09 julio 2021

Ordalía

Pertenezco a una generación que ya no tuvo el beneficio de aprender latín y griego; latín porque ya se consideraba lengua muerta, griego porque ya no era necesario como idioma para establecer la etimología de las palabras latinas que habían servido, a su vez, como étimos o fundamentos para muchas palabras de nuestra lengua. No estoy seguro de si nuestros padres, tuvieron ese privilegio (por lo menos quienes estudiaron en planteles confesionales), pero podría postular que, de esa inclusión en el pensum de estudios, sí gozaron nuestros abuelos.

 

El cambio se habría dado a principios del siglo anterior. En otras palabras, todavía habrían aprendido latín y griego quienes, siendo niños, fueron a la escuela antes de la Primera Guerra Mundial. No olvidar que ello ocurría poco después de que se había impuesto la división entre Iglesia y Estado. Aquello del establecimiento de la “educación laica” parece que tomó un buen medio siglo: primero hasta ser aceptado como concepto; y, segundo, hasta implementarse en los planes de estudio, basados en la nueva mentalidad que se iba imponiendo.

 

Por otra parte, y para mi caso personal, habiendo estudiado con los Hermanos Cristianos, este divorcio con el latín en particular, no fue total desde un principio. Y esto se debió a una circunstancia especial, y era que entonces se nos hacía asistir, en forma obligatoria, a misa todos los días; aquello no era una opción. Eran los años anteriores al Concilio Vaticano II, y no se había suspendido todavía, en la liturgia católica, el oficio de la misa en latín. Pudiera decirse que, aunque ya no se enseñaba latín, estábamos todavía expuestos a la influencia del idioma del Lacio.

 

Pero hubo una contrapartida que quizá creó una compensación: era el aprendizaje -aleatorio, aunque casi siempre exiguo- del idioma inglés. Algo había cambiado, esta enseñanza ya no era reflejo del esnobismo o de cierto diletantismo, pues aquello ya había dejado de ser un símbolo de estatus. Así como la enseñanza del latín había empezado a considerarse “impráctica”, también había surgido con fuerza una nueva corriente: eso de aprender un segundo idioma era ahora una necesidad y, además, un elemento que formaba parte lo que se entendía por “humanidades modernas”. El inglés, debido al influjo internacional que pasaron a tener los Estados Unidos, se había convertido en la lengua de las finanzas, la diplomacia y la tecnología. ¡Había pues ahora que aprender inglés!

 

De modo que así terminé el colegio: como poseedor de un inglés bastante precario. Ya graduado de colegio, fui a realizar mi entrenamiento como aviador, fui a “aprender a volar”, en los Estados Unidos. Vale decir que fui a hacerme piloto a la par que aprendía, o en la medida que aprendía, ese idioma sajón. Pese a la dificultad que ello entrañaba, tenía una relativa ventaja: no había cumplido todavía dieciocho años. Fue así como, casi sin que me diera cuenta, regresé pocos meses más tarde, no sólo graduado de piloto sino también con un idioma adicional.

 

Esa experiencia, mis posteriores viajes a Norteamérica y, sobre todo, mis frecuentes lecturas en ese idioma, fueron consolidando ese aprendizaje. Advierto que, sin que uno se proponga, va prescindiendo de a poco del diccionario y, descubre una impensada habilidad: la de ir infiriendo el significado de ciertas palabras; aprende a suponer su eventual sentido. Así descubre que las traducciones no siempre son exactas… Tomen “ordeal”, por ejemplo. El diccionario la traduce como “prueba”; pero, claro, este no es su exacto significado, ya que no entraña el sentido de sufrimiento, de experiencia dolorosa y continua. Entonces uno busca otras alternativas: ¿vía crucis?, ¿calvario?, ¿martirio?, ¿suplicio?; quizá, ¿odisea? Y eso es justamente de lo que quiero comentar, de cómo se llega al concepto, al significante, a través de un proceso inverso…

 

Estuve viendo una película en días pasados. Ella contaba la historia de una actriz porno llamada Linda Lovelace, su nombre artístico. Linda se había dado a conocer por su actuación en una cinta que se haría famosa: Deep Throat (Garganta Profunda). Había sucumbido a la explotación -y hasta a la prostitución- a la que le habría sometido su desquiciado esposo. Este le obligaba a desempeñar un aberrante papel, para vergüenza de su familia y para su propia infelicidad… Pero decidió rebelarse, rehacer su vida y narrar su historia en un libro que llamó “Ordalia”.

