04 abril 2020

“La cuenta del notario”

Le decían el “Loquito”. Él utilizaba la frase con frecuencia, aunque creo que lo hacía con un sentido no solo inexacto sino, además, incorrecto. Estoy convencido de que para él, aquello de “la cuenta del notario” representaba una especie de fondo abierto, un respaldo financiero para ser usado a discreción; aquél constituía un fondo inagotable hacia el que ni siquiera quedaba la obligación de que se lo tuviera que reponer o que se lo tuviera que reembolsar. Desconozco si mi querido hermano tenía la persuasión de que los notarios eran individuos cuyo oficio les permitía ir por el mundo prestando dinero, indiferentes a la posibilidad incierta de que se les pague nuestras deudas o de que su peculio ya no se pudiera recuperar.

Tampoco sé si él asociaba este peculiar concepto con el del conocido tango*, pues siempre es probable que haya tratado de transliterar su texto. No es difícil confundir notario con aquella otra voz (otario) perteneciente al lunfardo argentino, palabra que se utiliza por allá para referirse a todo aquél que se quiere dar de generoso y que termina quedando de tonto útil por querer presumir de gastador. El otario, así, sería aquel individuo que paga las cuentas ajenas por el solo aspaviento de parecer adinerado, por fingir de acomodado ante los ojos de quienes se dejan impresionar; él es el gastador o el “paganini”, tan ingenuo que se da el lujo de mantener una cuenta de incobrables, a sabiendas de que nunca le han de querer pagar.

Es posible que así fuera por el mundo mi inolvidable hermano, convencido de que eso era lo que proclamaba el contradictorio tango; con aquella su letra sórdida, que entremezclaba un valor como la gratitud con la abyección del burdel y el arrabal. Por ello, y reflexionando al canto en esa probable confusión -entre los términos notario y otario-, he recordado, otra palabra parecida, un nombre propio que quizá exista en nuestro idioma, y qué tal vez esté emparentado con Lothar, nombre que es muy frecuente en otro idioma europeo: el alemán.

Yo era todavía pequeño cuando debía escoger por cuenta propia, alguna tarde de sábado, la barbería en donde habría de irme a cortar el cabello. Existían en el barrio de San Blas, sector donde transcurrió mi infancia y mi primera adolescencia, un par de peluquerías: la una, que era la mejor dispuesta entre las dos, pertenecía a unos hermanos de apellido Romero; la otra, un poco más modesta, estaba ubicada en la bajada de la calle Montúfar, junto a un almacén de calzado deportivo llamado “Pichurca”, en la planta baja de ese enjuto edificio triangular que aún se conoce con el apodo de “Calé de queso”. Este era un establecimiento más económico; por ello, los resultados de las tareas encomendadas, no siempre estaban garantizados. Así y todo, lo preferíamos, porque en este modesto local podíamos encontrar una más generosa variedad de revistas de historietas, los llamados “cómics” (“tebeos” les dicen en España), o “penecas” como les llamaba, no sin cierto desdén, mi propia abuela.

Puede decirse, por lo mismo, que no era que íbamos a “peluquearnos”, y que, de paso, aprovechábamos para hojear una revista de caricaturas; sino que, más bien, íbamos allá (realmente matábamos toda la tarde) “para ponernos al día” con aquellas revistas recién publicadas y que, en el ínterin, aprovechábamos para, de pasada, cortarnos el cabello... No recuerdo muy bien si fue en las revistas del Fantasma (“El duende que camina”) o en las de un personaje peinado con gomina y que lucía un bigotito bien cuidado, y que además ejercía de mago y respondía al nombre de “Mandrake”, que existía un personaje caracterizado por su sentido de la lealtad y por su nunca bien ponderado físico. Obedecía al jamás escuchado nombre de Lotario. Ni notario ni, tampoco, otario; así, simplemente Lotario.

A propósito de los olvidados penecas, parece que, por algún motivo, así se dio en llamar, desde un indefinido día, a todas las revistas de historietas infantiles (peneca quiere decir niño o chiquillo); esto habría sucedido porque había existido una revista infantil, que era publicada en Chile y se conocía como “El peneca”. Esta habría sido una de las primeras revistas infantiles. Dicha publicación habría dejado de imprimirse hacia finales de los años cincuenta (aunque yo personalmente nunca la llegué a conocer). La desaparición de la revista habría dado paso a la proliferación de todas aquellas otras publicaciones que relataban las hazañas de aquel palmarés de héroes que alegraron los días de nuestra infancia (y, desde luego, de aquellas tardes de sábado de peluquería). Hubo casas en las que no se toleraban estas coloridas ediciones, como fue la mía, pues se aducía que nos distraían de nuestras tareas educativas; tal fue la intransigente rigidez con que se nos educó por aquellos años...

