02 noviembre 2021

Especias, hogueras y frailes…

Cuando hemos tenido la fortuna de hojear muchas páginas de ese libro abierto que son los viajes, solemos tener una pretensión. Ahora ya no es que nos gustan ciertas ciudades: hemos aprendido a identificar algunas urbes como nuestros lugares favoritos; es más, hemos aprendido a preferir ciertos rincones de aquellas mismas ciudades. Si voy a Bruselas, me gusta deambular por las callejas peatonales cercanas al Manneken-Pis, donde los mejillones parecerían convertirse en su principal especialidad culinaria. Si voy a Londres, me gusta atravesar Hayde Park, subir hacia Notting Hill, dirigirme a Pembrige y adentrarme en Portobello Market. Si el destino es París, me dejo llevar por mi curiosidad: a veces deambulo por el Barrio Latino, otras por el Faubourg Saint Honoré, o subo caminando a la Basílica del Sagrado Corazón en Montmartre.

 

Pero es en Roma donde me sucede algo especial. Ahí no me comporto como un turista más. Me dejo ganar por el flujo de la gente; no repito ni las Gradas de España ni la Plaza Navona, ni siquiera el Foro o el Coliseo, qué decir del Panteón o la Fontana de Trevi. Allí llego al monumento a Víctor Emmanuel y dejo que mis pies hagan el trayecto que ya conocen, los dejo en modo de control remoto y así me llevan a uno de mis rincones preferidos. Se trata de una pequeña placita que ciertos días se convierte en un mercado de ingredientes culinarios y especerías. Puedo encontrar allí las más fragantes hierbas frescas, los más apetitosos tomates, los más exóticos hongos que puedan probarse. Es un lugar que tiene un aspecto especial, me cautiva su ambiente. Se llama Campo di Fiore.

 

Alguna vez lo visité al final de la tarde, a la hora en que levantan las tiendas y los andamios; cuando los cansados vendedores apuran sus faenas de retirada, se vuelven indiferentes e ignoran a los tardíos compradores. Entonces se puede apreciar la semblanza de un encapuchado; es un fraile de bronce que parece desafiar la incredulidad ajena, algo en su serena semblanza parecer irradiar un atisbo de reprensión ante la complaciente ignorancia. Es el monumento a un hombre de ciencia que fue más allá que Copérnico; un adelantado a su tiempo, quien postuló que no todo el universo giraba alrededor del Sol, sino tan solo la Tierra y los demás planetas que conforman nuestro sistema. Que propuso que el astro que nos calienta es solo otra estrella, como aquellos millones que son el centro de otros millones de sistemas, parte de todas esas constelaciones y galaxias que podemos admirar por la noche.

 

Giordano Bruno, aquel fraile dominico que más que lidiar con el ordenamiento misterioso del cosmos, tuvo que enfrentarse a la ignorancia y al prejuicio, habría de ser condenado a morir en la hoguera, por el capricho de cuatro necios metidos a devotos inquisidores. Bruno, un genial astrónomo, ideó una explicación cosmológica más coherente y completa que las de Tycho y Galileo, y casi tan visionaria como la de Kepler. Por un tiempo me confundí de plaza y de monumento, no sé si por ese callado y frío lenguaje que suele hablar el bronce, o principalmente porque ambos, Bruno y el otro predicador, fueron frailes y fueron quemados vivos, aunque ambos murieron víctimas de la ignorancia y de la forma más criminal que puede tener el prejuicio. Sus voces solo fueron acalladas por el crepitar gazmoño y santurrón, por la vehemencia cruel y lamentable de las llamas.

 

Así, confundí por un tiempo a esos dos personajes: a Bruno, con sus mundos matemáticos, perennes y precisos; y al otro monje, también dominico que había predicado contra el pecado y la corrupción del papado, y que había vociferado en calles y plazas aquel ¡arrepentíos!, sin sospechar que si escasos son los que reconocen que han pecado, todavía más escasos son quienes se arrepienten por el mal que a otros infringieron. A la otra efigie la había visto en una plaza de Ferrara. Por ser frailes los dos, me pareció que participaban de un cierto parecido; fue que ambos recibieron una pena similar, un estremecedor y horripilante castigo.

