10 diciembre 2021

Mi Virgen y yo *

* Escrito por Almudena Grandes. El País Semanal. 20 de noviembre de 2021

 

Para todo en esta vida, hasta para ser Virgen Santa Patrona Coronada y ascender a los cielos, creía yo que hace falta tener un poco de suerte.

—¿Y tu nombre?

—Es el de la Patrona de Madrid.

—¡Anda ya, niña! La Patrona de Madrid es la Paloma, lo sabe todo el mundo…
Así año tras año, siglo tras siglo, y eso que mi Virgen ha hecho milagros muy antiguos, algunos bonitos de verdad.

 

La tradición clásica se remonta a 712. Entonces, ante la perspectiva de una conquista árabe de la ciudad —esto es más bien confuso porque Madrid la fundaron precisamente los árabes, pero las leyendas son así—, los madrileños decidieron esconder la Virgen en la muralla de la ciudad, con dos velas encendidas. De ahí proviene nuestro nombre, Almudena, corrupción del árabe Al-Mudayna, que significa la ciudadela y proviene a su vez de Medina, la ciudad. El caso es que los devotos la escondieron muy bien, tan requetebién que al cabo de unos años ya nadie sabía dónde estaba. Cuando en el siglo XI el rey Alfonso VI decidió reconquistar —o conquistar, esto sigue siendo confuso— la ciudad, los madrileños organizaron procesiones y rogativas para intentar encontrarla, pero Almudena se resistió.

 

La máxima expresión de longevidad que mi madre era capaz de concebir acerca de un lugar, una persona o un acontecimiento consistía en dictaminar que era más viejo que el Canalillo. Sólo en segundo lugar mencionaba la Cuesta de la Vega, que se extiende sobre uno de los barrancos que actuaron como defensa natural de la vieja ciudad árabe, y sigue comunicando la calle Mayor con el río Manzanares. Mi madre se equivocaba, porque la Cuesta es mucho más antigua que el Canalillo, hasta el punto de que en el siglo XI los devotos tuvieron que recorrerla hasta cinco veces hasta que un fragmento del muro se derrumbó, dejando a la Virgen a la vista. Tres siglos después de haber sido enterrada, no sólo estaba limpia y espléndida. Las velas que la flanqueaban seguían encendidas. Pues ni con eso se ganó el crédito de patrona de Madrid.

 

Su definitivo éxito fue más raro todavía que las velas encendidas durante 300 años. En plena movida madrileña, cuando nada se llevaba menos que las vírgenes y a lo sumo triunfaban las verbeneras, Paloma por supuesto a la cabeza, el gobierno de Joaquín Leguina tuvo que afrontar el calendario festivo definitivo de la Comunidad. Y entonces, no me acuerdo del motivo concreto, Paloma resultó inviable, porque coincidía con otra fecha o algo así. Hasta que alguien recordó a esa Virgen tan sosa, sin pasodoble, sin verbena, sin tradiciones, perdida a mediados de noviembre, y como no había otra, pues esa fue. ¿Cambió algo? No. La gente tardó años en recordar el nombre de la patrona de Madrid y aun hoy son más los que no se acuerdan.

 

Mala suerte, he pensado durante la mayor parte de mi vida y sin embargo ahora ya no estoy tan segura. Miro el Madrid que viene, con todos sus multimillonarios extranjeros, con la última definición del alto standing, con sus barrios invivibles para la gente normal, con el obsceno derroche de luces navideñas en plena crisis de consumo eléctrico, con Ayuso y su chulería, con Almeida y con la suya, y me digo, pues mira, Almudena, guapa, mejor quedarnos aquí, en esta esquina donde llevamos tantos siglos tapaditas. Si lo nuestro nunca ha sido llamar la atención, ¿para qué vamos a empezar ahora? Fíjense si somos discretas que sólo se me ha ocurrido escribir este artículo precisamente el día de la Almudena, 9 de noviembre de 2021. Cuando ustedes lo lean, media España estará tocando la pandereta y muchos no entenderán nada de esta historieta medieval e incomprensible.

 

Y sin embargo Madrid habrá avanzado otro trecho hacia lo que nunca debería haber sido y nunca debería llegar a ser. La envidia de Europa, dicen. Una pequeña Nueva York de neones horteras, sin personalidad propia más allá de los churros. Las tiendas de la milla de oro estarán repletas de ricos gastando sin parar. En otros barrios, no quiero ni pensar. Lo único que sé es que mi Virgen y yo no tenemos nada que ver con esto. Ni ganas.

