10 septiembre 2021

Barloventeando

Creo que fue al inefable Orejas a quien le oí decir que era a mí a quien había escuchado hablar por primera vez del efecto Coriolis. Siempre me pareció extraña la confesión, primero porque se trataba de un conocimiento bastante básico (bien pude haberle preguntado que “en dónde habría estudiado”, pero “la luz del entendimiento me hizo ser más comedido” -como habría dicho Lorca-, y me bastó con responderle lo mismo que alguna vez a mí también me habían dicho: “no te preocupes, nadie es perfecto”). Y, segundo, porque los planes de estudio americanos son idénticos y ambos estudiamos en Estados Unidos (él en Tacoma, Washington, y yo en Vero Beach, Florida).

 

Pero no le culpo. Es muy difícil que él -con esa formidable curiosidad que lo caracteriza- no lo hubiera aprendido si le hubiesen enseñado. Lo más probable es que no hubiese asistido a esa clase. Y eso es muy factible, dado el método, basado en individuales “sillabus”, con que se va completando el currículo de los que estudian para convertirse en aviadores. Y no le culpo, además, porque a mí mismo pudo haberme ocurrido algo parecido. Nunca olvidaré que en mi primera semana en Quito, luego de regresar de EE UU, y mientras me preparaba para rendir los exámenes de convalidación de mi licencia americana, fui a ver a mi hermano Adrián que en esos años trabajaba para la Aviación Civil en el viejo aeropuerto de Cotocollao. Sabedor de que debería rendir esas pruebas, me llevó a visitar a uno de sus amigos, un funcionario que trabajaba en la sala de meteorología; este casi me deja en Babia cuando me averiguó si conocía los términos de una pregunta del examen: barlovento y sotavento.

 

“Jamás los he oído”, musité. “Por lo menos no en relación con la meteorología”. “¿Son, acaso, los vientos que siguen el relieve de las montañas?”, inseguro pregunté. Al recibir la respuesta en afirmativo, recuerdo haber comentado que me los habían enseñado como “windward” (el lado de donde viene el viento) y “leeward” (el de hacia dónde se dirige), que, para el propósito que persigue el aprendizaje, se refieren al lado de la montaña donde se forman los rotores que producen intensa turbulencia. Así aprendí la traducción castellana para esas voces inglesas y… claro que me sirvió para el bendito examen. Fue una de las primeras preguntas que encontré. Me bastó con saber que sotavento era el lado de la montaña donde azota el viento. Y, acordándome de “zota”, es cómo lo memoricé…

 

Tanto barlovento como sotavento fueron palabras que antes ya había escuchado. Pero esta era la primera vez que las oía como relacionadas con la ciencia que estudia y predice al clima. Habría sido en clases de geografía, cuando habría escuchado esos términos como una forma de identificar a las pequeñas islas que forman un semicírculo que parece proteger al Mar Caribe. En efecto, es a las Antillas Menores, que van desde las Islas Vírgenes, al norte (es decir, hacia el este de Puerto Rico) hasta Trinidad y Tobago, en el sur, que se las llama como Islas de Barlovento; en tanto que a las que van desde Trinidad hasta Aruba (al norte de Venezuela), como Margarita, Los Roques, Bonaire, Curazao y la propia Aruba, se las conoce como Islas de Sotavento (del latín subtus, debajo).

 

Esto tiene su razón, porque en sentido marinero, debido a la dirección de origen de los vientos Alisios, estos soplan, en esas latitudes, desde el noreste; por lo mismo, pudiera decirse que las Islas de Barlovento resguardan al Mar Caribe, porque su ubicación parece “protegerlo de los Alisios”. En la práctica, nada hay que defender de estos vientos: “alisio” es un término que viene del latín “alis”, que significa gentil, suave o delicado. Estos son vientos regulares o “comerciales”; por ello, se los llama justamente “tradewinds” en inglés. Los Alisios han jugado un papel muy importante en la historia, especialmente en la era de los grandes descubrimientos; ellos hicieron factible el esfuerzo de los marineros ante los desafíos que se presentaron en los albores de la navegación atlántica, cuando debieron cruzar el océano con sus pequeñas naves.

