15 julio 2020

El espíritu aeronáutico

Les dicen lugares comunes o muletillas, son voces o expresiones que las repetimos por hábito. Echando mano de un galicismo, ya refrendado por la Academia, ahora se les puede llamar clisé o cliché. Dicen, por ejemplo, que el hombre es un animal capaz de pensar, o tal vez de reír o quizás de recordar; pero, si de algo es de verdad capaz el hombre, por definición, es de cometer todos los errores imaginables, y no cansarse de repetir todo tipo de estupideces... Esta semana, me han hecho llegar la reseña de un accidente aéreo, ocurrido en Bogotá, hace 22 años; ha sido suficiente para recordar la última sentencia.

Sucedió un 20 de abril de 1998, cuando un avión de TAME, que se identificaba como Air France 422, se estrelló luego del despegue en una colina que solía albergar al radiofaro de Techo, en él área terminal de esa ciudad. Hubo 53 fallecidos. ¿Que, qué pasó? Pues, otro accidente, uno más, de esos que en inglés se conocen con las siglas CFIT (se pronuncia “Cifit”). Quiere decir: Controlled Flight Into Terrain, lo que significa “Vuelo Controlado Contra el Terreno”: consiste en un accidente que sucede cuando sin motivo aparente, un aeroplano en perfecto estado, con buen clima, es conducido -como por intención- a colisionarse contra una montaña.

Aunque, claro, no era esa la pregunta que se debería hacer. Lo que de verdad se debería preguntar es “por qué” sucedió lo que pasó. ¿Cuál pudo haber sido la causa? La respuesta suena como muy simple: los pilotos no dieron importancia a las alturas mínimas que debían superar y se preocuparon primero de acelerar el avión, mientras mantenían la altura, desdeñando la elevación que tenía la montaña a la que se aproximaban. Impactaron el cerro a 10.100 pies de altitud, 400 pies (unos 130 metros) por debajo de la cima de la colina. Se lo crea o no, por tratar de acelerar pronto, descuidaron la altitud y menospreciaron la montaña...

Fue cuando leí un comentario que me hizo pensar en el abuso con que muchas veces, por el solo prurito de justificar, utilizamos aquellos lugares comunes. Comentaba un querido amigo que el accidente habría ocurrido por ausencia de “crew coordination” (coordinación de la tripulación) cuando, aunque ésta hubiese existido, de todos modos el avión hubiera impactando la montaña. Los pilotos simplemente no le dieron importancia al peligro. En una zona montañosa -y esto es lo inaudito- subestimaron la presencia de la montaña.

¿Por qué se cometen tan crasos errores? Se supone que nadie los quiere cometer a propósito, nadie quiere estrellarse intencionalmente contra una montaña “de a de veras”. ¿Qué pasa por la cabeza de estos individuos? O, para ponerlo en la debida perspectiva: ¿Qué no les pasa? ¿qué es lo que no procesan debidamente? Es difícil responder. Existe toda una lista de factores que influyen y que, una vez que se juntan, se agravan: falta de disciplina, carencia de sentido profesional, falta de cultura operacional, ausencia de conciencia de situación, incapacidad para evaluar los riesgos, exceso de confianza...

Pero, hay algo más. Entre los distintos comentarios que pude leer, destacaba uno en particular. Decía que “no era bueno juzgar”, pero que todos debíamos aprender de los distintos accidentes… Esto lo expresaba otro piloto, en este caso un importante ejecutivo, alguien con la autoridad administrativa para evaluar, concluir e incluso sancionar; en suma: la facultad de tomar las medidas para evitar que un error, violación o irregularidad vuelva a ocurrir, la efectiva potestad para prevenir que vuelva a suceder lo mismo. Dicho de otro modo: ¿cómo aprendemos, si no nos atrevemos a juzgar? ¿Cómo podremos elaborar una hipótesis y llegar a una conclusión, si no juzgamos qué pudo haber pasado, o qué ocurrió con lo que terminó convirtiéndose en un desastre aéreo?

