11 junio 2021

Hace falta un Diccionario Urbano

He empezado a persuadirme de que algo anda mal, de que algo no encaja y de que los miembros de la Academia quizá han perdido sus libretos. Advierto que, poco a poco y en forma nada disimulada y sutil, los ilustres académicos se han dado por aceptar, como nuevas voces del revisado Diccionario de la RAE, una serie de innecesarios barbarismos… Sí, porque el propio documento define barbarismo, en su última acepción, como un “extranjerismo no incorporado totalmente al idioma”. Quizá la única diferencia sea que, tratándose de voces ajenas y pertenecientes a otras lenguas, con su gestión los han incorporado plenamente…

 

En esta inquietud me encontraba, hasta hace pocos días, a cuento de que me hallaba indagando la historia y el porqué del lema de la Academia, cuando de pronto me encontré, en la sección de Cartas al Director del periódico El País, con una muy interesante misiva de quien parecía ser un entendido en temas lingüísticos. Firmaba como Miguel Cámara, comentaba acerca del lema referido y mencionaba que (la entidad) “en un principio incorporaba nuevos términos al Diccionario, recogidos por la costumbre y el saber popular; así tenemos souvenir, sandwich, clichet, bufet, ticket”. Pero que hoy, con el crecimiento de la red de medios y la influencia negativa que estos ejercen, se ha ido produciendo un uso abusivo de extranjerismos.

 

Y continuaba el mencionado caballero: “El pueblo ahora ha influido para que entren en el Diccionario términos como hobby, look, input, mouse, ranking, break, mailing, hit, bluf, chance, remake, revival, flash back, casting, low cost, bluetooth, item, tablet, affaire, on site, estar ‘in’, o estar ‘out’, y cientos más”. Y concluía el querellante: “La Academia, en lugar de bendecirlos, debía ser más cauta y responsable al considerar las nuevas costumbres del vulgo porque, en definitiva, quien enseña y educa es el profesor, nunca los alumnos”. Con ello lo que el señor Cámara ponía de manifiesto era justamente lo que yo venía reclamando; esto es que: la academia no solo esté aceptando neologismos, sino que ha empezado a incluir voces de otros idiomas sin que esto sea absolutamente necesario. ¡El diccionario no está para eso!

 

Participo de la opinión que la práctica totalidad de los términos mencionados en el párrafo anterior (en su mayoría anglicismos y galicismos), son perfectamente traducibles a nuestro idioma: esto, si además no tienen también la contrapartida de que existen otras palabras equivalentes. Tomemos cualquiera de ellos al azar, casting por ejemplo: el diccionario dice que es una “selección de actores o de modelos publicitarios para una determinada actuación”; bien pudiera traducirse como “prueba de actuación”, por ejemplo. De hecho, no es una traducción con una ideal economía de palabras, pero más o menos representa la idea y la intención. Soy consciente de que cuando se tradujo por primera vez “hamaca”, por ejemplo, pudo haber sido muy extensa la literatura escogida (“especie de cama, hecha de esterilla, utilizada para descansar, que normalmente va colgada de un árbol”. O algo así…).

 

Pero miremos qué sucede en la lengua inglesa, también como ejemplo. Existen, en primer lugar, varios diccionarios que han merecido ser reconocidos o aprobados: el Oxford es uno; el Collins o el Cambridge, pudieran ser otros. En ellos, una de las distinciones más importantes es la de que hay una diferenciación en cuanto a los significados (y aun en la pronunciación de los términos) de acuerdo a si se trata del inglés americano o británico. Luego, existe un diccionario más exhaustivo (“more comprehensive”), que sirve casi como un diccionario de sinónimos y antónimos; es lo que se denomina un “tesaurus”, o tesoro. Y, finalmente, existe una suerte de diccionario de cualquier término relacionado con el argot o jerga de todo tipo de actividad, ambiente u oficio: es lo que se conoce como un “Urban Dictionary” (un Diccionario Urbano). Aquí entrarían no solo las jerigonzas, sino también toda suerte de palabras técnicas, o voces adaptadas; e incluso voces de dialectos o idiomas informales, como pudieran ser el lunfardo o el papiamento. Aquí la única consideración sería la de si a esos vocablos se los ingresa como parte de la totalidad o como compendios, formando parte de un determinado anexo.

