20 abril 2020

Caso fortuito o fuerza mayor

Quizá nunca me puse a pensar en ello, creo que siempre supuse que ambos eran conceptos equivalentes. La desafortunada circunstancia que atraviesa el mundo, de pronto me ha llevado a meditar en si las condiciones del título de esta entrada, son distintas, idénticas o simplemente complementarias. Alguien me ha querido explicar que la diferencia está dada porque la una es provocada por la naturaleza (como en el caso de un cataclismo, una erupción volcánica, una inundación, etc.), mientras que la otra tiene que ver con las acciones o decisiones del hombre. Sin embargo, y aunque puedo entender que la una va más allá de la voluntad del agente, y por lo mismo es inevitable, me sigue quedando confuso cuál de las dos es más grave.

Empecemos pues por tratar de definir los dos conceptos, ya que se trata de tener claro cuál entraña más gravedad, cuál es peor; por tanto, esbozo aquí lo que he aprendido o he investigado: la fuerza mayor es más grave, se trata de un acontecimiento o condición que es imprevisible y también inevitable (un terremoto, un huracán); un caso fortuito, mientras tanto, es algo que aunque pudo haberse previsto (un accidente en la carretera, la cancelación de un vuelo de itinerario por motivos técnicos, un acto terrorista, un incendio), hubo maneras con que se lo pudo evitar. Como se ve, existen dos factores que integran la ecuación: la probable previsión y la eventual capacidad para resistir el suceso o la posibilidad de poderlo evitar.

Con estos elementos, podemos utilizar la experiencia que tiene ocupado al mundo en estos mismos días y resolver que estamos lidiando con dos sucesos que están relacionados, pero que además el uno es consecuencia o derivación del otro. El primero es la inesperada pandemia que nos azota, el coronavirus; el segundo es un conjunto de imprevistas condiciones (la situación de confinamiento, la imposibilidad de contacto social y la restricción de la movilidad) que han sido aplicadas por las autoridades gubernamentales, condiciones que, aunque también pueden ser consideradas inevitables, de alguna manera se las puede administrar o se puede encontrar un modo para “circunnavegar” su efecto (como un salvoconducto o un subterfugio).

Puestas así las cosas, parece que ya lo tenemos más claro: la fuerza mayor sería la pandemia, la posibilidad del contagio; el caso fortuito estaría constituido por la serie de restricciones que han sido impuestas por las autoridades (lo cual tampoco estuvo previsto y que, asimismo, resultó en algo inesperado). Por ello, si ahora sumamos los dos elementos, podemos inferir que estamos enfrentados a dos circunstancias: debemos lidiar con un caso fortuito (el confinamiento y sus aspectos transversales), que ha sido ocasionado y ha surgido como consecuencia y efecto directo de la hecatombe viral, constituida para el ejemplo en fuerza mayor.

Así, y para efectos de “causa y consecuencia”, digamos, por ejemplo, que no logro comunicarme con mis superiores jerárquicos, pero no por culpa del inminente contagio, sino por las restricciones acordadas a la movilización. En suma, lo que me impide es el caso fortuito que ha sido, a su vez, decretado como consecuencia del probable contagio, que era la fuerza mayor. Tal parece, sin embargo, que los especialistas no han logrado ponerse de acuerdo en las diferencias; de hecho, muchos códigos civiles consideran que las dos condiciones son la misma cosa. Esto, debido a que una u otra eximen de culpa a quien puede imputársele responsabilidad.

Hago estas confusas reflexiones mientras medito, por otra parte, en el parámetro que parecen esperar las autoridades a efecto de suspender esta forma de arresto domiciliario que es el confinamiento que se nos ha impuesto. Es obvio que este no puede concluir sin que previamente se disponga de una curación o vacuna, o hasta que no se haya desarrollado aquella forma de inmunidad colectiva que se ha dado en llamar “inmunidad de rebaño”. Al respecto, parece que la expresión está un poco mal traducida del idioma original; creo que quiere decir “inmunidad de manada” y tiene que ver con la existencia de un número considerable (un alto porcentaje) de individuos que han padecido el contagio, han enfrentado las implicaciones del virus y han desarrollado los necesarios anticuerpos para sobreponerse a la enfermedad.

