01 febrero 2022

Inteligencia y sabiduría

 “God grant me the serenity to accept the things I cannot change, the courage to change the things I can, and the wisdom to know the difference”.

No sé quién lo dijo, pero me parece una frase formidable: “Señor, dame la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el coraje para cambiar las que puedo hacerlo y la sabiduría para saber la diferencia”. Pero… ¿qué se requiere para acertar con esa diferencia?, ¿acaso, solo poseer un mínimo nivel de inteligencia? O, aún mejor: ¿solo tener una determinada dosis de inteligencia?, ¿o, hace falta también contar con alguna otra cualidad o virtud? ¿Puede ser sabio un hombre perverso, si partimos de que cuenta con un elevado coeficiente intelectual? En suma, ¿qué más hace falta para llegar a la sabiduría? ¿Tal vez: el deseo de hacer el bien, tener experiencia o inteligencia emocional? ¿Qué diferencia al sabio del que “solo” es inteligente?

 

A ver… el diccionario define sabiduría como un grado elevado o profundo de conocimiento; y dice también que es una conducta “prudente” en la vida y en los negocios. Nada dice, sin embargo, de esa rara condición que caracteriza a ciertos seres excepcionales que nos iluminan con la fuerza de sus reflexiones, con su ejemplo moralizador, con una inteligencia puesta al servicio de la armonía social. Ellos son los que nos motivan o inspiran, los que nos hacen ver la importancia de un propósito vital, los que nos invitan a tener fe en el destino del hombre. El sabio nos empuja hacia la reflexión, nos hace ver que una buena acción hace nuestra vida más provechosa, nos hace sentir que, a pesar de todo, la vida bien vale la pena de ser vivida.

 

Tener el conocimiento no significa tener sabiduría. A veces quizá confundamos sabiduría con sapiencia, que solo equivale a conocer a fondo o dominar un tema; pero ello, por sí solo, no significa poseer también sabiduría. Lo que sí podemos decir es que el saber se va adquiriendo con empeño y esfuerzo, con experiencia; y que, además, requiere de tener una inteligencia especial -para no llamarla superior- que nos permita comprender claramente un determinado tema, en forma tal que podamos dominar esa materia y hacer reflexiones con cierta autoridad. Pero esa sapiencia no alcanza todavía el sentido moral que queremos integrar en el de sabiduría.

 

De dos aspectos si estoy seguro. Primero: para apuntar hacia los elusivos terrenos de la sabiduría no solo hace falta tener inteligencia mental, hace falta poseer también inteligencia emocional; es decir, una cierta madurez y serenidad que sirvan de sostén para valerse de esa autoridad moral que respalda al consejo que se da, al criterio ponderado que se emite. El sabio sabe mantenerse a distancia frente al prejuicio o al resentimiento. Nadie llega a sabio si no sabe atemperar su carácter, si no transmite la impresión de que su opinión o consejo no tiene otro propósito que buscar la armonía ajena y atender al bienestar de los demás.

 

Segundo, no es sabio quien utiliza su inteligencia si, además, no lo hace para procurar el bien; si solo aprovecha sus recursos para hacer daño o usa aquellas herramientas para propender al mal. Sabio, entonces, es aquél que puede participarnos una sentencia o aforismo, aquél que nos aconseja con el ejemplo y sin hacernos sentir que nos enseña, porque su intención no es nunca demostrarnos su superioridad. El sabio nos invita a meditar en nuestros valores, nos ayuda a fortalecer nuestras ideas y a orientar nuestras creencias; es quien sabe advertir nuestras incertidumbres y temores y quien, casi sin que nos demos cuenta, nos impulsa a preocuparnos por hacer más fácil la vida de los demás. Hay algo de escondida plenitud en quien posee sabiduría…

 

Un querido amigo, quien todo lo relaciona con el Creador, postula que la sabiduría nos viene de la infinita bondad de Dios. Pero, ¿qué pasa entonces con quienes no están motivados por una inclinación religiosa?, ¿están ellos acaso impedidos de actuar con sabiduría? Pienso que actuar con sabiduría no exige necesariamente relacionar nuestros actos con una motivación religiosa; lo que sí distingue a la sabiduría es una bondadosa magnanimidad, la intención de preocuparnos por el bienestar de los demás, el generoso afán por ayudar a los otros.