 

El punto central es que todas esas voces, que son recogidas en el Diccionario Urbano, ya no se requiere registrarlas en los diccionarios regulares. Estas voces no tienen porqué estar incluidas y definidas en los diccionarios principales, que son aquellos que recogen las voces de uso coloquial y del habla elegante del idioma. Todo aquello que es utilizado por un grupo que emplea un lenguaje particular va al Diccionario Urbano. En el caso que nos ocupa, la Academia debe entender que no está para eso. Y es que se equivoca o no tiene la idea clara. Y no solo que ha distorsionado sino que está restando mérito a su propio esfuerzo. Estaría devaluando su labor.


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08 junio 2021

La aguja y la raja de leña…

Fueron esas, las dos primeras veces que fui a una casa de salud. No podría llamarle clínica u hospital porque, técnicamente, el edificio no era ni lo uno ni lo otro; era más bien lo que hoy se llamaría un “centro médico”, un lugar donde existían distintos consultorios que atendían casos de distintas especialidades. Era una construcción reñida con la arquitectura tradicional que, aun de niño, me invitó a conjeturar si eso de que sus paredes fueran onduladas, no estaba en desacuerdo con los fines prácticos que persigue la propia medicina. Su diseño obedecía tal vez a un momento de la vida de la ciudad cuando, por el solo prurito de optar por el Premio al Ornato, los constructores proponían cualquier novelería… Hablo del edificio de la Cruz Roja, avecinado al parque de la Alameda.

Algo había en las clínicas y hospitales que creo que me repelía. El hecho de que ahí se tratasen los síntomas de la enfermedad, o que pudieran considerarse como un preludio para el deceso, quizá les daba un carácter que obligaba a la parquedad y quién sabe si a intuir que contenían una cuota de cierto misterio. Ahí la gente se comunicaba solo con gestos o con inaudibles susurros. Recuerdo que allí los pisos estaban cubiertos por unas piezas cuadriculadas de vinilo. El personal vestía unos blancos e impolutos uniformes que ayudaban a crear ese ambiente solemne que aparentaban los seguidores de Galeno, profesionales circunspectos que ayudaban a transitar por la cornisa misma de los farallones de la muerte…

Dos veces fui a parar allí hacia el final de mis días de escuela; ambas coincidieron con sendos accidentes domésticos en los que el paciente, vale decir el lastimado, fue por desafortunada coincidencia mi querida y siempre hacendosa abuela. Si años atrás, alguna vez, yo había tenido que correr calle abajo, con ánimo desconsolado, debido al inesperado envenenamiento de una de nuestras infantiles mascotas, entonces tuve que hacerlo para acompañar a mi confusa abuela al dispensario más cercano, buscando una atención perentoria, en vista de las dos insólitas emergencias que aquí relataré. Estas sucedieron en el lapso de pocas semanas y se convirtieron en episodios que me quedarían grabados en la memoria en forma indeleble. Hoy mismo, no recuerdo sin embargo cuál sucedió primero; pero así fue como estos absurdos y tragicómicos eventos sucedieron.

Vivíamos enfatuados por aquellos días con una novedosa forma de entretenimiento. La habíamos copiado de los vecinos que habitaban en el piso inferior; eran ellos tres muchachos mayores a nosotros, que debían estar cursando los años medios de colegio. Desde el piso de arriba, como apostados en un favorecido atalaya, veíamos cómo ellos habían construido una suerte de pista de carreras para hacer rodar canicas de colores. Allí, ellos se empeñaban en realizar unas competencias interminables cuyos resultados eran siempre impredecibles...

No pasó ni una semana, pero lo siguiente que sucedió fue que, sin permiso de los interfectos y sin ápice de respeto a su propiedad intelectual, más temprano que tarde habíamos no solo copiado su arquitectura, sino mejorado con creces el lúdico como divertido invento. Solo nos bastó con atisbar lo que habíamos presenciado. Recurrimos a las camas que no se utilizaban en la casa, aquellas que yacían olvidadas en el soberado, tomamos los largueros y las tablas que antes se utilizaban como sucedáneo de los somieres para asentar los colchones y nos dedicamos a la ímproba tarea de construir nuestra propia versión de la “Fantástica-y-mundialmente-famosa-cerrera-de-bolas-de-los-hermanos-Vizcaíno”. Para las barreras de contención, de esta improvisada obra de arte, utilizamos las amontonadas rajas de leña que se nos había mandado arrumar en la azotea posterior. Entonces, adecuamos los dispersos implementos y ¡ya estaba!. La copia había superado al rústico prototipo.