Al final, nunca supimos qué sentido tenía, para el Loquito, aquella su particular “cuenta del notario”; lo que pronto nos dimos cuenta era que cualquier cosa, todo mismo, podíamos cargarlo a la inagotable cuenta de su propia, desproporcionada y desbordante generosidad.

* Tango “Mano a mano”. Letra: Caledonio Esteban Flores. Música: Carlos Gardel.

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28 marzo 2020

“Insieme, senza paura”

Este es el eslogan con que el pueblo italiano está enfrentando su desgracia: “Juntos, sin miedo”... Visto, de pasada, este parecería un mensaje contradictorio e inclusive paradójico, imaginen ustedes estar juntos cuando lo deseable sería, en estos momentos, que todo el mundo debería encontrase aislado. Pero el mensaje no es realmente una invitación a juntarse, sino más bien una exhortación al apoyo mutuo, constituye una invitación a la solidaridad, a que hagamos colectivamente el sensato esfuerzo de construir un cerco que pueda romper con la vulnerabilidad a que nos ha sometido esta invisible e inesperada pandemia que hoy está azotando al mundo.

Son ya más de 60.000 contagiados solo en Italia donde las cifras superan las 5.000 víctimas (sería el único país con más muertos que China, si la información proporcionada por el país asiático es verdadera); y pensar que todo este colosal contagio ha sucedido en tan solo cuatro semanas, en un país del primer mundo... No hay que olvidar que Italia puede ser considerado como un país “preparado” para este tipo de emergencias; al fin y al cabo, solo son 75 años desde que enfrentó los efectos directos y las secuelas de la Gran Guerra.

Es interesante revisar el efecto que han tenido
las pandemias para la humanidad. Estamos enfrentados a virulentos (nunca mejor definidos) contagios de carácter global; y lo irónico es que estas desgracias se han transmitido, en gran parte, por culpa de factores estimulados por la sociedad de consumo y por el avance de la tecnología. En su tiempo, estas formas de contagio colectivo solo sucedían en regiones, digamos que en áreas constituidas por pocos países, afectando quizá a un par de continentes; hoy, mientras tanto, debido a la existencia de medios modernos, rápidos y, sobre todo, masivos de transporte, la posibilidad de contagio aumenta exponencialmente. Y, claro, los resultados son obviamente inesperados, profundamente dramáticos!

Cuenta Tucídides que ya en el 430 a.C. se habría desatado una mortal epidemia en Grecia que habría costado 150.000 vidas (entre ellas, la de Pericles), la plaga se habría iniciado en Etiopía. Más tarde, alrededor del 1350, vale decir unos 150 años antes del descubrimiento de América, la peste negra habría matado hasta un tercio de la población europea, unos 30 millones de personas; y se calcula que habría terminado con la vida de otros 40 a 60 millones entre Asia y África. Científicos e historiadores parecen no haberse puesto de acuerdo en si la transmitieron las ratas o algún otro tipo de roedor que no se ha determinado. Una de sus principales manifestaciones externas era la aparición de enormes ampollas pestilentes (casi del tamaño de un huevo) en los ganglios linfáticos de las víctimas, esto es en la ingle, las axilas, el cuello y detrás de las orejas.

Poco más tarde apareció una nueva epidemia de similares características. La llamaron peste bubónica, no porque sus víctimas mostraran también bubas o bubones, sino porque esas horribles pústulas, una o dos, solo aparecían en las ingles de los infectados (“bubón” es una palabra de origen griego que quiere decir ingle). La peste bubónica también mató a mucha gente, pero no tuvo ni la velocidad de contagio ni el índice de propagación que tuvo la anterior. La peste bubónica era transmitida (y lo es todavía) por pulgas que parasitan a las ratas que, durante estas pestes, deambulaban moribundas por calles y plazas. Hay quienes piensan que estas dos últimas plagas fueron episodios distintos de la misma ocurrencia.

