01 septiembre 2022

Tiempo de acertijos...

Sí, tiempo de acertijos. “Ya va otra vez el Alberto con sus adivinanzas”, van a decir. Pero, no importa; voy a procurar ponerles, esta vez, algo más fácil e interesante… Espero que hayan leído alguna vez “La isla del tesoro”, del escocés Robert Louis Stevenson… estoy seguro que les va a ayudar. ¿Listos?, a ver… ¿Qué es, o qué les dice, Long John Silver? Fijo que si son amigos de ir cada verano a Estados Unidos, por lo menos la mitad me va a responder que es un restaurante de mariscos (colas de langosta, camarones, calamares apanados, etc.). Pero, ¡un ratito!, la pregunta no iba por ahí, lo que realmente quería que me contesten era por qué, a esos restaurantes de la cadena, se los llama así. ¿Por qué les llaman Long John Silver?

 

Si ya se rindieron, mejor les voy a contar: Long John Silver (John Silver, el Largo, como lo habían traducido la primera vez que leí la historia), es uno de sus protagonistas principales. Se trata de un pirata disimulado que funge de cocinero y que se hace contratar para formar parte de una expedición; la misma debe zarpar desde el puerto de Bristol para rescatar un tesoro escondido en una isla misteriosa ubicada al otro lado del océano. Silver disimula su real condición, pero Jim Hawkins, el chico que hace de héroe, pronto descubre la identidad del bucanero, quien –para variar– tiene una pierna amputada y una prótesis de palo. Long John termina denunciándose como un redivivo pirata que desaparece llevándose una bolsa con monedas. No es más que un irredento forajido…

 

La isla del tesoro fue realmente el primer libro de aventuras que leí en mi vida. Me parece que me lo regaló mi padre; fue para mí algo mejor que un tesoro, de ahí en adelante me dejé seducir por las historias bien contadas. Esta vez, habrían pasado tal vez más de sesenta años y he vuelto a disfrutarla como si nunca la hubiese leído; la releí de principio a fin en unas pocas horas seguidas, sabedor ya de su desenlace pero conocedor también del significado de todos esos términos marinos o de navegación de los que la cautivante novela está repleta.

 

Todos esos vocablos son parte de una encantadora jerigonza, casi una lengua secreta que tiene su magia y su seducción; y que, dado el raudo ritmo de la narración, no nos permite interrumpir la lectura y recurrir al diccionario para desentrañar sus significados: mesana, trinquete, botavara, cabrestante, cofa, jarcia, obenque, barlovento, gavia, estribor… Por rara coincidencia, pocos días antes me había propuesto leer a otro autor, uno para mí todavía desconocido, Benito Pérez Galdós. Entre las obras que cayeron en mis manos, había una con membrete sugestivo. Se trataba de una novelita corta; daba inicio a lo que Galdós intituló los “Episodios Nacionales”: se llama “Trafalgar” y relata la batalla naval en la que la marina española, en sociedad con la francesa, fue derrotada por Inglaterra.

 

Si me hubieran preguntado que qué era lo que me decía ese nombre, el de Trafalgar (que es palabra aguda), tal vez hubiera contestado que era una plaza que existe en Londres, aun a sabiendas de que ella rememora un triunfo bélico en algún lugar cercano a los dominios ingleses (ellos pronuncian Trafalgar como palabra grave, y como si se tropezaran con las erres). Lejos estaba de imaginar que Trafalgar está ubicado en las goteras de Andalucía y que la batalla se produjo cerca de la bahía de Cádiz, junto al Cabo Trafalgar, ubicado al sur de Vejer de la Frontera. Tampoco hubiera imaginado que la obra incluía un “Diccionario de términos marinos”, un portentoso documento para quienes aprecian aquel ambiente fascinante: el de la marinería.

