28 enero 2020

Nostalgias y despedidas

Se repite la historia, solo cambia el actor... La frase es tomada de la letra de una canción de José Feliciano, quizás mi preferida (La balada del pianista, desconozco su autor); sin embargo, la sentencia no solo se me hace cierta, por su rigor y humano contenido, sino que contiene una profunda y singular filosofía. Hoy me encuentro en Houston; estoy en Estados Unidos porque he venido a “aviar” al mayor de mis nietos (tiene algo menos de catorce años), y debe hacer, en esta ciudad, su conexión aérea antes de volver al país donde vive: Australia.

La frase no tiene relación con el viaje, sino con la prematura orfandad de Benjamín, primer hijo de Bernardo, mi primogénito. Justo hoy, 20 de enero, es día de un triste aniversario; se conmemora la prematura partida de su querida madre. Se me hace inevitable relacionar la inesperada situación de este jovencito, con lo que yo mismo viví, siendo niño, con mi propia y particular historia. No muchos entienden lo qué pasa por la cabeza de un pequeño niño cuando pierde en forma impensada al ser más importante de su vida, quien con amor e ilusión lo había traído al mundo; aquel ser maravilloso e irreemplazable que fuera su propia madre.

Y aquí estoy, tratando de satisfacer sus postreros antojos, procurando asegurarme de que sus bártulos caben (cuándo no) en el reducido espacio que ha reservado con ilusión en su constreñido equipaje... Cómo no recordar, por lo mismo y en forma inevitable, los viajes que hice en tiempos de mi infancia, para visitar a mi padre ausente o para vacacionar con mis familiares que vivían en recónditas ciudades; o en los preparativos que hice para participar en esporádicos paseos escolares o en fugaces excursiones infantiles...

Experimento de nuevo, parecida sensación a la que en una ocasión viví cuando fui a dejar a su padre en la universidad. Entonces, no había todavía Internet, las comunicaciones eran costosas en demasía (el único medio era el teléfono) y las remesas debían ser enviadas con anticipación y por correo... Pero esos pocos días compartidos, para ayudarlo a instalarse, en el que sería su lugar de estudio, residencia y formación académica, fueron parte del viaje esencial que debí realizar como padre, y que no pude eludir ni dejar de hacer, justamente porque se trataba de una ocasión que no hubiera tenido oportunidad de repetir nunca más en la vida.

Aquella fue una experiencia afectiva repleta de irremplazables vivencias, que nunca estuvo exenta de contradictorios e impensados sentimientos. Vivimos momentos fugaces que marcaron nuestra relación entre padre e hijo para siempre; fueron episodios que sirvieron de ancla y de sustento, que nos afirmaron en la persuasión de que nos habíamos embarcado en un acuerdo compartido; algo tan íntimo y sagrado como una promesa o un juramento. Haber acompañado a un hijo para que, por primera vez, se instale en el espartano (y aún desordenado) lugar que le habían asignado en el campus de su aún no explorada universidad, será siempre la oportunidad afectiva más maravillosa que un joven padre puede experimentar alguna vez en su vida.

Hubo un tiempo en que aquello de “aviar”, en el sentido de encaminar o acompañar durante la primera parte del camino, constituía una costumbre corriente. Para decirlo con verdad, creo que no solo fue corriente, sino incluso frecuente. Es probable que el gran culpable de la desaparición de esta ya olvidada costumbre no sea otro que el vertiginoso desarrollo que ha ido teniendo la aviación, y con él la transportación aérea en el mundo; hubo una época en que era una civilizada costumbre aquello de acompañar a alguien para que se despidiera “poco a poco”, para que sintiera el calor del afecto y la compañía, y no se sintiera solo en la primera parte del trayecto.

Yo mismo lo hice muchas veces cuando niño. Mi nunca olvidada abuela tenía en esos días un hermano casi indigente que, como recuerdo, se sentía desdeñado -si no despreciado- por sus cicateros hijos. Por sus labios supe, desde siempre, cuan tortuoso y difícil era aquello de soportar las inclemencias del invierno en el inhóspito e insalubre suburbio porteño; venía de rato en rato a Quito, apostando a la fortuna de que sus compasivos parientes le pudieran “regalar alguna cosita”. Luego de tres o cuatro días de estadía, y de afrontar los achaques respiratorios que le producían los vientos de la serranía, acomodaba sus cachivaches en un maletín improvisado y se aprestaba a renovar aquel tránsito ritual… el de su (probable) última despedida.

