06 octubre 2019

Kipling y la India que conocí

Existe un poema que alguna vez aprendí. Debo haber estado en uno de mis últimos años de secundaria. Creo que debo haberlo copiado, sin que siquiera me hubiera interesado por su origen o autoría. Más tarde, con el tiempo, descubrí que esa poesía era en realidad una versión recortada, o abreviada, de un poema más extenso que había sido escrito por el autor británico Rudyard Kipling, quien lo había titulado originalmente como “If...”, “Si...” (como si condicional, en español). En todo caso, esta es la versión que alguna vez copié y que la memoricé:

Si sueñas y soñar no es tu ilusión,
Si piensas y pensar no es tu último objetivo,
Si al triunfo y al desastre te acomodas,
Pues ves en uno y otro un impostor.

Si a tu cabeza, pecho y nervio obligas,
A bregar uno y otro aunque cansados,
Porque tu voluntad te dice “sigamos”.

Si ocupas el minuto inexorable de tu afán,
Con los sesenta segundos de su valor pasado,
Tuyo es el mundo, tuyos sus caudales,
Y tu eres hijo, un hombre de verdad!

Para algunos, se trata de una suerte de decálogo del comportamiento británico, ese “stiff upper lip” que refleja el carácter inglés, una mezcla de estoicismo, disciplina y disimulada arrogancia. La expresión quiere decir literalmente “labio superior tieso”, pero podría traducirse como “nariz levantada”, que es la expresión que usamos en español. “Si...” está escrito en un tono paternal, supuestamente como un consejo, o como un mensaje a futuro” para el hijo del autor.

Rudyard Kipling había nacido en la India, de padres británicos, mientras estos vivían temporalmente en ese país. Así lo bautizaron por un lago que existe en Inglaterra que había fascinado a sus padres. Kipling era considerado un escritor genial; recibió el premio Nobel de literatura apenas pasados los cuarenta años. A sus coterráneos siempre causó impresión que pudiera describir los paisajes del “sub-continente” en mejor forma que los propios locales.

A veces reviso mis libros de bitácora; advierto que fui a la India un medio centenar de veces. Mis primeros vuelos los efectúe a Nueva Delhi y a Bombay (“buena bahía”, en portugués; hoy llamada Mumbay); desde Delhi -la ciudad más ordenada que tiene la India- improvisé un par de viajes a Agra, donde se encuentra ese portentoso mausoleo que es el Taj Mahal, construido por el rey mogol Shah Jahan para enterrar a su amada Arjumandi, la princesa. Ahí, en ese camino, descubrí lo extrema y deprimente que puede llegar a ser la indigencia...

Conozco otras ciudades de la India, país donde el inglés es el idioma unificador, porque los hindúes hablan como treinta idiomas diferentes. He estado en Calcuta y en Madrás (hoy Chenai), ciudad donde he visto realizar toda, repito TODA, actividad humana en plena vía pública, en el trayecto de unos pocos kilómetros. También he ido un par de veces a la pujante Bangalore, convertida ya en importante centro de tecnología y en donde están ubicados los principales centros de llamadas (“call centers”) -especialmente de la banca- que existen en el mundo.

Pero, he estado también en ciudades como Karachi o Lahore, en el Pakistán; o Dhaka, en el Bangladés, que sin ser ciudades de la India, racialmente podrían serlo. Estos dos países fueron alguna vez parte de la India; se separaron por motivos de carácter religioso: son actualmente países musulmanes. He tenido también la fortuna de conocer Sri Lanka; este es un país de raza tamil, como sus vecinos de Kerala, en el sur de la India. Sri Lanka, en tiempos inmemoriales se llamó Serendip (el país de la casualidad), y hasta hace poco Ceylán. Me han dicho que hubo un tiempo cuando, si la marea estaba baja, se podía cruzar caminando entre los dos países.

Nunca he sentido pobreza más abyecta como la que, más de una vez, pude palpar en mis viajes a la India. En los últimos años, no obstante, el país ha empezado a experimentar un rápido progreso y una gran transformación, gracias a su apuesta por la tecnología. Pronósticos muy optimistas prevén que, para mediados del presente siglo, India pasará a poseer una clase media acomodada y numerosa. Todo es exótico y exuberante en la India: la raza y los olores, sus ritos religiosos y su fascinante comida. Fueron hindúes los inventores del cero y de unos símbolos que hoy llamamos “números arábigos”, porque llegaron a Europa a través de los árabes.