Pero, no siempre la alegría viene exenta de desgracia… Una tarde, mientras yo reordenaba las “rieles de contención de la pista”, una de las rajas resbaló del antepecho de la azotea y cayó al patio desde el tercer piso. Lo siguiente que supe es que la pieza había caído sobre la cabeza de nuestra incansable abuela quien, ajena a nuestras entretenciones deportivas, había estado, a esas mismas horas, tajando en trozos más delgados unos renuentes troncos de leña. La diosa Fortuna estuvo de nuestro lado aquella tarde: la abuela Carlota siempre creyó que uno de esos reticentes y díscolos troncos había saltado y le había producido aquella sangrante herida…

Con una aguja de coser habría de suceder algo con un cierto parecido. Esta le había pinchado a la abuela en la muñeca mientras lavaba un delantal escolar de mi hermana Lolita. Para cuando ella intentó extraer de su cuerpo el delgadísimo metal, una parte del mismo se quebró y el trozo restante continuó hacia la parte superior del brazo, por el torrente sanguíneo… Nunca, como en estas tristes circunstancias, la había visto tan nerviosa e intranquila.


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04 junio 2021

Algo gracioso sucedió camino del foro

Se llamaba Buster Keaton (ese era, por lo menos, su nombre artístico). Murió en un hospital – a mi misma edad– de una enfermedad que nunca le contaron. Fue actor y director de cine, de los mejores que haya habido. Dicen que cuando actuaba, solo necesitaba alterar su mirada para expresar cualquier estado de ánimo. Era bien parecido y será recordado como uno de los actores más formidables del cine mudo. Pude verlo actuar, como personaje secundario, en una película que se proyectó hace medio siglo (yo tal vez tenía veinte años), se llamó “Algo gracioso sucedió camino del foro”; sería su despedida como actor, fue su última película.  

El film, según recuerdo, pintaba la historia de un esclavo, Pseudolus, quien, a despecho de su nombre (que podría insinuar la condición de impostor o de falso), era más bien un individuo astuto y sagaz, pero un tanto tramposo, aunque por buenos motivos. Este se había propuesto ayudar a su amo, que estaba empeñado en enamorar a su agraciada vecina, todo a cambio de obtener su libertad. Pero, no es de esa trama de lo que quiero hablarles hoy… Me ha gustado el título porque en días pasados, mientras regresaba a casa, me sucedió algo extraño que nada tuvo de gracioso. ¿Cómo llamar cómica, o “graciosa”, a una circunstancia en la que solo volver a casa me tomó casi cinco horas (algo que no debería tomar más de treinta minutos).

Empiezo por aclarar que no vivo en Quito; vivo en San Rafael, ubicado en uno de los valles aledaños. Soy consciente de los ocasionales trancones que se producen en vías como la Avenida Simón Bolívar, especialmente cuando llueve y durante las reconocidas “horas pico”. Procuro, por lo mismo, evitar esos horarios, pero hay ocasiones en que no existe alternativa y manejar durante esas horas, en ese tipo de caminos, se vuelve inevitable.

El caso es que salí desde “El labrador” con rumbo a mi humilde morada a eso de las cinco de la tarde. Cuando llegué a esa avenida de alta velocidad (¿cómo llamarla “autopista”?), pude apreciar que el flujo del tránsito era muy lento, casi se podía decir que el desplazamiento vehicular hacia el sur había colapsado. Solo dos horas más tarde, cuando ya había llegado hasta la intersección de la Vía Interoceánica, pude advertir el motivo: un enorme tráiler había derrapado en plena vía y yacía de costado interrumpiendo el paso en todos los carriles.