 

Girolamo Savonarola habría sido un formidable polemista, un predicador fogoso y favorecido. El brío que impartía a sus homilías solo era superado por su celo impregnado de terror apocalíptico, la suya no era una religión de la bondad y la redención, su sermón hablaba de la maldad del hombre y del infernal castigo. Siempre me recordará, con sus manos crispadas y sus ojos enfurecidos, a un cura oblato que conocí de niño; terminaría él convertido en capellán de nuestro colegio. Siempre que paso por la Basílica, recuerdo sus incendiarias arengas, sus reproches contra nuestra curiosidad, por él convertida en imperdonable desorden lascivo. Fueron memorables sus pavorosas homilías, sus afiebradas admoniciones de miércoles de carnaval, cuando interpretaba nuestras cándidas exploraciones como desmanes inspirados en la aberración, incapaces de alcanzar nunca el perdón divino.


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29 octubre 2021

Reajustes y más reajustes

La historia de la humanidad refleja la concepción que el hombre ha tenido de la división del tiempo, las ideas que fueron dando forma y luego fueron perfeccionando lo que hemos dado por llamar calendario (de la palabra latina calendas, que quiere decir primer día del mes). Con Rómulo, el primer rey romano, el calendario era todavía lunar (las lunaciones tienen una duración de veintinueve días y medio, y de ahí habría desarrollado el concepto de lo que conocemos como "mes"), el año constaba de diez meses y de alrededor de 305 días. Sería Numa Pompilio, el segundo rey romano, quien -probablemente en un esfuerzo por adaptarlo al año solar- creó los meses de enero y febrero al final del año, que antes empezaba en marzo.

 

Unos cuatro siglos antes de la Era Cristiana, y quién sabe si por motivos religiosos, se acordó que enero fuera el primer mes del año. Esto se produjo no obstante que el cambio generaba una gran confusión, ya que los meses, en su mayoría, tenían nombres ordinales. Así el quinto mes siguió llamándose quintilis, a pesar de que ya no era el quinto, sino el séptimo, o que septiembre había pasado a ser el noveno. Y por ese orden. Ya con un calendario de doce meses, que empezaba en enero y terminaba en un mes que era el duodécimo pero que no había dejado de llamarse décimo, y con un año que solo tenía 355 días, habría sido Julio César -hacia el año 46 a.C-, con la ayuda del sabio Sosígenes, quien habría emprendido en la tarea de poner “un poco de orden” en el vetusto calendario romano.

 

Sosígenes se habría basado en el calendario egipcio de 365 días, que modificó. Sabedor de que la Tierra daba una vuelta al Sol en 365 días y seis horas, creó el año bisiesto, que tendría un día más y que se aplicaría cada cuatro años. Pero, para poner todo en orden, sugirió añadir entre noviembre y diciembre alrededor de ochenta días. Quiere decir que el año 46 a.C. tuvo realmente 445 días. Sería para el Concilio de Nicea, casi 400 años después, que la Iglesia comenzaría a preocuparse de las fiestas móviles en relación con el calendario tropical. La Pascua, que debía calcularse como el primer domingo luego de la luna llena posterior al equinoccio de primavera, se había empezado a alejar del calendario civil.

 

Respecto a la palabra “bisiesto” y su etimología, me he permitido copiar una muy interesante explicación que trae elcastellano.org:

 

“Desde que Julio César creó el calendario que llamamos juliano, hace más de 2000 años, un año de cada cuatro es bisiesto, es decir, febrero tiene veintinueve días en vez de veintiocho, lo  que ocurre con los años cuyas dos últimas cifras son divisibles por cuatro. Este ajuste se hizo necesario porque la duración del año —una vuelta completa de la Tierra en su órbita— no es de 365 días exactos, sino de 365 días, 5 horas y 56 minutos. El calendario juliano no era, pues, lo suficientemente preciso y en 1582 sufrió algunas modificaciones impuestas por el papa Gregorio XIII mediante la bula Inter Gravíssimas, que dio origen al denominado calendario gregoriano, vigente hasta hoy, en el que también son bisiestos los años terminados en dos ceros, siempre y cuando, además, también sean divisibles por 400, como ocurrió en el año 2000.