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30 septiembre 2019

El mensajero de los dioses

Fui al servicio de la Singapore Airlines, SIA, hacia finales de 1997. Si hubiese sido un famoso futbolista, o si se hubiera tratado de un pase deportivo, la prensa habría comentado que Korean Air había “vendido mi pase”, o que me había “comprado” la SIA... Fui asignado a volar el auspicioso Airbus 340 en mi nueva empresa (puede decirse que me pasaron, de delantero, a una posición en el medio campo...). Era la del A340, una flota privilegiada; ahí permanecí los primeros cinco años de mi experiencia en Singapur. Volábamos a aeropuertos ubicados en casi todo el mundo y casi todos éramos pilotos extranjeros o expatriados, lo que allí llaman “expats”.

El gran atractivo de mi flota era que no hacíamos rutas cortas (ya había tenido yo bastante con aquel Lago-Coca-Sacha-Shushufindi-Lago. Bis.); y que, sobre todo, nuestros principales destinos eran las más interesantes capitales europeas: Paris, Copenhague, Atenas, Viena, Roma... Sí, la nuestra era una flota entretenida y aventajada. Los del 340, éramos los chicos consentidos de la empresa; a fin de cuentas, nos habían “comprado” a los mejores equipos del mundo, éramos unas auténticas “prima donas”, éramos los niños mimados del mediocampo!

Paris, la vieja Lutecia, fue a donde iba con más frecuencia durante esos años. Ahí llegábamos en un hotel que estaba ubicado en el Distrito Octavo, y muy cerca del Arco del Triunfo, a un tiro de ballesta de la Porte Maillot y a un tiro de piedra del Palais des Congress (perdonen aquí el aparente cultismo, con el abusivo uso de los sintagmas), probablemente el Concorde Layayette o el Le Meridien, muy cerca de mi restaurante preferido, el Ralais de Venise, de L’Entrecôte (cuyo nombre me inspiraría el del restaurante que yo mismo abriría después) y, además, equidistante entre dos vías que corren paralelas: la Avenue de la Grande Armée y la Avenue des Ternes.

Muchas veces tomé esta última avenida para mis solitarias y matutinas caminatas. Sospecho que su nombre responde al apellido de algún personaje famoso, porque ‘ternes”, en francés, quiere decir aburrido y no creo que a nadie se le haya ocurrido llamar como “Avenida del aburrimiento” a una vía que, una veintena de cuadras más hacia el oriente, se convierte en una de la más famosas calles que existen en el mundo: la Rue du Faubourg Saint-Honoré, la calle del Barrio de San Honorio. Allí se encuentran precisamente las tiendas más elegantes y caras de la ciudad; y una en especial, a la que hoy me quiero referir, y que alguna vez fue más bien un lugar de expendio de monturas y artículos de cuero. Su nombre es sinónimo de lujo: Hermés.

Aunque con distinta acentuación, Hermés quiere decir lo mismo en nuestro idioma: Hermes o Mercurio, el mitológico mensajero de los dioses. Así llamaron a la tienda, porque Hermés era el apellido de sus primeros dueños. Con el tiempo, Hermés se convirtió en una marca de prendas elegantes de vestir y otros accesorios; y se constituyó en uno de los nombres más exclusivos y reconocidos entre las marcas de la moda. Si bien Hermés hoy se especializa en eso, en prendas de vestir, artículos lujosos de cuero, accesorios especiales, perfumes, joyas y relojes, en sus inicios se distinguió como distribuidor de artículos relacionados con los carruajes de tiro (de ahí su logotipo). De hecho, al principio la tienda sólo vendía monturas, arneses y similares aparejos. Más tarde, Hermés pasó a ser reconocida por sus clásicos y elegantes maletines de cuero.

En cuanto a Hermes, heraldo o mensajero de los dioses, era también considerado como el patrón de los mensajeros y, por asociación, dios tutelar de los viajeros. Desde siempre se lo relacionó con el comercio, y también con la astucia y el ingenio. Existe además algo curioso: no solo era el heraldo predilecto de la divinidad, se lo había designado como protector de ladrones, pícaros y mentirosos… Hermes, como mensajero, requería del don de la palabra para transmitir sus mensajes; por lo tanto se lo asociaba con la persuasión, la escritura y la elocuencia. Todo parecía confundirse y combinarse en Hermes que, como era capaz de moverse por doquier, de robar y de mentir, se lo consideraba pícaro y embaucador; y era percibido como "el gran tramposo".