Nadie sabe cuál fue el daño real que produjo en el siglo XVI otra epidemia, la viruela, un virus existente en el ganado euroasiático (“vacuna” es un término que fue acuñado más tarde, y que está emparentado con la palabra vaca): la viruela por poco extermina a los indefensos pueblos aborígenes recién conquistados en América (quizá 50 de los 300 millones de víctimas que habría cobrado en total). Lo que sí se sabe, es que durante la Primera Guerra Mundial, una gran epidemia asoló Europa y exterminó a otros 50 millones de personas. Como suele suceder en estos casos, la ironía quiso que la llamaran “fiebre española”, todo debido a que, habiendo sido España un país neutral en la guerra, había procesado información no solo relacionada con su extraña difusión y vertiginoso contagio, sino también respecto a su existencia.

Con el paso del tiempo, han ido apareciendo otras pandemias devastadoras en el planeta (Ébola, SIDA y SARS son algunos ejemplos); sin embargo, mucho ha ayudado el formidable avance que han tenido tanto la ciencia como la medicina. Mas, como queda dicho, la globalización ha producido una impensada vulnerabilidad para el ser humano debido a la facilidad con que los virus y bacterias pueden transportarse alrededor del mundo. Esto ha ocasionado que, como sucede con la actual pandemia, “coronavirus” o COVID-19, se haga indispensable tomar drásticas medidas que exigen recluir a las personas en sus hogares, todo con el propósito de evitar una rápida propagación antes que sea difícil de controlar.

No basta con la solidaridad, sin embargo, cuando el pánico se convierte en colectivo...

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19 marzo 2020

Eso de cazar “tilingos”

Es el Raulito una de las personas más honestas y serviciales que he conocido. No solo que se preocupó de proporcionarme la dirección del oftalmólogo; la verdad es que no estuvo contento hasta que se aseguró de que el médico me había concedido la cita esa misma tarde. “Sigues todavía viendo tilingos”?, me preguntó, en relación con esas como telarañas que, intempestivamente, se me habían presentado, sin previo aviso, en la visión del ojo izquierdo desde el jueves por la noche. No se me habría ocurrido, hasta que desconecté el teléfono, que aquellos supuestos “tilingos” eran algo que sí se podía ver. Siempre se me ocurrió que aquello de “cazar tilingos” era justamente una manera tonta de perder el tiempo, querer cazar algo imposible de ver; tratar de atrapar, o empeñarse en atrapar, algo que todos sabían que no existe...

“Fijo que es una palabra inexistente en el diccionario, postulé
. Solo para descubrir, a renglón seguido, que “tilingo” era una palabra utilizada con otro sentido en los países del sur del continente (persona insustancial, que dice tonterías y suele comportarse con afectación). Es más, el DRAE presentaba adicionalmente otra expresión adverbial que se utiliza justamente en nuestro país, aquella de “cazar tilingos”, con el curioso sentido de “pensar en las musarañas”... Y, entonces, ¿qué son las musarañas, papito? Pues, nunca se me hubiera ocurrido que no eran lo que siempre creí (una especie de telaraña), sino un pequeño mamífero, emparentado con el topo, una especie de diminuto ratoncito de trompa alargada que creo no haber visto nunca antes en mi vida.

Acudí entonces a mi flamante Diccionario de Ecuatorianismos, “El habla del Ecuador”, de nuestro siempre recordado y dilecto amigo Carlos Joaquín Córdova. Ahí, en ese prodigioso texto, de preciosa y elegante edición, estaba (¡cómo no!) la escurridiza palabrita; y, para colmo, con dos interesantes acepciones. 1. Tilingo. // cazar tilingos. fr. coloq. Ecuad. pensar en las musarañas (lo mismo que en el DRAE); y 2. Tilingo. s. Ave canora de la Costa de plumaje negro. // cazar tilingos. fr. fig. fam. Holgazanear. cf. (comparar con) pastar chirotes. Palabra, esta última, que -luego de prolongada disertación- señala Carlos Joaquín, que aquello de “mandar a pastar chirotes” (frase adverbial que yo mismo escuché de niño, más de una vez, en la Sultana de Los Andes), equivale a la locución figurativa familiar usada en Cuenca: “mandar a una persona a paseo”, o “mandar a una persona con viento fresco”. Pero, chirote en sí, sería una ave canora o, quizá, una especie de pardillo, de canto dulce.

