16 abril 2022

Eso de “reunirse a libar”

Sí, vivimos un tiempo mercurial, cambiante y voluble, y, por sobre todo, incierto y volátil. Si no, miremos al mundo con la pandemia y sus consecuencias; a Europa con su guerra absurda y sus secuelas que conmocionan y afectan a los demás países del globo; a nuestro propio país, con sus políticos mezquinos e ignorantes, con sus sórdidos problemas de inseguridad, quizá insolubles pero siempre apremiantes. Son tiempos tornadizos y ominosos, ellos nos llenan de incertidumbre y confusión. Imposible no preguntarse ¿Quo vadis? ¿Hacia dónde vamos?

 

Me temo, además, que los medios parecen no haber entendido su papel –no se diga su misión-, ya no parece importar la necesidad de educar y orientar a la gente, sino presentar lo que más vende, lo que más conmueve o escandaliza, lo que más impresiona. Yo, como muchos (tal vez la mayoría), he dejado de atender los noticieros, que se han convertido en cruel antología de la crónica roja, en instrumento de publicidad no solo del que más impresiona y espanta, sino de quienes más amedrentan, destruyen la paz social, roban, asesinan y amenazan.

 

Así, una nueva jerga va surgiendo, es como si nuevas palabras se fueran imponiendo, o –quién sabe– viejas voces con sentidos nuevos y no siempre correctos o adecuados. “Libar” es un ejemplo, un verbo que súbitamente fue adquiriendo un sentido figurativo, primero, y luego un concepto ajeno, que solo sugiere o insinúa, que nunca establece un concepto diáfano y claro. Libar no es, en nuestro país, lo mismo que beber licor o tomarse uno o varios tragos. Libar es algo sórdido y delincuencial. Significa instalarse a beber hasta perder el control; pero, además, con un propósito previamente convenido, nunca inocente, siempre non santo. Libar no es compartir unas cervezas con unos amigos, eso solo es un preámbulo y un pretexto, es la antesala y el prolegómeno de lo que intenta hacer el criminal o quien pretende cometer un delito, actuar como forajido, asaltante o sicario. Eso es lo que libar significa para la prensa y otros medios informativos; tiene un sentido indirecto, impreciso, disimulado.

 

Los medios han dado al verbo no solo un sentido peyorativo, han dado al vocablo un sentido oscuro y furtivo. Quiere decir algo que se efectúa en forma cautelosa y solapada. Libar no es solo emborracharse, ni siquiera hasta perder el control; es ejercitar una acción intencional y concertada como acto previo para cometer algo infame e indigno, despreciable y muchas veces trágico. No, libar no es solo reunirse a tomar con los amigos unos pocos, inocuos e inocentes tragos. Decir libar es insinuar algo ignominioso, delictivo y malvado.

 

No estoy seguro qué sentido tiene libar en los países vecinos, pero este no es el sentido recogido en los diccionarios consultados. El diccionario de la Academia dice que libar es lo que hacen las abejas: “sorber suavemente el jugo de las flores”; dice también que es “hacer la libación para el sacrificio o la presentación de ofrendas a los dioses”. Una última acepción expresa: “gustar un licor paladeándolo”. No existe, por tanto, nada pecaminoso, abyecto o malintencionado. Libar equivale a degustar, hacer lo que hacen ciertos insectos y el más pequeño de los pájaros. Quien liba succiona, saborea, prueba con delicadeza el néctar, el concentrado de un sabor, del mismo modo que lo hacen los colibríes o picaflores, nuestros quindes coloridos y mágicos.

 

No hay relación entre los delincuentes y los picaflores, también conocidos como tucusitos, chuparrosas, pájaros mosca o ermitaños. Dice la enciclopedia que forman un conjunto de aves apodiformes endémicas de América y que cuenta con más de 300 especies. El colibrí es un ave capaz de mantenerse suspendida en el aire mientras vuela y liba el néctar de las flores. Para mí que el picaflor, más que inspirar a los cazadores de corazones, es el verdadero arquetipo y paradigma, modelo y precursor de los modernos helicópteros. Pero hay algo más: es aquella su apariencia vistosa, aquella imagen colorida y reluciente, espléndida y admirable. Hoy sé que “el macho es de color verde tornasolado con reflejos azules en la garganta y la cola azul, y que la hembra tiene la garganta y el pecho blancuzcos y el vientre grisáceo”.

