05 abril 2022

La dama de blanco

Gente de toda condición es susceptible a creer en fantasmas y aparecidos, a dejarse influir y aun intimidar por historias de duendes  e inimaginables creencias. Una de ellas es la nocturna presentación del espectro ambulante de una dama que viste un difuminado traje blanco. Ella se desplaza por desolados e imprevistos rincones. A fe mía que, con sus respectivas variaciones, la creencia es casi universal. Para algunos se trata de una leyenda europea, surgida en algún pueblo eslavo o quizá en la Bohemia; la he escuchado incluso en tierras aztecas y en el Brasil, siempre se relaciona con el errante espíritu de una pobre mujer desesperada que ha muerto en confusas y trágicas circunstancias, es una dama trashumante que no ha logrado asegurar la paz de su alma. 
Estas siniestras alegorías casi siempre están signadas por la impronta del estupro, el adulterio o el crimen pasional. El temor a encontrase con la dama de blanco constituye aviso y amenaza de un conjuro fatídico. Desconozco si el mito es también común en nuestras tierras, pero su alusión no fue infrecuente entre los cuentos familiares que se narraban vocalmente en nuestra infancia. Cuando se hablaba de espectros noctámbulos, cucos y aparecidos, nunca se dejaba de mencionar a una doncella vestida de blanco y nupcial ajuar que se habría cruzado con nuestras propias tías en el oscuro descanso de la escalera. Comentaban que mientras ellas subían, ella desplazaba su albo velo de tul sin rozar la sustancia material de la grada… 
En cuanto a mis propios y trasnochados temores, sería en mi primer vuelo a la isla Norte de ese sorprendente país que es Nueva Zelanda, que exorcicé, en un solo viaje, mis recuerdos de aquella nunca olvidada fábula. Fue en ese vuelo a Auckland, volando el inolvidable 747-400, que tuve oportunidad de conocer a la auténtica y nada fantasmal “White Lady”, una que habría de mitigar mi hambre cuando se producían demoras en las llegadas... La Dama de Blanco neozelandesa era un negocio de hamburguesas, abierto de siete de la tarde a cuatro de la madrugada; era un enorme remolcador del tamaño de un autobús, adaptado para preparar y vender emparedados de carne especial, los más suculentos y sabrosos que haya probado jamás en mi vida. El “camper” estaba autorizado para estacionar junto a la vereda, era toda una institución culinaria en pleno centro de Auckland. 
Fue al día siguiente de aquella vez, cuando el copiloto me había llevado a conocer el adictivo establecimiento, que me llamó a media mañana para pedirme que le acompañe a Rotorúa. “¿Qué es eso?”, le indagué; “¡No me digas que vamos a la sucursal de la Dama Blanca, le embromé”. “No –me dijo– , el sitio está a unas dos horas de aquí, es un pueblito que está junto al lago del mismo nombre, el lugar es importante por ser la cuna de una “aviatriz” tan famosa como las pioneras Amy Johnson o Amelia Earhart”. “Te va a encantar el viaje –me animó–; ahí, en Rotorúa, está el santuario donde ella nació. Es venerada en este país. Su nombre era Jane Gardner Batten, pero fue mejor conocida como Jean Batten. Así que, ¡anímate!. Deja ya las cobijas y vamos a echar un vistazo”.
Realmente tuvimos un viaje inolvidable. Hicimos una parada “técnica” para degustar unos vinos y continuamos hacia nuestro destino. Llegamos a orillas del lago para el almuerzo, tal como mi compañero lo había prometido. “Podemos fingir que se llamaba “La Dama de la Bufanda Blanca”, comentó, mientras me enumeraba las hazañas de esa mujer piloto, nacida en 1909, que había roto algunos récords aéreos internacionales mucho antes de la II Guerra Mundial. Batten había volado sola entre Inglaterra y Australia y superado la marca anterior en su tercer intento; asimismo, habría completado un primer viaje de regreso, haciéndolo en el mismo avión. Hizo también un primer vuelo sola entre Londres y Nueva Zelanda. Más tarde, siempre volando sola y en un avión monomotor, habría cubierto el primer vuelo desde Inglaterra a Brasil, convirtiéndose así en la primera piloto en cruzar el Atlántico Meridional.
Hacia el final de su vida, Jean Batten se había radicado en Europa. Por un tiempo, habría vivido en las islas Canarias y más tarde en Palma de Mallorca. Cuentan que, con el paso de los años, se habría vuelto retraída, esquiva y algo ermitaña. Ahí, en las Baleares, habría sufrido la mordedura de un mastín callejero; la herida no habría sido atendida con oportunidad y la infección le habría producido una complicación que ya no pudieron superar los facultativos. Nadie sabía quién era la accidentada; ni pudo, por lo mismo, comunicar del deceso a sus familiares. Habría sido enterrada en un féretro sin marcar o, quién sabe, si identificada con otro apellido. Dicen que la habrían inhumado en una fosa común. Ese sería el increíble y triste final de quien inspiró a muchas otras mujeres a “tomar la cabrilla”.