A lo que apunto es que lo que importa no es necesariamente que nadie se contagie, sino que de a poco se vaya constituyendo un ejército de gente inmune que permita que la pandemia sea mejor enfrentada por la sociedad. Según la OMS, Organización Mundial de Salud, un 80 por ciento de quienes se contagian lo hacen con una carga viral baja (un 60 por ciento son asintomáticos); del 20 por ciento restante, un 14 por ciento son casos severos y el 6 por ciento sobrante son casos graves. Hace falta, por lo mismo, un cambio de paradigma, enfrentar el virus con una distinta actitud, con una estrategia diferente y con una más proactiva mentalidad. Quizá esta sea la única manera de evitar una más grave desgracia, es decir una mayor mortandad.

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16 abril 2020

La maldita cola de cigala *

Alguien tenía que decirlo por mí... (“darme diciendo”, como dicen en mi tierra).

* Escrito por: Arturo Pérez Reverte
   Tomado de El bar de Zenda. Patente de corso, 21 de octubre de 2019

"La verdad es que no soy gran aficionado a la comida, pero me gusta despacharla a solas: hacerme un plato de pasta en casa, o una tortilla francesa, o lo que sea, y comerlo sin protocolos mientras echo un vistazo al Hola o a los periódicos del día. Sin estar pendiente de nadie. Y eso incluye los restaurantes: sentarte a una mesa tranquila, abrir un libro y comer a tu aire mientras lees El diamante de Moonfleet, por ejemplo. O El prisionero de Zenda, que se acaba de reeditar en una edición estupenda. Incluso, si el sitio y la clientela son adecuados, pedir un aguamanil con una rodaja de limón dentro y unas chuletillas de cordero levemente churruscadas y zampártelas cogiéndolas con los dedos, como debe ser, para disfrutarlas de verdad. Sin protocolos y sin darle conversación a nadie. Comer sin Dios ni amo.

La excepción es la familia, claro. Y los amigos. Eso es otra cosa, y las comidas con ellos son agradables. Aunque tampoco es bueno abusar de los afectos. Sobre todo cuando, como en mi caso, no eres aficionado a sobremesas largas excepto en casos singulares. Ahí, la ventaja de cuando algunos compadres vienen a cenar a casa (recuérdenme que un día cuente lo de Jabois con la botella de ginebra Plymouth de mi frigorífico, o cómo Antonio Lucas me vacía sin escrúpulos las botellas de vodka Beluga) es que cuando a las dos de la madrugada me entra sueño, hay confianza de sobra para decir «a la calle, cabrones, que os llamo un taxi», y todos, con Edu, Gistau, Raúl, Juan Eslava y las legítimas, cuando vienen, se levantan y se largan sin protestar ni enfadarse.

Con todo y con eso, lo que no soporto, ni en los amigos, ni en los enemigos, ni en los que me dan lo mismo, es lo de compartir platos. Sobre todo en los restaurantes. Ahí me llevan los diablos. Eso de llegar, sentarnos varios y que cuando se acercan el maître o el camarero alguien proponga «algo en el centro para compartir, ¿no?», me repatea los higadillos. Lo del jamón ibérico o unas gambas tiene su pase, pero alto ahí. Poco más. Del resto, prefiero meter cuchara o tenedor en mi propio plato. Así que cuando alguien sugiere el picoteo común –el pintor de batallas Ferrer Dalmau es muy de eso–, me pongo en plan Scrooge gruñón y digo «yo no comparto nada, lo mío lo pido para mí». Entonces siempre hay alguien que me mira extrañado y pregunta: «¿Y los demás?». A lo que suelo responder: «Los demás podéis iros a hacer puñetas».