 

Ahora sí, la verdadera adivinanza: ¿qué es un Long John y por qué se llama así? Un buen día, en mis trashumantes viajes por el mundo, descubrí que los ingleses llamaban con un nombre específico a una prenda que en EE UU se conoce como “thermal underwear”: calzoncillos térmicos o calzoncillos “de conservador”. Los conocen así, aunque nada tienen que ver con el pirata–cocinero. Deben su nombre a un famoso boxeador bostoniano que alardeaba de que podía noquear a cualquiera, John L. Sullivan, que solía utilizar esta pieza que se ajusta por completo a la pierna y que va desde la cintura hasta los tobillos. Las nuevas versiones utilizan material térmico para proteger de las inclemencias del tiempo; y, ya que estamos en eso, aprovecho para comentarles que la prenda es ideal para utilizarla con “blue jeans”, aunque no es recomendada para otros menesteres... ¡por si hace falta sacársela al apuro!

 

Pero, Long John es también el nombre de un “blended” whisky de los Highlands (norte de Escocia). Proviene de la destilería McDonald’s, que se habría establecido antes del año 1500. Lo que no sé es si Robert L. Stevenson se inspiró en el nombre (o con el reputado licor) para bautizar a su travieso como desaprensivo pirata cojo...


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30 agosto 2022

La casa como alegoría

Como dice mi amigo Pato: “caduno es caduno”. Con ello lo que quiere decir es que cada cual tiene su propia tesitura (o sea, sus propios problemas y circunstancias). Creo que fue el perro de Pascal, o algún otro mastín importante, que alguna vez había dicho en una entrevista, eso de que “Los perros tienen razones que otros perros desconocen”… Con lo que anticipo lo que hoy quiero contar, que todo se aplica para cada cual de acuerdo a su propia circunstancia.

 

Y es que estuve escuchando (y viendo) la tele la otra tarde y un futbolista, sí nada menos y nada más que un simple futbolista, que por ahí alguien puede pensar que quizá no está en capacidad para decir asuntos interesantes, dijo algo genial que me “dejó en Babia” (aquí la mayúscula es intencional, pues Babia según el Diccionario, es una comarca de las montañas de León, lo cual permite un juego verbal, por su relación con baba). Decía, el interfecto, que los distintos equipos o clubes para los que colabora un jugador de fútbol tienen un muy cercano parecido a la serie de casas que le sirven de residencia en su vida personal.

 

Comentaba el conspicuo representante de las clases del balón, convertido en discípulo temporal de Séneca, que uno empieza en el club del barrio o directamente en el primer club de su vida, y que esto equivalía a su primera morada que no era otra que la casa de sus padres. Que luego se dejaba seducir por otros equipos que venían a ofrecerle alternativas más jugosas y atractivas; eso es como cuando se empieza a tener novias y otras pretendientes, dijo el improvisado Platón, y ese es un momento que uno sabe que si quiere tener un mejor futuro debe dejar la casa de sus padres y opta por tener un piso de soltero. Ese primer apartamento independiente –dijo el ídolo deportivo– equivale al siguiente (o siguientes) equipo temporal, hasta que llega la mujer que le ha reservado el destino, aquella con la que “sabe” que va a tener que casarse. Y entonces se va a vivir con ella en su propia y definitiva casa…

 

Lo dijo el “crack” con tal desparpajo y seguridad que me pareció un símil irrebatible. No sé si la comparación era inédita y original, o quizá reproducida de las meditaciones de algún otro filósofo–futbolista. El punto es que ahí mismo me propuse copiar la metáfora para aplicarla a mi propio oficio de filósofo, estoico o cínico, que, por obra de la fortuna y la casualidad, un cierto día terminó convertido en “avionista”; y así resolví cuáles fueron las distintas aerolíneas u operadoras aéreas que, mientras fungí como piloto, dieron lugar a que hoy las compare con las diferentes residencias en las  que tuve la oportunidad de servir como aviador. O, para efecto del símil, de morar o vivir.

 

Mi primera casa, la más temprana, sería TAO, Transportes Aéreos Orientales. Esa sería la casa de mis padres (aunque en realidad era la de mis tíos), donde no tenía chance de hacer travesuras, tenía que ser “bien portado”. Ahí es donde hice mis primeros vuelos, aprendí de mis mayores, era muy formalito, me fueron enseñando cómo proceder en la vida y solo tenía una obligación para no tener que pagar arriendo: ayudar con las tareas de la casa, respetar a mis mayores y tratar de ser obediente… Ahí, en TAO, ya me hice capitán, que era como decir que seguía viviendo en la misma casa, pero que me habían dado una tarea adicional: tenía que ayudar a los menores a hacer sus deberes escolares…

