10 agosto 2021

Elegía y tránsito del moscardón

El Fusco, la canina mascota que ha decidido convertir mi estudio en uno de sus itinerantes dormitorios, les ha tomado una feroz inquina a los ruidosos moscardones. Simplemente los odia, no los puede ver (más preciso sería decir que no los quiere oír); y esto parece darse porque los ocasionales zumbidos que emiten esos insectos alteran sus continuas y plácidas duermevelas. Hasta pudiera decirse que ahora él es capaz de acercarme por su cuenta el matamoscas para que mi consecuente gestión pudiera atemperar su exasperada crispación.

 

Para suerte del perro, mi trámite es perentorio, abreviado y conciso. Postulo que hay algo de obcecado y testarudo en aquel fastidioso zumbido, es ese un rumor que incordia y desconcentra. El abejorro no efectúa un grácil vuelo, lo suyo es un errático y bullicioso forcejeo. Pudiera decirse que aquella bulla irregular y repentina, constituye un luctuoso heraldo, el presagio que anuncia su propia e inminente defunción.

 

Pienso en el moscardón y en sus zumbidos cuando escucho esa conocida cantaleta convertida en manida denuncia: la del presidente cubano Miguel Díaz-Canel respecto a la supuesta causa de lo que pasa estos mismos días en su tierra, donde la gente cansada de su falta de libertad, de sus limitaciones para adquirir productos de primera necesidad, hastiada de la dificultad que vive para conseguir medicinas, ha comenzado a expresar su hartazgo con el sistema que la gobierna por ya más de medio siglo. Lo que se comenta nadie lo ha inventado; es evidente que existe en la isla un desatendido estado de malestar y que su Gobierno, que lleva más de sesenta años en el poder, no ha logrado proporcionar los resultados que prometió y promocionó.

 

Y ¿qué otra cosa se podía esperar? Se entiende que si se proclama una revolución es para mejorar las condiciones de vida y para lograr el bienestar general de un pueblo. Por eso, una vez que ya han pasado tres generaciones, el sistema a cargo está obligado a hacer una rendición de cuentas y justificar su permanencia sobre la base de cumplir lo prometido. Pero, si la gente se encuentra más sufrida que cuando la revolución se produjo, o si hay inconformidad y desencanto, entonces es hora de revisar qué se hizo mal y porqué no dio resultado la estrategia; es decir: hace falta efectuar un urgente y honesto ejercicio de reflexión.

 

Volé cientos de veces sobre Cuba, pero nunca tuve oportunidad de comprobar su real situación económica y política, las condiciones de vida de su gente, su real estado de bienestar. Ello no me impide suponer cuál es, en la actualidad, la real condición en que vive el pueblo cubano. Se observa, por lo que capta la prensa, o por lo que palpan los turistas, que las ciudades están destruidas; que el parque automotor no se ha renovado por más de medio siglo; que la gente no tiene acceso a productos esenciales, como sí los tienen otros pueblos socialistas, como el ruso o el chino, que también están gobernados con sistemas similares. Se puede inferir que el país se ha rezagado en el tiempo y que no se ha industrializado.

 

Tuve la oportunidad de trabajar en China por tres años y jamás encontré el nivel de pobreza, el atraso tecnológico que parece caracterizar a la actual situación que impera en la isla. En China, hace cuarenta años, ya cayeron en cuenta de que la igualdad era un imposible, que era solo una engañosa utopía. Advirtieron que no era justo que tengan lo mismo quienes trabajan que quienes están acostumbrados a vivir del esfuerzo ajeno, que no era justo que reciban lo mismo los vagos que los más industriosos o quienes procuraban atesorar su propio capital. Pronto reconocieron también que era importante restituir algún sentido de propiedad privada.

