12 octubre 2021

Osadía *

* Escrito por Leila Guerriero para El País Semanal, 23 de julio de 2021

 

Apoyada en el marco de la ventana de la casa en obras, a metros del socavón de tierra donde preparaban la cal los albañiles, la espalda contra la madera erizada de astillas, todavía la veo. Nítida como un recuerdo inventado. Era un fin de semana (han pasado décadas, pero lo sé porque estábamos solas y la casa en construcción, donde mis padres iban a criarme, donde ocurrirían el principio y el fin de la vida, estaba siempre repleta de albañiles excepto los fines de semana, cuando no iban a trabajar). Era por la tarde (lo sé porque recuerdo la luz acongojada que descendía del cielo como una resaca metálica). Y era invierno. Lo sé porque recuerdo la ropa que se fue acumulando como una pira seca —lana roja, nailon amarillo, jean, aroma a perfume Mujercitas— sobre uno de los andamios.

 

El lugar exudaba el olor solitario y hueco del cemento. Ella se había mudado al barrio poco antes y se había hecho amiga de mi mejor amiga. Yo la detestaba por eso. También por otras cosas. Era como un shuriken, una estrella ninja: algo imparable y enardecido que tenía la capacidad de destrozar. La hostilidad la recubría como un aura, una luz fulminante. Arañaba, gritaba, rompía los juguetes ajenos y los propios, rasgaba la ropa, arrojaba cascotes. Todos parecían temerle o adorarla. Pero ni ella me quería a mí ni yo la quería a ella, así que no sé por qué estábamos juntas, a los ocho años, en una casa solitaria y en obras, a metros de un pozo de cal viva.

 

Tenía el pelo bestialmente negro, construido con hebras gruesas que se le enganchaban en las pestañas largas o se le metían entre los labios. Cuando eso pasaba, el rostro parecía bordado, atravesado por una membrana de hilos brillantes. La piel blanca, tan transparente que parecía a punto de rasgarse, le daba el aspecto de un fruto firme envuelto en una vaina tersa. Tenía la voz ronca, rocosa, con una aspereza adulta, nada infantil. Una voz que debía ser tomada en serio. Usaba ropa que nadie más usaba: minifaldas, tacos, abrigos con cuellos de piel. Se pintaba los labios. Era una niña, pero podría haber sido un bar repleto de humo. Tenía en los gestos la languidez que dan la confianza en uno mismo o la perfidia.

 

Esa tarde, en la casa deshabitada, empezó a sacarse la ropa. El suéter rojo que yo le envidiaba, los pantalones de jean ajustados que no me dejaban usar, la camisa, la camiseta, los zapatos, las medias. Quedó firme, helada y pálida, como si por debajo de la piel fluyera una finísima capa de hielo. Ya casi sin ropa, corrió hasta el muro de ligustro que separaba la casa de la vereda, cortó una rama, regresó, se ató un trapo —¿un pañuelo, la camiseta?— sobre el pecho a modo de “soutien”, tomó la rama entre los dedos simulando que fumaba, se recostó contra la madera cruda del marco y me dijo: “Juguemos a que me sacas fotos”. Quise que se cayera al pozo. Quise matarla. Todo pudo haberse consumado: mi odio era tan sólido como el cemento que nos rodeaba. En cambio, me di vuelta y me fui. La dejé sola, medio desnuda, y caminé hacia la casa contigua donde vivían mis abuelos.

 

Pasé la tarde con ellos junto al brasero, comiendo galletitas, tomando café con leche, mirando la televisión, sintiéndome rotundamente triste. No sé qué hizo ella, si se fue, si se quedó. Tampoco sé cómo se forman las capas tectónicas de una personalidad, pero es posible que aquel día yo, que venía de un mundo donde el miedo era una fotosíntesis benigna que surgía bajo el influjo de los libros y las películas, haya sentido un miedo nuevo. Un miedo desgraciado y adulto. Miedo de no tener jamás su atrevimiento. De que me esperaran, agazapados en el futuro, días grises y anodinos. Días de brasero, de televisión, de galletitas.

 

Ella tenía ocho años, como yo, y ahí, medio desnuda en la ventana, había movido el mundo, lo había vaciado de vulgaridad, lo había llenado de su audacia, de su malicia, de su malhumor, de su ira, de su estirpe colérica, de su linaje rabioso. Después crecí, me fui de esa casa, compré tiques muy caros para una vida intensa en la que nada supo a cenizas. Hasta que llegué a estos tiempos yermos, vulgares, de los que toda osadía parece desterrada.