 

En cuanto al efecto Coriolis, no es sino el fenómeno que afecta la trayectoria de los vientos como resultado de la rotación de la Tierra. Esta gira hacia el este, hacia donde “nace” el Sol. Los Alisios, que soplan del noreste al suroeste o del sureste al noroeste, de acuerdo al hemisferio donde se encuentren, son desviados hacia el occidente por la rotación de la tierra. Esta desviación se conoce como Coriolis. Estos vientos, debido a la temperatura, suben a otros niveles en la atmósfera cuando se acercan al ecuador. El Coriolis hace que los vientos se desplacen hacia los trópicos; y cuando se aproximan a ellos, cambian de dirección y adquieren mayor velocidad. El efecto toma su nombre de Gaspard de Coriolis, científico francés que no investigó la ruta de los vientos, sino la conducta de los sistemas de rotación. Coriolis exploró los sistemas cinéticos en la primera mitad del siglo XIX; y a él se debe que podamos anticipar el deambular de un elemento que no es otra cosa que aire en movimiento.


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07 septiembre 2021

Robando, que es gerundio

Quizá ella nació para trabajar en cualquier otro oficio, pero la casualidad quiso que se convirtiera en legisladora. Difícil entender cómo una persona que ha dicho lo que ha dicho, puede estar investida de la potestad para dictar normas que han de dirigir la vida de las demás personas (que eso es legislar). La dama se llama Rosa Cerda, quien ahora arguye que no dijo lo que dicen que dijo, porque como suelen decir los políticos: “le sacaron de contexto”. Expresión con la que la “honorable” no ha hecho otra cosa que ejercer su derecho al pataleo; o ha ensayado una nueva forma de mentirijilla. Es decir, habría utilizado lo que mi abuela llamaba con anticipada, aunque nunca relacionada, intención “una mentira cerdosa”.

 

Rosa Elízabeth Cerda Cerda es la ahora famosa asambleísta que, en acto público ocurrido en una comunidad de san Francisco de Archidona, el 17 de julio pasado, ha recomendado a sus simpatizantes (se entiende, a manera de consejo) esta inefable joyita: “Si roben (sic), roben bien; justifiquen bien. Pero no se dejen ver las cosas, compañeros”… Pues sí, uno no alcanza a imaginarse cómo puede cualquier persona (no se diga un funcionario público), en sus cinco sentidos, pronunciar algo así de disparatado, ni siquiera insinuarlo. El punto es que, zoquete o no, es difícil imaginar que alguien, que por su función está incluso expuesta al escrutinio público, tenga el desparpajo de hacer tal tipo de exhortación. Tanto que uno empieza por averiguar si en realidad lo dijo.

 

El punto es que lo dijo. Y por empecinados que actuemos, tratando de darle la razón y de hacer de abogados del diablo, vamos a resolver una y otra vez que fue algo estúpido, algo digno de ser incluido en la más inverosímil antología del absurdo. Lo dijo, y esto se resume en “roben nomás, pero cuidado hagan caer en cuenta”. Con ello, además, se ha dado el lujo de sentar cátedra. Con una sola frase dijo más, mucho más, que cualquier código, catálogo o vademécum. Con catorce palabras dictó cátedra y sentenció qué hay maneras y maneras de robar, que se puede robar bien y que se puede robar mal; y que, para lo primero, para “robar bien”, hay que saber justificar (motivar, como dicen ahora) y, ante todo, hay que tener mucho cuidado en no delatarse uno mismo. Sí -lo dijo con otras palabras-, no se dejen sorprender en flagrancia, no caigan en la estupidez de dejarse descubrir.

 

No, no se dejen “ver las cosas, compañeros”. Cualquier cosa, menos dejarse ver. Primero nos pueden ver desnudos; pero nunca debemos permitir algo tan nefando, como que “nos vean las cosas”. Jamás deben “trincarnos”. ¡No, eso nunca, compañeros! Pueden cuestionar o dudar de nuestra integridad, pero nunca deben sospechar de nuestra viveza criolla, de nuestra sagacidad, de nuestra condición de impolutos sapos vivos. Jamás roben mal. Si roban, debe ser por algo que realmente valga la pena y, además, no debemos quedar expuestos por una ridícula minucia. Si robamos, ha de ser en grande y con un sentido absoluto de sigilo. Si nos sorprenden, mejor no robar. Robar es algo que solo puede hacerse si lo hacemos bien hecho. Ese, y no otro, es y debe ser el decálogo del buen ratero. Esta debe ser la única apología válida, este el emblema y el paradigma del robo bien hecho…

