11 enero 2022

Una aguja en el corazón *

* Escrito por Rosa Montero. 11 de diciembre de 2021

  Maneras de vivir. El País Semanal

 

Hace unas semanas leí una noticia que me dejó un regusto amargo. Contaba que la Audiencia Provincial de Ciudad Real había condenado a nueve años a X por matar a un hombre. Resulta que el padre de X, de edad avanzada y condición física precaria, tenía un compañero de trabajo, Z, que llevaba tiempo maltratándolo, burlándose de él, dándole patadas y llamándolo despectivamente gitano. Indignado, X telefoneó a Z para pedirle explicaciones y quedaron de noche en una rotonda.

 

Z apareció con su primo, cosa que me parece más bien amenazante, teniendo en cuenta el carácter bravucón y abusador de ese mal bicho. Ambos se acercaron al coche de X y éste sacó un cuchillo y se lo clavó al primo de Z, que murió casi en el acto. Lo cual es una barbaridad, sin duda alguna. Más tarde se entregó a la policía y, como es insolvente, sus padres se han hecho cargo de darle una indemnización de 60.000 euros a la viuda y el hijo del fallecido. O sea: ese mismo padre anciano que ha sufrido insultos y patadas vive ahora la amargura de tener un hijo en la cárcel y de verse obligado a empeñar las pestañas para intentar compensar lo incompensable, el asesinato de un hombre. Y todo ese horror y ese dolor lo provocó un tipejo que ha salido de rositas del asunto. A mí me parece una tragedia griega.

 

Sé bien que el ser humano es contradictorio y calamitoso. Soy capaz de comprender los fallos de los demás porque conozco mis propias debilidades, pero hay dos cosas que me resultan imperdonables, y son la crueldad y la voluntad de humillar. Dos maldades máximas que suelen ir unidas.

 

Pero hoy me voy a centrar en la humillación, que me parece el sentimiento más destructivo que puede experimentar una persona. De hecho es tan tóxico y vitriólico que abrasa a su paso, dejando siempre un rastro de cicatrices.

 

La humillación enferma, mutila y en ocasiones mata. Al parecer, la mayoría de los adolescentes que han cometido ataques letales con armas en las escuelas de Estados Unidos han sido niños acosados por sus compañeros; y siempre he pensado que en el 11-S medió cierta dosis de humillación. Recordarán que entre los terroristas de las Torres Gemelas hubo un número curiosamente elevado de ingenieros, vástagos de la oligarquía saudí que habían estudiado en las mejores universidades del Reino Unido. Pues bien, me es fácil imaginar a esos chicos, acostumbrados a ser príncipes feudales en su tierra, siendo ninguneados de manera hiriente por el esnobismo universitario inglés, que es poderoso. Y alimentando en consecuencia un odio enloquecido e insaciable. La feroz ambición de arrodillar a quien te ha arrodillado.

 

Con esto no quiero disculpar a los adolescentes asesinos y aún menos a los fanáticos saudíes, que además es probable que se hubieran pasado a su vez toda la vida humillando a cuantos consideraran inferiores. De hecho, creo que esa es la combinación que genera más torrentes de rabia: el abusador que es abusado. Deberían aprender de la lección, pero me parece que tienden a enquistarse en su maldad.

 

Así que no lo digo como causa que exonera, sino para señalar el terrible destrozo que provoca. El neurocientífico David Eagleman dice en su libro Incógnito que el elemento más habitual en el origen de las esquizofrenias es el color del pasaporte, porque el emigrante que se siente despreciado puede volverse loco. Y también dice que el rechazo social produce el mismo impacto en el cerebro que el dolor físico. Humillar a alguien es como clavarle una aguja en el corazón.

 

Sabiendo como sabemos el tormento que supone que te ninguneen, deberíamos ser mucho más activos en la erradicación de estas actitudes. Que el hecho de humillar a una persona se convirtiera en un acto asocial y abominable, un tabú como el de hacer tus necesidades en público. Pero, claro, ¿cómo vamos a conseguir algo así si nuestro mundo está construido por medio de una intrincada jerarquía de menosprecios? Todas nuestras relaciones están impregnadas de humillaciones sutiles y no tan sutiles; de clases primeras y segundas; de niños acomodados que pueden comprarse las deportivas de televisión y de niños que se sienten inferiores; de pequeños y calculados desdenes entre ciudadanos. En ese caldo de cultivo medran los abusadores sin que nadie haga caso. Pienso en todo esto y siento asco y miedo.


