquizado” debía abandonar Atenas en un plazo de diez días y ausentarse para permanecer exilado por un plazo no menor a diez años. En nuestros días este procedimiento equivaldría a la declaratoria de “persona non grata”.

En el caso de Hipérbolo, este habría vivido en la Antigua Gracia entre cuatro y cinco siglos antes de nuestra era, había tenido un origen humilde y se había puesto de lado de los demócratas radicales. La enciclopedia dice que era “un revolucionario a su manera”, pues era comerciante y pertenecía a “la nueva clase de ricos”. Se lo consideraba un demagogo “que ejercitó el poder únicamente a través de discursos en la asamblea”. A este y a su antecesor, Cleón, se los acusa del declive de la cultura política ateniense relacionada con el fracaso de la guerra con Esparta.

No me queda muy claro por qué expulsaron a Hipérbolo, pero lo cierto es que había caído en desgracia, con harta probabilidad porque “hablaba demasiado”; quién sabe si, como sugiere su mismo nombre, porque llegó a despertar el encono general, probablemente solo por eso: ¡porque era “un exagerado”! Y quizá por ello, se tuvo que ir a vivir en la isla de Samos, donde los oligarcas locales lo asesinaron…

En cuanto al origen de la palabra “ostracismo”, el destierro con el que se condenaba en la Antigua Grecia a los ciudadanos que se consideraban peligrosos o sospechosos para la soberanía popular… sí, tienen razón, la voz viene de ostra; aunque también querría decir cáscara de huevo, caparazón e incluso un trozo de terracota en forma de concha (óstrakon). Como queda dicho, se trataba de un exilio temporal. Lo curioso es que (y de nuevo, de acuerdo al texto en referencia) la votación de marras se efectuaba al pie de una colina, donde se ubicaba un barrio conocido como “Cerámico”, el barrio de los alfareros; allí se lanzaban los trozos de barro cocido que contenían los votos de condena… Extrañas formas de castigar que puede tener la ausencia de confianza política…

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28 septiembre 2018

Corrido *

* Por Juan José Arreola (1918 – 2001). Tomado de su libro de cuentos Confabulario.

“Hay en Zapotlán una plaza que le dicen de Ameca, quien sabe por qué. Una calle ancha y empedrada se da contra un testerazo, partiéndose en dos. Por allí desemboca el pueblo en sus campos de maíz.

Así es la Plazuela de Ameca, con su esquina ochavada y sus casas de grandes portones. Y en ella se encontraron una tarde, hace mucho, dos rivales de ocasión. Pero hubo una muchacha de por medio.

La Plazuela de Ameca es tránsito de carretas. Y las ruedas muelen la tierra de los baches, hasta hacerla finita, finita. Un polvo de tepetate que arde en los ojos, cuando el viento sopla. Y allí había, hasta hace poco, un hidrante. Un caño de agua de dos pajas, con su llave de bronce y su pileta de piedra.

La que primero llegó fue la muchacha con su cántaro rojo, por la ancha calle que se parte en dos. Los rivales caminaban frente a ella, por las calles de los lados, sin saber que se darían un tope en el testerazo. Ellos y la muchacha parecía que iban de acuerdo con el destino, cada uno por su calle.

La muchacha iba por agua y abrió la llave. En ese momento los dos hombres quedaron al descubierto, sabiéndose interesados en lo mismo. Allí se acabó la calle de cada quien, y ninguno quiso dar paso adelante. La mirada que se echaron fue poniéndose tirante, y ninguno bajaba la vista.

—Oiga amigo, qué me mira.

—La vista es muy natural.

Tal parece que así se dijeron, sin hablar. La mirada lo estaba diciendo todo. Y ni un al te va, ni al te viene. En la plaza que los vecinos dejaron desierta como adrede, la cosa iba a comenzar.

El chorro de agua, al mismo tiempo que el cántaro, los estaba llenando de ganas de pelear. Era lo único que estorbaba aquel silencio tan entero. La muchacha cerró la llave dándose cuenta cuando ya el agua se derramaba. Se echó el cántaro al hombro, casi corriendo con susto.

Los que la quisieron estaban en el último suspenso, como los gallos todavía sin soltar, embebidos uno y otro en los puntos negros de sus ojos. Al subir la banqueta del otro lado, la muchacha dio un mal paso y el cántaro y el agua se hicieron trizas en el suelo.

Ésa fue la merita señal. Uno con daga, pero así de grande, y otro con machete costeño. Y se dieron de cuchillazos, sacándose el golpe un poco con el sarape. De la muchacha no quedó más que la mancha de agua, y allí están los dos peleando por los destrozos del cántaro.

Los dos eran buenos, y los dos se dieron en la madre. En aquella tarde que se iba y se detuvo. Los dos se quedaron allí bocarriba, quién degollado y quién con la cabeza partida. Como los gallos buenos, que nomás a uno le queda tantito resuello.