 

Mi segunda casa –o, si prefieren, mi “depa” de soltero– fue la de TEXACO, realmente de su contratista, a través del cual me entregaban mis emolumentos, Ecuavía Oriente, cuyo dueño de casa era el hombre más sencillo que jamás he conocido en mi vida: Luis Estrada Icaza; no tengo duda que llegué a convertirme en su “inquilino” favorito. El “Barbón”, como con cariño le trataban mis mayores, era un tipo enorme (y dotado de un monumental corazón); un buen día vino a mi casa a tomarse un trago con mis compañeros y me preguntó si tenía música clásica, le puse algo de Bach y se sentó en el suelo a escucharla, todo para demostrarnos (ya era presidente de Ecuatoriana) que no tenía problema en ser lo que ya era: un hombre sin poses, un “down to earth”, un hombre humilde con los pies en la tierra…

 

Mi residencia de casado sería Ecuatoriana de Aviación, esa fue mi morada definitiva. En ella aprendí “a ser hombre”, a entregar lo que había recibido de niño, a ser responsable y a dar ejemplo de lo que era ser buen hijo y de lo que era ser buen padre. Fue una buena casa. Como diríamos: hecha a mi gusto; aunque, claro, lo que más disfrutaba era cuando estaba fuera… en los jardines. Pero, un día se acabó, y, como pasa también con los matrimonios, ya tuve otras casas, muchas otras. Puede decirse que incluso salí a vivir en “otras casas que quedaban fuera”… Este es un escueto resumen de lo que han sido “mis equipos”, quiero decir “mis casas”. Que era lo que queríamos demostrar… LQQD.


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28 agosto 2022

Al buen tuntún

Decía el Flaco Rosales, mi amigo y colega de la vieja Ecuatoriana, que en el país las empresas aéreas fracasan porque todo se hace con el criterio del “yo creo” o del “ a mi me parece”. La verdad que el Flaco llevaba más razón que un santo; esa ha sido la triste historia de nuestra aviación nacional. Se han tomado decisiones por ignorancia o novelería, sin reflexión ni previsión y, peor aún, sin planificación o asesoramiento (cuando no por conveniencias…). Jamás, ni siquiera en los aciagos días previos a sus inminentes bancarrotas, las aerolíneas se dieron el trabajo de realizar un análisis serio de sus rutas o de su equipo de vuelo; o, por lo menos, de considerar si esas rutas que volaban, las frecuencias que mantenían o el equipo de vuelo que conformaba su flota, era el más adecuado para su operación.

 

Pero esa no es una verdad válida únicamente para la industria o el quehacer aeronáutico; se aplica para cualquier emprendimiento que se intente en el país: se hacen las cosas “al buen tuntún”, sin cálculo adecuado, a la buena de Dios. Había por ahí un ingenio azucarero, por muestra de ejemplo, donde se detectaba que este desperdiciaba el bagazo de la caña y se le propuso, sin cálculo de sus reales capacidades de producción, sin análisis de la verdadera demanda y sin conocimiento del negocio y de la eventual competencia, emprender en la conformación de una fábrica de tableros aglomerados para utilizar el bagazo. Por lástima se compró equipo inadecuado; simplemente eran máquinas complejas y muy caras de operar y –como consecuente resultado– la buena iniciativa fracasó.

 

En aviación sucede lo mismo. En la década de los sesenta la compañía Área optó por dos tipos de avión que se pusieron de pronto “baratos” en el mercado: el uno, el Comet 4, que empezó a tener una serie de problemas con sus motores; y, el otro, el Convair 990, cuya compra se creía indispensable porque era necesario competir con las aerolíneas extranjeras con un equipo similar de vuelo (había llegado la era del jet), pero se adquirió un tipo de avión de costoso mantenimiento, que más tarde sería superado por los Douglas y los Boeing, que se terminaron imponiendo en el mundo de la aviación comercial. Con un poco de candidez, para no llamarle de ingenuidad, sus dirigentes habían imaginado iniciar una ruta alterna para volar a Madrid: habían pensado que al pasajero no le importaría hacer múltiples escalas intermedias de reabastecimiento en Manaos, Belém, Dakar y Casablanca…

 

