10 abril 2021

Hojas de bitácora

"Nadie en el mundo comprende a un payaso, ni siquiera otro payaso, porque siempre entran en juego la envidia o la rivalidad". Heinrich Böll, "Opiniones de un payaso".

Uno de esos repentinos cruces que se producen hoy en día en los llamados “chats”, me ha hecho recordar a mi viejo colega Elmo Jayawardena, instructor, como yo, de CRM en la Singapore Airlines. Elmo, de raza tamil y nacido en Sri Lanka, fue el inspirador y fundador de una organización benéfica a la que llamó “Asociation to lighten a candle“ (Asociación para encender una vela). Un buen día, Elmo se propuso escribir un libro que relatara experiencias y reflexiones aeronáuticas, acudió entonces a la generosa colaboración de unos pocos amigos y compañeros de aerolínea, con el objeto de publicar el resultado de este esfuerzo colaborativo, para poder así financiar otro de sus humanitarios emprendimientos.

La idea germinal era encargar un breve capítulo a cada uno de quienes accedieron a colaborar con su literario propósito. Me correspondió aportar con un sencillo artículo al que llamé “Flying Time”: ese tiempo que los pilotos anotamos en nuestras bitácoras, ese que registra nuestra actividad y experiencia. Flying Time puede tener en inglés un significado adicional: el tiempo que pasa y se nos escapa, el tiempo que vuela y que se nos va... El nombre que tiene Elmo no existe en nuestro idioma, lo traducen como Telmo, y, por lo que ya he explicado (“De santorales y periplos”, Itinerario Náutico, 2 de junio de 2016), da nombre a uno de los fenómenos meteorológicos más sorprendentes que pueden presenciar marinos y aeronautas. San Telmo es el santo patrón de los aviadores.  

De vuelta a lo que quiero comentar: aquella bitácora personal, aquel libro de vuelo, es una especie de talismán o sortilegio para los aviadores. Estos lo cuidan con un celo rayano en lo religioso; es, a fin de cuentas, el registro que testimonia su tiempo de vuelo, los aviones que han tripulado, refleja sus habilitaciones y experiencia. Los tripulantes lo llenan con ánimo obsesivo, aunque nunca exento de prolijidad. La bitácora es su prueba de vida, su certificado de lo volado, de su experiencia, de las empresas operadas, de sus horas al mando. Su forma lo identifica: es un cuaderno rectangular de carátula dura con una matriz interior cuadriculada.

Ha sido en el chat que comento, que la curiosidad y la vanidad se alinearon el otro día, cual impensada conjunción. Y así, a modo de provocadora socarronería, se me invitó a confesar el total de mis horas de vuelo. Por un momento, preferí no contestar, para no dar pábulo a mi vanidad ni a algún comentario que pudiera estimular una indiscreta reacción. Nunca falta alguien que ve un motivo de competencia o rivalidad en estos menesteres. Así que, como quien nada dice, respondí: “Las horas de vuelo están invariablemente sobre-preciadas o menospreciadas. Hay horas que nos anotamos cuando en realidad dormimos. Quizá las que más me enseñaron fueron las que no volé y que no se suman (las del simulador de vuelo). Las horas son solo un guarismo. Siempre hay alguien con más o menos experiencia que uno; y lo que sigue contando es algo que nunca se registra: nuestra propia curiosidad.”

Bien sé que tal respuesta no satisfizo cierta expectativa; aunque en ella iban implícitos ciertos conceptos que quizá merecen una somera reflexión. Creo, para empezar, que en nuestro oficio no todas las horas tienen la misma importancia, aunque en apariencia valgan lo mismo. No pueden contar lo mismo las horas que se hacen como copiloto de un equipo mediano en el que un piloto aspira a habilitarse como comandante, que las que hace un instructor de escuela de formación, en un vuelo local, “al eco de la estación”. No se puede comparar ni la real responsabilidad que va en ello, ni la consecuente experiencia. Hay horas que nos vemos obligados a registrar, como las que hacemos siendo parte de una tripulación compuesta, solo por pura legalidad...