Sea lo que sea, aquí me encuentro hoy, en estos días de aislamiento obligatorio exigidos por la emergencia sanitaria producida por el nunca invitado coronavirus, enfrentando -a más de los efectos de la restricción de la movilidad, que de por sí ya es una manera de “cazar tilingos”- la circunstancia de que, por un inopinado problema en la visión, estoy literalmente cazando o, mejor, tratando de eludir, unas como nubecillas que, sin razón o motivo aparente, se me han aparecido en uno de mis ojos. “Moscas volantes” o, también, “flotantes” es cómo las conoce la gente; “miodesopsias”, en lenguaje médico, es como las conocen los facultativos. Son estas unas como lanitas o telas de araña, diría yo; o, más bien, unas como algas movedizas que siguen los variables caprichos inestables del “vítreo”, un gel o sustancia acuosa que forma el núcleo del ojo.

Por coincidencia, he pensado, este mismo día, en lo ocurrido la tarde de ayer en el aeropuerto de Guayaquil. He meditado en aquella otra forma de “cazar tilingos” o, si se prefiere, en lo que sería otra acertada interpretación de la misma frase: en “no atinarle una”. Me refiero a la arbitraria, inconsulta e irresponsable decisión del Cabildo porteño de obstruir, de la manera más burda e incivilizada, nada menos que la propia pista principal del aeropuerto internacional, utilizando para el efecto camiones y un par de decenas de vehículos, todo con el propósito de impedir que aterricen en esa facilidad dos vuelos pertenecientes a dos conocidas aerolíneas europeas; se lo ha hecho con el pretexto de impedir que las aeronaves involucradas desembarquen pasajeros que supuestamente venían a bordo de esos aparatos.

El asunto no deja de tener su “guasa”; pero, si bien se lo piensa, constituye un deliberado acto de sabotaje que está reñido con los convenios y acuerdos aeronáuticos internacionales. No puede ser considerado sino como un “acto de interferencia ilícita”, una disrupción intencional del flujo ordenado y seguro que es el del tránsito aéreo. A más de configurarse como una acción contra un sentido humanitario, es una clara contravención que ha puesto en riesgo la seguridad aérea. ¿Qué hubiera sucedido si el aparato, o los dos, no podían dirigirse, sea por asuntos técnicos o condiciones climáticas a otros destinos? ¿Era preferible, acaso, que sucediera una catastrófica tragedia? En este caso, una simple actitud obcecada e imprudente pudo haberse convertido en un acto criminal. Lo que puede conseguir la ignorancia, cuando va de la mano de la impertinencia...

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24 febrero 2020

Réquiem por un luchador

La muerte de alguien que queremos es siempre trágica, no importa si ha sido esperada por largo tiempo o es el resultado de un repentino desenlace. Pero, claro, es más profundo el arañazo de su artero impacto cuando quien se despide ha influenciado nuestras vidas con la impronta de su beneficioso influjo, con el sortilegio de su motivador efecto. Sucede que la Providencia, con sus aleatorios caprichos, nos suele asignar en este mundo un determinado número de hermanos; mas, es luego la fortuna la que, en ocasiones, se encarga de convertir en nuestro hermano a uno de nuestros más cercanos y preferidos amigos...

Conocí a Hugo Coronel en mis años de Texaco. Quiso el destino que trabajáramos juntos en el campamento de Lago Agrio, en el Oriente. Luego me enteraría que esa misma señora joven que realizaba alguna gestión, en las oficinas de la empresa en Quito, la misma tarde que fui entrevistado para recibir el visto bueno previo a mi inminente contratación como piloto de la empresa, era su propia esposa, quien, pasados los días, habría de convertirse, a su vez, en muy cercana amiga y confidente de mi futura mujer, desde aquellos ya olvidados años.

Algo espontáneo y mágico surgió con Hugo desde el día mismo que nos conocimos. Aquello fluyó en forma natural, como si nos hubiésemos conocido desde siempre; cuál si hubiéramos sido compañeros de escuela o quizá amigos de barrio desde que éramos niños. En el fondo, así mismo habría sido... Luego me habría de enterar que habíamos estudiado en el mismo colegio (él era unos años mayor) y que no solo compartíamos similares gustos y aficiones. De hecho, compartíamos también, y casi sin saberlo, los mismos amigos. Fue, por lo mismo, muy fácil, de ahí en adelante, poder compartir con él inquietudes y afinidades, distracciones y proyectos.

