05 julio 2022

Historia de una revancha

“Y así… medita en tu mente y en tu corazón cómo matarás a los pretendientes en tu palacio: si con dolo o a la descubierta; porque es preciso que no andes con niñerías, que ya no tienes edad para ello”. La Odisea, Canto Primero, Exhortación de Atenea a Telémaco.

 

He terminado de releer La Odisea. Esta vez la he leído después de más de 50 años. Antes lo habría hecho para cumplir con alguna tarea escolar; esa habría sido una lectura apresurada, motivada por la necesidad de presentar un resumen y por el cumplimiento de un perentorio plazo. Lo más seguro es que el relato me habría parecido una serie de fabulosas hazañas. Esta vez no lo he interpretado tanto como la historia de un largo viaje de retorno, tampoco de un viaje con dificultades sino más bien como el relato de una forma de saldar cuentas. Vaya, lo digamos sin circunloquios: el viaje es solo un pretexto. La obra trata de la historia de una venganza.

 

Cuando era muchacho había una serie llamada Los vengadores (The avengers). Eso me ha parecido el poema épico esta vez, un capitulo más de esa serie, un nuevo episodio en el que una pareja de detectives se hace cargo de tomarse una revancha. La diferencia es que en la obra clásica no participan esos actores, sino que coinciden una divinidad, Atenea (“la deidad de los ojos de lechuza”) y el mortal Odiseo (el héroe griego “fecundo en ardides’).

 

Así advierto que esta “apología del desquite” es una reiterada obsesión en la historia de la literatura occidental, una manera de poner luz al lado oscuro de la condición humana. Medito en si, de acuerdo a nuestra formación judeo-cristiana, no es –esto de vengarse– una forma de debilidad; en si esto de buscar revancha, no es una forma de obsesión, si no refleja acaso la incapacidad de perdonar, aquella ausencia de nobleza y generosidad que alguna vez fuera un anatema y que nuestros preceptores trataron de inculcarnos como algo negativo…

 

Pero, no. Nuestra literatura está repleta de repetitivas muestras de esta pasión cegadora. Allí están: El túnel, de Sábato; Otelo, de Shakespeare; Cumbres borrascosas, de Bronte; La regenta, de Clarín… Es probable que desde la infancia nos confunda esta pulsión por la venganza, y que nos desequilibre su dialéctica; por ello que, esto de des–quitarnos –de quitarnos algo de encima–, no sea sino una prolongación de nuestras fobias infantiles, la respuesta a nuestras perennes inseguridades, y se nos haga tan difícil escapar a su seducción. Vengarse se convertiría en una forma de volver a la niñez, de dar rienda suelta al resentido rapaz que llevamos dentro.

 

La Odisea me hace pensar en que los poemas épicos pudieran estar incompletos, me sugiere que Homero (si realmente existió) tal vez tuvo planeada una tercera saga. El mismo Ulises (Odiseo) sabe que su reacción contra los pretendientes de su esposa es descabellada y excesiva, y teme no ser comprendido ni condonado por su gente. Por eso es que tal vez la revancha se envuelve en un manto de inspiración divina, de pronto el guion ya no es el de una historia épica sino el de una tragedia a la manera de los dramas de Eurípides. Odiseo recela que sus actos pudieran no gozar de indulgencia, por eso no da la cara y astutamente se disfraza de andrajoso mendigo. Así, la historia se convierte en un alegato, más que en un testimonio de su astucia y reconocida sagacidad.

 

El crimen de los pretendientes de Penélope fue haber irrespetado su casa: se tomaron su vino, se comieron sus carnes y abusaron de sus esclavas; pero ellos no irrespetaron a la consorte de Odiseo. Si la pretendieron fue porque deseaban asumir el poder y porque la ausencia de Odiseo ya era excesiva (20 años, y se lo presumía muerto). Ellos no habían faltado a su esposa, querían competir entre ellos para desposarla cuando bien pudieron desdeñar a Penélope y usurpar el poder, pues se había producido un vacío que justificaba el reemplazo. Por ello, la respuesta del héroe ausente fue desmesurada, si –ademásse cobró la supuesta afrenta por propia mano…

 

La historia de la civilización refleja el cambio de nuestros valores y arquetipos. Hoy no veríamos la venganza como un gesto altivo, o como un mérito, y ni siquiera la justificaríamos, a lo sumo la interpretaríamos como un instinto básico… ¿No es la revancha un sinsentido, una forma de necedad? ¿Es sensato buscar la infelicidad ajena, en lugar de la propia tranquilidad? Nuestra cultura ya no ve la represalia como una catarsis, sabe que la venganza es un poderoso móvil pero que esta no puede convertirse en factor para proporcionar un “dulce” placer: aquél de devolver el daño para satisfacer una necesidad primaria: la del ojo por ojo y el diente por diente.