 

Al enterarme de ese nombre, enseguida lo relacioné con la palabra “ordeal” y me propuse averiguar su etimología. Así descubrí que “ordalia” venía del latín (también ordalia) que, a su vez, significaba ordalía en español (ya con tilde y como palabra aguda). Demás está elaborar sobre lo que aquí propongo: hay palabras en el inglés cuya traducción no nos satisface plenamente; pero que, cuando escarbamos un poco, encontramos que su etimología resulta similar a la de alguna otra palabra ya existente en nuestro propio idioma…


Share/Bookmark

06 julio 2021

Llorona: una triste historia

A ver, háganme caso: vayan a “YouTube”, escriban “Depedro y Llorona”; y van a encontrar la versión más inesperada que pudieran hallar de “Llorona”, esa hermosa canción que yo escuchaba en mi adolescencia, en la voz de Raphael. Está interpretada por un formidable dúo español; lo conforman dos voces excepcionales: Depedro y Fuel Fandango. Está cantada en un ritmo distinto, quizá llamado “Lujo ibérico”, tiene una percusión diferente. Es una de las mejores versiones, si no la mejor, que he escuchado. Háganme caso. ¡No se van a arrepentir!

 

Allí, entre los comentarios que hacen quienes la han escuchado, encontré uno que lo he querido reeditar. Quien lo hace, nos pasa la triste historia de la canción, como él (o ella) “se la ha acabado de encontrar”, y dice:

 

“La Llorona es una canción nacida y escrita en una comunidad Zapoteca del Istmo de Tehuantepec, Oaxaca. La historia cuenta que un joven de Tehuantepec fue a una fiesta en la comunidad vecina, llamada Juchitán. Ahí conoció a una chica tan hermosa que salía de la iglesia vistiendo el famoso traje regional Istmeño, llamado “Huipil”. Por un tiempo se esforzó para conquistar a la joven y después consiguió la aprobación de los padres para casarse con ella. Pero los vientos de la Revolución soplaron en Oaxaca (1911-1912) y antes de irse a la guerra, le dijo algo como lo que sigue:

 

Recuerdo el día que fuimos al río

Y las flores del campo parecían llorar

Pero la guerra me esta llamando

Porque la paz de nuestro país ha sido robada

Volveré por ti y por nuestra familia

Nunca dejaré de amarte, en la vida y en la muerte

 

Finalmente el día de partir llegó y cuando él se despedía de ella, el llanto corrió por sus ojos y los suspiros de dolor invadían el rostro de su amada. Mientras hablaba con ella le tomaba ambas manos, al tiempo que limpiaba con las suyas, las lagrimas que caían por las mejillas de su esposa. Y entonces la llamó "Llorona", porque ella no paraba de llorar sabiendo que quizás, no volvería a ver a su esposo. Besos y promesas volaron por el aire y él juró que regresaría por ella y si eso no sucedía, entonces la iba a esperar en el Paraíso, pues los Zapotecas creen que un verdadero amor puede trascender más allá de la vida y de la muerte. Ella también prometió esperarlo sin importar lo que sucediera…

 

Muchos conocían a la pareja y se apenaron por ellos. El chico se fue a la guerra pero nunca regresó. Tiempos después, un amigo mutuo volvió al pueblo y le dijo a ella: “Tu esposo fue alcanzado por las balas y las heridas eran tan terribles que fue imposible salvarlo. Pero mientras agonizaba me pidió que te dijera que siempre te amaría y que por favor lo perdones. Aquí traigo una carta que me dio para ti” Extractos de la carta decían algo como esto:

 

Salías del templo un día, Llorona, cuando al pasar yo te vi,

Hermoso huipil llevabas, Llorona, que la virgen te creí,

En el cielo nace el sol, mi Llorona, y en el mar nace la luna,

Aunque me cueste la vida, Llorona, no dejaré de quererte.

