22 abril 2022

¿Por qué se llama Cristo a Jesús? *

* Escrito por: G.M. Abel. Periodista especializado en la historia y los viajes. National Geographic.

 

“Jesús, Cristo, Jesucristo… aunque estos términos se usan indistintamente, cada uno tiene un significado propio y un uso específico. Cuando se estudia el personaje de Jesús de Nazaret desde el punto de vista histórico, se suele usar su nombre propio. Cristo y Jesucristo son términos pertenecientes al ámbito religioso: Christós es un término griego que significa “ungido” y que usaba Pablo de Tarso, una de las figuras más importantes en los inicios del cristianismo y que contribuyó a difundir las enseñanzas de Jesús en el Imperio Romano.

 

Pablo de Tarso tenía raíces judías, pero se había formado en la cultura greco-romana: Cilicia, su región natal -en el sureste de la actual Turquía-, había sido fuertemente helenizada como parte del Imperio Seléucida y en el momento de su nacimiento llevaba unos 70 años bajo dominio romano. A menudo se le llama “el apóstol de los gentiles” porque, nacido en el punto de confluencia entre el mundo oriental y el occidental, supo adaptar el mensaje evangelizador para hacerlo llegar a un público de cultura helénica. Al hablar de Jesús solía referirse a él como “Iesoûs Christós”, “Jesús, el ungido”, que se contrajo en el nombre de Jesucristo; por la gran influencia que tuvieron sus escritos en la formación del cristianismo, este término terminó siendo adoptado en el ámbito religioso para hablar del personaje en su aspecto místico, mientras que el nombre Jesús se usaba para referirse al hombre.

 

Enviados de Dios: El acto de ungirse con aceites era un rito común en algunas civilizaciones antiguas del Mediterráneo. Se creía que, mediante el aceite, la divinidad extendía su protección sobre el ungido, reconociéndole como su representante; por ello era una práctica que establecía la legitimidad de los sacerdotes o, en el caso de monarquías teocráticas -como la hebrea-, del rey. El rito de la unción ya se mencionaba en la Torá como procedimiento por el cual los reyes de Israel recibían una doble aprobación: una por parte de los sacerdotes, en nombre de Dios, y otra por parte de los representantes de las tribus, en nombre del pueblo.

 

La consideración de “ungido” –en hebreo mashíaj, de donde proviene “mesías”–, sin embargo, no se limitaba al rey. La tradición judía atribuye este título a varios personajes que se consideraron enviados de Dios, desde los patriarcas hasta el emperador persa Ciro el Grande: este habría liberado a los judíos de su exilio en Babilonia y patrocinado la construcción del Segundo Templo de Jerusalén. El culto zoroástrico era también monoteísta.

 

Desde que Pompeyo el Grande anexionara Judea a los dominios romanos en el año 63 a.C., aparecieron varias figuras que se autodenominaron mesías. Flavio Josefo menciona a nueve, además de Juan Bautista y del propio Jesús, que fue considerado por sus seguidores como el último mesías que había sido profetizado en la Torá, el que traería el reino de Dios sobre la Tierra y el fin de las guerras. Cuando el cristianismo se estableció como culto organizado, este aspecto mesiánico se convirtió en el pilar fundamental para la legitimación del poder religioso, con la figura del Papa como intermediario elegido por Dios. También el Islam heredaría este concepto, considerando en este caso a Jesús el penúltimo de los mesías.

 

Nota complementaria: Los evangelios apócrifos a menudo han provocado dudas, conjeturas y contradicciones respecto al personaje histórico de Jesucristo. Kristin Romey, en su artículo “¿Existió realmente Cristo?”, escrito para National Geographic, también se refiere a la ausencia de concordancia entre los propios evangelios canónicos: “Solo dos de los cuatro evangelios mencionan su nacimiento, y dan versiones distintas: el pesebre y los pastores aparecen (solo) en el de Lucas; los reyes magos, la masacre de los inocentes y la huida a Egipto, en el de Mateo”. Hay quien cree que los evangelistas localizaron la Natividad en Belén para vincular al campesino galileo con la ciudad de Judea de la que, según la profecía del Antiguo Testamento, saldría el Mesías”. (Fin del artículo)