 

Ahora bien, lo que dijo Rosita ¿lo dijo acaso por corrupta?, ¿porque ella sí sabe “robar bien”? Sin menospreciar si lo que dijo estuvo bien o estuvo mal (ya que, ¡qué duda podemos tener respecto a esto!), lo que deberíamos tratar es entender porqué lo dijo. A mí, algo me dice que no lo hizo por corrupta; que lo dijo por uno de los siguientes dos motivos: por pura ignorancia o porque ingenuamente, como suele pasar en estos casos, quiso darse de “quitarán-deáhi”, de mucho lote, de sabionda contumaz, de profesora de algo de lo que nada sabía; porque está claro que no sabía de lo que estaba hablando. Pero, haya sido lo uno o lo otro, ambos se reducen a un mismo motivo: por pura ignorancia; y esto es justamente lo verdaderamente grave, que estamos gobernados por gente ignorante, que muchas veces no sabe leer ni escribir, gente ágrafa. ¡Nos gobierna una oclocracia! Y este es justamente el peligro de la democracia: el gobierno de la multitud o de la plebe ignorante.

 

Pero, claro, otra cosa es cuando a la ignorancia se suma la estulticia. O, lo que es peor, cuando en maridaje se juntan esa misma ignorancia con la desvergüenza. En el caso de doña Rosita, fue quizá una especie de “lapsus linguae”, quiso quedar como lo que no era (como ilustrada o bien enterada) y terminó regurgitando un “roben nomás; pero, verán, robarán bien, no harán quedar mal”. Haberlo dicho, la verdad, tampoco constituye delito; decir algo equivocado no es un delito, pero sí lo es invitar o invocar al delito. O lo sería, conchabarse para robar… Trabajé siete años en el Oriente: aquella era gente humilde y esforzada, gente honrada y buena. No quiero ni pensar que pude haberme equivocado. Que en realidad no había sido así...


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03 septiembre 2021

La palabra madrastra *

* Escrito por Martín Caparrós, para el País Semanal. 16 de julio de 2021

 

Madrastra acecha: ¿quién se atreve a pronunciar esa palabra? ¿Qué dice quien la dice, qué se le escapa cuando habla? La Academia irreal, como siempre, orienta y desorienta. La palabra madrastra le merece dos definiciones: la primera hay que pensarla un rato —”Mujer del padre de una persona nacida de una unión anterior de este”—, pero la segunda es contundente: “Madre que trata mal a sus hijos”.

 

No hay duda, no hay salida: ser madrastra es toda una desgracia. Quien dice madrastra dice Cenicienta, una empleada doméstica de los tiempos en que las domésticas no eran empleadas, sino empleadas por sus dueños. Quien lo dice, dice crueldad, explotación, dice maltrato, desamor. Y sin embargo no hay otras palabras para decir un hecho cada vez más notorio: que las familias ya no son lo que eran.

 

Durante siglos, la potencia de la ideología cristiana obligó a casi todos a formar relaciones constreñidas: un hombre y una mujer se ligaban —se “casaban”— para reproducirse y se reproducían y vivían juntos hasta que se morían; sus hijos vivían con ellos hasta que se ligaban a su vez y se reproducían y se morían, y así de seguido y amén y adiós muy buenas. (Los cristianos, por cierto, eran ambiguos: obligaban a todos a hacer lo que sus propios mandos debían evitar. Era una forma de decir a los suyos que la suya era una opción menor, la que quedaba para los más débiles: otro modo de llamarlos inferiores).

 

Pero la forma de la familia cristiana estaba clara y las palabras necesarias eran pocas: padre, madre, hija, hijo, hermana, hermano, nieto si acaso, tío, sobrino. La palabra madrastra —o padrastro, hermanastro, hermanastra— daba cuenta de una irregularidad: que el padre o la madre se habían muerto con prisa y el restante se había vuelto a ligar y entonces había hijos que vivían con una mujer que no era su madre, un hombre que no era su padre, unos niños que no sus hermanos —y, para mentarlos, se usó el sufijo astro.

 

(Astro es asco, cacaculopís. Astro, tan luminoso, se usa para oscurecer. Como en poetastro, por ejemplo, politicastro desastrado y desastroso: terminar algo en astro es condenarlo. Así los parientastros).

