11 febrero 2022

“Ah, a propósito…”

Hay veces que hacemos un largo paréntesis y nos salimos del tema. Esto, cuando hablamos o escribimos, se conoce como digresión; sucede cuando rompemos el hilo del discurso y pasamos a hablar de algo que pudiera no estar relacionado. Por ello, y justo a propósito, permítanme hacer otra digresión: tengamos mucho cuidado cuando utilizamos la palabra “disgresión” (con ese intermedia), la misma que no existe. A menos que queramos decir disgregación, que es la acción y efecto de disgregar, lo que significa desunir o separar: que es algo diferente.

 

Ayer nomás, subía el hoyo cuatro (fui a jugar golf con mi “foursome” acostumbrado), cuando de pronto uno de mis amigos comentó que estaba leyendo una novela “brutal” (es su adjetivo predilecto). Se refería a un libro cuyo autor es un amigo mutuo y que lleva por título una frase en latín: “Pecunia non olet”, que pudiera traducirse como “El dinero no huele mal”. La novela trata un tema, que es ya común y corriente en nuestros países, la corrupción; y que sucede porque lo permite la otra cara de la moneda: la excesiva tolerancia política, la inmoral impunidad.

 

Como este amigo (el del comentario), a quien llamaré “Guasón”, suele iniciar sus incontenidos coloquios justo cuando alguien trata de concentrarse y está a punto de golpear su pelota, le pedí que se esperara para conversar más tarde. Bien sabía yo que “pecunia” es una palabra latina relacionada con el dinero; de ahí que el término “pecuniario” signifique lo mismo. Sabido es, y por toda la parroquia, que “Guasón” no tolera el zumbido de una mosca, menos el movimiento de una sombra o la más mínima palabra emitida por sus compañeros. ¡Pobre del que se atreva a toser cuando él está a punto de ejecutar su golpe! El grito estentóreo de ¡Silencio!, o ¡Caaaalla!, resonará cual maldición por todos los sectores de la cancha… Y ahí mismo se hará efectiva aquella sentencia bíblica, la del “llanto y crujir de dientes” (Mateo, 13:50; Lucas, 13:28).

 

Cuando más tarde nos disponíamos a hablar de lo que había quedado suspenso, hice una breve referencia al tema pendiente. Recordaba que existía alguna relación entre unas palabras que tenían una raíz etimológica similar (pecus); recordaba que voces como peculio, pecuniario, pecuario y peculiar (ver la página Etimologías de Chile) estaban emparentadas y comenté, con absoluta inocencia, y sin ninguna escondida intención, que las voces peculio y peculiar tenían el mismo origen. Fue cuando alguien creyó que lo que yo comentaba, quizá contenía una insinuación de carácter erótico (¿sería eso? ¡No sé, uno nunca sabe!), y un tanto disgustado me espetó: ¡Ya vas con otro de tus chistes de primer grado! “No, no lo digo de broma, lo digo totalmente en serio”, atiné a balbucir. Lástima que quise terminar de comentar algo interesante, que solo fue merecedor de un cierto desdén…

 

Existen ocasiones en que de pronto pensamos en algo distinto a lo que hemos estado conversando. Entonces, interrumpimos con aquella idea, sin estar seguros de que lo nuevo pudiera no estar relacionado con lo que previamente veníamos platicando. Pero… para eso mismo es la conversación, para hablar un poco de todo. Y, si no hay relación, simplemente retomamos el tema y retornamos al hilo del discurso. Sabemos a priori que cuando decimos: “a propósito”, lo que introducimos, como nuevo punto de reflexión, no siempre está relacionado con lo que veníamos discutiendo. Para nosotros, quizá pudiera tener alguna relación, aunque ya, bien pensado, aquel “impromptu” nos habría conducido a interrumpir lo que veníamos discutiendo, al no estar relacionado con el tema de la conversación que estaba en curso.

 

Respecto a “peculio” y peculiar veamos lo que dice la página mencionada: 

 

“El adjetivo peculiar viene del latín peculiaris (perteneciente al peculio, también lo que es propio, característico y privativo de cada persona). Se trata de un derivado de peculium, vocablo que en origen parece que designaba a la parte del ganado que un dueño regalaba en propiedad al esclavo que lo cuidaba. También peculium en la Roma antigua se transforma en un término jurídico que designa al conjunto de bienes y dinero que constituyen la propiedad… y que podía estar constituido por todo tipo de bienes excepto bienes inmuebles (casas o campos), ya que los inmuebles solo podían ser propiedad del pater familias.

