11 marzo 2022

A 500 años de un largo viaje

Decir “en estos mismos días” sería una subestimación. Quizá sería más adecuado decir “en estos mismos meses” o convenir en un “en estos mismos años”. Me refiero al prolongado, proceloso y accidentado periplo que, con el propósito de encontrar una ruta occidental hacia las Islas de las Especias, efectuara la expedición iniciada por Fernando de Magallanes, un 10 de agosto de 1519, en Sevilla. Efectivamente, siguen transcurriendo todavía (nótese el uso del gerundio) los 37 meses que conmemorarían quinientos años de la primera circunvalación del globo, viaje que concluyó con solo una de las cinco naves iniciales, la Victoria, en el puerto de Sanlúcar de Barrameda, en la boca del Guadalquivir, en septiembre de 1522.

 

Pero hace falta primero desmontar un mito. Cuántas veces no se nos recordó, en nuestras clases escolares de Historia, del temor o recelo de los marineros, hacia finales de la Edad Media, de que el océano estuviera limitado por un insondable abismo, vale decir por una inesperada catarata, cuya presencia podía no ser advertida con oportunidad, especialmente durante las noches, debido a la incierta posibilidad de que la Tierra no fuera esférica, como habría de comprobarse, sino un inmenso disco plano rodeado de una fosa inconmensurable. La verdad es que, absurdo e incomprensible como aquello parezca, existe todavía gente, en pleno siglo XXI, que sigue persuadida de que la tierra es plana en sus distintas dimensiones.

 

Aquél, no es sino el trasnochado discurso de un grupo de “encantadores de incautos” que viven persuadidos de que aquello de la redondez de la tierra es solo una “teoría conspirativa”, su postura ha dado origen al término “terraplanismo”. Por suerte, aquél cuestionado prejuicio no solo sería improbable sino, en la práctica, también inexistente. La redondez de la tierra fue ya propuesta y aceptada por matemáticos, astrónomos y filósofos tan temprano como en el siglo VI a.C. A muy pocos científicos serios se les hubiera ocurrido dudar de esta realidad geográfica, incluso en los albores mismos del Medioevo; esto, aun a pesar de determinadas posturas religiosas muy radicales que pudieron estar vigentes en tan oscuros tiempos.

 

Sugerir que los conatos de insubordinación y descontento, que habrían surgido en el primer viaje de Colón, se debieran a este prejuicio, es no solo falso sino totalmente infundado. Se sabe inclusive que los cuestionamientos que pudieron presentarse a las ideas del Almirante, en las reuniones científicas previas al viaje, nunca estuvieron relacionados con la esfericidad del planeta, que para entonces ya era parte de un general acuerdo, sino tan solo con la verdadera dimensión del globo terrestre, asunto que había sido subestimado -quizá con intención- por el desconfiado navegante en alrededor de una cuarta parte. Se conoce que ya en la antigüedad se había calculado con bastante precisión la real dimensión de la esfera terrestre.

 

De vuelta a la epopeya magallánica, bien vale hacer ciertas reflexiones que la Historia, en sus afanes sintéticos y sinópticos, no siempre ha tratado con cuidado. Esto quizá se deba a que esta casi siempre está escrita con un afán reivindicativo (el suyo ineludiblemente es un propósito geopolítico); contar un viaje de descubrimiento y conquista puede considerarse como una proclama de reclamación de derechos, máxime si -como en el caso del viaje de Magallanes- se trataba de ejercer lo establecido en el Tratado de Tordesillas. Así, un asunto poco comentado son los nombres de quienes lideraron la empresa a la muerte del portugués, antes de la designación de Juan Sebastián de Elcano, y quienes murieron víctimas de su propia curiosidad o, probablemente, debido a su falta de carácter.