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07 enero 2022

León, mi pasajero

A veces se me hace difícil recordar el año aproximado de un hecho cualquiera o, simplemente, cómo y cuando fue que conocí a una determinada persona; advierto que trastoco las fechas o los acontecimientos y me parece que no logro poner en orden los episodios sobre la base de su real secuencia y cronografía. En tales ocasiones suelo utilizar un artilugio que para algunas indagaciones me sirve casi tanto como lo haría un diario íntimo. Es mi colección de libros de vuelo (no uso “colección” con el sentido del efecto de atesorar o acumular objetos, sino solo con el de “conjunto ordenado de cosas”, como lo define el diccionario). Advierto para el propósito, y no lo hago por alarde o aspaviento, que he registrado hasta ocho de esos cuadernos en los cuarenta y cinco años que ejercí como piloto.

 

Hoy me propuse indagar cuánto tiempo volé para Saeta, luego de que dejé Ecuatoriana de Aviación y, por esas extrañas casualidades de las que están llenas nuestras vidas, caigo en cuenta que he registrado mis últimos vuelos en esta última aerolínea, exactamente en la página postrera con la que he cerrado mi libro de vuelo número 5; esto pasa hacia finales de septiembre de 1992. Anoto por lo mismo, y por rara coincidencia, mis primeros vuelos en Saeta cuando comienzo una nueva bitácora, la número 6, lo hago a principios de octubre, volando como comandante del mismo equipo, el poco vistoso pero versátil Airbus A-310. He recurrido a esos registros para asegurarme de cuáles fueron los años que colaboré en Saeta y descubro que ahí estuve hasta principios de abril de 1996. Había imaginado que fue por algo más de dos años, pero habrían sido, en realidad, tres años y medio…

 

Fue por ese mismo tiempo que tuve oportunidad de volar, por un par de ocasiones, con un pasajero especial, él era ya toda una personalidad, probablemente fungía entonces de alcalde de Guayaquil y había sido presidente del Ecuador entre 1984 y 1988. Para cuando volé con León Febres Cordero, se había ya establecido una regulación que era toda una novedad; pocas aerolíneas la habían inicialmente implementado, pero ahora había un inédito y definitivo protocolo: estaba prohibido fumar en los aviones. Había en Saeta una sola clase y al ex presidente lo acomodaban por lo general en la primera fila, próxima a la cabina de los pilotos. León era un fumador empedernido e impenitente; él necesitaba, estaba obligado a encender un cigarrillo y “tenía” que fumar. Por ello, enviaba un saludo a la cabina y nos venía a visitar; una vez en ella, consultaba si no nos importaba que lo dejáramos fumar…

 

Yo lo había conocido antes, personalmente. Fue en sus tiempos de legislador; tenía entonces una cercana relación con mi suegro y no recuerdo si él me lo había presentado en el Palacio Legislativo o tiempo atrás, en su casa (para esto ya no me servía la bitácora). No estoy seguro, tampoco, si me reconocía o relacionaba; en todo caso, era cordial y hasta amigable conmigo, aunque sin llegar a lo personal o a un gesto de particular deferencia. Sé de otros pilotos que no le permitían fumar en cabina; yo nunca tuve necesidad de caer en tal intransigencia. Era de aquellos que “fumaban uno tras otro”; no fumar hubiese sido para él como abstenerse de conversar. “Fuma hasta cuando está dormido”, habría comentado su primera esposa. Sé que hay quienes fuman aun estando debajo de la ducha.

 

Febres Cordero era un personaje altivo e imponente; algo había en su apostura que quizá intimidaba a muchas personas. Era franco y directo, pero no llegaba al gesto prepotente o altanero; era más bien risueño y distendido, exudaba un raro sentido de propósito y una casi obscena seguridad personal, pero claro… esta parecía vulnerable o que se quebraba cuando no podía fumar con libertad.