 

Nota del editor: Es vieja la discusión respecto a la falta de concordancia entre los cuatro evangelios canónicos. En Esperando a Godot, de Samuel Beckett, existe un diálogo entre dos mendigos, en el que el primero expone su desacuerdo frente al exclusivo perdón que alcanzó el buen ladrón. “¿Cómo es posible –reclama– que si los cuatro evangelistas estuvieron ahí, solo uno se refiere a este suceso? Solo uno habla de un ladrón salvado, uno de cuatro”. “De los tres restantes, dos ni lo mencionan, y el tercero dice que indultaron a los dos. Se hallaban allí los cuatro. Y sólo uno habla del ladrón salvado. ¿Por qué darle más crédito que a los otros?”. Alberto Vizcaíno.


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19 abril 2022

No, no esperen a Godot

MUCHACHO– ¿El señor Alberto?

VLADIMIR– Soy yo.

Samuel Beckett – Esperando a Godot

 

Fuimos esa tarde al cine Fénix. Era, otra vez, una nueva sesión del cine-foro intercolegial que conducía Luis Campos, mi profesor de Literatura. Exhibían una versión cinematográfica de Esperando a Godot, la “tragicomedia en dos actos” del irlandés Samuel Beckett. Era –recuerdo– la historia de dos indigentes que esperan a un personaje que jamás llegaba y que mandaba a decir que se disculpaba pero que al día siguiente sí llegaría. El punto es que Godot nunca llegaba y todos estábamos persuadidos que Godot nunca iba a llegar. Eran los años del auge del existencialismo –Jean Paul Sartre, Albert Camus–; el drama apuntaba al sinsentido de la condición humana, al tedio; recogía la propuesta del “teatro del absurdo”.

 

Hubo ese día posturas controversiales; nadie parecía ponerse de acuerdo en quién era el personaje principal, si uno de los integrantes del drama o ese personaje ausente y que nunca llegaba a la cotidiana y postergada cita. Estuvimos de acuerdo en que se trataba de una alegoría pero nadie supo definir, en tal contexto, qué representaba Godot. Tratándose de un ambiente de estudiantes católicos, se esperaba que algunos sugirieran –aun en contra de lo declarado por el propio autor– que Godot simbolizaba a la Divinidad. Recuerdo haber pedido la palabra para decir que discrepaba, que la obra se me antojaba como un acertijo filosófico y que Godot representaba al destino, un destino que nunca se convierte en presente porque solo es un futuro que nunca va a llegar; o, mejor todavía, que nunca “terminaba por llegar”.

 

Pasados los años, un amigo me preguntó un día si había leído ese drama de Beckett y si sabía que el autor se habría inspirado en la teoría del conocimiento de otro irlandés, George Berkeley, para exponer lo que expresan dos de sus personajes en la obra: Pozzo y Lucky (que nada tiene de afortunado). Así fue que un día me propuse leer el libro y así fue como me enteré quién había sido Berkeley, quien además había dado nombre a una ciudad situada al norte de Oakland, ubicada frente a San Francisco; y para nombrar también a uno de los centros educativos más famosos que existen en el mundo. Berkeley ha producido más de diez premios Nobel y una decena de premios Pulitzer; es considerada como una de las seis mejores universidades en el mundo y es reconocida como la primera universidad pública de los Estados Unidos.

 

Con Berkeley (el filósofo) me habría de suceder lo que alguna vez me pasó con Jonathan Swift, pues cuando revisé su biografía: su retrato reflejaba a un individuo que vestía el mismo hábito de los hermanos de la comunidad fundada en Reims por San Juan Bautista De la Salle. Hoy sé que ese atuendo, una sotana negra dotada de un alzacuellos con la forma de una golilla o babero –se llama realmente “rabat”–, no fue algo diseñado por los propios Hermanos Cristianos, sino que fue un hábito que estuvo reservado en el siglo XVII solo para los sacerdotes. Más tarde, y con las debidas dispensas, ese modelo fue adoptado por los hermanos lasallistas. Aquel rabat era, en la práctica, una pieza abreviada de un cuellecillo blanco que en esos tiempos cubría la parte superior de la sotana; el rabat se instalaba en la parte alta del pecho y consistía en dos apéndices blancos rectangulares.

