16 agosto 2022

Itinerancia de dos fundaciones (2)

La fundación de Guayaquil es algo un poco más complejo, no solo porque hubo cinco, si no seis, intentos distintos, sino porque hay algo que se debe dilucidar previamente, pues urgido Almagro por fundar Quito, debido a la inesperada llegada de Pedro de Alvarado a la serranía, opta por fundar Quito en un lugar cercano a Colta, al que bautiza de Santiago. Cuando más tarde Benalcázar funda Quito, aplica el tenor de la Cédula Real del 4 de mayo de 1534, dejando sin efecto las fundaciones previas. Sería inadecuado, por tanto, hablar de un “traslado” de Santiago a la desembocadura del Guayas. Aquel primer Santiago había quedado reducido a temporal campamento militar.

Seis meses más tarde, Benalcázar regresaría a Piura para entregar a Pizarro los expolios del saqueo quiteño. Al pasar por Colta, levanta el castro de avanzada, ya con la idea de utilizar dicho campamento en la siguiente tarea que, con permiso de Pizarro, pretende emprender. Ha quedado impresionado por la ruta tomada por Alvarado hacia la serranía. Ello recomienda fundar un puerto junto al Guayas. Es frágil, por tanto, el argumento del eventual traslado de la primera Santiago, en cuanto a la versión de que, luego de su anulada fundación, se habrían formado supuestamente dos expediciones. Benalcázar no podía estar en dos expediciones al mismo tempo.

 

Benalcázar llega a Piura a mediados de 1535, da un mes de descanso a sus hombres e inicia los preparativos para emprender, desde Paita, el viaje hacia el futuro primer asiento de Guayaquil. En el trayecto, pacifica Puná y remonta el Guayas. El siguiente sería un breve resumen de los diferentes asentamientos (1535–1547)

 

1. Octubre o noviembre de 1535: Benalcázar encuentra una pequeña aldea, “Guayaquile”, está ubicada junto a un estero localizado frente del lado oriental de la isla Santay. La funda con el nombre de Santiago de Guayaquil. Cumplido su cometido, deja 40 españoles y nombra dos alcaldes: Antonio de Rojas y Diego de Daza. Al poco tiempo, los pobladores empiezan a sentir la hostilidad de los nativos. En efecto, los “chonos” (habitantes del lado oriental del Guayas) dan muerte a la mitad de los nuevos pobladores; Daza decide pedir auxilio a Quito y Francisco Pizarro dispone a Hernando de Zaera, uno de sus capitanes, reubicar y refundar la villa.

 

2. Zaera llega en 1536, reubica la villa al sur de la confluencia del Yaguachi con el Babahoyo; es un lugar que se conocía entonces como Yagual. Zaera, siguiendo órdenes de Pizarro, se ve forzado a partir de regreso a Lima, debido a la rebelión de Manco Inca; deja, por lo mismo, desprotegida la ciudad. Este es también territorio de los indómitos chonos y la tragedia acaecida frente a la isla Santay vuelve nuevamente a ocurrir.

 

3. Francisco de Orellana, Teniente de Gobernador de Puerto Viejo, es designado por Pizarro para reubicar la villa en un emplazamiento distinto. Lo hace (hacia 1537) en un lugar llamado La Culata (hoy quizá 'La Puntilla), al sur de la actual península de Samborondón. No obstante, debe volver debido a los preparativos de su viaje al Amazonas. La recurrente beligerancia de los chonos hace que nuevamente se pierda parte de la población. El gobernador encargado, Diego de Urbina, se ve obligado a reubicar Santiago más hacia occidente, al otro lado del río Daule.

 

4. En mayo de 1542, el mismo Diego de Urbina reubica la ciudad en el norte del actual Guayaquil; la denomina esta vez Santiago de la Nueva Castilla, pero tiene que reconocer su inopinado error: había considerado a los huancavilcas (los nativos del occidente del río Guayas) como gente de paz, pero no resulta así.

