17 enero 2019

Adiós a un tío macanudo

Ha cumplido su tránsito por este “valle de lágrimas” mi querido tío Jorge, un tío al que siempre sentí como propio, nunca como eso que llaman por ahí: un tío “político”. Jamás le escuché decir sorprendente, maravilloso o extraordinario; “macanudo” era su adjetivo favorito. Lo había adoptado desde su primer y, quizá, único viaje a la Argentina, luego de concluidos sus estudios universitarios. En ese paseo se enamoró del tango, de su música y de su forma de baile; y desde entonces aquel macanudo lo usaba para lo bien ejecutado, lo espléndido, lo bien logrado, lo al fin conseguido!

Un día me di por averiguar el significado y origen de la palabra; y si bien comprendí su extraña etimología, quedé confundido por su contradictorio y algo travieso como arbitrario sentido. “Macanudo”: bueno, magnífico, extraordinario, excelente, decía el diccionario, luego de comentar que provenía de macana y “udo” (?). Entonces, claro, tuve que averiguar lo que quería decir macana... y ahí tuve que asimilar lo que mi disimulada testarudez no quiso. Macana: 4. Arg., Bol., Par., Perú, Ur. (Así de injustas son las contracciones de los países que usa la Academia): Hecho o situación que produce incomodidad o disgusto; 5. Coloquial. Mismos países. Mentira o desatino...

Entonces, al fin, ¿en qué mismo quedamos?... Ese macanudo, ¿era realmente algo formidable o magnífico?; o ¿era, más bien, algo tonto, una condición que producía disgusto o fastidio?, o algo que se presentaba como falso y quizá como ridículo...

Jorge murió a edad avanzada (estaba por cumplir noventa y siete años), pero su velorio fue un testimonio de la plenitud con que había llevado su prolongada vida. En él se podía advertir la alegría y espíritu de armonía de la gente que había acudido a acompañar a sus seres queridos. Había allí una suerte de acuerdo, un sentimiento de homenaje y reconocimiento general hacia la forma cómo Jorge había vivido. La gente sabía que estaba despidiendo a un patriarca que había conducido su vida sobre los andariveles de la honradez y la dignidad, y que supo compartir, con todos, sus vivencias y conocimientos. Todos lo conocieron como el hombre cabal que fue; carente de rencores o enemigos; un hombre dedicado a servir. Jorge habia sido un hombre bueno.

Es que Jorge redefinió el sentido de ciertas palabras en el diccionario: frugalidad, discreción, prudencia, plenitud, nobleza, honradez, integridad. Pero no lo hizo con palabras predicadas o escritas, lo hizo con el testimonio de su vida, lo hizo con el ejemplo.

Jorge no solo fue mi tío, fue también mi padrino; pero fue, ante todo, mi amigo, mi confidente, mi ángel tutelar y mi maestro. Con él escuchamos nuestros primeros cuentos infantiles y aprendimos su lección y moraleja; con él hicimos nuestras primeras excursiones y aprendimos a amar esa extraña sensación que nos produce el descubrimiento; con él nos interesamos por la magia del idioma y transigimos ante el impulso por explorar sus meandros y requiebres, por descubrir el embrujo de sus secretos.

Jorge era un hombre de derecho, pero no concebía el derecho sin un sentido de justicia, y tampoco la justicia sin el sustento de la integridad. Por ello, y aunque vivió de manera que nadie sollozara en su sepelio, sus huérfanos no fueron solo su viuda, sus hijos y sus nietos. Fueron también sus sobrinos, sus vecinos, los amigos de sus hijos, sus agradecidos alumnos, y quizá también aquellos exploradores a quienes acompañó en su ascenso y excursión a las montañas, o esas madres a quienes defendió como jurisconsulto en los tribunales que dirigió, con tanta corrección y esmero.

Pero hay, sobre todo, un legado que Jorge nos dejó: el valor del sentido de la familia y la importancia de ese núcleo como fundamento de todo lo social. El hombre es a veces un individuo agresivo y aislado, un lobo estepario, un ser signado por la impronta de la soledad y el desarraigo; y es por definición un animal social. Pero a menudo olvida que jamás trasciende, y que se convierte en un don nadie, si no sabe apreciar el más importante eslabón de fundamentos y valores: el sentido familiar.