 

Para averiguar el nombre y la simbología del rabat, hice hace pocos días una pequeña excursión a lo que fue “la quinta de los Hermanos” en Conocoto. Utilicé Google Maps para ubicarme y para encontrar el camino más conveniente; la aplicación me llevó desde San Rafael a Capelo y a través de San Pedro de Tabuada; y, desde ahí, y por medio de una diagonal del mismo nombre, hacia el occidente, donde otra flamante vía me condujo hacia el sector de El Deán Alto, esa ruta es conocida como Marquesa de Solanda, quien fuera la esposa del vencedor de la Batalla de Pichincha, y Mariscal de Ayacucho, el general venezolano Antonio José de Sucre.

 

Ahí, en esa vía, unas pocas cuadras antes de tomar hacia el sur en la avenida Abdón Calderón, se puede apreciar una construcción centenaria; el trazado de la calle ha sido alterado para evitar la demolición de aquella joya arquitectónica (hoy "medio renovada" y convertida en centro de recepciones). Es la “Mansión del Deán”, nada menos que la casa de hacienda heredada por Mariana Carcelén de Guevara y Larrea–Zurbano, Marquesa de Solanda y Villarrocha, fugaz esposa y viuda del Gran Mariscal. María Ana había nacido en esa misma casa… 


Vayan a conocerla; los restauradores han hecho lo que han podido… ¡Vayan. No esperen a Godot!


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16 abril 2022

Eso de “reunirse a libar”

Sí, vivimos un tiempo mercurial, cambiante y voluble, y, por sobre todo, incierto y volátil. Si no, miremos al mundo con la pandemia y sus consecuencias; a Europa con su guerra absurda y sus secuelas que conmocionan y afectan a los demás países del globo; a nuestro propio país, con sus políticos mezquinos e ignorantes, con sus sórdidos problemas de inseguridad, quizá insolubles pero siempre apremiantes. Son tiempos tornadizos y ominosos, ellos nos llenan de incertidumbre y confusión. Imposible no preguntarse ¿Quo vadis? ¿Hacia dónde vamos?

 

Me temo, además, que los medios parecen no haber entendido su papel –no se diga su misión-, ya no parece importar la necesidad de educar y orientar a la gente, sino presentar lo que más vende, lo que más conmueve o escandaliza, lo que más impresiona. Yo, como muchos (tal vez la mayoría), he dejado de atender los noticieros, que se han convertido en cruel antología de la crónica roja, en instrumento de publicidad no solo del que más impresiona y espanta, sino de quienes más amedrentan, destruyen la paz social, roban, asesinan y amenazan.

 

Así, una nueva jerga va surgiendo, es como si nuevas palabras se fueran imponiendo, o –quién sabe– viejas voces con sentidos nuevos y no siempre correctos o adecuados. “Libar” es un ejemplo, un verbo que súbitamente fue adquiriendo un sentido figurativo, primero, y luego un concepto ajeno, que solo sugiere o insinúa, que nunca establece un concepto diáfano y claro. Libar no es, en nuestro país, lo mismo que beber licor o tomarse uno o varios tragos. Libar es algo sórdido y delincuencial. Significa instalarse a beber hasta perder el control; pero, además, con un propósito previamente convenido, nunca inocente, siempre non santo. Libar no es compartir unas cervezas con unos amigos, eso solo es un preámbulo y un pretexto, es la antesala y el prolegómeno de lo que intenta hacer el criminal o quien pretende cometer un delito, actuar como forajido, asaltante o sicario. Eso es lo que libar significa para la prensa y otros medios informativos; tiene un sentido indirecto, impreciso, disimulado.

 

Los medios han dado al verbo no solo un sentido peyorativo, han dado al vocablo un sentido oscuro y furtivo. Quiere decir algo que se efectúa en forma cautelosa y solapada. Libar no es solo emborracharse, ni siquiera hasta perder el control; es ejercitar una acción intencional y concertada como acto previo para cometer algo infame e indigno, despreciable y muchas veces trágico. No, libar no es solo reunirse a tomar con los amigos unos pocos, inocuos e inocentes tragos. Decir libar es insinuar algo ignominioso, delictivo y malvado.