 

Ay de mí Llorona, Llorona, tu eres mi “Xhunca”,

Me pedirán dejar de quererte, Llorona, pero de olvidarte nunca,

No creas que porque te canto, Llorona, tengo el corazón alegre,

También de dolor se canta, Llorona, cuando llorar no se puede…

 

Ella lloraba todo el tiempo leyendo esa carta y nunca volvió a casarse, porque esperaba reunirse con su amado en el paraíso y cumplir con su promesa. El bebé de ellos nació una semana después de la noticia y cada treinta de octubre los tres cenaban juntos: la esposa y un hijo en la tierra de los vivos y el esposo en el reino de los muertos. Hasta que La Gran Águila los juntó nuevamente… El tiempo pasó y la historia fue escrita como una canción folklórica local que ha sobrevivido en el tiempo…”

 

Cada vez que entra la noche, Llorona, me pongo a pensar y digo:

De qué me sirve la cama, Llorona, si tu no duermes conmigo…


Share/Bookmark

02 julio 2021

Mírame a los ojos *

        * Escrito con el título “Un viaje en punto muerto”, con mi edición.

·         Por Manuel Jabois, para El País de España.

 

Advertencia: Transcribo este simpático artículo, dedicado a quienes todavía creen que para hacer un brindis “como se debe”, hay que quedarse mirando a los ojos de los demás. Es probable que la explicación aquí ofrecida no sea sino parte de una popular creencia, como también lo es aquello de porqué se hace “chin, chin” o se chocan las copas al brindar. Dícese que en el brindis deben estar involucrados todos los sentidos; así, el tacto toma parte de la sensación al sostener la copa; del mismo modo, participan del disfrute tanto el gusto, el olfato como la visión. Pero el oído no participa; por eso, es importante que se haga sonar el choque de los cristales para que exista, como en el sexo, el goce en plenitud para el disfrute de los cinco sentidos:

 

“Cuando Miguel volvió de Bolonia en 2001, pasó una época diciéndonos a todos, cuando brindábamos, “guarda negli occhi” (mira a los ojos), y obedecíamos y aguantábamos la mirada, unos a otros, hasta acabar el trago. Hace unos días, cenando con Romi y Gabriela, volvió a repetirlo y Romi le preguntó por el origen de la frase, algo que no hice yo en 20 años, porque mi curiosidad es legendaria, propia de un periodista fuera de serie.

 

Miguel nos contó que aquel año en Bolonia le habían explicado que en el medievo italiano, cuando el veneno se guardaba en el anillo y lo habitual era derramarlo en la copa del otro disimuladamente, brindar y beber mirando a los ojos era un gesto de confianza suprema, una señal de la máxima honestidad; también, chocar los vasos con fuerza de tal forma que las gotitas de uno se fueran al otro era un método eficaz para comprobar si alguien había envenenado la copa del otro previamente. Así que volvimos a brindar mirándonos a los ojos, si bien ninguno llevaba un anillo gordo en el dedo; sin la posibilidad de asesinarnos, nuestra amistad no parecía tan fuerte.

 

La mañana siguiente la pasé recogiendo la casa y haciendo algunas cajas con papeles, páginas de periódicos (me encanta adivinar por qué los guardé, es necesario leer la página entera para adivinarlo) y un montón de libros, algunos recién desempaquetados. A veces tengo ganas de cambiarme de casa y lo que hago, en lugar de buscar una nueva, es abandonar mentalmente la vieja, del mismo modo que a veces tengo ganas de irme una semana a Bali y lo que hago es comprar en la tienda de abajo dos bañadores y unas chanclas; satisfecho el primer paso, suele olvidárseme el segundo. Entre varios de esos papeles apareció una foto viejísima, creo que del año 2003; somos Piru, Iván, Paula y yo en unos sanfermines.

 

Para entonces ya brindábamos siempre con el “guarda negli occhi,” a saber pronunciado cómo; desde tiempo atrás se había instalado entre nosotros la seguridad de que uno podía ir al baño sin que un cómplice le hubiese dejado una pistola dentro de la cisterna. No tengo ni idea de cuántas mañanas terminamos en aquella época Piru y Paula en mi casa, ya ni idea de cuántos amigos más vivían prácticamente allí, tampoco ni idea de los karaokes que cerré con Paula, cuando llegábamos arrastrados de risa al portal. Murió en 2017, tenía 38 años. Lo divertida y valiente que era. La chica que mejor se reía del mundo; era impresionante lo bien que se reía Paulona, y lo mucho que hacía reír.