Al respecto, yo preguntaría: ¿por qué no se debe juzgar?, ¿qué de malo tiene hacer un juicio o emitir una opinión? Sobre todo, si tiene un fundamento coherente y sólido. ¿No es eso justamente lo que hace falta para generar una normativa o para idear una nueva solución?, ¿no es eso lo que se requiere para evitar que ocurra un nuevo accidente? No hacerlo, ¿sería de veras lo más adecuado y responsable?... En estos días me he convencido que si tenemos un criterio respecto a lo que ocurre, y que tiene que ver con la seguridad aérea, si no lo expresamos es irresponsable. Y que si tenemos que criticar y no lo hacemos, por temor o prejuicio a que piensen que juzgamos –si sabemos que tenemos la razón- es solo una lamentable hipocresía.

Si los accidentes (los relacionados con factores humanos) siguen pasando por culpa del descuido, la falta de prolijidad o la simple estupidez, la alternativa es el valor profesional, la maestría para volar, el llamado espíritu aeronáutico (nunca pude traducir en forma satisfactoria la palabra “airmanship”). La única alternativa posible es el poder integrar la técnica, la conciencia del entorno y las propias capacidades que puede tener el aviador, y fundirlas en el crisol de la disciplina. Solo cuando conjuguemos el buen juicio, la destreza y el conocimiento, recuperaremos el viejo paradigma del espíritu aeronáutico. Solo ahí venceremos sobre los efectos del error y la estupidez. Pues, así como los accidentes ocurren como resultado de una cadena de errores, el profesionalismo nunca es fruto de la casualidad. Es un edificio que se debe diseñar, es un templo que se tiene que construir...

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11 julio 2020

Cantos de sirena

Se ha ido Otto Sonnenholzner. Se ha ido insinuando que lo hacía para demostrar a sus detractores que el meritorio desempeño que venía cumpliendo nada tenía que ver con una eventual aspiración política. La acción, sin embargo, lejos de desvirtuar ha validado los resquemores de aquellos reparos y críticas. Si lo que realmente quería el vicepresidente era dejar de una vez en claro que su, hasta aquí, magnífico desempeño no estaba vinculado a su promoción proselitista, mal hizo en dejarse seducir, y luego de ello transigir, ante los cantos de sirena de la oportunidad política.

En efecto, si lo que Otto quería (así quiere que lo llamemos) era demostrar que su actividad cotidiana nada tenía que ver con una inmediata veleidad política (a la que nadie puede negarle derecho), lo único que tenía que hacer era continuar en su función como vicepresidente o pedirle al presidente Moreno que lo libere de las tareas que se le había delegado; pero en cualquier caso, tenía que mantener el compromiso al que en algún momento prometió adherirse. Eso, era todo lo que tenía que hacer. Y no sucumbir a los improvisados embates del engreimiento.

Si decidió renunciar, el mensaje que en la práctica entregó, fue que lo hacía porque efectivamente tenia una mayor y más alta ambición. Es probable que, en alguna parte del camino, se haya dejado subyugar por un espejismo, aquella melodía del servicio; melodía que casi siempre se escribe sobre el pentagrama de la popularidad y que, asimismo, nunca deja de burilarse con las siete notas de la adulación ajena (no deja de sorprender que vanidad también se escriba con siete letras). Lo que sí nos consta es que esa, hoy novedosa aspiración, no la tuvo hace un par de años, cuando nadie todavía lo conocía, cuando todavía se nos hacía difícil pronunciar su apellido, cuando su imagen, ajena a la política, ayudó a que vayamos reconociendo su valía.

Pero... no hay “cantos de sirena” sin que estas criaturas efectivamente existan. No hay seducción sin seductor, ni embrujo sin pitonisa. Parece que en la antigüedad las sirenas eran más bien una mezcla de fémina y pájaro; mas, con el paso del tiempo, con el advenimiento de la Edad Media, estas sirenas fueron convirtiéndose en criaturas marinas, con el cuerpo de una hermosa doncella y la bifurcada cola de un pez sensual y escamoso. Empero, el embeleso de la sirena no emanaba de su figura sino de la pérfida seducción de su melodía. No asombra que su misma etimología lo sugiera: “criatura que ata y desata, que subyuga y encadena “...