Opté entonces por tomar la Vía Interoceánica como alternativa. Bajé hacia Cumbayá con la inicial intención de tomar la Ruta Viva y conectar con la vía Intervalles. Pronto pude percatarme que casi todos los demás afectados habían optado por similar iniciativa. Fue cuando decidí efectuar un repentino cambio de planes: tomé la Ruta Viva en sentido oriente–occidente y me propuse regresar a la Simón Bolívar. Por un instante creí que había efectuado una brillante elección, solo para comprobar que, oh sorpresa, el tránsito estaba también paralizado en ese nuevo sector de la demandada vía. Habría de tomarme otras dos horas y media llegar hasta la próxima salida, en donde la S. Bolivar conecta con la autopista General Rumiñahui. Hasta este punto, me había tomado cuatro horas y media recorrer una distancia aproximada de veinticinco kilómetros. Es decir, ¡cuarenta kilómetros en casi cinco horas!

He recordado de pronto, una experiencia semejante: una mañana, mientras trabajaba en Seúl para Korean Air, tuve que reportarme en Kimpo a las seis de la mañana; me habían programado para un vuelo a Bangkok, en Tailandia. Debía salir a las ocho de la mañana y el viaje tomaría seis horas de vuelo. Por algún olvidado motivo, salimos con un breve retraso y estuvimos aterrizando a eso de las cuatro de la tarde. Había llovido “perros y gatos” en esa ciudad paradojal carente de desagües y, para colmo, era un día viernes. Se soportan ahí, por seis meses al año, aguaceros apocalípticos cuando los díscolos monzones hacen sentir su necio efecto. La nueva autopista estaba todavía en construcción y nos tomó cuatro largas horas llegar hasta el hotel, mientras apreciábamos todos los detalles de esa urbe contradictoria donde se juntan los más hermosos templos con los arrabales más inmundos y pestilentes.

Pero ¿Qué hacer con esta ruta? Creo, para empezar, que se debería restringir el tránsito de vehículos pesados en las horas pico, al menos el de las unidades que no atienden al transporte público. Esto es parte del problema. Otra alternativa sería la de rediseñar el uso de la vía, para que se la pueda utilizar también en sentido inverso (al menos determinados carriles); hay –por otra parte– que mejorar la información que se ofrece al usuario (que se la puede proporcionar en letreros electrónicos), para poder recomendar así otras alternativas en casos de congestión o accidente. Se puede implementar una estación dedicada a informar la condición de la vía. Se podría, además, crear paradores e instalar estaciones de servicio a lo largo de la ruta; e incluso, tratar de reducir el número de vehículos promoviendo un sistema de transporte compartido… ¡Hasta Pseudolus estaría de acuerdo!


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01 junio 2021

Una lengua que no cesa de parir *

* Por Marcia Brédice para elcastellano.org. Reeditado para satisfacer el formato de este blog.

 

Hablo español. Hablo el español de la Argentina desde que alguien me inauguró con nombre propio, me acunó con nanas y me apapachó con la voz arrulladora de esa lengua que enamora por sonoridad a todo el mundo. Hablo español desde que comencé a balbucear mis primeras palabras: tau, pá, má. Tuve la fortuna de vivir en la casa de mis abuelos maternos y de tener quince tíos abuelos a los que visitaba o a los que recibía cada domingo. De oír incontables historias e incontables maneras de contarlas, alrededor de una mesa en la que se mezclaba el español castizo, el cocoliche y hasta un poco de piamontés.

 

Todos ellos eran, sin dudas, grandes artífices del lenguaje y de la anécdota. Esa virtud, ese atributo, los hacía únicos para mí. Sabían cómo hacer de un mínimo incidente, un extraordinario circunloquio; y en esa facundia, en esa facilidad que tenían por encontrar las palabras y tejer grandes e inverosímiles relatos, yo me perdía, escuchándolos, como en un canto de sirenas. Podría seguir repasando, detalle a detalle, cómo sus voces resonaban —y aún resuenan— en mí. Sin saberlo, todos ellos, visita a visita, domingo a domingo, fundaban mi matriz lingüística, mi origen en el lenguaje, las voces y expresiones que aún forman parte de ese primer caudal léxico sobre el que se sedimenta mi expresión idiomática.

 

También tuve la ventura de crecer al lado de una abuela que, sentada durante horas, resolvía crucigramas. Había aprendido a leer y a escribir en la escuela "Dr. Gabriel Carrasco" de Rosario. Todos los días hojeaba la edición en dos tomos de tapa dura y cubiertas color carmesí del Diccionario Magíster de la Lengua Española. Era una edición de Editorial Sopena del año 1966. Aún hoy puedo sentir el olor y la textura de sus páginas y de su tapa, el color dorado de las letras grabadas en su lomo, la grafía cuadrada de mi abuela dibujando palabras en los casilleritos de esos tableros de ajedrez recortados de la última página de viejos diarios.