 

El colibrí es uno de los pájaros más pequeños del reino animal; es, además, “la única ave polinizadora; la única que posee un pico tan largo y delgado, y que es capaz de volar hacia atrás; es también la que aplica el aleteo más rápido (sus alas atraviesan el aire hasta 55 veces por segundo)”. En cuanto a la palabra “quinde”, este vocablo en su etimología es de origen quichua bajo la denominación «quindi» (o «kinti») que quiere decir eso:  colibrí.


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13 abril 2022

Gentilicios en el castellano

Los antiguos romanos utilizaban ciertas reglas para registrar sus nombres, reglas que hoy nos parecerían un tanto complicadas. Su inscripción daba indicio de si el individuo había sido hijo de ciudadano romano; en cuanto que, para las mujeres se utilizaba un sistema de identificación distinto. Los nobles se distinguían por tener una "tria nomina"; es decir, tres elementos en su nombre: el praenomen o prenombre (el nombre de un antepasado y existía una lista de dieciocho nombres de la que se podía seleccionar el escogido); el nomen o gentilicium, que equivalía al nombre propio; y el cognomen, que era realmente el nombre de familia. Aquel gentilicium venía a ser el nombre del clan o tribu (el gens), que con el tiempo dio origen al uso extendido de la palabra gentilicio.

 

Dice el diccionario de la lengua (RAE), sin embargo, que la palabra “gentilicio” viene del latín gentilitius que, a su vez, proviene de la voz latina gens (clan o tribu como hemos comentado), que correspondía al linaje o estirpe; pudiera decirse que era el equivalente a nuestros modernos apellidos. Pero el vocablo gens era también una manera de designar a otros pueblos, naciones o razas; por ello, el sentido de la palabra gentilicio evolucionó, y también lo hizo en nuestro idioma, para identificar a los originarios de un pueblo, región, país o estado.

 

No existen en el castellano reglas claras y definitivas (incluyentes o excluyentes) a la hora de elaborar los gentilicios, aunque las formas más comunes utilizan de modo preferente diversos sufijos, como: -ano, -co, -ense, -eño, -ero, -és o -ino. Es por esto que parecería existir en ocasiones una cierta arbitrariedad en la determinación de los gentilicios: en España se llama conquenses a los nativos de Cuenca, pero en el Ecuador se los dice cuencanos. Llamamos brasileños a los oriundos de Brasil, pero a veces los llaman brasileros: un día fui testigo de una las más severas reprimendas que puede endilgar un padre a su hijo, cuando enfrente de mucha gente le reprochó que nunca debió haber llamado “brasilianos” a los brasileños.

 

¿Cómo debería decirse: israelita o israelí?, por ejemplo. ¿Catareño o catarí?, ¿singapureño, singapurense, singapuriano o singapurio?, ¿salmantino o salamanqués?... Hay voces que representan a ciudades o países que invitan a la confusión, como Jerusalén o Constantinopla; o ciudades, sobre todo españolas, que propician el uso de un doble gentilicio, como Sevilla, Ávila, Alcalá, Santiago de Compostela o Catalayud. Así decimos sevillano o hispalense, avilés o abulense (sí, y con be labial), alcalaíno o complutense (por Complutum, el nombre romano de Alcalá de Henares), santiagués o compostelano, o bilbilitano al originario de Catalayud (por el nombre romano que antes tuvo la ciudad, Bílbilis). Sin dejar de recordar los gentilicios de dos de las ciudades que he mencionado anteriormente: jerosolimitano y constantinopolitano.