En cuanto a la expresión “canto de sirena”, viene de una frase contenida en la Biblia, en el libro de Isaías. Se la recoge en la Vulgata, la versión escrita en latín corriente que fuera encargada a san Jerónimo por el papa Dámaso I; esta habría sido traducida directamente del griego y del hebreo, adaptando segmentos de la versión griega conocida como Septuaginta. Desde temprano la sirena se inscribe en la imaginación del hombre como aquel híbrido de apariencia pisciforme que tiene el atributo de embelesar con sus aduladores cantos a los cándidos marineros. Por otro lado, sirena pudiera ser una voz que tiene un origen semítico: “sir” significa canto...

Sea lo que sea, el marinero de esta Odisea se llamaba Otto, había hecho su llegada como un desconocido, cual extraño y casi como advenedizo; pero había recibido los augurios de los oráculos y de las sibilas. Otto había aparecido de improviso, como empujado por una benigna y vigorosa brisa de barlovento y, hábil, se había presentado, él mismo, como un viento distinto y fresco. Entregó con discreción sus credenciales, logrando enseguida ganar una imagen de sencillez y de prestancia; supo, desde el principio, combinar sus ejecutorias y su capacidad con un sentido de raro compromiso. A diferencia de sus predecesores, supo promocionarse como alguien en quien se podía confiar, no irradiaba aquella mortecina sombra de indelicadeza.

Por lástima, ese es justamente el antecedente que no se puede desconocer. El ex comunicador no vino solo como un nuevo vicepresidente que, además, no había sido elegido en las urnas; sino como un personaje escogido ad-hoc (y que, además, había sido escogido a dedo), que había llegado para reemplazar, por el tiempo que todavía faltaba, a otros dos funcionarios que habían sido destituidos por su implicación en turbios tramas de incorrección o por desaprensivas acciones en la gestión pública. El vino “para quedarse hasta terminar”, y no para, tan pronto como veinte meses después, renunciar porque se dejó tentar por el dulce canto de las ninfas.

Sonnenholzner pudo haber esperado. Estuvo haciendo un valioso papel, se había ganado la simpatía de medio país; pero su tarea aún no había concluido. Me pareció que dijo algo un tanto confuso en su discurso de despedida; la mala construcción de una frase tal vez abrió la posibilidad para que hubiese existido un lapsus en su elocución: “Al presidente de la República siempre le agradeceré -dijo- su esfuerzo por dar los primeros y difíciles pasos para sacarnos de ese modelo fracasado que solo busca destruir y tiene sumido en la pobreza y la desolación al pueblo venezolano” (?). Quizá hubiese quedado más claro si, luego de aquel “destruir”, habría completado: “y que, en otro lugar de América, tiene sumido...” Creo que se oyó ambiguo. Sí, sonó equívoco.

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08 julio 2020

Una factura escondida

No es un país enorme, pero está densamente poblado. Pakistán es un país musulmán que tiene más de 200 millones de habitantes; de hecho, es uno de los cinco más poblados del mundo. Recuerdo haber leído que su nombre es realmente un acrónimo que representa las regiones que lo constituyen (Punjab, Afghan, Kashmir, Indus, Sind y Baluchistán). Ello, sin embargo, pudiera ser una explicación antojadiza y carente de autenticidad; “pak” quiere decir “puro” en urdu, el idioma que se habla ahí. En cuanto al resto del nombre (istan), es un sufijo heredado del sánscrito, un antiguo idioma, en el que significa “patria, tierra o lugar”.

Sus principales ciudades son Karachi y Lahore, que tienen dieciséis y doce millones de personas. Hace pocas semanas, PIA, Pakistán International Airlines, sufrió un catastrófico accidente en un vuelo entre las dos ciudades. La tragedia está ahora inscrita en el catálogo de los accidentes escogidos por los organismos de seguridad aérea, como episodios que enseñan como no se debe volar un avión y que alertan como, por efecto de una cadena de inconcebibles errores, se perfilan las causas últimas para que se produzcan estos estúpidos accidentes. Ellos son solo la secuela del atolondramiento, la falta de entrenamiento y la carencia de adecuada planificación.