 

¿Por qué bisiesto? Veamos: en los tiempos de Julio César, el primer día de cada mes se llamaba calendas; el séptimo, nonas, y el decimoquinto, idus. Los romanos llamaban primus dies ante calendas martii (primer día antes de las calendas de marzo) al 28 de febrero; el 27 de febrero era el secundus dies ante calendas martii (segundo día antes de las calendas de marzo); el 26 de febrero, tertius dies..., y así sucesivamente. Para introducir su novedad —el año bisiesto—, Julio César intercaló un día entre el sexto y el quinto día antes de las calendas, es decir, entre los días que hoy llamamos 23 y 24 de febrero. Este día adicional fue llamado bis sextum dies ante calendas martii, o sea, ‘doble día sexto antes de las calendas de marzo’, y el año que contenía ese día se llamó bissextus”.

 

Existe la creencia de que la palabra cesárea, está relacionada con el emperador Julio César; pues se cree que su nacimiento habría sido el primero que se habría producido con la ayuda de ese procedimiento. Esto no habría sido realmente así, pues ese tipo de alumbramiento –no vaginal– ya era conocido por la humanidad al menos un siglo antes de su nacimiento; se sabe que este nombre, Julio César, ya era tradicional en su gens o familia; de hecho, era el mismo nombre que el de su padre. Habría sido la Iglesia Católica, para evitar que se asocie al procedimiento con un emperador pagano -que incluso se había autoproclamado y convertido en deidad-, quien habría escogido a un mártir, Cesáreo de Terracina, para convertirlo en el santo patrono de las parturientas.

 

Mis padres, que no tuvieron remilgos con respecto a mis nombres, habrían estado a punto de llamarme Cesáreo, todo porque al mártir de Terracina (se pronuncia Terrachina) le habían asignado el primero de noviembre en el santoral católico. Chuta, de la que me salvé…


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26 octubre 2021

Reparación del "bienhechito"

"De nada sirven las desgracias para quien no sabe aprender de ellas" (Lucio Anneo Séneca)

 

Dicen nuestros diccionarios, los de ecuatorianismos, o al menos los consultados (C. J. Córdova, S. Cordero y F. Miño), que nuestra palabra compuesta “bienhecho” y su aún más expresivo diminutivo, el singular “bienhechito”, no son sino vulgarismos para expresar satisfacción ante el mal ajeno. Aunque discrepo un tanto con su interpretación, me he ido dando cuenta que su utilización es más asidua o frecuente que lo que se ha querido reconocer. Ayer nomás, en un chat que comparto con amigos, fue utilizado con inopinada recurrencia; y no solo eliminando sus haches intermedias, sino omitiendo la parte del adverbio; inaugurando así, con una rara e insólita forma de ortografía, un novedoso y recién estrenado sustantivo ecuatoriano, todavía nada popular: el recortado “echito”…

 

En efecto, estos tres diccionarios mencionan los dos términos y, al hacerlo, los tres tienen cuidado de escribirlo de manera seguida (bienecho o bienhecho, y bienechito o bienhechito), juntando así el adverbio “bien” al participio del verbo hacer; o, para el caso del bienhechito, añadiendole al adverbio el inexistente diminutivo del participio (el delicado y candoroso “hechito”). Pero hay algo más –cosa curiosa–, los tres diccionarios utilizan indistintamente las dos palabras, a veces con y a veces sin hache intermedia. Aunque, esto de prescindir de la hache, me parece que ortográficamente sería incorrecto, porque se trata del participio del verbo hacer.

 

No encuentro referencias respecto a bienhecho o bienhechito (con o sin hache) en el DLE, pero de las múltiples que existen respecto a la palabra “bien”, y para lo que hoy nos ocupa, podríamos tomar como referencia la número 13, que explica: Bien: adverbio. Úsase con algunos participios, casi a manera de prefijo, llegando a veces a formar con ellos una sola palabra. Bien criado. Bien hablado. Inferimos, que lo mismo se aplicaría para Bien hecho.

 

Ahora bien, partiendo de que se utilice la expresión solo en Ecuador, no estamos de acuerdo con la explicación que presentan esos diccionarios, que indican que el giro es utilizado cuando “nos alegramos del mal ajeno”, lo cual no es enteramente exacto. Bienhecho se utiliza entre nosotros para expresar que nos gusta que algo malo le suceda a alguien porque tenemos la esperanza de que aquello le sirva, a ese alguien, de escarmiento; que nos alegramos que se haya dado un castigo que incluya una enseñanza moral, que esperamos que se aprenda la lección. El mensaje es un “toma para que aprendas” o, incluso, “toma un poco de tu propia medicina”.