El viejo se llamaba José Antonio, era un anciano de ojos claros y mirada melancólica que prefería caminar a todas partes. La abuela me pedía que lo acompañase hasta la estación de buses de la 24 de Mayo; yo lo hacía sin rezongar, aun a sabiendas de que no habríamos de tomar el transporte público. Sabía de lo tristes que resultaban aquellos adioses para mi afligida abuela y no quería perderme los singulares coloquios de ese anciano pobre, enfermo y solitario, acostumbrado a vivir de los ocasionales destellos que tiene la caridad; sujeto a la obcecada rutina que impone la soledad, a las limitaciones con que nos puede castigar la indigencia, al capricho con que nos trata la fortuna a la hora de repartirnos, con su travesura, la precariedad o la opulencia...

Houston, enero de 2020

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12 enero 2020

Algo más del año cero...

Se llamaba Dionisio, aunque lo apodaban de “Exiguo”. Nadie está muy seguro del porqué del remoquete, si era por causa de su corta estatura o quizá porque la prodigalidad no era una de sus principales virtudes; tal parece que se trataba, más bien, de un auto-reconocimiento de su propia humildad. Lo cierto es que a nuestro personaje, que era un curita de origen bizantino, a quien todos distinguían por su erudición y porque le fascinaban los números, las cuentas y las matemáticas, se le había ocurrido un buen día, que por qué había que seguir marcando las fechas sobre la base de una pagana referencia, la del año de la fundación de Roma.

Dionisio había vivido alrededor del año 500 d.C.; monje al fin, habría sido el primero en imaginar el Anno Domine o Año del Señor, un sistema de medición del tiempo creado inicialmente como método para calcular la fecha del domingo de Pascua. El nuevo sistema, que habría de dar origen a lo qué pasó a conocerse como “la Era Cristiana”, se proponía reemplazar a las llamadas “tablas dioclecianas”, o tablas de Diocleciano, un emperador famoso por sus persecuciones a los cristianos. Para sus cálculos, Dionisio no prefiguró un año cero, puesto que el concepto del cero no era conocido todavía en Europa por esas épocas, y determinó que Jesús habría nacido en el año 754 a.u.c. (ab urbe condita) o 754 después de la fundación de Roma.

Por lástima, Dionisio cometió un error de entre cuatro y siete años, al poner fecha al reinado del rey Herodes I el Grande, con lo que hacía parecer que Jesús habría nacido algunos años después de la fecha real. Con ello, el Salvador no solo no habría nacido un 25 de diciembre (adaptación ideada por la Iglesia para poder ajustar la Natividad a las fiestas saturnales, celebración pagana), sino -además- tres o cuatro años antes del año que marcaría el inicio de la era cristiana. Por otro lado, no está claro, tampoco, si la fecha para determinar la Encarnación hacía caso a la concepción o al nacimiento de Jesús (otros nueve meses de diferencia).

Si algo genera en la actualidad controversia es la disputable existencia (aquello de si realmente existió o no) aquel año cero; pero, como hemos indicado más arriba, ese fue un año que nunca existió. En buen romance, al 31 de diciembre del año 1 a.C. le siguió el 1 de enero del año 1 d.C.; esto solo quiere decir una cosa: que no hubo un año, con sus 365 días, entre los dos años mencionados, sino solo un fugaz instante. Lo comentado equivaldría, en una eventual proposición matemática, a que los años antes de la era cristiana sean expresados como guarismos negativos (-1, -2, etc.), y los pertenecientes a nuestra era (a.D.) como números positivos.

En la actualidad, la polémica se renueva cada diez años, especialmente cada vez que está por terminar un año terminado en nueve. Resulta el caso que, como dicha condición refleja el inicio de un decenio (por ejemplo, el de los actuales años veinte), se tiende a confundir esa misma condición con el inicio de una nueva década (y en algunos casos con un nuevo siglo). Sin embargo, una década solo comienza el primero de enero del año que termina en 1 de esa década (2021) y no termina hasta que no haya concluido el 31 de diciembre del siguiente año que termina en cero (2030). De otro modo, la que fue la primera década de nuestra era siempre será una década incompleta, justamente por la inexistencia de aquel disputado año cero.