 

La pasada noche de Navidad me hicieron un regalo inesperado. Mi hijo Felipe había ido a la librería buscando una buena historia para obsequiarme; le recomendaron el libro “León, mi padre”, escrito por su tercera hija: Liliana. Para mi grata sorpresa, me encontré con un documento muy humano y ameno, a la par que sobremanera afectivo; el libro es a ratos apasionado, está impregnado de un inevitable sesgo político, es el suyo un texto apologético pero está bien estructurado y bastante bien escrito; recordé las veces que León nos “venía a saludar” y su invariable forma de despedirse: “estoy seguro, capitán, que no le importará que venga más tarde a visitarle; así, con su permiso, me puedo fumar un último tabaquito”.

 

Mis bitácoras me cuentan que estos “fumariegos” episodios pudieron suceder en su primera alcaldía; León ya era no solo un personaje, sino toda una leyenda. El tiempo se ha evaporado como el fugaz humo de su cigarrillo; y estos recuerdos quedan como los rescoldos de sus tabacos, "autorizados" aunque furtivos.


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04 enero 2022

Toponimia de Río de Janeiro

Jano (Janus en latín) era uno de los dioses tutelares de los romanos, no tenía equivalencia con los dioses del panteón griego. Era considerado el dios de los inicios o comienzos y, también, el de las conclusiones o finalizaciones. Se lo asociaba, además, con puertas y puertos, portones y pasadizos: los sitios que se utilizaban para entrar y para salir. Como era el dios de los comienzos, se le dedicaba el primer día y el primer mes del año, januarius (aunque al principio el primer mes era marzo) , el primer día de los meses (las calendas romanas) y las primeras horas (matinas) del día o el amanecer. Como todo comienzo entrañaba incertidumbre, se lo representaba con dos caras, no con el sentido negativo que tiene la hipocresía, sino con la facultad de mirar a la vez hacia el pasado y el futuro, hacia lo ocurrido y hacia el porvenir.

 

Con Rómulo, en los primeros años de la fundación de Roma, el año civil solo habría tenido diez meses con un total de 304 días; pero había otros sesenta días (los del invierno) que no formaban parte del calendario administrativo y general. Más tarde, sería Numa Pompilio (unos seis y medio siglos a.C.) quien habría instituido dos meses adicionales: enero y febrero; sin embargo, solo sería quinientos años más tarde, con el propósito de reajustar la fecha de las elecciones de algunos magistrados, que marzo (hasta entonces el primer mes del año) pasaría a ser considerado como tercer mes. Así, enero (januarius o january en inglés) pasaría a ser el primer mes del año, con lo que no solo se ponían las cosas en orden sino que el mes dedicado a Jano pasaba a ser lo que había tenido que siempre ser: el consagrado a iniciar el año.

 

Es curioso cómo lo hasta aquí descrito tuvo que ver con el bautizo de una de las ciudades más emblemáticas que existen en el mundo, no solo por sus implicaciones históricas sino por su prodigiosa belleza natural: San Sebastián de Río de Janeiro. Quiero contarles cómo me enteré:

 

Hacia principios de los ochenta me correspondió el honor de representar al Ecuador y ser designado Miembro del Consejo Ejecutivo de la Organización Iberoamericana de Pilotos, OIP. Gracias a esta distinción, tuve que desplazarme, dos veces por año a Río de Janeiro, para las reuniones del Comité. Nuestros encuentros se efectuaban en un hotel ubicado en la playa de Leme, situada hacia el extremo nororiental de la playa de Copacabana. Dado el carácter de nuestras funciones, y una vez finalizadas nuestras tareas, era inevitable, en ocasiones, vestir el atuendo adecuado y bajar a la playa para resumir el progreso de nuestra jornada de trabajo.