 

“La palabra peculium, como la palabra pecunia (dinero), tienen la misma raíz originaria que pecus, pecoris (ganado), de modo que peculiar, pecuniario, pecuario y agropecuario ostentan la misma raíz indoeuropea pekus que designa en origen a la riqueza y bienes muebles, de los que en tiempos muy primitivos el principal era el ganado”. Hasta aquí lo entrecomillado. LQQD. . .


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08 febrero 2022

Crónicas y otras historias

Como creo haberles contado, volé mis últimos años como piloto, al servicio de una empresa islandesa, la Air Atlanta Icelandic. El mío era un contrato “on demand”, que se conoce en inglés como “free lance”. Operaba el Boeing 747-400 y estaba basado en Jeddah, que es una ciudad situada en la costa oriental del mar Rojo (en cuanto al nombre del mar: he oído que para los persas el negro representaba el norte y el rojo el sur; quizá esto explique también el título de la novela de Stendhal). La empresa operaba una flota de 18 Jumbos atendiendo un muy productivo contrato con Saudía, la aerolínea árabe. Lo vuelos cubrían las necesidades del “Hadjj”, la peregrinación religiosa que realizan los musulmanes a La Meca.

 

A pesar de que mis vuelos iban desde Marruecos hasta Indonesia, lo regular era que mis más frecuentes destinos estuvieran relacionados con el norte de África, Turquía y los países del Medio Oriente. Solo volando a Turquía debo haber estado en una docena de aeropuertos distintos; la mayoría a solo un par de horas de vuelo desde Jeddah, todos con terminales recién construidos. Una mañana me llamaron para que operara un vuelo a Bodrum que, al revisar en el mapa, descubrí que era un resort turístico ubicado en la esquina suroccidental de la península de Antalya (Anatolia), casi enfrentado a la isla de Rodas (aquella del muy nombrado Coloso).

 

Fuimos, la noche que llegamos, a un restaurante situado en la costa. Ahí supe que el nombre de la ciudad, que me sonaba latino, era efectivamente una deformación de Petronium, la ciudad de Pedro. Así la habían bautizado los Hospitalarios de San Juan, hoy Caballeros de la Orden de Malta, quienes habían utilizado las piedras de un famoso mausoleo (alguna vez considerado una de las siete maravillas del mundo) para construir un castillo en honor a San Pedro (!qué insólita locura!…) El mausoleo habría sido construido por la viuda de un antiguo sátrapa, llamado Mausolo, rey de Caria, aquello habría dado nombre a ese tipo de monumentos. Pero, más sorprendente me pareció que ese no había sido el primer nombre de Bodrum, sino Halicarnaso: la cuna de un famoso historiador griego.

 

Con Heródoto (484 a 425 a.C.), que sería reconocido como padre de la Historia, se empiezan a utilizar nuevos recursos; su método consistía en hacer preguntas a los testigos y comentar sobre lo que él mismo había visto y oído. Su trabajo se exponía en la forma de reportajes o informes de lo que hasta entonces se daba por conocido. Para él, como lo fue para Tucídides, la Historia era todavía una combinación de episodios reales con otros donde se confundían la leyenda y hasta el mito. Más tarde, con los historiadores del Imperio Romano, como Tácito o Suetonio, los Anales (de anual u ocurrido en un año) se convirtieron en la descripción del pasado, mientras que la Historia representaba lo contemporáneo, lo que iba sucediendo.

 

Terminada la Edad Media, fue en el siglo XVI, el de los grandes viajes y descubrimientos, cuando se asistió al nacimiento de una nueva forma de descripción, e incluso a un nuevo tipo de género literario; se lo conoció como crónica histórica. Los cronistas narraban episodios registrando fechas ordenadas de lo que iban observando y descubriendo (incluyendo la descripción de culturas y pueblos). No es coincidencia que el primer cronista haya sido Cristóbal Colón, el Almirante, con su Diario de a bordo. Más tarde, las Crónicas de Indias estarían a cargo de religiosos, exploradores, conquistadores y escribanos que se esmeraron en hacer buen uso del idioma, sea porque sus relatos estaban dirigidos a los monarcas o porque querían dejarlo todo bien presentado o mejor escrito.