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01 julio 2022

Aquel tiempo recobrado

Hacia mediados de 1973 la aerolínea para la que trabajaba (TAO) suspendió súbitamente sus operaciones y yo, asimismo, perdí inesperadamente mi empleo. Tenía 21 años, lo cual en cierto modo era una ventaja. No había entonces una importante oferta de pilotos, lo que también lo era. Registraba a la sazón una nada despreciable experiencia. Nada común para un muchacho de esa edad, lo malo era que no había vacantes, todas las plazas estaban tomadas. Yo “tenía que volver a volar, no solo para mantenerme vigente, sino porque había asumido un compromiso familiar, el financiamiento de un proyecto especial, y tenía que responder ante los acreedores. Nadie, sin embargo, parecía necesitarme. ¡No lograba conseguir un nuevo empleo!

 

El “hiato vacacional” duró casi seis meses; y yo que creía que con esa exigua, pero quizá, atractiva experiencia podía comerme al mundo… mas, pronto sentí que, en apariencia, era el mundo el que estaba listo para devorarme a mí. Opté entonces por la única alternativa disponible: la fumigación agrícola que en esos años ya tenía gran demanda. Fumigar es un trabajo entretenido, es bien remunerado y constituye una actividad lúdica, pero tiene su contrapartida: es una operación riesgosa porque casi todo el trabajo se conduce a ras del suelo y porque, además, se trabaja lanzando químicos o insecticidas que son venenosos. Las substancias tóxicas van poco a poco, y sutilmente, afectando adversamente la salud del piloto.

 

Pronto me comprometí con otra empresa y realicé el curso para obtener los conocimientos y la pericia necesaria. Así, a la par que efectuaba el curso, se me dio la oportunidad de colaborar con una pequeña compañía de taxi aéreo que transportaba pasajeros y el diario “El Universo” desde Guayaquil a otras ciudades. En esas estaba, cuando una tarde me llamaron desde Quito para proponerme que volara un monomotor STOL al que llamaban “Machaca”, la operación se efectuaba en el Nororiente y estaba al servicio de TEXACO. Quien me lo proponía me conocía personalmente y supongo que habrá pensado que mi experiencia de vuelo en la región amazónica y, sobre todo, la que había acumulado volando otro avión STOL (el Twin Otter) harían más fácil mi transición.

 

Pese al clima insalubre y a la condición de que el vuelo era en un monomotor (un solo motor) la oferta era muy tentadora; el régimen laboral era de una semana de trabajo por una de descanso y el estipendio era inobjetable; sabía de antemano que el tipo de vuelo me iba a gustar.  Ahí me mantuve por tres años (finales de 1973 hasta finales de 1976). Las pistas STOL (despegues y aterrizajes en pistas cortas) son muy restrictivas y exigen mucha precisión. Los turnos se cumplían con dos pilotos que efectuaban cuatro circuitos diarios a los principales campos y atendían otros traslados que pudieran presentarse. Sin embargo, sobre todo durante los fines de semana, había que entretenerse con algo más que estar pendiente de que "saliera" un vuelo. Había que combatir el aburrimiento…

 

No sé qué vino primero, si fue mi afición a la lectura o fueron esas obscenas horas de ocio las que me invitaron a hacer algo más provechoso con el tiempo. Así fui abrigando el convencimiento de que no existía tiempo mejor invertido que el dedicado a los libros. Solo así me explico cómo pude haberme leído los siete tomos de “En busca del tiempo perdido”, de Marcel Proust en menos de un par de meses. Hoy que lo medito, caigo en cuenta de que aquél no solo fue un “tiempo recobrado” (casi el título del último volumen) sino que fue tiempo bien invertido y mejor aprovechado, tiempo ganado al tiempo, tiempo que aproveché viviendo ese mundo paralelo que es el de la literatura, siempre entretenido con obras que, dado su tamaño o complejidad, de otro modo no hubiese sido factible que las pudiese disfrutar.