 

Cuando una situación así no se corrige, la gente aprende a engañar a los demás, se aprovecha del sistema, surgen las élites que viven en un estado de privilegio, son grupos que sobrevienen porque son parte de la burocracia, la milicia o el partido… Entonces, aparecen los millonarios, la “revolución” se desvirtúa y se convierte en risible farsa ridícula. Pronto, el estado de hipocresía refleja su gran mentira, la aparente "tranquilidad" es tan artificial que se hace imposible que se la pueda sustentar. Surge entonces la desilusión y el descontento, la inconformidad se convierte en general. La gente identifica el discurso con un zumbido y cae en cuenta que el moscardón carece de legitimidad, no tarda en persuadirse del engaño y comprueba su precaria y triste realidad...


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06 agosto 2021

¿Cuándo murió el latín? ¿Murió realmente? *

* Escrito por Benjamin Plackett para Live Science. Tomado de La Página del Idioma Español

 

La lengua latina se hablaba en todo el Imperio Romano. Pero ahora ningún país lo habla oficialmente, al menos en su forma clásica. Entonces, ¿se extinguió realmente el latín cuando dejó de existir el Imperio Romano? Roma era uno de los mayores imperios del mundo, pero poco a poco el dominio que ejercía sobre sus colonias fue disminuyendo hasta perder completamente el control. A pesar de ello, el latín siguió siendo la lengua franca en gran parte de Europa cientos de años después de que esto sucediera. La respuesta a la pregunta de cuándo murió el latín, la lengua de la antigua Roma, es complicada. No hay una fecha en los anales de la historia que marque el fin del latín como lengua hablada, y algunos argumentan que es porque nunca murió realmente.

 

Puede que el Vaticano siga oficiando algunas misas en latín, pero prácticamente nadie en Italia utiliza el latín en su día a día. Sin embargo, esto no equivale a la muerte del latín, según Tim Pulju, profesor titular de lingüística y clásicas en el Dartmouth College de New Hampshire. "El latín no dejó de hablarse realmente", dijo Pulju a Live Science. "Siguió siendo hablado de forma nativa por la gente en Italia, la Galia, España y otros lugares, pero como todas las lenguas vivas, cambió con el tiempo".

 

Lo más importante es que las alteraciones del latín eran propias de las distintas regiones del antiguo Imperio Romano, y con el tiempo estas diferencias crearon lenguas totalmente nuevas pero estrechamente relacionadas. "Se fueron sumando a lo largo de los siglos, de modo que el latín acabó convirtiéndose en una variedad de lenguas distintas entre sí, y también distintas del latín clásico", explica Pulju. Esas nuevas lenguas son las que hoy conocemos como lenguas romances, que incluyen el francés, el italiano, el portugués, el rumano y el español, entre otras.

 

Estas evoluciones lingüísticas se dan en todas las lenguas. Por ejemplo, el inglés. "El inglés se habla en Inglaterra desde hace más de un milenio, pero ha cambiado con el tiempo, como es obvio si se compara el inglés actual con el inglés isabelino, como se ve en Shakespeare", dice Pulju. "El inglés isabelino, de hace unos cuatro siglos, sigue siendo en su mayor parte comprensible para nosotros, pero el inglés de Chaucer, que data del siglo XIV, lo es mucho menos. Y el inglés de 'Beowulf', de alrededor del año 1000, es tan diferente del inglés moderno [que] no es comprensible para nosotros hoy". Pero nadie diría que el inglés es una lengua muerta: simplemente ha cambiado muy gradualmente durante un largo periodo de tiempo.

 

La única diferencia entre el inglés y el latín es que el inglés antiguo se convirtió en el inglés moderno y solo en el inglés moderno, mientras que el latín clásico se diversificó y dio lugar a varias lenguas diferentes. Por eso la gente tiende a pensar, quizá erróneamente, que el latín es una lengua extinta. Sin embargo, las lenguas pueden extinguirse; a veces los hablantes nativos de una lengua mueren todos, o con el tiempo su primera lengua cambia hasta que finalmente no quedan hablantes fluidos.

 

Esto ocurrió con la lengua etrusca, hablada originalmente en la actual Toscana, en Italia. "Después de que los romanos conquistaran Etruria, las siguientes generaciones de etruscos siguieron hablando etrusco durante cientos de años, pero algunos etruscos, naturalmente, aprendieron latín como segunda lengua; además, muchos niños crecieron siendo bilingües en etrusco y latín", explica Pulju. "Con el tiempo, las ventajas sociales de hablar latín y tener una identidad como romano superaron a las de hablar y ser etrusco, de modo que, con el paso de las generaciones, cada vez menos niños aprendieron etrusco". El resultado final fue que la lengua etrusca simplemente murió.