Pero el colmo de los colmos, lo que altera mis sentimientos gastronómicos hasta convertirlos en impulsos homicidas, llega cuando estás sentado a la mesa con más gente y alguien que come a tu lado, hembra o varón, dice esa enorme chorrada de «prueba de lo mío, que está buenísimo», ofreciéndote meter el tenedor en su plato. Y da igual que digas que no con toda cortesía, porque algunos pelmazos insisten en el asunto. «No, en serio, prueba», dicen, e incluso pinchan algo y lo ponen en el borde de tu plato para obligarte a catarlo, te apetezca o no. Sin contar los que, no contentos con eso, y sin que los disuadan tus negativas reiteradas, tu reticencia manifiesta ni tus miradas entre furibundas y criminales, tienen los santos huevos de meter el tenedor en tu plato y pinchar algo. «A ver, déjame ver qué tal está lo tuyo», dicen. Los grandísimos cantamañanas.

A veces, alguno llega a casos extremos. De entre todas las experiencias penosas que recuerdo sobre ese particular, hay una que sigue royéndome la memoria. Me encontraba en una comida razonablemente formal, con la desgracia de que a mi derecha se hallaba una señora de buenas intenciones pero más pesada y plasta que una novela de Belén Gopegui. Y la señora se empeñaba en que probase las colas de cigala al curry de su plato. «Están maravillosas», decía la prójima. Yo me negaba, defendiendo mi territorio. «No me apetece –le repetía–. Gracias, pero no me apetece». Sin embargo, inasequible al desaliento, ella insistía. Y como al final yo, desesperado, ponía los brazos en torno a mi territorio para protegerlo de su empeño, a la buena mujer no se le ocurrió otra cosa que, con un movimiento rápido, pinchar una de sus cigalas y echármela en el plato por encima del brazo, de manera que al caer en la salsa de mi estofado me salpicó la camisa. «Huy, perdón», dijo la tía. Y acto seguido, con su servilleta, queriendo limpiarme, acabó de restregar las manchas por toda mi pechera mientras yo, paralizado por el asombro, dudaba entre darle un puñetazo a ella –violencia machista, ruina absoluta– o al marido, que estaba sentado enfrente y sonreía bobalicón y aprobador. El muy gilipollas."

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13 abril 2020

Tiempo de barbijos

Hay quienes piensan que a veces utilizo palabras que no son de uso muy frecuente (“rebuscadas”, las llama uno de mis amigos). Creo yo, sin embargo, y a riesgo de que se me acuse de pedantería, que aquello, de ser así, sería preferible a que se abuse del uso repetitivo de ciertos términos (principalmente adjetivos y sustantivos), cuando existen tantas y tantas palabras, o modos adverbiales, tanto en el nuestro como en cualquier otro idioma, que hacen “increíble” (esta es una de aquellas) que personas que tienen un respetable nivel de cultura y que están expuestas a una ocasional exposición mediática no caigan en cuenta de esta carencia de prolijidad. Entre nosotros, “tenaz” es una de esas palabras, quiere decir bueno y malo, fácil y difícil, frío y caliente; cualquier cosa pero en grado exagerado (“o sea”, ¡tenaz!).

Sí, es increíble cómo se abusa, verbigracia, de la palabra “increíble”. Acabo de leer, para muestra de ejemplo, una noticia perteneciente a un rotativo digital español relacionada con el primer ministro británico, Boris Johnson, quien se encuentra afectado por la pandemia de moda, el insidioso coronavirus. Ha afirmado, quien se ha hecho cargo de sus funciones, que “el primer ministro está en manos seguras” y que “nos mantenemos detrás de él con un increíble espíritu de equipo”. Resulta obvio que lo que ha querido expresar el funcionario, es que el mencionado espíritu es muy fuerte, cohesionado o vigoroso; y no lo que la palabra por su cuenta significa: que ese espíritu es de tal naturaleza, que los ciudadanos no lo iban a poder creer.