 

Una tarde surgió entre nosotros un punto de discusión: el origen del nombre de la ciudad. Hubo quienes proclamaban una supuesta relación entre el nombre con un santo italiano, a cuya devoción pudo deberse que la entrada a la Bahía de Guanabara adquiriese ese apelativo; ellos defendían que se trataba de un obispo del Siglo III que obedecía al nombre de congregación de Jenaro o Genaro, insinuando que el descubrimiento había ocurrido en un día dedicado al santo de marras. Mas, esto no era lo que postulaba la mayoría, que sostenía que la primera impresión que del lugar tuvieron los europeos ocurrió un primer día de enero, cuando Gaspar de Lemos (o quizá Gonzalo Coelho), siguiendo instrucciones de Pedro Álvarez Cabral, habrían avistado lo que les pareció una ría, o quizá la desembocadura de un gran río.

 

Río de Janeiro es una de las ciudades más hermosas que existen en el mundo; su marco natural es fascinante, sencillamente no tiene parangón. Está ubicada en un accidente costanero que, en efecto, no consiste en la desembocadura de ningún río; no recoge las aguas de importantes afluentes y ni siquiera pudiera considerarse como una ría, en el sentido de “una penetración que forma el mar en la costa”. Se trata simplemente de una hermosísima bahía rodeada de formas caprichosas que embellecen el paisaje: exhibe una portentosa arquitectura, de la que se ha encargado la propia naturaleza. Hay que estar junto al mar para poder admirar el Pan de Azúcar o el Corcovado; o en otros insólitos promontorios, para poder apreciar la laguna de Freitas, la bahía de Botafogo o las playas de Leblón e Ipanema.

 

Río de Janeiro, sin embargo, fiel a su dios tutelar, es también un personaje bifronte, que exhibe sus contradictorias dos caras: la una que consolida su magia y esplendor; la otra, aquella del arrabal, la indigencia abyecta y la favela insatisfecha, que no representa principio ni final, ni pasado ni futuro, que no es puerta ni pasadizo. Ella está a la expectativa de un nuevo año de ilusión; persuadida, como está su gente, de que su alejada y olvidadiza divinidad atenderá sus desdeñados sinsabores, y que pronto revelará el indicio de una nueva condición, una que convierta la quimera en realidad y sea el reflejo de su propia esperanza.


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31 diciembre 2021

Entre el adiós y el olvido

Mi querida cuñada Eulalia (conocida por familiares y amigos, como Lalita), la mujer de mi siempre ecuánime hermano Luis Eduardo (para sus primos, "el Mullito"), creo que alguna vez me insinuó, con esa sonrisa cargada de tierna sabiduría que solo ella tiene, que “ya le deje descansar en paz” a mi nunca olvidada abuela Carlota. La verdad, he hecho lo que he podido, pues, contrario a lo que se pudiera pensar, reconozco que ella fue tan esencial en mi formación, que es justamente a ella, en forma muy especial, a quien debo los más importantes cimientos que apuntalaron mis valores, principios y carácter. Ella fue quien asumió, con dulzura y no disimulada pasión, la responsabilidad de nuestra formación (la de mis hermanos menores y la mía) y procuró transmitirnos sus preceptos y creencias.

 

Fue ella, con la compañía siempre bondadosa y tutelar de mi querida tía Anita, quien enfrentó la ausencia de esa mujer dulce y afectuosa que había sido mi madre y buriló en nuestras mentes y corazones, los que serían los derroteros morales que habrían de marcar los días de nuestra existencia. De ella aprendí las mejores virtudes y cualidades que, si hoy no las tengo, siempre procuré llegar a poseer: responsabilidad frente a la familia y la sociedad; solidaridad con los que más necesitaban; y empatía con aquellos que se sienten desvalidos.

 

Nunca le vi firmar con su apellido de soltera. “Carlota Vda. de Moncayo” era como firmada sus notas, esquelas y documentos; como conservando con una cuota de presunción el apelativo de la estirpe que había sido de su marido. Recuerdo que ella rememoraba, con una mezcla de candor y de nostalgia, a ese hombre que había sido tan reconocido en su tierra. La suya era una nostalgia por el único hombre que amó, aquel individuo de andar cadencioso y sereno cuya honradez y devoción lo habían convertido en referente de su Riobamba natal. Nunca supe ni cómo ni dónde se conocieron. Siendo ella oriunda de Cuenca nunca supe el porqué ni el cómo de sus iniciales encuentros. La abuela no “cantaba”; quiero decir: no hablaba como una cuencana tradicional. Aparte de ello, su hablar era más bien tranquilo cual dulce susurro, pero pronunciado con propiedad y con indefinido acento.