Algo parecido ocurrió cuando se quiso construir un aeropuerto internacional en Manta: no se pensó en el tráfico real de pasajeros que generaba la provincia de Manabí o si el aeropuerto de Guayaquil ya satisfacía esa demanda, lo que se quiso fue construir un nuevo terminal –con la nueva pista correspondiente– a efecto de impulsar dicho tráfico (así se llama en aviación al tránsito aéreo), desconociéndose un principio fundamental de la aeronáutica moderna. Y es que la gente compra un pasaje aéreo no porque el aeropuerto le queda cerca, sino porque quiere o necesita viajar. Esto siempre ha pasado, y gente con buenos propósitos ha terminado insistiendo en planes inadecuados. Tampoco está lejos el día que los directivos de otra empresa petrolera nacional compraron un jet innecesario para su operación aduciendo que esa era la nueva tendencia en el mundo, volar en jet. Sí, eso dice su informe “técnico”.

 

Dice en forma coloquial otro de mis amigos, el Gringo, para expresar un “lo que a ti te parezca” o “lo que tú creas preferible”: “haz lo que a tú más te convenga”. Así es como se hacen las cosas y se tratan los asuntos importantes en nuestra aviación, lamentablemente. Sin estudios, sin asesoramiento y sin considerar la real necesidad de adecuar la solución al verdadero requerimiento: actúan “al buen tuntún”. Claro que la expresión suena a algo así como “a lo tonto” o “al apuro” (que así mismo es), pero parece que esta es la deformación de una frase o expresión latina, ad vultum tuum, que quiere decir eso: “a tu favor” o “ a tu conveniencia”, “como a ti mejor te parezca”…


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26 agosto 2022

Volver la vista atrás

No es del todo malo eso de “regresar a ver”. De hecho, es lo que hacemos a primera hora, aun antes de levantarnos, todos los días, cuando recordamos y reflexionamos en lo que antes hicimos y “en lo que pudo haber sido y no fue”, aunque hay quienes piensan que nada de provecho se obtiene con volver la vista atrás. Nuestra cultura judeocristiana utiliza una metáfora admonitoria, la de Sodoma y Gomorra, para recordarnos que no siempre es bueno regresar a ver, para solo ahogarnos en las aguas de nuestro propio arrepentimiento. Pero no necesariamente es así; meditar en nuestros fracasos o errores no siempre equivale a “restregarnos la herida”, también puede servir para aprender de nuestras falencias o equivocaciones y para tratar de evitar su repetición. ¿No es eso acaso la sabiduría?

 

He meditado en estos días en el poema “Cantares” de Antonio Machado (hay quien piensa que el autor de su letra es Joan Manuel Serrat…), aunque lo he hecho más debido a su liviana filosofía –la misma que nunca deja de sorprendernos– que a su cadencioso ritmo: “Al andar se hace camino/ Y al volver la vista atrás/ Se ve la senda que nunca/ Se ha devolver a pisar/ Caminante no hay…” Sí, porque hay algo de la persistente dialéctica de Heráclito de Éfeso en el párrafo de aquel poema, ese “nadie se baña dos veces en el mismo río”, para recordarnos que nada es estático, que cambian las condiciones y sus circunstancias; en suma, que todo cambia… Por ello que, aunque aprendamos de nuestros errores, las lecciones que obtendremos al meditar en ellos, quizá ya no tengamos la posibilidad de aplicarlas nunca… justamente por lo mismo, ¡porque todo cambia!

 

Escuché la otra noche el siempre popular poema, pronunciado –parcialmente– por la boca de un hombre sabio, lúcido para la provecta edad que ya tiene: 93 años. Lo utilizó al desgaire (como con descuido) Simón Espinoza, en el acto de presentación del libro de mi amigo Jaime “el Gringo” Mantilla: “HOY, Un diario que enfrentó al poder”. Lo hizo, Simón, mencionando otra estrofa de la misma poesía: “Nunca perseguí la gloria/ Ni dejar en la memoria/ de los hombres, mi canción/ Yo amo los mundos sutiles/ Ingrávidos y gentiles/ Como pompas de jabón”… Estrofa que nos hace de nuevo meditar en la sugestiva filosofía del poeta hispalense.