 

La muerte de las lenguas no es solo un fenómeno antiguo. "También está ocurriendo con las lenguas indígenas en numerosos lugares del mundo", dijo Pulju. El Medio Oriente es una especie de punto caliente de las lenguas moribundas, lo que puede ocurrir cuando se estigmatiza socialmente el hecho de hablar una lengua no mayoritaria, no se enseña la lengua en las escuelas y se toman medidas más brutales, como la limpieza étnica y la violencia perpetrada contra las minorías. La Unesco calcula que al menos la mitad de las 7.000 lenguas que se hablan hoy en el mundo se extinguirán antes de que acabe este siglo.

 

Entonces, ¿cuándo murió el latín? No lo hizo, simplemente evolucionó.


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03 agosto 2021

La dudosa humildad de los soberbios

Hay la tendencia a pensar, entre la gente de aviación, que porque alguien ha desempeñado una función técnica con relativa eficiencia, esa persona ya está automáticamente preparada para dirigir la más importante institución aeronáutica del país. Me parece esto tan insensato como poner al mando de la Autoridad Aeronáutica a alguien sin el conocimiento técnico adecuado y, encima, sin probadas capacidades administrativas y de liderazgo.

 

Quizá no caemos en cuenta que, aunque esas otras posiciones pudieron haber guardado alguna identidad, la tarea de administrar la Dirección General de Aviación Civil requiere de otras capacidades y de distintas habilidades que son esenciales. No entender esta premisa sería como coincidir en que: para la eventual designación del titular de la organización rectora de la actividad aeronáutica, bastaría con averiguar el monto total de las horas de vuelo del pretendiente, que se obtendría con solo revisar los guarismos de su cuaderno de bitácora.

 

Hubo un tiempo en que, para efectuar esa designación, solo se pensó en la relación del postulante con las implicaciones empresariales de la actividad aérea o, peor aún, en el grado militar del aspirante, pero nunca en sus reales capacidades para analizar la problemática institucional, su experiencia o su sabiduría para entender el entorno general, su compromiso para efectuar un diagnóstico de la situación organizativa y funcional de la entidad, o para postular los instrumentos necesarios para capacitar al personal y convertirlo en cada vez más profesional y eficiente. Porque, por lástima, ante los ojos de nuestra comunidad, la DGAC se ha convertido en una organización burocrática signada por la complacencia y el desprestigio.

 

Hubo un momento en mi vida profesional en que se me propuso considerar la posibilidad de dirigir esa institución. Eran otros tiempos y yo vivía diferentes circunstancias, tanto en mi desarrollo profesional como en mi vida familiar. Hubiese significado un improductivo sacrificio, sobre todo por la circunstancia inestable y política que la posición representaba, o porque se hacía complejo estructurar un plan con el objeto de modernizar esa organización.

 

Pasado el tiempo y ya alejado de mis funciones como comandante de aerolínea, se me ha pedido integrar las ternas requeridas para optar por la nominación. He respondido, en esas ocasiones, no estar dispuesto a efectuar los contactos políticos que son requeridos, realizar los consecuentes cabildeos y aceptar los eventuales compromisos. La sola condición de hacerlo implicaba tener que depender de otras instituciones o personas para poder desarrollar un trabajo independiente. Por lástima, estuve obligado a excusarme. De más está comentar que, dada la naturaleza autoritaria del gobierno que entonces el país tenía, me parecía no poder consolidar el sustento necesario para desarrollar un proyecto como el que debía implementarse.