 

Puedo oírla pidiéndome que busque en la P o en la C, en la H o en la N. Puedo ver a esa nena, metiendo los dedos en el vértice superior, curioseando en las cornisas de las páginas hasta dar con el tesoro escondido de la definición. Puedo oír a mi abuela, María Molinero, corrigiendo mi pronunciación como una María Moliner. ¿Qué dice de libertad? Libertad. Del latín. Dícese de la facultad del hombre para elegir su propia conducta, de la que, por lo tanto, es responsable. Puedo, incluso hoy, seguir sintiendo la búsqueda en un diccionario con la misma adrenalina, avidez y curiosidad con la que buscaba a mis ocho años.

 

Esos dos pasajes de mi vida —y algún otro en que los silencios pesaron más que las palabras—, fueron determinantes en mi inclinación por el estudio de la lengua y, en especial, por la lexicografía, ese intento de ceñir lo «incorsetable» de los significados, de elaborar definiciones, de recopilar el léxico del español. Todo eso se convirtió en mi pasión, en mi oficio cotidiano; en transferir el conocimiento de la lengua y profesar el amor por esa disciplina. No hay escena de mi infancia (de ninguna infancia) en la que no aparezca el sonido o el silencio de las palabras como elemento fundante, trascendente y revelador.

 

Es que la vida empieza con la palabra. La palabra funda nuestra llegada al mundo cuando se nos nombra por primera vez y, una vez ya inmersos en el lenguaje, no hay experiencia transmisible sin ella. Estamos hechos de palabras. Somos palabras. Somos nuestra lengua. El español es la segunda lengua del mundo por número de hablantes nativos. La hablan casi quinientos millones de personas y es lengua oficial en veintiún países. Su diversificación hace de ella un verdadero milagro. Constituye una unidad. Una unidad extraordinariamente rica en su diversidad que hace que podamos entendernos más allá de las diferencias.

 

La entonación cadenciosa de los caribeños; el tono andino de ecuatorianos y peruanos; el seseo del español americano y del de Canarias; el marcado yeísmo del rioplatense —más los incontables matices del español de la Argentina—; el ceceo de los andaluces; la dulzura de los diminutivos centroamericanos; el leísmo de los paraguayos y su diglosia español-guaraní; la entonación de los chilenos; la combinación del usted con el tuteo de los colombianos. Cada comunidad lingüística y cada hablante imprimen en la lengua su sello único y particular.

 

Como dijo Ivonne Bordelois, las discusiones lingüísticas son peligrosamente atractivas, porque dividen el mundo hispanohablante en dos: los que creen que primero está la lengua real y los que creen que primero está la norma lingüística. No hay formas incorrectas para una lengua real que muta todo el tiempo, que se expande, se despliega y crece como una materia orgánica en la que cada palabra se vuelve hermosa a la luz de quien la pronuncia o de quien la escribe. Una lengua que, como un organismo vivo, no cesa nunca de parir.


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28 mayo 2021

Un crisol para las palabras

Era un clérigo y estadista francés. Había nacido en 1585 y había requerido de dispensa papal para ordenarse obispo a los veintiún años; llegó a cardenal a los treinta y siete. Fue secretario de Estado a los treinta y uno y primer ministro a los treinta y nueve; así,  acumuló poder tanto con la Iglesia como con la Corona.  Sentó las bases para la centralización de Francia y articuló el marco absolutista que luego favorecería al futuro Luis XIV. Era su nombre Armand Jean du Plessis, cardenal de Richelieu, duque de Fronsac. Le decían “la Eminencia Roja”, por el color de su ropaje cardenalicio. Y así lo diferenciaban de su hombre de confianza, un tal “Padre José”, fraile capuchino llamado Francois Leclerc du Tremblay, apodado como “la Eminencia Gris”. Richelieu moriría, también prematuramente, a los 57 años.