Amanece muy tarde en enero, las noches son largas y frías. Pero, aunque tarde, al fin, siempre amanece... cada día es una nueva oportunidad para el servicio, para enfrentar la vida con una actitud juvenil, con curiosidad y disponibilidad, para vivirla con plenitud, para entender nuestra responsabilidad con la familia y la sociedad, para actuar con responsable discreción, construyendo las buenas memorias del mañana, viviendo con un sentido de plenitud y de integridad; para que todos puedan decir al fin de nuestras vidas: ¡qué macana que se murió, si era un tío macanudo!

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01 enero 2019

De volcanes y cataclismos

Indonesia es un país enorme y sorprendente; y, aunque el área física de sus innumerables islas (más de 17.000) constituye un territorio reducido, puede decirse que su área total (la que incluye sus mares) representa una extensión que fácilmente puede compararse con la de la mitad de los Estados Unidos. Es, además, el cuarto país más poblado que existe en la tierra, detrás de China, India y Estados Unidos, con más de doscientos cincuenta millones de habitantes. Java, donde se encuentra Jakarta, su capital, es también la isla más poblada que existe (130 millones).

Habiendo vivido por tantos años en Singapur, o trabajado más tarde para una línea aérea que iba con frecuencia a este país musulmán, tuve oportunidad de volar ocasionalmente sobre sus mares e islas principales. Indonesia forma parte del Cinturón de Fuego del Pacífico; y es fácil encontrar en su extenso territorio muchos de aquellos estrato volcanes que le dan al perfil de sus islas un carácter intrigante. Por dónde quiera que uno va, mientras explora estos territorios, se topa con esas figuras cónicas -muchas en necia actividad eruptiva- que sorprenden, inquietan e intimidan, y que dejan como impronta la característica de ese paisaje formidable.

Muchas veces fui a Jakarta o a Bali en mis periplos aeronáuticos, sobre todo cuando operaba el A340-300; más tarde, habría de volver a la isla de Java en otros viajes un tanto más santos, como cuando se me asignaban vuelos de peregrinaje o “hajj” (se pronuncia jash), destinados a transportar a los creyentes islámicos en sus visitas al Medio Oriente. Estos vuelos los hice sobre todo desde Surabaya, ubicada hacia la parte meridional de esta isla; o a la vieja Batavia, cuyo descenso y aproximación tenían una trayectoria cercana al volcán Krakatoa, de cuyas travesuras y caprichos ha sido testigo, desde tiempos milenarios, la raza más cordial y abnegada que jamás haya conocido el hombre en la tierra. Estos vuelos los efectuaba en el inolvidable 747-400.

La línea ecuatorial cruza sobre algunas de las principales islas indonesias. De entre todas ellas, destacan, de acuerdo a su tamaño: Sumatra; Kalimantan o Borneo (en ésta, Indonesia comparte territorio con Brunei y con Malasia oriental); la ya mencionada Java; la enigmática y escondida Célebes; las muy famosas y siempre codiciadas Molucas (ubicadas hacia el sur de las Filipinas y que hace ya quinientos años fueron visitadas por aquella expedición que no logró concluir Don Fernando de Magallanes); y, más hacia levante, Timor y la parte occidental de otra isla, donde Indonesia comparte territorio con Papúa Nueva Guinea, ubicada más cerca del Océano Pacífico.

Hace pocos días se produjo un devastador tsunami en Indonesia. El culpable fue esta vez el volcán Anak Krakatoa (“anak” quiere decir niño en bahasa, que es el idioma de Indonesia), pero el cataclismo no fue ciertamente cosa de niños; hasta el momento ya se han contado más de 300 muertos o desaparecidos. El pequeño volcán se llama así porque fue surgiendo, alrededor de 1930, de los vestigios de una isla que poseía tres conos volcánicos, ella sí conocida como Krakatoa y que colapsó hace más de 185 años, luego de erupciones explosivas con carácter apocalíptico. El episodio dio lugar a una película, protagonizada por Maximilian Schell, y que recuerdo haberla visto, en alguna vermú de domingo, cuando era yo todavía un niño.