 

Nota: Madrid habría sido un cruce de caminos. Hay algo de controversia respecto al origen del nombre. El primer registro castellano la inscribe como Magerit, voz que vendría de magra que quiere decir cauce, y del sufijo romance “it” (proveniente del latín etum, con el sentido de abundancia). O quizá vendría del mozárabe matrice (pronunciado matrich) que equivale a matriz o fuente. Lo más seguro es que Magerit fue la arabización fonética de Matrich. Se dice que los dos nombres habrían coexistido entre las comunidades cristiana y musulmana que, asimismo, vivían en barriadas separadas por un arroyo. De ahí vendría la costumbre de decir “los Madriles”. AVM.


Share/Bookmark

07 diciembre 2021

Algo de “el olvido que ya somos”…

No he visto a mi amigo Eddie por casi cincuenta años: le perdí totalmente la pista, alguien me dijo que se habría ido a vivir en Guayaquil. Su padre fue un prestigioso aviador militar a quien se le atribuye la construcción de algunas de las pistas de aterrizaje que se hicieron en el Oriente hacia mediados del siglo pasado; fue también legislador por varias de las provincias orientales y procuró, por medio de sus renovados empeños, asignaciones gubernamentales para fortalecer su desarrollo. Hoy en día, el aeropuerto de Macas y una importante calle de Quito llevan su nombre. Pocos saben que ese nombre es el de alguien que mucho aportó para el progreso de la aviación nacional. Hoy he querido dedicar una breve reseña a su memoria.

 

Edmundo Carvajal había nacido en Guayaquil en septiembre de 1912. Habría estudiado en la escuela Numa Pompilio Llona y, más tarde, cursado la secundaria en el Vicente Rocafuerte. Luego de un par de años que ejerció como maestro, Carvajal habría iniciado estudios de arquitectura en la universidad. Pronto, sin embargo, se habría dejado seducir por el embrujo de la aviación y participado en un llamado para un curso de pilotos civiles, organizado por el Colegio Militar en Quito. Así, contando ya con 25 años, habría obtenido una beca para viajar a Venezuela con el objeto de formarse como piloto militar. En 1938 habría retornado al Ecuador y, no obstante su condición de subteniente de la Fuerza Aérea, habría colaborado con una empresa precursora de la aviación nacional: SEDTA, Sociedad Ecuatoriana de Transportes Aéreos.

 

Para 1942, ya con el grado de capitán, el distinguido oficial viajaría a Corpus Christi, Texas, donde completaría sus estudios como piloto naval, obteniendo la primera antigüedad. Fundada en 1943 la Comandancia General de Aeronáutica, precursora de la FAE, sería designado Jefe de Bases y Aeropuertos y, más tarde, Jefe de Operaciones. Por estos mismos años fue elegido también diputado, en representación de la institución armada. En 1945 sería designado Agregado Aéreo en Washington, función que habría de desempeñar por tres años. Es entonces cuando el gobierno del presidente Velasco Ibarra se interesó por la adquisición de un lote de aeronaves americanas que habían quedado como sobrantes de la Segunda Guerra Mundial. Así se adquirió una cuadrilla de doce aviones P-47 que volaron al Ecuador al mando del ahora ya Teniente Coronel Edmundo Carvajal.

 

Poco después, sería designado Comandante General de Aeronáutica, en su relevo fue ascendido al grado de Coronel. Es cuando, contando con la ayuda del mayor e ingeniero Francisco Sampedro, Carvajal pone su primordial empeño al servicio de la construcción de una serie de pistas en el Oriente; sobresalen Tena, Macas, Sucúa, Gualaquiza, Chupianza (Méndez) y Zamora, al tiempo que se negocia la pista lastrada de Río Amazonas (Shell Mera) con la empresa petrolera Shell Oil. Estas pistas se construyeron con el aporte de los moradores locales, y no solo sirvieron para la operación de avionetas sino también para la de los inolvidables Douglas C-47 Dakota, conocidos con el nombre comercial de DC-3.

