01 marzo 2019

Un guion que cambió

En mis tiempos de escuela pude escribir “guión”, sin que por ello me quiten puntos en mis ya olvidadas pruebas de ortografía. Pero la costumbre se me quedó, y no había caído en cuenta que la regla había cambiado a principios del siglo por un simple acuerdo, basado en la convención referente a cómo considerar las secuencias de distintas vocales seguidas (diptongos, hiatos y triptongos). Por esto que había venido usando “guión” con tilde hasta que de golpe me he enterado que ya no se escribe así, porque guion es una palabra monosílaba. Esta es la explicación de la propia Real Academia Española, que me complazco en reproducir:

"Palabras como guion, truhan, fie, liais, etc., se escriben sin tilde"

"Para poder aplicar con propiedad las reglas de acentuación gráfica del español es necesario determinar previamente la división de las palabras en sílabas. Y para dividir silábicamente las palabras que contienen secuencias de vocales es preciso saber si dichas vocales se articulan dentro de la misma sílaba, como diptongos o triptongos (vais, o.pioi.de), o en sílabas distintas, como hiatos (lí.ne.a, ta.o.ís.ta).

Al no existir uniformidad entre los hispanohablantes en la manera de articular muchas secuencias vocálicas, ya que a menudo, incluso tratándose de las mismas palabras, unos hablantes pronuncian las vocales contiguas dentro de la misma sílaba y otros en sílabas distintas, la ortografía académica estableció ya en 1999 una serie de convenciones para fijar qué combinaciones vocálicas deben considerarse siempre diptongos o triptongos y cuáles siempre hiatos a la hora de aplicar las reglas de acentuación gráfica, con el fin de garantizar la unidad en la representación escrita de las voces que contienen este tipo de secuencias.

De acuerdo con dichas convenciones, y con independencia de cuál sea su articulación real en palabras concretas, se consideran siempre diptongos a efectos ortográficos las combinaciones siguientes: Vocal abierta (/a/, /e/, /o/) seguida o precedida de vocal cerrada átona (/i/, /u/): estabais, confiar, diario, afeitar, viento, pie, doy, guion, aunar, acuario, actuado, reunir, sueño, estadounidense, antiguo. Dos vocales cerradas distintas (/i/, /u/): triunfo, incluido, diurno, huir, viuda, ruido. Del mismo modo, se consideran siempre triptongos a efectos ortográficos las secuencias constituidas por una vocal abierta entre dos vocales cerradas átonas: confiáis, actuáis, puntuéis, guau.

Como consecuencia de la aplicación de estas convenciones, un grupo limitado de palabras que tradicionalmente se habían escrito con tilde por resultar bisílabas (además de ser agudas terminadas en -n, -s o vocal) en la pronunciación de buena parte de los hispanohablantes —los que articulan con hiato las combinaciones vocálicas que contienen— pasan a considerarse monosílabas a efectos de acentuación gráfica, conforme a su pronunciación real por otra gran parte de los hispanohablantes —los que articulan esas mismas combinaciones como diptongos o triptongos—, y a escribirse, por ello, sin tilde, ya que los monosílabos no se acentúan gráficamente, salvo los que llevan tilde diacrítica.

Las palabras afectadas por este cambio son formas verbales como crie, crio, criais, crieis y las de voseo crias, cria (de criar); fie, fio, fiais, fieis y las de voseo fias, fia (de fiar); flui, fluis (de fluir); frio, friais (de freír); frui, fruis (de fruir); guie, guio, guiais, guieis y las de voseo guias, guia (de guiar); hui, huis (de huir); lie, lio, liais, lieis y las de voseo lias, lia (de liar); pie, pio, piais, pieis y las de voseo pias, pia (de piar); rio, riais (de reír); sustantivos como guion, ion, muon, pion, prion, ruan y truhan; y ciertos nombres propios, como Ruan y Sion.

Aunque la ortografía de 1999, donde se establecieron las citadas convenciones, prescribía ya la escritura sin tilde de estas palabras, admitía que los hablantes que las pronunciasen como bisílabas pudiesen seguir acentuándolas gráficamente. En cambio, a partir de la edición de 2010, se suprime dicha opción, que quiebra el principio de unidad ortográfica, de modo que las palabras que pasan a considerarse monosílabas por contener este tipo de diptongos o triptongos ortográficos deben escribirse ahora obligatoriamente sin tilde. Esta convención es puramente ortográfica, por lo que no implica, en modo alguno, que los hablantes deban cambiar la manera en que pronuncian naturalmente estas voces, sea con hiato o con diptongo".