 

Siempre he pensado que hay un momento para retirarse con oportunidad, por doloroso o incómodo que parezca. Es más, sostengo que hay un tiempo adecuado para incorporase, con absoluta dedicación, a cierto tipo de responsabilidad. Ser honesto implica reconocer que llegamos a una edad en la que ya no basta con la experiencia; también es necesario el ímpetu y el dinamismo, la curiosidad y el espíritu de disponibilidad, y esa entrega que caracteriza a la juventud. No corresponde calcular una cuota de fama o una posición de prestigio, pues no se trata de articular un aporte a la propia vanidad. Se trata de averiguar, más bien, la posibilidad del impacto positivo que pudiera tener un determinado individuo cara a conseguir los propósitos propuestos.

 

Sea lo que sea, tengo ahora el privilegio de observar, detrás de bastidores, los empeños de unos pocos que tratan de “culminar su carrera” llegando a esa importante posición (trasuntan el aparente e improbable desapego de quienes están interesados). Se trata, creo yo, de auto proclamados candidatos que nunca se destacaron en nada y solo consiguieron un desempeño incoloro y mediocre. No importa que ahora exhiban ”la dudosa humildad de los soberbios”; su problema son sus escuálidas credenciales. Esta pretensión es hoy acolitada por la “desmemoria de los ingenuos”, la de unos pocos que quieren promocionarlos. Ellos olvidan que el objetivo no es el de buscar a alguien “para ver cómo le va”; se trata de articular una propuesta seria y encargar su ejecución al más idóneo.

 

En cuanto a mí, no me motivan ni la ambición ni el personalismo. Me estimulan la tranquilidad y la ataraxia. Es ya muy tarde para dejarme tentar por los cantos de esa lúbrica sirena que vive en las orillas cenagosas del engreimiento.


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30 julio 2021

El cuarto de las carabinas

Recuerdo con afecto mis vacaciones de verano de fines de escuela y comienzos de secundaria; bien las pudiera llamar “las vacaciones de mi pubertad”. Son recuerdos que me llegan de tarde en tarde y memorias que repaso con cariño, es un cariño nunca exento de nostalgia. Fueron esas, casi siempre, cortas temporadas que pasé en la tierra de mi familia materna, en la ciudad que había visto nacer a mi madre; esa era una ciudad de provincia, cuya gente pronunciaba su nombre con un cierto aire solemne, cual si se tratase del símbolo de una vieja aristocracia. Sus calles eran rectas, planas y polvorientas, allí todos parecían reconocerse y se saludaban al pasar; salían a caminar por el centro ciertas noches, pretextando que “iban a recoger el correo”. Riobamba había sido la primera ciudad  española del Ecuador. Era entonces una urbe apacible y recoleta; le apodaban “La sultana de los Andes”.

 

La casa de mis tíos estaba enfrentada al claustro de las Conceptas, a su vez ubicado a pocas cuadras del mercado de San Alfonso. Ahí no tenían electrodomésticos y tampoco había un refrigerador; entonces era algo desconocido (claro, con ese frío, tampoco lo necesitaban)... El único artilugio eléctrico era un tocadiscos de aquellos de apariencia portátil, que pronto iban a hacerse más comunes. Unos pocos discos de acetato yacían a su costado con la pretensión de convertirse algún día en colección, aunque su número no llegaba aún a la docena; un disco de Al Martino repetía, hasta el cansancio, la frase pegajosa de una famosa tonada italiana: Al di la (Más allá)…

 

Hacia una esquina de la casa, había una angosta recámara que hacía de estudio; fue para mi una suerte de santuario. No era un lugar proscrito, pero contenía artilugios que no debían ser manipulados sin el debido consentimiento o sin adecuada supervisión. Y es que allí se almacenaban un par de carabinas, aunque de distinto calibre, y también una escopeta de balines. Pero había algo más, era algo que definía aquel ambiente: era una estantería de libros que estaba diseñada como si fuese una vitrina. Ella contenía una prodigiosa enciclopedia, que pronto se me convirtió en fuente de cautivante fascinación. Sus tomos consistían en unos cartapacios que se iban completando, pues iban albergando, en forma ordenada, unos fascículos que iban llegando por medio del correo, de acuerdo a su programada suscripción. Era una edición española; su ensamblaje requería que se insertaran los fascículos de acuerdo a su temática y numeración.