El vuelo PK8303, un Airbus A320, debía cubrir la ruta entre los dos aeropuertos (una hora y media de vuelo). Debido al diseño de la aerovía (una “pata de perro” o una L), es frecuente que antes de la mitad del trayecto, el centro de control autorice a volar directo al punto de inicio en la aproximación final. Esto pudiera significar un recorte considerable e inesperado para la distancia que se tiene todavía que recorrer. A pesar de ello, si hubiese existido la debida conciencia situacional, esto no tenía porqué influenciar en el oportuno inicio de descenso (incluso en caso de un eventual viento de cola). Lo cierto es que, por una u otra razón, el vuelo no inició su descenso en el momento adecuado; no se puede descartar tampoco una autorización que vino retrasada.

Cualquiera que sea el caso, el descenso se inició tarde o los pilotos no cayeron en cuenta que se habían quedado demasiado altos, al punto que fueron advertidos en forma reiterada por parte del control de su inconveniente situación (su altura relacionada con la distancia al aeropuerto). Frente a ello, se habrían visto abocados, en forma imprevista, a utilizar todos sus recursos para corregir la desviación y para evitar más tarde una maniobra circular que les haría perder unos cuantos minutos de tiempo. Amén del estigma que para algunos pilotos representa aquello de “tener que dar una vuelta para descender”; asunto que pudiera ser visto como una falta de adecuada planificación. Esto pudo requerir lo que se aprecia en el reporte: la extensión prematura del tren de aterrizaje.

Así, por largo trecho, su concentración habría estado enfocada en recuperar la gradiente lo más pronto posible. Encerrados los pilotos en aquel túnel de atención, tampoco habrían logrado ejecutar lo planificado. Más tarde, cuando el piloto que volaba comprobó que sus esfuerzos eran infructuosos, parece que volvió a solicitar la extensión del tren de aterrizaje, sin caer en cuenta que este ya había sido extendido… Este bien pudiese ser el punto central del episodio. Si hay algo confuso e inexplicable, en todo el desarrollo de esta parte del vuelo, es por qué, si todavía estaban muy altos, lo tuvieron que volver a retractar. ¿Es acaso probable que se haya confundido el segundo piloto, y creyendo que había mal entendido, haya optado por retractar el tren?… Aquí puede estar el meollo de la cuestión; algo sucedió, algo que no solo fue contraproducente, sino que tuvo el indeseado efecto de alterar la conciencia situacional de quien venía volando la aeronave…

En este punto, el prejuicio de “no quedar mal” no permitió a quien volaba, optar por un recurso alternativo: circular antes de, o sobre, el punto inicial de aproximación, con el objeto de obtener una altura adecuada, reducir la velocidad y estabilizar la aproximación, y no olvidar que aún no habían extendido el tren de aterrizaje. Era tal la concentración en reducir la altura, y luego la velocidad, que no advirtieron a tiempo que todavía no lo habían extendido. Así, empecinados, como estaban, por continuar con un trayecto directo hacia la pista, los pilotos no reaccionaron frente a las continuas advertencias que recibieron de la altitud y de la configuración del avión.

Fue solo luego de "topar ruedas" (perdón por la involuntaria ironía), que se percataron que lo habían hecho sin haberlas extendido. Entonces decidieron algo comprensible pero fatal: volverse al aire, incluso luego de ya haber aplicado las reversas… Ahí, el roce de los motores con la pista, quizá produjo daños inimaginables en las turbinas; dos minutos más tarde los motores dejaron de funcionar: ya no pudieron proporcionar el empuje necesario para asegurar la sustentación del aparato y su retorno al aeropuerto. Y ya, sin potencia, el bimotor no consiguió continuar y se precipitó sobre un zaguán, a solo kilómetro y medio de la pista en la que debía concluir el desafortunado viaje. Qué lastima, un avión en perfectas condiciones, quizá sin tener que enfrentar factores adversos de clima, sin necesidad ni motivo, terminó en un inaudito y catastrófico accidente. Qué desastre!

