26 diciembre 2018

¡Hoyo en uno!

Como lo repito con alguna frecuencia, “la historia nunca está exenta de ironía”. Bien pensado, nada mismo en la vida está exento de esa circunstancia… Y a mí mismo me tenía que pasar; porque, así como nadie está libre de un momento de mala suerte, también es probable que nadie esté libre de que alguna vez lo acompañe la fortuna… Como decimos en golf: ¡nadie está libre de hacer un buen tiro!

Y así es como a mí también me ocurrió el pasado sábado 15 de diciembre, pues fue ese mismo día, exactamente a las diez y treinta minutos de la mañana, que la bola se elevó alegre en el aire, sin presagiar ni dar indicios de que aquella sería una trayectoria perfecta, cruzó la cañada del río Santa Clara, que constituye el mayor obstáculo del hoyo once en el club “Los Cerros” de Selva Alegre, y cuando ya parecía que concluía con un breve rodaje su trayectoria parabólica, de pronto y sin que nadie lo imaginara, la bola se introdujo en el hoyo y, de golpe, desapareció!

Sí, había logrado un “hoyo en uno”, algo inesperado, improbable y casi imposible. Algo que (y lo digo con honesta humildad) siempre creí que jamás lo iba a conseguir. Sí, en efecto, había conseguido algo increíble, justo en un día en que no estaba jugando muy bien, y justo en un hoyo en el que más de una vez había botado varias bolas en el agua, en un hoyo en el cual siempre creí que el entorno me tenía visto la cara, en uno que siempre había sido arisco conmigo. Es que, muy pocas veces lo jugué bien; con haber hecho “boggy”, esa mañana, me habría sentido satisfecho…

Siempre estuve convencido que para hacer un hoyo en uno, no bastaba con ser un buen jugador; o, por lo menos, con contar con la circunstancia favorable de efectuar un tiro bien ejecutado; hacía falta, además, poder contar con los favores de la diosa fortuna, porque -lo queramos admitir o no- un tiro de esas características, por bien ejecutado que esté, demanda también de una dosis bastante generosa de buena suerte. Como explico, lo bueno es que esa favorable conjunción se dio. Esta vez los astros se alinearon y al buen tiro se juntó la estrella improbable del acaso.

No creo que exista en otro deporte una situación tan especial e inesperada como la del hoyo en uno. Esta improbable condición es el súmmum mismo de la casualidad o extrema coincidencia, o quizá de lo que en inglés se conoce como “serendipity”. Es probable que algo que -en cierto modo- pudiera comparársele, o parecérsele, es el gol olímpico en el balompié, en el cual ciertamente cuenta la técnica en la ejecución; y en el que tal vez, si bien lo pienso ahora, el efecto del viento pudiera aportar el ingrediente del azar que sería equivalente. Aunque, en el tanto que puede conseguirse en el tiro de esquina, debe contarse también con la posibilidad de que tanto el arquero como los defensas no atinen a evitar que la entrada del balón se produzca…

Un hoyo en uno es algo que se consigue solo ocasionalmente, pues no es algo que sucede todos los días. En los torneos de golf es frecuente que se premie un hoyo en uno con la oferta -y correspondiente entrega- de un vehículo de especiales características; el premio es, por lo mismo, un reconocimiento de que su realización es algo tan improbable que la entidad patrocinadora corre el riesgo de ofrecerlo porque considera que es sumamente difícil que alguien logre conseguir esa proeza; pero, lo cierto es que, aunque en forma muy ocasional, la proeza ocurre... Sé de ocasiones en que se consiguió más de un hoyo en uno en el mismo torneo, y aun en el mismo día; en lo personal, conozco de una pareja de hermanos, que son mis amigos, que lograron conseguirlo en dos hoyos distintos, en el mismo torneo y jugando en el mismo día...

El golf es un juego de ritos y protocolos. Por ello, la tradición cuenta mucho a la hora de conseguir esta hazaña deportiva. Se entiende que quien la logra, lejos de recibir un premio, debe “castigarse” pagando todos los tragos que se consuman en el club que ha sido testigo de su afortunada jugada. Por ello, y para evitar que alguien, que hace algo así de extraordinario, sea penalizado con desaprensivos consumos ajenos, los clubes acostumbran contratar un seguro, de monto considerable, que sirve para cubrir el importe indiscriminado de bebidas y otros antojos gastronómicos que pudieran afectar la desprevenida billetera del impensado héroe...