 

Aquel verano después de Pamplona fuimos a Donostia, y de ahí a Galicia. Antes de salir se nos estropeó el embrague del coche, y sólo podíamos cambiar de marcha agachándonos para sacar el pedal con las manos, que se quedaba atascado. Así, se trataba de viajar siempre en la misma marcha, de conducir a una velocidad que valiese para una carretera nacional y una autopista; una velocidad que sirviese para coger las curvas y para no provocar una caravana en las rectas.

 

No funcionó. Lo siguiente fue que los copilotos nos encargásemos de agacharnos para devolver el embrague a su sitio, pero nos mareamos y yo casi vomito en los pedales; al final fue el propio conductor el que, por un momento, desaparecía de la vista de los coches que venían enfrente para desatascar el embrague. Fue un viaje de vuelta de mierda que el tiempo ha convertido en oro, como tantas cosas. Vivir brindando y bebiendo con gente de la que no hace falta apartar la mirada es la única y mejor forma de (disfrutar la) vida”.


Share/Bookmark

29 junio 2021

”¡Quierde, pff!”

Lo acabo de comentar: siento una extraña fascinación por los diccionarios. Los trato con especial delicadeza, tal como si se tratase de mis amigos preferidos. Pero debo hacer una aclaración: entre esos textos predilectos, hay una clase de diccionario que me parece apasionante: es la de aquellos diccionarios que se refieren a las voces que usamos en nuestro trato coloquial o que las utilizamos a sabiendas de que solo tienen un sentido para nuestros conciudadanos. Me refiero a aquellos textos que hablan de nuestro uso dialectal: son esas voces relacionadas con el habla de nuestra tierra, con nuestros inveterados “ecuatorianismos”…

No quisiera pecar de ostentación ni hacer alarde, pero dispongo de un número selecto de estas entretenidas herramientas. Además, todos esos textos, a excepción de uno, gozan de una presentación inmaculada, ajena a lo que ha sido por tradición nuestro precario esfuerzo editorial; exhiben una lujosa encuadernación. Con ellos, da realmente gusto manipular y hacer aletear sus páginas; uno se siente orgulloso propietario de esos tesoros, como si este particular disfrute fuese algo privativo, tal vez vedado e inalcanzable para los demás…

Esto de las palabras que se usan en la tierra no es una tesitura que la he buscado, pudiera decirse más bien que, de alguna forma, el tema me ha buscado y elegido a mí. La verdad es que tuve la suerte de conocer, en vida y en persona, a uno de los precursores de esta curiosa aunque apasionante disciplina, la de catalogar aquellas palabras, el tratar de individualizar sus significados –ímproba tarea-, el seleccionar y citar párrafos o frases en las que se encuentran incluidas, el ordenarlas en forma sistemática, mencionando a quien las hubiese escrito; o señalando la intención con la que habrían sido utilizadas y refiriendo el sentido con el que se lo hizo, así como la probable equivalencia de la palabra castiza o su diferencia con ella.

Me refiero al inolvidable lexicógrafo cuencano Carlos Joaquín Córdova, quien dedicó parte de su vida a indagar el uso de nuestros localismos, o de las palabras usadas con distinto sentido en el Ecuador. Carlos Joaquín debe haber estado a punto de publicar su imponderable “El habla del Ecuador, Diccionario de Ecuatorianismos” cuando yo recién descubrí su afición por estos traviesos sentidos con que pueden sorprendernos las palabras. Fue, en la práctica, un querido y distinguido miembro de mi familia política; padre de uno de mis concuñados. Siempre me distinguió con su amistad y deferencia; fue siempre para mí fuente donde pude beber parte de esa agua almibarada relacionada con los significados. ¡Esa era su secreta sabiduría!