Si las horas reflejan la experiencia, ¿qué aportarían, a esa experiencia, las horas que ocurren mientras el avión vuela pero nosotros dormitamos en las literas de descanso ("bunk"), o miramos una película en primera clase? Me ha correspondido, asimismo, estar dentro de ese portentoso aparato que es el simulador de vuelo; puedo garantizar que nada enseña más, ni proporciona mejor criterio aeronáutico, que esa “terrenal” experiencia. Nadie sabe cuántos accidentes ha evitado ese artilugio. ¿Acaso no cuentan los motores apagados o los incendios mitigados? ¿Acaso no dejaron una invaluable experiencia todos esos aterrizajes automáticos practicados con “cero visibilidad”?

Mucho valoro las horas que volé como copiloto en el viejo DC-3, y las que volé al mando en el Twin Otter o en la Pilatus Porter; me dieron madurez y habilidad, fueron el sustento para fortalecer mi criterio de vuelo y mi capacidad de decisión. Sin ellas no hubiera llegado tan pronto a comandante de aerolínea. Ellas cimentaron mi confianza; con ellas  construí ese edificio que solo se consigue cuando ya se puede contar con la confianza de los demás.


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06 abril 2021

Destino de un quiteño ilustre

Esta entrada procuraba inicialmente hacer una breve relación de cómo y cuándo las principales congregaciones religiosas se asentaron en Quito; pretendía también relacionar dicha instalación con las principales edificaciones que esas comunidades construyeron, ya sea de naturaleza educativa (escuelas, colegios o universidades), como también las destinadas a vivienda y culto (templos, claustros o conventos). Sin embargo, al reseñar la distribución de dichos espacios, cambié de opinión; caí en cuenta de los profundos desniveles que debieron existir en los terrenos que hubo entonces. Esto, especialmente, debido a los accidentes naturales que tenía la ciudad; en particular, al sinnúmero de inconvenientes quebradas que caracterizaron a una urbe tan irregular como la nuestra.

El solo hecho de pensar en estas depresiones (algunas de considerable profundidad) nos debería invitar a meditar en aquellas personas que dedicaron su vida a buscar las soluciones que debieron darse para superar semejantes obstáculos. Obviamente, la ciudad que hoy conocemos -particularmente la que vemos en el sector del Centro Histórico- no tiene las mismas características que conocieron sus fundadores. Su esfuerzo debe haber apuntado a buscar cómo integrar mejor la ciudad, a pesar de los impedimentos, aplicando distintos métodos que ayuden a nivelar los espacios y a lograr un mejor aprovechamiento de las áreas disponibles. En este sentido, es probable que los quiteños, no hayamos sabido rendir adecuado homenaje a quienes en forma perseverante, y a veces obsesiva, bregaron para conseguir esas soluciones.

Siguiendo un concepto original, y una vez trazado el plano en damero cuadrado de la urbe, se habría determinado el espacio reservado para la ubicación de la Plaza Mayor. Los terrenos ubicados hacia oriente y occidente de esa plaza, se habrían asignado para instalar las dependencias de las autoridades civiles: los primeros para el Cabildo y los segundos para la naciente Audiencia de Quito. En tanto que los solares ubicados hacia el norte y hacia el sur, se habrían reservado para el funcionamiento de edificaciones relacionadas con propósitos eclesiásticos: los primeros atenderían la residencia del presbítero, y los del sur se habrían destinado para la futura edificación de la iglesia Catedral. En este punto, se recuerda que Quito no tuvo un obispo hasta 1565 y que solo se convirtió en arquidiócesis (no tuvo arzobispo) hasta unos trecientos años más tarde.

No siendo los predios totalmente planos; la presencia de las quebradas habría de condicionar los espacios y de afectar a las futuras construcciones. Ese fue el caso de la iglesia Catedral que, debido a la presencia de la quebrada de Sanguña (o Zanguña), que bajaba desde El Tejar, no tuvo más alternativa que construirse en forma lateral, con un pórtico que miraría hacia la que se dio por llamar la Calle Angosta o “de las Siete Cruces”, y no hacia la que se conocería como Plaza de la Independencia. Más tarde, ya construida una arquería para atender la existencia de la quebrada, se edificaría, sobre ese espacio, una capilla auxiliar: la iglesia de El Sagrario.