 

“Volver la vista atrás” tiene un múltiple e invalorable beneficio. Primero, nos favorece con el fruto y provecho de la memoria; bien pensado, el hombre es el único ser que, usando el recuerdo, se favorece de la ventaja de “repetir” lo pasado. Vive, en cierto modo, dos veces, e incluso más de dos. Ese “ya lo pasado, pasado”, tema de alguna otra tonada, solo sirve para no reciclar el arrepentimiento o la amargura, pero no para sacar lecciones de vida como es el propósito de un reflexivo volver la vista atrás. Visto así, la memoria pudiera tener un beneficio catártico (curativo o purificador). Aquello de ser prudente y previsor, solo consiste en aprovechar del pasado para no sufrir por el mismo motivo en el futuro. Ese “no tropezar dos veces en la misma piedra” es lo que el mundo conoce como “experiencia”…

 

Y, claro, eso de hacer ocasional –aunque fugaz– auditoria del pretérito, es lo mismo que de repente hago temprano en las mañanas cuando leo las noticias o reflexiones ajenas; o cuando me baso en las controversias que se producen en la sociedad y las comparo con mis propias posturas o con lo que –relacionado con aquello– yo mismo he escrito en el pasado. Así confronto mis puntos de vista con lo que otros piensan, o me apoyo en ello para reforzar mis convicciones; o, lo medito otra vez, y así aprendo que no siempre tenemos las mejores respuestas. Así aprecio el beneficio de tratar de entender a los otros, la utilidad de hacer un esfuerzo por comprender las circunstancias ajenas y logro fortalecer mi propio espíritu de tolerancia.

 

Pensar ocasionalmente en el pasado –repensarlo– nos ayuda a meditar en el valor de saber disculparse. Nunca hay afrenta ni vergüenza en tener que hacerlo; saber disculparse es un gesto de humildad y de nobleza, que, asimismo, tiene su valor curativo. Además, y sin querer caer en el cinismo, ofrecer disculpas es una excelente estrategia: uno demuestra con ello que no es ningún fatuo o presumido y, lo más importante, debilita (e incluso destruye) la razón del reclamo o el argumento de quienes quieren atacarnos. Obviamente, no nos disculpamos con tan pueril propósito: lo hacemos para resarcir, compensar o reparar el mal causado, para expresar de forma sincera nuestro deseo de enmendar o para manifestar nuestro arrepentimiento.

 

Ah, pero una opinión: es preferible ser breve. Como hubiera dicho, con su conocido aforismo, Baltasar Gracián: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Sí, todo se aprende: “Caminante, no hay camino/ Se hace camino al andar”…


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23 agosto 2022

Los “Diez Asuntos”

Alguna vez escribí una nota en este blog respecto a los Diez Mandamientos, lo hacía en el sentido de que sería preferible que fueran referencias positivas, disposiciones emanadas para recomendarnos hacer el bien, lo cual sería preferible a emanar prohibiciones que nos obliguen a no hacer el mal. “Nunca había pensado en eso –me dijo uno de mis hijos–, voy a robarme la idea para comentar o elaborar algo al respecto”. La verdad es que existen demasiados “NO” en los preceptos del Decálogo, palabra que en la Septuaginta (la Biblia traducida del hebreo al griego por setenta sabios) viene de las voces griegas deca y logos que querrían decir “Diez Palabras”, “Diez Asuntos” o “Diez Tratados” (no matarás, no robarás, no mentirás, no fornicarás, no codiciarás esto o no codiciarás aquello...).

 

Pero claro, ya siendo realistas, aquello es inevitable, eliminar esos “no” iría contra la tendencia díscola de la naturaleza humana, nótese que incluso el Diccionario no tiene reservada una palabra para el plural de no (ni nos, ni noes), síntoma tal vez de que eliminar el repetitivo no, es francamente imposible… Parece que para respetar una restricción el hombre necesita “un estate quieto”, un “no” claro y definitivo, una bien definida cortapisa; evitarlo simplemente no es factible. El mismo Moisés, que según la tradición había subido al monte Sinaí para orar y recibir las Tablas de la Ley, habría regresado feliz para participar a su pueblo que había recibido las “Diez Palabras” de manos de Dios, solo para comprobar que los israelitas ya se habían entregado a otros placeres y a otros dioses más permisivos…