Resulta intrigante que los dioses mayores hayan dado a Hermes dones tan dispares y, en apariencia, tan contradictorios. Dicen por ahí que cuando los dioses otorgan tanto privilegio es porque quieren perder a quienes favorecen... lo hacen, dicen, para confundirlos y darnos una lección o advertencia a los demás mortales. Empero, parece asimismo que los hombres nunca aprendemos la lección; y, en nuestra loca vanidad, a veces queremos tener la pretensión de que nuestra vida nunca termina, que los que mueren siempre son los otros, y que nuestra existencia es para siempre... Estoy persuadido que quizá hay algo recóndito y subyacente en nuestra cultura occidental que nos hace pensar así; que la muerte simplemente no existe...

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20 septiembre 2019

De ruecas y fusayolas

Uno de mis compadres se ha propuesto, en estos días, tratar de encontrar la identidad que existe entre algunas de nuestras ideas, palabras o expresiones, con aquellas ya lejanas creencias de la antigüedad griega y latina. Me refiero, desde luego, a la relación entre aquellas y esa narración poblada de dioses y otros héroes, imbuida de gran imaginación, y nunca exenta de fantasía, que conocemos como mitología. Se me antoja irreal pensar que hasta hace tan solo dos milenios, aquellas ideas invadían los paradigmas del mundo antiguo y que no solo ejercían su influencia en la vida social y en la cultura, sino que dichas pseudo historias convertían a sus héroes y dioses en una especie de religioso santoral.

Creer en todo aquello habría constituido parte de la religión de aquellos días; la gente habría imaginado que había un dios para cada expresión y oficio de la actividad humana; todo habría estado regulado por la presencia e intervención de un consentido héroe o de alguna caprichosa, traviesa e intratable divinidad. La vida de los hombres no habría obedecido, supuestamente, a episodios que transcurrían sujetos a sus propios libretos y fortuitos desenlaces; los seres humanos habrían estado influenciados por lo que pasaba allá arriba... Se habría vivido en un mundo reflejo, cual si fuésemos marionetas animadas por un inevitable designio, o por alguna confusa y díscola rivalidad. En eso consistía el “fatum” o destino…

Entre los hallazgos de mi amigo, figura uno que tiene que ver con aquel sombrío y sibilino personaje femenino que representa a la muerte y que hemos dado en llamar “la parca”. Su indagación le ha llevado a concluir que la Parca era una de las diosas de la mitología griega; que era la encargada de decretar o determinar el tiempo de vida de los mortales, pero que no se trataba de una sola deidad, sino realmente de tres con idéntico nombre. No deberíamos hablar, por tanto, de una sino realmente de tres Parcas.

Mi amigo lo explica así: “A veces nombramos a la muerte como ‘la parca’, cuando en realidad deberíamos referirnos a ella como ‘las Parcas’, porque eran tres las diosas que simbolizaban el camino hacia la muerte, obedeciendo las órdenes del Dios Destino, el que llevaba en una urna el destino de los humanos. Las Parcas eran hijas de Temis y se llamaban: Clotos que, con hilo y telas, cosía los destinos de los humanos; Laquesis que movía la rueca, para elaborar los hilos de Clotos; y, la tercera, Atropos, que sostenía las tijeras y cortaba a discreción los hilos que unían a los humanos con la vida, en cualquier momento y sin avisar. Cuando te digan: ahí viene la Parca, pregunta siempre: cuál de las tres?"

Ahora bien, creo, para empezar, que deberíamos ponernos de acuerdo en los nombres propios de estas diosas en sus correspondientes mitologías (romana o griega), pues su nombre en latín era el de Parcas; aunque los nombres individuales que se presentan en el párrafo anterior (ya debidamente acentuados: Clotos, Láquesis y Átropos), son, más bien, los que pertenecían al panteón griego, donde las Parcas eran llamadas Moiras. Las Parcas que habían adoptado los romanos respondían a nombres distintos: Nona, Décima y Morta.