 

En 1951, último de su ejercicio como Comandante General, Carvajal habría tenido un accidente en Gualaquiza que estuvo a punto de costarle la vida: estando en plena maniobra de despegue, el avión habría capotado (probablemente habría interrumpido la carrera) y el AT-6 se habría clavado de morro en la pista. Le acompañaba otra vez Sampedro, quien pocos días antes había realizado una expedición a la renombrada Cueva de los Tayos.

 

Entre 1950 y 1957,  el ahora coronel retirado, habría vuelto al Congreso en representación de Santiago Zamora. En este lapso, y en forma temporal, el ex oficial fue contratado por la línea venezolana Aeropostal, con la que realizó vuelos de carácter internacional. En 1960, ya de vuelta al Ecuador, Carvajal sería elegido senador por Morona Santiago; entonces dio impulso a la construcción de la carreta Guamote–Macas. Sin embargo, permaneció en esa dignidad solo hasta julio de 1963, cuando un golpe militar disolvió el Congreso y derrocó al presidente Arosemena Monroy. Al cabo, se incorporó a ATESA, por invitación del Cap. Cristóbal Drexel.

 

La tarde del viernes 17 de enero de 1964, cuando ya tenía ocho hijos, 20.000 horas de vuelo y recién contaba con cincuenta y un años de edad, Edmundo Carvajal realizaba un vuelo de retorno desde Sucúa a Quito, volando una Cessna 185; le acompañaba una joven religiosa y cumplía con un vuelo transportando carne faenada. De pronto, el mal tiempo se hizo general en todos los rincones de la Amazonía –una “turbonada”, llamaban los pilotos–, Carvajal salió de Sucúa y parece que intentó aterrizar en Pastaza. Nunca se logró saber nada más de él.

 

Nota: este es un breve resumen de una reseña del blog de Historia Militar Ecuatoriana.


Share/Bookmark

03 diciembre 2021

Entre la ceguera y la arbitrariedad

Todo aquello parece la increíble y triste historia de una preferencia desleal… estuve tentado a intitular la entrada como “Elogio de la estupidez” (confiando en que a nadie se le hubiese ya ocurrido). Paso por ese lugar entre dos y cuatro veces diarias, y la verdad es que no lo había notado: el nuevo hotel, recién inaugurado y ubicado a solo cinco kilómetros del aeropuerto quiteño -no me lo van a creer-, no tiene acceso vehicular autorizado a la vía pública, ni de entrada ni de salida. No solo que no se les ha ocurrido facilitarle un medio de ingreso desde la vía de retorno del terminal aéreo (un corte en el parterre para evitar el ir a volver del redondel de la E35), sino que le han impedido, vía resolución, el tránsito hacia el colector. ¿Se intenta acaso favorecer al otro hotel que ya existe?

 

A ver si lo entiendo, porque para explicarlo, resultaría difícil: el hotel Holiday Inn, ubicado junto al Colector de Alpachaca, a un minuto de la Aduana (Tabacarcen) y cinco del terminal aéreo, no tiene autorización para disponer de una vía interna, tanto de ingreso como de egreso, para conectarse desde sus instalaciones con la vía pública. No solo eso, la orden llegó a sus constructores cuando ya habían terminado la obra muerta y, si no abortaron el proyecto, fue por que la inversión ya había sido demasiado alta, y esperaban la posibilidad de que la decisión pudiera revertirse. Quizá las autoridades no se fijaron a quién perjudicaban (quién sabe), el caso es que la decisión no tuvo ni tiene patas ni cabeza. Todo ello es para no creer, constituye un solemne despropósito; es verdaderamente para ser publicado por Ripley!

 

La verdad, ni yo mismo había caído en cuenta y fue de forma inopinada que un día lo advertí. Una mañana quise averiguar si disponían de algún plan especial de servicio de almuerzo; así que me detuve, y al ver que no se podía ingresar, utilicé una rampa ad-hoc que se ha construido para las busetas (el “shuttle bus”) del hotel. Entré entonces al edificio, solo para confirmar que el acceso vehicular estaba proscrito…

 

Soy un enamorado del turismo; aprecio ese apostolado de servicio que es la organización turística. El turismo es una de las industrias más sacrificadas, pero también más apasionantes que existen. Tenemos uno de los países más hermosos del Planeta, pero hay todavía mucho por hacer en Ecuador. El turismo es, además, una actividad incomprendida, de la que siempre se habla mucho, pero no se le sabe dar el respaldo y apoyo que se merece. Por todo ello, es incomprensible lo que vive este hotel; y me extraña más todavía, que el tema no haya trascendido, que aquello a nadie parezca importarle. ¿Cómo puede ser esto posible?