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01 abril 2022

Érase una vez un mar…

Hace mucho, mucho tiempo, había una vez un mar que tenía nombre de mujer y se llamaba Panonia. Panonia se sentía un poco sola y aislada, estaba en Europa Central y un buen día, hace ya dos millones y medio de años, empezó a perder nivel y a secarse paulatinamente… Esta cláusula equivaldría a poco más de cien veces del tiempo transcurrido desde que un filósofo griego llamado Aristocles (427–347 a.C.), y apodado Platón por sus anchas espaldas, había fundado la Academia; y quizá unas diez, desde que el hombre inició su bipedación y decidió emigrar y dejar el África. Ahí estaba el mar, cercado hacia occidente por los Alpes, al sur por los Alpes Dináricos y los Balcanes, y al norte y oriente por los Cárpatos. Con el tiempo, el mar se convirtió en una feraz llanura y en uno de los más fértiles graneros de Europa. Así, también, poco a poco se fue poblando.

 

Pasado el tiempo, Panonia –o el mar Panonio– se convirtió en la llanura panónica y llegó a ser la patria de los indómitos y altivos magiares. Hasta el final de la I Guerra Mundial, cuando se firmó el Tratado de Trianón, Hungría, el estado que lo ocupaba en casi su totalidad, tenía una extensión equivalente a la actual del Ecuador; entonces era una potencia regional, pero los daños colaterales del conflicto le hicieron perder un setenta por ciento de su territorio. Hoy la extensión de Hungría no llega a cien mil kilómetros cuadrados. Lejos de lo que se puede creer, su idioma no es una lengua eslava; es más, no es siquiera un idioma indoeuropeo, es ugrofinés y constituye la lengua no indoeuropea con más hablantes que existe en Europa.

 

En tiempos del Imperio Romano, Hungría habría sido parte de las provincias de Panonia y de Dacia; en esta última compartía territorio con Rumania, pueblo que hablaba un dialecto derivado del latín vulgar. Hungría habría sido conocida por un tiempo como “Pascua Romanorum” (o “pastos de los romanos”). La zona sería conquistada por los hunos; y más tarde por una confederación de tribus con carácter hereditario, cuyo jefe habría sido conocido como “El diez flechas”, On-Ogur en el idioma que se hablaba en la llanura; esto daría lugar a llamar a la zona como “tierra de los húngaros”. Actualmente, ni húngaros ni rumanos hablan una lengua eslava; ocupan una ancha franja que va desde Austria hasta el mar Negro, a ambos lados se hablan únicamente idiomas relacionados con el eslavo.  

 

En Europa, en la actualidad, se hablan exclusivamente lenguas indoeuropeas con la sola excepción de Hungría y Finlandia (húngaro y finés). Un capítulo aparte merece el euskera o vascuence que se habla en el país vasco y que, por lo que se sabe, no está emparentado con ningún grupo lingüístico conocido; en la práctica, el vasco es una curiosidad que siempre ha fascinado no solo a los lingüistas sino también a los antropólogos. En cuanto a las principales lenguas indoeuropeas que se hablan en Europa, estas están repartidas en los siguientes grupos: báltico, eslavo, germánico, helénico e itálico (las lenguas del romance); en Asia, se hablan desde el sureste de Turquía hasta Bangladesh, pasando por Armenia, norte de Irak, Irán (el persa), Afganistán, Pakistán y la India. Hay alrededor de 150 idiomas indoeuropeos, con algo más de tres mil millones de hablantes.