Me parece a mi que si alguien tiene que pagar por dicho consumo, deberían ser los integrantes del “foursome”, es decir los demás miembros del grupo que acompaña a quien consigue la hazaña; por lo mismo, aquel seguro que los clubes contratan debe servir, más bien, para aliviar la inesperada “entrada en gastos” de los jugadores referidos. Sea lo que sea, esto de lograr un “hole in one” es algo excepcional, feliz e indescriptible; algo que uno mismo no sabe cómo lo consiguió y que -de antemano- sabe que lo más probable es que no lo pueda volver a repetir en los días de su vida.

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02 diciembre 2018

De diezmos y primicias

Pudo haber sido en mis primeros años de escuela cuando escuché por primera vez la palabra diezmo. Entonces debo haber barruntado que se la usaba con el sentido de miseria, limosna o insignificancia. Una “puchuela”, como decía la abuela, utilizando un giro que con probabilidad era usado en el sur del Ecuador. Pero entonces el término no hacía referencia a un porcentaje de los ingresos, del sueldo o de la mesada (realmente el diez por ciento, de ahí el nombre) que se reservaba para aportar a los gastos de mantenimiento de la iglesia o, quién sabe si, de la manutención del clérigo o del correspondiente párroco o pastor.

Solo más tarde, cuando descubrí que los Diez Mandamientos de la Ley de Dios eran realmente quince, es que aprendí que había otros cinco preceptos, a los que se había dado en llamar “Mandamientos de la Santa Madre Iglesia”. Uno de ellos, y con probabilidad el único que hoy recuerdo, prescribía algo que más o menos se enunciaba así: “Dar diezmos y primicias a la Iglesia de Dios”. Traducción: dar limosna; es decir, pensaría yo, se debía aportar con esas monedas que se recogían, durante la misa, en la capilla del colegio; o que colectaban los monaguillos en una cesta de esparto, en el diminuto templo oblato de la todavía inconclusa “Basílica del Voto Nacional”, en esos mis mismos tiempos de escuela.

Eso significaba para mí “diezmo” en esos días, un ínfimo e insignificante aporte, unos “sueltos”, calderilla sobrante y ruidosa que estorbaba en la faltriquera. Fue solo más tarde, cuando por motivos más bien sentimentales empecé a asistir los domingos a misa de once de Santa Teresita, que aquella cesta de mimbre que portaba el sacristán, pasó a carecer de su acostumbrado tintineo y volvió a ser otra vez silenciosa…

Pero de ahí a que diezmo signifique el diez por ciento de los ingresos... A nadie se le podía haber ocurrido que lo que el precepto conllevaba, era la noción de que lo que había que poner, como aporte, en aquella canastilla, era nada menos que el diez por ciento de lo que se ganaba o producía; hubiera hecho falta -pienso hoy- toda una carretilla. Ya me imagino, aquél hubiese sido un acto bochornoso e irreverente, ya lo veo al acólito empujando por el pasillo una herrumbrosa y desvencijada carretilla, ¡recogiendo parte de los salarios ajenos!

Hoy, por lo visto, el diezmo es un concepto totalmente diferente, es ahora (así lo hemos descubierto) un aporte de tipo político, una especie de pago compensatorio por un favor o una posición burocrática concedida. Es (sin más remilgues o circunloquios) el pago en especies efectuado para compensar un favor político. Esta vez, el “cenáculo” ha cambiado, y el trámite ya no parece tan sacrosanto. El emolumento ya no obedece a un precepto, ni es voluntario, es en cierto modo una forma disimulada de extorsión, un aporte vergonzoso y descarnado; es un pago, a la vez que una anticipada condición, para así conservar “la pega” y asegurar la indiscutible continuidad de la gracia concedida, para conservar la chamba o “el carguito”...