 

No estoy muy seguro, qué es lo que pasó con esas benditas “tablas”, que –aunque tablas– estaban simbólicamente fabricadas con piedra; no eran de madera. Desde entonces nos habría quedado la expresión “escrito en piedra” para significar algo indeleble y firme, que debe cumplirse y que no puede obliterarse. De hecho, Moisés (a quien siempre le pintaron con cuernos desde antes de la Edad Media, porque en la traducción de la Septuaginta confundieron el vocablo rayo, o destello luminoso, con la palabra cuerno), se vio obligado a “hacer un nuevo pedido” para reemplazar esas primeras tablas que, en un arrebato irascible, él mismo las había despedazado.

 

El Decálogo representa un código de prácticas que  deben cumplirse para satisfacer el Convenio con Dios. En él se establecen principios éticos que son la base moral de religiones como el judaísmo o el cristianismo. Contiene instrucciones o también prohibiciones contra diferentes flaquezas o pecados, como la idolatría o la deshonestidad, el asesinato o el robo, la mentira o el adulterio. Preceptos y prohibiciones cuya forma de ser enumerados o de ser interpretados varía de acuerdo a la respectiva religión o grupo religioso, pues existen versiones distintas, en las que en la práctica existen más mandamientos que solo los supuestos diez (se contabilizan alrededor de veinte). La Iglesia católica sigue la división de San Agustín que omite el prólogo y divide la prohibición de codiciar en dos.

 

Los Mandamientos aparecen dos veces en los libros de la Biblia católica: en el Éxodo (34:28) y en el Deuteronomio (10:4). El Éxodo es el segundo libro del Pentateuco, que realmente quiere decir “cinco cajas”, ahí se cuenta la salida de los israelitas de Egipto. El Éxodo es conocido con el título de “Nombres” en la Biblia hebrea; en él se encuentran recomendaciones de culto y hasta asuntos un tanto curiosos, algunos relacionados con la guerra, de la misma que exime a los hombres que están por casarse, listos para cosechar frutos o para estrenar una casa nueva… Deuteronomio, por su parte, viene de las voces griegas deuteros y nomos, que juntas significarían “la segunda ley”, este es el último libro del Pentateuco, libro que algunos sectores tradicionales atribuyen a la autoría de Moisés. En hebreo lo llaman Devarim, que quiere decir "estas son las palabras", expresión con la que empieza su texto.

 

Hay distintas versiones en cuanto a qué estuvo escrito en cada una de las dos tablas. Filón de Alejandría, sostenía que el Decálogo estaba dividido en dos tablas de cinco mandamientos cada una: en el primer lado habría ubicado los preceptos referentes a la piedad; y en el segundo  los relacionados a “la prohibición”. Para los demás filósofos (con pequeñas variaciones) la primera tabla contendría los cuatro primeros Mandamientos, los relacionados con el amor a Dios; y, la segunda, contendría los otros seis preceptos, los relacionados con el amor al prójimo.

 

No está claro si esas prodigiosas historias, que cuenta la Biblia, realmente sucedieron o si solo constituyen una gran metáfora que representa el acercamiento espiritual del hombre con la divinidad. En “blanco y negro”, contendría historias con carácter más bien de tipo legendario; así, no deberían ser consideradas como textos históricos.


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19 agosto 2022

Itinerancia de dos fundaciones (3)

Respondo a algunas inquietudes que pudieron despertar mis dos artículos anteriores:

 

¿Hubo dos expediciones luego de las fundaciones efectuadas cerca de Colta? Sería imposible, significaría que Benalcázar estuvo en dos expediciones distintas a la vez, y con antagónicos objetivos.

 

¿Qué necesidad tenía Benalcázar de trasladar Santiago de Colta a Guayaquil? No había necesidad y tampoco ningún valor práctico. Santiago había quedado solo como destacamento; si Benalcázar la levantó en su regreso a Piura, fue para aprovechar los recursos que podían serle necesarios, no con intención de “reciclar” un nombre. Su obsesión era descubrir El Dorado; se había propuesto establecer varios asentamientos para la futura expedición.

