26 agosto 2019

Del hule a la gutapercha (2)

(Continuación)

Y “hule” era justamente la palabra que usaba la abuela para referirse a todo aquello elástico, capaz de deformarse con el calor, particularmente lo que había sido fabricado con caucho. Más tarde, yo habría de aprender que hule era una voz tomada del náhuatl que servía para designar al mismo árbol originario de América Meridional, donde lo conocemos con el nombre de caucho. De hecho, caucho es también una palabra de origen taíno (cauchu) que significaría “lágrimas del árbol” en quichua.

El caucho crece en las selvas tropicales; y su tronco, cuando es sometido a cortes diagonales en su corteza, emana una substancia lechosa conocida como látex, la misma que cuando seca se convierte en una materia maleable y pringosa que es el caucho propiamente dicho. El caucho es un polímero elástico repelente al agua y resistente a la electricidad. Esta substancia es, por lo mismo, un gran aislante.

A mí debe haberme causado una sensación un tanto “lampreada” (agridulce), algo intermedio entre la risa y la sorpresa, la primera vez que escuché en mi casa la palabra hule. Y es que esta se usaba con relativa frecuencia en mis tiempos de escuela, pero para expresar algo totalmente distinto; aunque... ahora que recuerdo, y ya bien pensado, puede que significara lo mismo. Había una forma de burla, o -mejor- un sutil insulto, que era muy popular entre mis compañeros por esos primeros años de colegio. Se trataba de la frase “ah, huevas de hule”, para referirse a alguien un tanto flojo o no muy despierto.

Existen otros polímeros como la fibra de vidrio, o también la gutapercha, la misma que es obtenida de otro árbol de origen malayo y cuyo producto se utilizó hace más de cien años para fabricar las primeras pelotas de golf. Una cierta noche, cuando todavía cursaba los últimos años de primaria, tuve la agradable e impensada oportunidad de asistir a un festival de música internacional que se había organizado, a manera de feria estudiantil, en el colegio Americano. Creo que esa noche fue la primera vez que escuché aquel término que parecía ser parte de un trabalenguas que a todos dejaba confundido.

Allí, en aquella ocasión, se presentaba un cantante conocido por el nombre artístico de Eduardo Samson, su voz carecía del timbre que pudo haber caracterizado al personaje bíblico (aquél cuyos largos cabellos fueron trasquilados durante la noche por la no muy leal Dalila); fue esa, la primera vez que escuché una tonada de carácter alegre que mencionaba un raro estribillo compuesto tal vez en alguna lengua del Caribe, probablemente papiamento o algún otro dialecto antillano. La canción repetía algo así como: “Hey, gutapercha, oca de libú; masá, masá, masá, oca de libú”. He buscado en estos días la zumbante cancioncita en foros y enciclopedias, pero al parecer nadie jamás la ha escuchado ni conocido...

Y fue caucho también, o si se prefiere hule, lo que a un curioso mecánico que había existido por ahí, y que andaba con ínfulas de inventor; un tipo conocido hacia el sur del Río Grande como Carlitos Buenaño, se le había ocurrido mezclar con azufre, y que por pura coincidencia, carambola o “relancina” (creo que en la escuela, le llamábamos chiripa) había descubierto cómo fabricar neumáticos. Carlitos presentó al mundo su formidable invento y se convirtió, de la noche a la mañana, en flamante millonario. Su negocio, empezó, desde ese día a “andar como sobre ruedas”. Se llamaba Charles Goodyear... ¿Les suena familiar?

Cuando hablamos del caucho, es inevitable hablar de resinas compuestas o “composites”, éstas no son sino substancias sintéticas, constituidas por partículas diferentes que, al ser amalgamadas, producen un resultado aún más resistente y elástico que sus respectivos componentes. Hoy los “composites” son muy usados en la aeronáutica moderna; un ejemplo clásico de estos materiales compuestos (de hecho el más antiguo) es el adobe, mezcla de arcilla y paja; o también el bahareque, resultado de combinar arcilla con carrizo. En estos composites, un elemento aporta el factor de cohesión y otro el de refuerzo. Es increíble como, utilizando un producto más liviano, se puede conseguir un material más resistente.