Parece haber en todo esto un cuestionable ingrediente jurídico. El episodio me retrotrae a una elemental clase de derecho que alguna vez recibí de uno de mis propios hermanos. Se trataba de la diferencia entre derecho público y derecho privado. Aprendí, en efecto, que en el derecho privado lo que no estaba prohibido estaba automáticamente permitido. No así en el derecho público, dónde lo que no estaba permitido se encontraba automáticamente prohibido. Por lo tanto, tan prohibido resulta aquello de pedir colaboraciones y aportes en forma de “voluntarias” erogaciones, que aquel pago siempre se lo hace en forma secreta, clandestina o disimulada. Quienes piden esos aportes saben muy bien que lo que hacen es incorrecto. Se conoce la costumbre como concusión, y consiste en pedir dinero para utilizarlo en provecho propio.

En cuanto a lo segundo de mi título, aquello de las primicias, estas no tienen que ver con un adelanto noticioso, como cuando se informa de algo novedoso o inédito, como lo es un inesperado hallazgo de una nave perdida o lo es una inopinada noticia. Una primicia, en el sentido religioso que tiene aquí el título, consistía antiguamente en los primeros productos que se obtenían de un emprendimiento o de algo que dejaba comerciales beneficios, como podía ser una cosecha, por ejemplo. A ello se refería, entonces, aquello de los diezmos y primicias a las que hacemos referencia. En cuanto a los diezmos políticos que mencionamos más arriba, una primicia sería la información de qué mismo pudiera suceder con el destino político de la actual Vicepresidente…

A ese respecto, quizá vendría oportuno el pergeñar una primicia de carácter político. Por lástima, poco tendría de novedoso, ya que, según los entendidos, todo está ya cocinado o decidido... Más bien les participo una noticia más fresca: vistos los problemas que se han presentado para el encuentro final entre Boca Juniors-River Plate, por el título continental entre clubes: la Conmebol habría decidido que el partido se efectúe en el estadio Santiago Bernabéu de Madrid. Además, y por lo mismo, de aquí en adelante, el torneo ya no se llamaría Copa Libertadores de América, sino Copa Conquistadores de América... ¡Esto si es una verdadera primicia!

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25 noviembre 2018

De vuelta al Brasil

Estuve en Brasil en días pasados. Volvía, esta vez, más de cuatro años después; la vez anterior fue a propósito del penúltimo mundial de fútbol. Fueron motivos de trabajo los que me llevaron a este hermoso país en esta ocasión. Brasil no solo es el país más desarrollado y próspero de América del Sur; creo que es el país más civilizado también. Lo digo, a pesar de la reacción automática en contra de esta opinión que se puede desatar entre los ciudadanos argentinos; pero basta revisar la llamada “final del mundo”, entre los dos más populares equipos argentinos, para que se me dé la razón (*). Hay que estar en Brasil para comprobar la cordialidad y hospitalidad de su gente y reconocer que efectivamente es así.

Brasil ocupa casi el cincuenta por ciento de América Meridional; limita en este sub-continente con todos los demás países, con la sola excepción de Chile y Ecuador. De sus 8’500.000 kilómetros cuadrados, se calcula que un 40% es todavía selvático. Es más, incluso si uno viaja por el interior de sus estados orientales (los que dan con el Atlántico), siempre va a encontrar enormes extensiones de territorio donde bosques interminables dan testimonio del gran respeto que ahí se tiene por la naturaleza. El país es tan grande, que en su parte más ancha, tanto de sur a norte, como de oriente a occidente, excede los 4.300 kilómetros.

En cuanto a su población, Brasil es también un país impresionante. De los 450 millones de habitantes que hay en Sur América, más de 200 millones son brasileños. En la práctica, Brasil tiene cinco veces más población que Colombia o Argentina, que le vienen en zaga. En el panorama mundial, Brasil es considerado el sexto país más densamente poblado que existe. A pesar de ello; y muy probablemente por ello mismo, Brasil ha logrado convertirse también en uno de los países más desarrollados de América y en uno de los más vigorosos, económicamente hablando. Brasil posee, en efecto, una de las economías más dinámicas que existen en el mundo moderno.