No le resto tampoco una probable carga de intencionalidad a la descuidada frase, o incluso un doble sentido, porque es de todos conocido que las relaciones entre los miembros del gabinete británico son, justamente, todo menos armónicas; y, como lo expresa aun mejor el medio referido: tal reafirmación de unidad ha servido más bien “para alimentar sospechas que para transmitir alguna certidumbre”. Esta situación, ya que no existe una regla clara y definida respecto a quién debe reemplazar -por imprevista necesidad o caso fortuito- al primer ministro, resulta un tanto insólita, en una nación que se ha caracterizado por estar a la vanguardia, con respecto a la forma previsible y ordenada con que se manejan sus asuntos administrativos.

Pero esto resulta comprensible para los tiempos que corren. Nadie imaginó que pudiera acontecer en el mundo una situación de las características sanitarias y, sobre todo, de tan general paralización de actividades y confinamiento, como la que estamos viviendo. Por lo mismo, y frente a la ausencia de normativas específicas para situaciones imprevistas, abundan por doquier interpretaciones arbitrarias nunca exentas de subjetivismo.

De vuelta al propósito de este escrito, conjeturo que todos estamos aquejados, de alguna manera, por esta innecesaria repetición de palabras de significado indefinido. Sé de un colega a quien alguna vez endilgaron el mote de “El impresionante”, pues desde un buen día adquirió la inveterada costumbre de utilizar en forma cadenciosa el referido calificativo (“im-pre-sio-nan-te”); así fue como, casi sin proponérselo, este pasó a convertirse en su nombre intermedio o, quizá, en su segundo apellido. De igual modo, tuve también una pareja de buenos amigos, a quienes los chuscos endilgaron el remoquete de “Los espectaculares”, por su abuso indiscriminado del pegajoso adjetivo. Quizá nadie esté exento; yo mismo creo que abuso de ciertos adjetivos.

Al respecto, revisaba en días pasados, una brillante exposición relacionada con la frágil unidad española (el tema de las autonomías), que había hecho hace un par de años, ese genial periodista e intelectual español conocido como Alfonso Ussía (España, ¿mito o realidad? Letras en Sevilla III - “Las reaparecidas esquinas del odio”); quien explicaba  porqué se resistía, y siempre se resistió, a usar la palabra maravilloso.

Todo esto sucede y nos pasa en tiempos que son diferentes. Y lo son porque, como yo ya escuchaba de muchacho, “hay un tiempo para todo, hasta para que los tiempos se junten”; y vaya que se han juntado, dando paso al tiempo de este enemigo mortal e invisible, pertinaz y silencioso. Son tiempos de guantes quirúrgicos y barbijos, de lenguaje gestual y distancias impuestas, de teletrabajo y confinamiento obligado. ¿Quién lo hubiera anticipado?; y, aun si lo hubiera, ¿quién le hubiera creído? Esto me recuerda las “temporadas” que se creaban con los pasatiempos en la escuela. Hubo tiempos de trompos, de cromos y de bodoqueras; los hubo de carreras de bolas, de horquetas y de “zumbambicos”; los hubo “de monas” y hasta de cometas.

Estos son tiempos de cuarentena y aislamiento, llevados con un rigor que hoy se nos antoja inejecutable para la arrogancia de nuestros días. Hay quienes comparan estas medidas con otras formas de “reclusión”, como el arraigo domiciliario, el exilio o el destierro. Proponemos que la palabra más adecuada para definir lo que nos ha tocado en suerte, es la voz confinamiento. Pero es imposible no advertir con ella el parentesco etimológico que existe entre el vocablo confín (con el sentido de límite, alejado, lejano o recoleto) y esa otra palabra que define nuestros actuales contratiempos; con todas sus restrictivas circunstancias, sus protectores plásticos para las manos y sus mascarillas; y, claro, con nuestro impredecible e inopinado predicamento...