 

No siempre los cronistas estuvieron presentes en las gestas que relataron; otros, en cambio, sí fueron parte de los acontecimientos, aunque escribieron solo “por encargo”; en estos casos, corrieron el riesgo de ser laudatorios y no objetivos. El suyo, más que un documento histórico, pudo pasar a ser una justificación deformada con un propósito más bien político. Hacia el año 1524 se habría de fundar el Consejo de Indias, organismo que creó la figura de un funcionario conocido como “Cronista Mayor”, quien asumió la responsabilidad de ciertas narraciones oficiales.

 

En nuestras latitudes fueron importantes: Pedro Cieza de León (Primera parte de la crónica del Perú - 1553); Agustín de Zárate (Historia del descubrimiento y conquista del Perú – 1555); Gaspar de Carvajal (Relación del descubrimiento del rio Grande de las Amazonas – 1559); Sarmiento de Gamboa (Historia de los Incas – 1572). Hubo dos oriundos de estas mismas tierras: el inca Garcilaso (García Lasso) de la Vega (Comentarios reales de los Incas – 1609 e Historia general del Perú - 1617); así como Felipe Guamán Poma de Ayala (Nueva crónica - 1600 y Buen gobierno – 1615). También se destacaron Fray Reginaldo de Lizárraga y otro cronista, amigo de Pizarro, quien se había desposado con una prima del Inca quiteño Atahualpa: se llamaba Juan de Betanzos.


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04 febrero 2022

De expolios y eufonías

En mis tiempos de colegio, creo que escuché alguna vez al Lucho Campos –sin duda, uno de los mejores maestros que creo haber tenido– acerca de la necesidad de relacionar la Historia con la Geografía. “Estas son como un reflejo del ser humano –sentenció– donde la Historia se encarga de explicar el alma y la otra se preocupa de analizar la anatomía”. Con ello, lo que creo que trataba de poner de relieve el educador cubano, era el enorme influjo recíproco que por siempre ha existido entre estas dos importantes como complementarias disciplinas.

 

Hoy pienso referirme a un episodio que quizá no esté muy relacionado con lo que acabo de comentar, pero no me cabe duda que me ayudará a desarrollar el tema y también a elaborar el contexto. Si usted tiene un poco de paciencia, amable lector, tome un mapa del mar Caribe y sígame en el siguiente planteamiento: Hacia el oriente de Cuba, encontrará una isla que equivale a sus dos terceras partes; Colón la llamó Española. Esta isla incorpora actualmente a dos naciones: Haití y República Dominicana. Si continuamos en esa dirección, encontraremos otra isla más pequeña –quizá ocho veces menor a la anterior–, con algo menos de diez mil kilómetros cuadrados (la superficie de la provincia del Azuay); se llama Puerto Rico. Hoy, Borinquen, que así era como originalmente se llamaba, es un estado asociado de los Estados Unidos.

 

Pero si vamos algo más hacia levante, vamos a encontrar un pequeño archipiélago de diminutas islas que forman la parte más noroccidental de las Antillas Menores o Islas de Barlovento. Hoy se las conoce como Islas Vírgenes; una parte de ellas es americana (US), consiste en tres pequeñas islas llamadas San Juan, Santo Tomás y Santa Cruz, que en 1917 fueron adquiridas a Dinamarca por veinticinco millones de dólares (no confundirlas con sus vecinas, las Islas Vírgenes Británicas). De estas, nos interesa Saint Thomas que solo tiene ochenta kilómetros cuadrados y cuya principal población es Charlotte Amalie.

 

Ahí, en Santo Tomás, nació en 1830, cuando todavía era territorio danés de ultramar, uno de los pintores más influyentes que han existido. Se trata de quien es considerado como uno de los padres del Impresionismo; se llamó Jacobo Abraham Camille Pissarro, venía de familia judía e influyó en pintores que siempre lo consideraron como su maestro (van Gogh, Cézanne, Gauguin). Se dice que su padre fue a la isla a hacerse cargo de la herencia dejada por un tío y se terminó casando con la viuda, quien sería quien le trajo al mundo… A propósito: hay algo curioso con los nombres de unos pocos santos; en efecto, para todos se utiliza el prefijo “san”, con excepción de santo Tomás, santo Toribio y santo Domingo. Algo similar sucede con Santiago, a quien no se le añade el san. Se lo hace por “eufonía”; es decir, para que no suene desagradable, solo para que suene mejor…