 

Quien quiera llegar desde el terminal al hotel por propios medios, debe salir del aeropuerto y conducir hasta el redondel de El espejo; luego, debe virar a la izquierda y avanzar por unos quinientos metros hacia El Quinche, entonces virar en U por unos cuatrocientos; luego debe tomar por derecha por cinco kilómetros, siguiendo una especie de ruta paralela al Colector de Alpachaca, hasta llegar al ingreso posterior del Holiday Inn. No hay otra alternativa, ni de entrada ni de salida. La única otra opción sería volverse desde El espejo y solicitar servicio de “valet parking” en la rampa utilizada por el referido servicio de “shuttle” del propio hotel.

 

Para quienes ansiamos el desarrollo turístico del sector, el escollo se nos antoja absurdo e inconveniente. Entendemos que la disposición apunta a un propósito de seguridad vial; sin embargo, esto bien pudiera gestionarse con señalización adecuada, medios de advertencia y conceptos de ingeniería debidamente aplicados. Nada que no pueda ser implementado. Parte del derecho a la propiedad, es poder utilizar el propio espacio, sus frentes e ingresos. Lo que existe, como probable ordenanza, es justamente lo contrario: un impedimento para este tipo de iniciativas, que no solo aportan a la comodidad del turista, sino que incluso apoyan el desarrollo comercial del propio aeropuerto. Un hotel es siempre un complemento, nunca una desventaja, peor un óbice o un obstáculo. No creo, tampoco, que se trate de una condición impuesta por los vecinos. La reflexión inevitable es la de que las entidades públicas están en la obligación de dar facilidades para asegurar el éxito de toda inversión de carácter turístico. Del mismo modo, deben promover la igualdad de oportunidades para los inversionistas.

 

Es importante apoyar los esfuerzos de la empresa privada; y comprender que medidas como la comentada solo entorpecen y restan estímulo para estos esfuerzos. En realidad ¿a quién molesta un paso directo entre el hotel y la vía, a quién perjudica? Siento que los verdaderos perjudicados son los usuarios del aeropuerto y, en el fondo, todos aquellos individuos que gastan su dinero para recompensar el esfuerzo de quienes hacen verdadero turismo. Aquello que se ha dispuesto, perjudica al turismo. Es inconveniente, y muy probablemente inconstitucional; no da otra opción al turista y no favorece al interés del propio aeropuerto.


Share/Bookmark

30 noviembre 2021

La farsa de Nicaragua

“Construir una sociedad democrática ocupó un segundo plano, frente a la demanda de defender la revolución”. Gioconda Belli, escritora nicaragüense.

 

Escribo mientras se celebran elecciones en Nicaragua (edito con dos o tres semanas de anticipación, por circunstancias de trabajo). Tal vez utilizo el verbo equivocado porque no puede hablarse de “celebración” cuando existe un candidato único que, como hoy ocurre con las autocracias y con las mal llamadas revoluciones, ha convertido los comicios en una burda impostura; y en donde, más que elecciones libres, tales eventos se transforman en una solemne farsa. ¿De qué “democracia” se puede hablar si todos los potenciales candidatos han sido encarcelados y la intención del tirano es mantenerse en el poder en forma vitalicia; o en convertirse en un reciclado déspota, exactamente igual al que alguna vez se propuso derrocar?

 

De muchacho tuve dificultad para identificar en forma correcta los países centroamericanos, forman una especie de embudo que se prolonga hacia el norte, desde el istmo, hasta chocar con el más irregular: Guatemala. Vistos desde el sur, se inician con Panamá, luego viene Costa Rica y el siguiente es Nicaragua que, si bien se ve, parece un triángulo. Más que eso, siempre me dio la impresión que se parecía a la letra N de su nombre, en donde –entre el primer trazo ascendente y la línea oblicua– se ubicaban los lagos de Managua y Nicaragua (donde está Ometepe, la isla de los dos volcanes), lagos que le dan esa rara impronta a su geografía. El nombre vendría del náhuatl, idioma en el que significa “lugar en medio del agua” o “tierra de los que viven cerca del agua”, o algo parecido.