 

¿No era acaso perjudicial para su hoja de vida efectuar el traslado de Santiago a la costa sin autorización? Hubiese sido un suicidio, desde el punto de vista histórico, que colabore él mismo para destruir lo que significaba ostentar la gloria de haber sido ya el fundador de San Francisco de Quito.

 

¿Cuál fue el motivo para llamar Santiago a la ciudad fundada en Colta? Santiago es el santo patrón de España. De acuerdo a la leyenda, fue uno de los discípulos que viajó a Hispania a predicar la buena nueva. Su nombre era Santiago de Zebedeo o Santiago el Mayor. Habría muerto decapitado por orden de Tiberio y sus discípulos lo habrían trasladado a la península Ibérica para enterrarlo. Ha sido parte de la inspiración religiosa de los españoles en sus luchas contra los árabes, al grito de “Santiago y cierra España”. Santiago de Compostela lleva su nombre.

 

¿Por qué cambiaron el nombre de Quito, de Santiago a Francisco? Parece que en honor al santo de Asís o a los monjes franciscanos. Aunque pudo haberse escogido el nombre en honor a Pizarro, uno de los principales socios de la empresa de conquista del Perú. Almagro no estaba en buena relación con él, pudo ser un gesto reconciliatorio.

 

¿Por qué se llamó Santiago al primer asentamiento que fundó Benalcázar en Guayaquil? El nombre, como cualquier otro, estaba disponible. Santiago era el santo tutelar de los conquistadores. Benalcázar no estaba obligado a utilizar el nombre ni veía con ello ninguna ventaja política. No era su preocupación utilizar el nombre para supuestamente “trasladar” Santiago (el de Colta) a Guayaquil.

 

¿Era necesario que Benalcázar aplicara la Cédula Real de 1534 para refundar Quito? Es probable que no, pues parece que tampoco fue necesario ningún permiso especial, o delegación interpuesta para realizar la segunda de las fundaciones; pero quizá Benalcázar prefirió ampararse en la Cédula Real emitida por Carlos V, el 4 de mayo de 1534, que le daba facultad para que “cada y cuando le pareciera (al funcionario) que un pueblo fundado o que fundare se deba mudar de sitio la pudiese mudar al que le pareciere, con su nombre”. Sin embargo, si este amparo fue utilizado efectivamente, dejaba sin ningún valor las fundaciones efectuadas previamente.

 

¿Por qué tenían recelo, los habitantes del quinto asentamiento, de las retaliaciones de Pedro de Puelles, Gobernador de Quito, si ya había muerto? El alcalde, en el penúltimo asentamiento era –desde abril de 1547– Rodrigo Vargas de Guzmán, designado por Pedro de La Gasca, quien había ordenado la ejecución del anterior alcalde, Miguel de Estacio; temían por lo mismo, que Pedro de Puelles se desquitara, pues tanto él como Estacio eran hombres de Gonzalo Pizarro. Se dice que Puelles era reputado de “valiente aunque inescrupuloso”. Lo que con seguridad los guayaquileños no conocían era que ya no hubiesen tenido de qué preocuparse, pues Puelles había muerto a fines de mayo a manos de una turba de facinerosos. El asesino, un tal Rodrigo de Salazar, pasó a reemplazarle; dicen que cumplía órdenes del propio La Gasca, quien por esos mismo años venció a Gonzalo Pizarro y dispuso su muerte.

 

¿Cuándo mismo se asentó Guayaquil junto al cerro Santa Ana? La relación del último traslado cuenta que este habría tomado un total de tres meses, luego de que Estacio fue ejecutado (abril de 1547), por orden de La Gasca. Este tiempo fue necesario para efectuar los preparativos, como apertrecharse de balsa y otras maderas, y embalar las pertenencias; luego, bajar por el Guayas y remontar el río con la marea, dando la vuelta a la isla Santay. Estas diligencias pudieron haber tomado hasta junio, lo cual coincide con las referencias. La decisión de “mover la fecha” al 25 de julio, obedecería a la intención de hacer coincidir la efemérides con el santoral, que reserva ese día para honrar a Santiago Apóstol. De todos modos, la primera fundación no se había hecho en julio sino en el otoño de 1535; asimismo, la fundación de Santiago (la de Colta), tampoco se había efectuado en julio sino el 15 de agosto de 1534.


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