Pero, hay algo más, algo que llama la atención del viajero, en esta inmensa región que alguna vez se dio por llamar “Tierra de la Santa Cruz”; no importa si se trata de una de sus enormes metrópolis (Sao Paulo o Río de Janeiro) o de un pequeña ciudad del interior, cualquiera que ésta sea, y se trata de la cordialidad, la alegría, aquel extraordinario espíritu de disponibilidad de la gente, no importa cuál sea su edad o su raza, su segmento económico o su condición social. Hay algo en Brasil que hace que el forastero se sienta en casa, que se sienta bienvenido, que le da la sensación de que el local desea ayudarlo y de que se preocupa por su comodidad y bienestar.

Algo que no deja de impresionarme es su sorprendente red vial. Ésta debe ser la más completa y mejor cuidada que existe en Latinoamérica. A ese conjunto de rutas bien diseñadas, y mejor conservadas, debe sumarse una cultura de conducción, y unos protocolos de manejo y prevención vial que no tienen parangón en América Meridional. Buses y camiones van por su derecha, y solo cambian de carril en caso de necesidad. Además, en aquellos tramos donde el tránsito vehicular puede llegar a congestionarse, todas las carreteras cuentan con un carril adicional, para uso exclusivo de buses y camiones, lo que facilita las maniobras de adelantamiento, lo cual evita innecesarios accidentes.

Si la red de caminos y vías de comunicación sorprende, algo que merece una cuota de reconocimiento es el alto grado de desarrollo industrial. Tanto en el área de la industria automotriz, como en el de la aeronáutica, el desarrollo que ha alcanzado Brasil es elocuente. Tuve oportunidad de visitar tanto la fábrica de ensamblaje de aviones (San José dos Campos), como el taller de mantenimiento, que la Empresa Brasileira de Aeronáutica, EMBRAER, tiene en el estado de São Paulo; y, lo que esta empresa ha alcanzado es admirable; por algo está a la altura de las más grandes constructoras internacionales. Tanto así que se rumorea que Boeing está dispuesta a comprar una parte de la empresa brasileña.

Nota: Efectivamente, ha sido con ocasión del partido de vuelta por la final de la Copa Libertadores de América, entre Boca Juniors y River Plate de Argentina, que lo que hubiera sido una razón para estimular el orgullo deportivo nacional, se ha convertido en un motivo de vergüenza internacional. No puede entenderse cómo, lo que debería considerarse solo como una contienda deportiva, se ha convertido en una extraña confrontación irreconciliable dónde no pueden presenciar juntos, el mismo partido, los simpatizantes de dos escuadras. Pero, no podemos criticar; en Ecuador también sucede algo similar, con los hinchas de dos equipos porteños que aprovechan la oportunidad para desatar sus más elementales instintos…

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03 noviembre 2018

Una deuda de la historia

Creo que lo conocía de oídas y solo nos hicimos amigos relativamente tarde. Siendo él oriundo de Loja, había una relación de amistad entre su familia y mi familia política; además, su hermano y sus primos habían sido mis amigos o compañeros. Antes, en mis tiempos de colegio, había escuchado de sus virtudes para la oratoria, pero entonces no tuve la oportunidad de tratarlo y conocerlo. Sería el destino o, si se quiere, la casualidad la que se encargaría de presentarnos, y de que nos conociéramos e hiciéramos crecer una espontánea y mutua cordialidad que se fortaleció en nuestros posteriores, aunque escasos y algo infrecuentes, encuentros.

Postulo que esa oportunidad se dio hacia fines de los ochenta; yo era a la sazón comandante del Boeing 707, en mis últimos años en Ecuatoriana de Aviación. Fue durante un vuelo desde Guayaquil a Nueva York. La supervisora de cabina me había informado que Jamil Mahuad venía a bordo. El vuelo cruzaba a la cuadra de Miami, cuando necesité estirar las piernas y salir al baño, y fue entonces que lo encontré compartiendo un ameno palique con parte de la tripulación encargada de la cabina delantera. Nos reconocimos, e intuyo que desde el principio surgió con espontaneidad un recíproco sentido de amistad y mutua simpatía entre nosotros.