 

Lo comentado viene a cuento de un artículo de Javier Cercas, titulado “No leáis”. que he revisado en estos días (Palos de Ciego – El País), en el que se refiere a lo que leemos (o “decimos que leemos”) y comenta: “… el problema no es la gente que no ha descubierto el placer de la lectura (a estos basta con darles el pésame); el problema es la gente a quien lo que le gusta no es leer sino decir que ha leído, la gente que lee o finge leer no aquello que le gusta de verdad, o que podría llegar a gustarle, sino lo que piensa que debería gustarle…”, lo que parecería gustarle a los otros, diría yo. Se apoya el autor en el nombre de una librería que conoce. Su rótulo en catalán la identifica: “Nollegiu” (“No leáis”) que, según Cercas, no solo significaría “No leáis”, sino también “No leéis”, lo cual “no es sólo un consejo; también es una constatación”. Por mi parte, pienso que sería no solo aquello, sino además una provocación. O, como yo mismo he comentado: una admonición y una preocupada advertencia…

 

De vuelta a lo del “monomotor”, me gustaría matizar con una breve anécdota. Un día coordiné un vuelo para una funcionaria, a quien debía informar que el vuelo que se le había programado era en ese tipo de avión. ¿Qué quiere decir monomotor?, me indagó. “Que tiene un solo motor”, respondí. “O sea que si el motor se apaga, se cae el avión”, me replicó. “Bueno... no es una manera muy poética de decirlo”, le contesté. Al final, el vuelo no se realizó…


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28 junio 2022

Eso de “hacer llegar”

En días pasados dejé suspendida en el aire (“blowing in the wind”) una inquietud, aquella de si resulta realmente correcta la locución verbal “hacer llegar”, no solo porque no significa exactamente enviar o remitir (parecería sonar más distinguida que mandar), sino porque algo nos dice que pudiera tratarse de un innecesario giro de la lengua francesa. Muchos creen que el solo hecho de enviar no responde completamente a la idea de hacer llegar, pues no satisface la acción transitiva complementaria, la de entregar (o recibir). Se trataría de la misma diferencia que hay en el inglés entre los verbos transitivos “to send” y “to deliver”. Nótese que, para nuestro caso, pudiera ser más apropiado: “to pass on” (nuestro coloquial “pasar”). Del mismo modo, usamos en inglés “convey” cuando la intención es la de entregar un mensaje o transmitir un saludo o felicitación.

 

Para empezar, el uso de hacer llegar es frecuente, si no común, tanto en España como en América. Es probable que la intención de dicha utilización estribe en un cierto cultismo, es decir en el deseo de no usar una expresión de apariencia prosaica como sería “voy a mandar” o “voy a enviar”. A la gente pudiera parecerle preferible, más elegante y apropiado –sobre todo en lenguaje administrativo– el uso de un “voy a hacerle llegar” o cualquiera de sus variantes (me ha hecho llegar, te haré llegar, me hizo llegar, etc.). Nótese, como antes se había indicado, que el mero envío no cumple con la intención final de la transferencia que no es otra que la recepción, aquella que completa la entrega de lo enviado.

 

Semánticamente, por otra parte, enviar no puede significar lo mismo que hacer llegar. Sería fácil demostrarlo con un simple ejemplo y para ello reemplazaríamos enviamos por hicimos llegar: “le hicimos llegar el billete al pasajero pero no lo recibió”… por ejemplo. Aquí parecería haber una cierta inconsistencia; entonces, ¿en qué mismo quedamos, le hicimos llegar o no?, si le hicimos llegar el billete, ¿por qué no lo recibió? Por ello, hay quienes sostienen que hacer llegar solo debería utilizarse con referencia al pasado, pues no se puede asegurar la entrega si se refiere al futuro; personalmente, pienso que no, pues cuando usamos la expresión no estamos afirmando que haremos la supuesta entrega sino únicamente que nos aseguraremos de que la misma se produzca.