 

Se conoce que muerto Magallanes en la escaramuza de Mactán (isla situada frente a Cebu, en las actuales Filipinas), se habrían designado al menos dos nuevos capitanes: Duarte de Barbosa y Joao Serrao (¿Juan Serrano?), además de  Joao López (¿Lópes?) de Carvalho. Los dos primeros habrían estado emparentados con Magallanes -Barbosa era su cuñado y lo había defendido en la revuelta de San Julián-, y eran conocidos como disolutos y díscolos, amigos de buscar aventuras y experiencias sexuales con las aborígenes; ambos fueron muertos a traición en una fiesta en Cebu: no perduraron por inquietos y frívolos. En cuanto a López, no dio la talla por su carácter pusilánime. Fue remplazado por Elcano quien se encargó de preparar las mercancías para el viaje de regreso, el mismo que habría de concluir en Sanlúcar con un total de solo dieciocho hombres.

 

No deberían descartarse otros integrantes apresados en Cabo Verde en el viaje de retorno, y que llegaron más tarde: un total de doce tripulantes. También hubo otros cinco que se separaron en las Molucas y regresaron a España tres años después. Capítulo aparte merece otro personaje, dueño de la probable fama de haber sido el primero en circunnavegar el globo; se trató de un tal Enrique de Malaca (o de Sumatra), esclavo que habría entrado al servicio de Magallanes en 1511, él también habría muerto en la fiesta de Cebu. Considerando su origen y viajes previos, sería realmente el primer individuo, que no Elcano, en dar la vuelta completa al planeta.


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08 marzo 2022

“Kiasu syndrome”

Lo llaman “kiasu syndrome” o síndrome del “kiasu”, vocablo que se usa en Singapur para identificar al niño mimado o consentido. Por extensión, se conoce como “kiasu” a quien hace ostentoso alarde de tenerlo todo, al pagado de sí mismo. Y no es que los singapurenses (nunca supe si llamarlos singapurianos, singapureños o singapurios) sean gente desordenada, desobediente o díscola; al contrario, integran una sociedad normativamente rígida y bastante reglamentada, tanto que a su ciudad-estado se ha venido a conocer como “The fine city”. No escapará a su intuición que aunque “fine” quiere decir “bien”, también tiene otro significado: multa. Y es que Singapur es un pequeño país asiático que supo saltar al primer mundo gracias a un sistema de obligar a hacer cumplir la ley.

 

Para todo hay multas en Singapur. Su patriarca y primer ministro vitalicio, Lee Kwan Yew, a quien tuve el honor de transportar más de una vez, pronto había descubierto que la única manera de educar a un pueblo de pescadores era por medio de un régimen disciplinario rígido e intransigente. La multa se convirtió entonces en elemento disuasivo y también en seguro profesor. Dejabas sucio el baño público o no tirabas la cadena, multa. Cruzabas la calzada en el sitio que no estaba permitido, multa. Tirabas la colilla de tu cigarrillo en la vereda o arrojabas en la calle un desperdicio, multa. Igualito que en el Ecuador, dirán ustedes; pero la pequeña diferencia era que allá la multa era coactiva, e iba de  200 a 500 dólares por infracción. Sí, ¡Igualito que en el Ecuador!

 

Pero, ¿saben qué?, ¡el sistema funcionaba!, todo el mundo respetaba la cola en las paradas, a nadie se le ocurría botar la envoltura de una golosina en la vereda, los baños públicos eran un paradigma de limpieza y nitidez. Otro asunto importante era la cultura de estacionamiento: siempre en reversa (como método preventivo de seguridad en caso de evacuación urgente o cataclismo) y siempre dentro del espacio señalado; nadie podía utilizar dos espacios a la vez. ¿Alguien se montaba sobre las líneas divisorias?: quinientos dólares. Así que todos ordenaditos. No respetar las normas era ser un “kiasu”, y un soberano pendejo. En un país donde no hacer lo debido es objeto de sanción, hacer algo penado era no solo una contravención, era una forma de aceptar que se era un ingenuo.