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17 febrero 2019

Una equis sobre el Pacífico

Están por celebrarse quinientos años de la frustrada epopeya encomendada a un joven portugués llamado Fernando de Magallanes (tenía solo 41 años a su muerte en Mactán, en las Filipinas). Aunque hay que recordar que la misión encargada al audaz y autoritario navegante no fue la de circunnavegar el globo, sino la de encontrar una ruta occidental hacia las Molucas, las islas de las especias, territorio que podía disputarse como español con apoyo en lo dispuesto en el Tratado de Tordesillas.

Magallanes había estado antes en las Molucas, navegando hacia el este, alrededor del África; por lo que, si sumamos ambos periplos, puede decirse que la hazaña de ser el primero en dar la vuelta al globo terráqueo ya la había cumplido en lo individual, tan pronto como su expedición concluyó, en marzo de 1521, el prolongado cruce del Océano Pacífico.

Pienso y medito en los casi quinientos años desde que se efectuaron estos esfuerzos, y en su próxima efemérides, al cruzar yo mismo, una vez más (aunque esta vez en condición de paciente pasajero), el tranquilo “Mar del Sur” en un inesperado e imprevisto vuelo intercontinental que me condujo en forma precipitada: primero de Ecuador hacia Los Ángeles; y, luego, desde esta admirable y, para mí, muy recordada ciudad, hasta el formidable puerto de Sydney, en la costa suroriental de Australia.

Mientras voy en el avión, miro de rato en rato el casi imperceptible progreso del vuelo en el monitor personal del que disponen todos y cada uno de los adormilados pasajeros, y no puedo dejar de advertir que mientras el trazo de la travesía de Magallanes fue de derecha a izquierda, y de abajo hacia arriba (de Tierra de Fuego hacia las islas ecuatoriales del occidente del Pacífico), la ruta que va trazando nuestra nave es también hacia occidente, pero esta vez en sentido de arriba hacia abajo, marcando con ello una sugestiva equis en el colorido mapa descriptivo.

Transcurren catorce horas en total, en mi prolongado viaje nocturno (casi nada comparado con los cien días que le tomó el cruce al portugués, quien comandaba una flota inicial de cinco naves al servicio de la corona española). Vamos siempre sobre un inacabable espejo de agua que trata de cubrir el indómito Boeing “triple siete”, que ha sido diseñado para cubrir en un solo tramo el empecinado trayecto. Cuatro horas después de haber despegado desde Los Ángeles, dejamos a estribor las recoletas islas de Hawai, y ha de pasar otra hora y media hasta que volamos cercanos a otras diminutas islas y atolones que parecen formar recónditos y minúsculos archipiélagos. Son las islas de Kiribati, ubicadas al sur de las anteriores, cuyo nombre es solo una deformación, en idioma local, de Christmas; un nombre que ya distingue a otra isla australiana, que muchas veces sobrevolé, ubicada al sur de Indonesia, en el Océano Índico.

Otras cuatro horas más tarde, aparece el archipiélago de Samoa, realmente las tres islas de mayor tamaño que conforman la casi integridad de su territorio. Medito en que este mismo inmenso mar fuera descubierto, frente a Panamá, por Vasco Núñez de Balboa hacia 1513; Balboa (qué curioso, no nos referimos a él como “Núñez”) fue quien lo identificó como Mar del Sur. Siete años más tarde este inmenso océano sería rebautizado como Pacífico por Magallanes, debido a la ausencia de vientos y a la desacostumbrada tranquilidad de sus extensas aguas.