Cualquiera que fuere la forma como queramos llamarlas, Las Parcas personificaban el hado, fatum o destino. Dice la Wikipedia que “controlaban el metafórico hilo de la vida de cada mortal”. Eran “tres hermanas hilanderas que personifican el nacimiento, la vida y la muerte. Las tres se dedicaban a hilar; luego cortaban el hilo que medía la longitud de la vida con una tijera y ese corte fijaba el momento de la muerte. Ellas hilaban lana blanca y entremezclaban hilos de oro e hilos de lana negra. Los hilos de oro significaban los momentos dichosos en la vida de las personas y la lana negra, los periodos tristes”.

Pero no es de diosas hilanderas de lo que hoy quería hablarles, sino más bien de husos, ruecas, malacates, torteras y fusayolas… Recuerdo que una tarde, cuando estaba por terminar mi casa de campo, caminaba por una de las calles del centro de Santiago; de pronto ví, a través de la ventana de un almacén, una pieza de antología que llamó mucho mi atención. El artefacto realmente me cautivó, se trataba de una rueca de madera que la habilidad de un artesano había convertido en lámpara; la compré sin siquiera regatear el precio. Cuando la exhibí en casa, días más tarde, alguien me advirtió: “no, no es una rueca, dijo, se llama fusayola”.

Fusayola es una voz que no está recogida en los diccionarios; las enciclopedias tampoco parecen ponerse de acuerdo en si así es como se debe llamar al huso o a la rueca que, si bien están emparentados, son dos artilugios distintos. Pero, ya hablando con propiedad, la fusayola, que es llamada también tortera, volante o malacate, es únicamente una pieza que sirve de tope y contrapeso, y que va situada en la parte inferior del huso que sirve para hilar. Técnicamente, el huso es como una vara delgada, se parece a una gran aguja, que sirve para devanar el hilo en su rededor; la rueca, mientras tanto, consiste en una herramienta más compleja que incluye una rueda, un pedal y un huso para recoger el hilado. El huso constituye uno de los más importantes inventos que ha efectuado el hombre; es probable que se hubiera inventado en el neolítico, unos cinco milenios antes de Cristo.

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26 agosto 2019

Del hule a la gutapercha (2)

(Continuación)

Y “hule” era justamente la palabra que usaba la abuela para referirse a todo aquello elástico, capaz de deformarse con el calor, particularmente lo que había sido fabricado con caucho. Más tarde, yo habría de aprender que hule era una voz tomada del náhuatl que servía para designar al mismo árbol originario de América Meridional, donde lo conocemos con el nombre de caucho. De hecho, caucho es también una palabra de origen taíno (cauchu) que significaría “lágrimas del árbol” en quichua.

El caucho crece en las selvas tropicales; y su tronco, cuando es sometido a cortes diagonales en su corteza, emana una substancia lechosa conocida como látex, la misma que cuando seca se convierte en una materia maleable y pringosa que es el caucho propiamente dicho. El caucho es un polímero elástico repelente al agua y resistente a la electricidad. Esta substancia es, por lo mismo, un gran aislante.

A mí debe haberme causado una sensación un tanto “lampreada” (agridulce), algo intermedio entre la risa y la sorpresa, la primera vez que escuché en mi casa la palabra hule. Y es que esta se usaba con relativa frecuencia en mis tiempos de escuela, pero para expresar algo totalmente distinto; aunque... ahora que recuerdo, y ya bien pensado, puede que significara lo mismo. Había una forma de burla, o -mejor- un sutil insulto, que era muy popular entre mis compañeros por esos primeros años de colegio. Se trataba de la frase “ah, huevas de hule”, para referirse a alguien un tanto flojo o no muy despierto.

Existen otros polímeros como la fibra de vidrio, o también la gutapercha, la misma que es obtenida de otro árbol de origen malayo y cuyo producto se utilizó hace más de cien años para fabricar las primeras pelotas de golf. Una cierta noche, cuando todavía cursaba los últimos años de primaria, tuve la agradable e impensada oportunidad de asistir a un festival de música internacional que se había organizado, a manera de feria estudiantil, en el colegio Americano. Creo que esa noche fue la primera vez que escuché aquel término que parecía ser parte de un trabalenguas que a todos dejaba confundido.