 

Para los pilotos que fuimos a volar con Singapore Airlines, fue una gran experiencia vivir en ese querido país. Para nosotros y nuestras familias. Ahora, claro, depende de las respectivas circunstancias personales y familiares y de cómo cada cual maneja su propio proceso de adaptación, pero por lo general fue un país ordenado y limpio, interesante y agradable; y, por sobre todo, muy seguro para vivir. Se podía decir que cualquiera podía caminar solo por la calle a cualquier hora de la noche, sin tener que temer por un asalto o una presencia amenazante e inesperada.

 

Pero,  nada es perfecto. Singapur puede ser muy ordenado, pero el sistema es contradictorio cuando la gente no cae en cuenta que las normas tienen un solo objetivo: lograr la comodidad, bienestar y seguridad de todos. En definitiva, que todo aporta a un fundacional sentido de comunidad. Esto no lo han entendido los “kiasus”, aquellos que están por dejar su lugar de estacionamiento y advierten que alguien está esperando para tomar su espacio… Entonces, ya listos para iniciar su movimiento y partir, hacen como que estuvieran buscando algo. Es su proclama de intención: “Este es mi espacio”, parecen enunciar… Era cuando yo también adelantaba mi vehículo, hasta colocarme justo detrás del suyo; entonces, dejaba encendido el motor, ponía freno de mano, me bajaba del auto, me dirigía al maletero, lo abría y me daba todo el tiempo del mundo mientras yo también buscaba algo inexistente…

 

Pienso en Singapur casi cada mañana, justo cuando cumplo con una de mis inveteradas tareas matutinas: la visita a la panadería. Es allí donde advierto que casi nadie estaciona como es debido, casi nadie utiliza el espacio asignado; unos se montan sobre la línea reservada para el vecino e invaden su espacio (en la práctica, utilizan dos espacios), se estacionan en forma diagonal y, aunque crean que exagero, se “parquean” (como decimos en mi tierra) en absurda forma transversal. Creo que el mensaje que entregan es definitivo y aterrador: “Me importan un comino los demás”, o “Jódanse, ya llegué y yo soy el dueño y señor de todos los espacios”…

 

Definición 1: Kiasu, persona que no se pierde una ganga (un chollo) y cree que se perjudica si no aprovecha la ventaja de un baratillo, una rebaja o una oferta…

 

Definición 2: Kiasu, todo aquel que no ha entendido, o ha olvidado, que el propósito de la sanción no está en la pecuniaria multa, sino tan solo en el inocuo (y gratuito) escarmiento…


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04 marzo 2022

Un Quito movedizo

Soy quiteño “de pura cepa”, con lo que declaro que soy un quiteño legítimo y que ostento, como diría el diccionario, “los caracteres propios de una determinada clase”. Nací en Quito, para mi orgullo, y lo digo así sin que esto signifique una expresión de xenofobia o regionalismo; soy simplemente un quiteño que conoce su ciudad, que vivió en la periferia del centro sus primeros dieciséis años y que siempre estuvo enamorado del Quito antiguo. Trabajé “ad honorem” en el gobierno municipal de Jamil Mahuad, fui responsable del primer Comité de Turismo del Municipio Metropolitano de Quito. Conozco sus calles y sus plazas, sus claustros y conventos, sus iglesias y rincones, el nombre de sus antiguas quebradas, el modo de hablar de su gente…

 

La familia de papá era quiteña, totalmente quiteña, lo digo a base de juro por Dios. No así la de mamá, ella había nacido en Riobamba y su padre tenía idéntica raigambre, mi abuela Carlota había nacido en Cuenca y su madre era  del norte de Perú. Su padre era un comandante Gaspar Armijos, quien asimismo era cuencano, pero de ello no puedo dar fe. Hice mis estudios primarios y secundarios en Quito, soy lasallano de corazón y muy orgulloso de haber recibido la formación con que me distinguió ese inolvidable colegio. A sus maestros debo esa desbordante necesidad de contar y comunicarme que es esta maravillosa posibilidad de narrar, relatar y describir.