Richelieu no era muy popular como hombre de estado; su influjo se hizo sentir en el plano internacional y tuvo mucho que ver en la Guerra de los Treinta años. En el campo de la cultura dejó importantes obras que merecieron reconocimiento: la ampliación y renovación de la Sorbona, y la oficialización de la Academia Francesa en 1635; esta institución habría de inspirar, casi ochenta años más tarde, idéntico propósito en España, donde se aplicarían similares políticas. Así se produjo la creación de la Academia de la Lengua Española en 1713, iniciativa que estuvo a cargo de Juan Manuel Fernández Pacheco y Zúñiga, VIII marqués de Villena. Hoy la Corporación cuenta con 23 Academias subordinadas, las mismas que conforman la ASALE, Asociación de Academias de la Lengua Española.

El propósito de la institución es el de depurar, conservar y velar por la propiedad y corrección de la lengua castellana. Eso es lo que proclama su lema, un octosílabo métrico: “Limpia, fija y da esplendor”. La Academia ha escogido como símbolo el crisol, pues si las palabras equivaldrían a los metales, lo que se intenta es eliminar la escoria (las impurezas), preservar lo que es bueno y embellecer lo que queda del proceso de depuración. Para ello edita tres publicaciones: el diccionario, la gramática y la ortografía. Existen 46 sillas en la Academia de la Lengua: estas representan las letras de nuestro abecedario latino: 23 están dedicadas a las letras mayúsculas y 23 a las minúsculas, y quienes las ocupan son miembros designados con carácter vitalicio.

Respecto al Diccionario, antes conocido como DRAE (hoy DLE), los académicos se preocupan de considerar, de tiempo en tiempo, la adición de nuevas voces o términos, de acuerdo con las nuevas palabras que son utilizadas por los hispanohablantes o debido a una serie de voces que son de uso regional y que van adquiriendo carta de ciudadanía gracias a la correspondiente aceptación por parte de la Academia. Se diría que la intención de la institución no es la de indicarnos qué palabras debemos usar, sino que ella recoge las voces que utilizan los hablantes y las incluye en el texto, definiendo sus significados. Esta pudiera ser la tarea más delicada, pues en el interés de reconocer voces que requieren validación, o que en el criterio de los "miembros de número" se hace necesario incluir, se corre el riesgo de democratizar en exceso el ingreso de términos cuya inclusión pudiese resultar innecesaria.

Un asunto importante es el relacionado con las palabras de otros idiomas que no tienen una exacta traducción en nuestra lengua. Otro, es la insurgencia de voces que aparecen como resultado del avance de la tecnología. Aquí puede existir la tentación de incluir ciertas palabras porque no se encuentra un término con la traducción precisa, o porque el uso de esa palabra ya se ha convertido en voz de uso corriente. ¿Qué hacer con palabras como “hobby” o “briefing”, por ejemplo?, ¿se las “acepta” como nuevos términos integrantes de nuestro idioma, o simplemente se las deshecha, a sabiendas de que no disponemos de las voces correspondientes? O, ¿qué sucede si empezamos a incluir voces de otros idiomas, en forma indiscriminada o demasiado frecuente?, ¿no correríamos el riesgo de abrir las puertas a términos que forman parte de una indeseada jerigonza? ¿Sería eso lo más conveniente?

Si el renovado interés de la Academia es aquél de "no quebrar la esencial unidad de todo el ámbito hispánico" y que se "difundan los criterios de propiedad y corrección", sería beneficioso que existan representantes de otras academias en la RAE; quizá pudiera reservarse un grupo de escaños para unos pocos académicos extranjeros, en vista de que existe un requisito para ser Miembro de Número, aquél de que se debe portar la nacionalidad española. Tal vez esta posibilidad no se ha considerado todavía, quizá porque se interpreta que la existencia de la ASALE es ya suficiente. Con frecuencia se olvida que la RAE no solo representa a los hablantes que existen en España, sino que la suya es de hecho una directiva autorizada, que sirve de guía para todo ese conglomerado de más de quinientos millones de personas que conforman el universo de hispanohablantes que actualmente existen en el mundo.


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25 mayo 2021

En el principio…

El Pentateuco es el primero de los tres tomos que conforman la Biblia católica; como sugiere su nombre, consta de cinco libros. De acuerdo a la tradición, estos habrían sido escritos por Moisés, aunque hoy se postula que habrían sido escritos por varios autores diferentes. Los nombres con que los conocemos les fueron asignados por los setenta sabios que hicieron la primera traducción al griego, que por ello se la conoce como Septuaginta; sin embargo, su nombre de origen es el de la primera palabra con que inician sus respectivos relatos.