 

5. Urbina reubica nuevamente la ciudad en septiembre de 1543. El nuevo asiento se sitúa al sur de Durán; el nombre definitivo será Santiago de Guayaquil y serán llamados guayaquileños sus pobladores. Hacia 1544, Gonzalo Pizarro obliga al Cabildo a reconocerlo como Gobernador y nombra en su reemplazo a Miguel de Estacio. Sin embargo, a principios de 1547 el Pacificador Pedro de la Gasca, ordena ejecutar a este funcionario y lo reemplaza con Rodrigo Vargas de Guzmán (padre de su escolta Martín Ramírez de Guzmán), quien es designado Alcalde.

 

6. Por temor a las retaliaciones del pizarrista Pedro de Puelles, gobernador en Quito, y para proteger la ciudad, se decide trasladarla hacia el lado occidental del Guayas, al otro lado de la isla Santay. Los 150 habitantes, con sus aperos y animales, se establecen cerca de la playa de Las Peñas. Hay discrepancias de si esto sucedió en junio o julio, debido a los incendios posteriores. Se ha conservado el 25 de julio como fiesta patronal por corresponder al santoral de Santiago Apóstol, Santiago de Zebedeo o Santiago el Mayor. Este asentamiento habría ocurrido hacia junio de 1547, junto al Cerrito Verde o Cerro de Santa Ana, próximo a la ribera del río, colina “con figura de silla jineta o estradiota” (cual montura de caballería) como la describió fray Reginaldo de Lizárraga. Desde entonces, el cerro se ha convertido en símbolo tutelar de la urbe, a la vez que en emblema de nuestra nacionalidad.

 

• Esta reseña se ha respaldado en información tomada del Archivo Histórico del Guayas.


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12 agosto 2022

Itinerancia de dos fundaciones (1)

Cuando Ortega y Gasset decía que “el hombre es él y sus circunstancias”, infiero que similar expresión podríamos aplicar para las ciudades, en especial en cuanto a su fundación. Para el caso de nuestras urbes principales, podríamos analizar en qué manera la instalación de la una afectó al proceso fundacional de la otra; en cómo las cambiantes circunstancias históricas gravitaron en esos episodios; en cómo pudieron haber incidido tanto la época en que se vivía, como la religión y su cosmología, la reacción o rechazo de los nativos, la legislación aplicada por la Corona y, claro, entre otros múltiples aspectos, la codicia y ambición de los propios conquistadores, sus recelos y desconfianzas mutuas. Y, quizá, hasta la fortuna o casualidad. 


Quito tuvo tres intentos de asentamiento inicial (1534) y Guayaquil tantos como seis (1535–1547). Se vivía el siglo de los grandes viajes y descubrimientos, eran años de las grandes expediciones, del conocimiento de nuevas tierras: su posesión, colonización y conquista; eran esfuerzos en busca, no solo de fama sino de gloria y de riqueza. Pascual de Andagoya había explorado el noroccidente de América del Sur, en especial la costa pacífica de la actual Colombia; aquello solo había dejado desilusión y una agobiante sensación de fracaso. Su informe final, sin embargo, despertaba inéditas expectativas: Andagoya había oído hablar de un reino poseedor de tesoros fabulosos. Aquel Birú anticipaba una probable e incalculable fortuna. Los viajes efectuados por Bartolomé Ruiz prefiguraban que, avanzando un poco más hacia el sur, habría mundos que invitaban a los audaces y curiosos para que se los pudiera desvelar…

 

Francisco Pizarro, había conseguido permiso (1528) para efectuar sus viajes de conquista, se le juntaron Diego de Almagro y el clérigo Hernando de Luque; había consiguido la incorporación del sevillano Gaspar de Espinoza para financiar su proyecto, este estaba dispuesto a aportar con los fondos, pero procuraba mantener un perfil discreto. Pizarro sería jefe de la empresa, Almagro se encargaría de lo militar, Luque de las finanzas, y Espinoza supervisaría el plan general. Zarparon de Panamá en diciembre de 1530, con 100 hombres y 4 caballos, prefirieron eludir el litoral selvático. Llegaron a Tumbes, que Pizarro ya conocía, y la casualidad quiso que al dirigirse a la sierra coincidieran con el Inca Atahualpa y fueran protagonistas de la captura y muerte del príncipe nacido en Caranqui.