Este es el inesperado y sorprendente tiempo que nos ha tocado vivir… Sí, ¡qué tiempo!

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04 abril 2020

“La cuenta del notario”

Le decían el “Loquito”. Él utilizaba la frase con frecuencia, aunque creo que lo hacía con un sentido no solo inexacto sino, además, incorrecto. Estoy convencido de que para él, aquello de “la cuenta del notario” representaba una especie de fondo abierto, un respaldo financiero para ser usado a discreción; aquél constituía un fondo inagotable hacia el que ni siquiera quedaba la obligación de que se lo tuviera que reponer o que se lo tuviera que reembolsar. Desconozco si mi querido hermano tenía la persuasión de que los notarios eran individuos cuyo oficio les permitía ir por el mundo prestando dinero, indiferentes a la posibilidad incierta de que se les pague nuestras deudas o de que su peculio ya no se pudiera recuperar.

Tampoco sé si él asociaba este peculiar concepto con el del conocido tango*, pues siempre es probable que haya tratado de transliterar su texto. No es difícil confundir notario con aquella otra voz (otario) perteneciente al lunfardo argentino, palabra que se utiliza por allá para referirse a todo aquél que se quiere dar de generoso y que termina quedando de tonto útil por querer presumir de gastador. El otario, así, sería aquel individuo que paga las cuentas ajenas por el solo aspaviento de parecer adinerado, por fingir de acomodado ante los ojos de quienes se dejan impresionar; él es el gastador o el “paganini”, tan ingenuo que se da el lujo de mantener una cuenta de incobrables, a sabiendas de que nunca le han de querer pagar.

Es posible que así fuera por el mundo mi inolvidable hermano, convencido de que eso era lo que proclamaba el contradictorio tango; con aquella su letra sórdida, que entremezclaba un valor como la gratitud con la abyección del burdel y el arrabal. Por ello, y reflexionando al canto en esa probable confusión -entre los términos notario y otario-, he recordado, otra palabra parecida, un nombre propio que quizá exista en nuestro idioma, y qué tal vez esté emparentado con Lothar, nombre que es muy frecuente en otro idioma europeo: el alemán.

Yo era todavía pequeño cuando debía escoger por cuenta propia, alguna tarde de sábado, la barbería en donde habría de irme a cortar el cabello. Existían en el barrio de San Blas, sector donde transcurrió mi infancia y mi primera adolescencia, un par de peluquerías: la una, que era la mejor dispuesta entre las dos, pertenecía a unos hermanos de apellido Romero; la otra, un poco más modesta, estaba ubicada en la bajada de la calle Montúfar, junto a un almacén de calzado deportivo llamado “Pichurca”, en la planta baja de ese enjuto edificio triangular que aún se conoce con el apodo de “Calé de queso”. Este era un establecimiento más económico; por ello, los resultados de las tareas encomendadas, no siempre estaban garantizados. Así y todo, lo preferíamos, porque en este modesto local podíamos encontrar una más generosa variedad de revistas de historietas, los llamados “cómics” (“tebeos” les dicen en España), o “penecas” como les llamaba, no sin cierto desdén, mi propia abuela.

Puede decirse, por lo mismo, que no era que íbamos a “peluquearnos”, y que, de paso, aprovechábamos para hojear una revista de caricaturas; sino que, más bien, íbamos allá (realmente matábamos toda la tarde) “para ponernos al día” con aquellas revistas recién publicadas y que, en el ínterin, aprovechábamos para, de pasada, cortarnos el cabello... No recuerdo muy bien si fue en las revistas del Fantasma (“El duende que camina”) o en las de un personaje peinado con gomina y que lucía un bigotito bien cuidado, y que además ejercía de mago y respondía al nombre de “Mandrake”, que existía un personaje caracterizado por su sentido de la lealtad y por su nunca bien ponderado físico. Obedecía al jamás escuchado nombre de Lotario. Ni notario ni, tampoco, otario; así, simplemente Lotario.