 

Sí, quizá  la sabiduría consista en saber detectar la diferencia entre las cosas que se pueden de las que no se pueden cambiar. Pero ello no conlleva a un proceso de resignación ni es una muestra de conformismo; la sabiduría implicaría la aceptación de las propias limitaciones. Hay en el sabio una implícita humildad. Por ello, no podrían llegar a sabios ni el fatuo ni el testarudo. El necio procura disimular su inseguridad embozado detrás de su intransigencia; lo hace no solo porque necesita porfiar, lo hace también para disimular su profana ignorancia.


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28 enero 2022

De mayordomos a emperadores

Sería difícil entender la futura organización política que tuvo Europa, y sobre todo la conformación de su posterior mapa político, sin apreciar la influencia de los llamados pueblos francos entre los siglos III y VIII (franco quiere decir libre, similar que en español, con sentido militar). Equivale a decir que: desde unos doscientos años antes que el depuesto Rómulo Augústulo, de solo diez años de edad, hubiese conseguido la dudosa fama de convertirse en último emperador romano. Muchas cosas pasaron desde entonces hasta el año 800 d.C., cuando Carlomagno alcanzaría la más alta dignidad del Sacro Imperio Romano Germánico.

 

La frontera septentrional del Imperio estaba constituida por dos accidentes naturales: el Danubio y el Rin. Esas fronteras, fueron habitadas por tribus bárbaras; no eran colonias, tenían la condición de territorios "federados": los ocupaban respetando acuerdos que tenían con los romanos (la palabra latina foedus designaba un tratado solemne y a perpetuidad). Las tribus protegían las fronteras y hasta proporcionaban contingentes militares. Los francos, se asentaron en lo que correspondería hoy a la actual Bélgica, nororiente de Francia, los Países Bajos y Renania, es decir, el noroccidente de Alemania; todo ello se llamaba Austrasia. La región formaba una cruz recostada cuyo centro era Aquisgrán; Aachen, en alemán; o Aix-le-Chapelle, en francés.

 

Los francos fueron el primer pueblo germánico asentado en territorio romano; en el 420 aprovecharon el desorden interno del Imperio para avanzar hacia el sur de la Galia y al este de la Aquitania visigoda. En el 450, ante la invasión de los hunos, se desplazaron hacia occidente y, cuando Atila se retiró, se anexionaron el norte de la Galia que llamaron Neustria. Más tarde, hicieron incursiones en el sur y ocuparon Borgoña. En este proceso surgió una dinastía que se preocupó de consolidar las conquistas previas: los merovingeos, cuyo rey Clodoveo I, nieto de Meroveo -epónimo de la dinastía-, fue el creador del reino franco; él efectuó un importante proceso de expansión. Aunque, la dinastía adoptó la costumbre de repartir cada vez el reino entre los respectivos herederos.

 

Clodoveo I era pagano; se había convertido al cristianismo luego de casarse con una princesa burgundia, con lo que no solo se habría acercado al papa y a los romanos, sino que habría propiciado una conversión masiva de sus protegidos. Los pueblos germánicos, a su tiempo, habían sido evangelizados en la fe arriana. El arrianismo, no acepta el dogma de la Trinidad, y cree que Jesucristo fue creado por Dios Padre; discrepa con la creencia de que Padre, Hijo y Espíritu Santo son uno y trino, tal como lo entienden los católicos y lo establece el Credo de Nicea. Ellos siguen las enseñanzas de un presbítero de Alejandría, conocido como Arrio (siglo III). Su postura ha dado lugar a grandes controversias en el seno de la Iglesia (pocos católicos caen en cuenta que repiten una frase todos los días, que es conocida como la “cláusula filioque”).

 

Un hijo de Clodoveo I, Clotario, se preocuparía de reunificar el reino. Para entonces, surgió la figura de unos funcionarios llamados “mayordomos de palacio”, estos eran los encargados de efectuar las tareas principales. Los mayordomos fueron adquiriendo poco a poco un inmenso poder, eran verdaderos primeros ministros y, en la practica, eran quienes gobernaban estos reinos. Esto dio lugar a que los reyes se convirtieran en personajes cómodos e inútiles, y se transformen en “reyes holgazanes”.