Preparando esta nota, he observado una serie de comentarios respecto al “grave error histórico” de quienes no tomaron en cuenta el año cero para los cálculos que fueron correspondientes. Esta gente olvida fácilmente que el concepto del cero como número fue desconocido por Europa hasta ya entrado el segundo milenio. Mal pudo entonces haberse considerado un período de 365 días como “año cero”, si todavía no se había registrado el cero ni como concepto ni como número. Por todos es conocido que, incluso ahora, todavía utilizamos los símbolos arábigos para lo relacionado con los números cardinales y persistimos en el uso de los números romanos para la representación de los números ordinales (primero, segundo, etc.). En estos números no existe, nunca existió, un símbolo para representar el cero.

Si bien Dionisio el Exiguo fue el verdadero inventor del Anno Domine o Año del Señor, fue realmente el venerable Bede, un monje benedictino, el que popularizó el uso de la expresión, al haberla utilizado en sus trabajos casi un cuarto de siglo después.

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06 enero 2020

Un martes de amigos

Somos alrededor de quince, tal vez uno más o uno menos. Nos reunimos todos los martes a eso de las cinco. Claro, unos tienen que irse más temprano, por aquello del “toque de queda” (su particular Contraloría) y por eso adelantan su convenido registro y han convertido la función en una suerte de matinée algo prolongado... Somos quizá unos ocho los que asistimos con más frecuencia, somos los más asiduos. Nos conocemos “de toda la vida”, aunque no necesariamente desde niños. En mi caso, y para evitar la perífrasis, pudiera confesar que los conozco desde los últimos años de colegio. Desde cuando todavía éramos lo que aún no hemos dejado de ser: unos niños grandes y, ante todo, buenos amigos!

Nos unen valores y afinidades, esa es una identidad cimentada en la aceptación de nuestras debilidades y mutuas falencias; nos reúnen las ganas de embromar y de reír sin reticencia, el deseo obcecado e ingenuo de arreglar el mundo “de una sola” y, desde luego, la ocasional nostalgia… Pudiera decirse que todos pertenecemos a la misma generación, nos  diferencian tal vez un par de años; nos graduamos en distintos colegios, casi siempre particulares y religiosos (lo cual, en nuestros tiempos fue también algo inevitable) pues, como se sabe, “nadie es perfecto”. Hoy, casi todos nos hemos retirado, pero antes habíamos optado por diversas actividades o por disímiles profesiones u oficios en la vida.

Hay en el grupo ingenieros, agricultores, aviadores, industriales, abogados… Nos juntamos para compartir la broma, la anécdota, los rumores y el recuerdo. Tal vez solo nos reúna lo que nos diferencia a los humanos de las demás especies: la razón, la risa, la memoria -los compartidos recuerdos-; ello, a pesar de que hemos ido ya llegando a una edad en que lo que compartimos, más bien, son nuestras desmemorias, los recurrentes olvidos, esos ya difuminados y resbaladizos recuerdos.

Tomábamos vino, y solo vino, en un principio. Ese era el pretexto: “reunirnos a tomar solo un vinito”; pero entonces, algún personaje volátil, pérfido y travieso llegó un buen día con la proscrita novelería de que nos tomáramos más bien un buen frasco de whiskey. Ya se sabe, por aquello de “la acidez y la astringencia de los taninos”… Esto, para no mencionar ese otro argumento, aquel de que “el fruto de la vid” contribuye en forma invariable a que perdamos el sueño. Lo cierto es que desde entonces ya no se toma más vino en el grupo, todos han cambiado la uva por los cereales y han pasado a preferir aquel dorado producto, el añejado “escocés”. No existen registros, sin embargo, de que el fastidioso insomnio haya suspendido su indeseado efecto.

Pero no se crea que solo nos la pasamos bebiendo… Alguna “picadita” también se le solicita a la fémina que, en el apacible lugar donde nos juntamos, han dedicado para nuestro bienestar y tranquilo esparcimiento. Sin perder de vista, eso sí, que cada fin de semestre habremos de compartir nuestro tradicional “almuerzo de aniversario”, ceremonia fraternal en la que nunca hemos traicionado el prometido ofrecimiento de comportarnos como bien llevados y entretenidos compañeros.