 

Espinoza, que estaba en Piura, se había enterado de los acuerdos firmados por el gobernador de Guatemala, Pedro de Alvarado. Se le había autorizado a conquistar las tierras no exploradas por Pizarro. Espinoza pidió a Sebastián de Benalcázar, su protegido, adelantarse por la sierra para anticipar la llegada de Alvarado; este había partido de La Posesión el primer día de enero de 1534, con 10 embarcaciones, 600 soldados y 223 caballos… Desembarcó en Bahía de Caráquez, se adentró en el litoral agreste, navegó el Daule, remontó el Babahoyo y, orientado por el Chimborazo, coronó la serranía solo para descubrir  que otros se le habían adelantado. Poco antes, recelando traición, Almagro había perseguido a Benalcázar a paso forzado. Una vez juntos, se enteraron de la proximidad del invasor y decidieron la urgente fundación de Santiago de  Quito, con el objeto de respaldar la posesión efectiva de las nuevas tierras. Lo hicieron cerca de Colta; era la mañana del 15 de agosto de 1534, día de la Asunción de la Virgen María.

 

En su apremio, Almagro habría incumplido el trámite administrativo de rigor: no incorporó el croquis ni cumplió la necesaria asignación de solares. Queriendo ganar tiempo, ofreció a Alvarado (conocido también como "Tonatiuh") una alternativa irrenunciable: una retribución de 100.000 pesos de oro a cambio de que abandonase su empresa. Satisfecho el gobernador de Guatemala, renunció a su propósito y cedió parte de su flota. Así, trece días más tarde, Almagro encontró otro asentamiento y refundó Quito con el nombre de San Francisco, lo hizo para contentar a Pizarro; hecho esto, encargó a Benalcázar la pacificación y saqueo de Quito; mas, en su urgencia por volver al Perú, olvidó firmar el Acta de Fundación. Lo efectuado bien pudo carecer del adecuado respaldo jurídico...

 

Cuando hubo partido Almagro, Benalcázar (cuyo nombre familiar era Sebastián Moyano y Cabrera) continuó hacia la tierra de los Shyris, patria consentida por los incas, con la intención de saquearla y pacificarla. La encontró arrasada e incendiada; uno de los generales quiteños, el fiero e impasible Rumiñahui, la había destruido y ocultado sus tesoros. Sebastián Moyano y sus hombres cumplieron esta vez el establecido protocolo, utilizaron una Cédula Real, emitida el 4 de mayo de ese año, para justificar el traslado de la fundación original. Una vez asignados los solares, firmaron el acta, elaboraron el tradicional “rollo” y dieron por fundada la definitiva San Francisco de Quito. Era el 6 de diciembre de 1534; atrás había quedado la nonata Santiago, convertida en temporal campamento militar.


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09 agosto 2022

Y al prójimo como a ti mismo…

Todos los días presenciamos o somos testigos de un sinnúmero de trágicos e incomprensibles accidentes de tránsito. Lo de “incomprensibles” hay que decirlo con el beneficio de la duda, porque luego de reconocer nuestra pésima cultura de manejo y, especialmente, nuestra indisciplinada idiosincrasia, lo que realmente debe parecernos incomprensible es que no existan más accidentes. En alguna otra ocasión ya hemos tratado este espinoso tema: lo hemos hecho analizándolo desde el punto de vista de las consecuencias; hoy creo que sería interesante analizar ciertas inveteradas costumbres que vemos a diario, pues sabemos a priori que ellas son las que terminan por ocasionar muchos de estos absurdos accidentes que, cuando se los analiza, reconocemos que pudieran ser evitados.

