19 noviembre 2021

En el camino de regreso...

Es probable que, siendo niño, me haya extrañado aquello de que, a diferencia de las centenas que siempre utilizaban el sufijo “cientos”, no sucediese lo mismo con las decenas que usaban el sufijo “enta”, palabra inexistente que, no tiene traducción. Con el tiempo he venido a concluir que se trata de una terminación, o sufijo, que significa “número de remedios”; efectivamente, estoy ya tomando en estos mismos días un conjunto de seis unidades de distintos medicamentos y nada me garantiza que pronto, muy pronto, no me encuentre enfrentando la ingesta de la séptima forma de este tipo de paliativos... Solo espero que esa pastilla, cápsula o tableta, sea una medicina para la memoria, pero –claro– no por los nunca deseados motivos.

 

Y es que, por una de esas razones que uno no encuentra explicación, me he ido persuadiendo que eso de cumplir setenta años es una especie de punto de no retorno, una forma de encrucijada, de punto de eclosión. Decir setenta ya no parece parte del camino, se antoja más bien como parte del regreso. Y no pienso así porque crea que el hombre se enfrenta de pronto a un umbral donde han menguado sus facultades (o que se haya tornado un tanto “decrépito”); sino que estoy persuadido que se va enfrentando a un desafío: eso de ir dando renovada importancia a lo que antes hizo, a lo que antes pasó. Desde ese punto de vista, llegar a esa edad es tener acceso a un privilegio: la oportunidad de combinar lo que se vive con el agradecido recuerdo de lo que se vivió. Es para eso que sería formidable una pastilla (si la hay), tan solo para eso: para acicatear la memoria.

 

De niño ya me vi obligado a ejercitar la memoria. Temprano aprendí que la repetición y unos pocos subterfugios me ayudaban a memorizar lo que no siempre pudo retener mi incierta inteligencia. Siempre espoleó mi curiosidad (y febril imaginación) aquello de que los poemas homéricos no habrían sido escritos sino que eran historias que se memorizaban y que fueron pasando de boca en boca y de generación en generación. Así supe que aquellas obras formidables, La Ilíada y La Odisea, no habrían sido escritas por una sola persona. Y que su presunto autor, si hubiese sido un personaje único, solo habría sido una suerte de recopilador. Puedo decir, como casi todos, que nunca las he leído por completo o en forma sistemática; quizá solo resúmenes o fragmentos, quién sabe si por eludir la posibilidad de enfrentarme al tedio de leerlas en verso, o a no entender y apreciar su trama en el intento.

 

Creo que fue La Ilíada la que me atrajo menos. Es la historia de una guerra, sucedida en un lugar que nunca pude identificar con facilidad; solo más tarde descubriría que estuvo alguna vez ubicado en el noroccidente de la península de Anatolia, muy cerca de la entrada del estrecho de los Dardanelos. La de Troya es una guerra por el honor, pero al fin es un conflicto ocasionado por el amor y los celos; es la historia de la abducción de una mujer hermosa llamada Helena, la de una guerra en la que se enfrentan Paris y Menelao, el marido ofendido. Vi alguna vez, siendo niño, una película que exhibía la cruenta historia, con el famoso y legendario caballo incluido, salí de la sala enamorado para siempre de la protagonista, una actriz italiana de rostro inolvidable. Se llamaba Rossana Podestá, fue para mí como una diosa que la habían tenido escondida, fue desde entonces la preferida de mi particular Olimpo. La Ilíada fue, para mí, solo la historia de una pelea, y a mí la verdad no me gustan las peleas…

 

Pero fue la Odisea la historia que por siempre me cautivó. Siempre me pareció la saga de una aventura inigualable; trata del regreso a casa del héroe, el mismo que tiene que enfrentarse a toda suerte de peligros para regresar a donde su amada Penélope. La Odisea es la historia de un viaje de retorno, de los riesgos que debe de enfrentar Odiseo, o Ulises, para, luego de un periplo de diez años (la guerra ya había durado otros diez), regresar a casa -viejo y cansado- a recuperar una esposa que es asediada por sus propios amigos convertidos en pretendientes. El héroe termina disfrazado de mendigo y es así cómo su dueña lo reconoce: no a pesar de su embozo, sino justamente gracias a él. Quizá por eso, siempre me dejé seducir por la magia de los regresos, sin caer en cuenta de la intrínseca dicotomía que tienen los retornos: una llegada en apariencia que esconde la inminencia de una nueva partida, la misma que no es sino el principio de una nueva forma de volver…

 

Superado ya el travieso guarismo del sesenta y nueve, este setenta se me presenta como una oportunidad para disfrutar, con la sabiduría que regala la edad, las cosas que tal vez vendrán; y, para, aprovechando del beneficio que pueda aportarnos la memoria, gozar todavía de todas aquellas otras cosas que nos fue regalando la vida…


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16 noviembre 2021

A ver, ¿qué parte no entendieron?