Al respecto, he leído por ahí del escenario trágico que se produjo en agosto de 1833, cuando la erupción del volcán arrasó con la isla y afectó inclusive a otras regiones relativamente lejanas. Krakatoa está ubicada en un estrecho, entre las islas de Sumatra y Java; pero la isla se encuentra, a la vez, sobre la conjunción de dos placas tectónicas que se hallan sobrepuestas, lo que con probabilidad incidió en el comportamiento de esta región volcánica. De acuerdo a las crónicas, Krakatoa sería uno de los volcanes más destructivos de los que se tiene registro.

La terrible erupción de 1833 se produjo justamente cuando se creía que este racimo de volcanes ya se había extinguido. El proceso se había iniciado pocos meses atrás, pero lo que sucedió en agosto de ese año fue algo totalmente inesperado, y terminó por convertirse en un devastador y estruendoso cataclismo.

Se dice que aquel ruido sería el más fuerte que se haya registrado jamás en la historia; habría roto los tímpanos de quienes se encontraban en el área y se comenta que el estruendo se habría escuchado tan lejos como a 3.000 kilómetros de distancia, en lugares como Perth, en la costa occidental de Australia; o en las islas Mauricio, al oriente de Madagascar. Dicen las crónicas que el polvo y los gases emitidos permanecieron por casi tres años en el área y que el colapso dio origen a la formación de una nueva caldera, que en 1927 empezó a dar signos de renovada actividad volcánica… Como si hablásemos de sucesos acontecidos en la prehistoria!

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26 diciembre 2018

¡Hoyo en uno!

Como lo repito con alguna frecuencia, “la historia nunca está exenta de ironía”. Bien pensado, nada mismo en la vida está exento de esa circunstancia… Y a mí mismo me tenía que pasar; porque, así como nadie está libre de un momento de mala suerte, también es probable que nadie esté libre de que alguna vez lo acompañe la fortuna… Como decimos en golf: ¡nadie está libre de hacer un buen tiro!

Y así es como a mí también me ocurrió el pasado sábado 15 de diciembre, pues fue ese mismo día, exactamente a las diez y treinta minutos de la mañana, que la bola se elevó alegre en el aire, sin presagiar ni dar indicios de que aquella sería una trayectoria perfecta, cruzó la cañada del río Santa Clara, que constituye el mayor obstáculo del hoyo once en el club “Los Cerros” de Selva Alegre, y cuando ya parecía que concluía con un breve rodaje su trayectoria parabólica, de pronto y sin que nadie lo imaginara, la bola se introdujo en el hoyo y, de golpe, desapareció!

Sí, había logrado un “hoyo en uno”, algo inesperado, improbable y casi imposible. Algo que (y lo digo con honesta humildad) siempre creí que jamás lo iba a conseguir. Sí, en efecto, había conseguido algo increíble, justo en un día en que no estaba jugando muy bien, y justo en un hoyo en el que más de una vez había botado varias bolas en el agua, en un hoyo en el cual siempre creí que el entorno me tenía visto la cara, en uno que siempre había sido arisco conmigo. Es que, muy pocas veces lo jugué bien; con haber hecho “boggy”, esa mañana, me habría sentido satisfecho…

Siempre estuve convencido que para hacer un hoyo en uno, no bastaba con ser un buen jugador; o, por lo menos, con contar con la circunstancia favorable de efectuar un tiro bien ejecutado; hacía falta, además, poder contar con los favores de la diosa fortuna, porque -lo queramos admitir o no- un tiro de esas características, por bien ejecutado que esté, demanda también de una dosis bastante generosa de buena suerte. Como explico, lo bueno es que esa favorable conjunción se dio. Esta vez los astros se alinearon y al buen tiro se juntó la estrella improbable del acaso.

No creo que exista en otro deporte una situación tan especial e inesperada como la del hoyo en uno. Esta improbable condición es el súmmum mismo de la casualidad o extrema coincidencia, o quizá de lo que en inglés se conoce como “serendipity”. Es probable que algo que -en cierto modo- pudiera comparársele, o parecérsele, es el gol olímpico en el balompié, en el cual ciertamente cuenta la técnica en la ejecución; y en el que tal vez, si bien lo pienso ahora, el efecto del viento pudiera aportar el ingrediente del azar que sería equivalente. Aunque, en el tanto que puede conseguirse en el tiro de esquina, debe contarse también con la posibilidad de que tanto el arquero como los defensas no atinen a evitar que la entrada del balón se produzca…