 

El problema es que las familias se reconvirtieron. Sacudidas del yugo religioso, ahora tantas están hechas de retazos: los tuyos, los míos y los nuestros, las familias patch­work, las relaciones que cambian y se cambian e inventan y se inventan. Los dogmáticos de siempre dirán que esas no son familias, arrogándose como siempre el derecho de decidir qué es y qué no es, pero lo cierto es que se imponen los modelos sin modelo; es tan común, digamos, ese chico que vive en una casa con su padre y la mujer de su padre y los hijos de la mujer de su padre y en otra casa con su madre y el hombre de su madre y los hijos del hombre de su madre —por no hablar del que vive con su padre y el hombre de su padre, un suponer, o su madre y la madre de su madre y el hombre de la madre de su madre, por ejemplo— y no sabe cómo se llaman las relaciones que lo unen a todas esas personas: cómo identificarlas, cómo darles una identidad. 

 

Podría caer en el oprobio de las perífrasis tipo el novio de mamá o el hijo de la mujer de mi padre: derrotas de la lengua. Podría decir madrastras, padrastros y hermanastros, más derrotas: astro, ya queda dicho, es asco. Porque no hemos producido nuevos nombres. Somos tan rápidos inventando palabras precisas que precisan cosas que se precisan poco y no hemos inventado palabras para estas nuevas funciones que están por todas partes.

 

Es el peso, todavía, de aquella religión. En el silencio de bloquear las palabras la religión boquea, sobrevive. Su último gran poder está en privarnos de nombrar, obligarnos a no nombrar lo que vivimos. Ya está bien. Dejar de hacer como si no existiera lo que existe, ponerles nombres a esas realidades, crearles sus palabras, sería otra forma de gritar que Dios no ha muerto porque no vivió nunca —y que los Reyes Magos eran los padres, los padrastros, los hermanastros, la mujer de mamá, todos los nuestros.


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31 agosto 2021

De patrones y revoluciones

Es la Juan Larrea una calle más bien corta, no tiene más de cinco cuadras; de hecho, empieza al sur en la Antonio Ante, donde se encuentra el Consejo Provincial, y sigue hacia el norte hasta concluir en el ingreso principal de la Escuela Espejo de varones. Tal era el sentido que la calle tenía en mis años de infancia, en estos días corre en sentido contrario; esto, de todos modos, no hubiese importado en aquellos días: el barrio era todavía “un barrio residencial”, lo que solo quería decir que casi no transitaban vehículos. En la esquina que daba con la Juan Pablo Arenas, estaba ubicado el cine Alameda, el mismo que, asimismo, quedaba a tan solo una cuadra del Colegio Mejía. Ahí cerca, y tan solo a media cuadra, se ubicaba la fuente más lejana de mis memorias olfativas: era un local que estaba ubicado detrás de un pequeño patio interior; había que subir unas gradas. Era la panadería “Arenas”.

 

Ahí, en la Juan Larrea, estaba situada la última casa en que transcurrió mi verdadera infancia; allí viví entre los cuatro y seis años (he aprendido que infancia viene de la voz latina infantia que curiosamente quiere decir “no saber hablar”…). No debe confundirse a la Juan Larrea con la Manuel Larrea, calle que está ubicada una cuadra más hacia el oriente, es decir hacia la Ave. 10 de Agosto; esta última es algo más larga, empieza en la Santa Prisca y termina en la Ave. Pérez Guerrero, que conecta al parque de El Ejido con la Universidad Central y que quizá, y por lo mismo, es mejor conocida como “Diagonal Universitaria”.

 

Encuentro en ese formidable texto de la nomenclatura de las calles de Quito que debemos a Ángel Dávalos (“Quito. Significado y ubicación de sus calles”), la razón para que se hubiese dado ese nombre a la primera de estas calles: ella hace honor a Juan de Larrea y Guerrero, un prócer riobambeño que el día de Navidad de 1809 “asistió a la sesión conspiradora pro libertad, en (la hacienda) Chillo”, y que “después de escapar de las persecuciones del 2 de agosto, volvió a tomar parte en la defensa de Quito en 1812”. Por su parte, el otro Larrea, el que da nombre a la calle paralela, fue Manuel Larrea y Jijón, también un ilustre prócer, que “perteneció a una familia de la nobleza” quiteña. El “luchó por la causa de la independencia, tomando parte en la jornada del 10 de agosto de 1809”. Lo conocían como marqués de San José.