Cuando en otros ambientes, a veces alguien me ha pedido que diga algo acerca de los amigos, he optado por referirme a la anécdota que cuenta García Márquez en el prólogo de sus “Doce cuentos peregrinos”… Ahí comenta el Nobel acerca de un extraño sueño que alguna vez le inspiró el cuento que jamás había escrito; relata que asistía a su propio entierro y que sus amigos iban “vestidos de luto solemne, pero con un ánimo de fiesta”. Hacia el final de la ceremonia, cuando estos empezaron a despedirse, él intentó acompañarlos e irse con ellos; entonces, alguien le advirtió “en forma severa y terminante” que él tenía que quedarse, que era el único que no podía irse, pues para él ya se había acabado la fiesta… “Solo entonces comprendí -expresa el Gabo- que morir no era otra cosa que ya no poder estar nunca más con los amigos”...

Ay, la muerte… aquello es algo de lo que nunca hablamos con intención en nuestros martes de amigos; esto, a pesar que estamos convencidos de que -como dicen por ahí- “ya están disparando cerca”. No quiere decir que a ella ni la ignoremos ni la desdeñemos; pero… para qué hablar de algo que sabemos que tarde o temprano nos ha de ocurrir a todos en forma inexorable, persuadidos como estamos que si nos reunimos es para seguir hablando de lo vivido con pasión y alegría, o de lo que han sido nuestras mejor recordadas experiencias, aquellas que hoy más encienden nuestra nostalgia; locuras, ingenuidades y arrebatos que hoy nos hacen apreciar de mejor manera la amistad y la vida; y valorar aquellas únicas y siempre inolvidables vivencias.

La tarde ya va terminando… Hay -alrededor de la desordenada mesa- uno como rumor de promesas y despedidas. Hasta el próximo martes, musitan los amigos. Entonces, una nueva y postergada cita, a lo largo de lo que será la nueva semana, ha de renovar otra vez su espera.

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13 diciembre 2019

A garrote limpio

Ojos azules color de cielo,
tiene esta guambra para mirar. Bis.
Qué valor, qué conciencia,
tiene esta guambra para olvidar. Bis.

Aunque me maten a palos ya,
estoy resuelto a cualquier dolor. Bis.
Qué valor, qué conciencia,
tiene esta guambra para olvidar. Bis.

Las anteriores son las primeras estrofas del albazo (o pasacalle) “Ojos azules”, como lo encuentro en el internet; sin embargo, esta letra no es idéntica a como creo que la cantaba mi abuela (ella misma, una cuencana de porte distinguido, con los ojos azules más hermosos que jamás haya visto en mi vida). Ella no tarareaba aquel “… a palos ya”, que resultó del empeño de mi búsqueda, sino -como creo recordarlo- con un “… a palotear”, verbo, este, de veras existente, aunque poseedor de un disímil significado (golpear unos palos con otros).

Sin pararme en por qué una canción de extracto popular pudo haber hecho apología de unos ojos azules, inexistentes en el estrato social que pudo haber inspirado la canción, siempre me pareció que la letra hacía referencia a un castigo atávico para las razas aborígenes de nuestra tierra: la pena de prodigar garrotazos o de castigar a punta de palazos. Recuerdo que en nuestras casas, cuando éramos niños, a veces nos castigaban con una vieja correa, pero la amenaza admonitoria era, en forma invariable, la de “te voy a dar palo”. Difícil no hacer referencia, en estas reflexiones, a aquel “palo porque bogas, palo porque no”.

He meditado en la casi olvidada tonada al comprobar la curiosa metamorfosis que fue experimentando la poco civilizada, y nada cristiana, costumbre de “educar” a la sociedad mediante el uso del garrote, artilugio con el que se castigaba a la víctima hasta cumplir con un número determinado de golpes; esto si “solo” se trataba de aleccionarlo, o hasta que “pasara a mejor vida” si se trataba de la pena de muerte, mejor conocida como “pena capital” (término derivado de cabeza, quizá por aquello que se pretendía lastimar; o, tal vez, por estar el infamante castigo a la cabeza de las más rigurosas sentencias).