Un hoyo en uno es algo que se consigue solo ocasionalmente, pues no es algo que sucede todos los días. En los torneos de golf es frecuente que se premie un hoyo en uno con la oferta -y correspondiente entrega- de un vehículo de especiales características; el premio es, por lo mismo, un reconocimiento de que su realización es algo tan improbable que la entidad patrocinadora corre el riesgo de ofrecerlo porque considera que es sumamente difícil que alguien logre conseguir esa proeza; pero, lo cierto es que, aunque en forma muy ocasional, la proeza ocurre... Sé de ocasiones en que se consiguió más de un hoyo en uno en el mismo torneo, y aun en el mismo día; en lo personal, conozco de una pareja de hermanos, que son mis amigos, que lograron conseguirlo en dos hoyos distintos, en el mismo torneo y jugando en el mismo día...

El golf es un juego de ritos y protocolos. Por ello, la tradición cuenta mucho a la hora de conseguir esta hazaña deportiva. Se entiende que quien la logra, lejos de recibir un premio, debe “castigarse” pagando todos los tragos que se consuman en el club que ha sido testigo de su afortunada jugada. Por ello, y para evitar que alguien, que hace algo así de extraordinario, sea penalizado con desaprensivos consumos ajenos, los clubes acostumbran contratar un seguro, de monto considerable, que sirve para cubrir el importe indiscriminado de bebidas y otros antojos gastronómicos que pudieran afectar la desprevenida billetera del impensado héroe...

Me parece a mi que si alguien tiene que pagar por dicho consumo, deberían ser los integrantes del “foursome”, es decir los demás miembros del grupo que acompaña a quien consigue la hazaña; por lo mismo, aquel seguro que los clubes contratan debe servir, más bien, para aliviar la inesperada “entrada en gastos” de los jugadores referidos. Sea lo que sea, esto de lograr un “hole in one” es algo excepcional, feliz e indescriptible; algo que uno mismo no sabe cómo lo consiguió y que -de antemano- sabe que lo más probable es que no lo pueda volver a repetir en los días de su vida.

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02 diciembre 2018

De diezmos y primicias

Pudo haber sido en mis primeros años de escuela cuando escuché por primera vez la palabra diezmo. Entonces debo haber barruntado que se la usaba con el sentido de miseria, limosna o insignificancia. Una “puchuela”, como decía la abuela, utilizando un giro que con probabilidad era usado en el sur del Ecuador. Pero entonces el término no hacía referencia a un porcentaje de los ingresos, del sueldo o de la mesada (realmente el diez por ciento, de ahí el nombre) que se reservaba para aportar a los gastos de mantenimiento de la iglesia o, quién sabe si, de la manutención del clérigo o del correspondiente párroco o pastor.

Solo más tarde, cuando descubrí que los Diez Mandamientos de la Ley de Dios eran realmente quince, es que aprendí que había otros cinco preceptos, a los que se había dado en llamar “Mandamientos de la Santa Madre Iglesia”. Uno de ellos, y con probabilidad el único que hoy recuerdo, prescribía algo que más o menos se enunciaba así: “Dar diezmos y primicias a la Iglesia de Dios”. Traducción: dar limosna; es decir, pensaría yo, se debía aportar con esas monedas que se recogían, durante la misa, en la capilla del colegio; o que colectaban los monaguillos en una cesta de esparto, en el diminuto templo oblato de la todavía inconclusa “Basílica del Voto Nacional”, en esos mis mismos tiempos de escuela.

Eso significaba para mí “diezmo” en esos días, un ínfimo e insignificante aporte, unos “sueltos”, calderilla sobrante y ruidosa que estorbaba en la faltriquera. Fue solo más tarde, cuando por motivos más bien sentimentales empecé a asistir los domingos a misa de once de Santa Teresita, que aquella cesta de mimbre que portaba el sacristán, pasó a carecer de su acostumbrado tintineo y volvió a ser otra vez silenciosa…

Pero de ahí a que diezmo signifique el diez por ciento de los ingresos... A nadie se le podía haber ocurrido que lo que el precepto conllevaba, era la noción de que lo que había que poner, como aporte, en aquella canastilla, era nada menos que el diez por ciento de lo que se ganaba o producía; hubiera hecho falta -pienso hoy- toda una carretilla. Ya me imagino, aquél hubiese sido un acto bochornoso e irreverente, ya lo veo al acólito empujando por el pasillo una herrumbrosa y desvencijada carretilla, ¡recogiendo parte de los salarios ajenos!