Ese mañana bajábamos con Álvaro S. por la carretera que va a Santo Domingo. Le iba acompañando en una de sus visitas a la hacienda que administraba en Quevedo. Entonces le pregunté si no tenía problema con el tipo de gente con la que trabajaba, me respondió que tenía efectuado el estudio psicológico del montubio de nuestra costa, fórmula “infalible” -me dijo- para jamás tener que enfrentar esos problemas. “Háblame de eso”, inquirí; a lo que él, con esa entonación que caracteriza a los chilenos, me contestó bajando la voz, como si me participara de un íntimo secreto: primero, nunca le ofrezcas lo que no le vas a cumplir; segundo, nunca se te ocurra meterte con su mujer o compañera; y, tercero, nunca le reclames o reprendas delante de sus subalternos, no subestimes su sentido de dignidad.

 

Si algo he aprendido a mis años, es eso precisamente: que los chorlitos, aunque no lo parezca, no tienen “cabeza de chorlito”. No sé de dónde viene la expresión pero me he dado cuenta que ese tipo de ave, de cuerpo mediano y patas largas, no tiene -para empezar- un tipo de cabeza que, por su tamaño, no vaya en concordancia con el tamaño de su cuerpo. No ha de ser tan tonto el chorlito (“Golden plover”, en inglés), digo yo, si -como he leído- es capaz de efectuar viajes de 3.000 kilómetros (desde Alaska hasta Hawái) por hasta 20 veces en su vida… Es decir, sabe por naturaleza, que tiene que hacer este tipo de viaje para no cagarse de frío y no morirse, literalmente, de hambre, si le pilla sedentario y desprevenido el cíclico cambio de clima.

 

No solo no tienen “cabeza de chorlito”. Disculpen el término malsonante pero no son ningunos pendejos. No son unos “tontos de capirote”, expresión que quiere decir que alguien ha alcanzado la expresión más elevada de la estupidez o tontería. Un “capirote” es aquel cucurucho o sambenito que visten en sus cabezas los penitentes en las procesiones y otros ritos religiosos, por haber cometido justamente todo tipo de pecados, desmanes o tonterías. Un tonto de capirote es alguien que se ha graduado en el oficio, ha sacado un master en tontería. Vamos a ver: hay tantos y tantos malos conductores en nuestras carreteras, que dudo mucho que hayan aprendido mal, simplemente no se han puesto a meditar que sus hábitos y costumbres los convierten, ipso facto, en ilustres representantes de la clase más indolente de la estulticia. Sí, estamos llenos de “cabezas de chorlito”…

 

Viajo, como consecuencia de la movilización  necesaria para cumplir con mi trabajo, algo más de ciento cincuenta kilómetros todos los días. Y, asimismo, todos los días tengo que lidiar con esa mal llamada “cultura” de otros conductores, particularmente de los de “transporte pesado”. Veo, día a día, tanta mala práctica, que no puedo sino concluir que no han pensado en que lo que hacen es incorrecto o que hay una mejor forma de conducir para facilitar el flujo normal del tránsito y permitir que los demás conductores puedan tener un viaje más tranquilo, cómodo y seguro. Por ello, cuando manejo, a cada rato me pregunto: “a ver, ¿qué parte es la que no entienden?". El punto es que siempre cometen similares y repetidos errores; aquí señalo algunos de los más frecuentes:

 

• El conductor promedio, léase casi todos, se ha acostumbrado a manejar lento y por el carril de la izquierda. Esto es intolerable, sobre todo en las cuestas, cuando ellos tratan de rebasar pero su vehículo no tiene suficiente potencia, creando una situación de “perro del hortelano” que no rebasa ni deja rebasar.