Es curioso, los dos habíamos sido parte del mismo plantel educativo, el colegio de los Hermanos de La Salle, ubicado en la calle Caldas; ese mismo plantel que desde siempre privilegió, entre las disciplinas deportivas, la práctica del baloncesto. Pero, eh ahí que ahora, en el insoportable calor de la canícula, nos reuníamos de lunes a jueves, a eso de las cinco de la tarde, para jugar algo que a él le habría apasionado desde muchacho y para lo que era realmente bueno; un deporte que, en cuanto a mí, su práctica se me había vedado cuando niño (pues despedazaba mis escasos pantalones), algo que con el tiempo nos identificó: nuestra afición por el fútbol.

Hugo jugaba de defensa, era un irreemplazable “back centro”. No es que fuera hábil; lo sorprendente en él era su formidable lectura de la ubicación e intenciones de los delanteros contrarios, su extraño don del anticipo, su sorprendente visión del juego. Quien lo enfrentaba no competía con otro jugador, que siempre estaba bien ubicado. Su reto era el de atravesar una muralla, porque la ventaja de Hugo estaba en su privilegiado físico; y la facilidad natural que tenía para organizar a los demás defensas, sus obedientes compañeros. Lo suyo era una mezcla de advertencias y de estímulos que surgían de su indiscutible liderazgo, de su actitud y de su ejemplo.

Poco a poco me fui apercibiendo de que esas virtudes que Hugo desplegaba en la cancha con su esfuerzo, él las aplicaba día a día en los asuntos del trabajo y de la vida. Con él se podía compartir gustos, entretenimientos y aficiones, pero era su actitud ante las circunstancias y ante los hombres la que hacía que fuera fácil compartir con él valores y opiniones, como la mutua ilusión de luchar por una situación estable o ver crecer a nuestros hijos en medio de bienestar, seguridad y contento.

Había en Hugo algo especial; se trataba de una suerte de energía espontánea que exudaba de su manera de ser. Si a ello sumábamos sus ágiles maneras o su relajada forma de vestir, podía decirse que aquel, su físico bien cuidado, reflejaba menos años que los que representaba su verdadera edad. Sin embargo, no era ese liderazgo, y ni siquiera su simpatía, ni tampoco su apariencia, lo que siempre le procuraba nuevos amigos y le hacía ganarse la voluntad y confianza de la gente; lo que a nuestro querido amigo realmente distinguía, era su particular sentido de la amistad, en él se conjugaban la discreción y la nobleza, la lealtad y el compromiso.

Una insidiosa afección hepática fue minando su salud en el último tiempo. Pude compartir con él un breve y afectuoso diálogo pocos días antes de su postrera despedida; pudimos recordar nuestro tiempo compartido en los días de Lago Agrio. Todavía me parece oír sus gritos de aliento, su voz estentórea animando a sus compañeros a luchar para recuperar el balón, para tratar de propiciar un nuevo contragolpe... Esa voz se fue quebrando de a poco en estos últimos meses; y de pronto, esa voz dejó de emitir aquel sonido familiar que nos había permitido ejercitar nuestras confidencias, nuestros amenos coloquios por alrededor de medio siglo...

Lo voy a echar de menos. Temprano, una parte de mi vida se ha ido ya con él.

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08 febrero 2020

Juderías

De pronto, aquello parece haberse puesto de moda. Veo por doquier, a parientes y amigos, dedicados a su personal trámite para obtener la ciudadanía española; esto, en base a un pretendido reclamo de que ostentan, entre sus ancestros, pruebas fehacientes de su ascendencia sefardita. “Sefarad” es el nombre que tiene España en idioma hebreo; y sefardita es el toponímico utilizado para designar a los judíos que emigraron en el pasado a la Península. Estos judíos hablan un dialecto conocido como ladino y han seguido practicando el judaísmo.

La diáspora del pueblo judío se completó en el resto de Europa con la inmigración de otro enorme contingente que, a su tiempo, se desplazó hacia Alemania y algunos otros países del centro europeo; estos judíos hablan una lengua emparentada con el alemán (el yiddish) y son conocidos como “ashkenazis”. Estos, al igual que los sefarditas, han conservado sus costumbres y tradiciones, en especial las religiosas; pero, por sobre todo, su acendrada identidad nacional y, desde luego, la idea primordial de regresar algún día a la tierra de sus padres y antepasados; aquél país que en sus hogares y libros sagrados han dado por llamar “la tierra prometida”.