 

Jamás habría imaginado, hasta que descubrí tan portentoso compendio, que hubiese sido posible catalogar algo en forma tan sistemática; y, que fuera posible disponer de tan variada información. Así se me reveló un buen día que la voz “archipiélago” no quería decir, como imaginé, un grupo determinado de islas, sino que significaba literalmente “mar principal”... y no solo eso, sino que en la antigüedad ese habría sido el nombre original del mar Egeo, ese cuerpo de agua contenido entre las actuales costas de Grecia y Turquía, y de aquella rara medialuna que le servía de límite al sur y que iba desde Creta hasta la isla de Rodas. Así aprendí que su real etimología, no se refería a un racimo que contenía un cierto número de islas; y, claro, eso fue lo que, de regreso a clases, se me ocurrió comentar, no sin cierto infantil alarde, en mi primera lección de geografía…

 

Es probable que ahí mismo, en tan prodigiosa colección, me haya encontrado con el motivo para que el histórico mar pasara más tarde a llamarse Egeo, de acuerdo a la propia mitología helénica: Teseo, un héroe griego y no reconocido hijo de Egeo, el rey de Atenas, había sido un joven valiente y de inusual fortaleza; aspiraba a heredar el trono de un padre a quien no había conocido, pero antes debía de cumplir con una serie de intrincadas como tortuosas pruebas. Uno de esos desafíos, al estilo de los trabajos de Heracles, habría consistido en viajar a Creta para dar muerte al terrible Minotauro. La hazaña habría de lograrse con el auxilio de la atractiva hermana de la disforme criatura, quien se encargaría de ayudarle a salir del laberinto antes que pudiese retornar a Atenas.  

 

Teseo había prometido a su padre anunciar con velas blancas su retorno si lograba triunfar en la procelosa empresa. Por lástima, se distrajo y no cayó en cuenta que había mantenido luctuosas velas negras. Egeo, que lo esperaba, interpretó aquello como un ominoso heraldo y se precipitó al mar desde un acantilado. Esa desgracia habría de rebautizar al más griego de los mares, aquél que acarició con sus aguas los sueños e historia de una sabia civilización, la misma que fuera cantada por Homero y Hesíodo, personajes a los que también descubrí en aquel mismo santuario que solo aparentaba esconder municiones y proscritas carabinas…

 

Bueno, eso es lo que cuentan… Pero hay todavía una versión distinta: dicen que el verdadero padre de Teseo era Poseidón, el dios de los mares; un dios al que los griegos suelen culpar por toda travesura… Tal vez por ello le han dedicado un templo donde quizá se suicidó Egeo, en el vértice más meridional del cabo Sunión.


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27 julio 2021

Senderos “bustrófedos”

Eso de aprender un nuevo idioma, sobre todo cuando se lo hace por necesidad, no se diga si se está obligado a hacerlo, es toda una experiencia de vida. Sin embargo, eso de aprender un idioma distinto que, además, se escriba con caracteres diferentes, es decir que tenga también una distinta escritura, es toda una aventura. Para unos se convierte en todo un desafío; para otros en una bendición, pues le añade un sentido lúdico a ese tipo de aprendizaje. Para quienes vivimos en América o en la mayor parte de los países europeos, que conformamos lo que se ha dado por llamar “cultura occidental”, y estamos por lo mismo acostumbrados al alfabeto latino, es muy poco probable que nos veamos expuestos a lidiar con otros tipos de escritura. Solo sabemos utilizar nuestras letras. No estamos familiarizados con otros símbolos.

En lo personal, creo que mi primera experiencia en este sentido, fueron mis viajes a Israel cuando, por casi veinte años, volé para Ecuatoriana. Estoy convencido que eso de llegar a un país que no solo habla otro idioma sino donde todos los anuncios y elementos de información están escritos con signos con los que uno no está familiarizado, produce una extraña sensación de desarraigo. En las ocasiones que fui (quizá fueron una docena), siempre renuncié a intentar descifrar todas esas enes, ces y sietes combinados que eran parte de la escritura hebrea; quizá solo pude captar el sentido de su escritura, de derecha a izquierda.