 

Nota: escrito originalmente sin puntos aparte. Editado para satisfacer el formato de este blog.


Share/Bookmark

08 octubre 2021

Mister Bojangles

Llegábamos en esos días en un modesto hotelito de Jamaica, el suburbio de Nueva York. No estaba mal, la verdad; el problema era que quedaba en la mitad de ninguna parte. Como decía mi amigo Alejandro, “exactamente donde el diablo perdió el poncho”. Buscándole el lado bueno, se podía decir que estaba cerca de JFK; pero, desde ahí, era todo un lío llegar hasta el verdadero New York, léase Manhattan. Había que caminar unas cuantas cuadras (llueva, truene o relampaguee) para tomar el bus interno que nos llevaba a la parada del Metro. Con suerte, el bus pasaba cada treinta minutos y, una vez que habíamos embarcado, recorría ese defavorecido barrio de Long Island por otros treinta, antes de que pudiéramos tomar el tren subterráneo que nos ponía en Grand Central en otros cuarenta y cinco minutos de viaje. El solo intento era todo un vía crucis, que no siempre estábamos en talante de animarnos a soportar. Casi todos -los demás tripulantes- preferían quedarse en su habitación para descansar.

 

Era viernes esa noche y nos habían anticipado que el vuelo –el Ecuatoriana 052- tendría cuatro horas de retraso saliendo desde Guayaquil. Había salido de Quito ya retrasado y en el trayecto se le había vuelto a presentar el mismo problema de mantenimiento. A eso de las ocho de la noche se nos comunicó la parte desagradable: un equipo de ingeniería había bajado a Guayaquil y tendría listo el avión para salir recién al mediodía siguiente. Doscientos pasajeros y su tripulación habían sido repartidos en diferentes hoteles del puerto. Ahora el retraso era de 24 horas. En cierto modo me alegré: no había podido cerrar los ojos un solo minuto en toda la tarde. ¡Qué ganas de estar alojados en Manhattan para salir con los demás a tomarnos un trago!

 

“Hacer del limón, limonada”, fue seguramente lo que pensé. Comuniqué al resto de la tripulación el inesperado inconveniente, tomé una breve, ducha, vestí algo ligero y bajé al lobby a buscar un refrigerio. No bien salí del ascensor cuando escuché el ritmo acompasado del piano que había en el vestíbulo del hotel. Una chica de no más de cuarenta estaba golpeando el teclado. Así es cómo escuché aquella canción por primera vez; tenía un estribillo que mencionaba el apellido de un vagabundo que había improvisado una breve danza en la celda de una prisión. Era un pordiosero conocido como “Mister Bojangles” (se pronuncia la segunda sílaba como “gin”, igual que en en Blue Jean) y era un viejo juglar de feria que saltaba y saltaba y que no sabía otra cosa que bailar y bailar.

 

La joven mujer tocaba con maestría y destreza; pero, más que hacerlo bien, era como que le salía natural, como que improvisara. Podía decirse que más que tocar las canciones de su variado repertorio, era como que el piano solo le servia para acompañarse, sabía la letra de todas sus canciones, de preferencia baladas y ritmos lentos, lo que llaman en inglés “easy listening” (música suave para escuchar). Aquella pieza me fascinó, me olvidé del refrigerio, pedí un trago y me dediqué a escucharla. Me debe haber tomado una hora, y otro par de tragos, hasta que me animé a pedirle que repitiera la canción del viejo harapiento, ese que no sabía hacer otra cosa que vagabundear por las calles, esperar con paciencia que caiga una mezquina propina y… ponerse a bailar.

 

Algo más tarde acabó la función. No era bonita, pero había en ella algo que la hacía verse como una mujer interesante. La invité a tomar un trago, aceptó y me dijo que tenía que apresurarse porque había quedado con amigos para reunirse en la ciudad. “No estoy muy segura -me dijo dubitativa-, si no te importaría venir conmigo a Manhattan y regresar más tarde por tu cuenta desde la ciudad”. ¡Qué podía perder!, era noche de viernes y ella había detectado en mí algo evidente, mi imprevista soledad o –quién sabe– si mi solitaria curiosidad...