En cuanto al origen de la planta (para muchos es, más bien, un árbol), parece que sería originaria, no de América del Sur, sino de la parte meridional de México y de algunas partes de Centroamérica. Mi búsqueda me ha llevado a indagar acerca de otro árbol (que bien pudiera ser el mismo) conocido con un nombre no muy familiar: Castilla elástica (similar a la harina de Castilla) y este debería su designación a quien lo habría estudiado, que había sido un farmacéutico y botánico español que habría vivido en México en la segunda mitad del Siglo XVIII; se llamaba Juan Diego del Castillo. La Castilla elástica tendría propiedades terapéuticas y sería utilizada hasta como afrodisíaco... Se la considera un eficaz diurético y astringente.

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24 agosto 2019

Del hule a la gutapercha (1)

Tengo un inquieto escozor cuando a veces hablo de mis primeros años: creo que doy la injusta e inexacta impresión de que no tuve una infancia feliz; es más, me atormenta que al mencionar los episodios de mi niñez, deje el involuntario mensaje de que la responsable de tan desafortunada condición hubiese sido mi abuela Carlota. Pero, aquello no fue realmente así; a pesar de sus ocasionales exabruptos, cuando exhibía el carácter más eruptivo de su irritabilidad, lo que ella llamaba sus “colerines”, la suya era una forma de severidad marcada por la ternura y signada por la impronta de un triste recuerdo que avivaba su melancolía: la temprana e inconsolable ausencia de quien había sido su hija predilecta, Leonor, mi madre.

En cuanto a mi, a pesar de ciertos momentos originados por la nostalgia o por un esporádico sentido de soledad, los que fueron a su vez el inevitable resultado de mi temprana orfandad, la mía fue más bien una infancia entretenida y feliz, abrigada por la presencia de mis primos y, sobre todo, por la permanente compañía de mis propios hermanos. Además, la ubicación que tuvo la casa donde vivía mi abuela, era, en cierto modo, fuente inusitada y constante de dos maravillosos recursos, los mismos que, por sí solos, no podían sino procurar una sensación inagotable, y casi obscena, de goce y felicidad: eran el juego y la exploración.

El juego, en forma preferente, porque el plantel educativo donde me correspondió atender mis años de estudiante, tanto en primaria como en secundaria, estaba situado frente con frente a aquella enorme casa de apartamentos donde tuve la suerte de transcurrir mi infancia y primera adolescencia. El colegio, por ello, se convirtió desde el principio en una especie de “patio de atrás” (en la práctica, en “patio de adelante”) o, mejor dicho, en verdadera extensión de la casa. Allá íbamos, sin siquiera asegurarnos de contar con el pertinente permiso, ni el de nuestros parientes adultos ni el de los celadores de aquel establecimiento. Creo que estábamos persuadidos de que los patios del colegio eran parte de nuestra propiedad.

A esto se sumaba un espacio recoleto que tenía la casa. Este pronto se convirtió en un área privativa, sujeta a nuestro caprichoso control. Estaba constituido por una amplia y apartada azotea cuidada únicamente por callados fantasmas tutelares, a los que la inquieta imaginación que caracterizó a nuestra edad había encargado el control del oscuro socavón que a ella precedía. A este se accedía por una estrecha y lóbrega escalera circular. Así, los distintos rincones del colegio y aquella postergada azotea aportaron, con su elemento lúdico, a facilitar nuestra entretención, y a dar paso a nuestros secretos y renovados descubrimientos.

Es que la casa, además, estaba situada en el límite mismo entre lo que era entonces el centro de Quito y lo que había pasado a ser la zona más moderna y preferida de la urbe; vivíamos a medio camino entre el entorno de la plaza de San Blas y la todavía inconclusa Basílica del Voto Nacional. Es probable que aquel paisaje, sin obstáculos ni obstrucciones, que observábamos desde aquella azotea, nos creara la deformada impresión de que la casa era ya parte de los mejor dotados barrios del norte de la ciudad... Aquella vista, en cierto modo, otorgaba acceso al futuro y, quién sabe, si a la esperanza.