Sería un ilustre quiteño (aunque nacido en Ibarra), quien vivía obsesionado por nivelar los terrenos irregulares de la urbe, el que propuso utilizar los predios bajos del huerto de los agustinos, para continuar el trazo de la actual calle Mejía y rellenar otra depresión conocida desde la Colonia como “Quebrada de Manosalvas” (el trabajo daría lugar a la creación de un pequeño emplazamiento que debía conocerse como Plazoleta Municipal, pero que la gente se dio por llamar Plaza Marín). Hoy resulta una ironía que el lugar sea conocido por la segunda parte del apellido paterno de quien la construyó siendo alcalde: Francisco Higinio Andrade Marín Ribadeneira. A él se debe también el primer camino, construido alrededor del cerro "Nahuirá” o Panecillo, que unió La Magdalena con el sector del antiguo Hospicio, cerca del centro de Quito (actual calle Ambato).

Andrade Marín, habría de empeñarse más tarde por el relleno de otra quebrada, conocida como “de los Gallinazos” o de Jerusalén, para convertirla en la que luego sería conocida como Avenida 24 de Mayo. Andrade Marín; fue presidente del Cabildo en cuatro ocasiones (entonces, estas funciones duraban únicamente un año y se las ejercía de enero a diciembre); desempeñó también otros importantes cargos públicos: fue rector de la Universidad; ocupó, entre otros, los ministerios de Hacienda y Obras Públicas; fue electo diputado y dirigió la llamada Cámara Baja; estuvo inclusive encargado del Poder por seis meses. Hacia el final de su trayectoria, fue Ministro de la Corte Suprema de Justicia. Hoy existe una pequeña calle, entre la Diego de Almagro y la Eloy Alfaro que lleva su nombre.

Un hijo del primer matrimonio de Francisco, Luciano Andrade Marín Vaca, fue un destacado historiador y geógrafo. Del mismo modo, otro hijo, Carlos Andrade Marín Malo, fue también un conocido hombre público; médico de profesión, se desempeñó como dirigente deportivo y fue uno de los primeros alcaldes electos por voto popular que tuvo la capital del Ecuador. El hospital Carlos Andrade Marín lleva su nombre; Carlos falleció en el año 1968, en un accidente aéreo ocurrido probablemente en la isla Guadalupe (Antillas menores). De acuerdo a lo que he investigado, los restos del siniestro quizá nunca fueron localizados; hubo dos aviones B-707 de Air France, operando con el mismo número de vuelo (AF 212), que se accidentaron, en la misma ruta, en el lapso de veinte meses...


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02 abril 2021

Semblanza del vagabundo

La Francisco de Caldas es una calle corta. Si uno se para en la plazoleta de San Blas, mirando hacia el norte y revisa su trayectoria, como yendo de oriente hacia occidente, observará que esta empieza en la Calle Ríos (hay quienes sostienen que comienza en la Valparaíso), cruza la carrera Guayaquil -que, en la práctica, divide la urbe en dos mitades-, sube hacia la Basílica, cruza la calle Vargas y termina en la calle Venezuela. En esa calleja irregular, viví los que creo que fueron unos de los años más importantes de mi vida; ahí estaba ubicada la casa de mi abuela. Viví allí desde 1957, año en que murió mi madre, vale decir: desde que tuve seis años de edad.

 

En el ánimo de ser prolijo, diré que en realidad fueron dos departamentos ubicados en dos casas distintas. Vivimos primero, según recuerdo, en el segundo piso de la Caldas 524; y, posteriormente, en una casa cuya entrada estaba ubicada solo unos pasos más arriba. Allí habríamos de ocupar el tercer piso: era la Caldas 528. Es esta “casa” la que me trae mejores recuerdos: era más cómoda y moderna (era que estaba remodelada), tenía una terraza bien aprovechada, lindaba con un amplio terreno sin construir, que lo habíamos declarado patrimonio nuestro. Era este una especie de parque abandonado que lo invadíamos a nuestro antojo para pasarnos a jugar; ahí aprendimos a ejercitar nuestro inicial y más cándido sentido de la libertad.