 

De acuerdo con el diccionario, una acepción del verbo hacer es la de componer o arreglar (en el sentido de “hacer preparativos”); así decimos: hacer la maleta, hacer la cama o hacer el desayuno, no estamos indicando que vamos a fabricar o a construir ni la cama, ni la maleta ni la comida. Con idéntico propósito, si digo hago llegar significa que “hago preparativos o arreglos para que algo se entregue”; aunque, si digo “me hizo llegar”, ya no se habla de los eventuales arreglos o preparativos sino puntualmente de algo que ya se cumplió, pues ya se lo entregó. Otra forma muy común de hacer llegar es su utilización con el sentido de participar o de entregar algo que no es físico, como cuando decimos hago llegar mi saludo o mis felicitaciones. Sería justamente el uso con este mismo sentido el que influiría para que también se use para el caso de cualquier otra entrega física.

 

En cuanto a que se trate de un galicismo o de un giro de otra lengua europea adaptado a nuestro idioma, parece que un uso similar existe en otras lenguas del romance, pero no en el latín y tampoco en el italiano; lo que hace probable que también otros idiomas de origen latino (portugués, catalán) lo hayan tomado de otra lengua, y eventualmente del francés. Respecto a esta posibilidad, hay quienes piensan que no solo sería un innecesario galicismo (si se trata del francés), sino incluso un disparate. Por lástima no domino el francés, ni lo he podido confirmar, por lo que dejo esta posibilidad en el campo de la conjetura.

 

Pero, existe un uso de la locución que sería perfectamente aceptable, es cuando hablamos de llegar a tiempo o de llegar tarde a un evento específico y culpamos a una determinada circunstancia de un eventual retraso; esta situación nada tiene que ver con un envío o entrega. Así podemos referirnos a un determinado motivo para justificar que algo se encargó de “hacer(nos) llegar tarde”; un caso similar es cuando se utiliza la expresión para invocar una expectativa de carácter positivo, como “hacer llegar lejos”. Pero, en estos casos, se trata de variantes que ya no están relacionadas con el verbo entregar.


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26 junio 2022

Bullas, asonadas y otros ruidos

En días pasados preguntaba qué mismo quieren los dirigentes de la CONAIE, Confederación de Nacionalidades Indígenas (está claro que si los que son dirigentes no lo saben, tampoco llama la atención que los que no lo son reclamen y protesten sin saber por qué). Lo importante sería saber no por qué protestan, sino por qué utilizan ese tono. ¿Por qué el encono, la violencia, la amenaza, el secuestro y la agresión para expresar su desacuerdo? Ojo: no es que subestime la razón de su protesta o inconformismo, siempre pensé que algo de noble y digno existe en la rebeldía, no es algo que pueda menospreciar y, menos, irrespetar.

 

Cuando era “guambra” (muchacho en quichua) se pusieron de moda las movilizaciones políticas (nunca supe por qué solo sucedían después de las cinco de la tarde); la gente las llamaba “bullas”; siempre me pareció un modo inofensivo para llamar a esos embriones de asonada, a esos disturbios que muchas veces no pasaban del desafío y la amenaza, y quedaban solamente en eso: en puro ruido, un ruido poco sonoro, inconsistente y vacío…

 

Pero ya no son eso las movilizaciones en estos días. Ya no son solo ruido, ni siquiera “mucho ruido” como en la canción de Sabina. Hoy vislumbran un intento malévolo y perverso por lastimar, por hacer daño. Ya se sabe: es la metodología de la ofensiva insensatez, con sus atentados a la propiedad ajena, sus torpes “travesuras” y sus lamentables decesos. Su impronta parece también invariable, con su negativa radical a aceptar el diálogo, no se diga la búsqueda del justo medio, la civilizada transacción. “O me das lo que pido, o te sigo atacando y destruyendo”: el sumun de la destrucción y la nueva política… Además, “me das lo que te pido, pero no te ofrezco nada a cambio”: no tengo obligaciones, ¡solo tengo derechos!