Visto así, el centro de Quito, que para nosotros se había desplazado un poco hacia el sur, había pasado a convertirse en una especie de enorme mercado o, mejor dicho, en una suerte de centro comercial donde sus respectivos servicios y negocios se habían ubicado en forma caótica y aislada; todos ellos estaban separados y, además, daba la impresión de que los habían ubicado en forma desordenada... Aquello aportó a nuestra inagotable exploración y constituía, en cierto modo, un tipo de mundo que nunca nos estuvo vedado, aunque percibíamos que no era del todo accesible. Era aquél un mundo cambiante. Allí un grupo, cada vez más numeroso, parecía haberse apoderado, poco a poco, de lo que alguna vez el centro había significado, mientras otros parecían estar incómodos de ser parte de un sector que antes les había pertenecido.

Todo aquello nos parecía entonces algo inédito e inexplorado; sujeto, por lo mismo, a nuevos e inesperados descubrimientos. Y en cuanto a mí mismo, metido ya en los más largos pantalones de mi incipiente e insegura juventud, toda aquella incesante y sugestiva exploración chocaba por lástima contra las bardas imponderables de mis ya afincados prejuicios; me había correspondido la posibilidad de acceder a tan inagotable ambiente de hallazgos y exploración en la edad que más pesa el “respeto humano” (el temor al qué dirán).

Porque esa fue, además, la edad de los mandados…Y allá fui, a cumplir con todos los encargos imaginables... a buscar la última revista Vanidades, a escudriñar por la pieza de la licuadora o por esa banda de “hule” para la olla de presión que “quizás-ha-de-haber-ve-en-el mercado barato”... Fue aquella una oportunidad para descubrir otro mundo, uno exento de falsos maquillajes o de aderezos. A veces sórdido, a veces abyecto; ¡pero siempre distinto!

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06 agosto 2019

Un cajón de sastre

Creo que hubiese querido bautizar a esta entrada como “El rumor de la carabela, 2”, porque algo de tinta se me quedó en el tintero respecto a la entrada anterior. Mas, sin embargo (como dicen en México), he preferido otorgarle un título que denuncie mi travieso propósito e intención: el deseo de hablar de disímiles tópicos que quizá no tengan relación entre sí, o de referirme a varios asuntos y temas diversos, como los variados artilugios que solo pueden encontrarse en esos cajones, donde guardan todo tipo de cachivaches aquellos artesanos dedicados a la elaboración y arreglo de las prendas que conforman nuestra vestimenta.

En efecto, para la hora de “mandar la anterior entrada a la imprenta” (nótese mi renuencia a llamarla con el pomposo nombre de “artículo”), era ya tarde para haberme dado cuenta de un par de curiosas coincidencias relacionadas con la etimología del nombre carabela. Dice el DRAE que la voz proviene del gallego portugués “caravela”, así con uve, que, a su vez, proviene del latín tardío carăbus, que querría decir 'embarcación de mimbres', y este del griego bizantino κάραβος o kárabos, que significa 'barco ligero' o, literalmente, 'escarabajo'.

Si se revisa, en el mismo texto, el primer significado de carabela, encontraremos la siguiente explicación: “1. f (sustantivo femenino). Antigua embarcación ligera, con una sola cubierta, espolón a proa, popa llana y tres palos, con cofa solo en el mayor, entenas en los tres para velas latinas, y algunas vergas de cruz en el mayor y en el de proa”... Antes, pues, de regresar a la voz “escarabajo”, bien vale hacer una breve digresión referente a la “alarmante” explicación que cuando nosotros éramos niños encontrábamos en el diccionario: verga, mástil mayor de una embarcación o barco...

Ahora que ya no soy tan chiquito, y que mi suspicacia un tanto indígena me hace desconfiar hasta de los diccionarios, me he acostumbrado a revisar distintas versiones y he aprendido que aquella palabra antaño proscrita, y que ahora, por lástima, hallamos hasta en la inmaculada boca de las jovencitas más impensadas, no quiere decir mástil (el mismo que es un palo vertical), sino que se trata de un trozo de madera corta y horizontal que forma parte del aparejo (conjunto de palos, vergas, jarcias y velas) de una embarcación, y que sirve para no otro propósito que el de envolver las telas de las velas de la nave, cuando esta no está en movimiento.

De vuelta pues al vocablo “escarabajo”, he leído por ahí que no solo se trataría del nombre del conocido coleóptero, sino que en la antigua Grecia se designaba con idéntico sustantivo a una embarcación pequeña, parecida a la chalupa; imagino yo que esto se debía al parecido entre la diminuta embarcación y el -no muy bien portado- coleóptero que es conocido con el nombre que hoy estamos estudiando.