 

La casa de la Juan Larrea estaba ubicada en un solar más bien angosto, de no más de quince pasos de frente: era una de las dos casas gemelas que estaban adosadas en el lado occidental de la calzada. El dormitorio principal, el mismo que daba a la calle, estaba protegido por un ventanal que, visto desde afuera, parecía estar custodiado por dos puertas que tenían entrada directa desde la calle; la puerta principal o portón de entrada, estaba ubicada al lado derecho, vale decir que al lado norte, este daba acceso a una especie de recibo que estaba protegido por una mampara de vidrio, el vestíbulo daba ingreso a un corredor en forma de L, que, a su vez, rodeaba un patio abierto, y facilitaba la entrada a las distintas habitaciones que tenía la casa.

 

La otra puerta, la que estaba a la izquierda del ventanal, era algo más angosta y daba acceso directo a un taller de costura que tenía mi madre. Allí resaltaban una máquina de coser, una enorme canasta dedicada a acomodar los géneros y demás cortes de tela que le habían sido encargados y, sobre todo, una enorme mesa que servía a mi madre para diseñar sus moldes. Mamá no era costurera de oficio, había estudiado diseño de modas; y era, por lo mismo, más bien lo que pudiera llamarse una modista, con la diferencia de que solo ponía sus reconocidas habilidades al servicio de sus parientes y de las amigas que apreciaban su oficio. Claro que sabía coser, pero lo más importante era que sabía, por sobre todo, dibujar y… cortar.

 

Eran sus artilugios una serie de reglas de diferentes como curiosas formas y tamaños (¡cuántas veces no las utilicé en mis vespertinas batallas imaginarias!) y, asimismo, una variedad de tijeras con las que daba forma a esos moldes. Grande debe haber sido mi sorpresa cuando, sabedor de que sus empleados llamaban a papá como “patrón Gustavo”, escuché a mamá decir un día que “iba a tener que crear un nuevo patrón”…

 

He pensado en estos días en este distinto sentido de la palabra patrón, no con el significado de amo o patrono, sino con el de referencia, cuando he leído un artículo de prensa en el que se considera al gran escritor francés Gustave Flaubert como el “patrón de la novela moderna”, y no he caído en cuenta del significado aplicado, hasta que he advertido que se refería al autor de Madame Bovary más bien como la guía y la norma, como la muestra y el ejemplo, como el modelo y el paradigma de cómo debe ser escrita una novela. Así, he recordado también el sentido con que se utilizaba la voz revolución en la casa de mi abuela, nunca como asonada o cambio político, sino como sinónimo de alboroto, entrevero, escándalo y confusión.


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27 agosto 2021

Renunciar, verbo intransitivo

Estoy convencido de que “renunciar” no tiene en nuestro idioma la implicación negativa que tiene en el inglés. Hay algo de ominoso, de vergonzante en ese idioma, que estigmatiza a quien ejercita su acción. Quien renuncia no es alguien que encontró una mejor opción y se retira para experimentar una más conveniente situación, es alguien que se deja ganar, que se da por vencido, que cede ante las circunstancias, a la voluntad o al capricho ajeno; es alguien que baja los brazos y se deja avasallar. Si no, vaya usted al traductor de Google y confirmará mi aserto: “to quit” se traduce como renunciar, mientras que “quitter” quiere decir cobarde...

 

Renunciar no siempre es malo. Y no solo que no lo es, sino que puede ser la mejor alternativa. A veces renunciamos por descontento, por solidaridad, porque no estamos de acuerdo con una determinada acción, actitud o medida; lo hacemos por dignidad o simplemente porque comprendemos que si no lo resolvemos de esa manera, si no renunciamos, tarde o temprano seremos víctimas de lo que, por no mover el bote, por no hacer sentir mal a nadie o para que no nos crean que somos disociadores, o por temor al “qué dirán”, decidimos callar. Entonces nos convertimos no solo en cómplices o culpables, sino en verdugos de nuestro propio destino. Nos exponemos así, y sin siquiera darnos cuenta, a vivir por siempre arrepentidos.