• Esto de no andar por la derecha, tratándose especialmente de vehículos sin mucha potencia, o que transitan a velocidad muy lenta, crea una situación inconveniente y peligrosa, pues obliga a otros conductores a rebasarlos por el lado equivocado.

• Existe, además, la mala costumbre de no utilizar luces direccionales para cambiar de carril; con ello se genera una situación de incertidumbre que va contra la seguridad vial.

• Subsiste una incomprensible e intolerable ausencia de empleo del espejo retrovisor para manejar, lo cual afecta la conciencia situacional en las vías y produce torpes e imprudentes situaciones que afectan la comodidad y seguridad de los ocupantes de los demás vehículos.

• Aunque redundemos, existe una contra-cultura de los conductores que manejan como si fueran dueños del carril izquierdo, cual si no quisieran dejarse rebasar (quizá estén convencidos de que el carril derecho es solo para los vehículos pesados). Se sienten dueños de la vía.

• Otro defecto incomprensible es el de quienes no utilizan luces direccionales para alertar, a quienes vienen en su retaguardia, de que pretenden salir de la vía, virar o detenerse.

• Para el caso de los conductores de buses y vehículos pesados, existe la tendencia a movilizarse a muy alta velocidad cuando están vacíos, pues creen que eso los convierte técnicamente en livianos.

 

Esa “cultura de manejo”, no antepone el respeto a los demás, crea un sistema de movilización incierto y peligroso, proclive siempre al accidente inesperado, el siniestro imprevisto y la desgracia inminente. Todo ello obliga a insistir: a ver, señores conductores, ¿qué parte es la que no entendieron?


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12 noviembre 2021

Dequeísmos en nuestro hablar cotidiano *

• Tomado del Diccionario panhispánico de dudas.

 

Dequeísmo. Es el uso indebido de la preposición de delante de la conjunción que, cuando la preposición no viene exigida por ninguna palabra del enunciado.

 

1. Se incurre en dequeísmo en los siguientes casos:

 

a) Cuando se antepone la preposición de a una oración subordinada sustantiva de sujeto. El sujeto de una oración nunca va precedido de preposición y, por tanto, son incorrectas oraciones como ¶ Me alegra de que seáis felices (correcto: Me alegra que seáis felices); ¶ Es seguro de que nos quiere (correcto: Es seguro que nos quiere); ¶ Le preocupa de que aún no hayas llegado (correcto: Le preocupa que aún no hayas llegado); ¶ Es posible de que nieve mañana (correcto: Es posible que nieve mañana). Algunos de estos verbos, cuando se usan en forma pronominal (alegrarse, preocuparse, etc.), sí exigen un complemento precedido de la preposición de. En ese caso, el uso conjunto de la preposición y la conjunción es obligatorio: Me alegro de que seáis felices, y no ¶ Me alegro que seáis felices; Me preocupo de que no os falte nada, y no ¶ Me preocupo que no os falte nada (→ queísmo, 1a).

 

b) Cuando se antepone la preposición de a una oración subordinada sustantiva de complemento directo. Esto ocurre, sobre todo, con verbos de «pensamiento» (pensar, opinar, creer, considerar, etc.), de «habla» (decir, comunicar, exponer, etc.), de «temor» (temer, etc.) y de «percepción» (ver, oír, etc.). El complemento directo nunca va precedido de la preposición de y, por tanto, son incorrectas oraciones como ¶ Pienso de que conseguiremos ganar el campeonato (correcto: Pienso que conseguiremos ganar el campeonato); ¶ Me dijeron de que se iban a cambiar de casa (correcto: Me dijeron que se iban a cambiar de casa); ¶ Temo de que no llegues a tiempo (correcto: Temo que no llegues a tiempo); ¶ He oído de que te casas (correcto: He oído que te casas).

 

c) Cuando se antepone la preposición de a una oración subordinada que ejerce funciones de atributo en oraciones copulativas con el verbo ser. Este complemento, por lo general, no va precedido de preposición y, por tanto, son incorrectas oraciones como ¶ Mi intención es de que participemos todos (correcto: Mi intención es que participemos todos).

 

d) Cuando se inserta la preposición de en locuciones conjuntivas que no la llevan: ¶ a no ser de que (correcto: a no ser que), ¶ a medida de que (correcto: a medida que), ¶ una vez de que (correcto: una vez que).