 

Ahora que lo menciono, esta doble manera de identificar a algunas ciudades españolas, debe de estar relacionada con los antiguos nombres que tuvieron esas localidades, los mismos que estuvieron emparentados con el idioma de sus “inquilinos” previos, que fueron quienes las nombraron o rebautizaron. Sus gentilicios son herencia del nombre que tuvieron esos lugares, con apelativos romanos, fenicios o árabes. No de otro modo se entiende que el nombre de una ciudad como César Augusta haya terminado convertido en el más sugestivo de Zaragoza…

 

No es apropiado (no digo que incorrecto), llamar holandés a quien es de Países Bajos; no se debe olvidar que estos constituyen solo la parte europea del reino de Holanda, reino que está conformado además por Aruba, Curazao, San Martín y otros territorios del Caribe. Por ello que a los holandeses europeos es mejor llamarlos con el adjetivo de neerlandeses. Los Países Bajos forman parte de una suerte de consorcio conocido como Benelux, que es un acrónimo que incluye a tres naciones: Bélgica, Netherlands y Luxemburgo. A los belgas septentrionales los llaman flamencos, pero esto nada tiene que ver con los andaluces o sus atuendos y bailes típicos, sino con su pasado: esa zona, conocida como región Flamenca, era parte del condado de Flandes (Flanders, en inglés).

 

Escribo esta entrada a cuento de algo que escucho y leo con frecuencia estos mismos días: el gentilicio de ucranio o ucrania (que son aceptados) en lugar del que parece más adecuado: ucraniano, al hablar de los habitantes o de asuntos relacionados o pertenecientes a Ucrania. Parece más adecuado ucraniano, sobre todo para evitar que se produzca anfibología, es decir un sentido ambiguo o equívoco. Si decimos vocalmente “la paciente ucrania”, no sabemos si nos referimos a una paciente ucraniana o a Ucrania, la paciente. Como se indicaba más arriba, y salvo pocas excepciones, el gentilicio en el castellano se construye utilizando ciertos prefijos. Quizá una de las excepciones sea Argentina cuyo gentilicio es argentino y nunca “argentiniano”…


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11 abril 2022

El “circuito” y su monopolio

En días pasados, intrigado por la ausencia de Phil Mickelson del torneo más importante de golf que existe en el mundo (el Masters es, sin lugar a dudas, el más interesante y prestigioso de los campeonatos del circuito), me enteré de que mi jugador favorito no participaría debido a ciertas discrepancias que habrían surgido con la organización que lo promociona, el PGA Tour (la Asociación de Golf Profesional). Demás está comentar que, lejos de lo que hubiera creído, esta no es –no ha sido– una entidad deportiva que promociona esa querida actividad, sino que más bien funciona como un ente empresarial, con sus reglas propias, que exige que quienes participan en los torneos estén previamente comprometidos con ella; y, no solo eso, sino que, de manera exclusiva.

 

Mickelson es no solo un extraordinario deportista, es un fantástico ser humano; es probable que su forma de ser, ese su caminar de hombre tranquilo y sencillo, y su casi adolescente jovialidad lo conviertan en uno de los golfistas más seguidos y apreciados que existen en el popular circuito. Es más, no solo que ha sido triunfador del Masters en tres ocasiones, y que fue el último ganador de un torneo mayor antes del citado torneo, sino que ha sido, por un lapso de treinta años, uno de los jugadores más icónicos y reconocidos del tour norteamericano; todo esto para no mencionar el aporte profesional que con su formidable habilidad ha favorecido a este prestigioso deporte, no se diga el impulso financiero que su participación ha significado.

 

El zurdo –Lefty, como lo conocen– es no solo un jugador superdotado, es quizás el golfista que más emulación despierta entre los aficionados a este entretenimiento (algunos no están todavía convencidos de que en realidad es un deporte); en efecto, no solo que ha triunfado en más de un medio centenar de eventos, sino que ha resultado vencedor en seis de los torneos conocidos como mayores; esto, además de haber sido el único que ha ganado uno de estos campeonatos después de haber cumplido 50 años de edad. Pudiera decirse que su bonhomía, sonrisa y manera de comportarse son todo un emblemático paradigma de lo que debería representar el PGA Tour.

 

Cierto es que gracias al PGA ha engrosado en forma incalculable su cuenta bancaria; cierto también que sin participar en esos torneos sus ganancias hubieran resultado irrisorias; pero también es cierto que sin aportes como el suyo el desarrollo y prestigio del PGA hubiesen sido menores. Tampoco se puede dejar de considerar que gran parte de sus ingresos no los debe a sus ganancias deportivas, sino a sus auspicios comerciales y, sobre todo, a una administración muy productiva de su imagen de caballero gentil y jugador ejemplar. A pesar de todo ello, y como a muchos nos ha pasado en la vida, Phil Mickelson ha empezado a pensar que su trayectoria no está teniendo el reconocimiento adecuado por parte del Tour que lo cobija; ha llegado a una edad en que no solo ya no se reconocen sus pasados logros, sino que los que ganan con más frecuencia son los más jóvenes del circuito.