Es probable que lo que aportó mayor desánimo a mi inicial intención fue descubrir que aquella era una forma de escritura que no daba cabida a las vocales; el hebreo solo consta de consonantes y las vocales deben ser aportadas por el lector. Casi pudiera decirse que uno debe conocer primero el idioma antes de aprender a escribirlo. El hebreo tampoco tiene puntuación. Casi veinte años después habría de enfrentarme con una experiencia similar, solo que esta vez entrañó mayor dificultad: esa nueva lengua, aunque también estaba escrita de derecha a izquierda, tampoco disponía de puntuación y utilizaba unos sinuosos caracteres que parecían lombrices; estos extraños gusanillos estaban superpuestos a unos diminutos puntitos que parecían haber sido colocados en forma caprichosa. Se trataba esta vez del árabe, un idioma repleto de jotas y de emes guturales, la lengua del Medio Oriente. Así, ante tan enorme dificultad, el extranjero termina por justificar su ineptitud con el fácil pretexto de que esa lengua no la va a tener que usar nunca o, simplemente, que no la necesita aprender.

Pero sería con la escritura de otros dos idiomas del Asia Oriental, que habría de enfrentarme en el futuro a dos totalmente disímiles experiencias: me refiero al coreano y al mandarín. El primero está construido con unos caracteres relativamente fáciles de leer y pronunciar, se escribe de izquierda a derecha y aunque no tiene puntuación, sus signos están construidos de una manera que parecen reflejar la forma de la boca cuando se pronuncia cada letra. Fue inventado hace algo así como quinientos años por un rey sabio. Aunque hoy he olvidado ya mucho de lo que aprendí, no me fue difícil aprender a leer y escribir en “hangul”.

Con el chino tuve una experiencia frustrante y es que la escritura es realmente inescrutable. Tengo entendido que quien lo aprende debe saber reconocer algo así como tres mil caracteres o ideogramas distintos. Se supone que quien quiere entender lo escrito en cualquier periódico, debe haber aprendido a reconocer unos diez mil. Se calcula que es un sistema de escritura que pudo haber sido inventado hace quizá unos cinco mil años, en el neolítico. Estos dibujitos o pictogramas deben ser interpretados, no representan sonidos, la escritura no es fonética. Pero hay algo más: el chino se escribe en forma vertical, de arriba hacia abajo y las columnas se ordenan de derecha a izquierda. Pero, además, cada carácter o símbolo (hanzi) se escribe de izquierda a derecha; primero se dibujan los trazos horizontales y luego los verticales…

Si esto parece complicado, deben saber que hubo un tipo de escritura (se empleó en el griego antiguo) que se ejecutaba una línea de izquierda a derecha y la siguiente en sentido contrario, justo como lo hace el buey en las tareas del arado. Por ello se la llamó "bustrofedon"; quiere decir precisamente: “dar la vuelta a la manera del buey”, una sinuosa serpentina. Lo aprendí leyendo a Isaac Asimov; bustrofedon es una palabra tan rara que el diccionario acepta que pueda ser escrita indistintamente, como esdrújula, grave o aguda. En griego es un adverbio, pero en español es una locución adverbial. Su etimología viene de “bous” (buey), “strofe” (girar o dar la vuelta), y “don” (que es un sufijo). Escribir o leer en esta forma permite hacerlo sin tener que volver al principio de la línea, pero implica una rara condición: las líneas pares deben ser escritas y leídas al revés, como si se tratara de hacerlo con ayuda de un espejo… Tenía una interesante ventaja: poder extender sin límite el largo del renglón.



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23 julio 2021

Empresas e industrias

Una de estas noches estuve entretenido viendo uno de esos programas que se realizan utilizando el sistema de mesa redonda; estaba reunido uno de esos grupos de individuos que hablan de un tema que coincide con sus intereses; o, quién sabe si más bien, era uno de esos grupos de personas cuyos intereses coinciden entre sí. De pronto fui cayendo en cuenta de algo inaudito, y era que esos tertulianos utilizaban la palabra industria con el sentido de empresa y, por lo mismo, empleaban el sustantivo industrial con el mismo sentido que empresarial. No sé si la coincidencia se había dado en forma espontánea o si, como sucede en estos casos, la intervención de uno fue poco a poco influenciando la forma de utilización del término por parte de los otros participantes.