 

Cuando los filólogos buscan similitudes entre los diferentes idiomas, no solo comparan la apariencia fonética sino otros aspectos gramaticales como el uso del género, el modo de construir el plural o la forma de conjugar los verbos. Uno de los primeros lingüistas preocupado por encontrar una identidad en el grupo indoeuropeo habría sido un jesuita, Gaston-Laurent Coeurdoux, quien habría vivido en la India hacia la segunda mitad del siglo XVIII y habría encontrado sorprendentes parecidos entre el sánscrito, el latín y el griego; y, además, entre diferentes idiomas europeos. Por un tiempo se habría creído que el sánscrito era el idioma germinal de las demás lenguas; sin embargo, posteriores estudios habrían llevado a concluir que se trataría más bien de otra lengua, una hablada en una zona ubicada hacia el norte del Cáucaso, entre los mares Caspio y Negro: esta sería considerada el proto-indoeuropeo.

 

Antes de Coeurdoux, hacia la primera mitad del siglo XVII, un neerlandés de nombre Marcus Zuerius van Boxhorn, habría sido el primero en reconocer una identidad entre las lenguas que más tarde se conocieron como indoeuropeas; van Boxhorn las habría llamado escitas o “escito-sármatas” y las habría encontrado repartidas en un amplio espectro ubicado entre Europa y Asia. Era un tiempo en que todavía se creía, por efecto del influjo bíblico, que el hebreo podría ser el idioma más antiguo del mundo. Luego de lo desarrollado por Coeurdoux, sus estudios habrían de ser continuados por otro filólogo, el inglés William Jones, quien había vivido en Calcuta y se había dado a la tarea de comparar las lenguas y de clasificarlas en forma sistemática.

 

Parece un cuento pero es la pura realidad, y para mí que una historia fascinante.


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29 marzo 2022

Cuaresma no quiere decir cuarenta

Cuando el hermano Fernando nos contó que cuaresma quería decir “cuadragésimo”, porque había cuarenta días entre el miércoles de ceniza y el Domingo de Gloria, debe haber sido para mí toda una epifanía. De modo que para cuando llegué a casa a comentar la inédita revelación y no pude demostrar lo que había descubierto, estoy seguro que ese espíritu de elación debe haberse convertido en un confuso estado de frustración y desencanto.

 

Algo estaba mal, algo en las matemáticas no encajaba. Entre el miércoles de ceniza y el de semana santa (incluido este) ya sumaban cuarenta y tres días, más los cuatro del Triduo Pascual (de jueves a domingo santos) daban cuarenta y siete; y aun si quitaba los dos miércoles y esos últimos cuatro mencionados, me seguía sobrando uno: me daban cuarenta y uno. ¡No podía ser, algo andaba mal!, no podía aceptar que nadie había caído en cuenta. ¿Cómo podían haber incurrido en tan incomprensible error? Recuerdo que regresé a la escuela con mi flamante novedad: existía en alguna parte una evidente equivocación, un definitivo error matemático. Mi chapucera demostración habría de dar paso a que “me adelanten el recreo”… Era la primera vez que me expulsaban de clase.

 

Con el tiempo aprendí que el cuatro habría tenido un significado cabalístico para los hebreos; pudiera decirse que guarismos como 4, 40 o 400 habrían llegado a tener un carácter casi místico para el pueblo judío, sobre todo el cuarenta. El diluvio había durado cuarenta días, cuarenta eran los días que Jesús había permanecido en el desierto de Judea en preparación para iniciar su predicación posterior, cuarenta años había durado la marcha del pueblo israelita por el desierto y cuarenta décadas (cuatrocientos años) había durado la esclavitud de los hebreos en Egipto. No me admiraba, por tanto, que sean cuatro los evangelistas, cuatro los jinetes del apocalipsis y que los días del Triduo Pascual (la pasión, muerte y resurrección del Señor) realmente serían cuatro. Había pues una sugestiva simbología, si no un mensaje, en esas referencias bíblicas.

 

La Pascua de Resurrección (no confundir con la pascua relacionada con el natalicio de Jesús) siempre ha sido considerada como la más importante celebración religiosa para los cristianos. Por mucho tiempo, el cálculo del Domingo de Pascua fue un auténtico dolor de cabeza para los creyentes porque se basaba en el calendario lunar y daba lugar a que se convirtiera en una fiesta móvil que variaba de acuerdo al plenilunio posterior al equinoccio de primavera; bien pudo la Iglesia determinar una fecha fija o un determinado domingo posterior a una fecha específica, pero prefirió complicar un poco la fórmula. En algún momento, y no me extrañaría que hubiese sido en el siglo IV (otra vez el bendito 4) se resolvió que la pascua cayese en el primer domingo después de la primera luna llena posterior al equinoccio mencionado.