 

Y, claro… esta irracional actitud nadie comprende; la gente observa los daños, ve el efecto que los desmanes tienen en la propiedad y la seguridad de sus vidas, y reacciona. Esto produce un daño automático y colateral: es la sensación en quienes no los entienden, o que entendiéndolos no están de acuerdo, que ellos son violentos por no otro motivo que porque son indígenas. Y creo que esto es precisamente lo más perjudicial y más triste, no solo porque les hace daño a ellos mismos, sino porque esto destruye todo esfuerzo previo que se pudo haber implementado para cimentar un sentido de nacionalidad. Sí porque la nacionalidad no es una entelequia romántica es algo necesario para crecer como nación, y que es indispensable para identificarnos y buscar juntos lo que llamamos porvenir.

 

Han pasado quince días de disturbios y no se tiene claro qué nos depararán los venideros. Es probable que a inicios de semana me hubiese dejado llevar por el optimismo, pero no contaba con que probablemente el líder de los insurrectos también estaba supeditado a hallar el respectivo consenso entre sus adeptos. En este punto, he manifestado mi aspiración por que cualquier resolución que se tome, no solucione solo parcialmente el problema, pues ya es hora que enfrentemos el tema como colectividad y busquemos una iniciativa que sea valedera para un período importante de tiempo. He hablado incluso de la eventual creación de una entidad gubernamental, preferentemente un ministerio, con autonomía, fondos y recursos propios, con la participación de las comunidades y sin injerencia política.

 

Unos pocos me han expresado su desacuerdo, pues se preguntan por qué se privilegiaría la situación del indígena sobre la del montubio, el negro u otros campesinos. Hubo incluso quien no estuvo de acuerdo con el uso del apelativo “indígena” por considerarlo peyorativo. Se me recomendó utilizar el término inexacto de campesino. Creo, en cuanto a esto, que existe una distorsión: indígena no es un apelativo asignado al miembro de un grupo racial o social; etimológicamente solo significa nativo u originario del país, solo significa nacido en el lugar. Idéntica observación pudiera efectuarse a palabras sustitutivas como aborigen o autóctono, que, más o menos, quieren decir “que ha nacido y además vive en el lugar”. El tema creo que es culpa de Colón que creyó que había llegado a las Indias y llamó a sus aborígenes indios. Pero no los estamos llamando indios, que quizá podría ser peyorativo, sino indígenas. Además, no somos nosotros, ellos mismos se llaman así: eso mismo es la CONAIE.

 

El punto importante es que debemos fortalecer nuestro sentido de nacionalidad; y, para ello, y para resolver el problema de la vivienda y el bienestar, de la salud y educación de nuestros “campesinos”, debemos buscar, ante todo, una solución integral, definitiva y permanente.



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24 junio 2022

El hombre de la linterna

He vuelto sobre La Odisea en estos días; la mía es una vieja versión de bolsillo editada por Bruguera, debo haberla leído por primera vez hace tal vez unos cuarenta años, lo denuncia aquel ocre de sus páginas que, cual áurea impronta, ha ido marcando el paso del tiempo. Esta vez, mi lectura es lenta y pausada, es a fin de cuentas la historia de un largo viaje o, aun mejor, la historia de un viaje no muy largo que tomó demasiado tiempo (bien pensado, la vida misma es también un largo viaje). Todavía subsiste un debate de si la obra fue ideada y escrita por Homero o si el autor griego la estructuró sobre la base de lo que otros habían ya compuesto. La Odisea no es una novela: al igual que La Ilíada, es un poema épico, pero nunca intenté leerla en verso.  

 

La versión más aceptada es la de que estos poemas eran memorizados desde la escuela y fueron pasando oralmente de generación en generación. Homero que, según se cuenta, había sido un hombre ciego, habría tenido la genialidad de poner los versos en orden y darles una secuencia definitiva unos ocho siglos antes de nuestra era. Habría sido un rey, realmente un tirano de Atenas, conocido como uno de los Diez Sabios de Grecia y que obedecía al inusual nombre de Pisístrates (o Pisístrato) quien habría dispuesto, hacia el 550 a.C., que se pasaran, esta y otras obras, a la escritura, aprovechando un formidable invento fenicio, su revolucionario alfabeto.