 

Hoy quisiera comentar de esa curiosa movilidad que fue teniendo el centro de Quito. Creo que, para ponerlo gráficamente, es el desplazamiento que fue teniendo el límite donde empezaba el norte de la ciudad. Este fenómeno es parecido a cuando uno se encuentra en un promontorio y ve cómo avanza la lluvia sobre el valle; es como una barrera de agua que se va desplazando, en forma prevista pero inevitable. Es la misma impresión que siento cuando contemplo un glaciar desde el aire. Su curso es similar al de una descomunal autopista y lo inexplicable es que la naturaleza dibuja una línea central cual si se tratara de un parterre. El glaciar parece estar ahí, estático, sin moverse; pero, en realidad, es un río que se resbala, que está en constante movimiento.

 

Lo mismo ha pasado con el límite meridional del norte de Quito. Supongo que para cuando nací esta línea pudo haberse situado en el Belén; pero, para cuando estuve en primaria esa frontera ya había llegado a la avenida Patria. Para mis años de colegio ya había conquistado la Colón y luego domeñado la Orellana, que todavía no estaba pavimentada. Desde entonces, el proceso se ralentizó; fue cómo si, al no poder mantener el mismo ritmo hacia el norte, tuviera que encontrar una puerta de escape e hizo que la ciudad se desparrame hacia Cumbayá. Este no solo fue un desarrollo físico sino, ante todo, un trámite de tipo social. Para el caso del sur, es probable que haya pasado algo similar, no estoy muy enterado; tal vez sí, porque pudo tratarse de un proceso expansivo.

 

Como todo, esta forma de migración paulatina supuso ventajas e inconvenientes. Para el caso, el proceso fue cumpliendo -también paulatinamente- unas etapas que fueron modificando el carácter y actividad de los sectores que fueron quedando detrás del límite marginal, produciéndose su deterioro, luego su tugurización y finalmente un nunca entendido abandono. Nunca se puso énfasis en evitar el proceso y en procurar regenerar esos sectores y atender su paulatina recuperación. Es inexplicable –por el motivo que haya sido– que existan tantas residencias deshabitadas, desguarnecidas y en tal estado de postración y olvido, que solo invitan al horror y a la nostalgia.

 

Pero existe también otro tipo de Quito movedizo, es aquel de los aluviones ocasionados por la apropiación indebida y el mal uso de sus laderas. Ahí, no se han respetado las quebradas y al actuar en forma tan irresponsable e indolente, no se ha tenido cuidado de dejar cauces subterráneos de desagüe, para prevenir desastres como los hasta aquí provocados. Para evitar tan dramática tesitura, debió establecerse una cota, un nivel máximo para el uso del suelo con fines de vivienda; imponer una frontera infranqueable, sobre la que nadie podría edificar. Este es un modelo que no solo respetaría las características del suelo, sino que aporta a la belleza del paisaje; pues, un cerro invadido equivale a un irreverente grafiti pintado en el costado de un templo, y aún algo peor…

 

Quito es movedizo también por sus temblores y episodios sísmicos, pero también por el carácter itinerante y transeúnte de su gente: son resabios deambulatorios en búsqueda de sectores cada vez más exclusivos (como si eso sirviera de sustento al prestigio social). Lo que antes se habitó, se abandona y no se regenera, no se preserva, el sitio se hace feo, viejo y decrépito, pierde valor; los nuevos dueños no tienen ingresos para poderlo recuperar. Se improvisan entonces subdivisiones para acomodar las necesidades de arriendo del nuevo propietario, ahora el inmueble es habitado por varias familias y el predio cae en un lamentable proceso de paulatina pauperización.


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01 marzo 2022

Prosa de infamia *

*  Escrito por Antonio Muñoz Molina, 21 de julio de 2021, para Babelia.

 

La primera carta nos la dejó directamente en el buzón. Le haría sentir que así nos resultaba más amenazante: alguien que te ronda, que no solo sabe dónde vives, sino que ha entrado en tu portal, ha subido unas pocas escaleras hasta llegar a los buzones, a los que en esta época ya no llegan ni notificaciones bancarias, apenas tristes folletos publicitarios, impresos de promoción de comida basura. La posibilidad de ser sorprendido tal vez acentuó el placer de lo que estaba haciendo. No le había bastado con garabatear un salivazo anónimo en cualquiera de las redes fecales.