 

Renunciar no siempre es de timoratos o pusilánimes. Al contrario, requiere muchas veces de una dosis enorme de determinación y valentía, implica tener que enfrentarse a lo que puedan pensar los demás. Se trata de hacerse valorar, de saberse priorizar uno mismo. Por otro lado, significa apostar a algo muy importante: la armonía con lo que uno más valora, saber poner por delante la propia tranquilidad. Conseguir la paz interior requiere a menudo no solo de coraje y valentía, sino también de actuar con el más auténtico sentido de integridad. Saber rechazar algo que nos perjudica o incomoda, no necesariamente consiste en pecar de inconformista, significa no renunciar a unos ideales y creencias, valores que estamos obligados a hacer respetar.

 

Alguna vez, en mis tiempos de copiloto, se tomó una decisión que me afectaba; de ella dependía mi inmediato ascenso. Es más, iba a afectar también a mis demás compañeros de promoción. Si no expresaba mi desacuerdo y renunciaba, nada me garantizaba que lo decidido no crearía un precedente negativo y pusiera en riesgo la razón misma por la que había buscado empleo en esa misma organización. Hice un acto de conciencia, vi los pros y contras, procuré analizar con tranquilidad las alternativas y renuncié. Bien sabía que mi decisión iba a interpretarse como un gesto de resentimiento e intemperancia, como una reacción de soberbia, como un acto de inmadurez y vanidad. Era para mí un asunto de principios, era sobre todo un asunto de dignidad.

 

En una ocasión más reciente, había otra decisión operacional que debía tomarse; esta vez el asunto tenía que ver directamente con la capacitación adecuada de los tripulantes y, por lo mismo, con la seguridad aérea. Se quería, con una disposición administrativa, eliminar de un plumazo el segundo simulador al año de los pilotos a mi cargo. Jamás se quisieron tomar en cuenta los argumentos técnicos que traté de exponer. Bien visto, hacer ese entrenamiento una sola vez al año, solo significaba un ahorro que no llegaba a un veinte por ciento; en este sentido, no solo se trataba de un desperdicio sino también de un absurdo despropósito.

 

Finalmente la decisión administrativa se impuso; pude pasarla por alto, pero sentí que mi obligación era renunciar. Pasaron los meses y, para despecho de quien provocó la situación, me pidieron volver… Alguien tomó conciencia de que no se estaban priorizando los criterios técnicos y reconoció el imponderable factor de la seguridad aérea. Ese alguien cayó en cuenta que un mejor entrenamiento solo redundaba en un mejor desempeño de los pilotos y en una mayor eficiencia operacional. He notado que quienes se oponen a implementar ciertas medidas, nunca están dispuestos a asumir la responsabilidad de las consecuencias que provocan.

 

Podrán tomarnos por recalcitrantes o testarudos, pero no queda más: hay que tener los redaños o agallas para saber renunciar. A fin de cuentas, siempre hay un riesgo en aquello de no quedarse. No deja de ser curioso: eso de “tener agallas” es una locución que quiere decir “tener los arrestos, la valentía o la audacia”. No sé de dónde salió. Siempre me pregunté qué tenían que ver el coraje o la valentía con los branquias de los peces (o de los moluscos, los cangrejos y los gusanos)… No sé qué sería preferible, si renunciar a los caprichos del idioma o a las curiosidades de la zoología… Sí, manda huevos, no es fácil ser un “quitter”, un obcecado renunciante.


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24 agosto 2021

Semblanza de tres ciudades

Hoy quiero hablarles de tres lugares míticos; son ciudades en las que nunca estuve pero cuyos nombres me fascinaron desde siempre. Hay en ellos una cuota de magia e íntima evocación; con solo pronunciarlos, algo en ellos sugiere la mención de un lugar singular, ahíto en epifanías e intricados misterios. Son nombres que embrujan, que cuentan prodigiosas aventuras, nos hablan de ignotos y escondidos secretos. Mencionar esos nombres nos remite a viejas lecturas, a cuentos escuchados en nuestra infancia. Nunca estuve en esos sitios, pero alguna vez los sobrevolé… Representan cimas de la cultura o de la religiosidad del hombre.