Hablamos de lo humano y lo divino aquella tarde; y la conversa sólo se interrumpió cuando era evidente que se me necesitaba en la cabina de mando para iniciar los preparativos del descenso para el inminente aterrizaje en el aeropuerto JF Kennedy de Nueva York, a través del “Canarsie Approach”, que se utilizaba cuando estaban en uso las pistas 13. Es probable que él mismo me lo haya pedido, o quizá fue cordialmente invitado para que presenciara nuestros procedimientos en la aproximación y pudiera observar el aterrizaje desde el llamado “jump seat”, el lugar con el que sueñan algunos pasajeros que se les invite a ocupar: el asiento del observador en la cabina de mando. Eran, esos, otros tiempos ciertamente, no estaba entonces prohibido el acceso a la cabina de mando; y, conceder ese permiso, o efectuar una invitación, para aterrizar en la cabina de mando, era potestad y prerrogativa reservada al comandante de la aeronave.

Pero fue solo un par de años más tarde, quizá a principios de los noventa, durante mi intervalo al servicio de Saeta, que ya siendo Jamil alcalde de Quito, me hizo una invitación, en la forma de pedido, para que integrara el flamante Comité Asesor de Turismo del Ilustre Municipio capitalino. Fuimos escogidos y designados al menos ocho miembros en condición ad honoren, es decir a título honorífico y sin ninguna forma de remuneración. Lo integrábamos, entre otros: Jorge Anhalzer, Edwin Terán, José Luis Álvarez, Pablo Burbano de Lara, Eduardo Proaño, Patrick Barrera; ellos tuvieron la gentileza de encargarme la dirección del mentado comité; una deferencia especial, realmente, pues casi todos eran mis mayores con una generación en edad.

Años más tarde, unas semanas después del episodio médico que Jamil experimentó en una convención que se efectuó en España, lo encontré casualmente en la Plaza de la Independencia, la que antes llamábamos “Plaza Grande”; allí advertí que el incidente le había restado parte de ese ímpetu que fortalecía su autoconfianza y esa seguridad que seducía a sus audiencias. La experiencia le había aportado, sin embargo, una cierta dosis de resignación ante los intempestivos derroteros que nos reserva la fortuna en la vida; ahora Jamil era un hombre impulsado, si no por un ánimo religioso, por una profunda y apacible espiritualidad.

Lo que vino después es historia conocida: su elección a la presidencia, los aciertos en dos importantes decisiones y los cuestionamientos que una buena parte de la opinión pública todavía le hace; sobre todo en lo relacionado con una controvertida resolución de carácter financiero, la conocida para la posteridad como “el feriado bancario”. Esta última provocaría su derrocamiento y su auto exilio. Pero pocos lo recuerdan por el mérito de haber tomado dos valientes decisiones, las mismas que, por sí solas, debieron marcar su gestión en la presidencia, y hacerle merecedor a la gratitud y reconocimiento de sus conciudadanos; decisiones aquellas que debieron otorgarle el beneficio del justo juicio de la historia y el aprecio de la posteridad.

Todavía me encuentro con él de tarde en tarde; disfruto de su cordialidad e inteligencia. Hoy Jamil vive dedicado a sus actividades docentes y académicas. Como ecuatoriano, tengo la impresión de que no hemos sabido reconocer sus méritos, especialmente su determinación con la firma de la paz con el Perú (hace pocos días se han celebrado veinte años de tan importante suceso), y su visión al haber aplicado la dolarización, inédita y efectiva fórmula para enderezar la economía y reordenar el esquema financiero del país. Pienso que es excesivo e injusto que se le haya condenado al ostracismo y que se haya visto obligado a vivir lejos de su tierra, víctima de la intolerancia, el resentimiento y el rencor político.

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10 octubre 2018

Un corte sobre los demás *

* Escrito por John Lichfield, con mi traducción y reedición.
Publicado en el Independent, el martes 13 de mayo de 2003

“Existe un restaurante en nuestro barrio que ha servido el mismo plato, día y noche, sin otra alternativa, por 44 años. Lo conocen en todo Paris, y en el mundo, pero nadie lo llama por su verdadero nombre. No está en la guía de restaurantes lujosos. Lo han atacado en forma injusta en la más prestigiosa de todas ellas. El restaurante se resiste a tomar reservaciones, pero sus clientes -tanto parisinos como turistas- hacen fila sin chistar hasta por una hora por una mesa.