Poco más tarde aparecen Fiji, Vanuatu y Nueva Caledonia, y entonces el aparato cubre la última porción de su periplo, dejando a babor las sorprendentes islas de Nueva Zelanda, adentrándose en el inquieto Mar de Tasmania. Mientras tanto, las tenues luces de cabina se van encendiendo poco a poco; parece que pronto la aurora anunciará el amanecer. Es pues hora de desayunar; se hace difícil entender que sigue reinando la oscuridad, a pesar de que han transcurrido dieciocho horas desde que en el aeropuerto de salida se empezó a decretar la caída de la tarde... Para el reloj biológico de los pasajeros es ya hora de almorzar; pero la tripulación sigue el impertérrito protocolo de servir las comidas de acuerdo a la hora local del sitio geográfico donde se encuentra la aeronave. Es la impostura que tiene la transportación aérea…

Finalmente el dócil avioncito ingresa en Botany Bay y se enfila, con un ligero viraje, hacia “final largo” de la pista 34 izquierda del aeropuerto Kingsford Smith de la asombrosa ciudad que será nuestro destino. Abajo y a lo lejos destacan el puente sobre el puerto de la ciudad y la silueta inconfundible de la Casa de la Ópera, en medio de Sydney Harbor. El edificio constituye, a la vez, tanto un ícono como un monumento, este se ha convertido en el irreemplazable emblema de la sorprendente metrópoli.

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17 enero 2019

Adiós a un tío macanudo

Ha cumplido su tránsito por este “valle de lágrimas” mi querido tío Jorge, un tío al que siempre sentí como propio, nunca como eso que llaman por ahí: un tío “político”. Jamás le escuché decir sorprendente, maravilloso o extraordinario; “macanudo” era su adjetivo favorito. Lo había adoptado desde su primer y, quizá, único viaje a la Argentina, luego de concluidos sus estudios universitarios. En ese paseo se enamoró del tango, de su música y de su forma de baile; y desde entonces aquel macanudo lo usaba para lo bien ejecutado, lo espléndido, lo bien logrado, lo al fin conseguido!

Un día me di por averiguar el significado y origen de la palabra; y si bien comprendí su extraña etimología, quedé confundido por su contradictorio y algo travieso como arbitrario sentido. “Macanudo”: bueno, magnífico, extraordinario, excelente, decía el diccionario, luego de comentar que provenía de macana y “udo” (?). Entonces, claro, tuve que averiguar lo que quería decir macana... y ahí tuve que asimilar lo que mi disimulada testarudez no quiso. Macana: 4. Arg., Bol., Par., Perú, Ur. (Así de injustas son las contracciones de los países que usa la Academia): Hecho o situación que produce incomodidad o disgusto; 5. Coloquial. Mismos países. Mentira o desatino...

Entonces, al fin, ¿en qué mismo quedamos?... Ese macanudo, ¿era realmente algo formidable o magnífico?; o ¿era, más bien, algo tonto, una condición que producía disgusto o fastidio?, o algo que se presentaba como falso y quizá como ridículo...

Jorge murió a edad avanzada (estaba por cumplir noventa y siete años), pero su velorio fue un testimonio de la plenitud con que había llevado su prolongada vida. En él se podía advertir la alegría y espíritu de armonía de la gente que había acudido a acompañar a sus seres queridos. Había allí una suerte de acuerdo, un sentimiento de homenaje y reconocimiento general hacia la forma cómo Jorge había vivido. La gente sabía que estaba despidiendo a un patriarca que había conducido su vida sobre los andariveles de la honradez y la dignidad, y que supo compartir, con todos, sus vivencias y conocimientos. Todos lo conocieron como el hombre cabal que fue; carente de rencores o enemigos; un hombre dedicado a servir. Jorge habia sido un hombre bueno.

Es que Jorge redefinió el sentido de ciertas palabras en el diccionario: frugalidad, discreción, prudencia, plenitud, nobleza, honradez, integridad. Pero no lo hizo con palabras predicadas o escritas, lo hizo con el testimonio de su vida, lo hizo con el ejemplo.

Jorge no solo fue mi tío, fue también mi padrino; pero fue, ante todo, mi amigo, mi confidente, mi ángel tutelar y mi maestro. Con él escuchamos nuestros primeros cuentos infantiles y aprendimos su lección y moraleja; con él hicimos nuestras primeras excursiones y aprendimos a amar esa extraña sensación que nos produce el descubrimiento; con él nos interesamos por la magia del idioma y transigimos ante el impulso por explorar sus meandros y requiebres, por descubrir el embrujo de sus secretos.