 

Este curioso nombre, el de Pisístrates, aunque añadido de un “de Sínope”, lo había encontrado alguna vez con anterioridad; era el nombre de pluma que había escogido uno de los lectores de este mismo blog, quien en cierta ocasión me distinguió con uno de sus comentarios. En aquella oportunidad quise sospechar que se habría tratado del nombre copiado de un antiguo filósofo, solo para luego comprobar que el único conspicuo personaje de aquella etapa de la historia había sido Diógenes de Sinope (no confundirlo con el historiador, Diógenes Laercio), quien en efecto había nacido en ese lugar, una pintoresca y pequeña península ubicada al norte del Asia Menor (lo que antiguamente llamaban Ponto), sobre la costa sur del mar Negro.

 

Diógenes fue un sabio errabundo, era mejor conocido como “el Cínico”, en atención a su desapego por los bienes materiales y a su irreverencia por las tradiciones. Cínico en filosofía no significa falso, desvergonzado o insolente; en la práctica, quiere decir perruno. Llamaron así a los cultores de una escuela porque era el nombre de un gimnasio de Atenas donde se reunían (Kynykos o Cinosargo querría decir perro ágil o blanco) o porque la gente relacionaba su actitud con la de los perros –kyon– y los llamaba "cínicos". Él mismo se hacía llamar “Diógenes, el perro” y era famoso por deambular en compañía de unos exiguos bártulos que completaban la sumatoria de sus pertenencias: un cayado o bastón para ayudarse a caminar, una túnica para abrigarse y una rústica faldriquera donde alojaba su escudilla y un cuenco, usados para servirse los alimentos y el agua que le regalaban.

 

Cuentan que un día tuvo que revisar la real necesidad de su bagaje: se topó con un muchacho que embutía en un trozo de pan unas lentejas y que, luego de comer, se servía del cuenco de sus manos para beber agua. Desde entonces, Diógenes prescindió de su saquillo. Es famosa también su disputa con Platón, a quien había escuchado que el hombre era solo un “bípedo implume” (sin plumas). Al día siguiente se acercó donde Platón enseñaba y le lanzó un gallo desplumado; “aquí tienes tu hombre”, ironizó. Ante lo ocurrido, Platón tuvo que darle la razón y optó por revisar su definición; la versión mejorada pasó a ser “bípedo implume de uñas anchas”…

 

En otra ocasión se le había acercado el futuro Alejandro Magno, hijo de Filipo de Macedonia y también discípulo de Aristóteles. “Soy Alejandro”, le había saludado. “Y yo, Diógenes, el perro”, este habría respondido. “¿Por qué te desprecias a ti mismo?”, habría preguntado Alejandro.  “Porque adulo a los que me alimentan, ladro a los que no y muerdo a los que me ahuyentan”, habría respondido. “Pídeme lo que desees”, habría concedido Alejandro; “Solo retírate que me estás haciendo sombra”, habría contestado el filósofo. Sorprendido Alejandro por esas respuestas, finalmente le habría averiguado: “¿Qué. No me temes?”, a lo que el de Sinope le habría preguntado a su vez: “¿Eres un hombre bueno o un hombre malo?”. Al contestar el futuro conquistador que se consideraba un hombre bueno, Diógenes le habría replicado finalmente: “entonces, ¿por qué tendría que temerte?”…

 

Este es el mismo sabio que cuando yo era niño aprendí que iba de día por las calles de Atenas armado de una linterna (realmente un candil). Entonces, explicando el contrasentido, el filósofo expresaba: “Es que, busco un hombre, tan solo un hombre”… Dicen que Diógenes vivía en una austera tinaja y que jamás dejó nada escrito.


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21 junio 2022

Primer cruce del Atlántico *

* Escrito el 21 de mayo por Alec Wignall para AeroTime, con mi traducción y edición.

 

Charles A. Lindbergh – Un día como este, hace 95 años, Charles Lindbergh aterrizó en el aeródromo de Le Bourget, en París, a las 10:22 de la noche, convirtiéndose en la primera persona en volar sola, sin paradas, a través del Atlántico. Luego de volar una distancia de 5.800 kilómetros, este chico de 25 años, llegó 33 horas y media después de haber salido de Nueva York. Fue bienvenido por una multitud de 150.000 personas en las afueras de París.