 

Se había tomado el trabajo de escribir un folio entero, de imprimirlo, de guardarlo en un sobre en el que había también impreso nuestros dos nombres completos, con una asepsia administrativa que al principio nos engañaría cuando encontráramos la carta, una más de tantas sin ningún interés si no fuera, como reparamos en seguida, por la falta de remite y de matasellos, por la evidencia de que efectivamente alguien, tal vez un vecino o vecina de este mismo edificio, alguien con quien nos podríamos haber cruzado en el portal, se había concedido a sí mismo esta pequeña gamberrada, un anónimo que no necesita contener amenazas literales porque las formula con su misma existencia: sé dónde vivís y puedo llegar hasta vosotros; puedo reconoceros por la calle y hasta seguiros si me da la gana, pero vosotros no me veis a mí; las palabras de encono y desprecio que me inspiráis os las hago llegar a vuestro propio buzón, a vuestra misma casa.

 

Esta segunda vez ha preferido no correr ningún peligro. La emoción sin duda es menor, pero tiene la ventaja de la comodidad, la asepsia de un trámite. Cuanto más impersonal el procedimiento, más intenso el efecto. Y además hay algo de los placeres olvidados del antiguo mundo postal, doblar con cuidado la hoja, deslizarla en el sobre con los dos nombres impresos, los dos destinatarios, y debajo de ellos la dirección, aunque no el piso, el código postal. Por un escrúpulo de seguridad añadida ha asegurado el reverso del sobre con un trozo de cinta adhesiva transparente, muy pulcramente cortada. Una persona concienzuda.

 

Se ha acercado al buzón con mucha mayor tranquilidad que cuando tuvo que entrar en nuestro portal y ha deslizado el sobre por la ranura, una persona digna, que luego sigue su camino, sin duda por este mismo barrio, por estas calles en las que mi mujer y yo andamos siempre, a cara descubierta, incluso con la mascarilla, atareados en nuestras obligaciones y en nuestras aficiones, porque a los dos nos gusta mucho vivir en la ciudad que llaman del cuarto de hora, comprar en las tiendas donde ya nos conocen, la panadería, la frutería, la tienda especializada en cafés que inunda con su aroma toda una acera, la papelería, la otra tienda de legumbres a granel en la que ya hemos aprendido a elegir los mejores garbanzos, las alubias más cremosas, las lentejas. Un día estaba comprando fruta y el parroquiano que esperaba delante de mí me dijo: “Qué raro, un escritor en una frutería”. Me pareció que lo decía amablemente, pero ahora, cuando me acuerdo, me entra la sospecha, sin duda injusta, de que ese podía ser el autor de los anónimos, y de que en su sonrisa podría haber algo de ese sarcasmo bilioso que segrega como una baba cada una de las palabras que escribe.

 

Ha tenido la astucia añadida de usar el plural: así no es una persona sola la que nos vigila y nos desprecia, sino todo un grupo, “la cuadrilla”, escribe, entre campechano y ominoso, no un espía aislado, sino todo un grupo, lo cual sin duda amplía las posibilidades del merodeo, y hasta del acoso si fuera necesario. La carta es anónima, pero la prosa es del todo familiar. La originalidad no suele ser un rasgo en el lenguaje del odio. La prosa, la sintaxis, los lugares comunes, la chanza sobre los privilegiados que se declaran de izquierdas, es exactamente la misma que borbotea como un potaje inmundo en tertulias de radio, en columnas de periódico, en las ristras de comentarios a los artículos: y todo eso multiplicado en su furia y su toxicidad en las redes sociales, cañerías de basura que infaman el aire incluso de quienes se mantienen al margen de ellas. Si el objetivo de la cacería son dos personas juntas, la saña no se dobla, sino que se multiplica, así como las posibilidades de la burla, de la sórdida carcajada masculina, la cuadrilla observando, quién sabe, por la cristalera, desde la barra de un bar, en este barrio en el que hay tantos, tantas posibilidades de cruzarse con nosotros, de saludarnos.