Ahora bien, y en referencia al término escarabajo, dice el diccionario de nuestra lengua que el mencionado sustantivo viene del latín vulgar scarabaius; y lo define así: 1. m (masculino). Insecto coleóptero, de antenas con nueve articulaciones terminadas en maza, élitros lisos, cuerpo deprimido, con cabeza rombal y dentada por delante, y patas anteriores desprovistas de tarsos, que busca el estiércol para alimentarse y hacer bolas, dentro de las cuales deposita los huevos; 2. m. Nombre de varios coleópteros de cuerpo ovalado, patas cortas y por lo general coprófagos. Nota: coprófago es, a su vez, definido como: "que ingiere excrementos".

De lo comentado, no deja de sorprender el paradójico contraste que existiría entre el sentido de dos voces que, en apariencia, parecerían provenir de una raíz común. Esto porque el nombre carabela sugiere viaje, aventura y exploración; su sola mención implica la referencia a algo poético. En tanto que el término escarabajo, de casi idéntica etimología y queriendo significar lo mismo, identifica en cambio a un insecto que utiliza las heces para anidar sus crías y se alimenta de excrementos; una muy poco agradable particularidad en el terreno de la escatología y que, lejos de representar algo poético, se confunde con algo repugnante, abyecto y prosaico.

Me pregunto, de otra parte, si aquel personaje de la fábula de nuestra niñez, “El gato con botas” (me refiero al legendario Marqués de Carabás), no habría recibido un apellido no exento de intencionalidad, si el suyo no sería un apelativo relacionado con la sordidez y la insignificancia del escarabajo; un insecto emparentado con la insana costumbre de alimentarse de excrementos... No deja de ser intrigante el curioso parecido entre los dos términos: “carabós” y Carabás, entre la etimología de la grácil carabela y una palabra que representa la seudo nobleza de un vicario aristócrata. Carabás es el emblema de una impostura, simboliza al humilde hijo de un pobre molinero que prefirió fingir y hacerse pasar por aquel espurio e inexistente Marqués...

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27 julio 2019

El rumor de la carabela

No sé a qué se debe, y no sé si ya lo habré confesado anteriormente: me encantan las palabras largas, sin importar si son o no esdrújulas, y mientas más largas, creo que me gustan más. Es como si, en función de su longitud, tuvieran un secreto significado, un arcano y misterioso contenido. Me coquetean vocablos como escrúpulo, mequetrefe o petimetre; me dejo seducir por voces sencillas pero largas como barlovento, catarata o carabela. Es como si esos términos, con su generoso número de letras, definirían su sentido por sí solas y no haría falta acudir al diccionario para consultar su concepto.

Hay ahí, en esas palabras ricas en extensión o tamaño, una como música propia, una melodía que surge natural, con su cadencia y sus sonidos ora oclusivos, ora fricativos. Es como si parte de su significado se bifurcaría hasta que no está completa la total pronunciación de sus silbantes elementos constitutivos. Esa es quizá la riqueza musical que tiene la lengua y que hace que ciertos idiomas nos parezcan más seductores, más armoniosos o atractivos al aprendizaje y al oído.

Por ello que desde siempre me cautivó el sonido de la palabra carabela. Con solo escuchar el sugerente término, me pareció descubrir el intermitente golpeteo en las velas de la embarcación tratando de resistir el azote pertinaz del viento, en paradójico contraste con el deambular silencioso de la embarcación rozando las ondulantes crestas de las olas, en su empecinado trajinar sobre el océano. O sería quizá que a esta marinera palabra desde temprano la asocié con la sorpresa y la aventura, con el cambio insospechado que experimentó el mundo con la sola e inesperada hazaña que dio lugar a lo que habría de llamarse “el descubrimiento”.