 

La situación propiciaba la llegada de un líder que pusiera las cosas en orden. A esa dinastía habría de seguir la Carolingia, la misma que tomó el nombre de un mayordomo que había heredado esa posición a la muerte de su padre. Carlos Martel tuvo que enfrentar a la madre del heredero al trono y a varias facciones para asegurar la transición, pues era hijo bastardo. Martel habría de consolidar su hegemonía con varias batallas de las que salió victorioso. En el 732, se enfrentó a los ejércitos árabes en Poitiers, cerca de Tours, en una batalla que definió el destino de Europa. No necesitó proclamarse rey; su hijo fue Pipino el Breve, otro incansable guerrero que no recibió el calificativo por rápido ni por sucinto. Pipino no llegaba a metro y medio, pero su estatura no fue óbice para que cumpliera a cabalidad con su cometido.

 

A Pipino habría de reemplazarlo Carolo o Karolus, mejor conocido como Carlomagno; este era alto y corpulento, y sumó a esa característica, su gran inteligencia, su olfato diplomático y un gran sentido de estrategia militar. Carlomagno fue el verdadero unificador, no solo de los antiguos reinos francos sino de gran parte de Europa; negoció con el papado, venció a los lombardos y fue ungido por el papa León III el día de Navidad del año 800, ahora era el flamante emperador del poderoso Sacro Imperio Romano Germánico; restauraba así el Imperio Romano de Occidente, desaparecido en el 476. Hoy se lo conoce como “padre de Europa”, fue enterrado en la catedral de su preferida ciudad imperial: Aquisgrán.


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25 enero 2022

Las edades de la Historia

El hombre se llamaba Christof Keller. El dominio que por un milenio y medio mantuvo el latín en el mundo occidental, hizo que se lo conociera para la posteridad como Christoforus o Cristóbal Cellarius. Eran tiempos que, en la práctica y como se puede ver, se traducían al latín hasta los apellidos, lo curioso y sorprendente no es que se hubiera hecho costumbre de algo tan superfluo e innecesario, sino que se lo hiciera muchas veces en forma ligera y arbitraria; por ventaja para su caso, al menos se había conservado el significado original: tanto Keller, en Alemán, como Cellarius, en latín, quieren decir sótano, bodega o cava. O, "cellar", como se dice en inglés.

 

Cellarius había nacido en Alemania en 1638, era historiador y se ganaba la vida como profesor de la Universidad de Halle. Habría sido la primera persona a la que se le habría ocurrido hacer aquella división, hoy ya clásica, relativa a las Edades de la Historia; el fue el primero en proponer esos tres conceptos: Edad Antigua, Media y Moderna. Keller estuvo interesado en definir en forma clara la etapa intermedia de esas edades; de hecho, el título de uno de sus tratados habría de establecer el ámbito de la misma: “Historia Medii Aevi a temporibus Constanini Magni ad Constaninopolim a Turcis captam deducta”, que quiere decir “Historia de la Edad Media: desde la época de Constantino el Grande hasta la conquista de Constantinopla por los turcos”.

 

Este concepto, el de una Edad Media como una cláusula de tiempo inamovible y definitiva, no es una entelequia universal, tampoco es válido para la Historia de otras regiones del mundo, Asia por ejemplo. Es una idea basada en lo que fue el acontecer europeo u occidental en un determinado período de tiempo. Tampoco sería correcto encasillarla dentro de los límites de años específicos pues, más que fechas, estuvo precedido por acontecimientos que se fueron desarrollando, supuso una serie de importantes cambios y transformaciones que tomaron bastante tiempo. Se establece, por ejemplo, que la Edad Media se inicia con la caída del Imperio Romano de Occidente, pero aquello fue solo consecuencia de otros factores, no solo de que el bárbaro Odoacro depuso a Rómulo Augústulo (el pequeño Augusto), el último emperador romano.

 

¿Qué caracterizó a la Edad Media? El primer factor relevante que surgió ante el debilitamiento y posterior colapso del Imperio, fue el fortalecimiento del poder de los jefes de ciertas tribus bárbaras; este es quizá el elemento más influyente, porque al habérseles dado autonomía, se propició el estado ideal para el régimen que definiría al Medievo: el feudalismo. Otro hecho importante es la consolidación y hegemonía que paulatinamente va alcanzando el Cristianismo. Del mismo modo, ésta época coincide con el gradual avance del Islam en Europa que es interrumpido con la batalla de Poitiers (año 732 d.C.), justo cien años después de la muerte del profeta Mahoma. Este episodio no evitaría, sin embargo, la posterior toma de Constantinopla que marcaría el final del Medioevo.