 

Mucha gente lo hace, educada y cordial: un hombre o una mujer se acercan, dicen unas palabras amables, se alejan luego con mucha discreción. Cada cosa que escribimos lleva bien claro nuestro nombre. Nuestro espacio público es el de la libertad y la intemperie. Ni tiramos piedras ni escondemos la mano. Ponemos los cinco sentidos en cada frase que escribimos. Después de muchos años viviendo de nuestro trabajo y defendiendo en voz alta y clara los valores que nos parecen esenciales nos hemos llevado un cierto número de sinsabores, inevitables en un país tan bronco, pero también hemos recibido el afecto de personas que, siendo desconocidas, nos han abierto un lugar en sus lecturas, y por lo tanto en sus vidas.

 

Yo recibí unas cuantas cartas llenas de odio cuando ingresé en la Academia, en 1996, con un discurso en el que vindicaba la figura de Max Aub. Tantos años después, un encono semejante regresa, no sé si renacido o nunca apaciguado, igual que regresan los sobres sin remite y las cartas sin firma. La diferencia es que el lenguaje agresivo de ahora no es una bilis secreta, como la de entonces, sino una copia exacta de lo que se publica cada día en la plena luz del periodismo de insulto, sarcasmo y libelo: la prosa epistolar de nuestro valiente vecino sin cara la hemos leído mucho estos últimos meses. El estilo es el hombre y la estética es la ética. A la bajeza del anónimo nuestro merodeador añade la del plagio.


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25 febrero 2022

Como gaviota en Bolivia

Cuando escucho expresiones coloquiales como esa de “cual gaviota en Bolivia”, aquello me hace reflexionar en dos circunstancias que están relacionadas: la de alguien que se encuentra en donde no debe estar y, dos, que ese alguien ha extraviado su conciencia situacional (está perdido, como se dice comúnmente). No es el suyo el caso de los náufragos, pienso yo, que si se encuentran de pronto aislados y perdidos, a más de desesperados y desesperanzados, es por culpa de alguna fortuita, imprevista e inesperada condición, a menudo con carácter catastrófico y trágico. Se supone que quien se encuentra como “gaviota en Bolivia” llega a estar ahí porque así lo ha querido y, es más, porque lo ha hecho por sus propios medios. Son dos tesituras distintas.

 

Se me hace ineludible asociar la historia de cualquier naufragio con la película protagonizada hace un par de décadas por Tom Hanks , en ella un individuo se ve privado de todo contacto con la civilización, al sobrevivir en una solitaria isla luego de un accidente aéreo. En la trama, el protagonista subsiste gracias a la “compañía” que le proporciona un fingido personaje, se trata de una fortuita pelota de basquetbol, cuya marca comercial sirve para de algún modo bautizarlo. Postulo, por mi parte, que muy pocas circunstancias existen, entre las desgracias ocurridas, que despierten más interés y curiosidad que este tipo de marineros siniestros.

 

Hace más de trecientos años (1719) el inglés Daniel Foe (más conocido por Defoe) se habría basado en una tragedia de la vida real para escribir su novela de aventuras Robinson Crusoe. El escritor pudo haberse inspirado en la gesta de un marino español, Pedro Serrano, quien sobrevivió por casi ocho años (entre 1526 y 1534) en un alejado atolón, ubicado cerca de San Andrés en el mar Caribe. La suya, y la de otro desgraciado que insólitamente se le juntó años más tarde, es un sorprendente ejemplo, no solo de supervivencia sino de resiliencia y de brutal perseverancia. El conmovedor relato está contado también por Garcilaso de la Vega, en el muy recomendable Capítulo VIII de sus Comentarios Reales (1609).