Fue justamente la hazaña de Colón, hacia finales del siglo XV, la que hace famosa a la carabela, aunque su invención y desarrollo constituyen un proceso náutico anterior. Es probable que la carabela se haya inspirado en las naves vikingas y en otras embarcaciones pequeñas que surcaban en el Mediterráneo y que más tarde fueron parte de las primeras expediciones portuguesas bordeando las costas africanas, hasta lograr diversas travesías allende y más hacia el meridión del cabo Bojador, navegando alejados de la costa y aprovechando, por primera vez, los vientos alisios, caprichosas corrientes de aire relacionadas con el efecto Coriolis, el comportamiento de las masas de aire debido a la rotación de la tierra.

Hoy en día, muy poco se habla de las “naos”, que participaron con enorme éxito en los viajes de exploración, y casi toda la fama y mérito se ha destinado a su hermana menor, la versátil carabela. De hecho, la nave capitana de la expedición colombina, la Santa María (antes bautizada como Gallega o María Galante) era realmente una nao y no una carabela. De las cinco naves que utilizó Magallanes para su aventura, que daría lugar a la primera circunnavegación del globo, solo la Santiago habría sido una carabela. Y es que existían algunas diferencias entre la nao y la reputada carabela: esa distinción no estaba dada solo por el tonelaje.

A simple vista, la carabela era más pequeña; pero, atisbada desde lejos, podía verse que carecía de castillo de proa, una edificación construida sobre cubierta que la nao poseía, tanto en proa como en la parte posterior. La nao tenía un casco más voluminoso y elevado; su “francobordo” (la distancia entre cubierta y el nivel del agua) era más alto. Y aunque ambas pudieran disponer de igual número de mástiles, la diferencia más ostensible entre la nao y la carabela estaba dada por la forma de sus velas: las primeras usaban telas cuadradas; las otras eran impulsadas por velas triangulares, llamadas también latinas. Los marinos de aquellos tiempos habían descubierto que las velas cuadradas aprovechaban mejor los vientos de barlovento (de popa o cola), mientras que las velas latinas enfrentaban y ceñían mejor los vientos de costado y los vientos de frente, y que eran más versátiles para acercarse a las costas y reconocer sus contornos.

Ambos tipos de embarcación tuvieron un rol protagónico en los primeros viajes de exploración: sin ellas, no hubiesen sido posibles aquellos primeros periplos, animados y financiados principalmente por los soberanos de Portugal y de Castilla, enfrentados en una inevitable competencia en la Mar Océano, hasta que se definiera el límite geográfico, y el área de dominio y control, de los posteriores descubrimientos; hitos que habría de marcar el singular Tratado de Tordesillas.

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01 julio 2019

Herencia de los fenicios

Los hombres de “Canaán”, tierra de la que habla la Biblia, eran un pueblo que habitó en el actual Líbano, hablaban una lengua semítica conocida como fenicio y vivieron originalmente en sus ciudades más importantes: Tiro y Sidón. Eran estos fenicios un pueblo que se dedicó al comercio y que, por un tiempo, dominó con sus trasiegos mercantiles las costas orientales del Mediterráneo. Los griegos los conocían por su otra actividad: se habían especializado en la pesca de un molusco con el que fabricaban un colorante indispensable para la producción del tinte más preciado que los europeos tuvieron en la antigüedad, el necesario para teñir las prendas imperiales, el aristocrático púrpura. Un color ubicado, en la tonalidad del espectro, entre el violeta y el morado.

Es a los fenicios que la humanidad debe uno de los inventos más formidables que jamás se haya propuesto el hombre: un sistema de escritura basado en símbolos fonéticos que desde entonces facilitó su comunicación y, por sobre todo, el conocimiento: el alfabeto. El invento propulsó las actividades comerciales de estos inquietos canaaneos y, desde luego, convirtió por un tiempo al idioma fenicio en lengua franca en las costas de ese mar interior donde se negociaban sus apetecidos productos. Con el tiempo, los fenicios fundaron una especie de sucursal, la ubicaron hacia el centro meridional del Mediterráneo, cerca de la actual Túnez, y la bautizaron de Cartago. Su extraordinario empuje y desarrollo dio origen, en gran medida, a inevitables celos con los romanos; esto dio pábulo a las tan mentadas “guerras púnicas”.