Déjenme repetir esto. Los parisinos -el pueblo más rudo, impaciente, exigente y enemigo de hacer colas en el mundo-, hacen fila, sin quejarse, y esperan su turno para comer en un restaurante donde no pueden escoger. Como Asterix en la serie de historieta del mismo nombre, el restaurante parece haber tropezado con una fórmula mágica. Aunque, la verdad es que no existe fórmula mágica, excepto buena comida, cocinada en forma sencilla, a precio razonable, con una atmósfera acogedora, y la salsa... Volveré a la salsa después, pero no voy a poder contarles mucho.

Su nombre es “Le Relais de Venise” (El mesón de Venecia). Era un restaurante italiano hasta que Paul Gineste de Saurs, un atribulado productor de vinos del sudoeste francés, compró el sitio, cerca de la Porte Maillot, en el barrio 17 de Paris, en 1959. Paul no tuvo motivos para cambiar el rótulo, todavía bueno, así que solo colgó, debajo, otro más pequeño que decía: “Son entrecôte” (“Su bife angosto”). Por los últimos 44 años, todo lo que el Mesón ha servido, a la hora del almuerzo y de la cena, es entrecote y papas fritas y la salsa de la casa. Le dan una ensalada para empezar y usted puede escoger entre 20 postres, pero las únicas variantes del plato principal son: “saignant, à point et bien cuit” (sangrante, medio y bien cocido).

El restaurante es conocido por sus clientes como Entrecôte, Entrecôte de la Porte Maillot, pero no hay que confundirlo con una cadena de restaurantes que han copiado el nombre. Gineste de Saurs murió en 1966; desde entonces el Relais de Venise ha estado administrado por su hija, ahora una elegante e imponente señora cercana a los setenta, que le gusta que le conozcan por el nombre de su esposo -por su nombre y apellidos cristianos- Madame Thierry Godillot.

“Mi padre no sabía nada de restaurantes o de cocina”, dice Madame Godillot. “Pero estaba en una situación que algo tenía que hacer para salvar al viñedo familiar. Tenía la idea de hacer algo simple, que ofreciera un solo plato. Todos le dijeron que estaba loco y que no tendría éxito. Esto, mucho antes de que alguien en Paris hablara de comida rápida o de restaurantes de carne. De todas formas, 44 años después, aquí seguimos”.

La regla de no aceptar reservaciones, insiste Mme. Godillot, es parte del éxito del restaurante. “Personalmente, yo nunca haría cola para nada, pero aquí la cola se ha convertido en parte de la leyenda, parte de nuestro carácter. Hay gente que se me ha acercado y me ha dicho: ‘Estamos celebrando nuestro aniversario, nos conocimos en la cola, la primera vez’. Hay otros que estaban sin trabajo y se conocieron haciendo fila, esperando para entrar”.

La cola estimula la rotación de las mesas, dice Godillot, y eso permite mantener los precios bajos. Cuesta € 20.5 (unos $ 25) por el corte de carne y la entrada. Por ese precio, usted obtiene algo nunca escuchado en Paris: un generoso segundo plato. Si se acepta reservaciones, dice la señora Godillot, la gente siempre llega tarde o se asoma con menos personas de las anunciadas. Las mesas se quedan vacías. En el Relais de Venise, en un día estándar, cada mesa se usa de cuatro a cinco veces. La fila toma normalmente de 20 a 30 minutos, pero es lo mismo que puede esperar en otros restaurantes de Paris, incluso si tiene reservación.

El éxito del Relais (271 Boulevard Péreire, opuesto a la estación del RER de la Porte Maillot) ha enfurecido a algunos miembros de la gendarmería de la cocina francesa. La guía gourmet Gaultmillau ha emprendido una campaña contra el lugar los últimos años. Le Monde se ha preguntado por qué la gente “se obstina tanto” en hacer cola por comida tan ordinaria. Puede que no sea alta cocina, pero la carne es suculenta y la salsa deliciosa. Le pregunté a Madame Godillot por los ingredientes de la salsa. Ella sacudió la mano, como el druida en la historieta de Asterix preguntado por la receta de la poción mágica. “Oh, no es gran cosa”, me dijo. “Solo mantequilla con especias y hierbas. Es una receta que mi padre se consiguió en alguna parte...”