 

Nacido en Detroit, Michigan, el 4 de febrero de 1902, Charles Augustus Lindbergh había demostrado desde muy temprana edad interés por varios medios de transportación, antes de optar por estudiar ingeniería mecánica. Cuando cumplió 20 años había expresado su interés por volar y dejó sus estudios para alistarse en la escuela de vuelo Nebraska Aircraft Corporation, en Lincoln, NE. Fue, luego de hacer su primer vuelo, que empezó a tomar lecciones de pilotaje. Habiendo establecido sus metas, dejaría Lincoln y empezaría a ahorrar dinero y a ganar experiencia de vuelo. Más tarde se dedicó a efectuar vuelos de demostración (hazañas aéreas), muy populares en los años 20 del siglo pasado, caminando sobre el ala o actuando como paracaidista.

 

En 1923, Lindbergh compró un biplano Curtiss NJ-4 por $ 500 y luego de media hora de instrucción, voló solo por primera vez. Con solo cinco horas al mando, realizó su primer “cross-country” volando más de 140 millas. Para 1924 habría iniciado su entrenamiento de vuelo, graduándose con el Servicio Aéreo del Ejército de Estados Unidos. Posteriormente, regresó a sus travesuras de demostración, ahora bajo el apodo de “El Intrépido Lindbergh”. Más tarde también trabajó como instructor de vuelo y transportó correo desde St. Louis a Chicago.

 

El vuelo transatlántico – Hasta mediados del pasado siglo, los buques oceánicos de pasajeros fueron el único medio para cruzar el Atlántico. En 1913 el Daily Mail ofreció un premio de £ 10.000 al primero en cruzar en avión el Océano, pero debido a la primera guerra mundial, solo fue en 1919 que se pudieron efectuar algunos intentos. En mayo de ese año, el hotelero neoyorquino Raymond Orteig ofreció una recompensa de $ 25.000 al primero en volar sin escalas entre Nueva York y París. Solo siete años después se hicieron los primeros intentos. Seis pilotos murieron en varias tentativas sin éxito y algunos se lesionaron en otros accidentes.

 

El “Espíritu de San Luis” – Siendo todavía un desconocido, Lindbergh encontró ayuda financiera gracias a dos hombres de negocios de San Luis, quienes le proporcionaron $ 15.000 para que intente ganar el Premio Orteig. Dar con el avión adecuado resultó una tarea difícil ya que las empresas más importantes, incluyendo Wright Aeronautical y Columbia Aircraft Corp., insistían en escoger el piloto. Finalmente Lindbergh optó por Ryan Aircraft Company que estaba basada en San Diego; la pequeña fábrica acordó construir un monoplano en 60 días. El modelo Ryan NYP (New York–París) tenía un solo asiento y un solo motor, era un avión de ala alta, basado en el similar “Ryan M-2”, un avión-correo. El “Ryan NYP” fue bautizado como “Espíritu de San Luis” en honor a la ciudad donde había nacido Lindbergh. Así, el 10 de mayo de 1927, luego de los respectivos vuelos de prueba, Lindbergh se dirigió al campo de Roosevelt, Nueva York, para preparar su intento trasatlántico.

 

Primer solo transatlántico – En la madrugada del 20 de mayo de 1927, Lindbergh despegó de Roosevelt, en Long Island. El avión pesaba solo 2.7 toneladas cuando inició el viaje. Durante todo el vuelo el piloto se enfrentó a situaciones desafiantes, navegó con elementos básicos y rudimentarios –derrota estimada, posición y velocidad a tierra calculada basándose en datos iniciales– y sin ayuda de equipos de radio-navegación. Lindbergh aterrizó en Le Bourget a las 10 de la noche del día siguiente, luego de 33 horas y media de vuelo... Ya era toda una celebridad.

 

Habrían de pasar 31 años para que se efectúe el primer vuelo de servicio Londres y Nueva York; esto sucedió cuando un De Havilland Comet de la BOAC cruzó sobre el Atlántico. En comparación con el vuelo de 1927, el vuelo subsónico más rápido es de 4 horas 56 minutos (en vuelo de América a Europa). En la era del Concorde, este emblemático aeroplano logró un cruce en solo 2 horas 53 minutos. En la actualidad el “Espíritu de San Luis”, que fuera tripulado por Lindbergh, se encuentra en exhibición en el National Air and Space Museum, en Washington D.C.


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