A propósito de los olvidados penecas, parece que, por algún motivo, así se dio en llamar, desde un indefinido día, a todas las revistas de historietas infantiles (peneca quiere decir niño o chiquillo); esto habría sucedido porque había existido una revista infantil, que era publicada en Chile y se conocía como “El peneca”. Esta habría sido una de las primeras revistas infantiles. Dicha publicación habría dejado de imprimirse hacia finales de los años cincuenta (aunque yo personalmente nunca la llegué a conocer). La desaparición de la revista habría dado paso a la proliferación de todas aquellas otras publicaciones que relataban las hazañas de aquel palmarés de héroes que alegraron los días de nuestra infancia (y, desde luego, de aquellas tardes de sábado de peluquería). Hubo casas en las que no se toleraban estas coloridas ediciones, como fue la mía, pues se aducía que nos distraían de nuestras tareas educativas; tal fue la intransigente rigidez con que se nos educó por aquellos años...

Al final, nunca supimos qué sentido tenía, para el Loquito, aquella su particular “cuenta del notario”; lo que pronto nos dimos cuenta era que cualquier cosa, todo mismo, podíamos cargarlo a la inagotable cuenta de su propia, desproporcionada y desbordante generosidad.

* Tango “Mano a mano”. Letra: Caledonio Esteban Flores. Música: Carlos Gardel.

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28 marzo 2020

“Insieme, senza paura”

Este es el eslogan con que el pueblo italiano está enfrentando su desgracia: “Juntos, sin miedo”... Visto, de pasada, este parecería un mensaje contradictorio e inclusive paradójico, imaginen ustedes estar juntos cuando lo deseable sería, en estos momentos, que todo el mundo debería encontrase aislado. Pero el mensaje no es realmente una invitación a juntarse, sino más bien una exhortación al apoyo mutuo, constituye una invitación a la solidaridad, a que hagamos colectivamente el sensato esfuerzo de construir un cerco que pueda romper con la vulnerabilidad a que nos ha sometido esta invisible e inesperada pandemia que hoy está azotando al mundo.

Son ya más de 60.000 contagiados solo en Italia donde las cifras superan las 5.000 víctimas (sería el único país con más muertos que China, si la información proporcionada por el país asiático es verdadera); y pensar que todo este colosal contagio ha sucedido en tan solo cuatro semanas, en un país del primer mundo... No hay que olvidar que Italia puede ser considerado como un país “preparado” para este tipo de emergencias; al fin y al cabo, solo son 75 años desde que enfrentó los efectos directos y las secuelas de la Gran Guerra.

Es interesante revisar el efecto que han tenido
las pandemias para la humanidad. Estamos enfrentados a virulentos (nunca mejor definidos) contagios de carácter global; y lo irónico es que estas desgracias se han transmitido, en gran parte, por culpa de factores estimulados por la sociedad de consumo y por el avance de la tecnología. En su tiempo, estas formas de contagio colectivo solo sucedían en regiones, digamos que en áreas constituidas por pocos países, afectando quizá a un par de continentes; hoy, mientras tanto, debido a la existencia de medios modernos, rápidos y, sobre todo, masivos de transporte, la posibilidad de contagio aumenta exponencialmente. Y, claro, los resultados son obviamente inesperados, profundamente dramáticos!

Cuenta Tucídides que ya en el 430 a.C. se habría desatado una mortal epidemia en Grecia que habría costado 150.000 vidas (entre ellas, la de Pericles), la plaga se habría iniciado en Etiopía. Más tarde, alrededor del 1350, vale decir unos 150 años antes del descubrimiento de América, la peste negra habría matado hasta un tercio de la población europea, unos 30 millones de personas; y se calcula que habría terminado con la vida de otros 40 a 60 millones entre Asia y África. Científicos e historiadores parecen no haberse puesto de acuerdo en si la transmitieron las ratas o algún otro tipo de roedor que no se ha determinado. Una de sus principales manifestaciones externas era la aparición de enormes ampollas pestilentes (casi del tamaño de un huevo) en los ganglios linfáticos de las víctimas, esto es en la ingle, las axilas, el cuello y detrás de las orejas.