Allí, en aquella ocasión, se presentaba un cantante conocido por el nombre artístico de Eduardo Samson, su voz carecía del timbre que pudo haber caracterizado al personaje bíblico (aquél cuyos largos cabellos fueron trasquilados durante la noche por la no muy leal Dalila); fue esa, la primera vez que escuché una tonada de carácter alegre que mencionaba un raro estribillo compuesto tal vez en alguna lengua del Caribe, probablemente papiamento o algún otro dialecto antillano. La canción repetía algo así como: “Hey, gutapercha, oca de libú; masá, masá, masá, oca de libú”. He buscado en estos días la zumbante cancioncita en foros y enciclopedias, pero al parecer nadie jamás la ha escuchado ni conocido...

Y fue caucho también, o si se prefiere hule, lo que a un curioso mecánico que había existido por ahí, y que andaba con ínfulas de inventor; un tipo conocido hacia el sur del Río Grande como Carlitos Buenaño, se le había ocurrido mezclar con azufre, y que por pura coincidencia, carambola o “relancina” (creo que en la escuela, le llamábamos chiripa) había descubierto cómo fabricar neumáticos. Carlitos presentó al mundo su formidable invento y se convirtió, de la noche a la mañana, en flamante millonario. Su negocio, empezó, desde ese día a “andar como sobre ruedas”. Se llamaba Charles Goodyear... ¿Les suena familiar?

Cuando hablamos del caucho, es inevitable hablar de resinas compuestas o “composites”, éstas no son sino substancias sintéticas, constituidas por partículas diferentes que, al ser amalgamadas, producen un resultado aún más resistente y elástico que sus respectivos componentes. Hoy los “composites” son muy usados en la aeronáutica moderna; un ejemplo clásico de estos materiales compuestos (de hecho el más antiguo) es el adobe, mezcla de arcilla y paja; o también el bahareque, resultado de combinar arcilla con carrizo. En estos composites, un elemento aporta el factor de cohesión y otro el de refuerzo. Es increíble como, utilizando un producto más liviano, se puede conseguir un material más resistente.

En cuanto al origen de la planta (para muchos es, más bien, un árbol), parece que sería originaria, no de América del Sur, sino de la parte meridional de México y de algunas partes de Centroamérica. Mi búsqueda me ha llevado a indagar acerca de otro árbol (que bien pudiera ser el mismo) conocido con un nombre no muy familiar: Castilla elástica (similar a la harina de Castilla) y este debería su designación a quien lo habría estudiado, que había sido un farmacéutico y botánico español que habría vivido en México en la segunda mitad del Siglo XVIII; se llamaba Juan Diego del Castillo. La Castilla elástica tendría propiedades terapéuticas y sería utilizada hasta como afrodisíaco... Se la considera un eficaz diurético y astringente.

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24 agosto 2019

Del hule a la gutapercha (1)

Tengo un inquieto escozor cuando a veces hablo de mis primeros años: creo que doy la injusta e inexacta impresión de que no tuve una infancia feliz; es más, me atormenta que al mencionar los episodios de mi niñez, deje el involuntario mensaje de que la responsable de tan desafortunada condición hubiese sido mi abuela Carlota. Pero, aquello no fue realmente así; a pesar de sus ocasionales exabruptos, cuando exhibía el carácter más eruptivo de su irritabilidad, lo que ella llamaba sus “colerines”, la suya era una forma de severidad marcada por la ternura y signada por la impronta de un triste recuerdo que avivaba su melancolía: la temprana e inconsolable ausencia de quien había sido su hija predilecta, Leonor, mi madre.

En cuanto a mi, a pesar de ciertos momentos originados por la nostalgia o por un esporádico sentido de soledad, los que fueron a su vez el inevitable resultado de mi temprana orfandad, la mía fue más bien una infancia entretenida y feliz, abrigada por la presencia de mis primos y, sobre todo, por la permanente compañía de mis propios hermanos. Además, la ubicación que tuvo la casa donde vivía mi abuela, era, en cierto modo, fuente inusitada y constante de dos maravillosos recursos, los mismos que, por sí solos, no podían sino procurar una sensación inagotable, y casi obscena, de goce y felicidad: eran el juego y la exploración.