 

A ella escuché aquel “adió” o “adiós” tan distinto al que solemos utilizar para anunciar nuestras despedidas; era un adiós que denunciaba un auto reproche, una nota de fastidio ante un inesperado olvido. “Adió, me olvide de pasar por el correo”, “adió, no me acorde de ‘parar’ el arroz”, “adió, no pasé a pagar la pensión”; esas fueron sus formas asiduas y recurrentes de lamentar su mala memoria o su falta de prolijidad o, quizá, de reconvenirse a sí misma. Ese adió era una mezcla de lamento y de promesa, algo así como una advertencia y una forma de propia e íntima sanción ante el propósito de no dejar que otros asuntos interfirieran con el cuidadoso cumplimiento de sus asumidos compromisos. Era también como su elaborada persuasión, la de que no siempre son involuntarios los olvidos… Y así, con aquella misma indeliberada intención, aquel “adió” contagió también a sus hijos.

 

Por un motivo que desconozco, esa particular forma de adiós no aparece recogida en el diccionario, ni tampoco en la mayoría de los del habla local; hay en el DLE una acepción parecida en el sentido de expresar inconformidad o lamento (desilusión, desencanto o sorpresa, dice el diccionario): “adiós, se me pasó el transporte”, “adiós, se descompuso el computador”. Pero no hay nada, con excepción del diccionario de Miño-Garcés, que refleje el uso de ese adió, o de adiós, con el significado de reconocer un no deseado olvido. Ha sido, a pesar de ello, que hoy he escuchado una vieja melodía interpretada por un conocido cantante español que, al referirse a la palabra adiós, dice en forma textual: “no es una despedida ni un olvido”. Por ello me he preguntado si no se ha desdeñado esa vieja acepción, no por falta de uso, sino por pura desatención o simplemente por descuido.

 

Una tarde descubrí el motivo de por qué a la abuela le gustaba planchar de espaldas. Era que había aprendido a disimular su llanto y a esconder sus lágrimas, sin que nadie le tuviera que preguntar por la razón para que sus hermosos ojos azules estuvieran inundados de nostálgica melancolía… Extrañaba sin resignación a mi madre, la primera de sus hijas; ella le llenaba de ilusión. Nunca se imaginó que un día pudiera faltarle y jamás se preparó para tan prematura separación. Muchas tardes de sábado la acompañé al camposanto de San Diego; aquel fue por muchos años su ritual de despedida. “Adió –debe haberme dicho un día– creo que olvidé comprar pensamientos en el mercado, esas eran las flores que a ella le gustaban, eran las que mi hija adorada siempre prefería”…


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28 diciembre 2021

La palabra experimento *

* Escrito por Martín Caparrós, para El País Semanal. 20 de noviembre de 2021.

 

Somos experimentos, tememos los experimentos, condenamos los experimentos. Somos experimentos: nos vamos buscando, a veces encontramos, muchas no. Somos experimentos: probamos, comprobamos, aprobamos, reprobamos, e intentamos seguir adelante. En el experimento sin cesar que es una vida, nos gustaría pensar que sabemos qué hacemos —pero no. Hacemos, está claro, experimentos.

 

La palabra experimento acepta —como debe— definiciones varias, pero todas coinciden en decir que se trata, en síntesis, del conjunto de pruebas necesarias para saber si algo funciona o no: maneras de buscar. Experimento supone incertidumbre, y las personas siempre le escaparon. Contra la incertidumbre inventaron las religiones, las diversas certezas, los rituales: lo que fuera para no reconocerla.

 

Así, a puro miedo, creyeron que sabían lo que eran y lo que debían ser, y ni pensaban en cambiarlo. Un dios les había dicho todo; no tenía sentido buscar más. Hasta que sí empezó a tenerlo: muchas de esas cosas que el dios había inventado eran insoportables —tantos males, los reyes, el sudor, la injusticia— y empezaron a ensayar remedios: a hacer experimentos. Se arriesgaban: los curas, cuando los descubrían, los encerraban y torturaban y quemaban. Pero siguieron adelante: intentaron experimentos con los cuerpos, máquinas, maneras; buscaron, fueron cambiando todo aquello que tantos consideraban inmutable: supieron que saber es una búsqueda sin fin. Hace dos o tres siglos la palabra experimento se volvió una clave.