 

El Génesis, por ejemplo, empieza con la palabra “Bereshit” que, en hebreo, quiere decir “En el principio”; es el primero de los libros del Pentateuco. Para los entendidos, no es –si hablamos con propiedad– el primer libro de la Biblia; pudiera decirse que es una especie de prólogo o introducción, por ello se sostiene que la Biblia empieza realmente con el Éxodo, el segundo de dichos libros. Hay quienes postulan que “Bereshit” tiene un carácter no solo mitológico (quizá influenciado por creencias más antiguas) sino que entra en el reino de la parábola, la alegoría y la prosopopeya. Su carácter, al comienzo, sería el de un mito que quiere afirmarse como historia y, cuando termina, parece una historia que trata de perpetuarse en el mito.

 

Es en el Génesis (01-28) que se cuenta que, en aquella primera y única semana de la Creación, Dios hizo un encargo y dio una misión a la humanidad: “creced y multiplicaos”, o “id por el mundo y poblad la tierra”. No descuidar que una vez que se produce la expulsión de Adán y Eva del Paraíso, el hombre pasa a estar condenado a “ganarse el pan con el sudor de su frente”; pero esto solo implica que el hombre debe aprender a recolectar los frutos de la tierra y a cuidar de unos pocas especies que habrán de ayudarlo a satisfacer su supervivencia.

 

Pasan los años (o los siglos, los milenios y los millones de años); y el hombre intuye la recurrencia de las estaciones, aprende a cultivar y a cosechar los frutos de la tierra. Así, al conocer y obtener el beneficio de este y otros fundamentos, prefigura un método que facilita la garantía para su supervivencia: ha inventado o descubierto la agricultura. Ahora, ya no tiene que efectuar grandes desplazamientos para recoger y alimentarse. Ahora, puede dejar de ser nómada, puede construir caseríos o pequeñas ciudades; descubre las ventajas de vivir en comunidad, y la ventaja de ayudarse mutuamente. La cultura conduce a la civilización.

 

Si aceptamos el simbolismo que tiene la Biblia, se haría preciso volver al relato de la Torre de Babel (Génesis 11: 01-09), donde se cuenta que el hombre, llevado por su vanidad, habría construido ciudades y, ya con la experiencia del diluvio, habría ideado la posibilidad de construir una torre para llegar al cielo. El hombre habría desoído el precepto de no afincarse en un solo lugar determinado (cuando debía ir y poblar la tierra)… Entonces, el enfado y la sanción divina no se harían esperar: Dios confunde las lenguas de los díscolos y presuntuosos que se ven obligados a suspender su absurdo propósito y deben volver a desperdigarse por el mundo. La ira del Padre les hace saber que se ha desplomado su necio e insolente zigurat.

 

Si hemos de basarnos en las teorías que hablan de la antigüedad del hombre y, en especial,  de sus probables ancestros, sabemos que sus predecesores pudieron aparecer hace cerca de cincuenta millones de años. Los antecesores del homo sapiens habrían desarrollado su bipedación (caminar en dos extremidades) en un período de tiempo acontecido entre hace cuatro y 1.5 millones de años; de modo similar, habrían aprendido a utilizar utensilios y herramientas hace “solo” dos millones y medio de años. A pesar de ello, el desarrollo real de la especie, ya en condición de homo sapiens, sería de alrededor de trecientos mil años. Sus migraciones, por otra parte, tendrían algo menos de ciento cincuenta mil años, que es cuando el hombre deja el África, empieza a recorrer el mundo y a poblar los distintos rincones de la tierra. América es visitada por primera vez recién hace algo más de unos diez mil años…

 

La gran incógnita es la del desarrollo de las lenguas, proceso que constituye un formidable avance que identifica y define al hombre como especie. ¿Cuándo empieza el hombre a hablar?, y ¿por qué habla tantos y tan distintos idiomas? No deja de intrigar aquello de que en el principio pudo existir una sola lengua que luego fue evolucionando, como parecen insinuar las Escrituras, o que quizá hubo múltiples y variadas lenguas que también se fueron poco a poco modificando. Si hemos de comparar aquellos cincuenta millones de años con la duración de nuestra existencia racional, estos últimos trecientos mil –durante los cuales se habría perfeccionado la especie– solo equivaldrían a un fugaz y miserable instante…


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