 

e) Cuando se usa la preposición de en lugar de la que realmente exige el verbo: ¶ Insistieron de que fuéramos con ellos (correcto: Insistieron en que fuéramos con ellos); ¶ Me fijé de que llevaba corbata (correcto: Me fijé en que llevaba corbata).

 

2. Los verbos advertir, avisar, cuidar, dudar e informar, en sus acepciones más comunes, pueden construirse de dos formas: advertir [algo] a alguien y advertir de algo [a alguien]; avisar [algo] a alguien y avisar de algo [a alguien]; cuidar [algo o a alguien] y cuidar de algo o alguien; dudar [algo] y dudar de algo; informar [algo] a alguien (en América) e informar de algo [a alguien] (en España). Por tanto, con estos verbos, la presencia de la preposición de delante de la conjunción que no es obligatoria (→ advertir, avisar, cuidar(se), dudar, informar(se)).

 

3. Un procedimiento que puede servir en muchos de estos casos para determinar si debe emplearse la secuencia de «preposición + que», o simplemente que, es el de transformar el enunciado dudoso en interrogativo. Si la pregunta debe ir encabezada por la preposición, esta ha de mantenerse en la modalidad enunciativa. Si la pregunta no lleva preposición, tampoco ha de usarse esta en la modalidad enunciativa: ¿De qué se preocupa? (Se preocupa de que...); ¿Qué le preocupa? (Le preocupa que...); ¿De qué está seguro? (Está seguro de que...); ¿Qué opina? (Opina que...); ¿En qué insistió el instructor? (Insistió en que...); ¿Qué dudó o de qué dudó el testigo? (Dudó que... o dudó de que...); ¿Qué informó [Am.] o de qué informó [Esp.] el comité? (Informó que... [Am.] o informó de que... [Esp.]).

 

* Finalmente, dos recomendaciones de mi cosecha para saber cómo proceder, para salir de dudas:

 

1. Si se puede reemplazar la frase subordinada con eso, esto o algo, debemos utilizar “que”; si, por el contrario, la podemos reemplazar con de eso, de esto o de algo, es que debemos preferir ese (a veces sospechoso) “de que”.

 

2. Cuando encontremos frases adverbiales como: a medida, a menos o de modo, lo más seguro es que debemos utilizar “que”; si hallamos: a pesar o el hecho, es fijo que debemos completar la frase con “de que”. De nada…


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09 noviembre 2021

Pichincha, el cerro irascible

Siempre me ha llamado la atención que los quiteños no nos hayamos preocupado por la raíz etimológica del nombre de nuestro cerro tutelar, el gran macizo del Pichincha. Deduzco que no existe un acuerdo en cuanto al origen del nombre, ni siquiera en la lengua en la que debería tener un sentido. Se mencionan varias posibilidades, algunas antojadizas, se dice que existiría un significado en diferentes lenguas, incluso en idioma tsáchila (?), pero no parece haber relación entre el nombre de la montaña con una lengua conocida, en especial el quichua. Sería más fácil inferir un sentido si el nombre sería Yanahurco, Huagrahuasi o Yanasacha, por ejemplo.

Pero no. Pichincha tiene tres sílabas en nuestro idioma, pero en quichua tendría dos sonidos fuertes: Pi y chincha, que semánticamente no tienen ninguna relación, con un significado coherente. Esto no es corriente con los nombres de ríos, valles, montañas y otros accidentes que los naturales suelen apellidar para poderlos identificar y reconocer. Pichincha, a más de no significar nada específico en quichua, es una voz criolla, sí es un término castellano, registrado en el diccionario, vendría del portugués “pechincha” y querría decir lo mismo que ganga, “chollo” como dicen los peninsulares; algo de buen valor conseguido a un precio irrisorio.