Y el suyo fue el primer diccionario de este tipo que adquirí. Luego vendría un hallazgo fortuito: me refiero a “Consultas al Diccionario de la Lengua”, texto perteneciente a Carlos R. Tobar, en una edición publicada en 1911, documento quizá pionero para estos afanes y muy valioso para explorar el sentido de ciertas voces usadas hace ya más de un centenar de años. Pero ha sido en forma muy reciente que he podido acceder a otros dos documentos que representan, si no similar, al menos aproximado y meritorio esfuerzo. Ellos son: el “Diccionario de Uso Correcto del Español en el Ecuador”, de Susana Cordero de Espinoza, y el “Diccionario del Español Ecuatoriano”, de Fernando Miño Garcés, un elaborado trabajo que reflejaría la compilación de alrededor de diez mil quinientas voces distintas.

Ha sido gracias a esa persistente búsqueda, tratando de conseguir estos esforzados y casi enciclopédicos textos, que he tropezado con un sumario anexo. Es su título: “Modismos del Ecuador”; contiene una breve pero muy interesante selección de voces y expresiones usadas en las diversas regiones del País. Encuentro palabras como “omoto”, “shunsho” o ”mushpa”, “chiripa”, “papelito”, o “amarcar”. Exploro entonces estas y otras similares voces y luego las comparo con mis ya mencionados textos de referencia; descubro sus usos y variantes y disfruto conociendo su origen y sentido, así como encuentro explicaciones de lo que estas expresiones significan.

Redescubro palabras en desuso u olvidadas, me adentro en su historia y saboreo su lúdica presencia. Así encuentro la voz “quierde”, por ejemplo: la hallo escondida en un disimulado rincón. Leo ejemplos y cotejo sus equivalencias, reviso el uso que todavía le dan los campesinos y las clases humildes de nuestra Sierra. Comparo sus usos: tanto como adverbio cuanto como expresión adverbial, y no puedo sino reconocer su obcecada permanencia en el tiempo: “¿Quierde? ¡No lo encuentro!” (con el sentido de “¿Qué es de?”); o, si no: “Lo estuve buscando, pero ¡quierdepff!” (como un reclamo, y alargando la palabra, como cuando no se ha encontrado con lo prometido).


Share/Bookmark

25 junio 2021

El “avance” de la aviación…

Hay ocasiones en que odio el empleo de los puntos suspensivos. Pero, asimismo, siento muchas veces que estos signos son necesarios; sobre todo, cuando muestras expresiones son la respuesta a ese maridaje que se produce cuando se juntan la estupidez y la cicatería, la codicia y la insensatez… Me temo que el desarrollo de la aviación va a requerir en el futuro de un serio monitoreo de lo que se está haciendo para reducir los costos operativos… ¿Qué, sino avaricia sumada a ambición por lucrar, fue lo que produjo los catastróficos accidentes que involucraron a los dos Boeing 737 MAX que se precipitaron a tierra hace poco menos de dos años?

Me espeluzna, solo de pensar, el tener que reconocer que un ánimo empresarial avaricioso e irresponsable esté, si no proponiendo, por lo menos haciendo ya estudios acerca de la factibilidad (porque no se cae todavía en el desparpajo de hablar de “conveniencia”) de reducir pilotos en los vuelos de larga distancia (“long haul”, en inglés). En efecto, una aerolínea tradicionalmente seria como lo ha sido la Cathay Pacific, probablemente la segunda más importante del Asia Oriental y también una de las pocas con un record de seguridad operacional ponderable, se encuentra considerando la posibilidad de prescindir de dos pilotos en los vuelos de larga duración. Esto implicaría que habría dos pilotos en la cabina de mando únicamente durante los despegues y aterrizajes.

Proceder de tan insensata y estúpida manera solo querría decir que se despreciaría de un plumazo la razón escondida, pero necesaria, para que se hayan reducido de forma tan dramática en el mundo los accidentes de aviación. En realidad, nadie desconoce que ese indicativo o factor de seguridad está basado principalmente en el universal concepto de la redundancia, es decir en la previsión de contar siempre con un sustento adicional, con un apoyo o “back up” en todo lo relacionado con lo que se emplea en el mundo aeronáutico.