 

En estos días, un cuadro de Pissarro, pintado en 1897 y conocido como “Rue St. Honore, efecto de la lluvia en la tarde” está generando una inusitada controversia. Habría sido adquirido en 1926 por una acaudalada dama judía conocida como Lilly Cassirer-Neubauer; pero, 13 años más tarde, ella se habría visto obligada a venderlo por el irrisorio precio de $ 360, todo para poder salir de Alemania y evitar ser recluida en un campo de concentración. Finalizada la Guerra, Lilly habría reclamado la devolución de su cuadro y recibido una “compensación” de 120.000 marcos, en vista de que el cuadro, objeto del expolio nazi, había desaparecido. En 1951, la pintura habría sido localizada en Estados Unidos y adquirida por el coleccionista Sydney Brody. Hacia 1976 el cuadro habría sido comprado por el barón Hans Heinrich Thyssen-Bordemisza, quien pagó $ 360.000 (dólares) a una galería neoyorquina; pero en 1993 lo habría vendido en 350 millones de dólares –como parte de una colección– al estado español.

 

Mientras todo esto pasaba, un heredero de la Sra. Cassirer, un fotógrafo que falleció en 2010 a los 89 años, habría descubierto por casualidad el cuadro propiedad de su pariente, en el año 2000, en una sala de la Fundación Thyssen, poco antes de reclamar su pertenencia y ocho años luego de que el cuadro se hubiera estado exhibiendo en el afamado museo en forma permanente.

 

Ahora bien, y mientras los jueces siguen dilucidando, subsiste un tema legal que mantiene ocupado al mundo de la cultura: ¿de quién mismo es la obra? Se entiende que la propietaria original ya fue compensada, aunque compensar solo significa resarcir (muchas veces, solo en forma parcial) para contrarrestar un determinado perjuicio… Se trata, en este caso, de una confiscación, un despojo efectuado con violencia, malas artes y cierta iniquidad. No se descarta que entre la Fundación Thyssen y la familia Cassirer vayan a tener que ponerse de acuerdo para repartirse la parte gruesa del beneficio. A buen seguro que el cuadro también va a tener que cambiar de nombre, ¿qué tal: “Museo Thyssen, efecto de un expolio hacia el final del crepúsculo”?…


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01 febrero 2022

Inteligencia y sabiduría

 God grant me the serenity to accept the things I cannot change, the courage to change the things I can, and the wisdom to know the difference”.

No sé quién lo dijo, pero me parece una frase formidable: “Señor, dame la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el coraje para cambiar las que puedo hacerlo y la sabiduría para saber la diferencia”. Pero… ¿qué se requiere para acertar con esa diferencia?, ¿acaso, solo poseer un mínimo nivel de inteligencia? O, aún mejor: ¿solo tener una determinada dosis de inteligencia?, ¿o, hace falta también contar con alguna otra cualidad o virtud? ¿Puede ser sabio un hombre perverso, si partimos de que cuenta con un elevado coeficiente intelectual? En suma, ¿qué más hace falta para llegar a la sabiduría? ¿Tal vez: el deseo de hacer el bien, tener experiencia o inteligencia emocional? ¿Qué diferencia al sabio del que “solo” es inteligente?

 

A ver… el diccionario define sabiduría como un grado elevado o profundo de conocimiento; y dice también que es una conducta “prudente” en la vida y en los negocios. Nada dice, sin embargo, de esa rara condición que caracteriza a ciertos seres excepcionales que nos iluminan con la fuerza de sus reflexiones, con su ejemplo moralizador, con una inteligencia puesta al servicio de la armonía social. Ellos son los que nos motivan o inspiran, los que nos hacen ver la importancia de un propósito vital, los que nos invitan a tener fe en el destino del hombre. El sabio nos empuja hacia la reflexión, nos hace ver que una buena acción hace nuestra vida más provechosa, nos hace sentir que, a pesar de todo, la vida bien vale la pena de ser vivida.