 

¿Pero, qué es lo que ha pasado, qué ha sucedido con Phil? El jugador supuestamente ha estado en conversaciones, ha sido propuesto por un grupo árabe interesado en formar una liga de campeones, con el propósito de montar un espectáculo paralelo. Esto no quiere decir –por lo menos, no todavía– que exista un compromiso del jugador para abandonar, y menos aún para perjudicar al PGA, o para colaborar con lo que se consideraría como una competencia “desleal”. Es evidente que alguien habría alertado de que se hubieran dado esas conversaciones y Phil no ha negado que le habrían propuesto considerar esa posibilidad. Ha aprovechado, sí, para confesar sus inquietudes y frustraciones; y ha comentado que si lo habría considerado es porque la entidad funciona en forma un tanto autoritaria y no reconoce debidamente a sus jugadores.

 

No es coincidencia, pero la situación de este jugador –un fuera de serie– es similar a lo que estuvo sucediendo hace no mucho con la élite de los equipos del fútbol europeo. Estos no están en desacuerdo con que se siga estimulando, y aún favoreciendo a los clubes chicos, pero han empezado a sentir que su propio reconocimiento no es proporcional a las inversiones que han realizado. Conjeturo que Phil (como algunos otros) considera que, una vez que se cumplan ciertos requisitos (tiempo en la organización, por ejemplo) debería existir una mayor libertad para adquirir otros compromisos, así como un mejor reconocimiento económico para los jugadores veteranos en base no solo a su desempeño sino a sus pasados méritos. Por ahora, Phil ha pedido un poco de tiempo para “poner en orden sus ideas” y no tener que enfrentar lo que se pudiera llamar “la hipocresía de los advenedizos”. 

 

Lo cierto es que, como a menudo sucede en estas ocasiones, se dicen cosas que se hubiera preferido no decir y, como ya lo dijo un recordado presidente: “las palabras a veces van más allá de los conceptos”…


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08 abril 2022

De patuleas y patulecos

“No sé cómo los rebajados medios de comunicación dedican páginas y horas a esta patulea de vagos pueriles y jactanciosos, incapacitados para conducir un país”. Javier Marías. El País, 5 de marzo de 2022.

 

Eso que Marías llama una “patulea” para designar a un grupo de gente incivil, avariciosa, ágrafa y cínica, que conforma el cuerpo legislativo de su país (allá como aquí, siempre hay cabida para honrosas excepciones), no es sino un término más que se inscribe en esa suerte de campeonato de insultos, diatribas y más denuestos a que se han hecho acreedores estos mal llamados legisladores cuya dudosa estirpe domina el protagonismo político de nuestros países. Conforman, en efecto, un “conjunto de personas despreciables” como lo define el DLE.

 

Pero referirse a estos cómicos personajes (de nuevo, solo hablamos de la mayoría) no requiere que participemos en un improbable torneo de invectivas. Ahí están ellos para auto-dedicarse agravios y vituperios. Aun si no lo hacen, su menos que mediocre actuación no solo que los caricaturiza, sino que con exceso de fidelidad los refleja. Basta escuchar su cansina tautología para reconocer que, cualquier cosa que digan (o, que hayan intentado decir) se convierte por sí sola en el más prosaico testimonio, no solo de la real dimensión de su capacidad expresiva, sino que se traduce, por sí misma, en oprobio, mofa y ultraje.

 

Una noche -hace muchas lunas- conversábamos con un grupo de amigos acerca de este inaceptable y repetitivo tema (bien sabemos que lo realmente repetitivo, y lamentable, es que sigamos eligiendo a esta caterva de gente incompetente); de pronto, uno de mis hermanos narró el inesperado contrapunto verbal entre dos legisladores a quienes la prensa se había (mal) acostumbrado a distinguir (con el sentido de diferenciar) utilizando el inapropiado título de “honorables”. Contaba mi hermano, del cruce verbal entre dos diputados, cuando, finalizado el inopinado intercambio de emponzoñados escarnios y afrentas, el acusador habría concluido su zarabanda de dicterios endilgando al otro el más impensado insulto: “¡Liborio!”, le habría gritado. Para mí que, ya consultado, este pasaría a convertirse, no solo en el más inocuo de los denuestos, sino en pieza para la antología del disparate.