 

He de empezar por reconocer que, cuando conducimos, pocos caemos en cuenta de que no solo se trata de hacerlo con precaución y prudencia, sino que hay que saber contar con la imprudencia y desprolijidad ajenas. Muchas veces esa imprudencia es consecuencia de nuestros apresuramientos, que asimismo dependen de nuestros atrasos; pues existe mucha gente que vive ansiosa, impaciente, atolondrada, tratando de ganarle tiempo al tiempo, y que jamás ha meditado que para no andar alocada y poniendo en riesgo a todo aquel que se cruza en su camino, debería salir un poco más temprano de su casa y administrar un poco mejor su tiempo, lo cual contribuye a asignar una mayor cuota de cortesía hacia los demás conductores. Nadie tiene porqué pagar por nuestra impuntualidad.

 

Un tema descuidado es el desconocimiento de ciertas reglas generales, asunto que pudiera superarse con una mejor educación vial, que depende del tipo de aprendizaje inicial y del sistema de evaluación de pericia que deben efectuar en forma obligatoria los agentes encargados de realizar dicho escrutinio. Es inconcebible que exista gente que desconoce asuntos elementales como no estacionar junto a una vereda señalizada con una franja de color amarillo (que obviamente identifica la prohibición de estacionar), o de las reglas relacionadas con el llamado “derecho de vía”. Hay quienes no saben relacionar derecho (en cuanto a ir hacia la derecha) con derecho, en cuanto a la prerrogativa de poder virar y gozar de prioridad. En inglés esto se conoce como “right of way” y es un principio básico, no solo de lo que debe ser nuestra permanente conducta, la civilidad, sino también del orden y de la propia seguridad.

 

Este derecho de vía es una forma de acuerdo social, una manera de hablar el mismo idioma y de sobreentenderse mutuamente. Bien sé que el lenguaje “sobreentendido”, en muchos oficios y tareas, es una mala manera de comunicación, pero en temas relacionados con el tránsito pudiera convertirse en una buena manera de colaborar con el sistema, de anticipar la prioridad y evitar los desencuentros y los accidentes.

 

Todo esto puede quedar en buenas intenciones cuando alguien quiere darse de “más listo”. Y eso puede convertirse, justamente, en una de las principales causas de los accidentes, pues genera un efecto multiplicador: la súbita competencia para determinar quién puede fungir de más listo, de quién es el más agresivo “sapo vivo”… Demencial, absurdo y tonto como pueda parecernos, esto es lo malo de quien empieza con el irrespeto a los demás, que no solo afecta a quienes nada tienen que ver con sus atolondramientos, sino que los obliga a actuar con similares estrategias, ya que no estarán dispuestos a tolerar esta suerte de demostración de sagacidad o viveza del que así empieza.

 

Creo que todo esto se resume, en cuanto a nuestro ideal comportamiento, a lo comentado en los evangelios (Mateo 33: 37-40 y Marcos 12: 28-34), cuando Jesús fue consultado en forma capciosa por los fariseos en cuanto a cuál era, según Él, el más importante de los Mandamientos, a lo que Jesús habría respondido: “Amarás al Señor con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Ese es el más importante mandamiento. Y el segundo es semejante al primero: amarás al prójimo como a ti mismo, por amor a Dios”.

 

Cuando entro a un redondel o a un espacio congestionado, convertido ya en campo de batalla entre una masa enorme de conductores convertidos todos en vulgares sapos vivos, luchando entre ellos por salir vencedores en esta inusitada competición para determinar quién queda campeón mundial de la picardía criolla o del “más listo sapo vivo”, no puedo sino convenir en lo fácil que todo sería si supiéramos pensar un poquito más en los otros, en nuestros "semejantes", cederles el paso, sonreir y dejarlos pasar… Pues, ¡qué lejos está esa fea forma, tan mezquina y huraña, de la manera como debemos tratarnos con los otros, con una más auténtica y cristiana forma de cordial civilidad!