 

Para algunos la Edad Media va desde el año 476 d.C., considerado el de la caída del Imperio Romano de Occidente, hasta 1492, cuando Cristóbal Colón descubrió América. Hay quienes, sin embargo, hacen coincidir tres acontecimientos que sucedieron en 1453: la mencionada toma de la vieja Bizancio por los Otomanos; el final de la Guerra de los Cien Años, entre Inglaterra y Francia (que se inició en 1437 y tuvo realmente una duración de 116 años); y el descubrimiento o invención de la imprenta (efectuado por Gutenberg, y que probablemente sucedió en 1440). Este último hecho, por sí solo, habría de influir en la democratización y diseminación del conocimiento y la información, un privilegio que estuvo por muchos años reservado a monjes y copistas. De ahí en adelante, nada habría de ejercer más influjo en el pensamiento y la libertad del hombre, en sus ideas y creencias.

 

En días pasados me consultaban acerca de cuáles consideraba que habrían sido los inventos más importantes de la humanidad. Pensé en la imprenta, pero medité en cuáles le hubieran parecido, al hombre de la Baja Edad Media, al hombre del Renacimiento, los inventos más relevantes, sin tener que incluir aquellos portentosos inventos que trajo la modernidad (los antibióticos, la luz eléctrica, las máquinas a vapor, el motor a combustión, la aviación, el teléfono, el televisor, el ordenador o el internet), y he pensado en lo que representaron otras iniciativas más antiguas que fueron propiciadas por la imaginación del hombre, como la rueda o el fuego, la escritura o el alfabeto, o el arado que siguió a la agricultura. Pensé en todo ese avance formidable que refleja aquella cadena continua de causa y efecto que llamamos civilización.


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21 enero 2022

Un largo y ardiente romance

Era la última semana de agosto de 1969; a la sazón, yo era todavía menor de edad. Me hizo falta, por lo mismo, conseguir un apoderado (guardián) para obtener la visa americana y ser aceptado en la academia de vuelo en los Estados Unidos. El día previo a mi partida, cometí un pecado de inoportunidad: “me declaré” a quien sería, oficial y técnicamente, la primera enamorada que tuve en mi vida (siempre fui algo tardío para los trámites del corazón). Eso, con un interregno de libertad intermedia que duró casi un año, sucedió a principios de los años setenta. Creo que estuve convencido de que la afortunada sería no solo la primera sino también mi última enamorada, es decir que aquella calentura me duraría para el resto de mis días…

 

Lejos de lo que pudiera pensarse, no siempre tuve auto propio (esos solo son comentarios perversos propagados por mis desaprensivos enemigos políticos); eso vino recién cuando me promovieron a comandante cuando apenas tenía diecinueve añitos. Estaba obligado, por lo mismo, a ir a recoger en bus todas las tardes a la interfecta a su salida de oficina; el lugar consistía en una agencia de viajes situada frente a la Alameda, entre Hilton Shop y la librería Cima. Mientras disimulaba mi ansiosa espera, solía explorar las últimas novedades editoriales que exhibía el negocio de libros referido. Fue allí donde me dejé cautivar por una colección de Plaza & Janés: se trataba de una edición de lujo, en quince tomos, de los Premios Nobel de Literatura. Puede decirse que fue allí cuando comenzó mi romance con Suecia y sus escritores.

 

Cedí a la novelería. Decidí adquirir los primeros tres tomos y postergué la compra de los doce restantes para la Navidad de los años siguientes… La fémina estaba tan seducida por mis ya comprobados como incuestionables encantos que se comprometió a aportar con el resto de los volúmenes, uno por cada Pascua venidera. Mas, fue solo “promesa de cumbiambera”: nunca pasé del quinto compendio… Así supe de Selma Lagerlöf, Premio Nobel 1909, con su extraordinaria saga: “La leyenda de Gösta Berling” (vol. 1); siempre recordaré su formidable novela como una de las más fascinantes historias que jamás disfruté en mi vida. Así conocí también de Pär Lagerkvist, Premio Nobel del año de mi nacimiento (vol. 4); suya es aquella genial novela corta, de la soledad y de la angustia, titulada “Barrabás”, el despreciado y oscuro personaje bíblico.