 

Hoy llaman al atolón Banco Serrana, en honor al valeroso Pedro Serrano. Yo mismo, en mis vuelos a Miami, lo sobrevolé una infinidad de veces utilizando una aerovía que salía hacia San Andrés desde Panamá y continuaba a Varadero, en Cuba. La ruta regular de las aerolíneas para las que volé surcaba algo más hacia el este. Muchas veces insinué que lo compraría si es que alguna vez llegaba a millonetis. Obviamente, sigue deshabitado...

 

Pero lo más probable es que el escritor inglés haya basado su formidable saga en un accidente ocurrido una década antes de publicada su novela. Se habría tratado de una historia ocurrida a un tal Alexander Selcraig, marino escocés que habría sido castigado por su capitán y abandonado en una isla desierta. Selcraig habría sobrevivido por más de cuatro años, entre 1704 y 1709, en esa isla cercana a la que hoy se llama justamente Robinson Crusoe y que se encuentra en el archipiélago de Juan Fernández y que pertenece a Chile. Este mínimo archipiélago se halla en el Pacífico Sur, 360 millas –según mis cartas– al occidente de Valparaíso. Cuando en 1966 se rebautizó a la mayor de las islas con el nombre inventado por Defoe, también se bautizó a la menor como Alexander Selkirk.

 

Robinson Crusoe es uno de los relatos de aventuras más interesantes que haya leído (otro sería La isla del tesoro, escrito por el escocés Robert Louis Stevenson), su guion se relaciona con un naufragio ocurrido entre la desembocadura del Orinoco (actual Venezuela) y la isla de Trinidad (al sur de las Antillas Menores). Defoe hace sobrevivir al protagonista, en aquella isla solitaria, por la insólita e increíble cláusula de veintiocho años seguidos. Para algunos de sus detractores la novela es un símbolo de colonialismo, no así sin embargo para chicos y jóvenes, y amantes de la lectura de aventuras, que de alguna manera han contribuido a que siga siendo considerada como la novela inglesa más popular que jamás se haya escrito.

 

De acuerdo con lo comentado, no deja de ser curioso que la isla de la historia contada por Daniel Defoe, sea un accidente geográfico que en la realidad no existe (a fin de cuentas es tan solo una novela); en cuanto a la relación, se habría inspirado en lo sucedido en un apartado rincón, ubicado en la realidad exactamente en las antípodas de Suramérica. Hoy, como he indicado, ese lugar se conoce como isla Alexander Selkirk y ni siquiera como Robinson Crusoe. Para complicar las cosas, no es la misma que se conoce en inglés como Robinson Crusoe Island, esta es un diminuto islote fluvial ubicado en el río Shenandoah, unas sesenta millas al oeste de Washington D.C., casi en la intersección del río con la ruta 50 que conduce a Winchester, Virginia.

 

Pero… como diría un mordaz colega, siempre amigo de embromar a la gente: “ahí no es”.


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22 febrero 2022

¿Urgente o importante?

Nuestro oficio, cualquier oficio, no nos permite ser tontos. Y, si bien lo vemos, nos enseña pronto a dejar de serlo. Puesto así, unos oficios serían mejores maestros que otros, aunque, bien visto, la vida misma nos va enseñando sus lecciones de sabiduría y nos regala a todos su inapelable pedagogía, tengamos o no un quehacer, profesión u oficio. El mío mismo, el cada vez menos aislado o exclusivo oficio de aviador, nos enseña a los pilotos a no ser ingenuos, y si no, por lo menos a anticiparnos a las sorpresas y a ser precavidos. El primer susto inesperado nos advierte que hay ocasiones en las que sería preferible estar fuera queriendo estar dentro, que estar ya metidos en el problema solo para descubrir que hubiésemos preferido no estar adentro resolviéndolo.

 

Creo que fue Sábato quien dijo, en Antes del fin, aquello de que: “Aunque terrible es comprenderlo, la vida se hace en borrador, y no nos es dado corregir sus páginas...” No, no siempre está garantizada una segunda oportunidad y nada nos asegura el insensato privilegio de estar repitiendo algo hasta que por fin acertamos con un definitivo intento. La vida no siempre nos permite corregir, teclear “delete”, borrar y entonces empezar de nuevo.