Jorge era un hombre de derecho, pero no concebía el derecho sin un sentido de justicia, y tampoco la justicia sin el sustento de la integridad. Por ello, y aunque vivió de manera que nadie sollozara en su sepelio, sus huérfanos no fueron solo su viuda, sus hijos y sus nietos. Fueron también sus sobrinos, sus vecinos, los amigos de sus hijos, sus agradecidos alumnos, y quizá también aquellos exploradores a quienes acompañó en su ascenso y excursión a las montañas, o esas madres a quienes defendió como jurisconsulto en los tribunales que dirigió, con tanta corrección y esmero.

Pero hay, sobre todo, un legado que Jorge nos dejó: el valor del sentido de la familia y la importancia de ese núcleo como fundamento de todo lo social. El hombre es a veces un individuo agresivo y aislado, un lobo estepario, un ser signado por la impronta de la soledad y el desarraigo; y es por definición un animal social. Pero a menudo olvida que jamás trasciende, y que se convierte en un don nadie, si no sabe apreciar el más importante eslabón de fundamentos y valores: el sentido familiar.

Amanece muy tarde en enero, las noches son largas y frías. Pero, aunque tarde, al fin, siempre amanece... cada día es una nueva oportunidad para el servicio, para enfrentar la vida con una actitud juvenil, con curiosidad y disponibilidad, para vivirla con plenitud, para entender nuestra responsabilidad con la familia y la sociedad, para actuar con responsable discreción, construyendo las buenas memorias del mañana, viviendo con un sentido de plenitud y de integridad; para que todos puedan decir al fin de nuestras vidas: ¡qué macana que se murió, si era un tío macanudo!

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01 enero 2019

De volcanes y cataclismos

Indonesia es un país enorme y sorprendente; y, aunque el área física de sus innumerables islas (más de 17.000) constituye un territorio reducido, puede decirse que su área total (la que incluye sus mares) representa una extensión que fácilmente puede compararse con la de la mitad de los Estados Unidos. Es, además, el cuarto país más poblado que existe en la tierra, detrás de China, India y Estados Unidos, con más de doscientos cincuenta millones de habitantes. Java, donde se encuentra Jakarta, su capital, es también la isla más poblada que existe (130 millones).

Habiendo vivido por tantos años en Singapur, o trabajado más tarde para una línea aérea que iba con frecuencia a este país musulmán, tuve oportunidad de volar ocasionalmente sobre sus mares e islas principales. Indonesia forma parte del Cinturón de Fuego del Pacífico; y es fácil encontrar en su extenso territorio muchos de aquellos estrato volcanes que le dan al perfil de sus islas un carácter intrigante. Por dónde quiera que uno va, mientras explora estos territorios, se topa con esas figuras cónicas -muchas en necia actividad eruptiva- que sorprenden, inquietan e intimidan, y que dejan como impronta la característica de ese paisaje formidable.

Muchas veces fui a Jakarta o a Bali en mis periplos aeronáuticos, sobre todo cuando operaba el A340-300; más tarde, habría de volver a la isla de Java en otros viajes un tanto más santos, como cuando se me asignaban vuelos de peregrinaje o “hajj” (se pronuncia jash), destinados a transportar a los creyentes islámicos en sus visitas al Medio Oriente. Estos vuelos los hice sobre todo desde Surabaya, ubicada hacia la parte meridional de esta isla; o a la vieja Batavia, cuyo descenso y aproximación tenían una trayectoria cercana al volcán Krakatoa, de cuyas travesuras y caprichos ha sido testigo, desde tiempos milenarios, la raza más cordial y abnegada que jamás haya conocido el hombre en la tierra. Estos vuelos los efectuaba en el inolvidable 747-400.

La línea ecuatorial cruza sobre algunas de las principales islas indonesias. De entre todas ellas, destacan, de acuerdo a su tamaño: Sumatra; Kalimantan o Borneo (en ésta, Indonesia comparte territorio con Brunei y con Malasia oriental); la ya mencionada Java; la enigmática y escondida Célebes; las muy famosas y siempre codiciadas Molucas (ubicadas hacia el sur de las Filipinas y que hace ya quinientos años fueron visitadas por aquella expedición que no logró concluir Don Fernando de Magallanes); y, más hacia levante, Timor y la parte occidental de otra isla, donde Indonesia comparte territorio con Papúa Nueva Guinea, ubicada más cerca del Océano Pacífico.