 

Era casi medianoche, el plan significaba tomar de regreso un taxi, solo y de madrugada; lo pensé dos veces, me interpuse yo mismo todo tipo de argumentos. A la final me animé a acompañarla. Llegamos a un bar ubicado en la Tercera Avenida; parecía una discoteca, si no fuera porque tenía tres pisos y estaban abiertas sus puertas y ventanas. Todos tenían un trago en sus manos, hablaban parados y la mayoría bailaba. Parecía que todos conversaban; el volumen de la música convertía al lugar en un pandemonio, un aquelarre de brujas, donde todos gritaban y acercaban sus bocas a la oreja de su interlocutor para poder entenderse. Pronto caí en cuenta que la convergencia en aquel sitio era solo parte de un circuito anticipado. Ya no pude pedir que tocaran de nuevo aquel Mr. Bojangles. En ese lugar y a esas postergadas horas, solo hubiese sonado necio, anacrónico e imperdonable.


Share/Bookmark

05 octubre 2021

Tiranías y otras legumbres

 Tengo una confesión que se me hace perentorio desembuchar. Estuve por casi cincuenta años (todo un “jubileo”), confundido con respecto al sentido de lo que significaba la expresión “Magna Grecia”; la verdad es que siempre que escuché nombrar el concepto, me imaginé que se estaba utilizando un adjetivo para reconocer la relevancia de aquella nación helénica que gestó el impulso inicial y, más tarde, sentó las bases para la cultura que hoy llamamos Occidental. Por todo ese tiempo, posterior a mis clases de historia y geografía en mis horas colegiales, estuve persuadido que hablar de aquella Magna Grecia no se relacionaba con otro lugar geográfico, distinto al avecinado al Mar Egeo, sino que solo representaba una forma respetuosa de ponderar la patria de Aristóteles, utilizando el término que el diccionario ha reservado para calificar a algo como grande o superior a lo común…

Ya había yo pasado los sesenta, cuando una tarde de lectura, ¡plof!: de pronto, se me destapó el oído... Eh ahí que aquello de la Magna Grecia había consistido en un lugar enteramente diferente, uno que no estaba al sur de los Balcanes ni enfrentado al Mar Egeo, y que ni siquiera pertenecía a la actual Turquía, que por largo tiempo fue parte de esa sí grandiosa Grecia, la de los indómitos espartanos y atenienses. La Magna Grecia había existido en la realidad, era una especie de provincia remota de aquella patria helénica y consistía en la parte inferior (bien vale decir “el pié” o “el zapato”) de lo que conocemos como la Bota Itálica.

Siempre me intrigó, a pesar de la relativa cercanía entre los territorios de griegos y romanos, la relación entre esos dos pueblos mediterráneos. En lo personal, creo que viví un tiempo en la orfandad de las sombras; estuve convencido que “latino” significaba residente del sur y que, por lo mismo, también podía situar a los griegos en idéntica categoría y me contenté con intuir que, a pesar de poseer dos lenguas tan distintas, los romanos se habían dado modos para adaptar a su idioma (la lengua del Lazio) todos aquellos términos que habían sido inventados, adoptados y aplicados a los conceptos ideados en la Grecia clásica. Por ello, me imaginé que lo que había pasado era que los romanos se habían dado a la costumbre, por unos cuantos siglos, en ir a aprender de una civilización más adelantada al otro lado del Mar Jónico (el que se sitúa al sur del Adriático). Algo exactamente igual a lo que hoy hacen los estudiantes sudamericanos cuando van a completar sus estudios en los Estados Unidos…

Pero, como digo, “se me destapó el oído”… No era que los jóvenes romanos se habían ido a estudiar en las academias griegas; la verdad es que había ocurrido exactamente lo contrario: todos esos diminutos estados que se fueron formando en el sur de aquella península, habían sido colonizados por pueblos helénicos. Ahí se habían asentado jonios, dorios y aqueos; habían fundado y desarrollado ciudades–estado, como Sibaris, Regio o Crotona (en Calabria) o como Mesina, Siracusa y Catania, en la costa oriental de Sicilia, esa isla triangular que parece besar la Bota Italiana. Por muchos siglos se habló griego en un territorio que siempre lo supusimos solo romano; hoy mismo se sigue hablando un dialecto llamado “griko” en parte de aquella región. Fue a esa medialuna a la que se conoció con el equívoco nombre de Magna Grecia. De modo que, cuando hablamos de Zenón, Parménides o Pitágoras estamos lejos de imaginar que esos maestros enseñaron, si no nacieron,  en esas “italianas” tierras…