Alrededor de cien personas perdieron sus vidas. Triste epílogo para un atolondrado episodio caracterizado por la testarudez y el apresuramiento. Pocas semanas después del accidente, las autoridades han descubierto una generalizada red de falsificación de registros de entrenamiento, y de alteración de certificados aeronáuticos y de bitácoras de vuelo. Está claro que estas cosas pasan no solo porque existan “sapos vivos”, sino porque la astucia florece cuando estos personajes descubren que el sistema carece de un control adecuado... En esta criminal e increíble situación parecería estar involucrado un elevado porcentaje de aviadores de la propia Pakistán Airlines.

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04 julio 2020

El embrujo de los anzuelos

Hoy conversaba con gente linda a quien quiero mucho, gente querida de toda la vida. Les comentaba que me he dado cuenta que hay palabras que no vienen a la memoria cuando se las quiere utilizar. Es como si algo en nuestra mente bloqueara su recuerdo y haría difícil recuperarlas cuando se las precisa. A veces me he propuesto anotarlas, para tenerlas a mano y poderlas recordar (casi siempre son las mismas). Aún así, las sigo olvidando cuando las quiero pronunciar; se me siguen escapando, justamente cuando más las necesito. Me he preguntado si hay algo en común que haga que no se las pueda recordar, o si -de alguna manera- ellas pudieran estar relacionadas. Como los olvidos se repiten, me parecería que pudiera haber una relación entre esas voces causantes de tan curiosas y selectivas desmemorias.

He podido advertir, al revisar estas ingratas como elusivas palabras, que no todas son de uso infrecuente. Además, pudiera ser fruto de la casualidad, pero la mayoría parecería tener un mínimo de cuatro sílabas. Entre ellas existen voces como vulnerable, superstición, impotencia o refectorio (no son ni las únicas ni las principales, aquí las menciono solo a manera de ejemplo). He conversado con gente familiarizada con el ejercicio del psicoanálisis o, debería decir, con el conocimiento de ciertos freudianos métodos, y ellos me ha confesado que estos olvidos pudieran estar relacionados con los caprichos que suele tener el subconsciente; y que dicho estudio bien pudiera, incluso, estar emparentado con la interpretación de los sueños...

Los entendidos, en tan reservada materia, parecen insinuar que la mente bloquea, en forma espontánea, el recuerdo de palabras que reflejan nuestros temores o complejos. Comprendo que aquello pudiese justificar nuestros olvidos con palabras como un par de las arriba mencionadas (me refiero a vulnerabilidad o impotencia), pero ello no alcanzaría para explicar qué tendrían que ver, las otras enunciadas (superstición o refectorio), con un probable trauma... Ni tampoco, aquello de que estas pudieran referirnos a lo que por ahí han dado por llamar con el oficioso eufemismo (otra palabra más) de “oportunidad de mejora”... ¿Cómo se explicaría el supuesto trauma, en la dificultad de recordar términos equivalentes a superchería o comedor?

Es, en ocasiones como esta, cuando se hace muy provechoso echar mano de un desperdiciado y poco utilizado recurso. Se trata de una subutilizada herramienta, aun al costo de que, al hacerlo, se denuncie nuestro eventual artificio. Y aquí, Google es la oportuna respuesta. ¿Cómo hacer para poder recordar, por ejemplo, una voz que englobe el significado de “sentirse incapacitado para ayudar, para hacer algo o reaccionar”? O, ¿cómo decimos -para muestra de ejemplo- cuando resolvemos que ya no hay nada que se pueda hacer, frente a determinada condición o circunstancia? Es ahí, cuando no nos queda más que conjugar el recién inventado verbo “googlear”; es decir, el utilizar Google para consultar o facilitar nuestra investigación.