 

Nicaragua es el país más extenso de América Central; esto, aunque su superficie solo bordea los 130.000 kilómetros cuadrados (algo menos de la mitad del Ecuador). Yo habría tenido algo menos de treinta años cuando Anastasio Somoza fue derrocado por el FSLN y fue reemplazado por un gobierno revolucionario sandinista que instauró un gobierno de “Reconstrucción Nacional”. Pasados los años, uno de los miembros de esa Junta inicial, quizá el más anodino y mediocre, y también el más insignificante y acomplejado, un hombre opaco y desconocido, se convirtió en presidente democrático, asunto que parece que dejó para siempre una suerte de adicción en el falso líder, la de su apego narcisista a las mieles del poder. Hoy creo que va ya por su cuarto período consecutivo. El hombre parece sentirse irremplazable; ese parece ser el destino de los atrabiliarios y los autócratas.

 

Leí hace pocos días un artículo de Rosa Montero, en El País Semanal (Escoger la palabra), en el que hace relación a la dictadura que vive Nicaragua; se refiere a una escritora que se entusiasmó con la revolución y fue funcionaria importante de la Junta de Gobierno. Ella misma (Gioconda Belli, autora de la novela “La mujer habitada”) escribió, por esos mismos días, otro artículo (Ortega y Murillo escriben su epitafio) en el que menciona el epígrafe con el que he iniciado esta entrada; se me hace inevitable, por lo mismo, preguntar por qué, quienes comparten la misma ilusión y recorren el mismo camino, casi siempre se dan cuenta demasiado tarde de la distorsión de estos, en apariencia, bien intencionados procesos, que terminan reemplazando una dictadura con otra aun peor. En definitiva, ¿qué hace que en algún malhadado momento se confunda el derrotero y se olvide el objetivo?

 

Si bien, en el caso de los autócratas y opresores, se hace comprensible su metamorfosis (el embrujo del poder, la falta de verdadera formación como estadista, la carencia de autenticidad en los propósitos, la corrupción aupada por el cinismo, su mal manejo de la recién estrenada propensión a la vanidad y a la megalomanía), más difícil se hace entender qué es lo que pasó con quienes más pronto advirtieron esa propensión al desequilibrio, no solo por estar más cerca, sino porque compartieron al principio las mismas motivaciones, la misma aspiración y los mismos idealismos. No hay duda entonces que estos personajes oscuros se hacen del poder sin límites gracias a dos factores: la muerte o el desprestigio de los mejores, y el apoyo incondicional y sin cuestionamientos de los cándidos y bobalicones. Solo así se entiende aquello de que el revolucionario que se sacrificó y luchó contra el tirano, termina también convertido en déspota y en represor de sus antiguos camaradas…

 

Creo que los demócratas vamos a las urnas con la ilusión de que cambie algo; no sabemos, por tanto, a qué va Nicaragua a los comicios, si todos saben que no va a cambiar nada. Lo único que hasta aquí ha cambiado, es que un tirano fue hace tiempo reemplazado por otro, aunque quizá por uno más corrupto y sanguinario…


Share/Bookmark

26 noviembre 2021

Calamares y otros antojos

Siempre me gustó el calamar: es un producto marino de sabor discreto, su textura es firme y es fácil reconocer si está fresco o en buen estado. Siendo, como soy, oriundo de la región interandina, mi dieta no tuvo -por lo menos hasta que llegué a la edad adulta- preferencia especial por el pescado y los mariscos. Poco a poco, sin embargo, fui tomando gusto por los productos marinos, y en particular por ese molusco. En el país los platos más populares, hechos con calamar, son: el ceviche y los calamares fritos, que se los sirve arrebozados. El producto es por lo general estándar, los calamares son de una sola clase y miden entre quince y veinte centímetros de largo; son fáciles de limpiar y pelar, como también de preparar.

 

No creo que existan otras formas de preparación en nuestra costa, al menos en los sitios de consumo general; no descarto que existan otros modos de cocción, pero ya son temas de alta cocina y especial preparación. Lo que sí pasa es que no se confunde al pulpo con el calamar, ambos están plenamente identificados. No hay forma de que se quiera pasar “gato por liebre”. Pero, de vuelta al calamar, eso es todo lo qué hay: calamares fritos, ceviche, y uno que otro plato combinado, como arroz con calamar. En España he tenido oportunidad de saborear un calamar diminuto que se sirve en escabeche; lo conocen como “chipirón”, pero es simplemente un calamar pequeño, no se trata de otra variedad. En Asia lo he probado como un plato agridulce. La textura y el sabor combinado lo convierten en uno de mis favoritos.