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05 agosto 2022

Malacrianzas y dragoneos

Un artículo que leí en la madrugada empezaba por advertir que su título (Malacrianza) “era un americanismo por ‘malcriadez’, otro americanismo”. En él se comentaba uno de esos desplantes que suelen tener nuestros políticos, tan susceptibles, ellos, a decir o hacer cualquier cosa que llame la atención, destinada a buscar la acogida de los titulares. Había allí, sin embargo, un par de palabras que se usan en nuestra tierra, aunque con diverso o no exacto sentido: malacrianza y dragoneo. La primera la escuché en mis tiempos de infancia; la otra, en mis días de piloto.

 

Consultado el sentido de la primera, el diccionario me remitió a “malcriadez”, haciendo referencia a una crianza mal efectuada. Como recuerdo, en mis tiempos de escuela también se oía aquello de “hacer malacrianzas”, como expresión verbal, y también se escuchaba malacrianza, precedida a veces de artículo (la malacrianza), como sustantivo. Tengo la impresión de que, usada como nombre, tenía un doble sentido: el efecto propiamente dicho y las “partes pudendas”. Eso de hacer malacrianzas (como acción) consistía en algo obsceno, en aquello que se hacía para provocar a otro; o, para mencionar también, lo relativo a “aquello” que se suele hacer con otro... Implicaba pues algo impúdico ejecutado con sigilo, algo furtivo u ofensivo al pudor. No estaba exento de cierta sicalipsis (malicia sexual o picardía erótica).

Revisados los diccionarios de ecuatorianismos que normalmente consulto, obtuve diversos resultados:

  • El de Carlos Joaquín Córdova lo mencionaba separado (mala crianza), y presentaba dos acepciones: “Conducta inconveniente por descortés o incivil”; y, “comportamiento mal educado como el que a veces tienen los niños, acto obsceno de escolares”; 
  • El de Fernando Miño decía: “Palabra o gesto grosero y ofensivo (malcriadez); actitud descortés y mal educada que muestra una persona, generalmente un niño”; y, 
  • El de Susana Cordero anotaba lo que incluye el DLE, respecto a que la palabra se usa solo en ciertos países, y mencionaba que también se lo hacía en Ecuador. Decía, además, que se debía escribir en una sola palabra.

 

Por tanto, el uso más parecido al que dábamos en la infancia pertenece a C.J. Córdova. Para nosotros, eso de hacer malacrianzas era hacer actos impúdicos reservados para adultos, actos obscenos, como eso de mostrar las partes íntimas. Por otro lado, hacer malacrianzas –ya más tarde, y con más edad– equivalía a efectuar actos que merecen la intimidad y el pudor pertinentes. O, hacerlo sin testigos pero cuando otros tenían conocimiento. Por extensión, y como sustantivo, podía llamarse así (la “malacrianza”) a las partes pudendas o genitales, si se hablaba en forma coloquial; y se podía decir: “le vio” o “le agarró la malacrianza”, en lugar de esas “partes íntimas”, por ejemplo.

 

“Dragonear”, mientras tanto, es un verbo usado en la milicia y, aunque menos, en el ambiente aeronáutico. Significa: prepararse para ser considerado para una promoción. El único diccionario que lo menciona (con la voz “dragoneante”) es el de F. Miño, que recoge lo siguiente: “cadete o conscripto que, por sus méritos, desempeña funciones de mayor responsabilidad y ejerce mando en la tropa”. En tanto, que el DLE replica: “(1) Ejercer un cargo sin tener el título para ello; (2) Hacer alarde, presumir de algo; (3) Coquetear con alguien o flirtear con la mirada; (4) Seguir algo con la mirada con la intención de obtenerlo”. Anoto que aquello de “actuar de dragón” puede ser mal visto, sobre todo si se trata de “hacer méritos”, pues, como dice el texto del DLE, equivale a “Preparar o procurar el logro de una pretensión con servicios, diligencias u obsequios adecuados”… Exigiría pues saberlo hacer sin afectar a los demás interesados.