 

La fémina tenía su residencia en el barrio de La Floresta, muy cerca de la casa dónde vivía otra agraciada jovencita, de porte escandinavo, que salía a pasear por las tardes en compañía de sus celosos y nada amigables mastines. Lejos estuve de sospechar que esa misma dama vikinga se desposaría un día con quien llegaría a ser mi colega de profesión y, ante todo, el más cercano de mis ocasionales confidentes, un amigo y compañero para toda la vida.

 

En el verano del 91 tuve oportunidad de conocer Suecia, un país con una extensión de 450.000 kilómetros cuadrados, con algo más de diez millones de habitantes. Era la primera vez que iba a Escandinavia, la tierra de Grieg y Sibelius, dos de mis compositores favoritos. Llegué a Estocolmo, situada a sesenta grados de latitud norte, para realizar un curso de Seguridad Aérea; su aeropuerto, el de Arlanda, era el más avanzado que existía en el mundo. Entonces supe lo que era el verano boreal y el real color azul cobalto: creo que nunca vi la noche. Me había becado el gobierno sueco para efectuar una de las más completas e intensivas capacitaciones que realizaría en mi vida de piloto. Lo hice en Swedavia, uno de los institutos más reconocidos en el mundo para esa especialidad. Las bases que entonces adquirí serían cimiento para muchas actividades en las que más tarde participaría.

 

No he vuelto a Suecia, aunque después he estado muchas veces en Dinamarca. Desde Kastrup, el aeropuerto de Copenhague, se puede divisar la costa suroccidental de Suecia. Un interminable puente cruza el Báltico y une Kastrup con Malmo en Suecia, puerto que está ubicado justo en una zona conocida con el mismo nombre de unos famosos camiones: Escania. Copenhague es una ciudad hecha para caminar; paseando se llega a todas partes: al parque de Tívoli, al museo de Tycho Brahe o a la diminuta estatua de la Pequeña Sirenita, la protagonista del famoso cuento de otro prolífico escritor danés: Hans Christian Andersen.

 

Si bien lo reviso, mi romance con Suecia no ha concluido: manejo un Volvo, paradigma del automóvil seguro y confiable; de hecho, he manejado esa marca por casi veinte años. Suecia es patria de gente amable, dotada de un enorme sentido de comunidad, amiga de realizar cortos cruceros por el Báltico, donde se pueden degustar los camarones más sabrosos que haya probado en mi vida. Nunca olvidaré aquel su vino blanco inagotable. ¡Skål!


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18 enero 2022

Empanadas de “guarmilla”

La vida es un continuo, insospechado e inagotable descubrimiento; no obstante, dicho proceso depende en gran medida de nuestra propia volición, es un acto de voluntad. Además, no siempre los hallazgos son gratuitos, es muy poco probable que los mismos sean la mera consecuencia de la casualidad. A la larga, “quien busca encuentra”, pues es poco posible, y menos plausible, que descubramos algo nuevo sentados en la comodidad de nuestros hogares y no tomemos siquiera un texto de lectura cualquiera para tratar de desvelar algo nuevo. Es más, me atrevería a postular algo adicional: no hay nada que nos produzca más placer ni nos haga tan felices como el proceso de explorar –cualquiera sea su forma– para así dar con un nuevo descubrimiento.

 

Lo comentado ha empezado a sucederme durante los fines de semana que es cuando me proveo de perruna compañía y salgo a deambular por lugares que antes no había explorado ni conocido. Así descubro, en frase de Borges, que la geografía no deja de presentarse como un “jardín donde los senderos se bifurcan”, donde existen otros sitios, terrenos y paisajes, donde se encuentran diversas situaciones y condiciones; uno hace nuevas e insospechadas indagaciones, adquiere inesperados conocimientos, y se cruza con gente nueva y diferente.