 

No estoy seguro qué sentido tiene libar en los países vecinos, pero este no es el sentido recogido en los diccionarios consultados. El diccionario de la Academia dice que libar es lo que hacen las abejas: “sorber suavemente el jugo de las flores”; dice también que es “hacer la libación para el sacrificio o la presentación de ofrendas a los dioses”. Una última acepción expresa: “gustar un licor paladeándolo”. No existe, por tanto, nada pecaminoso, abyecto o malintencionado. Libar equivale a degustar, hacer lo que hacen ciertos insectos y el más pequeño de los pájaros. Quien liba succiona, saborea, prueba con delicadeza el néctar, el concentrado de un sabor, del mismo modo que lo hacen los colibríes o picaflores, nuestros quindes coloridos y mágicos.

 

No hay relación entre los delincuentes y los picaflores, también conocidos como tucusitos, chuparrosas, pájaros mosca o ermitaños. Dice la enciclopedia que forman un conjunto de aves apodiformes endémicas de América y que cuenta con más de 300 especies. El colibrí es un ave capaz de mantenerse suspendida en el aire mientras vuela y liba el néctar de las flores. Para mí que el picaflor, más que inspirar a los cazadores de corazones, es el verdadero arquetipo y paradigma, modelo y precursor de los modernos helicópteros. Pero hay algo más: es aquella su apariencia vistosa, aquella imagen colorida y reluciente, espléndida y admirable. Hoy sé que “el macho es de color verde tornasolado con reflejos azules en la garganta y la cola azul, y que la hembra tiene la garganta y el pecho blancuzcos y el vientre grisáceo”.

 

El colibrí es uno de los pájaros más pequeños del reino animal; es, además, “la única ave polinizadora; la única que posee un pico tan largo y delgado, y que es capaz de volar hacia atrás; es también la que aplica el aleteo más rápido (sus alas atraviesan el aire hasta 55 veces por segundo)”. En cuanto a la palabra “quinde”, este vocablo en su etimología es de origen quichua bajo la denominación «quindi» (o «kinti») que quiere decir eso:  colibrí.


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13 abril 2022

Gentilicios en el castellano

Los antiguos romanos utilizaban ciertas reglas para registrar sus nombres, reglas que hoy nos parecerían un tanto complicadas. Su inscripción daba indicio de si el individuo había sido hijo de ciudadano romano; en cuanto que, para las mujeres se utilizaba un sistema de identificación distinto. Los nobles se distinguían por tener una "tria nomina"; es decir, tres elementos en su nombre: el praenomen o prenombre (el nombre de un antepasado y existía una lista de dieciocho nombres de la que se podía seleccionar el escogido); el nomen o gentilicium, que equivalía al nombre propio; y el cognomen, que era realmente el nombre de familia. Aquel gentilicium venía a ser el nombre del clan o tribu (el gens), que con el tiempo dio origen al uso extendido de la palabra gentilicio.

 

Dice el diccionario de la lengua (RAE), sin embargo, que la palabra “gentilicio” viene del latín gentilitius que, a su vez, proviene de la voz latina gens (clan o tribu como hemos comentado), que correspondía al linaje o estirpe; pudiera decirse que era el equivalente a nuestros modernos apellidos. Pero el vocablo gens era también una manera de designar a otros pueblos, naciones o razas; por ello, el sentido de la palabra gentilicio evolucionó, y también lo hizo en nuestro idioma, para identificar a los originarios de un pueblo, región, país o estado.

 

No existen en el castellano reglas claras y definitivas (incluyentes o excluyentes) a la hora de elaborar los gentilicios, aunque las formas más comunes utilizan de modo preferente diversos sufijos, como: -ano, -co, -ense, -eño, -ero, -és o -ino. Es por esto que parecería existir en ocasiones una cierta arbitrariedad en la determinación de los gentilicios: en España se llama conquenses a los nativos de Cuenca, pero en el Ecuador se los dice cuencanos. Llamamos brasileños a los oriundos de Brasil, pero a veces los llaman brasileros: un día fui testigo de una las más severas reprimendas que puede endilgar un padre a su hijo, cuando enfrente de mucha gente le reprochó que nunca debió haber llamado “brasilianos” a los brasileños.