Hoy, por lo visto, el diezmo es un concepto totalmente diferente, es ahora (así lo hemos descubierto) un aporte de tipo político, una especie de pago compensatorio por un favor o una posición burocrática concedida. Es (sin más remilgues o circunloquios) el pago en especies efectuado para compensar un favor político. Esta vez, el “cenáculo” ha cambiado, y el trámite ya no parece tan sacrosanto. El emolumento ya no obedece a un precepto, ni es voluntario, es en cierto modo una forma disimulada de extorsión, un aporte vergonzoso y descarnado; es un pago, a la vez que una anticipada condición, para así conservar “la pega” y asegurar la indiscutible continuidad de la gracia concedida, para conservar la chamba o “el carguito”...

Parece haber en todo esto un cuestionable ingrediente jurídico. El episodio me retrotrae a una elemental clase de derecho que alguna vez recibí de uno de mis propios hermanos. Se trataba de la diferencia entre derecho público y derecho privado. Aprendí, en efecto, que en el derecho privado lo que no estaba prohibido estaba automáticamente permitido. No así en el derecho público, dónde lo que no estaba permitido se encontraba automáticamente prohibido. Por lo tanto, tan prohibido resulta aquello de pedir colaboraciones y aportes en forma de “voluntarias” erogaciones, que aquel pago siempre se lo hace en forma secreta, clandestina o disimulada. Quienes piden esos aportes saben muy bien que lo que hacen es incorrecto. Se conoce la costumbre como concusión, y consiste en pedir dinero para utilizarlo en provecho propio.

En cuanto a lo segundo de mi título, aquello de las primicias, estas no tienen que ver con un adelanto noticioso, como cuando se informa de algo novedoso o inédito, como lo es un inesperado hallazgo de una nave perdida o lo es una inopinada noticia. Una primicia, en el sentido religioso que tiene aquí el título, consistía antiguamente en los primeros productos que se obtenían de un emprendimiento o de algo que dejaba comerciales beneficios, como podía ser una cosecha, por ejemplo. A ello se refería, entonces, aquello de los diezmos y primicias a las que hacemos referencia. En cuanto a los diezmos políticos que mencionamos más arriba, una primicia sería la información de qué mismo pudiera suceder con el destino político de la actual Vicepresidente…

A ese respecto, quizá vendría oportuno el pergeñar una primicia de carácter político. Por lástima, poco tendría de novedoso, ya que, según los entendidos, todo está ya cocinado o decidido... Más bien les participo una noticia más fresca: vistos los problemas que se han presentado para el encuentro final entre Boca Juniors-River Plate, por el título continental entre clubes: la Conmebol habría decidido que el partido se efectúe en el estadio Santiago Bernabéu de Madrid. Además, y por lo mismo, de aquí en adelante, el torneo ya no se llamaría Copa Libertadores de América, sino Copa Conquistadores de América... ¡Esto si es una verdadera primicia!

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25 noviembre 2018

De vuelta al Brasil

Estuve en Brasil en días pasados. Volvía, esta vez, más de cuatro años después; la vez anterior fue a propósito del penúltimo mundial de fútbol. Fueron motivos de trabajo los que me llevaron a este hermoso país en esta ocasión. Brasil no solo es el país más desarrollado y próspero de América del Sur; creo que es el país más civilizado también. Lo digo, a pesar de la reacción automática en contra de esta opinión que se puede desatar entre los ciudadanos argentinos; pero basta revisar la llamada “final del mundo”, entre los dos más populares equipos argentinos, para que se me dé la razón (*). Hay que estar en Brasil para comprobar la cordialidad y hospitalidad de su gente y reconocer que efectivamente es así.

Brasil ocupa casi el cincuenta por ciento de América Meridional; limita en este sub-continente con todos los demás países, con la sola excepción de Chile y Ecuador. De sus 8’500.000 kilómetros cuadrados, se calcula que un 40% es todavía selvático. Es más, incluso si uno viaja por el interior de sus estados orientales (los que dan con el Atlántico), siempre va a encontrar enormes extensiones de territorio donde bosques interminables dan testimonio del gran respeto que ahí se tiene por la naturaleza. El país es tan grande, que en su parte más ancha, tanto de sur a norte, como de oriente a occidente, excede los 4.300 kilómetros.