 

Mientras trabajé en Corea fui tomando gusto por sus particularidades culinarias; llaman al calamar o-ching-o, o algo parecido (오징어), lo aderezan con su típica salsa fermentada y picante, que tiene algo de dulzor. Lo preparan en pequeñas tiritas (como cortadas a la juliana) y le añaden vegetales y semillas de sésamo. Un día entré a un pequeño restaurante y pregunté que cómo se llamaba algo que comía otro comensal y lo ordené (dolzot o-ching-o); realmente me fascinó. Ellos tienen, además, otro tipo de calamar: es más grande (entre treinta y cuarenta centímetros), su carne es más dura, el sabor es más fuerte, lo fríen en los sitios públicos y su olor no es muy agradable. No sé cómo lo llaman en coreano, nunca supe porqué no me gustaba su olor, y nunca me atreví a preguntar. Lo que sí recuerdo es que otros colegas me aclaraban que no era calamar, sino otra especie que en inglés se conocía como “cuttlefish”.

 

Sucede que ellos estaban equivocados, no era cuttlefish. En español se dice sepia, que es una especie de apariencia distinta: solo tiene tentáculos y aletas. Lo que había en Corea era un calamar más grande que no tenía el sabor ni la textura del nuestro. A pesar de su olor desagradable (aquellas fritangas olían a cola de zapatero), un día me animé y lo probé: no me disgustó, pero era como mascar un caucho semiduro, que permanecía por largo tiempo en la boca mientras se bregaba con su deglución. Después he descubierto que el que se preparaba asado a la parrilla en las calles de Seúl, era un tipo distinto de calamar, de menor calidad y menos cotizado; lo llaman “pota” en España. Pero la sepia es diferente, es más pequeña, tiene una concha interior redonda y no esa pluma de apariencia plástica que tiene el calamar.

 

Estos días he estado viendo una serie coreana de la que se habla por todas partes; se llama “El juego del calamar” y es un concurso entre personas endeudadas que califican para competir por un premio desproporcionado. Los participantes deben pasar una serie de pruebas que les permite continuar en carrera o ser eliminados; lo que no saben es que aquello de “ser eliminados” no es un simple eufemismo, pues el significado es literal. Son al principio un medio millar de concursantes que luchan por una ilusión, pero pronto descubren que, además, deben enfrentarse unos a otros para sobrevivir. La serie concluye cuando queda un solo vencedor, quien se resiste a aceptar que no se trataba de un juego para determinar un ganador, sino para entretener a otros individuos que se divertían como si se tratara de una carrera de caballos donde fungían de indolentes apostadores…

 

El juego del calamar consistiría en un entretenimiento tradicional coreano, que antes habría sido muy popular entre los niños de ese país. El trazado se parece a nuestra rayuela; se juega entre dos personas que están autorizadas a utilizar la fuerza y todo tipo de recurso con tal de poder desplazar fuera de la figura a su adversario; se llamaría así porque la geometría angular del diseño se asemeja a la apariencia física del molusco. La serie termina con un anti-clímax: el juego representa una gran metáfora y su mensaje es relativamente simple: no vale la pena tratar de eliminar a todo el mundo si la recompensa es terminar -innecesariamente- más rico que los demás…


Share/Bookmark

23 noviembre 2021

Unos puntos en el mapa

Hoy quiero hablarles de unas islas diminutas; decir que son puntos en el mapa sería una exageración, lo mismo que un “understatement“ (como se diría en inglés) pero en el sentido de atenuación, es decir todo lo contrario a lo que llamamos “una exageración”. Esto porque, si ponemos un punto en el mapa, la impronta sería demasiado grande, realmente enorme, para representarlas. Un solo punto, por minúsculo que lo dibujemos, en la práctica las sepultaría. Hoy voy a comentarles algo de Sta. Elena, Zanzíbar, y las Islas Malvinas (no confundir con las Maldivas).