El resultado del primero de estos conflictos (¿alguien recuerda a Aníbal Barca o a su padre, Amilcar?) no fue muy auspicioso para los cartagineses; los fenicios perdieron su dominio en Sicilia, Cerdeña y Córcega, y no tuvieron más remedio que desplazar su influencia hacia las costas del Mediterráneo Occidental, donde habían fundado asentamientos como Tarraco (hoy conocida como Tarragona, hacia el sur de Barcelona), Cartago Nova (Cartagena), en la actual costa del Levante español, Gades o Gádir (que quiere decir castillo, fortaleza o recinto amurallado), hacia el poniente de los Pilares de Hércules, hoy conocida como Cádiz.

De hecho, el nombre con el que inicialmente se conoció a la Península Ibérica, Hispania, que pudiera significar “isla (o península) de los damanes” se atribuye a los fenicios, que habrían confundido a los conejos con una especie de mamíferos placentarios que, al parecer, existían en el norte de África. Otras fuentes, sin embargo, sugieren que el nombre estaría más bien emparentado con el de “tierra o península donde se funden los metales”. Algunos emperadores romanos, como Trajano, Adriano y Teodosio habían nacido en Hispania.

Aunque se me acuse de pedantería o quizá de cultismo, bien vale una interesante digresión respecto al tema de los mamíferos como especie: existen dos tipos de estos animales, de acuerdo a su forma de gestación y al tipo de bolsa que utilizan: los placentarios y los marsupiales; los primeros transcurren dicho proceso dentro de una placenta, los segundos crecen en el interior de un marsupio, que no es otra cosa que una suerte de bolsillo. Los placentarios amamantan a sus crías por medio de pezones; los marsupiales, mientras tanto, no tienen estos adminículos y las crías lamen la leche materna a través de unos poros.

Pero, ahora viene lo que puede resultar más sorprendente: las hembras de los marsupiales tienen dos vaginas, aunque con un orificio exterior único; los machos, mientras tanto, tienen un solo pene con dos cabezas para poder efectuar su acoplamiento. Tanto machos como hembras utilizan sus órganos sexuales exclusivamente para propósitos de apareamiento; mientras que para sus necesidades mingitorias (orina) y de defecación, utilizan un solo canal u orificio para los desechos, que es conocido con el prosaico o pedestre nombre de “cloaca”.

De vuelta a nuestros escarceos con la historia y la geografía, y dejando a un lado estas -un tanto impúdicas- disquisiciones semi-escatológicas, fueron posteriormente los romanos, luego de sus expansivas conquistas, los que incluyeron entre sus territorios a las provincias que habían sido originalmente administradas por los cartagineses: la Hispania Citerior o Tarraconensis, que resultaría del triángulo formado por Galicia, los Pirineos y Cartagena, en el nor-oriente; y la Hispania Ulterior o Lejana (de “ultra”, que quiere decir “más allá), que -a su vez- comprendería, a rasgos generales, Andalucía, Lusitania (hoy Portugal) y lo que se conoce como Extremadura (con asentamientos como Mérida Romana, Trujillo y Cáceres).

Con respecto a Tarragona, este es también el nombre de una planta de carácter perenne (así se conocen a las que, como los arbustos y los árboles viven por más de dos años), que sirve para propósitos culinarios, y que también es conocida como estragón. Esta tarragona es un elemento indispensable para la buena cocina; forma parte de las conocidas “finas hierbas” (además del perejil, el culantro y el cebollino); y, especialmente, de las llamadas “hierbas de Provenza”, entre las que cuentan el orégano, la albahaca, el tomillo, el romero, la mejorana, el laurel y el hinojo. Siendo el estragón el que aporta con el aroma y sabor más influyentes.

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24 junio 2019

De mataperros y tatuajes

Quiero hoy hablar de un par de disímiles personajes. Que ¿qué tienen en común? Pues nada que no sea que a ambos los encuentro con frecuencia, llamando la atencion de las redes sociales.

Paso, pues, a tratar de describirlos:

Ella es obscenamente linda. Algo, en la sencilla ternura de su mirada, le otorga esa irresistible sensualidad que no le deja dormir en paz a uno de mis “mejores conocidos” (sería pretencioso decir que somos “mejores amigos”, o lo que así se define con término tan significativo). Se llama Megan, es una mujer preciosa, y a lo mejor está adornada además con una gran simpatía; pero, por lástima, no es lo que llamaría una mujer “de mi tipo”. Aunque... ¡quien sabe!, de repente, voy por ahí y descubro que quizá me ha sonreído o se ha quedado embrujada por mis innegables encantos; y a lo mejor no me hago el difícil. De pronto transijo y hasta me intereso...