Fue ahí, en esas pequeñas ciudades-estado donde, por la naturaleza de su condición, se dieron las circunstancias para que individuos díscolos y prepotentes, abusivos y arbitrarios, narcisistas y atrabiliarios se convirtieran en perennes autócratas. No eran reyes legítimos; se habían hecho del poder por la fuerza y sin consentimiento soberano. Se ganaron el infame título de “tiranos” y, aunque muchos fueron gobernantes capaces, se creyeron irremplazables, no supieron retirarse a tiempo, se fueron persuadiendo de que su poder era vitalicio y peor aun: que debía ser hereditario. Admirados, queridos y respetados al principio de sus mandatos, terminaron despreciados por su propio pueblo y fueron proclives, casi siempre, a la sedición y aun al magnicidio.

Jean-Jaques Rosseau los diferencia entre tiranos y déspotas, dice que tirano es aquel que utiliza las leyes, dando la impresión de que gobierna según su mandato; pero que el déspota es aquel que cree que está por sobre esas mismas leyes que al principio invocó y juró respetar. Así “el tirano puede dejar de ser déspota –señala– , pero el déspota jamás dejará de actuar como un tirano”. La idea moderna es que el tirano es un soberano ilegítimo, que se hace del poder absoluto, casi siempre unipersonal, el mismo que a menudo es obtenido mediante la violencia. La tiranía constituye una condición caracterizada por el uso abusivo del poder usurpado. Es curioso, en los tiempos de la Magna Grecia la palabra tirano solo quería decir “rey soberano”, no tenía un carácter peyorativo. De hecho, algunos tiranos fueron reconocidos y apreciados por sus virtudes. Incluso, hubo tiranos que constan en la lista de los que se conocieron como “los siete sabios de Grecia”…


Share/Bookmark

01 octubre 2021

De almanaques y boticas

Creo que desde chico tuve muy clara la diferencia entre farmacia y botica. Puede decirse que las primeras vendían fármacos preparados en laboratorios que no funcionaban en esos locales; las medicinas ya estaban ordenadas en vitrinas y estanterías. Pero además, y desde un buen día, las farmacias empezaron a expender artículos de tocador o de bazar; entonces, y ya definitivamente, pasaron a diferenciarse en forma clara de las boticas. En estas existía un boticario, un individuo conocido como “doctor”; este era por lo general adusto y cejijunto, algo circunspecto, vestía de mandil y corbata; y, para colmo, siempre parecía ocupado atendiendo a sus mezclas, soluciones y menjurjes, con ellas iba preparando sus pócimas en morteros y matraces, con sus tubos de ensayo, sus vasos “precipitados” y sus probetas.

Ahí, en las boticas, había unos recipientes de porcelana, con forma de jarrón, que anunciaban contenidos inexistentes (muchos estaban ahí para efectos decorativos). Palabras como opio, muérdago, absenta, nos provocaban curiosidad, a la par que temor a contaminarnos y morir, ipso facto, envenenados. Tal era el carácter enigmático e inescrutable de las substancias en apariencia proscritas que allí se expendían: eran las llamadas “drogas”; razón por la que, en forma alterna, se conocía a estos lugares también como “droguerías”. Había una botica “a la vuelta de mi casa”, vale decir que a la vuelta de la esquina de donde yo vivía; estaba ubicada en la calle Guayaquil, casi una cuadra al norte de San Blas, en la acera oriental, quizá unos cincuenta pasos al sur de su intersección con la cuesta de la Briceño, en cuya esquina –años más tarde– habría de construirse “La licuadora”, el edificio del Banco La Filantrópica.

Tenía el local un amplio vestíbulo; su propietario era un individuo de gestos ampulosos, si no afectados. El personaje vestía un traje cruzado de paño con cuya apostura trataba de disimular sus modales algo provincianos. Yo no tenía entonces edad para calificar la condición de sus maneras, pero alguna vez escuché en una conversación de mis mayores un comentario fugaz y quizá improbable: la posibilidad de que su excesiva cordialidad no fuese sino prueba de sus oscuras preferencias… Allá fuimos a veces, delatando con nerviosismo un perentorio aire de urgencia; fue en aquellas aciagas ocasiones cuando envenenaron a nuestras queridas mascotas (al Janco, la Pelusa o la Estrellita) con el más deletéreo de los raticidas, el infame Racumín, ingrediente que ocasionaba que sus víctimas se escondieran de la claridad del día, buscaran el más oscuro y lóbrego escondite y fueran a dar con sus huesos en los más recónditos rincones, siempre en busca de un poco de agua. Pero jamás conseguimos, el milagroso brebaje. Ahí, un letrero mortecino y mal iluminado anunciaba: Botica “Bristol”.