 

Si la terraza era un atalaya aventajado, había un elemento en la casa que permitía integrarse a la calle sin estar en ella, y que nos convertía en testigos de lo que pasaba en el vecindario: eran sus tres elevados balcones. Desde ahí se avistaba a quien se iba o a quien estaba por llegar, se conseguían los mejores lanzamientos de “vejigas” infladas, en tiempo de carnaval, y se importunaba a los personajes más estrafalarios que merodeaban en el barrio. Desde allí nos burlábamos de un renegrido carbonero al que habían dado por llamar “Pajarero”: era un sujeto vagabundo y demencial que jamás había probado un baño con jabón y que perseguía a los ingenuos con ánimo avieso, resentido y premeditado. No era un pordiosero, era un linyera asqueroso, harapiento y desquiciado. Nadie se quería cruzar con él, tan mugrienta era su apariencia, tan abominable su aspecto, tan repugnante su recado.

 

Era el Pajarero un tipo repulsivo, pero no era un pordiosero; a nadie pedía limosna, ni nadie se la hubiese dado. Así aprendí que no todos los vagamundos eran limosneros... Y es que hubo también, por esos mismos tiempos, otro sui generis personaje a quien tildaré de “el Extranjero”: vestía siempre de traje y corbata, aunque su vestimenta estaba siempre sucia y exhibía rasgos desaliñados; su apariencia no iba a tono con su condición: tenía facciones finas y sus ojos eran claros; aunque arrastraba algo sus pies, cual si le incomodase el calzado. Caminaba con lentitud, como si contase sus pasos. La gomina que añadía a su cabello le otorgaba una apostura altiva, un porte paradojal y aristocrático. Cuando se caminaba a sus espaldas, se podía observar que llevaba descosida la costura trasera del pantalón, como si no lo hubiera advertido o no se hubiera percatado... No era limosnero. Jamás lo vi solicitando.

 

Hubo una tercera, era una mujer entrada en años. Vestía un atuendo grotesco, su porte era estrafalario. La gente le gritaba desde lejos, la reconocía por su estrambótica vestimenta, por sus sombreros pasados de moda, por sus inusuales zapatos de tacón alto. La tildaban de “Torera”; sus ambulantes paseos eran continuos y cotidianos. Se llamaba Ana Bermeo, había sido costurera y presumía de modista de “hogares respetados”. La gente la miraba con desdén, cuando no con disimulado sarcasmo. Aún resuenan en mis oídos los fastidiosos gritos de los muchachos. Pero... nunca rogaba por nada; su único afán era lucir aquellos ropajes artificiosos. Su oropel estaba construido con retazos de indumentaria ajena; eran prendas reciclados, atavíos que otros habían despreciado...

 

Fueron los primeros seres trashumantes que conocí; luego sabría que había un tipo distinto de indigencia, de abyección y de locura: eran los llamados “homeless”. Eran personajes sin hogar, sin techo y sin fortuna, limosneros que vivían de escarbar los basureros, hurgando por un mendrugo de pan; eran tipos que buscaban rincones protegidos para poder pasar la noche. Vagabundeaban alertas, empujando su escuálida humanidad y sus escasas “pertenencias”, todas ellas contenidas en un carrito que habían “tomado prestado” de un cercano supermercado. Ellos fueron los errabundos más menesterosos que conocí; con sus costras y sus rastas. Se mostraban sórdidos e indefensos, siempre cuidando sus bártulos nauseabundos; mostrando su infame catadura y su porte desquiciado.