 

Este cálculo podría parecer más complicado de lo que realmente es. Para empezar, se trata del equinoccio de primavera en el hemisferio norte, fenómeno que no ocurre en una fecha fija: a veces sucede el 20 y otras el 21 de marzo. Esto acontece cuando la duración del día es igual a la de la noche (equinoccio viene del latín y quiere decir “igual noche”). Existen pues dos factores que son variables para la determinación de la Pascua: el número de días que transcurren entre el equinoccio y el primer plenilunio siguiente (cada lunación –o mes sinódico– ocurre cada 29 días y medio); y el número de días que transcurren entre este plenilunio (que puede ocurrir cualquier día de domingo a sábado) y el domingo siguiente.

 

Por lo mismo, y para el cálculo correspondiente, baste con conocer que para el caso de este año (2022), el primer plenilunio –posterior al equinoccio– ocurrirá el sábado 16 de abril a las 14:55 horas. Esto quiere decir que la celebración de la Pascua ocurrirá el primer domingo posterior: el 17 de abril. Por todo esto, y para comprobar lo que hemos dicho más arriba, les invito a contar los días que transcurrirían entre el miércoles de ceniza (2 de marzo, que lo incluimos) y el domingo 17 de abril. Realmente cuarenta y siete días, ¡que no cuarenta!

 

Es probable que otros cristianos, los llamados ortodoxos, hayan ya caído en cuenta de esta singular discrepancia, que cuaresma no significa cuarenta días. Ellos, en un trámite de contorsionismo lógico, habrían decidido empezar la cuaresma el lunes siguiente al miércoles de ceniza, pero tampoco cumplen con los cuarenta días prometidos… a menos que excluyan el Sábado de Gloria, por interpretar que este no constituye día de expiación. Para el caso de los católicos, se habría acordado una fórmula “conciliatoria”: se habrían excluido los domingos intermedios, por considerar que “no son días de ayuno”… vale decir que los domingos de cuaresma ya no serían parte del cálculo. Además el Concilio Vaticano II habría también excluido los días del Triduo Pascual. ¿Quién entiende?


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27 marzo 2022

Unas cajas negras de color naranja *

* Escrito por Jean Lim, para la revista AeroTime. Con mi traducción y reedición.

 

Mientras los investigadores revuelven los escombros del vuelo MU5735 de China Eastern, en busca de las cajas negras que entregarán indicios del siniestro, echemos un vistazo a esos implementos y a lo que deberíamos saber:

 

¿Qué es una caja negra?: Es un artefacto de grabación protegido, similar a un disco duro o a una tarjeta de memoria. Existen dos en las aerolíneas: el Flight Data Recorder (FDR), que registra los datos relevantes del vuelo; y el Cockpit Voice Recorder (CVR) que registra conversaciones y más comunicaciones en la cabina de mando.

 

Historia de la caja negra: La caja negra fue implementada hace 69 años, en marzo de 1953. A partir de 1952, el primer jet comercial, el De Havilland Comet, tuvo siete accidentes en un lapso de dos años, con un costo de 110 vidas. El Departamento de Aviación Civil de Australia convocó a una reunión de expertos para discutir la causa probable de los accidentes. Uno de ellos, el Dr. David Warren, era un químico especializado en combustibles de aviación que trabajaba en el Laboratorio de Investigaciones Aeronáuticas de Melbourne. Warren se dio cuenta que los comités casi siempre llegaban a resultados inconclusos porque, quienes mejor podían explicar lo sucedido habían fallecido. Así nació la idea de un registrador de voces.

 

La caja negra no es negra: La “caja negra”, es quizá uno de los nombres más inexactos que existen porque, en la realidad, es de color anaranjado brillante. Está pintada así para poder ser más fácilmente identificada en los rescates posteriores a los accidentes.