 

Se trata pues de una frase adverbial que expresa satisfacción por el predicamento ajeno, siempre que aquello vaya a ayudar al reprendido a aprender algo bueno de lo que le sucedió. Pero además existe algo subyacente, pues se envuelve a la afirmación con una cierta dosis de ironía, es la satisfacción porque lo ocurrido se haya producido por algo que lo originó. En este sentido, sería más bien una forma de burla ante lo sucedido al escarmentado. El Alemán tiene una voz para expresar aquella forma de sentimiento, es la palabra “schadenfreude” (ver Itinerario Náutico, “Manejando por el carril izquierdo”, 4 de Mayo de 2019); su traducción en español sería “alegría maliciosa”, o regodearse con el mal ajeno, que consiste, según el DLE, en: “Complacerse maliciosamente con un percance, apuro, etc., que le ocurre a otra persona”.

 

Respecto a escarmentar, dice el diccionario que existe una tercera acepción, pero ya entrada en desuso, la de avisar -yo diría que la de advertir- a alguien de un determinado riesgo. Creo que esta encaja con nuestro aparente localismo que, bien visto, solo es localismo como expresión y no como forma de advertencia. En otras palabras: no porque otros hablantes no utilicen el bienhecho o el bienhechito, quiere decir que carezcan de otras formas propias para expresar lo mismo. Incluso nosotros, cuando jugamos al cuarenta, o presenciamos algún otro juego, usamos una frase para celebrar el acierto propio o para referirnos con ironía al daño causado al circunstancial adversario. “Toma para que estudees”, decimos (así, repitiendo con intención la e y conjugando mal el verbo estudiar); "toma para que aprendas" o "para que no seas tan ingenuo", es lo que quizá queremos significar.

 

Comparado con el bienhecho, creo que es mucho más sabroso el bienhechito. Pero aún hay otro bocado, más delicado y suculento, digno de la más refinada receta de exclusividad culinaria: el perennemente infantil, aunque siempre vindicativo, “bienhechito, bienhechito ya”…


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22 octubre 2021

De vapores y almirantes

Creo que si hago una encuesta entre niños de cinco a doce años, y les pregunto que qué es y dónde se encuentra Corfú, casi la totalidad va a responderme que es un sitio dónde venden deliciosos mantecados y que queda en la calle Portugal, como a una cuadra del Parque de la Carolina. Pero, si conduzco la indagación entre niños de doce a setenta y cinco, estoy seguro que la mayoría me va a responder que es una ciudad y que muy probablemente está situada en Italia. La verdad es que unos y otros estarían equivocados, pero el premio se lo llevarían los niños porque Corfú pertenece a Grecia, pero no tengo duda con respecto a lo de los helados.

 

Si usted mira en el mapa la bota italiana, toma el extremo de su costa suroriental, correspondiente a una región que se conoce como Apulia, y hace una prolongación hacia la frontera entre Grecia y Albania, va a encontrar una pequeña isla que se parece a un caballito de mar, cuando se la mira desde el aire. Esa isla, ubicada en la parte septentrional del mar Jónico es la de mi pretendida encuesta, y constituye uno de los lugares más pintorescos que existen en el mundo. Un poco más al sur, quizá a unos cien kilómetros, siempre siguiendo la prolongación propuesta, existe una boca de entrada a un enorme golfo. No es más ancha que el cauce de un río. Allí, en su costa norte, existe una ciudad conocida como Préveza, famosa porque ahí algo pasó con Andrea Doria…

 

Ahora, si al mencionar a Andrea Doria, vuelvo a insistir con mi juguetona impertinencia, la de improvisar otra encuesta, y pregunto que qué les dice ese nombre, una cuarta parte va a decir que se trata del nombre de una bellísima actriz italiana; y el resto, va a decir que es el nombre de un enorme transatlántico que habría naufragado cerca de la ciudad costera que más arriba, en forma casual había mencionado. Chances hay, sin embargo, de que asome un estrafalario individuo y con total desparpajo responda que aquel nombre, el de Andrea Doria, corresponde al de un almirante genovés (casi tan famoso y controvertido como aquél otro, también almirante y también genovés, que todos sabemos que descubrió América).