En cuanto a su población, Brasil es también un país impresionante. De los 450 millones de habitantes que hay en Sur América, más de 200 millones son brasileños. En la práctica, Brasil tiene cinco veces más población que Colombia o Argentina, que le vienen en zaga. En el panorama mundial, Brasil es considerado el sexto país más densamente poblado que existe. A pesar de ello; y muy probablemente por ello mismo, Brasil ha logrado convertirse también en uno de los países más desarrollados de América y en uno de los más vigorosos, económicamente hablando. Brasil posee, en efecto, una de las economías más dinámicas que existen en el mundo moderno.

Pero, hay algo más, algo que llama la atención del viajero, en esta inmensa región que alguna vez se dio por llamar “Tierra de la Santa Cruz”; no importa si se trata de una de sus enormes metrópolis (Sao Paulo o Río de Janeiro) o de un pequeña ciudad del interior, cualquiera que ésta sea, y se trata de la cordialidad, la alegría, aquel extraordinario espíritu de disponibilidad de la gente, no importa cuál sea su edad o su raza, su segmento económico o su condición social. Hay algo en Brasil que hace que el forastero se sienta en casa, que se sienta bienvenido, que le da la sensación de que el local desea ayudarlo y de que se preocupa por su comodidad y bienestar.

Algo que no deja de impresionarme es su sorprendente red vial. Ésta debe ser la más completa y mejor cuidada que existe en Latinoamérica. A ese conjunto de rutas bien diseñadas, y mejor conservadas, debe sumarse una cultura de conducción, y unos protocolos de manejo y prevención vial que no tienen parangón en América Meridional. Buses y camiones van por su derecha, y solo cambian de carril en caso de necesidad. Además, en aquellos tramos donde el tránsito vehicular puede llegar a congestionarse, todas las carreteras cuentan con un carril adicional, para uso exclusivo de buses y camiones, lo que facilita las maniobras de adelantamiento, lo cual evita innecesarios accidentes.

Si la red de caminos y vías de comunicación sorprende, algo que merece una cuota de reconocimiento es el alto grado de desarrollo industrial. Tanto en el área de la industria automotriz, como en el de la aeronáutica, el desarrollo que ha alcanzado Brasil es elocuente. Tuve oportunidad de visitar tanto la fábrica de ensamblaje de aviones (San José dos Campos), como el taller de mantenimiento, que la Empresa Brasileira de Aeronáutica, EMBRAER, tiene en el estado de São Paulo; y, lo que esta empresa ha alcanzado es admirable; por algo está a la altura de las más grandes constructoras internacionales. Tanto así que se rumorea que Boeing está dispuesta a comprar una parte de la empresa brasileña.

Nota: Efectivamente, ha sido con ocasión del partido de vuelta por la final de la Copa Libertadores de América, entre Boca Juniors y River Plate de Argentina, que lo que hubiera sido una razón para estimular el orgullo deportivo nacional, se ha convertido en un motivo de vergüenza internacional. No puede entenderse cómo, lo que debería considerarse solo como una contienda deportiva, se ha convertido en una extraña confrontación irreconciliable dónde no pueden presenciar juntos, el mismo partido, los simpatizantes de dos escuadras. Pero, no podemos criticar; en Ecuador también sucede algo similar, con los hinchas de dos equipos porteños que aprovechan la oportunidad para desatar sus más elementales instintos…

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03 noviembre 2018

Una deuda de la historia

Creo que lo conocía de oídas y solo nos hicimos amigos relativamente tarde. Siendo él oriundo de Loja, había una relación de amistad entre su familia y mi familia política; además, su hermano y sus primos habían sido mis amigos o compañeros. Antes, en mis tiempos de colegio, había escuchado de sus virtudes para la oratoria, pero entonces no tuve la oportunidad de tratarlo y conocerlo. Sería el destino o, si se quiere, la casualidad la que se encargaría de presentarnos, y de que nos conociéramos e hiciéramos crecer una espontánea y mutua cordialidad que se fortaleció en nuestros posteriores, aunque escasos y algo infrecuentes, encuentros.