Hace pocos días se produjo un devastador tsunami en Indonesia. El culpable fue esta vez el volcán Anak Krakatoa (“anak” quiere decir niño en bahasa, que es el idioma de Indonesia), pero el cataclismo no fue ciertamente cosa de niños; hasta el momento ya se han contado más de 300 muertos o desaparecidos. El pequeño volcán se llama así porque fue surgiendo, alrededor de 1930, de los vestigios de una isla que poseía tres conos volcánicos, ella sí conocida como Krakatoa y que colapsó hace más de 185 años, luego de erupciones explosivas con carácter apocalíptico. El episodio dio lugar a una película, protagonizada por Maximilian Schell, y que recuerdo haberla visto, en alguna vermú de domingo, cuando era yo todavía un niño.

Al respecto, he leído por ahí del escenario trágico que se produjo en agosto de 1833, cuando la erupción del volcán arrasó con la isla y afectó inclusive a otras regiones relativamente lejanas. Krakatoa está ubicada en un estrecho, entre las islas de Sumatra y Java; pero la isla se encuentra, a la vez, sobre la conjunción de dos placas tectónicas que se hallan sobrepuestas, lo que con probabilidad incidió en el comportamiento de esta región volcánica. De acuerdo a las crónicas, Krakatoa sería uno de los volcanes más destructivos de los que se tiene registro.

La terrible erupción de 1833 se produjo justamente cuando se creía que este racimo de volcanes ya se había extinguido. El proceso se había iniciado pocos meses atrás, pero lo que sucedió en agosto de ese año fue algo totalmente inesperado, y terminó por convertirse en un devastador y estruendoso cataclismo.

Se dice que aquel ruido sería el más fuerte que se haya registrado jamás en la historia; habría roto los tímpanos de quienes se encontraban en el área y se comenta que el estruendo se habría escuchado tan lejos como a 3.000 kilómetros de distancia, en lugares como Perth, en la costa occidental de Australia; o en las islas Mauricio, al oriente de Madagascar. Dicen las crónicas que el polvo y los gases emitidos permanecieron por casi tres años en el área y que el colapso dio origen a la formación de una nueva caldera, que en 1927 empezó a dar signos de renovada actividad volcánica… Como si hablásemos de sucesos acontecidos en la prehistoria!

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26 diciembre 2018

¡Hoyo en uno!

Como lo repito con alguna frecuencia, “la historia nunca está exenta de ironía”. Bien pensado, nada mismo en la vida está exento de esa circunstancia… Y a mí mismo me tenía que pasar; porque, así como nadie está libre de un momento de mala suerte, también es probable que nadie esté libre de que alguna vez lo acompañe la fortuna… Como decimos en golf: ¡nadie está libre de hacer un buen tiro!

Y así es como a mí también me ocurrió el pasado sábado 15 de diciembre, pues fue ese mismo día, exactamente a las diez y treinta minutos de la mañana, que la bola se elevó alegre en el aire, sin presagiar ni dar indicios de que aquella sería una trayectoria perfecta, cruzó la cañada del río Santa Clara, que constituye el mayor obstáculo del hoyo once en el club “Los Cerros” de Selva Alegre, y cuando ya parecía que concluía con un breve rodaje su trayectoria parabólica, de pronto y sin que nadie lo imaginara, la bola se introdujo en el hoyo y, de golpe, desapareció!

Sí, había logrado un “hoyo en uno”, algo inesperado, improbable y casi imposible. Algo que (y lo digo con honesta humildad) siempre creí que jamás lo iba a conseguir. Sí, en efecto, había conseguido algo increíble, justo en un día en que no estaba jugando muy bien, y justo en un hoyo en el que más de una vez había botado varias bolas en el agua, en un hoyo en el cual siempre creí que el entorno me tenía visto la cara, en uno que siempre había sido arisco conmigo. Es que, muy pocas veces lo jugué bien; con haber hecho “boggy”, esa mañana, me habría sentido satisfecho…

Siempre estuve convencido que para hacer un hoyo en uno, no bastaba con ser un buen jugador; o, por lo menos, con contar con la circunstancia favorable de efectuar un tiro bien ejecutado; hacía falta, además, poder contar con los favores de la diosa fortuna, porque -lo queramos admitir o no- un tiro de esas características, por bien ejecutado que esté, demanda también de una dosis bastante generosa de buena suerte. Como explico, lo bueno es que esa favorable conjunción se dio. Esta vez los astros se alinearon y al buen tiro se juntó la estrella improbable del acaso.