Es probable que siempre haya asociado aquel nombre con la geografía. Bristol es una pequeña ciudad británica que alguna vez visité en mis periplos itinerantes; está ubicada al sureste de Inglaterra, avecinada al canal de su nombre. La urbe se enfrenta a las ciudades galesas de Newport y Cardiff. Nunca imaginé que ese establecimiento pudiera haber tomado su nombre de otra nada relacionada circunstancia: la posibilidad de que aquel inofensivo apelativo se hubiese inspirado en un popular y nada científico documento, en un cuadernillo de color anaranjado oscuro (realmente el color del zapote), una suerte de catálogo astrológico, que incluía el santoral católico, las fases de la luna, las horas de salida y puesta del sol, e incluso la hora prevista de las mareas, la predicción anual del clima y hasta de los probables terremotos; se trataba de un escueto boletín conocido como el “Almanaque Bristol”.

El Bristol habría tomado su nombre de un químico inglés que procuraba por el bienestar de sus vecinos. El hombre se llamaba Cirineo Ch. Bristol, y  lo había ideado para promocionar un jarabe de zarzaparrilla. Hoy, el Bristol contaría con casi ciento noventa años de historia. Se lo publica en Nueva Jersey y se expende en varios países de América con el necesario ajuste de ciertas horas, pues el sol nace y se oculta a distintas horas durante el año, por causa de la estación así como de la distinta latitud.

Hoy estoy persuadido que al Bristol lo compraban (y escondían) nuestra abuelas; era un folleto que contenía consejos hogareños y, según me han comentado, hasta una breve y frívola comedia. Su núcleo estaba relacionado con la predicción de la fortuna: anunciaba la suerte con referencia a los signos del zodíaco. Quizá fue por ello que el cuadernito siempre acicateó no solo mi desconfiada suspicacia sino también el más inmarcesible de mis desprecios y, quizá y ante todo, mi convencimiento de que gente de toda condición confundía con facilidad dos conceptos nada relacionados: la astronomía con la astrología; siendo el primero, una disciplina probada y científica, y el segundo, una actividad superflua y empírica, pábulo para el engaño y la superchería, insólito artificio y adefesio. Su nombre, a no dudarlo, generaba falsas expectativas. La astrología estudia el movimiento de los astros, para dizque anticipar con ello los acontecimientos futuros y aun el impredecible talante de las personas.


Share/Bookmark

28 septiembre 2021

Olimpíadas y bienales

 Ellos, mis hijos y los sobrinos de mi mujer, llaman así a esos ocasionales encuentros: les han bautizado de “olimpíadas”, quizá por el propósito lúdico que tienen y, claro, también porque se han dado en efectuarlos cada cuatro años, al igual que las tradicionales Olimpíadas griegas (iniciadas en el siglo VIII a.C.), hoy renovadas luego de la iniciativa del noble francés Barón Pierre de Coubertin. Empeño que se habría concretado hacia el final del siglo XIX (1896), justamente para retomar el ideal griego. Los juegos se habían suspendido, en el año 393 d.C., cuando –en el ánimo de acabar con los cultos paganos– el emperador Teodosio prohibió su realización por considerar que el culto a Zeus era contrario a las enseñanzas del cristianismo.

Pero… creo que empecé mal; no debí haber dicho: “mis hijos y los sobrinos de mi mujer”, sino “los sobrinos de mi mujer y mis hijos”, si debo ser fiel a aquella cordial etiqueta que me inculcaron en mis tiempos de escuela (“Manual de Carreño”, le llamaban), la misma que nos enseñó que lo correcto era anteponer los pronombres ajenos, o los nombres de quienes eran nuestro prójimo, al pronombre que nos representa. Tú y yo; ellos y nosotros; nunca al revés. O que, de idéntica manera, no deberíamos anteponer lo que es nuestro a lo que pertenece a los otros. Esa etiqueta representa nuestro respeto a los valores sociales y nuestra consideración a los demás; en ella se sustentan las reglas de trato entre las instituciones y, por supuesto, la diplomacia.