 

Ahora bien, el artículo referido no tenía que ver con la semántica ni el caprichoso significado de las palabras, sino con una especie de fobia que parecen tener algunos políticos latinoamericanos, a lo que se llama justamente “obsesión norteamericana”. Se refiere a actitudes descomedidas o desaires contra los funcionarios de Estados Unidos. Estos gestos pueden ir desde evitar el saludo hasta alguna otra forma de indelicadeza protocolaria, todo con la intención de conseguir un golpe de efecto con fines muchas veces electoreros. En este caso, se refería a la payasada de un presidente que no tuvo rubor en faltar a una cita cumbre porque no se había invitado a sus pares ideológicos, pero que no había tenido empacho en solicitar audiencia al agraviado para presentarle una lista de pedidos…

 

El episodio me recuerda lo sucedido en Punta del Este, en abril de 1967, cuando el presidente Otto Arosemena fue el único que se negó a firmar la Declaración de Presidentes, quizá por considerarla incompleta y sin valor práctico. Pero, son más bien otras las “extravagancias que sorprenden sin seducir”, como con elegancia lo hubiera dicho Stendhal.

 

San Rafael


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04 agosto 2022

Viajes de Bartolomé Ruiz

José Toribio Medina, en su “estudio histórico” dedicado a Bartolomé Ruiz de Estrada, comienza advirtiendo que, debido a la homonimia frecuente en esos años, no se lo debería confundir con otro piloto, un tal Juan Bartolomé Ruiz de Castañeda. No explica, sin embargo, porqué su hijo fue conocido como Martín Yánez de Estrada, ni tampoco porqué lo menciona él mismo como Bartolomé Ruiz de Estrada, a lo largo de su estudio, si no tuvo reparo en identificarlo como Bartolomé Ruiz de Andrade en el título. Lo primero se debería a que eso de los apellidos, fue por un tiempo un tanto arbitrario; lo segundo pudiera deberse a un probable error tipográfico: Andrada o Andrade (hijastro) y Estrada (carretera) son apellidos portugueses y pudieran sonar parecido.

 

Bartolomé Ruiz (1482-1533) había nacido en Moguer, ciudad cercana al golfo de Cádiz y a la frontera con Portugal. Habría llegado a América en uno de los viajes de Colón y realizaba actividades entre Panamá y Centro América cuando le propusieron integrar la expedición que –Pizarro, Luque y Almagro– se proponían iniciar hacia las costas de “levante” de Panamá (Mar del Sur). “De lo que no puede caber duda –dice Medina– es de que en 1524 se hallaba en Nombre de Dios, como dueño, maestre y piloto del navío La Asunción, con el que había llegado de España trayendo caballos y otras mercancías”. “También es casi seguro –continúa el historiador chileno– que después de haber regresado del Darién a España se casase en Moguer con Bárbola Martín, oriunda como él de ese pueblo y en quien no tuvo más hijo que a Martín Yáñez de Estrada”.

 

Existe desacuerdo, entre los historiadores, en cuanto a si Ruiz realizó dos o tres viajes hacia las costas pacíficas de Suramérica (hoy Colombia y Ecuador), al servicio de Francisco Pizarro y Diego de Almagro. Lo más probable es que primero realizara un viaje hasta algún sitio de la costa del sur de Manabí, tal vez el cabo de San Lorenzo, y regresara al puerto de San Juan, cerca de la actual Buenaventura; viaje desgraciado y lleno de calamidades, por lo demás, en el que solo encontrarían penurias, selvas y pantanos. Pizarro fue herido hasta con siete lanzazos y Almagro habría de perder un ojo; y estuvieron forzados a volver. Es probable que esta vez (1926) Ruiz haya llegado hasta la isla de La Plata. Conjeturo que pudieron haberla llamado así por la existencia de una concha (el espóndilus) de considerable tamaño que era utilizada por los aborígenes como moneda de intercambio.