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06 octubre 2018

Hipérbolo, hipérbole e hipérbola

Asunto fascinante es aquello de la etimología, eso de investigar y descubrir el origen de las palabras que usamos en forma casi cotidiana; y advertir, también muchas veces, que existen distintas probabilidades con respecto a dicho origen. Tal análisis se convierte, por lo mismo, en ocasional teoría, hipótesis, aproximación o tentativa propuesta. Por ello, no siempre basta con conocer el exacto significado de una determinada palabra; tanto o más importante resulta en ocasiones conocer el motivo para su uso original, la razón para su sentido o significado.

Existen “en la red” muchas herramientas de ayuda hoy en día. Una de ellas, muy útil para el tema que nos ocupa, responde al nombre de “Etimologías de Chile”. Su amigable y atractiva estructura hace que cada vez sean más quienes consultan este interesante portal digital relacionado con algo tan importante como el motivo para el uso de las voces que conforman nuestro idioma, la forma (y a veces la historia) de cómo están construidas las palabras. Allí se me recomienda, por ejemplo, indagar en el origen de términos como: acrónimo, alegoría, antonomasia, apóstrofe, eufemismo, galimatías, hipérbole, metáfora, onomatopeya, pleonasmo, sinécdoque, o tautología… y, claro, aquella constituye una invitación o desafío que es difícil resistir; y yo, desde luego que transijo…

Vayamos a hipérbole, por ejemplo: que viene del griego “hyperbole”, formada del prefijo “hiper” = sobre o por encima, y “bole” = lanzar o arrojar; o sea, “tirar encima”. En retórica (dice la página digital en mención) se refiere a una exageración, por ejemplo: “más rápido que una bala” o “te he dicho mil veces”. También se menciona otra voz muy parecida: hipérbola, que se usa en geometría para referirse a una “curva plana y simétrica que resulta de cortar una superficie cónica por un plano paralelo a su eje” (por ahora, solo lidiemos con la etimología, dejemos aparte la geometría).

Caso distinto es el de un nombre propio griego (¿sobrenombre, quizás?), dice la enciclopedia que era el de un demagogo ateniense que respondía al nombre de Hipérbolo, a este se lo conoce en la Historia por ser el último que habría sido condenado a una forma de destierro que antes se conocía como “ostracismo”, procedimiento que era votado en asamblea cuando la ausencia del individuo era considerada saludable para el bien público. Cuando esto sucedía el “ostraquizado” debía abandonar Atenas en un plazo de diez días y ausentarse para permanecer exilado por un plazo no menor a diez años. En nuestros días este procedimiento equivaldría a la declaratoria de “persona non grata”.

En el caso de Hipérbolo, este habría vivido en la Antigua Gracia entre cuatro y cinco siglos antes de nuestra era, había tenido un origen humilde y se había puesto de lado de los demócratas radicales. La enciclopedia dice que era “un revolucionario a su manera”, pues era comerciante y pertenecía a “la nueva clase de ricos”. Se lo consideraba un demagogo “que ejercitó el poder únicamente a través de discursos en la asamblea”. A este y a su antecesor, Cleón, se los acusa del declive de la cultura política ateniense relacionada con el fracaso de la guerra con Esparta.

No me queda muy claro por qué expulsaron a Hipérbolo, pero lo cierto es que había caído en desgracia, con harta probabilidad porque “hablaba demasiado”; quién sabe si, como sugiere su mismo nombre, porque llegó a despertar el encono general, probablemente solo por eso: ¡porque era “un exagerado”! Y quizá por ello, se tuvo que ir a vivir en la isla de Samos, donde los oligarcas locales lo asesinaron…

En cuanto al origen de la palabra “ostracismo”, el destierro con el que se condenaba en la Antigua Grecia a los ciudadanos que se consideraban peligrosos o sospechosos para la soberanía popular… sí, tienen razón, la voz viene de ostra; aunque también querría decir cáscara de huevo, caparazón e incluso un trozo de terracota en forma de concha (óstrakon). Como queda dicho, se trataba de un exilio temporal. Lo curioso es que (y de nuevo, de acuerdo al texto en referencia) la votación de marras se efectuaba al pie de una colina, donde se ubicaba un barrio conocido como “Cerámico”, el barrio de los alfareros; allí se lanzaban los trozos de barro cocido que contenían los votos de condena… Extrañas formas de castigar que puede tener la ausencia de confianza política…

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