 

Esas personas construían aquello que, con el tiempo, se llamó “método científico”. El método científico —el juego del ensayo y el error— necesita de los experimentos para saber qué es error y qué no: alguien piensa algo, cree que algo es así o asá, pero nadie tiene por qué creerle hasta que esos experimentos lo confirman. El experimento —el intento— es lo que hace que la ciencia sea lo contrario de la religión: la conciencia de que sabemos casi nada frente a la pretensión de que unos pocos saben todo.

 

Somos incertidumbre pero tratamos de olvidarla: negar que es la materia de la que estamos hechos. Preferimos vivir creyendo que sabemos, que hay cosas que son seguras y garantizadas. Hasta que algo nos sacude y nos obliga a recordar que no es así: que todo es un experimento. Una peste, digamos, un cataclismo: maneras de romper con las ideologías de la magia. En Lisboa, en 1755, un terremoto mató a decenas de miles de personas. Era el día de Todos los Santos y tantos muertos estaban en iglesias escuchando misas: nadie entendió por qué aquel dios masacraba a sus fieles. El terremoto de Lisboa sacudió las mentes europeas: pocas cosas influyeron tanto en la construcción de esa conciencia crítica que terminaría, décadas después, en la Revolución Francesa. Las garantías de la religión —y los reyes que esa religión imponía— se estaban derrumbando.

 

Ahora, en estos días, la peste nos puso en otra encrucijada. Nos demostró que la seguridad que suponemos puede romperse de un día para otro —y nos obligó a definir cómo reconstruirla. Por milenios, la primera reacción de muchos frente a tanta amenaza habría sido la superstición: más misas, rogativas, procesiones, súplicas. Ya no: el 13 de marzo de 2020 el vicario del Papa en Roma, la capital católica, cerró sus 900 iglesias para evitar contagios. Fue una fecha decisiva, que alguna vez estará en los libros de historia.

 

Faltos de magia, nos resignamos a la ciencia; quebradas las certezas, a la duda. No sabemos, sabemos que no sabemos, vivimos un gran experimento: nos prestamos con avidez a una vacuna que nadie había probado. Somos un gran experimento —y nos aterra, pero sabemos que no tenemos más remedio. Salvo algunos trogloditas, los hombres y mujeres asumimos que solo la ciencia podía salvarnos de esta —y que la ciencia no es segura: ofrece probabilidades. Lo que empezó en Lisboa se extendió: necesitábamos, quizás, esta peste para acabar de confirmarlo. El mundo entero, en estos días, aceptó que todo era un experimento y, más aún, que el experimento es la forma de la vida; que nadie sabe y que saberlo es la única manera de quizás, alguna vez, aprender algo.


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24 diciembre 2021

“Flying west”

Ha empezado a afligirme el impredecible periplo que pudieran transitar un par de mis más queridos amigos, a quienes he tenido muy cerca en el último medio siglo de mi vida. Ellos han sido parte de aquellos "otros hermanos" que me regaló la vida; y hoy, son amigos entrañables que se preparan para lo que los pilotos norteamericanos llaman en forma eufemística: “to fly west”: “volar hacia el ocaso", "marcar rumbo hacia Occidente" o "poner proa hacia el sol poniente”.

 

Entré al prodigioso mundo de la aviación hace más de medio siglo. No lo hice por decisión propia, respondí a la propuesta generosa de otro aviador, quien me invitó a acompañarle. Tan pronto como pasé a formar parte del nuevo gremio, uno particular y diferente, tuve que aprender un nuevo “lingo”, se trataba de una jerga especial y distinta: la jerigonza de la aviación. El piloto no dice “comprendido”, dice “Charlie, Charlie”; no expresa un “recibido”, enuncia un “Roger”; no dice “alto y claro”, dice “cinco por cinco”; no desea un buen día, desea “cielos azules o despejados”; no emite un “saludos”, dice “siete tres”; no expresa “espere un momento”, dice “QAP”. Mi instructor, en la academia de vuelo, no me decía “vamos a volar”, decía “let’s kick the tires and light the fires” (“pateemos las ruedas y encendamos el fuego”). El piloto no transporta un supernumerario, lleva un “deadhead“ (un “cabeza muerta”); no dice que alguien falleció, sino que “se fue al oeste” (“he flew west”).