 

En un segundo Viaje (1526), que pudiera ser continuación del primero, Ruiz lo iniciaría en el puerto de San Juan y bajaría hasta San Mateo (21 de septiembre 1526), aquí se produciría el avistamiento del velero de balsa mercante que tanto le llamó la atención y sucedería el famoso episodio de la Isla del Gallo, donde Pizarro habría arengado a sus hombres, trazando una línea en la arena, y desafiándolos a seguirle: “Al norte está Panamá con su pobreza…”. Se conoce a la gesta como la de “los trece de la fama”; en la cual, supuestamente Bartolomé Ruiz habría sido el primero en saltar la simbólica línea; según otros, no consta ni siquiera en la lista de honor. Pienso que estuvo, porque su reconocimiento como hidalgo sería más tarde parte de las Capitulaciones, negociadas por Pizarro.

 

No tengo claro si lo sucedido en la Isla del Gallo ocurrió en ese segundo viaje o si el mismo es parte de una tercera operación independiente (1527-1528). Esto porque cuando Juan Tafur bajó, por orden del gobernador de Panamá, a conminar a Pizarro para que suspenda su viaje, este habría pedido tomarse unos días para volver. Es probable, por lo mismo, que faltando a su palabra hubiera decidido bajar hasta Tumbes, y aún algo más al sur (tal vez Trujillo). Este viaje permitiría reconocer que el sur estaba más civilizado, que las selvas no eran impedimento para la exploración del litoral; que había más seguridad de riqueza, y mayor posibilidad de éxito, si se lo intentaba con mejor preparación. En este viaje, con la participación de Sebastián de Benalcázar, se habría fundado Portoviejo. 

 

Hacia 1929 Pizarro volvería a España para conseguir autorización definitiva para su empresa; ahí conseguiría, como parte de las Capitulaciones firmadas en Toledo en junio, el reconocimiento que habría prometido para su piloto mayor. Más tarde, y luego de la captura de Atahualpa,  Ruiz se trasladaría a San Miguel (Piura), para cumplir una comisión y, luego de quince días de permanencia, emprendería viaje a Cajamarca; estando a solo cuatro leguas de llegar al pueblo, le sobrevendría un mortal ataque, no se sabe si fue un infarto o un episodio de apoplejía. Era el 13 de abril de 1533.  Solo tenía 51 años. Encontraron una bolsa, que llevaba atada al cuello, con una cruz y un rosario de oro, unas perlas y dos esmeraldas. Eso, y sus tres esclavos, era todo lo que constituía su fortuna. No le habían pagado todavía los salarios de casi tres años que le correspondían como piloto mayor del Mar del Sur.


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02 agosto 2022

El hombre de Kirkcaldy

Ahí, en la costa norte de Blackness Bay (Bahía de las Tinieblas), en una pequeña población costera enfrentada a Edimburgo, había nacido hacia 1723, Adam Smith. Muchos pensarán que el nacido en Kirkcaldy había sido un famoso economista; debería decirse más bien que Smith fue un aventajado filósofo. “La suya fue una vida de austeridad estoica, presbiteriana, sin alcohol y probablemente sin sexo –nunca se casó ni se le conoció una novia”, dice Mario Vargas Llosa, en el capítulo que le dedica en “La llamada de la tribu”. No parece pero había nacido hace ya trecientos años, unos cien antes de que se constituyera como estado independiente la República del Ecuador.