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30 marzo 2021

Teoría de la lentitud *

* Escrito por Arturo Pérez Reverte, Patente de Corso. 22 de marzo de 2020

 

Hasta no hace mucho, ser lento era una virtud. No hablo de ser perezoso o indolente, sino de hacer las cosas despacio, con eficacia pero concediéndoles el tiempo necesario. Moverse, caminar, despedirse con lentitud cortés, remarcaba la dignidad de las personas. Confería un aire respetable. Incluso, elegante. Por eso los antiguos monarcas, los filósofos, los aristócratas, se movían despacio. La razón era el respeto que entonces inspiraban los ancianos y la gente mayor, experimentada, libre ya de las prisas e impulsos de la juventud. Eran ésas unas referencias que se procuraba imitar. La literatura española del Siglo de Oro abunda en tales situaciones, con la figura del hidalgo pobre que, cuando salía a la calle fingiendo haber comido, caminaba con digna lentitud. Con altiva y sosegada calma.

 

Pero no hace falta ir tan lejos. Todos recordamos ejemplos recientes, familiares o no, de quienes hacían las cosas despacio. De quienes se movían, no ansiosos por hacerlo todo cuanto antes, sino empleando el tiempo adecuado. Sin demora, pero sin prisa. Fijándose en lo que hacían y planeaban hacer, daban autoridad a sus actos y decisiones. Y la vida les era más provechosa. Más rentable. Invertían tiempo en percibir matices, circunstancias, caracteres. Nuestros abuelos no pretendían hacerlo o tenerlo todo en el acto. Al moverse y vivir despacio, hacían su existencia más rica y plena. También la de quienes los rodeaban.

 

Un tigre, un gato que caza, son lentos hasta el salto final. Creo que nos equivocamos renunciando a la lentitud en favor de una engañosa rapidez que a menudo anula cierta clase de eficacia. Antes, viajar no era sólo ir de un lugar a otro, sino un modo de vivir mientras viajabas: paisajes vinculados a reflexión y tiempo para ésta. Ahora nos movemos deprisa por autopistas sin nada que mirar, saltamos de aeropuerto en aeropuerto y hasta el turismo es itinerario fijo e ineludible, visita aquí y allá, comida a las dos y selfi a las cinco. Nueva York en dos días, China en cuatro. Cruzamos océanos en once horas y recorremos continentes de punta a punta en la mitad de ese tiempo, renunciando a los trenes que en sí mismos suponían una aventura; a los transatlánticos que dejaban espacio a las relaciones, a la reflexión y a la vida.

 

Queremos en casa lo deseado al día siguiente de adquirirlo en Amazon; nos entregamos sin reservas al producto industrial y renunciamos al trabajo minucioso del artesano; buscamos el significado de una palabra pulsando en un teléfono móvil, renunciando al placer de hojear despacio un libro o un diccionario; privándonos así, también, de las sorpresas inesperadas, los descubrimientos colaterales que ese hojear de páginas puede depararnos.

 

Por supuesto, vivir con lentitud sin parecer torpe o indolente, o serlo, es arte de unos pocos. Hay que trabajarlo y pagar el precio. Pero quien sabe ser lento acaba siendo rico; y el apresurado suele caer, además, en el ridículo. Aunque tampoco el ejercicio de la lentitud sea una garantía contra la ridiculez. Hay una especie de movimiento social, el Slow –nacido en 1986 cuando el periodista Carlo Petrini se indignó por la apertura de un McDonald’s en el centro de Roma–, que defiende ciudades lentas, comida lenta, moda lenta. Como todos los movimientos de los que se apropia el mundo actual, mezcla principios muy razonables con demagogias varias y alguna tontería.

 

Pero, en mi opinión, las ventajas de una inteligente lentitud no necesitan adscribirse a movimiento alguno; entre otras cosas porque las tendencias sociales suelen acabar en manos de agencias publicitarias. La lentitud positiva es un asunto individual, de cómo cada ser humano desea vivir y relacionarse con el entorno. Viajar, comer, leer… Incluso, vestir. La obsesión por comprar ropa continuamente, por renovar el vestuario cada cinco minutos, llega a lo enfermizo en las sociedades acomodadas. En oposición, y al menos en lo que a ropa masculina se refiere, nada me parece más adecuadamente lento que pocas prendas de buena calidad, ligeramente usadas, clásicas y pasadas de moda: es decir, de las que no pasan de moda nunca.