 

¿Cómo debería decirse: israelita o israelí?, por ejemplo. ¿Catareño o catarí?, ¿singapureño, singapurense, singapuriano o singapurio?, ¿salmantino o salamanqués?... Hay voces que representan a ciudades o países que invitan a la confusión, como Jerusalén o Constantinopla; o ciudades, sobre todo españolas, que propician el uso de un doble gentilicio, como Sevilla, Ávila, Alcalá, Santiago de Compostela o Catalayud. Así decimos sevillano o hispalense, avilés o abulense (sí, y con be labial), alcalaíno o complutense (por Complutum, el nombre romano de Alcalá de Henares), santiagués o compostelano, o bilbilitano al originario de Catalayud (por el nombre romano que antes tuvo la ciudad, Bílbilis). Sin dejar de recordar los gentilicios de dos de las ciudades que he mencionado anteriormente: jerosolimitano y constantinopolitano.

 

Ahora que lo menciono, esta doble manera de identificar a algunas ciudades españolas, debe de estar relacionada con los antiguos nombres que tuvieron esas localidades, los mismos que estuvieron emparentados con el idioma de sus “inquilinos” previos, que fueron quienes las nombraron o rebautizaron. Sus gentilicios son herencia del nombre que tuvieron esos lugares, con apelativos romanos, fenicios o árabes. No de otro modo se entiende que el nombre de una ciudad como César Augusta haya terminado convertido en el más sugestivo de Zaragoza…

 

No es apropiado (no digo que incorrecto), llamar holandés a quien es de Países Bajos; no se debe olvidar que estos constituyen solo la parte europea del reino de Holanda, reino que está conformado además por Aruba, Curazao, San Martín y otros territorios del Caribe. Por ello que a los holandeses europeos es mejor llamarlos con el adjetivo de neerlandeses. Los Países Bajos forman parte de una suerte de consorcio conocido como Benelux, que es un acrónimo que incluye a tres naciones: Bélgica, Netherlands y Luxemburgo. A los belgas septentrionales los llaman flamencos, pero esto nada tiene que ver con los andaluces o sus atuendos y bailes típicos, sino con su pasado: esa zona, conocida como región Flamenca, era parte del condado de Flandes (Flanders, en inglés).

 

Escribo esta entrada a cuento de algo que escucho y leo con frecuencia estos mismos días: el gentilicio de ucranio o ucrania (que son aceptados) en lugar del que parece más adecuado: ucraniano, al hablar de los habitantes o de asuntos relacionados o pertenecientes a Ucrania. Parece más adecuado ucraniano, sobre todo para evitar que se produzca anfibología, es decir un sentido ambiguo o equívoco. Si decimos vocalmente “la paciente ucrania”, no sabemos si nos referimos a una paciente ucraniana o a Ucrania, la paciente. Como se indicaba más arriba, y salvo pocas excepciones, el gentilicio en el castellano se construye utilizando ciertos prefijos. Quizá una de las excepciones sea Argentina cuyo gentilicio es argentino y nunca “argentiniano”…


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11 abril 2022

El “circuito” y su monopolio

En días pasados, intrigado por la ausencia de Phil Mickelson del torneo más importante de golf que existe en el mundo (el Masters es, sin lugar a dudas, el más interesante y prestigioso de los campeonatos del circuito), me enteré de que mi jugador favorito no participaría debido a ciertas discrepancias que habrían surgido con la organización que lo promociona, el PGA Tour (la Asociación de Golf Profesional). Demás está comentar que, lejos de lo que hubiera creído, esta no es –no ha sido– una entidad deportiva que promociona esa querida actividad, sino que más bien funciona como un ente empresarial, con sus reglas propias, que exige que quienes participan en los torneos estén previamente comprometidos con ella; y, no solo eso, sino que, de manera exclusiva.

 

Mickelson es no solo un extraordinario deportista, es un fantástico ser humano; es probable que su forma de ser, ese su caminar de hombre tranquilo y sencillo, y su casi adolescente jovialidad lo conviertan en uno de los golfistas más seguidos y apreciados que existen en el popular circuito. Es más, no solo que ha sido triunfador del Masters en tres ocasiones, y que fue el último ganador de un torneo mayor antes del citado torneo, sino que ha sido, por un lapso de treinta años, uno de los jugadores más icónicos y reconocidos del tour norteamericano; todo esto para no mencionar el aporte profesional que con su formidable habilidad ha favorecido a este prestigioso deporte, no se diga el impulso financiero que su participación ha significado.