 

Lo triste, lo más triste, volviendo a mis amigos, es que saben lo que les espera; ellos saben o, al menos, sospechan que les queda poco tiempo de vida. En el fondo, también saben, pero sin querer olvidan, que a todos mismo nos queda ya poco tiempo de existencia… ¿Qué puede uno decirles, a más de acompañarlos en su calvario, de tarde en tarde? ¿Cómo ayudarles a superar o, al menos, aminorar, esa su sensación de desesperante impotencia? Solo me animo a recordarles una breve frase que, travieso, solía repetir mi difunto hermano Adrián: “Quien va al anca, no va atrás”; o, quizá, a participarles de mi convencimiento, que lo que importa no es ya el tiempo que queda, que los días son solo un guarismo de la cronología, que lo que de verdad cuenta es la intensidad cómo vivieron sus días, las pasiones o sentimientos que abrigaron, las ilusiones que hicieron crecer, los desafíos que se impusieron…

 

Ir hacia poniente, al ocaso (la caída del sol) o hacia Occidente, es una manera figurada de representar el cese de nuestra existencia. Quien inventó aquello de que alguien “went west” (se fue al oeste), no lo hizo durante el vertiginoso desarrollo de la aviación, iniciado a comienzos del siglo pasado. Aquello incluso trasciende el período de las grandes guerras (hay quienes dicen que inventaron los pilotos de la II Guerra Mundial). La verdad es que su uso bien pudiera ser parte de los más tempranos decires de los albores de la humanidad, de la misma historia del hombre. Desde siempre la caída del sol ha simbolizado el final de la vida de una persona. Aquella tierra del sol poniente, siempre fue, en muchas culturas, algo así como la morada de los que se nos adelantaron al Paraíso. Así, la caída del sol fue una suerte de símbolo de algo que desaparecía, para volver a asomarse en el nuevo amanecer.

 

He leído que la idea de relacionar el ocaso con la vejez y la muerte, pudiera venir de los romanos y que no deja de existir una curiosa coincidencia: la palabra Occidente viene de la voz latina “occidere”, que también tiene un significado alternativo (aunque no está relacionado) que se traduce como matar; por algo, a quien muere como víctima de un asesinato se le dice “occiso”. Occidente está relacionado con algo que cae, que declina, que se hunde o se desploma, que llega a su ocaso. He aprendido que para los celtas, el occidente estaba emparentado con el fin del mundo y con la muerte. No es coincidencia que la parte más occidental de Galicia (que a su vez querría decir “tierra de los celtas”) se dio en llamar Finisterre (“tierra del fin del mundo” o “el final de la tierra”).

 

Muchas antiguas civilizaciones, como egipcios, hebreos, griegos y romanos, creyeron en el “inframundo” (un mundo que quedaba debajo de la tierra); conjeturaron que si aquél lugar existía, el mismo debía tener una puerta de ingreso. Unos se imaginaron que el lugar donde caía el sol era la morada a donde se dirigían las almas de los difuntos. Pero no todos creyeron lo mismo: para otros, mencionar aquello del inframundo o bajo mundo, significaba un lugar desgraciado que lo identificaron con el infierno, un sitio al que solo iban los perversos. Al oeste, en cambio, se lo identificaba con el Paraíso, un lugar para los virtuosos y valientes, un territorio en donde aquello de “gozar del descanso eterno” no era más que otro circunloquio que disimulaba la aspiración del hombre de todos los tiempos: aquella de poder gozar de un privativo lugar donde se pudiera disfrutar de lo que no siempre se tuvo en la tierra. Y eso solo se lo podía conseguir cuando se viajaba con singladura hacia el Occidente. ¡Due west!


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