¿A qué se debe el inusitado trajinar de mis familiares y conocidos? Pues se trata de una especie de amnistía, en calidad de reparación histórica, que ha sido propiciada por el gobierno español en favor de los descendientes de los judíos que en 1492 (el año del Descubrimiento) fueron expulsados de España. Cierto es que no todos se fueron de aquella tierra, en la que habían nacido y que habían pasado a considerar como suya; muchos se quedaron, unos porque adoptaron el catolicismo, en forma voluntaria u obligada (los habrían de llamar conversos), otros porque adujeron haberse convertido, aunque en secreto continuaron practicando su ancestral religión. A estos los llamaron “marranos”, como un símbolo de escarnio no exento de desprecio.

Ahora bien, ¿por qué los habían expulsado? Pues, por diversos motivos. Eran otros tiempos. Eran años de intolerancia y persecución; habían sido una comunidad muy unida, constituida por gente trabajadora, esforzada y ahorradora. Los demás siempre los asociaron con la usura, la avaricia y, desde luego, con la pobreza ajena. Estaba, por otro lado, su religión y sus costumbres; daban la impresión de no integrarse con quienes no participaban de sus ritos y creencias. Se los asociaba con la muerte de Jesús, el Salvador (él mismo, otro judío), dejando a un lado la verdad histórica, pues fueron los romanos quienes lo habían crucificado y perseguido.

Como se entiende, para poder optar por el antes mencionado privilegio, hoy solo hace falta demostrar que ciertos apellidos previamente escogidos constan entre los ancestros de quienes han aplicado por la graciosa consideración. Cuando uso el último adjetivo me refiero al supuesto beneficio, y no a las probables sonrisas que pudiera generar la aparente contradicción que involucra la aplicación en referencia. Esto porque no deja de contener una cierta ironía aquello de que lo mismo que alguna vez fue percibido como causa de vergüenza y oprobio, hoy pueda ser considerado más bien como objeto de sano orgullo, restitución y reconocimiento...

Lo anterior resulta importante, sin subestimar que la continuidad de los apellidos es algo que bien pudiera ser inexacto e incierto… Los judíos, tanto antes como después de la expulsión, optaron por escoger distintos apellidos, muchas veces relacionados con su oficio o quizá con su lugar de su residencia. Como se sabe, hasta el final del Siglo XIX no existió en España una normativa general con respecto al registro de los apellidos; hubo mucho arbitrio y discrecionalidad: unos optaron por utilizar el apellido de la madre, otros el paterno; y hubo quienes tomaron otras identidades, pues juzgaran que estas pudieran serles de mayor utilidad o conveniencia. En este sentido, la transmisión del linaje no obedeció necesariamente a un proceso de carácter lineal.

A esto hay que sumar la circunstancia de las minorías árabes y judías, quienes ya sea por disimular su origen o para procurar adoptar un apellido que les aportase una mejor identidad, decidieron cambiarlo, por un factor de seguridad o por pura conveniencia social. De lo que se sabe, varios reconocidos personajes de la política y de las artes españolas han sido identificados como judíos. Muestras al canto, se sugiere, por ejemplo, que Miguel de Cervantes y Saavedra, el autor del Quijote, sería descendiente de judíos conversos por ambos lados. Es comprensible que en un ambiente como el de aquellos siglos de simulación y mojigatería, se haya tenido que acudir a todo tipo de artificio para satisfacer el bienestar propio y la seguridad de la familia.

Aquella forma de discrimen no concluyó con la expulsión referida. El mismo dictador Francisco Franco, apodado como “el Caudillo”, y quien gobernó España por treinta y cinco años, estuvo siempre persuadido de que en el mundo existía una oscura y malévola conspiración que estaba organizada, si no financiada, por la masonería y el sionismo internacional, con el apoyo político del comunismo; esta fue una de sus fobias y obsesiones. No sorprende, por lo mismo, que quienes, por ignorancia o estupidez, siempre están buscando fantasmas, para achacar a los judíos la culpa de sus propios males, vean en ellos el motivo para sus desgracias y sinsabores.

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04 febrero 2020

Desparpajo e insolencia

He leído este último fin de semana un interesante como conciliador artículo escrito por el columnista de El Universo, don Fernando Balseca. Está relacionado con el hoy llamado “lenguaje de género”; ha querido titularlo: ¿Lenguaje inclusivo o sociedad inclusiva? En él recoge la propuesta del académico español Álex Grijelmo, animada por el sensato sentido de incluir, proteger y promover a los grupos postergados en nuestras sociedades a través de acciones concretas y no por medio de innecesarias piruetas lingüísticas que más bien oscurecen y lastiman nuestro idioma.