 

Demás está comentar que cuando llegué a casa y acudí al diccionario, para revisar la acepción de la potencial afrenta, me topé con esta inesperada respuesta: “el vocablo consultado no existe, la entrada que se muestra a continuación podría estar relacionada: ciborio”. Creí entonces que había escuchado mal, pero al consultar ciborio, caí en cuenta que la voz significaba copón para beber o artilugio que corona un altar o tabernáculo…

 

No me habría quedado más recurso que acudir a la enciclopedia, solo para enterarme que el tal Liborio (así, con mayúscula inicial) no era ningún vituperio, sino que -¿quién lo hubiera pensado?- era un nombre del santoral. ¿A quién, en sus cinco sentidos, pudiera ocurrírsele gritar a otro, por feo nombre que sea, un insulto en la forma de un nombre propio, como ¡Rudecindo o Marcelo!, ¡Rodrigo o Pancracio!? Pero no, Liborio no era una refinada ofensa, era un nombre, poco conocido pero nombre propio; hasta parece que había un hospital público en algún lugar que obedecía al nombre de Liborio Panchana Sotomayor, en honor -supongo- de algún médico reconocido por sus virtudes sociales, un personaje relevante, un ciudadano destacado. Liborio parece ser nombre de origen italiano, que tendría relación con “liberto” , o libre, y que querría decir independiente, redimido o emancipado.

 

En fin, son los calificativos a que se hacen acreedores estos “guacharnacos”, como –con acre ironía– algún mordaz y conspicuo político un día los llamó. O, como un viejo conocido colega solía decir: “no son sino unos patulecos”, palabra que no es ningún quiteñismo. No, no es voz vernácula. Es lo que se dice de una persona que tiene algún defecto físico en los pies o en las piernas, pero se utiliza para designar a alguien que tiene -figurativamente- un andar sinuoso, desviado o escaqueado… Ellos no están ahí con el propósito de defender algún interés nacional, ni siquiera el de quienes les han votado con la intención de que representen sus aspiraciones y necesidades; el suyo es un afán cicatero, avaricioso y mezquino, el puro deseo de aportar a intenciones oscuras y aprovechar de la circunstancia para alimentar sus insaciables faltriqueras. Sí, ¡solo son una sarta de incompetentes y aprovechados!