No creo que exista en otro deporte una situación tan especial e inesperada como la del hoyo en uno. Esta improbable condición es el súmmum mismo de la casualidad o extrema coincidencia, o quizá de lo que en inglés se conoce como “serendipity”. Es probable que algo que -en cierto modo- pudiera comparársele, o parecérsele, es el gol olímpico en el balompié, en el cual ciertamente cuenta la técnica en la ejecución; y en el que tal vez, si bien lo pienso ahora, el efecto del viento pudiera aportar el ingrediente del azar que sería equivalente. Aunque, en el tanto que puede conseguirse en el tiro de esquina, debe contarse también con la posibilidad de que tanto el arquero como los defensas no atinen a evitar que la entrada del balón se produzca…

Un hoyo en uno es algo que se consigue solo ocasionalmente, pues no es algo que sucede todos los días. En los torneos de golf es frecuente que se premie un hoyo en uno con la oferta -y correspondiente entrega- de un vehículo de especiales características; el premio es, por lo mismo, un reconocimiento de que su realización es algo tan improbable que la entidad patrocinadora corre el riesgo de ofrecerlo porque considera que es sumamente difícil que alguien logre conseguir esa proeza; pero, lo cierto es que, aunque en forma muy ocasional, la proeza ocurre... Sé de ocasiones en que se consiguió más de un hoyo en uno en el mismo torneo, y aun en el mismo día; en lo personal, conozco de una pareja de hermanos, que son mis amigos, que lograron conseguirlo en dos hoyos distintos, en el mismo torneo y jugando en el mismo día...

El golf es un juego de ritos y protocolos. Por ello, la tradición cuenta mucho a la hora de conseguir esta hazaña deportiva. Se entiende que quien la logra, lejos de recibir un premio, debe “castigarse” pagando todos los tragos que se consuman en el club que ha sido testigo de su afortunada jugada. Por ello, y para evitar que alguien, que hace algo así de extraordinario, sea penalizado con desaprensivos consumos ajenos, los clubes acostumbran contratar un seguro, de monto considerable, que sirve para cubrir el importe indiscriminado de bebidas y otros antojos gastronómicos que pudieran afectar la desprevenida billetera del impensado héroe...

Me parece a mi que si alguien tiene que pagar por dicho consumo, deberían ser los integrantes del “foursome”, es decir los demás miembros del grupo que acompaña a quien consigue la hazaña; por lo mismo, aquel seguro que los clubes contratan debe servir, más bien, para aliviar la inesperada “entrada en gastos” de los jugadores referidos. Sea lo que sea, esto de lograr un “hole in one” es algo excepcional, feliz e indescriptible; algo que uno mismo no sabe cómo lo consiguió y que -de antemano- sabe que lo más probable es que no lo pueda volver a repetir en los días de su vida.

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02 diciembre 2018

De diezmos y primicias

Pudo haber sido en mis primeros años de escuela cuando escuché por primera vez la palabra diezmo. Entonces debo haber barruntado que se la usaba con el sentido de miseria, limosna o insignificancia. Una “puchuela”, como decía la abuela, utilizando un giro que con probabilidad era usado en el sur del Ecuador. Pero entonces el término no hacía referencia a un porcentaje de los ingresos, del sueldo o de la mesada (realmente el diez por ciento, de ahí el nombre) que se reservaba para aportar a los gastos de mantenimiento de la iglesia o, quién sabe si, de la manutención del clérigo o del correspondiente párroco o pastor.

Solo más tarde, cuando descubrí que los Diez Mandamientos de la Ley de Dios eran realmente quince, es que aprendí que había otros cinco preceptos, a los que se había dado en llamar “Mandamientos de la Santa Madre Iglesia”. Uno de ellos, y con probabilidad el único que hoy recuerdo, prescribía algo que más o menos se enunciaba así: “Dar diezmos y primicias a la Iglesia de Dios”. Traducción: dar limosna; es decir, pensaría yo, se debía aportar con esas monedas que se recogían, durante la misa, en la capilla del colegio; o que colectaban los monaguillos en una cesta de esparto, en el diminuto templo oblato de la todavía inconclusa “Basílica del Voto Nacional”, en esos mis mismos tiempos de escuela.