Poco más tarde apareció una nueva epidemia de similares características. La llamaron peste bubónica, no porque sus víctimas mostraran también bubas o bubones, sino porque esas horribles pústulas, una o dos, solo aparecían en las ingles de los infectados (“bubón” es una palabra de origen griego que quiere decir ingle). La peste bubónica también mató a mucha gente, pero no tuvo ni la velocidad de contagio ni el índice de propagación que tuvo la anterior. La peste bubónica era transmitida (y lo es todavía) por pulgas que parasitan a las ratas que, durante estas pestes, deambulaban moribundas por calles y plazas. Hay quienes piensan que estas dos últimas plagas fueron episodios distintos de la misma ocurrencia.

Nadie sabe cuál fue el daño real que produjo en el siglo XVI otra epidemia, la viruela, un virus existente en el ganado euroasiático (“vacuna” es un término que fue acuñado más tarde, y que está emparentado con la palabra vaca): la viruela por poco extermina a los indefensos pueblos aborígenes recién conquistados en América (quizá 50 de los 300 millones de víctimas que habría cobrado en total). Lo que sí se sabe, es que durante la Primera Guerra Mundial, una gran epidemia asoló Europa y exterminó a otros 50 millones de personas. Como suele suceder en estos casos, la ironía quiso que la llamaran “fiebre española”, todo debido a que, habiendo sido España un país neutral en la guerra, había procesado información no solo relacionada con su extraña difusión y vertiginoso contagio, sino también respecto a su existencia.

Con el paso del tiempo, han ido apareciendo otras pandemias devastadoras en el planeta (Ébola, SIDA y SARS son algunos ejemplos); sin embargo, mucho ha ayudado el formidable avance que han tenido tanto la ciencia como la medicina. Mas, como queda dicho, la globalización ha producido una impensada vulnerabilidad para el ser humano debido a la facilidad con que los virus y bacterias pueden transportarse alrededor del mundo. Esto ha ocasionado que, como sucede con la actual pandemia, “coronavirus” o COVID-19, se haga indispensable tomar drásticas medidas que exigen recluir a las personas en sus hogares, todo con el propósito de evitar una rápida propagación antes que sea difícil de controlar.

No basta con la solidaridad, sin embargo, cuando el pánico se convierte en colectivo...

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19 marzo 2020

Eso de cazar “tilingos”

Es el Raulito una de las personas más honestas y serviciales que he conocido. No solo que se preocupó de proporcionarme la dirección del oftalmólogo; la verdad es que no estuvo contento hasta que se aseguró de que el médico me había concedido la cita esa misma tarde. “Sigues todavía viendo tilingos”?, me preguntó, en relación con esas como telarañas que, intempestivamente, se me habían presentado, sin previo aviso, en la visión del ojo izquierdo desde el jueves por la noche. No se me habría ocurrido, hasta que desconecté el teléfono, que aquellos supuestos “tilingos” eran algo que sí se podía ver. Siempre se me ocurrió que aquello de “cazar tilingos” era justamente una manera tonta de perder el tiempo, querer cazar algo imposible de ver; tratar de atrapar, o empeñarse en atrapar, algo que todos sabían que no existe...

“Fijo que es una palabra inexistente en el diccionario, postulé
. Solo para descubrir, a renglón seguido, que “tilingo” era una palabra utilizada con otro sentido en los países del sur del continente (persona insustancial, que dice tonterías y suele comportarse con afectación). Es más, el DRAE presentaba adicionalmente otra expresión adverbial que se utiliza justamente en nuestro país, aquella de “cazar tilingos”, con el curioso sentido de “pensar en las musarañas”... Y, entonces, ¿qué son las musarañas, papito? Pues, nunca se me hubiera ocurrido que no eran lo que siempre creí (una especie de telaraña), sino un pequeño mamífero, emparentado con el topo, una especie de diminuto ratoncito de trompa alargada que creo no haber visto nunca antes en mi vida.