Muchas gentes vinieron después, a la nochecita. Mujeres que se pusieron a rezar y hombres que dizque iban a dar parte. Uno de los muertos todavía alcanzó a decir algo: preguntó que si también al otro se lo había llevado la tiznada.

Después se supo que hubo una muchacha de por medio. Y la del cántaro quebrado se quedó con la mala fama del pleito. Dicen que ni siquiera se casó. Aunque se hubiera ido hasta Jilotlán de los Dolores, allá habría llegado con ella, a lo mejor antes que ella, su mal nombre de mancornadora.”

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22 septiembre 2018

Extraños paisajes…

Existen en la naturaleza paisajes que nos dejan absortos. Muchos de estos están caracterizados por la presencia de alguna forma de vegetación; otros, como es el caso de los macizos montañosos en las cláusulas invernales, se destacan por la primacía del blanco y el brillo de la nieve; en ellos se pueden apreciar los inusitados rasgos que van adquiriendo los contornos, ofreciendo una renovada provocación a la imaginación del hombre. Piénsese en los glaciares, por ejemplo, donde la huella de aquel soberbio fenómeno semeja la forma de portentosas autopistas, construidos por máquinas descomunales, que obedecen a un caprichoso diseño de zigzagueo imperturbable.

No es ese el caso de otros insólitos rincones que existen en el planeta, donde su condición yerma, vale decir la total ausencia de vegetación, sumada a la preponderancia de los ocres telúricos, produce un espectáculo sobrecogedor, por su aridez y sus curiosas aristas, extrañas aunque fascinantes. Fue esa la sensación que siempre experimenté, allá en mis años de Ecuatoriana de Aviación, siempre que volé sobre el interminable paisaje de los salares bolivianos y argentinos, lagos enormes y carentes de líquido contenido, donde las únicas huellas visibles parecían ser las que dejaron obcecados vehículos, cuyos temerarios conductores se animaron a desafiar la soledad, las sorpresas del azar y los embelecos de la distancia.

Muchos años después, me tocó en suerte cruzar -de norte a sur y de poniente a levante- sobre esa isla enorme, árida e interminable que constituye aquel país exiguamente poblado que se conoce como Australia. Montado en mi artilugio volador, verdadero atalaya de privilegio, he podido observar un tipo de paisaje que desde niño imaginé que solo podía encontrarse en la superficie selenita, o quizá en algún lugar ajeno a nuestro sistema. Desde arriba, aquella tierra austral semeja un portentoso y descomunal terreno en faenas de arado y siembra, donde las estrías dejadas por una mano formidable y desconocida, habrían labrado unos surcos sorprendentes con las garras de unas excavadoras desconsideradas, tercas e implacables.

Hablando de otros tiempos, y de otras edades, hubo una época que sucumbí a los escarceos y las veleidades de la pesca de altura. Quienes me tentaban, entonces, eran dos de mis más cercanos amigos; con ellos aprovechábamos de la generosa amabilidad de otros buenos amigos, los dueños de la hacienda Pinantura, la familia Delgado, y subíamos con su autorización a esa laguna de aguas mansas que se llama Mica-cocha, ubicada justo a un lado de las nieves del Antisana (Pinantura es en realidad más que una hacienda, es todo un territorio que engloba al Antisana, se acerca al Sincholagua, y se desparrama hacia el Oriente, hasta casi llegar a la población de Tena). Allá subíamos, a enfrentar el frío y poner a prueba nuestra paciencia, en busca de lo que fueron nuestro tesoro y trofeo de ocasión: las lúbricas truchas salmonadas.

A la Mica se sube a través de una hendidura, o desfiladero, que se ha formado en el promontorio delantero de la montaña, pues el promontorio oculta la vista del antiguo volcán nevado, que sólo es visible cuando se lo observa desde considerable distancia. Se llega al desfiladero a través de la población de Pintag y, mientras se sube hacia la laguna, se pueden apreciar, en el fondo del barranco, otras diminutas lagunas de aguas azabaches. Poco antes de llegar a una planicie que los lugareños conocen como “la ovejería”, el paisaje se transforma: asoma, de pronto, la huella de un antiguo glaciar, es aquella una impronta formidable; no cabe duda que fue por medio de tan escarpado lecho que descendió la lava del volcán en tiempos inmemoriales. Llaman al agreste lugar Antisanilla; es aquél un paisaje extraño, tienen sus formas un carácter áspero, escabroso, quebrado, desigual, tortuoso, salvaje…

Algo parecido es, o fue, un pequeño lugar que existe (¿existía?) cerca de la comuna de Palugo, frente a la hacienda Balbanera, en las proximidades de Pifo. Por lástima, desde hace pocos meses, el sitio ha dado paso a ciertos trabajos de nivelación y relleno, que en esos parajes se encuentra realizando la empresa española Acciona. Es probable que aquel extraño paisaje, que antes llamaba tanto la atención, hoy se haya convertido en un parque industrial o, quién sabe, si en un centro de mantenimiento del equipo camionero que posee la mencionada compañía. La referida comarca constituía, hasta hace muy poco, un paisaje ajeno al entorno general. Era, aquel escabroso pago, un sitio raro y fragoso; una zona tenebrosa, lúgubre e inescrutable...