Eso significaba para mí “diezmo” en esos días, un ínfimo e insignificante aporte, unos “sueltos”, calderilla sobrante y ruidosa que estorbaba en la faltriquera. Fue solo más tarde, cuando por motivos más bien sentimentales empecé a asistir los domingos a misa de once de Santa Teresita, que aquella cesta de mimbre que portaba el sacristán, pasó a carecer de su acostumbrado tintineo y volvió a ser otra vez silenciosa…

Pero de ahí a que diezmo signifique el diez por ciento de los ingresos... A nadie se le podía haber ocurrido que lo que el precepto conllevaba, era la noción de que lo que había que poner, como aporte, en aquella canastilla, era nada menos que el diez por ciento de lo que se ganaba o producía; hubiera hecho falta -pienso hoy- toda una carretilla. Ya me imagino, aquél hubiese sido un acto bochornoso e irreverente, ya lo veo al acólito empujando por el pasillo una herrumbrosa y desvencijada carretilla, ¡recogiendo parte de los salarios ajenos!

Hoy, por lo visto, el diezmo es un concepto totalmente diferente, es ahora (así lo hemos descubierto) un aporte de tipo político, una especie de pago compensatorio por un favor o una posición burocrática concedida. Es (sin más remilgues o circunloquios) el pago en especies efectuado para compensar un favor político. Esta vez, el “cenáculo” ha cambiado, y el trámite ya no parece tan sacrosanto. El emolumento ya no obedece a un precepto, ni es voluntario, es en cierto modo una forma disimulada de extorsión, un aporte vergonzoso y descarnado; es un pago, a la vez que una anticipada condición, para así conservar “la pega” y asegurar la indiscutible continuidad de la gracia concedida, para conservar la chamba o “el carguito”...

Parece haber en todo esto un cuestionable ingrediente jurídico. El episodio me retrotrae a una elemental clase de derecho que alguna vez recibí de uno de mis propios hermanos. Se trataba de la diferencia entre derecho público y derecho privado. Aprendí, en efecto, que en el derecho privado lo que no estaba prohibido estaba automáticamente permitido. No así en el derecho público, dónde lo que no estaba permitido se encontraba automáticamente prohibido. Por lo tanto, tan prohibido resulta aquello de pedir colaboraciones y aportes en forma de “voluntarias” erogaciones, que aquel pago siempre se lo hace en forma secreta, clandestina o disimulada. Quienes piden esos aportes saben muy bien que lo que hacen es incorrecto. Se conoce la costumbre como concusión, y consiste en pedir dinero para utilizarlo en provecho propio.

En cuanto a lo segundo de mi título, aquello de las primicias, estas no tienen que ver con un adelanto noticioso, como cuando se informa de algo novedoso o inédito, como lo es un inesperado hallazgo de una nave perdida o lo es una inopinada noticia. Una primicia, en el sentido religioso que tiene aquí el título, consistía antiguamente en los primeros productos que se obtenían de un emprendimiento o de algo que dejaba comerciales beneficios, como podía ser una cosecha, por ejemplo. A ello se refería, entonces, aquello de los diezmos y primicias a las que hacemos referencia. En cuanto a los diezmos políticos que mencionamos más arriba, una primicia sería la información de qué mismo pudiera suceder con el destino político de la actual Vicepresidente…

A ese respecto, quizá vendría oportuno el pergeñar una primicia de carácter político. Por lástima, poco tendría de novedoso, ya que, según los entendidos, todo está ya cocinado o decidido... Más bien les participo una noticia más fresca: vistos los problemas que se han presentado para el encuentro final entre Boca Juniors-River Plate, por el título continental entre clubes: la Conmebol habría decidido que el partido se efectúe en el estadio Santiago Bernabéu de Madrid. Además, y por lo mismo, de aquí en adelante, el torneo ya no se llamaría Copa Libertadores de América, sino Copa Conquistadores de América... ¡Esto si es una verdadera primicia!

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