Postulo que esa oportunidad se dio hacia fines de los ochenta; yo era a la sazón comandante del Boeing 707, en mis últimos años en Ecuatoriana de Aviación. Fue durante un vuelo desde Guayaquil a Nueva York. La supervisora de cabina me había informado que Jamil Mahuad venía a bordo. El vuelo cruzaba a la cuadra de Miami, cuando necesité estirar las piernas y salir al baño, y fue entonces que lo encontré compartiendo un ameno palique con parte de la tripulación encargada de la cabina delantera. Nos reconocimos, e intuyo que desde el principio surgió con espontaneidad un recíproco sentido de amistad y mutua simpatía entre nosotros.

Hablamos de lo humano y lo divino aquella tarde; y la conversa sólo se interrumpió cuando era evidente que se me necesitaba en la cabina de mando para iniciar los preparativos del descenso para el inminente aterrizaje en el aeropuerto JF Kennedy de Nueva York, a través del “Canarsie Approach”, que se utilizaba cuando estaban en uso las pistas 13. Es probable que él mismo me lo haya pedido, o quizá fue cordialmente invitado para que presenciara nuestros procedimientos en la aproximación y pudiera observar el aterrizaje desde el llamado “jump seat”, el lugar con el que sueñan algunos pasajeros que se les invite a ocupar: el asiento del observador en la cabina de mando. Eran, esos, otros tiempos ciertamente, no estaba entonces prohibido el acceso a la cabina de mando; y, conceder ese permiso, o efectuar una invitación, para aterrizar en la cabina de mando, era potestad y prerrogativa reservada al comandante de la aeronave.

Pero fue solo un par de años más tarde, quizá a principios de los noventa, durante mi intervalo al servicio de Saeta, que ya siendo Jamil alcalde de Quito, me hizo una invitación, en la forma de pedido, para que integrara el flamante Comité Asesor de Turismo del Ilustre Municipio capitalino. Fuimos escogidos y designados al menos ocho miembros en condición ad honoren, es decir a título honorífico y sin ninguna forma de remuneración. Lo integrábamos, entre otros: Jorge Anhalzer, Edwin Terán, José Luis Álvarez, Pablo Burbano de Lara, Eduardo Proaño, Patrick Barrera; ellos tuvieron la gentileza de encargarme la dirección del mentado comité; una deferencia especial, realmente, pues casi todos eran mis mayores con una generación en edad.

Años más tarde, unas semanas después del episodio médico que Jamil experimentó en una convención que se efectuó en España, lo encontré casualmente en la Plaza de la Independencia, la que antes llamábamos “Plaza Grande”; allí advertí que el incidente le había restado parte de ese ímpetu que fortalecía su autoconfianza y esa seguridad que seducía a sus audiencias. La experiencia le había aportado, sin embargo, una cierta dosis de resignación ante los intempestivos derroteros que nos reserva la fortuna en la vida; ahora Jamil era un hombre impulsado, si no por un ánimo religioso, por una profunda y apacible espiritualidad.

Lo que vino después es historia conocida: su elección a la presidencia, los aciertos en dos importantes decisiones y los cuestionamientos que una buena parte de la opinión pública todavía le hace; sobre todo en lo relacionado con una controvertida resolución de carácter financiero, la conocida para la posteridad como “el feriado bancario”. Esta última provocaría su derrocamiento y su auto exilio. Pero pocos lo recuerdan por el mérito de haber tomado dos valientes decisiones, las mismas que, por sí solas, debieron marcar su gestión en la presidencia, y hacerle merecedor a la gratitud y reconocimiento de sus conciudadanos; decisiones aquellas que debieron otorgarle el beneficio del justo juicio de la historia y el aprecio de la posteridad.

Todavía me encuentro con él de tarde en tarde; disfruto de su cordialidad e inteligencia. Hoy Jamil vive dedicado a sus actividades docentes y académicas. Como ecuatoriano, tengo la impresión de que no hemos sabido reconocer sus méritos, especialmente su determinación con la firma de la paz con el Perú (hace pocos días se han celebrado veinte años de tan importante suceso), y su visión al haber aplicado la dolarización, inédita y efectiva fórmula para enderezar la economía y reordenar el esquema financiero del país. Pienso que es excesivo e injusto que se le haya condenado al ostracismo y que se haya visto obligado a vivir lejos de su tierra, víctima de la intolerancia, el resentimiento y el rencor político.

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