 

Tener el conocimiento no significa tener sabiduría. A veces quizá confundamos sabiduría con sapiencia, que solo equivale a conocer a fondo o dominar un tema; pero ello, por sí solo, no significa poseer también sabiduría. Lo que sí podemos decir es que el saber se va adquiriendo con empeño y esfuerzo, con experiencia; y que, además, requiere de tener una inteligencia especial -para no llamarla superior- que nos permita comprender claramente un determinado tema, en forma tal que podamos dominar esa materia y hacer reflexiones con cierta autoridad. Pero esa sapiencia no alcanza todavía el sentido moral que queremos integrar en el de sabiduría.

 

De dos aspectos si estoy seguro. Primero: para apuntar hacia los elusivos terrenos de la sabiduría no solo hace falta tener inteligencia mental, hace falta poseer también inteligencia emocional; es decir, una cierta madurez y serenidad que sirvan de sostén para valerse de esa autoridad moral que respalda al consejo que se da, al criterio ponderado que se emite. El sabio sabe mantenerse a distancia frente al prejuicio o al resentimiento. Nadie llega a sabio si no sabe atemperar su carácter, si no transmite la impresión de que su opinión o consejo no tiene otro propósito que buscar la armonía ajena y atender al bienestar de los demás.

 

Segundo, no es sabio quien utiliza su inteligencia si, además, no lo hace para procurar el bien; si solo aprovecha sus recursos para hacer daño o usa aquellas herramientas para propender al mal. Sabio, entonces, es aquél que puede participarnos una sentencia o aforismo, aquél que nos aconseja con el ejemplo y sin hacernos sentir que nos enseña, porque su intención no es nunca demostrarnos su superioridad. El sabio nos invita a meditar en nuestros valores, nos ayuda a fortalecer nuestras ideas y a orientar nuestras creencias; es quien sabe advertir nuestras incertidumbres y temores y quien, casi sin que nos demos cuenta, nos impulsa a preocuparnos por hacer más fácil la vida de los demás. Hay algo de escondida plenitud en quien posee sabiduría…

 

Un querido amigo, quien todo lo relaciona con el Creador, postula que la sabiduría nos viene de la infinita bondad de Dios. Pero, ¿qué pasa entonces con quienes no están motivados por una inclinación religiosa?, ¿están ellos acaso impedidos de actuar con sabiduría? Pienso que actuar con sabiduría no exige necesariamente relacionar nuestros actos con una motivación religiosa; lo que sí distingue a la sabiduría es una bondadosa magnanimidad, la intención de preocuparnos por el bienestar de los demás, el generoso afán por ayudar a los otros.

 

Sí, quizá  la sabiduría consista en saber detectar la diferencia entre las cosas que se pueden de las que no se pueden cambiar. Pero ello no conlleva a un proceso de resignación ni es una muestra de conformismo; la sabiduría implicaría la aceptación de las propias limitaciones. Hay en el sabio una implícita humildad. Por ello, no podrían llegar a sabios ni el fatuo ni el testarudo. El necio procura disimular su inseguridad embozado detrás de su intransigencia; lo hace no solo porque necesita porfiar, lo hace también para disimular su profana ignorancia.


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28 enero 2022

De mayordomos a emperadores

Sería difícil entender la futura organización política que tuvo Europa, y sobre todo la conformación de su posterior mapa político, sin apreciar la influencia de los llamados pueblos francos entre los siglos III y VIII (franco quiere decir libre, similar que en español, con sentido militar). Equivale a decir que: desde unos doscientos años antes que el depuesto Rómulo Augústulo, de solo diez años de edad, hubiese conseguido la dudosa fama de convertirse en último emperador romano. Muchas cosas pasaron desde entonces hasta el año 800 d.C., cuando Carlomagno alcanzaría la más alta dignidad del Sacro Imperio Romano Germánico.

 

La frontera septentrional del Imperio estaba constituida por dos accidentes naturales: el Danubio y el Rin. Esas fronteras, fueron habitadas por tribus bárbaras; no eran colonias, tenían la condición de territorios "federados": los ocupaban respetando acuerdos que tenían con los romanos (la palabra latina foedus designaba un tratado solemne y a perpetuidad). Las tribus protegían las fronteras y hasta proporcionaban contingentes militares. Los francos, se asentaron en lo que correspondería hoy a la actual Bélgica, nororiente de Francia, los Países Bajos y Renania, es decir, el noroccidente de Alemania; todo ello se llamaba Austrasia. La región formaba una cruz recostada cuyo centro era Aquisgrán; Aachen, en alemán; o Aix-le-Chapelle, en francés.