 

No estoy seguro si a Vargas Llosa lo había leído en el colegio; pero sí que ya tenía leídas dos de sus novelas antes de cumplir mis primeros veinte años. Empecé con La ciudad y los perros, una historia que describe la vida estudiantil en el Leoncio Prado, un colegio militar de Lima; su lectura me había llevado a imaginar lo que habrían vivido los jóvenes oficiales de ejército que fueron mis colegas y amigos en un pueblo macondiano conocido como Shell Mera, un antiguo campamento petrolero al que ellos preferían llamar Río Amazonas. Luego salté a Pantaleón y las visitadoras, novela que relata los servicios sexuales que eran provistos en los destacamentos amazónicos. Lo que sí no estoy seguro, es si esas obras fueron escritas antes de que Vargas Llosa descubriera a Flaubert, ya que en “La orgía perpetua” confiesa que con Madame Bovary aprendió el verdadero arte de escribir novelas.

 

Esa cruda realidad, la narrada en Pantaleón y “esas señoras”, fue algo con lo que temprano me familiaricé en mis primeros años como piloto en el Oriente. Ese era un servicio que era parte del abastecimiento establecido para satisfacer las necesidades del personal castrense. Aquello tenía su nombre, más bien un código, que se usaba para disimular su real propósito. Lo llamaban A6 (por Abastecimiento 6), el cual tenía su protocolo y logística particular. Sospecho que, debido a las prioridades que tenían los demás abastecimientos, a veces esos servicios eran atendidos con aviones comerciales. Por ello, y sin proponérmelo, contribuí a satisfacer parte de esos traslados en los que, a más de vituallas, se transportaban meretrices que viajaban para “atender” tan perentorias “demandas”.

 

Bien sé que esas eran actividades non santas. Mas, su realización no puede juzgarse sin considerar su especial contexto. La abstinencia obligada por las comprensibles circunstancias relativas al confinamiento militar, quizá exigía recurrir a este tipo de arbitrios con el objeto de evitar otras formas de conflictivos desahogos… Como se ha de suponer, estos servicios no estaban destinados solo para la tropa: la oficialidad gozaba también de similar “prerrogativa”, aunque con la prelación que otorgaba la jerarquía… Muchos años después, cuando viví en Singapur, habría de descubrir, una calle en Little India, donde se ofrecía idéntico servicio. Largas filas de humildes jornaleros esperaban su turno para cumplir con tan fugaz como perentorio trámite… Pero fueron siempre los ensayos del Nobel peruano los que más disfruté, más a veces que sus más reconocidas novelas.

 

De vuelta pues al filósofo escocés, su primera y más intuitiva impresión habría sido la de que la propiedad constituía el eje activador del progreso. Reconocía que el afán de poseer afloraba como el instinto más característico de la especie humana; y que, como tal, era la base no solo de la propiedad sino del desarrollo de la civilización. Smith postulaba que el intercambio comercial era el verdadero motor que propendía al bienestar; los gobiernos habrían surgido como respuesta y se habrían estructurado como herramienta para proteger aquella propiedad. El escocés enunciaba que la real enemiga del progreso no era otra que la mezquina nobleza latifundista.

 

Smith tuvo siempre una inquietud rectora, se preguntaba cuál había sido el motivo para que la sociedad humana se mantenga y desarrolle, a pesar de las rivalidades, el predominio de los instintos, los intereses, el afán avaricioso y el egoísmo de los hombres. Observó que, sin embargo de los obstáculos, la bondad y los valores prevalecían. Intuyó el temor del hombre a que se dude de su integridad, duda que percibía como la más despreciable de las afrentas.

 

Su obra principal fue “La riqueza de las naciones”, en ella reconocía la importancia del libre mercado, un elemento no inventado por nadie sino solo por la necesidad. En su documento comparte una conclusión desconcertante: la de que no es el altruismo, ni la caridad –sino el egoísmo–, el verdadero propulsor del progreso. Declaró algo que, más que una advertencia, sonaba a admonición: que “Ninguna sociedad puede ser próspera y feliz si la mayoría de sus miembros son pobres y miserables”. Terminó sus días convertido en funcionario aduanero; resultaba contradictorio, si no paradojal, que el promotor del libre mercado fungiese de contradictorio oficial de control…


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