 

Así aprendemos que hay asuntos que son urgentes y otros importantes; y que es la inteligencia, respaldada en la experiencia, la que nos permite discriminar y resolver. Por fortuna, los asuntos o problemas no son lo uno o lo otro; no hay tal disyuntiva de que algo sea o solo urgente o solo importante. Lo bueno es que existen situaciones urgentes que pueden, o no, ser importantes; y, desde luego, situaciones importantes que pueden, o no, ser urgentes. Las realmente críticas son las urgentes que se nos antojan importantes o las importantes que debemos resolver de manera urgente. Si algo es importante pero no urgente, no hace falta apresurarse, siempre lo podemos aplazar. Si algo es urgente pero no tan importante, siempre lo podemos delegar. Luego, si no es ni lo uno ni lo otro, si no es urgente ni tampoco importante, simplemente no tiene sentido que nos tengamos que desvelar.

 

Tan determinante como aprender a diferenciar lo urgente de lo importante es saber distinguir lo sustantivo de lo adjetivo, lo permanente de lo circunstancial, lo accesorio de lo esencial. Si no sabemos definir las prioridades, nunca vamos a poder resolver con acierto o, por lo menos, con acertada oportunidad. Atender lo primordial y dejar para más tarde lo prescindible o secundario, no solo es un buen método y mejor filosofía, es muchas veces el secreto de vivir en paz y organizados, y camino seguro para aquello tan elusivo y personal que algunos llaman felicidad. Podremos estar seguros que esto, por lo menos, aportará  a nuestra tranquilidad.

 

El refranero popular tiene un aforismo perfecto para esta disyuntiva existencial. Lo que sucede es que pocos parecen haberse dado tiempo para interpretarlo. En lo personal, postulo que se debe a que con él damos al verbo tomar un significado que no es apropiado. Decimos “No hay que tomar el rábano por las hojas”, como que con tomar quisiéramos decir coger, asir o agarrar. No caemos en cuenta que, en este caso, tomar tiene un distinto, y totalmente diferente, significado. Si decimos “tomar el contenido de un libro por la apariencia de su carátula”, por ejemplo, lo que estamos tratando de subrayar es que no debemos confundir lo que algo aparenta por su substancia y que o debemos distinguir lo accesorio de lo importante o que debemos tener la prudencia (¿sapiencia?) de tener cuidado de no dejarnos engañar.

 

“No tomar el rábano por las hojas” no implica, por lo mismo, un método de cultivo ni una manera cuidadosa para agarrar al rábano con prolijidad. Lo que realmente nos sugiere el conocido adagio es que no debemos confundir lo importante (el tubérculo o fruto) con lo que es solo secundario y no esencial (las hojas). Nada de malo tendría aquello de asir o agarrar las partes del rábano por las raíces o por cualquier otro lado. No se trata de la manera en que lo agarremos. El aforismo solo nos sugiere reconocer lo verdaderamente primordial.

 

Leo en casi la totalidad de los chats, que la gente da al refrán una interpretación equivocada. Solo he encontrado una página que interpreta el verbo sin tergiversar su sentido. Se llama “búho.gurú” y señala con corrección: “La expresión nada tiene que ver con el hecho de coger, de agarrar el rábano, aunque posteriormente se creara, sobre la primera acepción de tomar el falso sinónimo «coger»; hay que traducirla por «creerse que el rábano son las hojas. Las hojas del rábano no se comen, aunque son la parte que más llama la atención». 

 

He disfrutado en el Asia, sobre todo en Corea,  de una enorme variedad de rábanos, pero nunca he ingerido las hojas, y no porque ellas “me importen un soberano rábano”, expresión que quizá se use porque el rábano parece haber sido siempre un tubérculo barato, accesible y muy popular en los mercados. Nada tiene de “soberano”.


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