 

El zurdo –Lefty, como lo conocen– es no solo un jugador superdotado, es quizás el golfista que más emulación despierta entre los aficionados a este entretenimiento (algunos no están todavía convencidos de que en realidad es un deporte); en efecto, no solo que ha triunfado en más de un medio centenar de eventos, sino que ha resultado vencedor en seis de los torneos conocidos como mayores; esto, además de haber sido el único que ha ganado uno de estos campeonatos después de haber cumplido 50 años de edad. Pudiera decirse que su bonhomía, sonrisa y manera de comportarse son todo un emblemático paradigma de lo que debería representar el PGA Tour.

 

Cierto es que gracias al PGA ha engrosado en forma incalculable su cuenta bancaria; cierto también que sin participar en esos torneos sus ganancias hubieran resultado irrisorias; pero también es cierto que sin aportes como el suyo el desarrollo y prestigio del PGA hubiesen sido menores. Tampoco se puede dejar de considerar que gran parte de sus ingresos no los debe a sus ganancias deportivas, sino a sus auspicios comerciales y, sobre todo, a una administración muy productiva de su imagen de caballero gentil y jugador ejemplar. A pesar de todo ello, y como a muchos nos ha pasado en la vida, Phil Mickelson ha empezado a pensar que su trayectoria no está teniendo el reconocimiento adecuado por parte del Tour que lo cobija; ha llegado a una edad en que no solo ya no se reconocen sus pasados logros, sino que los que ganan con más frecuencia son los más jóvenes del circuito.

 

¿Pero, qué es lo que ha pasado, qué ha sucedido con Phil? El jugador supuestamente ha estado en conversaciones, ha sido propuesto por un grupo árabe interesado en formar una liga de campeones, con el propósito de montar un espectáculo paralelo. Esto no quiere decir –por lo menos, no todavía– que exista un compromiso del jugador para abandonar, y menos aún para perjudicar al PGA, o para colaborar con lo que se consideraría como una competencia “desleal”. Es evidente que alguien habría alertado de que se hubieran dado esas conversaciones y Phil no ha negado que le habrían propuesto considerar esa posibilidad. Ha aprovechado, sí, para confesar sus inquietudes y frustraciones; y ha comentado que si lo habría considerado es porque la entidad funciona en forma un tanto autoritaria y no reconoce debidamente a sus jugadores.

 

No es coincidencia, pero la situación de este jugador –un fuera de serie– es similar a lo que estuvo sucediendo hace no mucho con la élite de los equipos del fútbol europeo. Estos no están en desacuerdo con que se siga estimulando, y aún favoreciendo a los clubes chicos, pero han empezado a sentir que su propio reconocimiento no es proporcional a las inversiones que han realizado. Conjeturo que Phil (como algunos otros) considera que, una vez que se cumplan ciertos requisitos (tiempo en la organización, por ejemplo) debería existir una mayor libertad para adquirir otros compromisos, así como un mejor reconocimiento económico para los jugadores veteranos en base no solo a su desempeño sino a sus pasados méritos. Por ahora, Phil ha pedido un poco de tiempo para “poner en orden sus ideas” y no tener que enfrentar lo que se pudiera llamar “la hipocresía de los advenedizos”. 

 

Lo cierto es que, como a menudo sucede en estas ocasiones, se dicen cosas que se hubiera preferido no decir y, como ya lo dijo un recordado presidente: “las palabras a veces van más allá de los conceptos”…


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08 abril 2022

De patuleas y patulecos

“No sé cómo los rebajados medios de comunicación dedican páginas y horas a esta patulea de vagos pueriles y jactanciosos, incapacitados para conducir un país”. Javier Marías. El País, 5 de marzo de 2022.