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05 abril 2022

La dama de blanco

Gente de toda condición es susceptible a creer en fantasmas y aparecidos, a dejarse influir y aun intimidar por historias de duendes  e inimaginables creencias. Una de ellas es la nocturna presentación del espectro ambulante de una dama que viste un difuminado traje blanco. Ella se desplaza por desolados e imprevistos rincones. A fe mía que, con sus respectivas variaciones, la creencia es casi universal. Para algunos se trata de una leyenda europea, surgida en algún pueblo eslavo o quizá en la Bohemia; la he escuchado incluso en tierras aztecas y en el Brasil, siempre se relaciona con el errante espíritu de una pobre mujer desesperada que ha muerto en confusas y trágicas circunstancias, es una dama trashumante que no ha logrado asegurar la paz de su alma. 
Estas siniestras alegorías casi siempre están signadas por la impronta del estupro, el adulterio o el crimen pasional. El temor a encontrase con la dama de blanco constituye aviso y amenaza de un conjuro fatídico. Desconozco si el mito es también común en nuestras tierras, pero su alusión no fue infrecuente entre los cuentos familiares que se narraban vocalmente en nuestra infancia. Cuando se hablaba de espectros noctámbulos, cucos y aparecidos, nunca se dejaba de mencionar a una doncella vestida de blanco y nupcial ajuar que se habría cruzado con nuestras propias tías en el oscuro descanso de la escalera. Comentaban que mientras ellas subían, ella desplazaba su albo velo de tul sin rozar la sustancia material de la grada… 
En cuanto a mis propios y trasnochados temores, sería en mi primer vuelo a la isla Norte de ese sorprendente país que es Nueva Zelanda, que exorcicé, en un solo viaje, mis recuerdos de aquella nunca olvidada fábula. Fue en ese vuelo a Auckland, volando el inolvidable 747-400, que tuve oportunidad de conocer a la auténtica y nada fantasmal “White Lady”, una que habría de mitigar mi hambre cuando se producían demoras en las llegadas... La Dama de Blanco neozelandesa era un negocio de hamburguesas, abierto de siete de la tarde a cuatro de la madrugada; era un enorme remolcador del tamaño de un autobús, adaptado para preparar y vender emparedados de carne especial, los más suculentos y sabrosos que haya probado jamás en mi vida. El “camper” estaba autorizado para estacionar junto a la vereda, era toda una institución culinaria en pleno centro de Auckland. 
Fue al día siguiente de aquella vez, cuando el copiloto me había llevado a conocer el adictivo establecimiento, que me llamó a media mañana para pedirme que le acompañe a Rotorúa. “¿Qué es eso?”, le indagué; “¡No me digas que vamos a la sucursal de la Dama Blanca, le embromé”. “No –me dijo– , el sitio está a unas dos horas de aquí, es un pueblito que está junto al lago del mismo nombre, el lugar es importante por ser la cuna de una “aviatriz” tan famosa como las pioneras Amy Johnson o Amelia Earhart”. “Te va a encantar el viaje –me animó–; ahí, en Rotorúa, está el santuario donde ella nació. Es venerada en este país. Su nombre era Jane Gardner Batten, pero fue mejor conocida como Jean Batten. Así que, ¡anímate!. Deja ya las cobijas y vamos a echar un vistazo”.
Realmente tuvimos un viaje inolvidable. Hicimos una parada “técnica” para degustar unos vinos y continuamos hacia nuestro destino. Llegamos a orillas del lago para el almuerzo, tal como mi compañero lo había prometido. “Podemos fingir que se llamaba “La Dama de la Bufanda Blanca”, comentó, mientras me enumeraba las hazañas de esa mujer piloto, nacida en 1909, que había roto algunos récords aéreos internacionales mucho antes de la II Guerra Mundial. Batten había volado sola entre Inglaterra y Australia y superado la marca anterior en su tercer intento; asimismo, habría completado un primer viaje de regreso, haciéndolo en el mismo avión. Hizo también un primer vuelo sola entre Londres y Nueva Zelanda. Más tarde, siempre volando sola y en un avión monomotor, habría cubierto el primer vuelo desde Inglaterra a Brasil, convirtiéndose así en la primera piloto en cruzar el Atlántico Meridional.
Hacia el final de su vida, Jean Batten se había radicado en Europa. Por un tiempo, habría vivido en las islas Canarias y más tarde en Palma de Mallorca. Cuentan que, con el paso de los años, se habría vuelto retraída, esquiva y algo ermitaña. Ahí, en las Baleares, habría sufrido la mordedura de un mastín callejero; la herida no habría sido atendida con oportunidad y la infección le habría producido una complicación que ya no pudieron superar los facultativos. Nadie sabía quién era la accidentada; ni pudo, por lo mismo, comunicar del deceso a sus familiares. Habría sido enterrada en un féretro sin marcar o, quién sabe, si identificada con otro apellido. Dicen que la habrían inhumado en una fosa común. Ese sería el increíble y triste final de quien inspiró a muchas otras mujeres a “tomar la cabrilla”.


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01 abril 2022

Érase una vez un mar…

Hace mucho, mucho tiempo, había una vez un mar que tenía nombre de mujer y se llamaba Panonia. Panonia se sentía un poco sola y aislada, estaba en Europa Central y un buen día, hace ya dos millones y medio de años, empezó a perder nivel y a secarse paulatinamente… Esta cláusula equivaldría a poco más de cien veces del tiempo transcurrido desde que un filósofo griego llamado Aristocles (427–347 a.C.), y apodado Platón por sus anchas espaldas, había fundado la Academia; y quizá unas diez, desde que el hombre inició su bipedación y decidió emigrar y dejar el África. Ahí estaba el mar, cercado hacia occidente por los Alpes, al sur por los Alpes Dináricos y los Balcanes, y al norte y oriente por los Cárpatos. Con el tiempo, el mar se convirtió en una feraz llanura y en uno de los más fértiles graneros de Europa. Así, también, poco a poco se fue poblando.