Por ello siempre existe más de un sistema hidráulico o de un sistema de frenos; por ello mismo, toda unidad o válvula cuenta con una de reemplazo o de refuerzo; por eso se idearon aviones con más de un motor y todos los sistemas de control tienen otro que entra a trabajar cuando falla el primero. De eso parece que se olvidaron los oscuros ingenieros de la Boeing cuando instalaron en el nuevo 737 MAX un sistema con un solo sensor, para determinar el ocasional y caprichoso funcionamiento del infame MCAS. Por ello también se empeñaron en vender la idea de un “nuevo avión”, uno que no requería entrenamiento de diferencias con los previos 737; y, claro, ahí está el resultado de que ni pilotos ni operadores conocieran que se podía utilizar un procedimiento de apoyo para evitar aquellas tragedias: la nunca despreciable cifra trágica de cuatrocientos muertos.

Pero revisemos primero en qué consistiría la “brillante idea” y cuáles serían sus potenciales “beneficios”: Se entiende que esta pretendida política se emplearía en vuelos de diez horas o más. Y entonces, se supone que concluido el despegue y la fase de ascenso, uno de los dos pilotos iría a tomar su descanso por un lapso equivalente a la mitad del propuesto tiempo de crucero. Pregunto: ¿cómo se va a monitorear –por cinco o seis horas– que el único piloto que quedaría en la cabina de mando no se infarte, se incapacite o se queda dormido? ¿Se va a contratar acaso a otro tripulante únicamente para que lo vigile? Es sabido, por las experiencias que han ocurrido, que las ocasionales incapacidades que se han presentado, no solo han sido ocurrencias súbitas sino de tal manera difíciles de reconocer e identificar que por ello se llaman justamente “sutiles” (“subtle”, en inglés), lo que quiere decir que se presentan en forma inadvertida y disimulada, y con insidiosos efectos.

Luego, ¿cuál sería el ahorro real y efectivo? Poniéndome en el lado de los operadores o de las aerolíneas, me permitiría hacer por un minuto de abogado del diablo: probablemente un uno, o, a lo sumo, un dos por ciento del costo de operación proyectado; incluyo –en este somero cálculo– la remuneración, los beneficios sociales y el entrenamiento de los dos pilotos, me refiero a aquellos de los que se querría prescindir. No olvidemos de los gastos de viaje: viáticos, hoteles, etc. Habría que tomar en cuenta también la utilidad del espacio que supuestamente se libera: en suma, la capacidad disponible adicional de otros dos pasajeros; a esto podríamos añadir la reducción en el consumo de combustible por el hecho de reducir un peso muerto de unos 250 kilos. Si, además, calculamos con el mismo espíritu cicatero, podemos inclusive añadir también las comidas…

Todo esto, sin embargo, si solo consideramos la necesidad permanente del segundo piloto en cabina como un factor de mero apoyo. Ahora bien, ¿quién se hace cargo o suple las inevitable distracciones (para no hablar de las ineludibles equivocaciones, o errores de todo tipo, que inciden en los continuos accidentes e incidentes)? Siempre se pensó que dos cabezas pensaban mejor que una; y ya se sabe: “errar es humano” o nadie es perfecto… Prescindir del segundo piloto –en forma permanente– en nuestras cabinas, sería equivalente a despreciar el más importante propósito de la transportación aérea, que nunca es el servicio sino la seguridad del vuelo.


Share/Bookmark

22 junio 2021

El ingenioso hidalgo Miguel de Cervantes

La vida de Miguel de Cervantes parece haber sido tanto o más ajetreada que su sin par Don Quijote, tanto que la sola y eventual narración de las peripecias que tuvo que enfrentar a lo largo de los años, hubiese sido suficiente para asegurarle un nuevo y postrero éxito editorial, si la Providencia le hubiese otorgado el tiempo y la oportunidad para poder contar todas aquellas dispares como sorprendentes historias. Esto, no obstante de que sus asuntos, como hasta hoy se los conoce, siempre estuvieron llenos de interrogantes y de sus lados oscuros.