 

Los francos fueron el primer pueblo germánico asentado en territorio romano; en el 420 aprovecharon el desorden interno del Imperio para avanzar hacia el sur de la Galia y al este de la Aquitania visigoda. En el 450, ante la invasión de los hunos, se desplazaron hacia occidente y, cuando Atila se retiró, se anexionaron el norte de la Galia que llamaron Neustria. Más tarde, hicieron incursiones en el sur y ocuparon Borgoña. En este proceso surgió una dinastía que se preocupó de consolidar las conquistas previas: los merovingeos, cuyo rey Clodoveo I, nieto de Meroveo -epónimo de la dinastía-, fue el creador del reino franco; él efectuó un importante proceso de expansión. Aunque, la dinastía adoptó la costumbre de repartir cada vez el reino entre los respectivos herederos.

 

Clodoveo I era pagano; se había convertido al cristianismo luego de casarse con una princesa burgundia, con lo que no solo se habría acercado al papa y a los romanos, sino que habría propiciado una conversión masiva de sus protegidos. Los pueblos germánicos, a su tiempo, habían sido evangelizados en la fe arriana. El arrianismo, no acepta el dogma de la Trinidad, y cree que Jesucristo fue creado por Dios Padre; discrepa con la creencia de que Padre, Hijo y Espíritu Santo son uno y trino, tal como lo entienden los católicos y lo establece el Credo de Nicea. Ellos siguen las enseñanzas de un presbítero de Alejandría, conocido como Arrio (siglo III). Su postura ha dado lugar a grandes controversias en el seno de la Iglesia (pocos católicos caen en cuenta que repiten una frase todos los días, que es conocida como la “cláusula filioque”).

 

Un hijo de Clodoveo I, Clotario, se preocuparía de reunificar el reino. Para entonces, surgió la figura de unos funcionarios llamados “mayordomos de palacio”, estos eran los encargados de efectuar las tareas principales. Los mayordomos fueron adquiriendo poco a poco un inmenso poder, eran verdaderos primeros ministros y, en la practica, eran quienes gobernaban estos reinos. Esto dio lugar a que los reyes se convirtieran en personajes cómodos e inútiles, y se transformen en “reyes holgazanes”.

 

La situación propiciaba la llegada de un líder que pusiera las cosas en orden. A esa dinastía habría de seguir la Carolingia, la misma que tomó el nombre de un mayordomo que había heredado esa posición a la muerte de su padre. Carlos Martel tuvo que enfrentar a la madre del heredero al trono y a varias facciones para asegurar la transición, pues era hijo bastardo. Martel habría de consolidar su hegemonía con varias batallas de las que salió victorioso. En el 732, se enfrentó a los ejércitos árabes en Poitiers, cerca de Tours, en una batalla que definió el destino de Europa. No necesitó proclamarse rey; su hijo fue Pipino el Breve, otro incansable guerrero que no recibió el calificativo por rápido ni por sucinto. Pipino no llegaba a metro y medio, pero su estatura no fue óbice para que cumpliera a cabalidad con su cometido.

 

A Pipino habría de reemplazarlo Carolo o Karolus, mejor conocido como Carlomagno; este era alto y corpulento, y sumó a esa característica, su gran inteligencia, su olfato diplomático y un gran sentido de estrategia militar. Carlomagno fue el verdadero unificador, no solo de los antiguos reinos francos sino de gran parte de Europa; negoció con el papado, venció a los lombardos y fue ungido por el papa León III el día de Navidad del año 800, ahora era el flamante emperador del poderoso Sacro Imperio Romano Germánico; restauraba así el Imperio Romano de Occidente, desaparecido en el 476. Hoy se lo conoce como “padre de Europa”, fue enterrado en la catedral de su preferida ciudad imperial: Aquisgrán.


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25 enero 2022

Las edades de la Historia

El hombre se llamaba Christof Keller. El dominio que por un milenio y medio mantuvo el latín en el mundo occidental, hizo que se lo conociera para la posteridad como Christoforus o Cristóbal Cellarius. Eran tiempos que, en la práctica y como se puede ver, se traducían al latín hasta los apellidos, lo curioso y sorprendente no es que se hubiera hecho costumbre de algo tan superfluo e innecesario, sino que se lo hiciera muchas veces en forma ligera y arbitraria; por ventaja para su caso, al menos se había conservado el significado original: tanto Keller, en Alemán, como Cellarius, en latín, quieren decir sótano, bodega o cava. O, "cellar", como se dice en inglés.