Si la palabra no significa nada, conjeturo que ese (Pichincha) no era el nombre que tuvo el cerro antes de la llegada de los españoles, que ese no era el nombre original; que quizá el cerro tuvo un nombre parecido al que después se usó y con el cual lo bautizaron. He buscado en los diccionarios del quichua y no existen palabras parecidas, ni siquiera separando los fonemas para intentar desentrañar los morfemas correspondientes. Esto no se entiende; se me ocurre probable que el nombre originario sonara parecido al que fue escogido y que el antiguo se habría desechado, sea por su difícil pronunciación, porque no tenía la fuerza semántica deseada o porque sonaba como algo desagradable. No sonaba emblemático o, para decirlo de algún modo, aristocrático…

Pero, hay algo más: hemos vivido tan cerca del cerro (realmente un macizo o un conjunto de cerros) que no nos hemos preocupado de identificarlo y reconocerlo. Para empezar, quienes crecimos en el centro solo veíamos Cruz Loma; solo cuando nos alejábamos de la ciudad advertíamos que tenía un perfil distinto, que variaba a medida que se cambiaba su ángulo de observación, particularmente desde los valles aledaños. Debido a que sus principales promontorios se alinean de suroccidente a nororiente, con una derrota de unos 45 grados, se hace necesario mirarlo desde la distancia y desde el suroriente para apreciar la  majestuosidad de su total estructura.

No es una coincidencia que los quiteños recién hayamos valorado la belleza del conjunto cuando rodeábamos la loma de Puengasí, en viaje al Valle de los Chillos. Solo ahí, podíamos diferenciar las distintas cumbres y apreciar al macizo en su máximo esplendor; así aprendimos a reconocer al Guagua Pichincha (4.800 metros), al Padre o Fraile Encantado, al Ruco (o Rucu) Pichincha (4.700 metros), a la humilde Cruz Loma, a los farallones portentosos del Cóndor (o Cundur) Guachana y a ese cerrito de origen volcánico que conocimos con el nombre de Ungüí. Fue en los Chillos que nuestros mayores retaban nuestra imaginación, cuando comentaban que el perfil horizontal del cerro, desde ese ángulo, se parecía a la efigie del Mariscal Antonio José de Sucre, la que veíamos en nuestras monedas antiguas, y nos trataban de convencer que ese contorno del cerro se parecía al perfil del héroe.

Volviendo a lo que dejé suelto más arriba, opino que el nombre de Pichincha se parecería al que identificaba al macizo antiguamente. El más parecido que he encontrado en el diccionario quichua es “piñachina”. Conjeturo que este pudo ser desechado por su carácter de nombre prosaico, que suena a fruta asiática, sin la impronta de alcurnia que se hubiera querido para un símbolo de la nacionalidad. De ahí que, como me interesaba conocer el sentido real del nombre, acudí a un par de hablantes de nuestra lengua indígena (dos humildes tenderas de mi barrio) y el resultado fue algo prodigioso. La primera contestó que quería decir  “bravo”, en el sentido de enojado o de mal carácter. La segunda fue más concisa: “verás -me dijo-, es lo mismo que 'guambra emperrado', o niño enrabietado, igual que marido enfurecido, que explota emberrenchinado”. Ya está, me dije; piñachina quiere decir: colérico, irascible o enojado. Justo lo que representa un volcán, que reacciona de golpe, encolerizado.

Cuando voy por el sur del continente, encuentro a cada paso la palabra Pichincha, usada como nombre propio; me inclino a pensar que se la emplea por su sentido histórico, no por el semántico. Se trata del cerro en cuyas faldas se dirimió nuestra independencia. Bien visto, no solo es un nombre bonito, tiene una gran fuerza semántica y fonética. Aun así, se justifica el apelativo que pudo haber tenido y que luego se transliteró; propongo que el nombre habría significado lo que lo definió: “mozuelo que actúa enrabietado, con berrinches de corta duración”…


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05 noviembre 2021

La palabra ojalá *

* Por Martín Caparrós, para El País Semanal

 

La pregunta va y vuelve, se repite: las preguntas que importan siempre se repiten. Y sin embargo cuando me preguntan cuál sería la palabra más bonita de la lengua, yo no contesto —por cobarde, supongo— pero suelo pensar que ojalá. La palabra ojalá es ilusión, suspiro de esperanza, ojos que se iluminan —y esos ecos. “Ojalá se te acabe la mirada constante, / la palabra precisa, la sonrisa perfecta. / Ojalá pase algo que te borre de pronto…”. A veces la palabra ojalá parece condenada a esa canción, un gran bolero, puro rencor enamorado, odio del bueno y del cubano. Pero está en tantos otros rincones, y en todos es destello.

 

La palabra ojalá es un revuelo de castellanos varios: un aire del desierto y esa jota. La jota de ojalá puede ser tan distinta según donde se diga, desde la gárgara rasposa de Castilla hasta la leve aspiración del caribeño, pasando por todas las gradaciones intermedias —y terminando, al sur del sur, en esa ojala que sale sin acento.