Pero, eh ahí que mientras me apoyaba en Google para tratar de rescatar la palabra “impotente” (que era la que había olvidaddo), sucede que me introduje, sin habérmelo propuesto, en otros inesperados e inexplorados vericuetos. “Cuando no hay nada que hacer”, es lo que escribí; solo para, de inmediato, descubrir que había aparecido una serie de disímiles como infinitas respuestas. Sin embargo, hubo una que captó de súbito mi atención; se refería a algo que decía el autor: que detestaba a los escritores que hablan de otros escritores.

De pronto, algo que se hubiera considerado como un gesto de reconocimiento hacia algo mejor o ajeno, o quizás como una eventual nota de humildad, pasaba a interpretarse como una expresión de egoísmo excluyente hacia quienes optan por referirse a otros que comparten sus intereses o preferencias. A pesar de no estar de acuerdo con tan ligera declaración, insistí en continuar con la lectura de lo que, hasta ahí, parecía tratarse probablemente de un cuento. Estaba escrito por alguien que respondía al nombre de Gustavo Albanece (presumo que es argentino). Así llegué hasta lo que parecía el fragmento de un incomprensible e incongruente poema, o quizá el extracto de una extraña nota, incluida en forma de epígrafe. Tal había sido mi inmediata percepción:

«Lentamente caen las hembras melancólicas al río. Hay veces que setiembre es una fuga de mujeres pálidas menstruando sin piedad en las escalinatas de los muelles. Luego se arrojan distraídamente. Nunca más se las ve.»

Entonces me dejé llevar por el relato. Algo me hizo proseguir con su lectura y continuar hasta el final de la historia. Solo para, concluida la misma, reafirmarme en el convencimiento de que existen muy eficaces recursos para provocar el interés del lector cuando se describe un episodio. Creo, sin embargo, que la principal finalidad de la literatura, más que la de entretener con la sutil trama de un bien articulado guion, sigue siendo la porfiada posibilidad de entregar aquella música armoniosa que solo puede regalar el manejo del idioma, el prolijo cuidado de la frase; música que solo se consigue con el celoso trato de aquellos artilugios que conforman el estilo.

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01 julio 2020

El sastre, el traje y la madre que los parió *

 * Escrito por Arturo Pérez Reverte 
   Tomado de XL Semanal, Patente de Corso.

Durante estos días de estado de alarma y confinamiento según y cómo pero todo lo contrario, es posible que recuerden ustedes aquel chiste del sastre chapucero y el traje mal cortado. Por alguna razón que no establezco -tal vez mi natural ingenuidad-, yo mismo pienso en él a menudo, mientras oigo la radio o veo la tele. Y como hoy no se me ocurre otra cosa mejor que contarles, y el mencionado chiste contiene aspectos que podrían tener una lectura en clave política y social del tiempo y la España en que vivimos, y también de quienes la administran, me van a permitir ustedes que se lo refresque. Así que procedo a ello.

Un cliente acude a la sastrería a probarse un traje hecho a medida, que ya está listo, dicen, para que se lo lleve. Situado frente al espejo de cuerpo entero, mientras el cliente se estudia detenidamente, el sastre dice: «La verdad es que le queda a usted de puta madre». Poco convencido, el cliente comenta que ve el cuello de la chaqueta ligeramente holgado hacia la derecha. «Eso se le adaptará por sí solo en cuanto lo use un poco», responde el sastre. «Podría retocárselo –añade-, pero sería una pena porque, como le digo, el traje le queda de puta madre. Le recomiendo que durante un par de días tuerza usted un poco el cuello y lo incline hacia ese lado, ¿ve? Hasta que se asiente la hechura. ¿A que tengo razón? ¿Ve cómo ahora le queda de puta madre?».

Obedece el cliente, comprobando que el sastre tiene razón y que, con el cuello torcido a la derecha, la chaqueta le cae ahora impecable. Pero de pronto observa que, en esa postura, una manga queda más corta que la otra. Y se lo hace notar al sastre. «Eso también se asentará en cuanto lo use usted un par de días -responde el tijerillas con mucho aplomo-. Bastará, de momento, con que encoja usted un poquito ese brazo, así, mire, y la manga tendrá la longitud perfecta. Y no es por no retocárselo, se lo aseguro; pero sería una lástima tocar los hilvanes porque, desde luego, el traje le queda a usted de puta madre».