Donde pasó a humanizarse la crueldad humana fue justamente con la pena capital. De pronto, los grupos de reflexión (equivalentes a los que hoy abogan por los derechos humanos) empezaron a cuestionar que eso de matar a garrote, es decir a palo pelado, tomaba demasiado tiempo; y, por lo tanto, hacía sufrir en exceso a la víctima (como también a la “impresionada” y un tanto escandalizada audiencia). Los tribunales decidieron, por lo mismo, suspender este tipo de castigo y reemplazarlo por otro que convertiría a ese tránsito en algo menos prolongado: la horca, con lo cual la muerte se produciría por estrangulamiento con una cuerda de esparto. Comprobaron por lástima que, al final del día, el largo de la tortura seguía siendo similar, para despecho de su inusitada magnanimidad...

Al no conseguirse el resultado previsto, de eliminar el tiempo de agonía de la víctima (algo con lo que sí tuvieron éxito los franceses -inventores de una máquina conocida como guillotina-), se decidió por la utilización de un implemento con el que la muerte se producía de manera casi inmediata; con este, la víctima podía ubicarse en un asiento adosado a un madero, y ya no podía patalear porque sus pies descansaban en el suelo. Para ello, le colocaban un collar metálico alrededor de la nuca, y el verdugo designado quedaba encargado de ir apretando, poco a poco y desde atrás, un tornillo sinfín, cuyo propósito era el de romper una de las vértebras cervicales, para que así el reo muriera “con dignidad”…

Lo curioso del nuevo mecanismo era que, aunque la muerte en la práctica se producía por estrangulamiento, a este se lo siguió llamando “garrote”. El deceso del sentenciado se producía por la dislocación de la apófisis odontoides. El procedimiento lesionaba la cervical, trituraba el bulbo raquídeo y producía un coma cerebral, con lo que la muerte -en teoría- se producía en forma instantánea. Con el tiempo, se dieron cuenta de que tampoco este castigo nada tenía de humano, civilizado ni cristiano, y así la pena “por garrote”, utilizando el novedoso aparato, y ya no a base de garrotazos, también fue suspendida y eliminada.

He averiguado que Felipe VII abolió la horca e instituyó el garrote. Hubo tres tipos de pena, de acuerdo con el linaje: garrote noble para los hijosdalgo; garrote ordinario para el pueblo llano; y garrote vil para la plebe o para los delitos infamantes. La forma de castigo era siempre idéntica, lo único que cambiaba era cómo los condenados llegaban al patíbulo: los primeros montando caballo ensillado, los segundos en mula y, los de garrote vil, en burro y sentados mirando la grupa, aunque en ocasiones arrastrados. Es decir había segregación hasta para eso. ¡Absurdas contradicciones que pueden tener la intolerancia y... la bondad!

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27 noviembre 2019

Estuve enamorado...

Fui a dar en Ecuatoriana hacia finales del año 1976. Había estado, por casi tres años, volando al mando un monomotor de fabricación suiza en la Región Amazónica. Era este un pequeño y versátil avión STOL (operación en pistas cortas), conocido como PC-6 o Pilatus Porter, pero que en el Oriente del Ecuador, por su parecido con un curioso insecto de vientre prominente, al que el vulgo asignaba propiedades afrodisíacas, lo llamaban “Machaca”. Me incorporé a la aerolínea en el día mismo de mi vigésimo quinto cumpleaños que, por no planificada circunstancia, coincidía también con el primer aniversario de mi entonces incipiente matrimonio.

Recuerdo al segundo semestre de ese año como un período de tensión e irregular expectativa. Ecuatoriana, que desde un par de años atrás se había estatizado, había adquirido dos aeronaves Boeing 720B. De pronto, la compra adicional de una tercera nave, esta vez un Boeing 707-320B, de mayor capacidad, adquirido principalmente para satisfacer la recién inaugurada ruta a Nueva York, creó la posibilidad de contratar al menos tres nuevos copilotos; entre el grupo escogido, me cupo la posibilidad de ser seleccionado.

Pocos años atrás, esto es en 1968, la empresa ÁREA, Aerovías del Ecuador, había enfrentado problemas financieros y había cerrado sus operaciones. Ecuatoriana asumió sus rutas. Recuerdo a los fundadores de ÁREA hablando del “colapso” de la aerolínea. A veces me pregunto si aquello de que sus fundadores hubiesen asumido la condición de dicho cierre como un ominoso “colapso”, no fue acaso lo que determinó que la recordada empresa aérea nunca más volviera a abrir sus puertas y a reanudar sus reconocidos servicios.