 

Doria, en efecto, gobernó con mano firme, la ciudad de Génova a caballo entre los siglos XV y XVI. Fue un marinero muy reconocido; él no solo sirvió a un par de monarcas, sino que respondió a la iniciativa del Papa que puso en sus manos la armada de la Liga Santa, la que se organizó para luchar contra el Imperio Otomano, que amenazaba con dominar el Mediterráneo y gran parte de Europa. Fue en Préveza donde los osmanlíes no pudieron ser derrotados por la cristiandad, cuya armada estuvo comandada por este corajudo almirante. Sería la primera gran derrota de las fuerzas que se habían aliado para responder al llamado del Pontífice.

 

Pero no hay primera sin segunda. Y esta vez la hazaña se produjo en la entrada de otro golfo, también helénico, en un sitio donde el mar tiene un color que parece que lo hubieran pintado. El golfo separa a la Grecia continental de una enorme península conocida como Peloponeso; es la tierra de los guerreros más disciplinados y mejor organizados que hayan existido; eran oriundos de Esparta, una ciudad que compitió en la antigüedad con Atenas. Se trata del golfo de Corinto; pocos conocen que también lleva el nombre de una famosa batalla, la segunda de la cristiandad contra los otomanos, la batalla de Lepanto. Hoy quiero contarles cómo fue que lo descubrí…

 

Volé por cinco años el Airbus 340 de Singapore Airlines. Nuestra flota era de solo cinco aviones; casi todos éramos pilotos “expatriados” y volábamos a los cincos continentes. Nuestras rutas más frecuentes eran unos pocos destinos europeos, destacaban: Paris y Roma, Copenhague y Atenas. Cuando íbamos a esta última, nos alojaban en Vouliagmeni, hacia el sur de Glifadha. Estábamos obligados a rentar auto para visitar otros interesantes lugares. Así conocí algunos parajes extraordinarios como Epidauros o Meteora; y tuve oportunidad de explorar la costa norte del Peloponeso, la avecinada al Golfo de Corinto y fue de esta manera cómo un día me enteré del lugar.

 

Entre el continente y el Peloponeso hay una garganta; mas, los griegos han cortado su geografía cual si se tratase de un pastel. Es el Canal de Corinto, que ha convertido a la península realmente en una isla. Desde arriba, se puede apreciar el maravilloso color de las aguas y disfrutar de esta obra formidable, hecha por el hombre. Si se toma el camino que bordea el golfo hacia occidente, se llega hasta un sitio donde la costa cambia de rumbo y se dirige hacia el sur. Hay allí un angosto estrecho, que es cruzado por un puente. En el lado norte, y tomando hacia levante, se descubre una población que corona una ensenada. Se llama Naupacto; la palabra se habría transliterado en veneciano, y es la misma que conocemos hoy como Lepanto. Es el lugar donde combatió Miguel de Cervantes.

 

En cuanto al SS (por Steam Ship, o Barco a vapor) Andrea Noria, fue efectivamente un vapor con capacidad para mil seiscientas personas, colisionó con otro barco en Nentucket, cerca de Boston. Se hundió con cincuenta personas, entre pasajeros y tripulantes… Lo habían bautizado con el nombre de aquel otro famoso almirante.



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19 octubre 2021

Un escorzo de indigencia

La veo casi todos los días, suele apostarse con sus tiernos hijos cerca de casa, en un sitio próximo al semáforo de la esquina de más arriba. Es más bien joven y no es fea; de hecho es lo que (con perdón del lenguaje “inclusivo”) antes llamaban en casa de mi abuela, con el eufemismo de “una cholita buena moza”. Está, además, bien proporcionada; pero algo hay en la postal que completa su figura, fuera de lugar y de tiempo, desubicado y anacrónico. No se entiende cómo una mujer en la plenitud de su edad y de su vida, y con su innegable atractivo, utilice a sus hijos para solicitar calderilla a los viandantes y a los conductores de los vehículos que paran allí en las horas de congestión, y responden conmovidos por lo que ella provoca, una suerte de impúdica lástima.