 

Pasado el tiempo, Panonia –o el mar Panonio– se convirtió en la llanura panónica y llegó a ser la patria de los indómitos y altivos magiares. Hasta el final de la I Guerra Mundial, cuando se firmó el Tratado de Trianón, Hungría, el estado que lo ocupaba en casi su totalidad, tenía una extensión equivalente a la actual del Ecuador; entonces era una potencia regional, pero los daños colaterales del conflicto le hicieron perder un setenta por ciento de su territorio. Hoy la extensión de Hungría no llega a cien mil kilómetros cuadrados. Lejos de lo que se puede creer, su idioma no es una lengua eslava; es más, no es siquiera un idioma indoeuropeo, es ugrofinés y constituye la lengua no indoeuropea con más hablantes que existe en Europa.

 

En tiempos del Imperio Romano, Hungría habría sido parte de las provincias de Panonia y de Dacia; en esta última compartía territorio con Rumania, pueblo que hablaba un dialecto derivado del latín vulgar. Hungría habría sido conocida por un tiempo como “Pascua Romanorum” (o pastos de los romanos). La zona sería conquistada por los hunos; y más tarde por una confederación de tribus con carácter hereditario, cuyo jefe habría sido conocido como “El diez flechas”, On-Ogur en el idioma que se hablaba en la llanura; esto daría lugar a llamar a la zona como “tierra de los húngaros”. Actualmente, ni húngaros ni rumanos hablan una lengua eslava; ocupan una ancha franja que va desde Austria hasta el mar Negro, a ambos lados se hablan únicamente idiomas relacionados con el eslavo.  

 

En Europa, en la actualidad, se hablan exclusivamente lenguas indoeuropeas con la sola excepción de Hungría y Finlandia (húngaro y finés). Un capítulo aparte merece el euskera o vascuence que se habla en el país vasco y que, por lo que se sabe, no está emparentado con ningún grupo lingüístico conocido; en la práctica, el vasco es una curiosidad que siempre ha fascinado no solo a los lingüistas sino también a los antropólogos. En cuanto a las principales lenguas indoeuropeas que se hablan en Europa, estas están repartidas en los siguientes grupos: báltico, eslavo, germánico, helénico e itálico (las lenguas del romance); en Asia, se hablan desde el sureste de Turquía hasta Bangladesh, pasando por Armenia, norte de Irak, Irán (el persa), Afganistán, Pakistán y la India. Hay alrededor de 150 idiomas indoeuropeos, con algo más de tres mil millones de hablantes.

 

Cuando los filólogos buscan similitudes entre los diferentes idiomas, no solo comparan la apariencia fonética sino otros aspectos gramaticales como el uso del género, el modo de construir el plural o la forma de conjugar los verbos. Uno de los primeros lingüistas preocupado por encontrar una identidad en el grupo indoeuropeo habría sido un jesuita, Gaston-Laurent Coeurdoux, quien habría vivido en la India hacia la segunda mitad del siglo XVIII y habría encontrado sorprendentes parecidos entre el sánscrito, el latín y el griego; y, además, entre diferentes idiomas europeos. Por un tiempo se habría creído que el sánscrito era el idioma germinal de las demás lenguas; sin embargo, posteriores estudios habrían llevado a concluir que se trataría más bien de otra lengua, una hablada en una zona ubicada hacia el norte del Cáucaso, entre los mares Caspio y Negro: esta sería considerada el proto-indoeuropeo.

 

Antes de Coeurdoux, hacia la primera mitad del siglo XVII, un neerlandés de nombre Marcus Zuerius van Boxhorn, habría sido el primero en reconocer una identidad entre las lenguas que más tarde se conocieron como indoeuropeas; van Boxhorn las habría llamado escitas o “escito-sármatas” y las habría encontrado repartidas en un amplio espectro ubicado entre Europa y Asia. Era un tiempo en que todavía se creía, por efecto del influjo bíblico, que el hebreo podría ser el idioma más antiguo del mundo. Luego de lo desarrollado por Coeurdoux, sus estudios habrían de ser continuados por otro filólogo, el inglés William Jones, quien había vivido en Calcuta y se había dado a la tarea de comparar las lenguas y de clasificarlas en forma sistemática.

 

Parece un cuento pero es la pura realidad, y para mí que una historia fascinante.


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