 

¿Por qué la llaman “caja negra”?: ¿Si no es negra, por qué le llaman así? El término “caja negra” fue utilizado en la II Guerra Mundial, relacionado con el radar y otras ayudas de navegación electrónica instalados en aviones británicos y de las fuerzas aliadas. Estas ayudas, que fueron desarrolladas con cierto secretismo, estaban instaladas en cámaras de color negro no reflexivo. Otros insinúan que el nombre calza, porque cuando una caja es hallada en el sitio del desastre, está típicamente cubierta por cenizas.

 

Dos componentes en la caja negra: Un avión tiene en la práctica dos cajas negras. Una es el registrador de datos del vuelo, que almacena información de parámetros específicos como el control del vuelo y el desempeño de los motores. La segunda es el registrador de voces en cabina que graba los ruidos de fondo y las conversaciones entre los tripulantes y el control de tránsito aéreo. A veces, estos elementos no están separados, están ubicados en una sola caja. La caja no está en la cabina de mando, está lejos de ella. Normalmente es instalada en la cola, que es la parte del avión que soporta menos daño durante el eventual impacto.

 

¿Cómo están fabricadas? Primero, es importante anotar sus respectivos componentes: Un proveedor de energía dotado con una unidad de memoria de sobrevivencia (CSMU); un control y tablero de mandos integrado (ICB); y un localizador impermeable al agua (ULB). Es importante también saber cómo las cajas están encapsuladas: con el objeto de proteger los circuitos de memoria que almacenan información, estas están provistas de algunas capas:

 

·       Cámara de aluminio: es una capa delgada que recubre las tarjetas de memoria.

·       Aislamiento de alta temperatura: su material está hecho de silicón seco, de una pulgada de grosor, diseñado para protección térmica. Es un seguro contra incendios.

·     Concha de acero inoxidable: es un aislante de altas temperaturas encapsulado en una concha de acero inoxidable de un cuarto de pulgada. Esta puede ser fabricada con titanio.

 

¿Pueden ser destruidas?: Sí, podrían destruirse, pero tomaría mucho esfuerzo. Antes de ser instaladas en un avión deberían soportar hasta 3.400 veces la fuerza de la gravedad (3.400 G’s). También deben soportar fuego a 2.000 grados Farenheit por una hora. El localizador debe emitir una señal, de una vez por segundo, sumergido a 6.000 metros en agua salada por 30 días.

 

¿Qué graba el registrador de vuelo?: Desde julio de 1997, la FAA exige que se registren al menos 88 parámetros en aviones fabricados después de agosto de 2002. Entre los principales están los que siguen: tiempo, altura, velocidad, aceleración vertical, rumbo magnético, posición de la columna de control, posición de los pedales, posición del control de la rueda de nariz, estabilizador horizontal, flujo de combustible.

 

¿Puede grabar las conversaciones durante todo el vuelo?: La grabación solo puede conservar las dos últimas horas de las comunicaciones en la cabina de mando. Registra lo mencionado más arriba.

 

¿Por qué se guardan en agua luego de encontrarles?: Se las sumerge enseguida en agua limpia y fresca, para evitar contaminación con substancias minerales saladas, y para evitar su corrosión.


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25 marzo 2022

Ladislao y su birome

Hasta hace poco los nombres de pila se repetían en las familias con bastante frecuencia. Era costumbre que los nombres de padres y abuelos fueran reutilizados como si se tratase de una tradición familiar o como si esto aseguraría perpetuar el nombre propio de algún antepasado. Pero, claro, eran también otros tiempos; tiempos en que, además, los nacimientos no se controlaban y casi todas las familias se caracterizaban por tener proles numerosas, independientemente de los ingresos de los padres o de su capacidad adquisitiva. Entonces los padres se llenaban de hijos y delegaban su futura seguridad a la Providencia. “Dios proveerá” decían, con una mezcla de ilusoria esperanza y religiosa resignación…

 

Como yo también vengo de una familia numerosa (solo fuimos once hermanos), debo haber intuido que los nombres eran asignados ya sea por el criterio antes descrito o por una suerte de “consagración” de los nuevos hijos a algún santo tutelar. Para aquellos que no habían sido bautizados siguiendo la tradición referida, se aplicaba una suerte de lotería onomástica que ponía en juego el santoral de la Iglesia católica. Esa era la costumbre. Pocas familias salían de ese esquema para bautizar y nombrar a sus hijos con apelativos que fuesen distintos. Quizá mi padre pertenecía a un grupo que se había apartado de la norma y había decidido asignar nombres a sus cinco primeros vástagos asegurándose de que aquellos empezaran siempre con la letra A.