Intuyo que la diva gusta de adornarse con tatuajes. Aparte de esas marcas siderales y tribales que exhibe, y amén del retrato de Norma Jeane Mortenson (aquel símbolo sensual que fue mejor conocido como Marilyn Monroe) que lleva en su antebrazo derecho, Megan se ha dejado grabar un par de leyendas en distintas partes de su favorecido cuerpo. Una se sitúa en su costillar izquierdo: se trata de la estrofa de un poema de su propia autoría (“Érase una vez una niña que no conoció el amor hasta que un chico le rompió el corazón”). La otra es más visible, está localizada en la parte alta de su espalda, justo debajo de su omóplato derecho; está inscrita en caracteres góticos, consiste en una frase tomada de “El Rey Lear” de Shakespeare, que hace alusión a la futilidad de la existencia, y que traducida reza: “Todos reiremos de las mariposas bañadas en oro” (We will all laugh at gilded butterflies). Algo que, conjeturo, resulta parecido a aquella sentencia que proclama el Eclesiastés: “vanidad de vanidades, todo es vanidad”.

Bien pensado, la “otra” vanidad, no ya la relacionada con la vacuidad del párrafo precedente, sino la emparentada con la soberbia y de la que, según dicen por ahí, soy uno de sus más conspicuos y destacados exponentes, no es sino aquel exceso de confianza en las propias destrezas y cualidades, o el desproporcionado crédito que damos al atractivo que nos parece despertar en los demás. Esa que, no es otra cosa que aquel defecto que a todos algún rato nos atrapa: la irresistible fatuidad. Mas la otra, la que tiene que ver con el tatuaje de marras, se relaciona más bien con aquel innecesario oropel con que queremos cargar nuestra apariencia en la vida, y que, una vez adherido a nuestra liviana naturaleza, como sucedería con las gráciles y transparentes mariposas, no nos dejaría ya por nunca poder volver a volar...

El otro personaje -de cuyo nombre no quiero acordarme- es, a su manera, un individuo singular, aunque un tanto más discreto. Alguna vez compartimos el mismo oficio; actividad ambulante que, más temprano que tarde, él dejó de practicar y que luego decidió abandonar. Es, más bien, pequeño de estatura, pero aquella no es su más sobresaliente cualidad. Hay algo, en la altivez de su apostura, que equilibra, y aun elimina, la aparente limitación de su tamaño. Posee, de otra parte, unas cejas enormes y alborotadas, dotadas de un profuso pelambre que hacen, de aquellos notorios y capilares adminículos, la parte más característica de su distinguida heredad.

El hombre tiene, ante todo, unas impostergables y nunca satisfechas ganas de reír, burlarse y embromar. Su espíritu es joven y, él mismo, no es realmente alguien que pueda llamarse viejo; aunque, asimismo y por un secreto e inexplicable motivo, siempre parece estar empeñado en tratar de parecerlo... Para ello, solo tiene que dejarse crecer su exuberante y caprichosa barba, con la que él adquiere un innegable carácter de envejecido judío errante, de vagabundo, linyera o infatigable peregrino. Con los años, se ha dedicado a ir de aquí para allá, se ha contagiado de la “lujuria por viajar”, lo que en su particular lenguaje, él llama “mataperrear”; verbo inventado para significar que se ha dedicado al extraño oficio de callejero sin rumbo, travieso y aventurero.

A la primera nombrada, no tengo el placer de ver nunca; pues, como cuento, ni siquiera la conozco y, de no ser por el intrigante tatuaje de su hombro desnudo, tampoco habría razón para que a ella me hubiese referido. Como queda dicho: ella es linda, pero no es de mi tipo (ahora que lo pienso, ¿tengo realmente uno que pudiera señalar como mi preferido?). El otro ciudadano, en cambio (“vuelta”, como a veces dice mi hermano Mullito), es mi amigo más cercano, una suerte de asignado “alter ego”, indispensable confidente y contertulio; expresión terrenal de la diosa Fortuna, disimulada en el leve caparazón del mataperros. Ser inquieto, irreverente y festivo.

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