ÁREA había operado el primer Boeing en el Ecuador: un B-307 Stratoliner. Se trataba de un cuatrimotor de patín de cola, con capacidad para casi cuarenta pasajeros (38 de día y 25 de noche); fue el primero en disponer de una cabina presurizada, y el primer avión no anfibio en contar con un ingeniero de vuelo. Pasado el tiempo, tuve la oportunidad de volar como copiloto de un par de sus nostálgicos capitanes, quienes con sus consejos y enseñanzas, me incluyeron a destiempo en lo que llamaban, no sin cierta pretensión, “la escuela de ÁREA”...

Más tarde, otra aerolínea ecuatoriana, LIA, Línea Internacional Aérea, operaría un Boeing 377, conocido como “Stratocruiser”; este era un cuatrimotor de rueda de nariz y doble planta (parecía una ballena), su diseño derivaba de la “Súper Fortaleza Volante”, casi triplicaba la capacidad del Stratoliner (114 pasajeros); pero era muy costoso de operar, debido a los problemas que creaban sus motores de 28 cilindros.

Una vez terminado mi “Ground School” para el B-707, fui asignado a mi primer vuelo como “observador”, previo a la capacitación en el simulador de vuelo. Fue ese un viaje a Nueva York, durante la fría Navidad de 1976. El 707 había surgido al principio de la década del cincuenta, como una alternativa al Douglas DC-7 y al Lockheed Super Constellation. Pero, por sobre todo, como una opción al primer jet comercial que había existido, el cuatrimotor jet británico de Havilland Comet, avión que tuvo recurrentes como dolorosos accidentes.

Boeing aprendió de la experiencia del Comet y desarrolló el prototipo en que se basaría el 707; lo había bautizado como 367-80, aunque se lo conoció, al principio, como el “Dash 80”. Nadie sospechó que una empresa especializada en diseñar aviones militares, llegaría a producir uno de los más formidables íconos de la aviación comercial. Lo llamaron inicialmente como 700-120; pero optaron por designarlo más tarde como 707, por consideraciones de orden comercial.

Luego vendría una versión más corta, a la que llamaron 717 y luego 707-020. El destino terminó llamándolo 720, es el único avión de la Boeing que se conocería sin un siete final en su designación. Tanto el 707 como el 720 nacieron con un motor Pratt & Whitney JT3C, que conocíamos entonces como “jet pipe” (por unos como tubos que aparecían en su parte posterior); más tarde, ambos fueron equipados con turbinas de más potencia y capacidad, las JT3D, las mismas que incorporaban un nuevo concepto: el “turbofan”; con ello, estos mismos aviones, con distintos propulsores, pasaron a ser conocidos como 707-320B y 720B.

Un día, mientras todavía volaba la “Machaca”, fui enviado a realizar un vuelo Lago Agrio - Quito. Tuve esa mañana que estacionar mi humilde avioncito junto al legendario 707. Al comparar el tamaño del fuselaje de mi aeronave con las dimensiones del venerable Boeing, no pude sino comprobar que mi aparato apenas podía compararse con uno de los motores del avión que pocos meses después pasaría a volar... Resolví entonces que era hora de cambiar y volar para una aerolínea. Ese cambio no solo significó un cambio de operación; el 707 me habría de formar como aviador, fue en efecto un gran entrenador. Fue fácil enamorarme de su nobleza. Hoy no se me hace difícil reconocer que, como en la canción de Raphael, sí... ¡Estuve enamorado!

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05 noviembre 2019

Cada vez más cerca...

Hoy cumplo años; sesenta y ocho para ser exacto. Vengo, por parte de madre, de una familia de longevos; aunque pienso  que no he de tener idéntica fortuna. Por el otro lado, por el de mi padre, hay más bien una tendencia hacia las “despedidas” prematuras; mi padre mismo falleció por causa de un aneurisma cuando recién había cumplido cincuenta y cinco. Es curioso, hoy veo una de sus últimas fotografías y todavía me da la extraña sensación que la suya pertenece a un individuo mayor a aquel que miro las mañanas frente al espejo...

Hablando de la familia de mi padre, y mirando detrás del hombro, no encuentro -por otra parte- que mis parientes por ese lado hayan llegado a muy viejos. Quizá la sola excepción sea la de mi propio abuelo, un individuo de porte aristocrático y mirada triste y bondadosa, que no se rasuraba con frecuencia, a quien cada vez que lo fui a visitar, por aquel rito ceremonial al que nos acostumbró papá, siempre lo vi sentado en una sillón que era parte imprescindible de su dormitorio. Algo en su catadura o, quién sabe si en el rictus de su rostro, desde siempre me produjo la rara impresión que estaba allí, sentado en aquel sillón, porque estaba esperando algo...