 

Uno se llama Katmandú, es la capital de Nepal, se encuentra ubicado en un estrecho valle y se supone, o eso dice su tradición, que se asienta sobre una vieja laguna; la ciudad es como un puente entre la India y China, en ella rozan y se toleran el budismo y el hinduismo. Tiene solamente un millón de habitantes, pero tiene gran importancia como centro religioso y espiritual. Su aeropuerto, dada la topografía, es uno de los más críticos y complicados del mundo; en él se han producido incontables tragedias porque su aproximación es de una sola vía, ya que –una vez iniciada– exige una alta dosis de conciencia situacional para abortar la maniobra en caso de cualquier imprevisto mal funcionamiento de las radio-ayudas o de un súbito problema mecánico. Allí el piloto debe estar siempre preparado para el sobrepaso.

 

Debo, en este punto, hacer un comentario personal. Cuando en 1994 fui a entrevistarme con Singapore Airlines, fue mi intención inicial aplicar para el Airbus A-310, avión para el que ya me encontraba calificado. Una de mis primeras exploraciones, junto con la novedosa cultura asiática, estuvo relacionada con la red de rutas de esa flota. Me seducía la posibilidad de volar hacia lugares nunca antes escuchados como Kuching o Port Moresby; o simplemente exóticos, como Bali, Calcuta o Kota Kinabalu. Tuve que declinar la oferta, debido a la duración del contrato, aunque quedó abierta la posibilidad de mi ingreso para volar un equipo más pesado cuando se presentara la ocasión. Años después, sobrevolaría su emplazamiento en mis viajes sobre el Himalaya, en ruta entre Arabia Saudita y el sureste asiático, con rumbo hacia Hong Kong y Ho Chi Ming, mientras operé “free-lance” para la Air Atlanta Icelandic.

 

Hay otra ciudad cuya sola mención me remite a los viajes de Marco Polo y, quién sabe si incluso, a los cuentos árabes. Su nombre está relacionado con periplos y tesoros fabulosos, es un topónimo de sonido exuberante y seductor, constituye el lugar de reabastecimiento y tránsito por antonomasia. Fue visitada por Alejandro Magno y Gengis Khan, era la ciudad mimada por Tamerlán; se llama Samarcanda, es una de las ciudades más antiguas del mundo y ha servido como encrucijada de los caminos asiáticos de la antigüedad. Está ubicada en el actual Uzbequistán. La sobrevolé decenas de veces cumpliendo la ruta entre Shanghái, o Beijing, y los más importantes destinos europeos, mientras trabajé para una empresa carguera constituida por un “joint venture” entre China Eastern y la Singapore Airlines: se llamó Great Wall Airlines. La ruta exigía desplazarse hacia el norte para evitar el efecto del jet-stream.

 

Pero existe otra ciudad, cuyo nombre acicateó desde siempre mi traviesa curiosidad, su nombre insinúa una expedición al lugar más apartado de la tierra, es sinónimo de estar “en la mitad de ninguna parte”; está en el borde meridional del desierto del Sahara y quiere decir “la tierra de Baktú”. Es todavía lugar importante en las rutas trans-saharianas y se encuentra en la mitad norte de la República de Mali. Está situada cerca del cauce del Níger, justo antes de que este vira hacia el sudeste, para luego dirigirse a desembocar, formando un delta, en el océano Atlántico. Hoy no tiene más de cincuenta mil habitantes, fue centro de universidades y madrazas religiosas; su nombre resuena con el eco de una catarata. Se llama Timbaktú (aunque la conocen en español como Tombuctú).

 

Jamás soñé con sobrevolarla, hasta que tuve oportunidad de realizar varios vuelos desde Ámsterdam a Johannesburgo; volaba entonces al servicio temporal de la SIA Cargo, subsidiaria de Singapore Airlines. Esta circunstancia sucedió porque la ruta utilizaba una aerovía ubicada hacia el occidente de Libia, dadas las restricciones de sobrevuelo establecidas por ese país islámico; y porque, además, tuvimos que desviar por efecto de la meteorología. Aquel hito fue registrado como parte del caprichoso derrotero que en esa ocasión me llevó sobre algunos países africanos: Argelia, Mali, Níger, Nigeria, Camerún, Congo, República Democrática del Congo (que antes fuera conocida como Zaire) y finalmente Zambia, Zimbabue y Botsuana, antes de aterrizar en Sudáfrica.

 

Hoy recuerdo aquellos raros privilegios: haber podido mirar esos panoramas desde el cielo. Su sola memoria me llena de reverencia ante Dios y ante la vida, y me empuja a expresar mi gratitud, con nostalgia y humildad.


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