 

Hoy atravesé el cercano barrio de San Carlos, y puse rumbo hacia La Merced. Allí, la carretera parece terminar junto a una estribación del cerro Ilaló, en su parte suroriental; sin embargo, aunque el camino se angosta y se transforma en un sendero sinuoso, se mantiene la doble vía y el pavimento se prolonga por unos pocos kilómetros. De pronto el asfalto termina y ofrece dos opciones: una primera consiste en una curva empedrada de no más de trecientos metros que dirige hacia una quebrada donde funciona un pequeño balneario de aguas termales. La otra pide continuar por la izquierda, siguiendo el perfil de la montaña y dirige hacia el norte, con dirección a Tumbaco, lo hace rodeando la montaña, siempre por su costado oriental.

 

Este es un camino poco transitado pero, en todo caso, “carrozable”; es decir, está destinado al uso de vehículos aunque dependiendo de su tipo (no se lo recomienda para automóviles de baja suspensión, pues el estado de su empedrado es precario y lamentable). En parte, su condición puede deberse al descuido de las entidades públicas, en parte también a lo poco que el sector se ha poblado y, en gran medida, a las características del terreno. Puedo decir que quizá existan muy pocos lugares en el mundo donde la tierra se exhiba tan irregular y quebradiza. Da la impresión de que tractores gigantescos o máquinas colosales se han encargado de crear surcos y desniveles, convirtiendo a ese erial en algo insólito, desigual y accidentado. Es posible también que el tipo de tierra que ahí existe sea terriblemente frágil y deleznable.

 

En el sitio donde el asfalto termina, Delia –una mujer de la localidad, muy sencilla y amigable–, expende empanadas los días domingos; estas están hechas de una mezcla de harina de Castilla y harina de maíz, una combinación que evita que estas se impregnen del mismo aceite con el que las fríen. Las conocen como “empanadas de guarmilla” porque, según Delia y sus familiares, quienes mezclan la harina son siempre mujeres (guarmi es mujer en quichua). Yo sospecho que la voz viene más bien del otro sentido que tiene la palabra guarmi, que también quiere decir “casarse”. Si casarse es también una forma de juntarse, en eso precisamente consiste la guarmilla, que es una harina resultante de juntar o mezclar dos harinas distintas.

 

El lugar donde se encuentra la Y, vale decir donde el camino pavimentado concluye y la vía se bifurca, es conocido por los lugareños como Casachupa (de “casa” –o casha– que significa espina o aguijón, y “chupa” que quiere decir rabo); me atrevo a traducir como “punta del aguijón” o  “rabo de la espina” (los lugareños suponen que quiere decir "aguijón de la abeja"). Desde este lugar, la vista hacia el norte no se interrumpe hasta el siguiente caserío (no creo que alguien quiera llamarlo como aldea o recinto), este está ubicado a mitad de camino. Le han dado por llamar Chuspiyacu (de “chuspi”, que significa mosca, y “yacu” que se traduce como agua o río). “Este es un sitio muy seco” dicen sus moradores, “aquí no hay agua y nadie ha visto un río, tal vez quienes lo bautizaron habrían visto un río de moscas en la ladera”. Me pregunto si el nombre es solo deformación de Chuspiacu, pero tampoco haría sentido.

 

No veo por estos lares ningún tipo de cultivo. Ello no extraña, dado el carácter agreste y desigual del terreno. “¿De qué viven?”, pregunto. “Salimos a trabajar fuera”, responden al unísono. Me animo a predecir, o al menos a conjeturar, que un día no muy lejano una vía de alta velocidad –tal vez una autopista– cruzará por en medio de esta insólita comarca y dará paso al inexorable progreso de este sector tan tosco y áspero, tan arrugado y yermo.


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14 enero 2022

“Había sabido saber” y “de hoy en ocho”

Mi siempre esforzada e industriosa concuñada Lucía, a quien con frecuencia le llaman la atención ciertos giros y palabras que utilizamos los ecuatorianos, suele decirme que soy su “cuñado ecuatoriano piloto favorito”, con lo cual no termina de decirme “ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario”, como decía con travesura no exenta de picardía otro de mis concuñados. No obstante, siendo como es ella peruana de origen, y en el ánimo de otorgar un tono de reciprocidad al propósito de su probable preferencia, no hago sino contestarle que ella también es mi “cuñada trujillana educadora predilecta”… Es ella quien me hace advertir que los ecuatorianos usamos expresiones como aquella del “había sabido saber” o aun otra, un tanto más confusa, como la de hacer algo “de hoy en ocho”.