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08 septiembre 2018

La ruta de la hipocresía

No deja de sorprenderme la capacidad de inventiva semántica que tenemos los burócratas (sí, ahora soy uno de ellos). Tan pronto como quieren (o queremos) hacer una exposición, o tienen que explicar algo, se dan por utilizar expresiones que, primero, no siempre son necesarias; y, segundo, que distraen a los miembros de su audiencia, que se quedan pensando en el sentido de su inofensiva frase, o en si se han perdido algo al no atinar con el exacto significado de la expresión utilizada. Aquí va un par de ejemplos: juicio de valor y poner en valor. Ambas expresiones utilizan el mismo y preferido sustantivo, aunque no estén necesariamente relacionadas.

Pienso en su uso indiscriminado, mientras reflexiono en lo que yo mismo he dado en llamar “La ruta de la hipocresía”: la mini autopista por todos conocida como “Ruta VIVA” y que conecta (por ahora) a Quito con Tababela. Su extensión es de tan solo trece kilómetros, a la espera de la construcción de una tercera fase, que -claro- ya se sabe cuando va a comenzar: ¡nunca! A pesar del abrupto declive inicial de la misma y de un ingreso que mereció mejor suerte, la ruta parece bastante bien diseñada y, por ahora, hasta había lucido como bastante bien construida; pero ya empiezan a aparecer baches, grietas e inclusive hundimientos. Es de esperar que todas estas imperfecciones sean solo consecuencia del natural asentamiento.

No es el diseño, ni la construcción, lo que más llama la atención en la VIVA (así, con todas mayúsculas, pues su nombre es un anagrama); lo que más sorprende es la ladina cultura de manejo. Y la razón es esta: las autoridades han instalado dos foto-radares que están ubicados a dos kilómetros del inicio y del fin temporal de esta autopista, lo que provoca algo que era natural que pudiera esperarse; y es que la gente, es decir los conductores, amainan su velocidad (el límite es solo 90 kms/hora) al momento de acercarse a estos artilugios y, para el resto del trayecto, andan como perseguidos por el demonio, a la velocidad que les permite el tránsito y la ausencia de control policial. En resumen, a la velocidad que les da la regalada gana.

Como ya dije: ¿qué más podía esperarse? Como las multas son realmente fuertes, los conductores han optado por un sistema que bien pudiéramos llamar táctico. Esto hace que los usuarios solo estén preocupados de reducir su ritmo de movilización mientras cruzan el bendito radar, porque, para el resto, todo el mundo cree que ya puede transitar a la velocidad que le parezca conveniente. Me pregunto: ¿por qué no se pensó en un método que estimule, más bien, a mantener en todo el trayecto una velocidad más prudente. Esto no pasa obviamente, y quienes caen en las “redes” del radar, solo lo hacen por descuido, porque nadie cruza un radar a una velocidad temeraria o imprudente, sobre todo a sabiendas de que debe pagar una multa que, para cualquier bolsillo, constituye una cantidad nada insignificante.

El sistema, por lo mismo, incentiva la hipocresía. Parece que las mismas autoridades han caído en la complacencia y están muy contentas con haber descuidado el control en el resto de la ruta: realmente en más del noventa por ciento de esta corta autopista. No sorprende ver vallas medianeras que han sido deformadas (por los continuos accidentes que allí ocurren); o huellas de postes caídos, por impacto automotor, en distintos lugares de la ruta. Bien pudiera decirse que “el límite real de la Ruta VIVA es de tal vez 140 kms/hora, a menos que se tenga que pasar frente a algún instrumento electrónico destinado a medir la velocidad”...

Por esa misma vía, la de la hipocresía y el cinismo, habría ido el gobierno anterior que no tuvo escrúpulo en festinar fondos públicos para financiar la venida de ciertas “personalidades” para que den testimonio de los daños que, en forma supuesta, habría causado la compañía Chevron al medio ambiente de nuestro país. Sí, hipocresía por parte de los “famosos” que, buenos actores como era de esperar, no les importó remojar su mano en un estanque improvisado de negro crudo con tal de poner unos pocos denarios en sus faltriqueras. Y cinismo, también, por parte del gobierno mencionado, que no le importó identificarse con la pantomima y el sainete con tal de vender la imagen falsa de sus realizaciones y supuestos logros.

Ah! Y en cuanto a las frases repetitivas que arriba quedaron comentadas... Siempre es bueno formarse un “juicio de valor” (opinión) de los asuntos que involucran a nuestros gobernantes; útil recurso para “poner en valor” (destacar o resaltar) los méritos que identifican a nuestro pueblo y saber defender los intereses de nuestra frágil como codiciada heredad.

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