 

Y hasta el insulto, puestos a ello, queda maravillosamente resaltado por la digna lentitud de quien lo emite. Los niños de Cartagena adorábamos a Pinares, el cochero fúnebre, al que cuando pasaba solemne y vestido de negro en el pescante de su coche de caballos decíamos, para provocarlo: «Pinares, ¿nos das una vuelta?». Y él, volviendo despacio el rostro, nos miraba muy serio. Y luego, sosegado, tranquilo, respondía: «Cuando se muera vuestra madre la voy a llevar por todos los baches –aquí hacía una lenta y digna pausa–. Hijos de la gran puta».


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27 marzo 2021

Santiago, ¡y cierra España!

Haciendo memoria, debo haber vivido en La Floresta tres o cuatro años. Era este un barrio tranquilo que, quizá como El Batán, se había convertido en una prolongación de otro sector de la ciudad que se había desarrollado por iniciativa del Seguro Social y que se lo ha mal llamado como Mariscal, que es en realidad una contracción de su nombre: Ciudadela Mariscal Sucre. Si la tranquilidad de sus calles era uno de sus principales atractivos, la gran ventaja de La Floresta era que, a pesar de ser un barrio recoleto, quedaba cerca de cualquier lugar de la urbe; nada quedaba lejos, era un sector conveniente, hacía fácil llegar pronto a cualquier parte.

Ahí viví desde mi último año de colegio, desde cuando tuve diecisiete años. Por un motivo que alguna vez me explicaron, y que hoy no me viene al recuerdo, alguien había propuesto que se usaran nombres de ciudades españolas para la nomenclatura de sus diferentes calles. Algunas fueron bautizados con el nombre de lugares pertenecientes a Galicia (Coruña, Lugo, Pontevedra), la misma tierra gallega que supuestamente guarda los restos del patrón de España: Santiago de Zebedeo, conocido como Santiago el Mayor o Santiago Apóstol (hubo también otro Santiago, un hijo de Cleofás, este era pariente del Señor, y lo llamaban como Santiago el Menor).

Galicia queda al nor-occidente de España, justo al norte de otra tierra que habla una lengua parecida: Portugal. Pudiera decirse que el Gallego es un idioma intermedio entre el portugués y el castellano. No es infrecuente escuchar bromas relacionadas con la supuesta ingenuidad de los gallegos; la verdad es que es gente laboriosa, imaginativa, celosa de su heredad y nada incauta. El nombre de Galicia se debe a sus ancestros celtas (o kélticos); de hecho, este nombre no es sino una evolución, o si se prefiere una deformación, de la toponimia que encontraron los romanos, que era utilizada por los habitantes de este rincón de Europa, que entonces se creía que marcaba el fin del mundo: no olvidar que ese “Finisterre” se encuentra en la parte más occidental de Galicia.

Fue en La Floresta, justamente, que conocí a un grupo de vecinos (los mismos que, sumados a mi hermano Adrián, formaban una media docena); todos se dejaron seducir por los aeronáuticos cantos de sirena. Quizá veían llegar de viaje todos los viernes a un joven aviador que anunciaba su llegada a Quito con un inesperado rasante sobre el barrio. Era tal vez que me vieron tan joven, y ya dueño de un atractivo oficio, que decidieron también probar fortuna con los “aparatos voladores más pesados que el aire”. Uno era Adrián, dos se llamaban Edgar (conocimos al uno como Cucho y al otro lo apodábamos de Flaco), otro se llamaba Luis, a un quinto reconocíamos en forma indistinta como César o Pacho, y había un sexto a quien llamábamos Santiago.