 

Claro que aquel “había sabido saber” no es sino una forma de exageración para poner énfasis en la idea que ella trata de subrayar: la de que cuando decimos “había sabido irse de pesca” o “había sabido jugar golf”, lo único que queremos expresar es que alguien “tenía la costumbre” o “había tenido la costumbre” de efectuar o ejercitar cualquiera de esas actividades. De hecho, cuando decimos “había sabido hablar francés”, por ejemplo, lo que estamos tratando de comentar, en forma adicional, es que alguien tenía un don, o cualidad, que no los habíamos conocido con anterioridad. Sí, creo que ella también “había sabido” darse cuenta…

 

Pero si hay algo que a Lucía le lleva por el camino de la amargura es algo que no es tan incorrecto, como ella sugiere, ni tampoco es un exclusivo ecuatorianismo; me refiero a la costumbre que tenemos de referirnos a un plazo que empieza el día de hoy y se cumple dentro de una semana (la misma que solo tiene siete días) cuando formulamos un “de hoy en ocho”. Para empezar, y como ya comenté, no es realmente un ecuatorianismo, es una frase adverbial que se la usa en la mayoría de los países de América (un poco menos en el sur del continente) y, lo que es más sorprendente, el giro incluso se utiliza en muchas regiones de España. Algo que también es cierto, es que esta expresión parece que antes se la utilizaba con más frecuencia y que la costumbre de usarla varía de acuerdo a la región o ciudad, e incluso de acuerdo al uso que se le da en cada familia.

 

Pero antes, hace falta hacer una aclaración: el modo correcto de emplear la expresión es con el uso de la preposición “de” y el adverbio “hoy” al inicio la frase; debe decirse, por lo mismo, “de hoy en ocho”, utilizando hoy en forma inclusiva. No sería lo mismo expresar “de hoy en ocho” que decir “dentro de ocho días” o “después de ocho días”. Así, si hoy es lunes y digo “de hoy en ocho” quiero decir el lunes siguiente, porque estoy utilizando el primer lunes en forma inclusiva. No así si aplico cualquiera de las otras fórmulas, en cuyo caso significaría que no estoy refiriéndome a una semana sino realmente a una adición en el calendario de ocho días (no de siete). Nótese, en este sentido, que lo mismo vale para cuando hablamos de “hoy en quince” o de “una quincena” cuando lo que queremos significar es realmente un lapso de dos semanas o, lo que es lo mismo, solo catorce y no quince días.

 

Ahora bien, ¿de dónde nos viene esta vieja o anticuada costumbre (inexacta, por lo demás)? Tal parece que es herencia del castellano antiguo, pues existe en casi todas o (con harta probabilidad) en todas las lenguas influenciadas por el latín, me refiero a las diferentes lenguas del romance. Esto ha sucedido probablemente por una sencilla razón: porque entre los romanos la forma de contabilizar los días, con las calendas, idus y nonas, era un método inclusivo en el que se añadían tanto el día actual como el de referencia. Así, si se hablaba del octavo día antes de las calendas de julio, estábamos hablando del 24 de junio, es decir del primero de los siete días finales de ese mes que, añadido al de las calendas de julio (o primer día de este mes) sumaban ocho días. Con ello, si hacemos cuentas, tanto el 24 de junio como el primero de julio caerían en un mismo día de la semana.

 

Resumiendo, y aunque suene prefabricado, este “de hoy en ocho” solo quiere decir “en una semana” o “luego de siete días”. Insisto: no quiere decir, “hoy más ocho días” sino “hoy, que cuenta como uno, más otros siete días”. Tampoco debe decirse “cada ocho días” ni “después de ocho días”. Así, no hay lugar para confundirse.

 

Mi querida “concuñada peruana confundida favorita” que, según me ha confesado, está muy interesada en aprender a preparar una paella española (pues dice que en el pasado me ha visto elaborar una), bien puede, por lo tanto, hacerse presente “de hoy en ocho” (o de hoy en ocho días), si es que quiere conocer cómo se debe preparar esa forma de arroz español; pero ¡cuidado!, no vaya a venir “luego” de ocho días, porque no solo que ya no va a poder aprender ni la fórmula ni la receta; sino que solo va a encontrar el cocolón o, lo que es lo mismo, el socarrat...


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