Convencido por el argumento técnico, el cliente –que es un bendito de Dios– encoge el brazo y comprueba que, en efecto, si tuerce el cuello hacia la derecha encogiendo al mismo tiempo el brazo izquierdo, esa manga muestra exactamente un centímetro de puño de camisa, como debe ser. Pero también repara en que el pantalón hace una bolsa bajo la cintura, sobre la pinza de la izquierda, y se lo indica al sastre. «Es que estamos hablando todo el tiempo de lo mismo -responde sin inmutarse el otro-. El traje le sienta de puta madre, pero la lana fría de oveja virgen de Cornualles, como producto que es de altísima calidad, siempre necesita unos días para adaptarse de forma natural al cuerpo que la lleva. Esto no es tergal, caballero».

Entonces el cliente, casi avergonzado por preguntar, reclama una solución para el asunto. Y el sastre, magnánimo, responde: «Muy fácil, fíjese. Durante ese par de días que le aconsejo, procure usted caminar con la cadera así, un poco echada para el lado izquierdo. ¿Ve lo que le digo? De ese modo no se nota bolsa ni nada. Y así, también el pantalón le queda de puta madre».

Levanta un dedo el cliente, tímido pero inquieto. Permítame una observación, dice. Observo que si echo a un lado la cadera, la bolsa del pantalón desaparece; pero entonces queda una pernera más corta que la otra. Fruncido el ceño, cinta métrica en mano, el artista se agacha, toma la medida y se incorpora, displicente. «Sólo dos centímetros –sentencia–. No merece la pena retocarlo porque, como digo, la lana inglesa Chaste Sheep de cuatro hilos tejida en crudo se adapta muy bien con el uso. Bastará con que flexione usted esa rodilla y tuerza la pierna al andar. Sería una pena descoser y coser de nuevo, el tejido perdería su apresto. Y como le repito, y usted mismo puede comprobar, mírese bien ahora, el traje le queda de puta madre».

Convencido, adoptando simultáneamente todas las posturas sugeridas por el sastre, el cliente sale a la calle a lucir el traje nuevo. Atento a recordar cada uno de los consejos sartoriales, camina con el cuello inclinado a la derecha, el brazo izquierdo encogido, la cadera a un lado y una pierna torcida. Pasa así, orgulloso de su indumento, por delante de un bar en cuya puerta hay dos parroquianos que se lo quedan mirando. «Oye, compadre -comenta uno-. Ese tío tan raro que pasa, fíjate en lo mal hecho que está». A lo que responde el otro: «Raro es, desde luego. Pero debe de tener un sastre estupendo, porque el traje le sienta de puta madre».

Y, bueno. Supongo a muchos de ustedes les sonará el chiste. Y el sastre.

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24 junio 2020

La sombra del tiempo

“No hay segundas oportunidades, excepto para el remordimiento”. Carlos Ruiz Zafón, “La sombra del viento”.

Hay asuntos a los que uno no presta debida atención. Noticias, incluso, a las que no se toma en cuenta. Estuve leyendo de madrugada, y no relacioné un par de reseñas de la obra de Carlos Ruiz Zafón con su prematura partida ocurrida en forma reciente. Zafón (así lo llaman los españoles), que en forma inusitada se hiciera famoso en el 2001, cuando apenas tenía 37 años por la publicación de “La sombra del viento”, había fallecido de cáncer a los 55 años en Los Ángeles, donde residía. El libro se habría traducido a más de 50 idiomas, con ventas por más de diez millones de ejemplares. Dicen que sería la novela española de más éxito, después de El Quijote.