El juego, en forma preferente, porque el plantel educativo donde me correspondió atender mis años de estudiante, tanto en primaria como en secundaria, estaba situado frente con frente a aquella enorme casa de apartamentos donde tuve la suerte de transcurrir mi infancia y primera adolescencia. El colegio, por ello, se convirtió desde el principio en una especie de “patio de atrás” (en la práctica, en “patio de adelante”) o, mejor dicho, en verdadera extensión de la casa. Allá íbamos, sin siquiera asegurarnos de contar con el pertinente permiso, ni el de nuestros parientes adultos ni el de los celadores de aquel establecimiento. Creo que estábamos persuadidos de que los patios del colegio eran parte de nuestra propiedad.

A esto se sumaba un espacio recoleto que tenía la casa. Este pronto se convirtió en un área privativa, sujeta a nuestro caprichoso control. Estaba constituido por una amplia y apartada azotea cuidada únicamente por callados fantasmas tutelares, a los que la inquieta imaginación que caracterizó a nuestra edad había encargado el control del oscuro socavón que a ella precedía. A este se accedía por una estrecha y lóbrega escalera circular. Así, los distintos rincones del colegio y aquella postergada azotea aportaron, con su elemento lúdico, a facilitar nuestra entretención, y a dar paso a nuestros secretos y renovados descubrimientos.

Es que la casa, además, estaba situada en el límite mismo entre lo que era entonces el centro de Quito y lo que había pasado a ser la zona más moderna y preferida de la urbe; vivíamos a medio camino entre el entorno de la plaza de San Blas y la todavía inconclusa Basílica del Voto Nacional. Es probable que aquel paisaje, sin obstáculos ni obstrucciones, que observábamos desde aquella azotea, nos creara la deformada impresión de que la casa era ya parte de los mejor dotados barrios del norte de la ciudad... Aquella vista, en cierto modo, otorgaba acceso al futuro y, quién sabe, si a la esperanza.

Visto así, el centro de Quito, que para nosotros se había desplazado un poco hacia el sur, había pasado a convertirse en una especie de enorme mercado o, mejor dicho, en una suerte de centro comercial donde sus respectivos servicios y negocios se habían ubicado en forma caótica y aislada; todos ellos estaban separados y, además, daba la impresión de que los habían ubicado en forma desordenada... Aquello aportó a nuestra inagotable exploración y constituía, en cierto modo, un tipo de mundo que nunca nos estuvo vedado, aunque percibíamos que no era del todo accesible. Era aquél un mundo cambiante. Allí un grupo, cada vez más numeroso, parecía haberse apoderado, poco a poco, de lo que alguna vez el centro había significado, mientras otros parecían estar incómodos de ser parte de un sector que antes les había pertenecido.

Todo aquello nos parecía entonces algo inédito e inexplorado; sujeto, por lo mismo, a nuevos e inesperados descubrimientos. Y en cuanto a mí mismo, metido ya en los más largos pantalones de mi incipiente e insegura juventud, toda aquella incesante y sugestiva exploración chocaba por lástima contra las bardas imponderables de mis ya afincados prejuicios; me había correspondido la posibilidad de acceder a tan inagotable ambiente de hallazgos y exploración en la edad que más pesa el “respeto humano” (el temor al qué dirán).

Porque esa fue, además, la edad de los mandados…Y allá fui, a cumplir con todos los encargos imaginables... a buscar la última revista Vanidades, a escudriñar por la pieza de la licuadora o por esa banda de “hule” para la olla de presión que “quizás-ha-de-haber-ve-en-el mercado barato”... Fue aquella una oportunidad para descubrir otro mundo, uno exento de falsos maquillajes o de aderezos. A veces sórdido, a veces abyecto; ¡pero siempre distinto!

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06 agosto 2019

Un cajón de sastre

Creo que hubiese querido bautizar a esta entrada como “El rumor de la carabela, 2”, porque algo de tinta se me quedó en el tintero respecto a la entrada anterior. Mas, sin embargo (como dicen en México), he preferido otorgarle un título que denuncie mi travieso propósito e intención: el deseo de hablar de disímiles tópicos que quizá no tengan relación entre sí, o de referirme a varios asuntos y temas diversos, como los variados artilugios que solo pueden encontrarse en esos cajones, donde guardan todo tipo de cachivaches aquellos artesanos dedicados a la elaboración y arreglo de las prendas que conforman nuestra vestimenta.