 

Ya con mi experiencia del otro día, no les voy a preguntar dónde queda ese lugar de nombre caprichoso, Zanzíbar (quizá quiera decir “Tierra de los Negros”), fijo que me han de contestar que es una ciudad milagrosa ubicada en el País de Nunca Jamás o, quién sabe, a lo mejor me dicen también que es el nombre de otra súper popular heladería, pero que no se acuerdan dónde queda. Una que efectivamente existió pero que asoma en la Wikipedia como “negocio suspendido” (que no es lo mismo que clausurado). Algo de mi intuición aborigen me dice que el negocio ya no existe, pero que se ha convertido en una industria que abastece a muchas heladerías de la ciudad de Quito.

 

Zanzíbar (su nombre local es Unguja) es una pequeña isla que forma parte de un diminuto  archipiélago, que cuenta con dos islas principales, una de las cuales se hizo famosa hace casi cinco siglos y a la que llegó un europeo por primera vez (por lo menos luego de dar la vuelta al África por el cabo de Buena Esperanza). Zanzíbar tiene, como ya lo han podido comprobar, un nombre cantarín y prodigioso, a ella llegó Vasco da Gama, seis años después del descubrimiento de América; el hombre y sus compañeros navegantes descubrieron que sus frutos, su paisaje y su clima eran tan portentosos como su sibilante nombre; se enamoraron de sus playas y la convirtieron en punto indispensable en la mitad de sus viajes entre Europa y los misteriosos destinos de Asia meridional, ricos entonces en fragantes especias.

 

La isla está ubicada frente a un país de África Oriental conocido como Tanzanía, ahí se encuentra nada menos que la cima más alta del continente africano, el soberbio Kilimanjaro; allí, en Tanzanía, se encuentra esa reserva natural famosa en el mundo que se conoce como Serengueti. Pocos saben, o recuerdan, que antiguamente tenía otro nombre, uno que sonaba a tambores tribales de guerra: le llamaban Tanganika. Lo que pocos recuerdan, y casi nadie sabe, es que cuando se independizó Zanzíbar se integró a Tanganika y cada uno aportó con la mitad del apellido: Tan-Zan-ía.

 

Santa Elena es otro lugar sorprendente, famoso por equivocados motivos: primero, por estar “en la mitad de ninguna parte”; y, segundo, porque el Napoleón derrotado en Waterloo, vivió en esa lejana y solitaria isla los últimos seis años de su vida. Sta. Elena es un lugar extremadamente aislado, ubicado en medio del Suratlántico, casi a medio camino entre Salvador, en el Brasil, y la frontera entre Angola y Mozambique; si usted amable lector, quiere encontrarla, trace una línea perpendicular desde Costa de Marfil (situada entre Ghana y Liberia) y señale la carta con un puntito no muy conspicuo. Yo me imagino que fue descubierta por algún náufrago o, quién sabe, por uno de esos apresurados navegantes del “siglo de los descubrimientos” que siempre estaban buscando un atajo para abreviar sus interminables periplos de regreso…

 

Finalmente, voy a conversarles de otro punto en el mapa (realmente dos). Se supone que se trata de islas que fueron descubiertas en viajes iniciados desde la actual Argentina. Pasado el tiempo, fueron ocupadas por los ingleses, que siempre desdeñaron las reclamaciones del país latinoamericano. No son famosas por sus playas, ni por sus paisajes, sino tan solo por una guerra absurda y fratricida (¿qué guerra no lo es?). Para los ingleses han pasado a apellidarse Falklands, los argentinos las siguen identificando como Malvinas. En días pasados me enteré del porqué del nombre (La palabra del día, de Ricardo Soca): fueron bautizadas de ese modo en honor a un santo.

 

Quienes habrían sido los primeros en llegar a ellas (1764), eran oriundos de la población francesa de Saint Malo, por lo que les habrían bautizado como Íles Malouines, en honor a San Maclovio (en español), un monje nacido en Gales que habría fundado varios monasterios en la Bretaña francesa. Pasados los años, los españoles habrían comprado las islas y expulsado a los ingleses en aplicación del Tratado de Tordesillas. Argentina se independizó de España en 1816 y proclamó la posesión de las Islas; diecisiete años más tarde los ingleses las reclamaron como suyas. Todo parece indicar que San Malo no es un santo tan bueno o, por lo menos, que con nombre tan singular no es de esos santos que ostentan tanto influjo o preferencia.


Share/Bookmark