 

Ojalá es tan del sur: de esas partes donde se dice que las personas sienten más que piensan. Los ingleses y los franceses, tan aparentemente serios, no tienen una palabra equivalente. Recurren a expresiones banales: I wish, I hope, hopefully, j’espère, donde no hay un poder extraño que decide sino sujetos que pretenden. Los italianos y los portugueses, en cambio, tan agoreros como nosotros, sí dicen magari o tomara.

 

Y ojalá nos define pero, sobre todo, nos recuerda que no siempre fuimos lo que somos, lo que creemos que somos, eso que nos contaron. Ojalá, claro, es puro árabe: al principio fue law šá lláh, dice la Academia, que significaba “si Dios quiere”. Ojalá es pedir algo a esas fuerzas oscuras, rogar a quien se pueda. Es la idea de querer algo que quién sabe: lo contrario de creer que porque quieres algo lo vas a conseguir. Porque quieres algo puedes no conseguirlo, porque el mundo es demasiado complicado para estar seguro. Ojalá —decir ojalá— es una forma de decir la pequeñez de cada quien, la imposibilidad de controlar este caos de causas y efectos en que vivimos y sufrimos.

 

Pero no es fácil vivir con esa idea. Durante mucho tiempo el abismo era demasiado profundo para soportarlo y muchos, de puro susto, lo llamaban dios. Entonces, cuando alguien quería algo, se lo pedía a alguno de esos amos: quiera Alá. Ahora el mundo es más laico: la religión está cada vez más limitada a los más infelices, los que tienen más razones para esperar que el sinsentido en que viven tenga algún sentido, que un gran padre los saque del pantano. Muchos creemos que ya no le pedimos nada a un dios, y es casi cierto. Ahora nos parece que decir ojalá no es someter nuestros deseos a un padre todopoderoso sino a los azares, aun más poderosos pero menos malignos: decimos ojalá y, al decirlo, deseamos que haya suerte y las cosas sean como querríamos. El azar no tiene ideas, no tiene moral, no tiene sacerdotes, no pretende decirnos qué debemos hacer; solo nos lleva y trae con su desdén de siempre.

 

Lo curioso es que, en este mundo casi laico, al decir ojalá la lengua nos traiciona y le volvemos a rogar a un dios. Que no es, para más inri, ese que mandoneó a los hispanos durante los últimos cinco siglos sino otro, su primo y enemigo, tan mandón como el que sí lo hizo. Es “otro dios”, y es gracioso pensar en generaciones y generaciones de católicos férreos rogando al dios contrario, el dios de sus infieles. La lengua tiene esas formas de burlarse de quienes creen que la manejan.

 

Ojalá, entonces, es recochineo, y ojalá hubiera muchas palabras así: palabras que nos recuerdan que no hay pureza, que somos en la mezcla, que decimos mucho más que lo que creemos que decimos. Que hablar es entregarse a un sistema tanto más complejo, a sus azares; que uno nunca sabe del todo lo que dice: que hablar es, siempre, susurrar ojalá —y a ver qué pasa.

 

Nota: en mi asignación arábiga descubrí no solo que “inshallá” era el origen de nuestro ojalá, sino que la expresión invadía el hablar cotidiano, casi como una forma de salutación, tanto de bienvenida como de despedida (realmente quiere decir “Dios mediante” o “Con permiso de Dios”). Ese uso era tan recurrente que, cuando la torre de control emitía su autorización, la respuesta invariable de los pilotos no era otra que aquel humilde y religioso “inshallá”.


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02 noviembre 2021

Especias, hogueras y frailes…

Cuando hemos tenido la fortuna de hojear muchas páginas de ese libro abierto que son los viajes, solemos tener una pretensión. Ahora ya no es que nos gustan ciertas ciudades: hemos aprendido a identificar algunas urbes como nuestros lugares favoritos; es más, hemos aprendido a preferir ciertos rincones de aquellas mismas ciudades. Si voy a Bruselas, me gusta deambular por las callejas peatonales cercanas al Manneken-Pis, donde los mejillones parecerían convertirse en su principal especialidad culinaria. Si voy a Londres, me gusta atravesar Hayde Park, subir hacia Notting Hill, dirigirme a Pembrige y adentrarme en Portobello Market. Si el destino es París, me dejo llevar por mi curiosidad: a veces deambulo por el Barrio Latino, otras por el Faubourg Saint Honoré, o subo caminando a la Basílica del Sagrado Corazón en Montmartre.