 

Soy de natural generoso y, si me sobran unas monedas, transijo con frecuencia ante la compasión. Bajo el vidrio del auto y concedo ese ínfimo crédito que será pagado por mi conciencia aliviada. Lo hago,  consciente de que ese tipo de benevolencia solo sirve para alimentar el número de pordioseros que pululan en nuestras calles y plazas. Muy a pesar, también, de que quienes cedemos ante el embate de la piedad no siempre sabemos discriminar entre el vago y el que ha caído ante la seducción del alcohol o la droga, o aquel menesteroso que realmente requiere ayuda para llevar un trozo de pan a su casa. Pero, reacciono con suspicacia y rechazo la manipulación cuando veo a una madre haciéndose acompañar de niños inocentes para provocar la compasión ajena. Ello me parece la forma más sórdida de la indignidad, el colmo de la impudicia. ¡Me parece sobremanera lamentable!

 

Sí, sé muy bien que muchos no estarán de acuerdo, y aun van a estar en contra de estas reflexiones, van a criticar mi falta de conmiseración ante la tragedia humana; pero el punto es que se está usando, y se trata de aprovechar, de la inocencia infantil para raspar la prodigalidad de unos pocos, cuando quien lo hace tiene todavía el vigor y las aptitudes para procurarse una actividad mejor remunerada y decente. Sin la ignominia, además, de tener que arrastrar a unos muchachos hambreados, cansados y sedientos, que sirven de anzuelo durante ese par de horas de exhibición y oscura desvergüenza. Al final, no sé qué impacta más, si la abyección o el triste cinismo. O, qué cuenta más como respuesta: si el rechazo radical ante la manipulación o la indolencia.

 

Hago fugaz contabilidad y resuelvo que no debe ser gran cosa lo que produce la mendicidad ejercida en forma cotidiana. Pienso en todas esas madres que han superado el impudor para sobrevivir a los latigazos del infortunio y la indigencia. No puedo desdeñar, sin embargo, la parte de artificioso engaño y de viciosa costumbre que la mendicidad conlleva. Es poco, realmente insignificante, el importe logrado; pero es dinero fácil, conseguido sin la satisfacción que produce la retribución por el trabajo realizado. Lo suyo termina por constituirse en mala escuela para los hijos; aprenden que puede haber más rédito en pedir que en trabajar, que en la vida hay otras maneras de vivir gracias a la generosidad ajena; o, si se quiere, a pesar del desdén, el fastidio y aun el desprecio de la gente.

 

Ahí está, joven y resuelta. La observo de reojo mientras mato el tiempo tomando un café en un negocio cercano. Medito en la suerte y el futuro de unos niños que crecen alejados de una escuela, rozando el borde mismo de influencias indeseadas, caminando ya en el umbral mismo de la delincuencia o, al menos, de la tentación. Y ella, sujeta también a la concupiscencia, a la posibilidad inminente de su propia prostitución. De hecho, lo que ella hace ya es una forma lastimosa (suya y de sus hijos), de impúdica y habituada corrupción. ¿No habrá posibilidad de un trabajo decente?, me pregunto. Algo más digno que esta forma bochornosa de actividad; algo menos doloroso que esta circunstancia mañosa, siempre proclive a la ignominia y la perversión.

 

Más tarde y mientras prosigo, el semáforo cambia, ella y sus vástagos se acercan. Bajo el vidrio de mi auto y mi cerebro quiere ensayar la emisión de un involuntario consejo –por lo demás, nunca son bien recibidos los consejos que no han sido solicitados–, pero, aunque quiero decir algo, se resiste mi garganta. “Uno no puede arreglar los problemas del mundo”, me digo para mis adentros y me reprendo a mí mismo. La miro a los ojos con ternura y compasión, tratando de disimular un gesto de reproche. Advierto que ya se acostumbró a la indisposición ajena, a los reproches indolentes de los otros, a los comentarios de desaprobación. Ha conseguido membresía en el permanente y renovado club de los indigentes. Ese es ya su ejercicio, esa es ya su profesión.


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15 octubre 2021

Ah, los títulos...

Empiezo esta vez con una inesperada digresión, algo sin relación con lo que quiero tratar. Y es que, sin que nos demos casi cuenta, la vida misma es una suerte de elegía; un insospechado canto, una forma de despedida. La muerte, por contrapartida, nunca deja de ser una revelación, una velada advertencia, una disimulada forma de epifanía. Postulo que hay un tono crepuscular en los adioses y despedidas; de pronto nos recuerdan la fugacidad de la vida y aquel acecho disimulado y artero, silencioso pero sutil, inexorable aunque siempre traicionero, ineludible pero siempre cruel, que suele tener la disimulada impronta de la muerte.