 

Cellarius había nacido en Alemania en 1638, era historiador y se ganaba la vida como profesor de la Universidad de Halle. Habría sido la primera persona a la que se le habría ocurrido hacer aquella división, hoy ya clásica, relativa a las Edades de la Historia; el fue el primero en proponer esos tres conceptos: Edad Antigua, Media y Moderna. Keller estuvo interesado en definir en forma clara la etapa intermedia de esas edades; de hecho, el título de uno de sus tratados habría de establecer el ámbito de la misma: “Historia Medii Aevi a temporibus Constanini Magni ad Constaninopolim a Turcis captam deducta”, que quiere decir “Historia de la Edad Media: desde la época de Constantino el Grande hasta la conquista de Constantinopla por los turcos”.

 

Este concepto, el de una Edad Media como una cláusula de tiempo inamovible y definitiva, no es una entelequia universal, tampoco es válido para la Historia de otras regiones del mundo, Asia por ejemplo. Es una idea basada en lo que fue el acontecer europeo u occidental en un determinado período de tiempo. Tampoco sería correcto encasillarla dentro de los límites de años específicos pues, más que fechas, estuvo precedido por acontecimientos que se fueron desarrollando, supuso una serie de importantes cambios y transformaciones que tomaron bastante tiempo. Se establece, por ejemplo, que la Edad Media se inicia con la caída del Imperio Romano de Occidente, pero aquello fue solo consecuencia de otros factores, no solo de que el bárbaro Odoacro depuso a Rómulo Augústulo (el pequeño Augusto), el último emperador romano.

 

¿Qué caracterizó a la Edad Media? El primer factor relevante que surgió ante el debilitamiento y posterior colapso del Imperio, fue el fortalecimiento del poder de los jefes de ciertas tribus bárbaras; este es quizá el elemento más influyente, porque al habérseles dado autonomía, se propició el estado ideal para el régimen que definiría al Medievo: el feudalismo. Otro hecho importante es la consolidación y hegemonía que paulatinamente va alcanzando el Cristianismo. Del mismo modo, ésta época coincide con el gradual avance del Islam en Europa que es interrumpido con la batalla de Poitiers (año 732 d.C.), justo cien años después de la muerte del profeta Mahoma. Este episodio no evitaría, sin embargo, la posterior toma de Constantinopla que marcaría el final del Medioevo.

 

Para algunos la Edad Media va desde el año 476 d.C., considerado el de la caída del Imperio Romano de Occidente, hasta 1492, cuando Cristóbal Colón descubrió América. Hay quienes, sin embargo, hacen coincidir tres acontecimientos que sucedieron en 1453: la mencionada toma de la vieja Bizancio por los Otomanos; el final de la Guerra de los Cien Años, entre Inglaterra y Francia (que se inició en 1437 y tuvo realmente una duración de 116 años); y el descubrimiento o invención de la imprenta (efectuado por Gutenberg, y que probablemente sucedió en 1440). Este último hecho, por sí solo, habría de influir en la democratización y diseminación del conocimiento y la información, un privilegio que estuvo por muchos años reservado a monjes y copistas. De ahí en adelante, nada habría de ejercer más influjo en el pensamiento y la libertad del hombre, en sus ideas y creencias.

 

En días pasados me consultaban acerca de cuáles consideraba que habrían sido los inventos más importantes de la humanidad. Pensé en la imprenta, pero medité en cuáles le hubieran parecido, al hombre de la Baja Edad Media, al hombre del Renacimiento, los inventos más relevantes, sin tener que incluir aquellos portentosos inventos que trajo la modernidad (los antibióticos, la luz eléctrica, las máquinas a vapor, el motor a combustión, la aviación, el teléfono, el televisor, el ordenador o el internet), y he pensado en lo que representaron otras iniciativas más antiguas que fueron propiciadas por la imaginación del hombre, como la rueda o el fuego, la escritura o el alfabeto, o el arado que siguió a la agricultura. Pensé en todo ese avance formidable que refleja aquella cadena continua de causa y efecto que llamamos civilización.


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