 

Pero es en Roma donde me sucede algo especial. Ahí no me comporto como un turista más. Me dejo ganar por el flujo de la gente; no repito ni las Gradas de España ni la Plaza Navona, ni siquiera el Foro o el Coliseo, qué decir del Panteón o la Fontana de Trevi. Allí llego al monumento a Víctor Emmanuel y dejo que mis pies hagan el trayecto que ya conocen, los dejo en modo de control remoto y así me llevan a uno de mis rincones preferidos. Se trata de una pequeña placita que ciertos días se convierte en un mercado de ingredientes culinarios y especerías. Puedo encontrar allí las más fragantes hierbas frescas, los más apetitosos tomates, los más exóticos hongos que puedan probarse. Es un lugar que tiene un aspecto especial, me cautiva su ambiente. Se llama Campo di Fiore.

 

Alguna vez lo visité al final de la tarde, a la hora en que levantan las tiendas y los andamios; cuando los cansados vendedores apuran sus faenas de retirada, se vuelven indiferentes e ignoran a los tardíos compradores. Entonces se puede apreciar la semblanza de un encapuchado; es un fraile de bronce que parece desafiar la incredulidad ajena, algo en su serena semblanza parecer irradiar un atisbo de reprensión ante la complaciente ignorancia. Es el monumento a un hombre de ciencia que fue más allá que Copérnico; un adelantado a su tiempo, quien postuló que no todo el universo giraba alrededor del Sol, sino tan solo la Tierra y los demás planetas que conforman nuestro sistema. Que propuso que el astro que nos calienta es solo otra estrella, como aquellos millones que son el centro de otros millones de sistemas, parte de todas esas constelaciones y galaxias que podemos admirar por la noche.

 

Giordano Bruno, aquel fraile dominico que más que lidiar con el ordenamiento misterioso del cosmos, tuvo que enfrentarse a la ignorancia y al prejuicio, habría de ser condenado a morir en la hoguera, por el capricho de cuatro necios metidos a devotos inquisidores. Bruno, un genial astrónomo, ideó una explicación cosmológica más coherente y completa que las de Tycho y Galileo, y casi tan visionaria como la de Kepler. Por un tiempo me confundí de plaza y de monumento, no sé si por ese callado y frío lenguaje que suele hablar el bronce, o principalmente porque ambos, Bruno y el otro predicador, fueron frailes y fueron quemados vivos, aunque ambos murieron víctimas de la ignorancia y de la forma más criminal que puede tener el prejuicio. Sus voces solo fueron acalladas por el crepitar gazmoño y santurrón, por la vehemencia cruel y lamentable de las llamas.

 

Así, confundí por un tiempo a esos dos personajes: a Bruno, con sus mundos matemáticos, perennes y precisos; y al otro monje, también dominico que había predicado contra el pecado y la corrupción del papado, y que había vociferado en calles y plazas aquel ¡arrepentíos!, sin sospechar que si escasos son los que reconocen que han pecado, todavía más escasos son quienes se arrepienten por el mal que a otros infringieron. A la otra efigie la había visto en una plaza de Ferrara. Por ser frailes los dos, me pareció que participaban de un cierto parecido; fue que ambos recibieron una pena similar, un estremecedor y horripilante castigo.

 

Girolamo Savonarola habría sido un formidable polemista, un predicador fogoso y favorecido. El brío que impartía a sus homilías solo era superado por su celo impregnado de terror apocalíptico, la suya no era una religión de la bondad y la redención, su sermón hablaba de la maldad del hombre y del infernal castigo. Siempre me recordará, con sus manos crispadas y sus ojos enfurecidos, a un cura oblato que conocí de niño; terminaría él convertido en capellán de nuestro colegio. Siempre que paso por la Basílica, recuerdo sus incendiarias arengas, sus reproches contra nuestra curiosidad, por él convertida en imperdonable desorden lascivo. Fueron memorables sus pavorosas homilías, sus afiebradas admoniciones de miércoles de carnaval, cuando interpretaba nuestras cándidas exploraciones como desmanes inspirados en la aberración, incapaces de alcanzar nunca el perdón divino.


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