En los textos neo-apostólicos (Mateo 10, 2-4 y Lucas 6, 14-16), cuando se habla de los discípulos de Jesús, se menciona que entre los doce escogidos había tres parejas de hermanos: Simón (Pedro) y Andrés; Santiago el Mayor y Juan (ambos, hijos de “Boanerges”, un individuo de gesto irascible y talante avinagrado, por ello los apodaron como “hijos del trueno”); y, Santiago el Menor y (Judas) Tadeo. Estos dos últimos eran hermanos entre sí y parientes de Jesús; además, se comenta que había un cierto parecido entre ellos. Aquí es importante hacer una necesaria aclaración, porque la Biblia usa a veces en forma equívoca el término “hermano”: ora como pariente y ora como hermano de sangre. A estos Santiago se los conocía con el nombre hebreo de Jacob (James en inglés); por ello, pasado el tiempo, ya convertidos en santos, se transliteró su nombre: de Saint Iacob (o Jacob) a San Thiago o San Diego. De ahí, el nombre devendría en Santiago… Por ello, sería incorrecto decir San Santiago.

Ahora bien: nos cuenta la tradición, o las creencias (¿leyendas?) que, acordada la inicial evangelización, luego de Pentecostés, a Santiago  le habría correspondido viajar a Hispania (la actual Península Ibérica). Regresó a Judea al final de su vida, por una milagrosa invitación de la Virgen María que lo habría visitado en Cesaragusta (la actual Zaragoza); pero fue decapitado durante el reino de Herodes Agripa. Asimismo, sus restos habrían sido trasladados a Galicia y el apóstol estaría enterrado en el santuario de Compostela (que es probable que quiera decir ‘Campo de estrellas’, en razón de los fuegos fatuos que habrían anunciado la existencia de los restos en un cementerio de la Coruña). Esta historia, sin embargo, no ha sido respaldada, pues la evangelización ocurrió muchos siglos más tarde.

La devoción a Santiago fue determinante durante los tiempos de la Reconquista; Santiago Matamoros fue un referente emblemático en las luchas contra los musulmanes. Al grito de: ¡Santiago, y cierra España!, se produjeron los principales triunfos logrados por la cristiandad en esas memorables batallas. Aquello de “cierra”, era una especie de grito de guerra, una suerte de arenga en el campo de batalla; viene del verbo “cerrar” que en la milicia quiere decir “cerrar filas”, pero sobre todo:  acortar la distancia con el adversario, “embestir o acometer, trabar batalla”.


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23 marzo 2021

Un breve capítulo

... “El séptimo planeta fue, por consiguiente, la Tierra.

 

¡La Tierra no es un planeta cualquiera! Se cuentan en él ciento once reyes (sin olvidar, naturalmente, los reyes negros), siete mil geógrafos, novecientos mil hombres de negocios, siete millones y medio de borrachos, trescientos once millones de vanidosos, es decir, alrededor de dos mil millones de personas mayores. Para darles una idea de las dimensiones de la Tierra yo les diría que antes de la invención de la electricidad había que mantener sobre el conjunto de los seis continentes un verdadero ejército de cuatrocientos sesenta y dos mil quinientos once faroleros...”

 

El anterior es un reeditado extracto del primer párrafo del Capítulo XVI de “El principito”, una conocida novela corta de Antoine de Saint-Exupéry, el aviador, periodista y escritor francés. Realmente, más que un extracto del Capítulo XVI, es la mitad del capítulo en su integridad. Si “El principito” habría de ser la última obra escrita por el autor, antes de su prematuro fallecimiento, es congruente pensar que sus cálculos acerca del número de borrachos y vanidosos que existen en el mundo, los pudo haber hecho un par de años antes de su muerte. En efecto, hoy existen siete mil ochocientos cincuenta millones de personas en el mundo, casi cuatro veces más que las que había en 1940: dos mil millones. Hoy habría, siguiendo la relación, alrededor de treinta millones de borrachos y algo más de mil doscientos millones de vanidosos... la sexta parte de la humanidad.