En efecto, para la hora de “mandar la anterior entrada a la imprenta” (nótese mi renuencia a llamarla con el pomposo nombre de “artículo”), era ya tarde para haberme dado cuenta de un par de curiosas coincidencias relacionadas con la etimología del nombre carabela. Dice el DRAE que la voz proviene del gallego portugués “caravela”, así con uve, que, a su vez, proviene del latín tardío carăbus, que querría decir 'embarcación de mimbres', y este del griego bizantino κάραβος o kárabos, que significa 'barco ligero' o, literalmente, 'escarabajo'.

Si se revisa, en el mismo texto, el primer significado de carabela, encontraremos la siguiente explicación: “1. f (sustantivo femenino). Antigua embarcación ligera, con una sola cubierta, espolón a proa, popa llana y tres palos, con cofa solo en el mayor, entenas en los tres para velas latinas, y algunas vergas de cruz en el mayor y en el de proa”... Antes, pues, de regresar a la voz “escarabajo”, bien vale hacer una breve digresión referente a la “alarmante” explicación que cuando nosotros éramos niños encontrábamos en el diccionario: verga, mástil mayor de una embarcación o barco...

Ahora que ya no soy tan chiquito, y que mi suspicacia un tanto indígena me hace desconfiar hasta de los diccionarios, me he acostumbrado a revisar distintas versiones y he aprendido que aquella palabra antaño proscrita, y que ahora, por lástima, hallamos hasta en la inmaculada boca de las jovencitas más impensadas, no quiere decir mástil (el mismo que es un palo vertical), sino que se trata de un trozo de madera corta y horizontal que forma parte del aparejo (conjunto de palos, vergas, jarcias y velas) de una embarcación, y que sirve para no otro propósito que el de envolver las telas de las velas de la nave, cuando esta no está en movimiento.

De vuelta pues al vocablo “escarabajo”, he leído por ahí que no solo se trataría del nombre del conocido coleóptero, sino que en la antigua Grecia se designaba con idéntico sustantivo a una embarcación pequeña, parecida a la chalupa; imagino yo que esto se debía al parecido entre la diminuta embarcación y el -no muy bien portado- coleóptero que es conocido con el nombre que hoy estamos estudiando.

Ahora bien, y en referencia al término escarabajo, dice el diccionario de nuestra lengua que el mencionado sustantivo viene del latín vulgar scarabaius; y lo define así: 1. m (masculino). Insecto coleóptero, de antenas con nueve articulaciones terminadas en maza, élitros lisos, cuerpo deprimido, con cabeza rombal y dentada por delante, y patas anteriores desprovistas de tarsos, que busca el estiércol para alimentarse y hacer bolas, dentro de las cuales deposita los huevos; 2. m. Nombre de varios coleópteros de cuerpo ovalado, patas cortas y por lo general coprófagos. Nota: coprófago es, a su vez, definido como: "que ingiere excrementos".

De lo comentado, no deja de sorprender el paradójico contraste que existiría entre el sentido de dos voces que, en apariencia, parecerían provenir de una raíz común. Esto porque el nombre carabela sugiere viaje, aventura y exploración; su sola mención implica la referencia a algo poético. En tanto que el término escarabajo, de casi idéntica etimología y queriendo significar lo mismo, identifica en cambio a un insecto que utiliza las heces para anidar sus crías y se alimenta de excrementos; una muy poco agradable particularidad en el terreno de la escatología y que, lejos de representar algo poético, se confunde con algo repugnante, abyecto y prosaico.

Me pregunto, de otra parte, si aquel personaje de la fábula de nuestra niñez, “El gato con botas” (me refiero al legendario Marqués de Carabás), no habría recibido un apellido no exento de intencionalidad, si el suyo no sería un apelativo relacionado con la sordidez y la insignificancia del escarabajo; un insecto emparentado con la insana costumbre de alimentarse de excrementos... No deja de ser intrigante el curioso parecido entre los dos términos: “carabós” y Carabás, entre la etimología de la grácil carabela y una palabra que representa la seudo nobleza de un vicario aristócrata. Carabás es el emblema de una impostura, simboliza al humilde hijo de un pobre molinero que prefirió fingir y hacerse pasar por aquel espurio e inexistente Marqués...

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