Por ello que, en el afán y propósito de contribuir con la iniciativa, he decidido acceder al envite o, como dicen por ahí, “recoger el guante” y para ello me he permitido transcribir el texto del artículo en mención, convencido como estoy de que nos estamos dejando invadir por una estúpida costumbre (zoquete y adefesiosa hubieran dicho en la casa donde pasé mi infancia), que social y políticamente no logra alcanzar ningún objetivo pues, en la práctica, no conduce a nada; y que solo consigue demostrar la gazmoñería e ignorancia de quien así se expresa, cuando -para procurar acentuar el énfasis de su exposición- así escribe o habla.

Paso a transcribir el contenido del referido artículo:

“Hace pocos días, la Real Academia Española (RAE) respondió al pedido que había realizado Carmen Calvo, vicepresidenta primera del Gobierno español, para reformar el texto constitucional en el ámbito de lo que se ha dado en llamar lenguaje inclusivo. La RAE insiste en que el empleo del masculino genérico es correcto y que son innecesarios los desdoblamientos (por ejemplo, diputados y diputadas) y otras alternativas relacionadas con el género (les compañeres o estimad@s o profesorxs). Calvo ha reaccionado ante esta postura diciendo que espera que la RAE “se acompase con lo que es normal en la calle”.

Pero, en el mundo de habla española, lo que es normal en la calle es precisamente lo contrario de lo que buscan Calvo y otros grupos que quieren obligarnos a que hablemos como a ellos se les ha ocurrido y no como la gente viene haciéndolo en las calles, en los campos y en las casas. Las iniciativas para usar estas extrañas formas, que oscurecen el intercambio de mensajes, se da en instituciones en las que hay intelectuales que se ven como representantes iluminados del conjunto de la sociedad. Son grupos que, con posturas asentadas en un feminismo extremista, se creen dueños de toda la verdad y de la lengua.

El escritor y periodista Álex Grijelmo, con su acostumbrada serenidad y profundo dominio de esta materia, publicó el libro Propuesta de acuerdo sobre el lenguaje inclusivo: una argumentación documentada para acercar posturas muy distantes (Barcelona, Taurus, 2019), para discutir por qué, aunque hoy es un imperativo la construcción de una sociedad inclusiva, no es relevante para ello modificar la lengua con estas expresiones estrafalarias. Las mujeres de los barrios marginales, las vendedoras en los mercados, las empleadas domésticas y nuestras abuelas no hablan como estos grupos extremistas quieren que hablemos.

Afirma Grijelmo que la mayoría de idiomas en el mundo carece de género gramatical (el inglés, para no ir más lejos). Pero, se pregunta, ¿las sociedades que no distinguen género gramatical son menos machistas que aquellas en las que la lengua sí tiene esta distinción? ¿Es Hungría más igualitaria que España? El dominio patriarcal y el machismo –que deben ser combatidos en todos nuestros entornos– no se originaron por culpa del masculino genérico, sino por las condiciones históricas en que las sociedades se han desarrollado. Por tanto, imponer una jerga desde arriba no va a transformar las estructuras sociales.

Grijelmo ha escrito este libro para proponer “un eventual acuerdo general para expresarse en español sin discriminación hacia la mujer y, al mismo tiempo, con respeto a la historia, la estructura y la economía de la lengua, así como al uso más cómodo para los hablantes”. Y desmonta el mito sobre el supuesto origen patriarcal del masculino genérico y la supuesta invisibilización de la mujer. Según Grijelmo, lo que necesitamos, antes que hablar y escribir de manera rara e inefectiva es sobre todo bregar por una cultura que vaya eliminando las taras del machismo que afectan tanto a hombres como a mujeres” (hasta aquí la transcripción del artículo).

En cuanto a la iniciativa de la señora Calvo, constituye, esta sí, una propuesta no solo atrevida, sino además indecente. Se me hace imposible no recordar, cuando utilizo este último término, a una recordada amiga, la desaparecida esposa de un apreciado diplomático español, nuestro colega de misión en Singapur; dama que para animarme a que la acompañase a una ronda de nuestro deporte favorito, solía anticipar su pedido con una singular advertencia: “Eh, Alberto, que solo te llamo para hacerte una propuesta indecente”. Nunca tuve la indecencia de excusarme…

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