De modo que hoy, cuando los indiscretos preguntan por mi edad, a veces acudo al mismo recurso de mi abuelastra Anatolia, la inefable Tolita, la tía y a la vez madrastra de mi papá, y les digo que “tiocho”... a sabiendas de que he ido llegando a una edad en que no sé si lo adecuado sea contestar con el guarismo de mi pasada cronología o si tal vez sea mejor utilizar aquella otra cifra, la incierta de mi cálculo subjetivo, la de mi expectativa de vida, y contestar con la más exigua del tiempo que creo que me queda disponible, la presunción del que todavía me falta...

En los últimos años, he ido dejando crecer el convencimiento de que hay algo en nuestra cultura que no nos prepara para nuestra propia muerte, no se diga para la ominosa despedida de nuestros propios seres queridos. No sé si el callado culpable sea el progresivo hedonismo de nuestra sociedad o si, más bien, se trate de algo más profundo e imperceptible, algo anclado en nuestra psiquis colectiva que nos lleva a mirar la defunción como algo ajeno, y no inherente a nuestra vida; como algo que, además, no nos va a suceder nunca a nosotros, como algo que solo les sucede a los demás...

Advierto, en este punto, que he concluido todos los párrafos precedentes con involuntarios puntos suspensivos; cuando los reviso, creo que sin querer pretenden ser inopinadas invitaciones a la reflexión. Estamos acostumbrados a regresar a ver hacia atrás todos los días, a mirar lo que hemos hecho en nuestra vida; pero nunca o muy pocas veces miramos hacia adelante y contemplamos lo cercana que pudiera estar, o las situaciones que podría generar, nuestra propia e inevitable muerte. Sí, yo sé, algo, quizá alimentado por un extraño atavismo, nos lleva a retirar la mirada y nos impele a mirar hacia otra parte. Hay allí una especie de temor a hacer el ridículo, a que se descubra que “aquello” pudiera preocuparnos.

Cuando en días pasados escribí un comentario acerca de la parca (o las Parcas), creo que estuve tentado a recoger nuevamente la frase de Borges, contenida en uno de sus formidables poemas, aquella de que “la muerte es una costumbre que suele tener la gente”, y me fue, del mismo modo, inevitable recordar una de las últimas conversaciones que tuve con ese nonagenario genial que fuera mi inolvidable tío Luis Aníbal. “No se te ocurra vivir hasta tan viejo” me dijo, como si aquella fuera una decisión que uno toma por su cuenta, como si esa fuera una opción o alternativa, como si la vida misma fuera eso, iniciativa propia, simple “ocurrencia”...

Dicen por ahí, el comentario es algo confuso, que alguna cultura antigua estuvo persuadida de que el pasado no estaba a nuestras espaldas, que estaba delante nuestro y que, por eso, es que lo podíamos recordar y contemplar. Que lo que verdaderamente estaba detrás nuestro era el futuro, y que por ello era que lo desconocíamos y nos provocaba ansiedad e incertidumbre; era lo que todavía no había sucedido, lo que aún no nos había ocurrido ni venido, y que por eso habíamos convenido en llamarlo “porvenir”. Qué curioso, algo “por venir” que no estamos de ninguna manera seguros si necesariamente nos traerá bienestar, o sea “porvenir”.

Hago esta disquisiciones persuadido que, como dice el título de aquella recordada película “La vida es bella”, la vida es corta pero bella. Pero... no podemos ver la muerte solo como la negación de la vida, como la anti-vida. Por el contrario, la muerte es parte inherente a la vida, es la confirmación de esta. No es algo que nos deba “quitar el sueño”, pero debería invitarnos a la reflexión, a no contemplar la vida como algo “dado por hecho”, como algo que no tenemos que cuidar, en cantidad y en calidad. Así, cada cumpleaños debería ser una oportunidad, no solo para la celebración, sino también y ante todo, para la meditación humilde y para la reflexión, para pensar que la vida es algo que pudiera dejar de ocurrir, que pudiera dejar de “pasar”...

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