 

Por todo ello, debo haber sospechado, desde muy chico, que habiendo tantos nombres, el santoral resultaba exiguo para alojar a todos los nombres que existían; mi inquietud se habría disipado cuando descubrí que los días del año podían abarcar a más de un santo. Tal vez pensaba que quizá esto último no habían conocido algunos padres que terminaron bautizando a sus hijos con nombres como Segismunda, Torcuato o Pancracio. ¡Quién sabe, nadie es perfecto! Además, creía que había otros nombres que no eran muy comunes, como Estanislao; este, como Ladislao, quizá estaba representado por un santo que no era parte del santoral español publicado.

 

Tampoco escapaba a mi atención que existían nombres que, aun siendo latinos o castellanos, provenían del hebreo, el idioma de la Biblia; por eso teníamos nombres como Judas, Abraham o Isaac, Ruth o Magdalena. Entendía, además, porqué habían bautizado al hijo de un vecino como Miroslav o a un par de futbolistas con el nombre de Ladislao. Este Ladislao nunca lo había escuchado hasta que se hizo popular un estupendo guardameta uruguayo de apellido Mazurkiewicz, que terminó sus días deportivos jugando para un equipo brasileño; hubo otro: el húngaro Ladislao Kubala, un portento de “volante ofensivo” que se convirtió en ídolo del Barcelona catalán cuando yo aún no había terminado mis años de primaria.

 

Con el nombre de Ladislao, o László (las tildes en ciertos idiomas, más que definir el  acento, parecen marcar la pronunciación de las vocales) me pasaría lo mismo que con el de san Estanislao, un adolescente polaco que se había escapado de su casa para hacerse jesuita y así cumplir con el sueño de recluirse en un noviciado (bien pensado, yo también pude haber estado a un tris de convertirme en santo). Para el caso del santo anterior, el László original, este había sido un soberano húngaro que había propuesto la canonización de san Esteban, otro rey húngaro y su propio antepasado, el mismo que habría asegurado la conversión del pueblo magiar al catolicismo. Hoy, ese rey László es venerado también como otro santo de la Iglesia.

 

Pero hay otro Ladislao que pudo ser más famoso aún; me refiero al inventor del estilógrafo, esferográfico, lapicero, bolígrafo o birome: se llamó László József Biró. También había nacido en Hungría, y residido por un tiempo en Argentina. Biró decretó la extinción del lápiz y del odiado canutero, y quién sabe si de la impredecible pluma fuente (¿cómo olvidar aquellas súbitas manchas en nuestras antes impolutas camisas?). Él habría desarrollado su formidable invento, auspiciado por Agustín Pedro Justo –luego de que fungiera como presidente argentino–; su artilugio incorporaba un tubito plástico o de metal que contenía la tinta y que disponía de una punta provista de una bolita de acero o tungsteno que escribía en forma continua al rodar ágilmente sobre el papel.

 

Biró se habría inspirado en la huella que dejaban las canicas luego de rodar sobre un charco de agua. Llamó “birome” a su invento; era el acrónimo de la empresa que formaría con su hermano y otro amigo (Biró–Meyne–Biró). Pronto la patente del esfero fue vendida a Parker, Paper Mate y Bich (fabricante de los más económicos y asequibles Bic); desde entonces, su popularidad ya fue imparable.


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22 marzo 2022

A veces enhiesta. No siempre enhiesta…

A través de su historia, la humanidad ha indagado con recurrente curiosidad acerca de la inmortalidad o, aún mejor, acerca de la perdurable juventud… Por lo menos ha aspirado, no obstante, a retrasar el envejecimiento y a llegar a guarismos de edad cada vez más elevados. La literatura de todas las épocas está llena de referencias a esta elusiva aspiración del hombre. En días pasados me entretuve leyendo la reseña de un nuevo libro perteneciente a dos personajes: el paleontólogo Juan Luis Arsuaga y el novelista Juan José Millás -autores, en colaboración, de una obra intitulada “La muerte contada por un sapiens a un neandertal”-, donde ellos abordan justamente ese controvertido tópico en forma mordaz e irreverente, divertida y desenfadada.