 

Eso que Marías llama una “patulea” para designar a un grupo de gente incivil, avariciosa, ágrafa y cínica, que conforma el cuerpo legislativo de su país (allá como aquí, siempre hay cabida para honrosas excepciones), no es sino un término más que se inscribe en esa suerte de campeonato de insultos, diatribas y más denuestos a que se han hecho acreedores estos mal llamados legisladores cuya dudosa estirpe domina el protagonismo político de nuestros países. Conforman, en efecto, un “conjunto de personas despreciables” como lo define el DLE.

 

Pero referirse a estos cómicos personajes (de nuevo, solo hablamos de la mayoría) no requiere que participemos en un improbable torneo de invectivas. Ahí están ellos para auto-dedicarse agravios y vituperios. Aun si no lo hacen, su menos que mediocre actuación no solo que los caricaturiza, sino que con exceso de fidelidad los refleja. Basta escuchar su cansina tautología para reconocer que, cualquier cosa que digan (o, que hayan intentado decir) se convierte por sí sola en el más prosaico testimonio, no solo de la real dimensión de su capacidad expresiva, sino que se traduce, por sí misma, en oprobio, mofa y ultraje.

 

Una noche -hace muchas lunas- conversábamos con un grupo de amigos acerca de este inaceptable y repetitivo tema (bien sabemos que lo realmente repetitivo, y lamentable, es que sigamos eligiendo a esta caterva de gente incompetente); de pronto, uno de mis hermanos narró el inesperado contrapunto verbal entre dos legisladores a quienes la prensa se había (mal) acostumbrado a distinguir (con el sentido de diferenciar) utilizando el inapropiado título de “honorables”. Contaba mi hermano, del cruce verbal entre dos diputados, cuando, finalizado el inopinado intercambio de emponzoñados escarnios y afrentas, el acusador habría concluido su zarabanda de dicterios endilgando al otro el más impensado insulto: “¡Liborio!”, le habría gritado. Para mí que, ya consultado, este pasaría a convertirse, no solo en el más inocuo de los denuestos, sino en pieza para la antología del disparate.

 

Demás está comentar que cuando llegué a casa y acudí al diccionario, para revisar la acepción de la potencial afrenta, me topé con esta inesperada respuesta: “el vocablo consultado no existe, la entrada que se muestra a continuación podría estar relacionada: ciborio”. Creí entonces que había escuchado mal, pero al consultar ciborio, caí en cuenta que la voz significaba copón para beber o artilugio que corona un altar o tabernáculo…

 

No me habría quedado más recurso que acudir a la enciclopedia, solo para enterarme que el tal Liborio (así, con mayúscula inicial) no era ningún vituperio, sino que -¿quién lo hubiera pensado?- era un nombre del santoral. ¿A quién, en sus cinco sentidos, pudiera ocurrírsele gritar a otro, por feo nombre que sea, un insulto en la forma de un nombre propio, como ¡Rudecindo o Marcelo!, ¡Rodrigo o Pancracio!? Pero no, Liborio no era una refinada ofensa, era un nombre, poco conocido pero nombre propio; hasta parece que había un hospital público en algún lugar que obedecía al nombre de Liborio Panchana Sotomayor, en honor -supongo- de algún médico reconocido por sus virtudes sociales, un personaje relevante, un ciudadano destacado. Liborio parece ser nombre de origen italiano, que tendría relación con “liberto” , o libre, y que querría decir independiente, redimido o emancipado.

 

En fin, son los calificativos a que se hacen acreedores estos “guacharnacos”, como –con acre ironía– algún mordaz y conspicuo político un día los llamó. O, como un viejo conocido colega solía decir: “no son sino unos patulecos”, palabra que no es ningún quiteñismo. No, no es voz vernácula. Es lo que se dice de una persona que tiene algún defecto físico en los pies o en las piernas, pero se utiliza para designar a alguien que tiene -figurativamente- un andar sinuoso, desviado o escaqueado… Ellos no están ahí con el propósito de defender algún interés nacional, ni siquiera el de quienes les han votado con la intención de que representen sus aspiraciones y necesidades; el suyo es un afán cicatero, avaricioso y mezquino, el puro deseo de aportar a intenciones oscuras y aprovechar de la circunstancia para alimentar sus insaciables faltriqueras. Sí, ¡solo son una sarta de incompetentes y aprovechados!


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