 

Nadie desconoce el sentido metafórico de “El principito”, el formidable mensaje de su enseñanza moral. Ese primer párrafo, se habría convertido en un impensado postulado: “uno de cada seis individuos es vanidoso”. La verdad, no existe nada de empírico en la propuesta. Para proponerla, Exupéry se habría basado en un sencillo cálculo matemático. Con el tiempo, habríamos de preguntarnos si aquel teorema, debido tal vez a un error en su planteamiento, no habría sido propuesto exactamente al revés; y si, en la práctica, serían más bien cinco de cada seis individuos los que de veras "seríamos" presuntuosos y presumidos. Así, estaría también por determinarse si el grupo restante, el constituido por el otro 17%, no estaría conformado por quienes no habrían podido ubicarse mientras se efectuaba el pretendido cálculo... En definitiva, estos últimos no habrían sido tomados en cuenta, porque habrían estado haciendo justamente lo que más les interesaba: mirar su propio reflejo en el espejo...

 

“El principito” habría de convertirse en el libro más famoso del aviador francés. Ha llegado a ser uno de los libros más leídos, traducidos y vendidos en el mundo. Con el tiempo se habría de traducir a un cuarto de millar de idiomas y se habrían de vender casi ciento cincuenta millones de ejemplares. Por su estructura y dibujos (realizados por el propio autor) parece un cuento infantil, pero está escrito para tratar los asuntos que inquietan y nunca han dejado de interesar a gente de todas las edades. Su contenido es de tono poético y su carácter es moral y filosófico; está, por tanto, repleto de hábiles y profundas reflexiones acerca de aspectos que desde siempre han preocupado al hombre, relacionados con la tesitura de la condición humana.

 

Saint-Exupéry no se habría de hacer famoso por esta pretendida proposición de estadística social. A lo largo de veinte fructíferos años que coinciden con sus trashumantes periplos, habría de entregarnos al menos otras cinco obras, todas basadas en su oficio itinerante. Entre ellas destacan: El aviador, Correo del sur, Vuelo nocturno, Tierra de hombres y Piloto de guerra. Antoine habría nacido con su siglo, a fines de junio de 1900. Su familia pertenecía a una aristocracia de provincia. Quizá a ello se deba, como fue la costumbre en su tiempo, la gran cantidad de nombres -nada menos que cinco- con que rindieron homenaje a su nacimiento cuando lo llevaron a la pila del bautismo: Antoine Marie Jean-Baptiste Roger... Como se puede notar, solo en nombres se habrían gastado una fortuna… y, como si aquello no hubiese sido suficiente, le encargaron un condado y le pusieron un guion al apellido: conde de Saint-Exupéry.

 

Su infancia y adolescencia coincidieron con los años iniciales del desarrollo de la aviación moderna. Su gran sueño habría sido ingresar a una academia de vuelo y convertirse en piloto aviador. Y eso fue lo que primero hizo: a los veintiún años ya había terminado su entrenamiento. Lo demás vino por añadidura: se enroló en el servicio postal que se había establecido entre el sur de Francia y el Sáhara Español (ubicado hacia el occidente del desierto del Sahara y hacia el sur de Marruecos). Esa experiencia le habría servido como acicate para contar sus historias y plasmarlas en su perseverante actividad literaria.

 

Saint-Exupéry estuvo por un corto tiempo en Sudamérica; algo relacionado con la aviación comercial lo situó en forma fugaz en la Argentina. Allí fungió brevemente de director de una empresa aérea, subsidiaria de la Aeropostal francesa. De vuelta en Europa se enroló en un proyecto de apoyo a las tropas aliadas; el grupo del que pasó a formar parte, había escogido como base de operaciones la isla de Córcega. Murió justamente en una de esas misiones de apoyo, cuando estaba conduciendo un vuelo en el área del Valle del Ródano (Rhone, en francés). Sus restos fueron encontrados, más tarde, cerca de una diminuta isla del Mediterráneo Occidental, ubicada pocos kilómetros al sur de Marsella. Se presume que fue derribado por un aparato enemigo; eran los tiempos de la Segunda Guerra.

 

Solo había vivido cuarenta y cuatro años... ¡Había recién escrito un escueto y sumario capítulo!


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