 

Existen lagunas en lo que respecta a su biografía. Es notorio como Cervantes casi siempre da la impresión de que existe algo que le incita a eludir eso de hablar de sí mismo. ¿Por qué lo hace?, ¿existe algún motivo? ¿Se trata tal vez de su condición social y económica? ¿Se debe quizá a su situación religiosa? Américo Castro estaba persuadido de su condición de  converso. Quizá por ello siempre dio la impresión de que callaba (¿escondía?) sus orígenes. ¿Era tal vez debido a su probable preferencia sexual? Lo cierto es que todo esto resulta ahora accesorio; es un epifenómeno, algo secundario que no altera lo verdaderamente importante: el impacto que Miguel de Cervantes produjo en la literatura, así como la formidable influencia que tendría la obra capital del genial escritor.

 

De su formación académica tampoco se conoce nada seguro; tal vez estudió con los jesuitas. Lo único seguro es que no fue a la universidad. Se sabe que cuando tuvo alrededor de veinte años, viajó a Roma en forma un tanto repentina, “tal vez” por haber herido a alguien en un duelo. A los veinticuatro años, abrazó en forma un tanto incierta la carrera de las armas; así combatió a los turcos en la batalla de Lepanto -nombre que antes tuvo el golfo de Corinto-, ocasión donde le habrían lastimado el brazo izquierdo que le quedaría inhabilitado, circunstancia que dio lugar al inexacto sobrenombre con que lo conocería la posteridad. A ese respecto, él mismo descartó que su supuesta e inexacta manquedad hubiera nacido en alguna taberna, sino más bien “en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros”.

 

A los veintiocho años sería apresado por piratas y llevado a Argel como esclavo, donde habría de permanecer preso por cinco años y participaría en cuatro intentos de evasión. En 1584 (cuando ya tenía treinta y siete) habría tenido una relación de la que nacería su única descendiente (una hija natural) y ese mismo año se casaría con quien sería su esposa legítima: Catalina de Salazar. Poco antes de la publicación de El Quijote, no habría cumplido su aspiración de pasar a buscar fortuna en América y habría ejercido como comisario naval de abastecimientos (encargado de compras) y ocasional recaudador de impuestos. Oficios que, aunque dignos, reflejan –por su humildad– la escasa prevalencia social que Cervantes tenía.

 

Por todo ello, existe un punto primordial en esta reflexión, y es que no se puede evaluar ni entender con claridad su vida si no se toma en cuenta la contradictoria época histórica que le correspondió vivir. Y esto significa hurgar en el atrofiante influjo que tuvo el Concilio de  Trento, por ejemplo; recordar la mutiladora influencia del Índice de los Libros Prohibidos de la Iglesia; o incluso el efecto de los Estatutos de Sangre, que marcaron la presencia y actividad social de judíos y moriscos por esos años. Sea lo que fuere, nadie duda de la originalidad y estilo revolucionario de su novela. Para unos se trata de una alegoría, para otros de una parábola, pero para la gran mayoría es una sátira genial contada con un delicado humor discreto.

 

Publicada la primera parte del Quijote, y sorprendido Cervantes por la inusitada respuesta que produjo su novela, sobreviene una súbita y prolífica etapa de creación cervantina; aquí, yo me animo a proponer una humilde conjetura: todas esas obras, o su mayoría, ya habían estado escritas antes de la publicación de la primera parte, pero el alcalaíno las revisó y aprovechó para publicarlas, quién sabe si para rebatir el prejuicio de que su obra no solo consistía en el Quijote, sino que comprendía una variedad de trabajos adicionales. Pudiera decirse que este esfuerzo administrativo no interrumpió la narrativa y el empeño de estructuración que demandaba la segunda parte. Más bien le ayudó a apuntalar su íntimo convencimiento: aquél de que estaba en capacidad de producir obras de un nuevo estilo, distinto en su temática al gusto dramático que había popularizado Lope de Vega.

 

Miguel de Cervantes habría muerto de diabetes (entonces incurable) poco después de haber publicado la segunda parte del Quijote, a los 69 años. Ello sucedía un 23 de abril de 1616, el mismo día que Shakespeare moría en Stratford. Habría sido inhumado en el convento de las Trinitarias Descalzas en Madrid, siguiendo los preceptos de la Orden Tercera; esto es: con el rostro descubierto y vestido con el sayal de los franciscanos. Pocas décadas después sus restos habrían sido reubicados durante la reconstrucción del convento. Es probable que estos hubieran sido localizados hace poco pero no existe confirmación definitiva.


Share/Bookmark