 

Pienso en ello al revisar la relación entre los títulos que damos y los contenidos de las cosas que creamos -un artículo, un cuadro, una escultura, una novela-, y no puedo dejar de pensar en la embozada intención que el autor utiliza con tal recurso; en si este no lo convierte también en una forma de artilugio, que le sirve para disimular un tono determinado o la intención de un contenido; o si, tal vez, lo aplica como una especie de insinuación, cual si fuera un lenguaje cifrado, o quizá un jeroglífico o, quién sabe, si un enigma que invita a desentrañar un oculto propósito, una suerte de mensaje secreto que solo insinúa o sugiere, y que da derecho al aleatorio testigo, al improvisado observador, a ser aceptado como miembro de una reservada y excluyente cofradía…

 

El título no siempre explica el contenido, esconde más bien su real objetivo en el laberinto del enigma, en el misterio del designio. Se convierte en el silencioso recurso del autor para hablarnos con frases incompletas, para revelarnos solo parte de algún enigmático conocimiento, para arrastrarnos en la avalancha de un mundo  privado y desconocido, y convertirnos así en protagonistas de su oscuro libreto. A veces el título no revela, solo tiene un único propósito: justamente ocultar la intención. El título se convierte de este modo en sugerencia, en una manera de omitir lo que se quiere esconder, lo que no se quiere revelar. Es una especie de promesa que, como toda promesa, no tiene garantía de cumplimiento y es, a la par que promesa, abierta posibilidad para una probable desilusión. Un telón entreabierto, un engañoso eufemismo. Disimulado, cual si fuera un letal explosivo.

 

Algunos creen que se requiere de especial destreza para poner título a una obra, hablemos de una pintura o de cualquier tipo de composición. Muchos tropiezan en este intento, quizá porque buscan primero el atractivo que debe tener el título, cual si fuera un anzuelo. Yo pienso algo distinto, sostengo que el título es más bien una consecuencia. Estoy convencido de que se puede empezar con un título temporal y luego, de acuerdo a cómo se desenvuelva el tratamiento del tema, surgirá una expresión, una palabra o una frase que compendiarán lo que trató de ser la idea central. Nombrar algo, incluso poner nombre a nuestros propios hijos, no siempre viene espontáneo y natural. Al final, terminamos utilizando algo que nos suena bien y que nos gusta, sin más ni más…

 

Alguna vez conversé con unos colegas españoles, en relación a algo que ellos habían notado en el modo de presentar las noticias en nuestros periódicos capitalinos. Me hacían caer en cuenta que éstos omitían los artículos, dejando huérfanos a los sustantivos: “Suspenden parada de buses”, “Hallan tumba profanada”, “Cancelan permisos de manejo”, “Renuncia director de Autoridad Portuaria”… Yo había estado convencido de que se lo hacía para ahorrar espacio o, quizá, para conseguir un mayor impacto en las noticias. “No”, me dijeron. “Quizá solo refleje un estilo; pero convierte a la información en algo lejano, con una impronta de asunto banal, relativizado y frívolo, carente de trascendencia y desposeído de importancia. Convierte a lo trágico en algo cotidiano e impersonal”.

 

Siempre me hizo meditar ese en apariencia inofensivo comentario; en si acaso no estaba impregnado de una incontrovertible verdad… “Se precipita bus en precipicio”, “Asaltan anciana para robar cartera”, “Aeronave pierde pista”… Hoy nomás, tuve que reconocer eso del involuntario “ahorro” de los artículos en la oración; me di cuenta que los más ancianos títulos de las obras conocidas como clásicas: “La Ilíada” o “La Odisea” se escribían en  castellano con artículo. No así en el inglés y tampoco en la lengua griega, la lengua original…

 

Ah, los títulos… a veces dicen tanto, y a veces no dicen nada. Procuran disimular tantas y tantas cosas, exageran con sus palabras y con sus silencios, pueden lastimar más que las propias mentiras. Embozan la realidad o la disimulan. Ora esconden, ora engañan. A veces se convierten en antifaz o careta, ayudando a esconder la real intención de quien los utiliza; y reflejan, a través de ello, la exacta dimensión de la condición humana…



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