Acudí entonces a mi flamante Diccionario de Ecuatorianismos, “El habla del Ecuador”, de nuestro siempre recordado y dilecto amigo Carlos Joaquín Córdova. Ahí, en ese prodigioso texto, de preciosa y elegante edición, estaba (¡cómo no!) la escurridiza palabrita; y, para colmo, con dos interesantes acepciones. 1. Tilingo. // cazar tilingos. fr. coloq. Ecuad. pensar en las musarañas (lo mismo que en el DRAE); y 2. Tilingo. s. Ave canora de la Costa de plumaje negro. // cazar tilingos. fr. fig. fam. Holgazanear. cf. (comparar con) pastar chirotes. Palabra, esta última, que -luego de prolongada disertación- señala Carlos Joaquín, que aquello de “mandar a pastar chirotes” (frase adverbial que yo mismo escuché de niño, más de una vez, en la Sultana de Los Andes), equivale a la locución figurativa familiar usada en Cuenca: “mandar a una persona a paseo”, o “mandar a una persona con viento fresco”. Pero, chirote en sí, sería una ave canora o, quizá, una especie de pardillo, de canto dulce.

Sea lo que sea, aquí me encuentro hoy, en estos días de aislamiento obligatorio exigidos por la emergencia sanitaria producida por el nunca invitado coronavirus, enfrentando -a más de los efectos de la restricción de la movilidad, que de por sí ya es una manera de “cazar tilingos”- la circunstancia de que, por un inopinado problema en la visión, estoy literalmente cazando o, mejor, tratando de eludir, unas como nubecillas que, sin razón o motivo aparente, se me han aparecido en uno de mis ojos. “Moscas volantes” o, también, “flotantes” es cómo las conoce la gente; “miodesopsias”, en lenguaje médico, es como las conocen los facultativos. Son estas unas como lanitas o telas de araña, diría yo; o, más bien, unas como algas movedizas que siguen los variables caprichos inestables del “vítreo”, un gel o sustancia acuosa que forma el núcleo del ojo.

Por coincidencia, he pensado, este mismo día, en lo ocurrido la tarde de ayer en el aeropuerto de Guayaquil. He meditado en aquella otra forma de “cazar tilingos” o, si se prefiere, en lo que sería otra acertada interpretación de la misma frase: en “no atinarle una”. Me refiero a la arbitraria, inconsulta e irresponsable decisión del Cabildo porteño de obstruir, de la manera más burda e incivilizada, nada menos que la propia pista principal del aeropuerto internacional, utilizando para el efecto camiones y un par de decenas de vehículos, todo con el propósito de impedir que aterricen en esa facilidad dos vuelos pertenecientes a dos conocidas aerolíneas europeas; se lo ha hecho con el pretexto de impedir que las aeronaves involucradas desembarquen pasajeros que supuestamente venían a bordo de esos aparatos.

El asunto no deja de tener su “guasa”; pero, si bien se lo piensa, constituye un deliberado acto de sabotaje que está reñido con los convenios y acuerdos aeronáuticos internacionales. No puede ser considerado sino como un “acto de interferencia ilícita”, una disrupción intencional del flujo ordenado y seguro que es el del tránsito aéreo. A más de configurarse como una acción contra un sentido humanitario, es una clara contravención que ha puesto en riesgo la seguridad aérea. ¿Qué hubiera sucedido si el aparato, o los dos, no podían dirigirse, sea por asuntos técnicos o condiciones climáticas a otros destinos? ¿Era preferible, acaso, que sucediera una catastrófica tragedia? En este caso, una simple actitud obcecada e imprudente pudo haberse convertido en un acto criminal. Lo que puede conseguir la ignorancia, cuando va de la mano de la impertinencia...

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