En el diálogo, Arsuaga y Millás discutían acerca de dos temas que, aunque están relacionados, son bastante diferentes: la eternidad  y el deseo de perdurar el vigor sexual con el transcurrir de los años. “A los hombres no nos preocupa la juventud gran cosa -sostenía el paleontólogo-. Yo me encuentro bien, me veo a mí mismo y me siento de puta madre, no necesito verme joven ni bello. El problema de la belleza no me preocupa demasiado. Lo que me preocupa es que no se me levante. Afortunadamente, los hombres hemos dado con una forma de eterna juventud. Se llama Viagra”. Así, ambos iban desenredando la madeja de una lógica más hedonista que existencial, y más humana que divina. ¿Para qué la eternidad -parecían argüir- si con ello, no puedo detener el efecto del tiempo?

 

En la Odisea existe un episodio que interrumpe el retorno de Ulises a Ítaca; es cuando la ninfa Calypso seduce al héroe y le ofrece eternidad y juventud a cambio de que se quede para siempre con ella. Odiseo-Ulises no transige, está  empeñado en regresar a Penélope, su mujer, y a su patria. El héroe permanece retenido en una remota isla, mientras logra construir la nave que le permitirá reanudar su viaje. Si la guerra de Troya le había tomado diez años, cree que ya es hora de volver, a pesar de que las incidencias del viaje han constituido una aventura fascinante.

 

Algo parecido leí hace pocos meses. Estaba escrito con esa habilidad tan natural que parece distinguir a la española Irene Vallejo, amiga de utilizar la mitología como su especializada referencia. Era, como ella lo señalaba, “la conmovedora historia de Titono, un troyano que enamoró a Eos, diosa de la aurora, quien incapaz de aceptar que un día su amado moriría, suplicó a Zeus la inmortalidad para su compañero. Sin embargo, atolondrada, olvidó pedir explícitamente que no envejeciera. Mientras Eos permanecía siempre idéntica, dormía junto a un amante cada noche más decrépito, y acabó encerrándolo con llave tras unas puertas doradas. Allí, Titono se arrugó y menguó hasta convertirse en una cigarra cuyo monótono canto es la súplica de (poder) morir”. Así, lo único que la diosa consiguió fue más bien la “vejez eterna” para su amado…

 

Hacia finales del 1800 el irlandés Oscar Wilde, escribió un clásico, “El retrato de Dorian Grey”; este trata del mito de la eterna juventud y de esos pérfidos factores que influencian el alma humana: el hedonismo y el narcisismo. La novela presenta la historia de un apuesto y pretencioso joven cuyo retrato va envejeciendo en la medida que lleva una vida disoluta y alborotada, mientras él conserva su aparente lozanía en la vida real. La obra concluye cuando el joven decide hacer un cambio de vida, aunque por motivos equivocados y, en un exabrupto de ira, decide destrozar el cuadro. Cuando llega la policía, que ha sido alertada de la zarabanda, encuentra el retrato de un hombre joven arrimado al cuerpo arrugado de un viejo decrépito en el que es imposible reconocer a Dorian Grey.

 

Juan Ponce de León, un explorador castellano que probablemente habría venido a América acompañando a Colón en su segundo viaje, fue gobernador de Puerto Rico; desde allí organizó varias expediciones que lo llevaron a descubrir la Península ubicada al norte de Cuba. Como aquello sucedió en Pascua Florida (1513), la bautizó por tanto como península de la Florida. Pisó tierra supuestamente en un lugar cercano al actual cabo Cañaveral. Estaba convencido que en esas tierras se encontraba la mítica fuente de la eterna juventud. Ponce de León habría de terminar sus días a causa de una flecha envenenada. En cuanto al veneno de su propia “flecha”… no se sabe si su eventual carencia le hizo perseguir con tanto afán empresa tan ilusa y obcecada...

 

El disfrute extendido de la actividad sexual (el duradero goce de los “placeres de la carne”) es uno de los mejores regalos que pueda reservarnos, con el paso de los años, la incierta y frágil condición humana. Mi padre, cuya fecundidad era testimonio de sus varoniles arrestos, muy bien lo sabía; y así y sin rubor lo ponderaba; por eso repetía con gracia nunca exenta de picardía: “A mí que me corten la luz, y hasta el teléfono, pero… ¡no el agua!”.


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