Así que ellos, mis sobrinos y mis hijos, decidieron un buen día conocerse mejor y reconocerse, saber algo más de sus identidades y diferencias, de su pasado compartido (el de sus padres y abuelos) y congregarse en lo que había sido la acogedora propiedad de sus ancestros. Así optaron, en tiempos de su ya superada adolescencia, por reunirse cada cuatro años, parafraseando el nombre y emulando la tradición helénica. Quizá fue más una parodia que una emulación, más un remedo que una verdadera competencia. No sé tampoco si han persistido en su impenitente empeño, en la perseverancia de su inquieta novelería, pero creo que aquel inicial espíritu sigue allí, con similar pasión a la que los impulsó a reunirse al principio, ejercitando la mutua confianza, aquella que acicatea los lazos comunes de la sangre; impulsados por la curiosidad y por el deseo de compartir las experiencias; burlándose a veces en forma sana de los demás y tolerando que los otros se burlen de sus manías y deficiencias…

Hubo un tiempo en el que, gracias a que se divertían tanto y la pasaban tan agradable,  quisieron ensayar otras sedes y otros destinos, ya no solo la Loja “per semper fidelis” de sus respectivos padres (o madres, para el caso) y hablaron de lugares y tipos de acomodación distintos (¿no deberíamos llamarle, más bien, “aloja-miento”?). Hablaron de reuniones en la playa, en la selva o la montaña y aun en recónditos parajes ubicados en algún ignoto rincón de un país extranjero. No escaparon tampoco a la tentación: la pasaban tan, pero tan bien, que a alguien se le ocurrió la trasnochada idea de hacerlo más bien cada dos años, ignorantes tal vez del hecho de que olimpíada es, en la práctica, una medida de tiempo, que la palabra expresa un sentido y su justificada explicación: olimpíada es un evento “que se realiza cada cuatro años”.

No escapa a mi conocimiento que algo similar sucedió alguna vez en una importante ciudad del Ecuador: ocurrió que fue tan eficiente la organización, no se diga la ejecución exitosa de su “bienal”, un festival de arte y artesanía, que se les ocurrió celebrarlo de una vez (¿por qué no?) cada doce meses, desvirtuando así el sentido de lo que significaba la palabra que lo había identificado. “Bienal” efectivamente, tiene un significado similar a anual, quinquenal, jubilar o secular; quiere decir que se trata de un acontecimiento que se celebra “cada dos años”. Por eso, se me hace inevitable recordar estos lapsus, o poco felices confusiones semánticas, cuando –en el colmo de la codicia y la avaricia– la FIFA, Federación Mundial de Futbol no Aficionado, anda especulando en estos días con la absurda idea de efectuar el evento por antonomasia, el Campeonato Mundial de Futbol, cada dos años…

Espectacular y auspicioso como parece, solo representaría el golpe de gracia para la afición que estimula al “rey de los deportes”. Piénsese si no en que opinaría usted, amable lector, si escucha de pronto, que nuestra Federación Nacional hubiese decidido organizar su campeonato dos veces por año, abusando así no solo del tedio que provocaría en los espectadores, sino descuidando la salud física de los mejores jugadores que ya tienen bastante con jugar casi sesenta partidos por año, lo que significa casi diez partidos por mes, en la temporada competitiva de ese deporte… No extraña, por lo mismo, que Leonel Messi, el mimado y consentido “astro” argentino (realmente, un muy hábil como portentoso delantero que juega en Europa) haya superado el record impuesto por el más grande futbolista que vieron mis ojos, el prodigioso “Rey Pelé”. 

No habría sido tan difícil, diría yo; si, claro, ¡ha llegado a jugar quizá el doble de partidos!


Share/Bookmark

24 septiembre 2021

Conceptos descuajeringados

No sé qué ha generado la avalancha de casualidades (¿o fue, más bien, la casualidad de la avalancha?) la que ha producido que, cual desorientado individuo que tropieza contra cualquier cosa en las tinieblas, me encuentre de sopetón y a cada rato con esa curiosa palabra a la vuelta de cada esquina. Antes de consultar el diccionario, yo mismo me exijo acudir a mi memoria visual y procuro preconcebir las probables acepciones que intuyo encontrar. Descuajeringado: carencia de armonía en el vestir o modo de caminar; condición de pérdida de cohesión de algo que antes estuvo cohesionado (un cuaderno o libro descuajeringado, por ejemplo); desarreglo o torpeza en el proceder o en la forma de movilizarse o transitar; manera errática de comportamiento. ¡Ya está! Voces relacionadas: descuajaringarse, descuajeringar.