 

Hoy me quiero referir al tema sin intención didáctica y menos con el afán de pontificar. Lo que realmente me interesa, por un lado, es establecer la diferencia entre las dos palabras; y, por otro, averiguar por qué es que existe este aparente uso arbitrario de dos términos que, sin ser opuestos, no son necesariamente sinónimos o equivalentes. Antes quisiera permitirme una breve digresión: he utilizado en el párrafo anterior el adjetivo ‘inaudito’ con intención; aunque no con el sentido de insólito, sino con su sentido etimológico o natural, pues el término viene del latín ‘inauditus’, que quiere decir no otra cosa que ‘nunca oído’ o escuchado.

 

Partiré pues de lo que las dos voces significan en sentido general. Empresa, como lo concibo, es toda entidad organizada con un propósito de utilidad económica; consiste en una organización que tiene por objetivo lograr una ganancia. Industria, por otra parte, es una actividad, generalmente empresarial, que consiste en convertir una materia prima (o varias) en un producto elaborado. Empresa e industria, sin embargo, no son términos excluyentes, no son opuestos o antónimos como sólido o líquido, lleno o vacío, blanco o negro. Pudiera decirse que toda industria, en principio, es también una empresa; pero, asimismo, que no toda empresa es una industria. Una institución financiera, por ejemplo, es o constituye una empresa pero no una industria: no transforma materias primas en productos elaborados.

 

Tratando de aclarar un poco más el tema, me permitiría insinuar también que existen varios tipos de empresa, aunque principalmente tres: empresas industriales, mercantiles y de servicios; esta división, no obstante, no impide que una entidad comercial lo sea a su vez de servicios o que una empresa industrial sea a la vez de carácter comercial. Hasta aquí el punto central es que lo industrial es siempre empresarial, pero que lo empresarial no siempre es sinónimo de industrial; mal hacen, por lo mismo, quienes hablan de industrias cuando quieren referirse a todas las empresas, pues no siempre lo son. De nuevo: los industriales son también empresarios, pero no todos los empresarios son industriales. ¿A qué se debe por tanto la confusión? Intentemos, por lo mismo, una breve y coherente explicación:

 

Sucede que la gente se ha ido acostumbrando a hablar de ‘industria’ no solo para referirse a la ya explicada transformación de materias primas en productos elaborados; lo hace también para considerar un conjunto de empresas y actividades que intervienen en un propósito o interés particular. Así hablamos, por ejemplo, de la industria de la construcción, de la industria automotriz, de la industria hotelera o de la industria aeronáutica. Preguntémonos, por ejemplo, ¿cuál es la actividad principal de un hotel?, ¿acaso es la de transformar algún tipo de materia prima?, pues no necesariamente. Nada tendría que ver con esto último aquello de preparar y rentar habitaciones, de acuerdo al presupuesto y preferencia de sus clientes, con el objeto de atender un servicio destinado a satisfacer aquella necesidad. Y así por ese orden…

 

Es conveniente, en este sentido, revisar las acepciones que contiene el DRAE en relación con estos dos términos; de nuevo, no va a dejar de sorprendernos cómo la Academia ha ido incluyendo significados en atención a lo que ahora se usa o se acostumbra decir, esté correcto o no, y no en base al real sentido o significado que tiene cada palabra. Véase la voz ‘abusado’ por ejemplo: no se refiere al participio del verbo abusar, sino a un uso distorsionado que existe, en un país en particular, de la palabra aguzado, con el sentido de listo o perspicaz…

 

Concluyo refiriéndome a algo interesante: la palabra empresa viene del italiano impresa, que se deriva a su vez de imprendere, que quiere decir ‘iniciar algo’, comenzar… Pero, ya que estamos en eso, la voz industria quiere también decir: maña y destreza o artificio para intentar algo… ¡Curioso sentido que tienen las palabras!


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