No recordaba de qué se trataba la obra, y ni siquiera si la había leído, pero algo me insinuaba que ya la tenía; o que, con probabilidad, alguien me la había obsequiado por algún onomástico motivo. Sospeché, por un instante, que era uno de esos libros que se recibe como regalo y que uno no presta atención a su contenido, o que lo termina colocando en algún apartado lugar con la nunca optimista promesa de leerlo en algún otro momento. De golpe recordé que un día, estando en el aeropuerto antes de salir de viaje, entré en una pequeña librería, y mientras buscaba algún ejemplar que pudiera interesarme, se me acercó la dependiente y me sugirió la lectura de la novela. No me animé a comprarla, me invadía el extraño presentimiento de que ya la tenía.

Esa madrugada, temprano todavía, me dirigí intrigado a explorar en los estantes de mi estudio, para salir de una vez de la incertidumbre. Se me hacía familiar la fotografía de la carátula, y algo me decía que el libro había pasado, sin que me lo hubiera propuesto, a formar parte de esos libros olvidados o postergados que parece que todos tenemos en nuestras bibliotecas. Fui directo al estante, donde supuse que pudiera encontrarlo, y ahí estaba; esperando -tal vez- que alguien le ayudara a salir de allí y lo exorcizara del polvo acumulado; para, a cambio, dejarse acariciar su lomo, barajar sus páginas y, entonces, regalar la telaraña de su enigmático libreto.

“La sombra del viento” habría tenido un gran impacto editorial a principios de siglo. Consiste en un “thriller” gótico, es una novela de suspenso que mezcla lo sobrenatural, la intriga y el misterio. El tema se relaciona con el descubrimiento de un extraña y desconocida novela en un oscuro cementerio de libros olvidados. Imposible no relacionar al edificio con la biblioteca de “El nombre de la rosa”. Su protagonista, Daniel Sempere, es un muchacho que está obsesionado por encontrar el motivo para la sistemática desaparición de los demás ejemplares del hallazgo, como también al desaparecido autor del misterioso texto. El libro está tan bien escrito, y es tan cautivante, que Penguin Classics lo habría escogido, en el 2014, para una colección conmemorativa que situaba al catalán junto a escritores de la talla de Charles Dickens, Marcel Proust y James Joyce.

Zafón publicó su novela en el 2001, sin imaginar no solo la inesperada y afortunada recepción que tuvo su historia; sino que estaba marcando, sin saberlo, un impensado derrotero para ese tipo de narrativa. En este sentido, el autor español se convertiría en un precursor para algunas novelas que vendrían más tarde. Ahí están libros similares que han desatado inesperados procesos de venta en las principales editoriales, como “El código da Vinci”, de Dan Brown (2003) o “La catedral del mar” (2006), de otro escritor barcelonés: Ildefonso Falcones.

De inmediato, como lo venía contando, tomé el libro y me puse a hojear sus páginas. Así descubrí que, efectivamente, aún no lo había leído y, además, que probablemente había venido soslayando su lectura por algo más de diez años. Ahí, entre sus páginas, y a manera de marcador, había insertado una tarjeta de una de mis antiguas empresas; se trataba de una suerte de talismán, un calendario de bolsillo correspondiente al año 2006, cuando todavía trabajaba en el sureste asiático. Enseguida inicié la ansiosa lectura; ese día, era ya tarde cuando caí en cuenta que me había soplado más de doscientas páginas de un solo tiro, casi la mitad de la novela...

Fue solo ahí, luego de revisar la biografía del escritor en la enciclopedia, que de pronto caí en cuenta que había muerto recién el día anterior; y que mi retrasada lectura se había convertido en involuntario y humilde tributo para su trayectoria fascinante. Zafón, sin siquiera proponérselo, había escrito un verdadero clásico. Estoy persuadido que por su maestría en el manejo del diálogo, por su dominio de las escenas y por la forma como describe los ambientes, ha dejado una impronta innegable. Durante sus últimos meses, el autor se habría visto ya imposibilitado de escribir. Por lástima, el cruel e intransigente cáncer que lo acosaba habría impuesto su irrecusable y testarudo designio. Quién sabe si, al igual que con uno de sus alienados personajes, él también “de tanto pensar en la muerte, habría terminado por encontrarle más sentido que a la vida”...

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