 

Trato, ensayo, intento también con el improbable antónimo, aún a sabiendas de que no habría de tener éxito. Ahora si, acepto al desafío impredecible de significados y significantes, y emprendo en el porfiado y renovado periplo doméstico, el viaje con destino a mi biblioteca, en busca de la definición perdida, mi expedición hacia el esquivo descubrimiento de los tesoros escondidos, o por develarse, en mis callados diccionarios. Encuentro descuaje y descuajo, también el esperado participio (descuajeringado) y tanto el verbo previsto descuajeringar (que no logra ser reconocido por mi corrector ortográfico); así como otro, el impensado descuajaringar (que en cambio sí es reconocido sin asomo de dificultad). Ahora sí, concluida la indagación, resumo la enjundiosa tarea:

 

Al consultar por descuajeringar, el diccionario de la RAE me remite a descuajaringar, voz a la que define así: “1. transitivo. Desvencijar, desunir, desconcertar algo. Úsase también como pronominal. 2. pronominal coloquial. Dicho de las partes del cuerpo: Relajarse por efecto de cansancio. Usado solo hiperbólicamente”. Extrañamente incluye entre sus definiciones al participio descuajeringado, pero no al de descuajaringado, al que solo menciona como parte de la conjugación del verbo transitivo descuajaringar. Encuentro también referencias similares en el diccionario de María Moliner, como la de descuadernar. Ahora bien, si descuajaringar y sus palabras cognadas implican la idea general de desunir o deshacer algo (debido a la presencia del prefijo des), tampoco hay ninguna referencia al probable antónimo, la hipotética palabra “cuajeringar”.

 

Fue el presidente Guillermo Lasso quien en una entrevista televisada, efectuada en días pasados, utilizó el término descuajeringado (si no utilizó también algún otro término de escaso uso como parte del renovado lenguaje presidencial,) a sabiendas de que, aun para un costeño, es una voz de uso puramente coloquial. Paola Ycaza Oneto, una brillante columnista del diario El Universo, recoge también el guante del desafío, en su artículo del domingo 7 de septiembre pasado, y efectúa un recorrido histórico alrededor de nuestros, a veces cómicos y otras veces trágicos, “descuajeringamientos” como Nación y fallido Estado.

 

Así que vuelvo nuevamente sobre mi entretenida indagación; y encuentro que tanto descuajo como descuaje me conducen al verbo descuajar, conforme a lo explicado por el DLE: “1. transitivo. Licuar, transformar una sustancia sólida, cuajada o pastosa en líquida. Úsase también como pronominal. 2. transitivo. Arrancar de raíz o de cuajo plantas o malezas. 3. transitivo coloquial. Hacer a alguien desesperanzar o decaer de ánimo”. Añado que estas acepciones están introducidas con una nota etimológica inicial que aclara o ilustra el significado: “de des- y cuajar”. Por lo mismo, hace falta completar nuestro inofensivo trabajo con la consulta que resulta indispensable, aquella explicación del verbo rmencionado, la del verbo cuajar en el mismo diccionario… “6. intransitivo coloquial. Gustar, agradar, cuadrar. Fulano no me cuaja”.

 

Es esa sexta acepción, “Gustar, agradar, cuadrar”, con el ejemplo subsiguiente, la que aquí nos interesa, la que con harta probabilidad induce al antónimo, al opuesto del término que pretendemos analizar, efectuando una serie de variaciones alrededor de tan descuajeringado tema. Así llegamos a la significación de desordenado, destartalado y desarticulado, o quizá “desconchinflado”, que es el uso que las palabras mencionadas probablemente tratan de comunicar. Quizá el uso que damos a la voz descuajeringado tenga que ver con lo opuesto a la fuente etimológica del verbo cuajar, que no es otra que la palabra latina coagulare, con el sentido de hacerse sólido un líquido, coagularse. Así, des-cuajar o des-cuajeringarse vendrían a ser lo mismo que perder forma, diluirse, licuarse, deformarse, perder estructura, trastrocarse o trastornarse…

 

Hasta ahí la descuajeringada etimología del verbo descuajeringar. ¡Como para descuajeringarse de la risa!


Share/Bookmark